Mi hogar

Cada día, sentados en la misma esquina de siempre, observamos a la gente pasar. Caminan despreocupados, no le temen a una noche gélida, no sienten el dolor que el hambre provoca en sus estómagos. No, ellos parecen ser de otro planeta. De uno muy lejano al nuestro, de uno donde nada escasea, donde todo el mundo tiene un hogar para dormir y donde jamás falta una simple pieza de fruta que llevarte a la boca. Un mundo para el que ni tú ni yo fuimos creados.

Te miro, me miras y suspiramos a la vez.

Sí, viejo amigo, esta es nuestra realidad, solo nuestra. A nadie más parece interesarle. Salvo a algún que otro transeúnte que se detiene, nos mira con lástima y, si ese día está de humor, nos lanza algún que otro céntimo, de esos que nadie quiere, de esos que estorban, de esos que ocupan mucho y no valen nada. Se liberan de ese incomodo peso de sus bolsillos y se alejan de nosotros con una sonrisa bobalicona dibujada en su rostro, fruto de su buena acción del año, a últimos de diciembre.

Recuerdo como tu pelaje completamente negro brillaba hacía unos años con el sol, sin embargo ahora por mucho que sus rayos penetren directamente en tu piel, tu pelo está apagado; se ha teñido de blanco. Y tus vivos ojos verdes se ocultan tras el velo azul de la ceguera. Pero continúas buscándome con tu mirada. Sabes tan bien como yo, que siempre voy a estar a tu lado, sabes que aunque tus ojos ya no ven tu alma me siente.

Tu vida se apaga. A la mía aún le quedan unos años más de espera, de ver el ir y venir de la gente de ese otro mundo, que no es el nuestro, de ver como sus miradas, grandes actrices, fingen empatizar conmigo, introduciéndose unos segundos en mi mundo, para al final dejarme de nuevo en él. No quieren entrar. Les entiendo, yo tampoco querría. Y después de pasar toda una vida en él, hasta yo dudo de si quiero salir.

Tú saldrás, pero por la puerta grande, por la puerta del cielo, y desde allí arriba, junto al resto de almas puras, que antes que tú viajaron, me observara. Y entre juego y juego, me esperarás, pues aunque tu vida haya pasado como un soplo por la mía, jamás podría olvidar tu compañía. Mi única compañía, mi única familia, mi único amigo.

Acerco mi mano hacia tu lomo, tu pelaje se ha vuelto áspero, pero tu tacto me hace sentir en paz. En casa. En nuestra casa, una sin paredes, sin techo… Una sin nada salvo el amor que ambos nos profesamos.

Cuando faltes, volveré a ser ese vagabundo que encontraste tirado en la calle, pero hasta entonces, tú serás mi hogar.

Fin

Dedicado a todas las personas, perros, gatos… y más animales sin hogar ni amor.

Publicado en A través de mis ojos y etiquetado , , , , , , , , .

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *