Capítulo 6: Un deseo fugaz *.* ¿Jugamos?

“Cuando la luna asome rodeada de sus hijas, las estrellas, sabrás que ha llegado la hora de soñar.”

Te estoy perdiendo. Mi voz cada vez suena más débil en tu interior, otorgándole mayor poder a esa otra que te hará caer. Esa que te habla mal de mí y te separa de nuestro amor.

Siento como la perla que sostiene mi delicado cuerpo empieza a moverse. Me tambaleo. Nunca antes había vivido una situación así. La calma que sentía al estar sobre ella, desaparece. Abro los ojos, sin despedirme de ti, pues me ha pillado desprevenida. Observo que a mi alrededor se han congregado centenares de hamias. Todos colocados sobre sus respectivas perlas. Es, de hecho, su intensa luz el motivo de que vuestra limitada visión del mundo perciba nuestra presencia. Solo la noche es lo bastante oscura para hacernos visibles a vuestros ojos.

Busco asombrada con la mirada alguna explicación a tan inesperado acontecimiento. Vislumbro que el blanco es el color que todos los hamias emiten, el mismo que el de sus perlas. Todos están felices, menos yo. El azul oscuro que cubre mi ser así lo refleja.

Nextor llega levitando sobre su perla y se coloca junto a mí. Me sonríe, pero no hallo fuerzas suficientes para corresponderle de la misma forma. Ya no tengo motivos para sonreír.

A lo lejos observo como un tono rosado intenso pinta nuestro hogar. Me sorprendo ante tal belleza.

—¿Habías visto alguna vez algo tan hermoso? —Me pregunta Nextor, mientras se sube a mi perla para estar más cerca de mí.

En ese momento, una respuesta automática llega como un flash a mi mente: tú. Tú eres lo más hermoso que jamás he visto, pero entiendo que Nextor no se refería a ti, sino a ese inesperado tono que ha adquirido nuestro cielo. Niego con la cabeza, aun y sabiendo que le estoy mintiendo.

—¿Sabes qué significa? —Vuelvo a negar.

—Hoy es una noche especial para los hamias.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de especial esta noche?

—Todo en ella es especial, desde ese tono rosado que adquiere nuestro cielo hasta ese desesperado suspiro que los humanos lanzan al aire sin entender por qué. Hoy las compuertas de nuestro hogar se abrirán, permitiéndonos sobrevolar sobre esas almas perdidas que en sueños tratamos de guiar.

—¿Podré sobrevolar sobre… él?

—Así es, solo por esta noche.

—¿Son… Pueden… —dudo— reconocernos?

—Nunca, durante la lluvia de estrellas, un humano ha reconocido a su hamia. Nunca… excepto en una ocasión.

—¿En una? ¿Qué hamia tuvo el honor de ser reconocido por su avatar?

—Yo.

—¿Tú?

—Así es. Fue hace millones de años, cuando yo era, por así decirlo, un principiante en el arte de guiar.

—¿Quién era tu…?

—Helia —contesta antes siquiera de que me dé tiempo a acabar mi pregunta.

Su revelación me deja sin palabras. Es imposible. No sabía que Nextor fue el hamia de Helia. Ambos, desde que llegué, son como unos padres para mí, y entre ellos se respira una complicidad especial pero nunca hubiese pensado que…

—Ella era para mí, más hermosa que esta panorámica, —dice señalándome el fondo rosa que nos envuelve. —Ella lo era todo. Me…—mira a ambos lados, para ver si el resto de hamias están pendientes de a conversación— enamoré.

—¿De una humana? —digo alzando demasiado mi voz.

—Sí —afirma avergonzado.

—Pero si los hamia no podemos… —Bajo el volumen tras darme cuenta que hemos llamado demasiado la atención—. Tú me lo dijiste.

—Y hasta ese día, así era pero… yo desbaraté este principio. Para mí dejo de ser cierto. Todo lo que yo sentía no respondía a norma alguna. Me sentí solo y asustado. No tenía a nadie que me apoyase, a nadie que me guiase, pues por irónico que parezca, con el tiempo he descubierto que toda creación necesita su guía. No hay ser vivo en el mundo que no necesite ser guiado en algún momento de su vida, y yo lo necesitaba. Pero no hallé tal orientación por parte alguna.

—¿Y qué paso? ¿Qué hiciste? —Pregunto emocionada tras comprender que él pasó por lo mismo que yo.

—Me perdí. No supe hallar el camino para guiar a Helia, no supe hallar mi propio camino… Me dejé llevar por el placer de poder verla cada noche en sus sueños y cada segundo de su vida diaria. Me pasaba todo el día en su mente, pero yo no era ya quien jugaba con ella, sino que este rol lo había adquirido otro. Yo había dejado hacia mucho de guiarla, me olvidé por completo de nuestra razón de ser. Y ella… cayó. La parte maligna que habitaba en su interior me ganó a partida, y por consiguiente obtuvo su trofeo: ella.

—¿Perdiste?

—Así es. La parte buena que habitaba en el interior de Helia ascendió hasta convertirse en lo que es hoy, una preciosa hamia, y su cuerpo vagó por el mundo, sin nada ni nadie que le dijese qué estaba bien o mal. Una única voz tenía el poder sobre ella, sobre sus actos… —El silencio aparece sin previo aviso. El feliz murmullo que el resto de hamias emite se cuela en nuestra conversación, lo cual a ambos nos da un respiro para asimilar, en mi caso lo que acabo de oír, y en el suyo, lo que está a punto de decir—. Al cabo de unos años, sentí una necesidad imperiosa de volver a verla, y regresé a su mente… Lo que vislumbré aún sigue atormentándome a cada instante.

—Se convirtió en…

—Un monstruo sin escrúpulos, sí. — Vuelve a acabar mi frase, como si también fuese capaz de meterse dentro de mi mente—. Aquella mujer, a pesar de seguir cubierta por la bella apariencia de mi amada, no era ella. Su alma voló con su hamia, y nunca más volví a desear ver a esa criatura que me robó el sentido.

—Pero debe existir una última posibilidad de salvarlos —digo reflejando la impotencia que ha generado en mí su desgarrador relato.

Al verle negar con la cabeza sentí como un estremecedor aire helado atravesase todo mi ser.

—Cuando tu avatar se sienta en esa silla, toda oportunidad de ganar, se difumina. Esa gente, guiada tan solo por una única voz, tiene un poder sobre la mente humana del cual nosotros carecemos. Ellos pueden manipular sus deseos, sus pensamientos e, incluso, sus sentimientos. Nosotros aunque pudiésemos, jamás lo haríamos. Esto es lo que nos diferencia de ellos.

—Pero si perdemos, la maldad gana y todo el universo será regido por ella. Y sus ojos dejarán de ver nuestra luz como una señal.

—No podemos hacer más de lo que hacemos. Aura escucha: esta noche es para ti esa posibilidad que tanto ansías. Eres su última oportunidad.

—¿Esta noche?

—Sí, los humanos creen que si ven una estrella fugaz y piden un deseo, este les será concedido. Tú Aura eres su estrella fugaz, tú eres ese deseo que su alma anhela desde que te soñó; concédeselo.

—¿A qué te refieres?

—Vuela sobre él. Haz que te encuentre, que te mire y te desee.

—¿Helia lo hizo contigo?

—Helia me reconoció entre las miles de estrellas que esa noche surcábamos su cielo.

—¿Y?

—Yo, al ver su mirada iluminada por mi luz, me paralicé. Esa fue la escena más mágica que jamás he vivido. Yo estaba en ella y ella en mí. Éramos uno. Pero su deseo no llegó. Su alma estaba demasiado absorbida por la maldad, y la única luz que quedaba en su interior era la que yo le reflejaba.

El silencio nos roba las palabras. Un atisbo de esperanza anida en mi ser. Y es en este preciso instante cuando empezamos a introducirnos en tu mundo. Nos dejamos caer, como si la gravedad tuviese algún poder sobre nosotros, esparciendo a nuestro paso el polvo de estrellas que en su día nos creó, el cual es atesorado en el interior de las perlas, dibujamos un hermoso espectáculo de estelas luminosas en busca de sueños que cumplir.  

Continuará…

¡No dejes de jugar!

Capítulo 5: Y apareciste tú *.* ¿Jugamos?

“No existe arma más mortal que el amor.”

Sientes miedo, lo noto. Una parte de ti, ya se ha arrepentido de tu petición pero… es tarde. Ya no hay vuelta atrás. Todos, en su día, caímos en la trampa. Todos destruimos a nuestro intruso.

Quizás me equivoqué, quizás con un hamia más experimentado hubieses llegado al final de tu juego victorioso, cosa que conmigo no has conseguido. Lo siento. Siento haberte sentenciado a una vida sombría, donde el amor y la felicidad brillan por su ausencia. Créeme yo solo pretendía salvarte.

Una extraña sensación cálida me abriga todo el cuerpo, es Nextor, desde la lejanía, arropándome con su amor. Abro los ojos, me salgo de tu juego, total ya solo me queda ver el desenlace y ya me lo sé, pienso apesadumbrada. Alzo la mirada, mi cielo es distinto al tuyo, ojalá pudieses verlo, es… hermoso. No tiene fin, nada aquí lo tiene, todo es permanente. Nosotros sí podemos decir que vemos las estrellas, aunque no lo creas, no son como te las imaginas. Las verdaderas no brillan, solo se mueve y en ocasiones parpadean, como si nos hablaran, a veces creo entenderlas. ¿Tú entiendes a tus estrellas? ¿Las observas? Ojalá pudieses escucharme, pues te confiaría uno de los mayores secretos de la creación: yo soy tú estrella. Sí esa que vela por ti desde tu cielo, esa que puede verte desde cualquier parte del mundo, pero… tenemos los días contados. Pronto dejaré de ser esa estrella que brilla por ti.

Junto a mí noto la presencia de Nextor, se haya a mi lado, creí que se hallaba más lejos, pero la percepción mientras jugamos vuestras mentes, intentando llevaros por el camino correcto, se distorsiona.

—Ha llegado la hora, Aura. —me dice con su característica voz serena.

Asiento, pero mi interior no lo acepta. No puedo dejar que todo se acabe aquí. Me siento culpable de lo ocurrido y desearía poder enmendarlo ¿pero cómo?

—Aura, comprendo tu impotencia y sé en qué estás pensando. Yo en su día, pensé lo mismo contigo. Creí que aún podría salvarte, nunca crees que es demasiado tarde hasta que no ves a su hamia a tu lado, como yo te vi a ti. Solo entonces comprendes que ya nada puedes hacer y que lo mejor es intentar ayudar a otro humano. Céntrate cuanto antes en este último punto. Busca a otro. Hay millones vagando por el mundo, sin un rumbo qué seguir. Solo nosotros podemos aclarar su mente y salvarlos.

—O enviarlos al infierno —digo algo molesta por sus palabras. Nunca antes le he hablado de este modo, pero… pensar que ya nada puedo hacer por ti, que te he enviado a las fauces del diablo, me produce un ardor que prende esa mecha que todo buen hamia jamás debería mostrar. Yo soy distinta, lo sé. Lo supe nada más verte. Me enamoré de un humano, algo al parecer imposible para nosotros, que sin embargo yo he conseguido. Pero mi peculiaridad, este pequeño fallo que se halla en mi interior ha acabado contigo. En vida escuché decir a más de uno que el amor mataba, pero no ha sido hasta ahora cuando he comprendido que este dicho es dolorosamente real.

Me giro, no quiero seguir conversando con él. Estoy exhausta. Por mucho que intente ayudarme, por mucho que intente hacerme entrar en razón, no lo va a conseguir. Yo no soy como él. Yo no podría seguir iluminando el camino de ningún otro humano, sabiendo que el tuyo ya llego a su fin.

Cierro de nuevo los ojos, suerte que mis lágrimas son invisibles pues sino llovería continuamente sobre ti. La presencia de Nextor sigue arropándome, pero cada vez con menor intensidad. Se está dando por vencido. Yo no soy fácil. Nunca en vida obedecí las reglas que todos se empeñaban en imponerme. Ahora que al parecer solo queda la parte bondadosa de lo que fui, no debería temer por nada, no debería pensar en hacer lo que no me está permitido, sin embargo lo pienso a menudo. La reglas, sea cual sea mi condición con respeto a las leyes que rigen el universo, no están hechas para mí. Mi corazón es quien guía mi camino y el único que seguirá detenerme, llegado el momento.

Me adentro poco a poco en tu interior. No puedo verte, pues sigues en esa sala, pero el simple hecho de escuchar los latidos agitados de tu corazón me tranquiliza. Estás asustado, y trato de concentrarme aún más en ti, buscando enviarte esa caricia que consiga sosegar tu alma.

—¿Listo? —te pregunta la grave voz de tu doctor.

—Sí —le respondes en un susurro casi inaudible.

Un frío glacial me recorre todo el cuerpo. Siento como penetra desde el cuello hasta mi mente. Es ese líquido que te acaban de inyectar, el inductor del sueño. Mi capacidad de actuación sobre ti se inhibe. No puedo ayudarte, no en esta ocasión. Pero confío en ti, sé qué harás lo mejor para ambos. Suerte. Espero encontrar el modo de llegar a ti, de volver a verte en sueños, pero… si no lo consigo, por favor, no me olvides. No del todo.

El sueño se apodera de ti, y yo no puedo hacer nada más que esperar y tener fe.

 

La oscuridad me envuelve. ¿Dónde estoy? Me pregunto angustiado. Mi voz resuena como un eco lejano, nadie al parecer me oye. Me incorporo y de repente me viene el recuerdo fugaz de mi caída. Sí. Me he desmayado, creo. Pero no consigo evocar más allá. No veo nada. 

Creo… creo… me llevo una mano a la sien, me duele. El dolor es insoportable. Cierro los ojos y aprieto con fuerza. Consigo, al menos durante unos segundos, que el dolor remita. Vuelvo a abrir los ojos y… miro al lugar donde hacía un momento me había parecido atisbar un haz de luz. A mí alrededor no consigo distinguir nada. Todo tiene el mismo tono azabache, ¿Dónde estoy? Me vuelvo a preguntar. Y  el susurro de una voz, que creo conocer, me contesta:

—En tu sueño. Recuerda. Busca al intruso.

¿El intruso? ¿Se refiere a… Ella? ¿Está aquí? Abro con mayor entusiasmo los ojos. Y trato, en vano, de localizar algo distinto en la monótona negrura. De nuevo un pequeño punto de luz aparece al fondo. Es mi única referencia, así que decido seguirla. Quiero saber de qué se trata.

Camino con algo de pesadez. Siempre se ha dicho que en los sueños no se puede correr ni gritar pero, al parecer, andar tampoco es sencillo. La luz se va haciendo cada vez mayor pero, aunque empieza a iluminar parte de mi entorno, no me revela nada. No hay nada que revelar. Estoy en una especie de túnel oscuro. Es como esa Nada de la que hablan siempre, esa sensación que te deja vacío por dentro, que te succiona la vida… Mis ganas de caminar, de llegar hasta ese halo luminoso, se están apagando. Quizás sea la energía del lugar, mi cansancio o simplemente la señal de que la muerte viene a por mí. El resplandor de la luz empieza a parpadear cada vez con mayor intensidad. Siento como si me llamase. Creo sentir incluso mi nombre. Sí, la luz me llama. Intento correr, pero lo único que consigo es sentir una enorme sensación de impotencia por todo mi cuerpo. Deseo llegar hacia ella, pero algo me lo impide. Estoy convencido de que ella me librará de ese final que al parecer viene a por mí. Sigo caminando hasta que al fin, distingo una figura. Es… la silueta de una mujer, pero aún no la percibo con gran nitidez. Continúo avanzando. Ella me está dando la espalda. Sí, es el cuerpo de una hermosa mujer. Parece desnudo, sin embargo no me da tal sensación. La contemplo sin rubor, como si se hallase vestida. Al acercarme cada vez más a ella, percibo que la luz proviene de su cuerpo. Ella es mi luz. Atisbo como poco a poco se empieza a girar. Deseo por encima de todo, ver su rostro. Todo lo demás ya no importa. La oscuridad, el túnel, la Nada, la muerte… todo, a su lado, parece nimio.

Y justo cuando está a punto de girarse completamente y mostrarme su cara, de nuevo el susurro grave se filtra en mi sueño, recordándome mi misión.

—Mátala.

«Recuerdo sus palabras», pienso. Recuerdo como me dijo que debía acabar con el intruso. Pero las dudas nublan mi mente. Ella no es un intruso, solo es mi luz.

—Mátala. —Me ordena con firmeza.

Dudo, pero de repente noto entre mis manos un objeto. No consigo ver qué es. Con cuidado trato de deducirlo por su forma, su tacto… Es… un arma. «Con su mente podrá acceder a cualquier cosa que se imagine». Dice su voz en mi interior. «Pero… yo no he imaginado ningún arma», le contesto a mi propio recuerdo. Sin embargo, aquí está, entre mis manos, esperando a ser usada.

Al fin puedo ver el rostro de la beldad que me ilumina. Sus ojos grandes como dos pelotas de golf me muestran un mundo distinto. Me pierdo en ellos. Busco en su interior una razón para no cometer tal orden, solo con una me bastaría. Sé que no es un intruso. Siento como si ya la conociese. Y es entonces cuando en su mirada, hallo la imagen de aquella joven que lleva años acompañándome en sueños. Sus ojos verdes, su cabello castaño y su… sonrisa me cautivan de tal modo que soy incapaz de reaccionar a nada que no sea ella.

Sin darme cuenta mis brazos se ponen en movimiento, yo sigo embelesado en la imagen que aquellos grandes ojos me muestran. Le devuelvo su sonrisa, y justo entonces una bala atraviesa su cuerpo. El ensordecedor sonido del disparo me despierta de repente.

 

—Bien hecho —dice mi psicólogo, dibujando una sonrisa plena de satisfacción que me oprime el pecho—. Lo más difícil siempre suele ser el primer encuentro. Una vez borrado este, todos los demás sueños, desaparecerán sin que ni siquiera te des cuenta. Y habremos llegado al final de tu tratamiento —expone orgulloso.

Sin embargo, yo no lo siento como se supone que debería. Un enfermo desea poner fin a su enfermedad; yo, sin embargo, solo deseo volver junto a ella y no dejarla marchar nunca más.

Continuará…

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Te recuerdo, querido lector, que este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

 

Capítulo 4: El accidente *.* ¿Jugamos?

La línea entre el amor y el odio se vuelve a veces tan difusa que distinguir los sentimientos se hace imposible.

 

Sales de casa, tras una fuerte discusión con tus padres. Tu padre ha dejado de hablarte hace como una media hora, y tu madre que nunca se cansa de ofrecerte su opinión continua desde el umbral gritándote desesperada. No quiere que te marches, pero tú continúas caminando, sin volver la mirada hacia ella. Te sientes enfadado, impotente y solo. Ellos no ven lo que tú ves, y sin embargo se atreven a opinar sobre lo que ellos creen real. «No, se equivocan —piensas— no estoy loco. No es locura lo que siente mi corazón, si no…» lo sabes, tan bien como yo, pero temes decirlo hasta en pensamientos, pues sabes que cuando resuene esa palabra de cuatro letras en tu cabeza y la vincules a mí, estarás perdido. Ambos sabemos que lo que nos ha ocurrido no está bien, nos hemos dejado llevar. Sí, solo ha sido en sueños, pero el amor que sientes está embriaga todo tu ser. Solo piensas en que llegue la noche para volver a soñarme. He puesto, sin darme cuenta, tu vida patas arriba, y sin embargo no me arrepiento.

Miras a ambos lados, antes de cruzar la carretera, al ser domingo por la tarde, las carreteras están vacías, y sin embargo las aceras repletas de coches aparcados, y familias unidas, que a diferencia de ti, disfrutan de agradables conversaciones entre pastas y risas. Lo echas de menos, hace tanto que no disfrutas de ese modo de tu familia pero entonces… el calor vuelve a invadir tu cuerpo, la rabia regresa y con ella el recuerdo de la última escena que acabas de vivir en casa de tus padres.

—Por favor hijo, que no te das cuenta que lo estás perdiendo todo. Has abandonado a tus amigos de toda la vida, a tu familia, a… Julia…

Al escuchar de  nuevo en tu cabeza el nombre de esa amiga especial, me apago. Mi luz se funde ante la impotencia que siento. Yo no soy de carne y hueso, lo sé. No tengo ninguna posibilidad de competir contra alguien como Julia… Todo lo que te ha dicho tu madre es cierto, soy un estorbo en tu vida. Debes de vivir, como hacen el resto de humanos, la realidad que vuestros ojos pueden ver, pero… Ya intenté una vez alejarme y me fue imposible. No puedo evitar amarte.

—Julia, no es nada, nunca lo fue. Ella solo era una buena amiga, pero yo nunca he estado enamorado de ella —aclaras con un tono de voz más elevado del que sueles usar con ella.

—¿Y cómo lo sabes? ¿A caso te has enamorado alguna vez? —grita tu madre, poniéndose a tu altura y escupiendo parte de esa rabia que empieza a sentir hacia mí.

Prefieres no contestar. No sueles hablar de tus sueños. No sueles hablar de mí. Ellos no alcanzan a comprender tus sentimientos, y esa incomprensión por parte de tu familia lacera tu corazón.

—Sí, que me he enamorado y…—dudas, pero no por lo que sientes por mí,  sino por el valor que le otorga confirmarlo con tu voz— sigo estándolo —confiesas impulsado por la fuerza de esa verdad que late en tu interior.

—Por Dios, hijo… —dice tu madre arrancando, ya sin poder evitarlo, a llorar desesperada— ¿De qué? ¿De un fantasma? ¿De un sueño? ¿De un delirio de tu mente?

—No, yo sé que existe y la pienso encontrar. —Esa fueron las últimas palabras que le dedicaste a tu madre. Tu padre cansado de batallar que ya se hallaba sentado en su lado del sofá, con una copa en la mano para así evadirse de los problemas, te miró como ausente. Él ya sentía que te había perdido para siempre.

Al fin, después de caminar cinco minutos, llegas al lugar donde, después de dar mil vueltas, conseguiste aparcar el coche.  Abres la puerta que se encuentra a la izquierda del conductor, y te introduces en él. El cristal delantero está repleto de heces de esos pájaros que suelen posarse sobre ese preciso árbol, cuyo único estacionamiento libre custodiaba con su frondosa copa y abundante sombra. No te detienes, ni siquiera a valorar en pasarle un trapo al cristal. Te da igual, todo te da igual… Estás decidido a encontrarme a toda costa y, aunque en parte me siento feliz, tú obstinación me asusta.

Arrancas el coche, sin ni siquiera comprobar los espejos retrovisores están bien colocados, decidido a huir de la incomprensión de tus padres. Buscas con la mirada la radio que tu coche, a pesar de los años, aún consigue hacer funcionar, y con tu mano derecha abres la guantera. De su interior empiezan a caer papeles, un lápiz, una funda de gafas, CD’s sin las carátulas ni ningún tipo de protector que evite que se rallen… Al ver ese tu dudosa forma de ordenar las cosas, sonrío. Siempre, has sido muy descuidado. Al fin encuentras lo que buscabas, un CD en el que, entre otras muchas canciones, grabaste la de Chris Tomlin, la versión que Samarita Revival tradujo al español, y lo insertas en ese viejo, pero aún funcional, reproductor. Vuelves un segundo la mirada hacia la carretera, sabes que estás llegando a un cruce, y prestas atención hasta que ves que el semáforo se pone en rojo y te detienes. En ese momento, una joven de unos veinte años de edad cruza embelesada en la pantalla del móvil. Y en silencio rezas porque algún día esa chica que camina por tu ciudad sea yo.

El semáforo cambia de color, en esta ocasión al verde, y con un pie en el acelerador, y una mano en la palanca de cambios, dejas atrás el barrio en el que naciste. Coges la carretera que te lleva hacia tu actual residencia. Aún te quedan veinte minutos por delante, así que sin más demora llevas tu dedo índice hacia el botón de play. Buscas la pista de la canción que deseas, esa que escuchas a todas horas, y subes el volumen al máximo, con la intención de perderte en el único pensamiento que consigue aliviar tu dolor, yo.

Empiezas a cantar en voz muy alta el estribillo y te pierdes en esa letra que tú crees que habla de mí.

“Donde vas yo voy,

Donde estás estoy,

A tu lado iré,

Yo te seguiré…”

Las palabras que salen de tu boca, te otorgan una confianza que creías a ver perdido. Llevarás tu búsqueda hasta el final, pues después de lo sucedido con tus padres estás completamente convencido de que lo que sientes es real. La canción está a punto de acabar y justo en ese momento en el que el cantante no deja de repetir “yo te seguiré” te vienes arriba. Te unes a su banda y golpeas el volante como si de una cajón de música se tratase, con la emoción una parte de tu euforia se esparce hacia el pie que esta sobre el acelerador y lo pisas al máximo.   

Me estremezco. Estás a punto de caer por un barranco de mil metros de altura. La caída te mataría. Y entonces sin saber muy bien cómo, siento una especie de hormigueo por todo mi cuerpo y te veo frente a mí, cara a cara. He conseguido, motivada por el miedo a perderte, reflejar mi imagen en el cristal delantero de tu coche. Siento, de un modo más real que nunca, tu mirada puesta en mí. Mantienes unos segundos tus ojos clavados en los míos. Veo, por primera vez, el brillo de nuestro amor en tus pupilas. Y de la impresión que te acabo de causar haces girar con brusquedad el volante, y chocas contra la montaña de rocas que hay a tu derecha. Suspiro aliviada. El hormigueo desaparece. Ya no veo tus preciosos ojos puestos en los míos, tan solo tu sangre derramarse por el suelo. Tu mente se apaga. Dejas de verme, de escucharme, de pensarme, y te duermes, sumiéndote en un profundo sueño.

 

En un resorte abres los ojos, has vuelto a soñar conmigo. Me buscas por tu habitación, como solías hacer siempre que nos citábamos en tu hermoso mundo onírico, pero en esta ocasión yo no estaba allí, tan solo era un recuerdo. Tu respiración se ha acelerado. Tu cuerpo transpira ese sudor que tu pesadilla ha purgado, convirtiendo tu torso desnudo en ese manantial que desearía poder visitar. Llevas tu mirada al frente, tu mente deja de pensar y, muy a mi pesar, llegas a la conclusión que durante días te oculté: yo fui la causante de tu accidente.

Todo ese amor que creía haber visto en el brillo de tu mirada, se convierte en odio. Comprendes que tus padres tenían razón, que tu psicólogo no se equivocaba… Y esa dulce canción que al parecer calmaba tu agonía vuelve a resonar en tu cabeza, esta vez provocando tu ira.

Te levantas de la cama de golpe, sobre la mesita de noche ves mi retrato. Es el rostro de mi anfitriona. Su belleza eclipsa por unos segundos tus últimos pensamientos, resigues con la yema de tus dedos el recorrido que su cabello castaño oscuro dibuja alrededor de su cuello, y, sin poder evitarlo, te detienes en sus cautivadores ojos color esmeralda. Crees ver en su mirada un reclamo de indulgencia, en silencio te suplica que no lo hagas, pero… es demasiado tarde. Vuelves a estar envuelto en un odio irracional, el cual te impide percibir el verdadero sentimiento que anida en tu corazón. Y dejando que esa ira se apodere de ti, rompes ese dibujo que tú mismo, hechizado por mi amor, hiciste.

Sales corriendo de tu habitación. Sé a dónde te diriges, pero mi dolor no quiere seguirte.

Abro los ojos, y me sorprendo al ver a Nextor junto a mí. Su luz, algo más potente que la mía, intenta arroparme. Se lo agradezco, pero no consigue calmar mi desolación.

—Debes, dejarlo marchar. Es complicado, lo sé… Nunca es fácil ver como un avatar que tenías en tu poder, que podrías haber salvado del mal, corre hacia él. Pero no nos queda otra que luchar, que seguir caminando. Hay muchos como él, Aura, y debes ser objetiva. Estamos aquí para ayudarles, si ellos no desean nuestro amparo, nuestro trabajo se acaba. Su juego se termina, y se proclama un claro ganador.

Sus palabras aunque muy sinceras y ciertas, me atraviesan como puñales. No soporto la idea de perderte, pero como dice Nextor estás huyendo de mí, y no puedo evitar que lo hagas.

Vuelvo a cerrar los ojos. Te busco por última vez, estoy dispuesta a terminar contigo. Ya no puedo más. Si continúo, el resultado podría ser peor para ambos. Tu voz resuena en el interior de esa diabólica sala, la guarida del vencedor:

—Quiero hacerlo. Voy a acabar con… —dudas de lo que está a punto de hacer. Aún sientes algo por mí. La garganta empieza a arderte, puedo percibir tu escozor. Pero aun así, has dejado que esa parte de ti que me odia se alimente durante demasiado tiempo. Es tarde y, vencido por esa oscuridad que habita todo ser humano, acabas tu frase: Ella.

Continuará…

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Te recuerdo, querido lector, que este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

Capítulo 3: La cura *.* ¿Jugamos?

Nunca es fácil aceptar que los recuerdos, los lugares e incluso las personas puedan desaparecer a voluntad de tu mente, sin ni siquiera despedirse de ti.

Sigues sentado sobre esa silla que, aunque no puedo ver, conozco. Yo estuve en tu lugar también. Todos los que están en mi mundo han pasado por ella. Sus acolchados posa brazos dejaron de ser acolchados hace años, y la parte pensada para que tu trasero descanse cómodamente, solo consigue desquiciarlo, después de estar buscando la posición más cómoda durante horas sin éxito. Pero este es el menor de sus males, pues cuando estás sentado en ella, y ves pasar tus sueños uno a uno, percibes un aire distinto, uno que jamás antes habías sentido, y al inhalarlo todo tu cuerpo se tensa, impidiéndote respirar con normalidad.

Tú y ese “experto” en salud mental seguís hablando y, con gran pesar, trato de llevar toda mi atención hacia vuestra conversación.

—Existe una cura —dice el hombre, aunque, tras dicha revelación, se detiene. En ese instante una risa maléfica interfiere en mi campo auditivo, la del monstruo que habita en su interior—, pero… no te voy a engañar. Conllevará un gran sacrificio por su parte. Si desea volver a ser como era antes, tendrá que confiar en mí.

Aunque no puedo ver tu rostro, sé que estás aterrado y me encantaría estar aconsejándote. Entrar en tu mente y guiarte por el camino correcto, ese que te lleva hasta ese final feliz que todos esperan encontrar al terminar su juego. Pero… debo confiar, al menos mientras sigas en esa sala en tu propio juicio.

Un frio helador me abraza. Lo reconozco. Es el miedo. En la única forma en que los hamias podemos percibir las emociones: externamente. Como una tercera persona que aparece de repente en tu vida y te acompaña a todos lados, transmitiéndote sus energías, las cuales en este caso no son nada positivas.

—Yo antes de ella… —titubeas— no era una buena persona… Era un joven sin objetivos en la vida, sin un mínimo de empatía por nadie, sin un juicio propio que poder defender, era como un fantasma. Me odiaba y también a todo aquel que osase mirarme directamente a los ojos. Así que sumido en una soledad que empezó a calarme hondo estuve a punto de tirar toda mi vida por la borda. No quiero volver a ser como era antes —dices convencido. Al oír tu sincera confesión no puedo evitar sentirme satisfecha de mi trabajo y sobre todo del ti.

El hombre ante tal negación decide insistir de una manera mucho más persuasiva, y adornada con ese tono meloso, que se debe de adquirir en la universidad, pues todos los de su calaña lo tienen, en su cura. Supuestamente la única que, según dice, da resultados positivos. Aunque habría que ver para quién son positivos y para quién no lo son.

—Bueno y… en caso de aceptar. ¿En qué consistiría exactamente la cura? —preguntas con un tono de voz desconfiado.

Un silencio inunda todo tu mundo hasta llegar a interferir en el mío, percibo tu miedo, y esa tensión que ese aséptico ambiente te brinda. Aguardo impaciente su respuesta, aun y sabiendo que no me agradará.

—La borraremos.

—¿Borrarla? ¿Por completo?—preguntas cada vez con una inquietud más notoria. La idea al parecer te asusta, y sin poder evitarlo me ilumino presa de la satisfacción que me produce tu actitud.

—Así es. Verá, son muchos los sujetos que como usted, han pasado por aquí y también muchos los que no aceptan la realidad. “Ella” como usted dice, no es más que un simple fallo de su cerebro. No es real, es tan solo un humo que debemos disipar cuanto antes para que le permita ver la realidad tal y como es. Sin ningún tipo de velo por medio. ¿Lo… lo comprende?

De nuevo, te ciñes al silencio como única respuesta. Me alegro, aunque al no poder verte, al no saber cómo sacarte de esta, me siento impotente. Y me viene a la memoria la primera vez que nos conocimos. Tú tan solo tenías dieciocho años. No tenías muy bien aspecto, por lo que pude apreciar, y al parecer acababas de consumir algún tipo de sustancia. Te llevaba analizando durante días, tenía que volver a elegir avatar, pues el anterior acabó con éxito su juego; demasiado fácil. Por eso en esta ocasión estaba dispuesta a acatar un reto más complicado. Me di cuenta que tu forma de ser te había arrojado a la soledad y pude percibir como ese monstruo que todo humano esconde en su interior te estaban devorando, física y psicológicamente.

Bajo el oscuro cielo y la soledad de una madrugada de invierno te desplomaste junto la fuente. Fue en ese momento cuando te escogí, pues sin pedir permiso ni siquiera a Nextor, corrí en tu ayuda. Conseguí introducirme en tu sueño, el cual era más profundo de lo normal. Recorrí un gran trecho hasta encontrarte. Te hallabas en el límite, entre los sueños y la muerte, pero conseguí sacarte de allí. Mi luz, la cual cada vez que iba acercándome a ti se iluminaba con mayor intensidad, llamó tu atención. Recuerdo que me miraste a la cara, pues en sueños adquirimos nuestro antiguo aspecto, y supongo que aquellos ojos esmeraldas que poseía mi anfitriona no te pasaron inadvertidos, y me seguiste.

Juntos salimos de aquella oscura pantalla que teñía tu pasado de tristeza, baja autoestima y rebeldía: tu adolescencia. Pero… creciste y fue entonces cuando, lo estropee todo. Tu cuerpo de hombre, tu modo de ver la vida, siempre de una forma positiva, siempre con tu sonrisa en la boca y, sobre todo esa ternura que sin darte cuenta escapaba de vez en cuando de tu ser, embriagando a todo aquel que se hallase junto a ti, me hechizó.

Un hamia jamás debería involucrarse demasiado en su avatar. Acudimos a vosotros para ayudaros, para mostraros el camino, pero la franja entre la ayuda y la revelación de nuestra existencia es muy fina, y la sobrepasé. Te convertiste en una obsesión que tiempo después acabó alcanzándote a ti también. Esa fue nuestra condena.

No podía dejar de asistir cada noche a tus sueños, ya no con la única intención de dejarte pistas, de guiarte por la senda correcta, sino tan solo por estar junto a ti. Perdí la noción del tiempo, e incluso llegué a olvidar el verdadero motivo que nos unía: tu juego. Eras demasiada tentación para una novata como yo, y… dejé que esos instintos humanos, que aún recordaba de mi antigua vida, me poseyeran.

La voz del psicólogo rompe el silencio, y en cierto modo, esos recuerdos de ti que vuelven a mí siempre que me descuido.

—Tranquilícese. Lo haremos poco a poco. Primero mediante un suero especial le dormiremos, y accederemos a sus sueños. Iremos uno por uno. Me consta que este intruso lleva más de diez años con usted, ¿no es así?

De nuevo esa palabra vuelve a caer como un rayo sobre mí. No puedo escuchar tu respuesta, pero te puedo imaginar asintiendo como un asustado animalillo ante los enormes colmillos de su depredador.

—Bien, nos llevará más tiempo del que creía, pero lograremos llegar hasta el final. Empezaremos en orden cronológico de aparición e iremos avanzando conforme vayamos suprimiéndolo.

—¿Supri…?

—Si así es. Su labor, la cual sé por experiencia que no es nunca fácil de llevar acabo, es la de asesinar a su intruso, en todos y cada uno de sus sueños. Para ello modificaremos un poco sus sueños, de tal modo que pueda si lo desea hacerse con el arma que más le convenga en cada ocasión. Puede imaginárselo como una especie de juego si lo desea —ríe—. Con su mente podrá acceder a cualquier cosa que se imagine. Será como estar en un sueño lúcido, solo que del pasado. ¿Lo entiende?

Puedo percibir el desbocado sonido de tu corazón y el relinchar de esa parte de ti que no desea suprimirme, pero también siento como esa otra parte, la cual yo jamás podré controlar gana terreno en ti. Siempre lo consiguen. Se introducen sin permiso en el fondo de tu mente y la desbaratan hasta hacerte creer de verdad que estás loco.

Al fin después de un buen rato, te deja libre. Regresas a tu cuarto, o bueno, esa sala que finge de algún modo serlo, y te vuelves a sentar sobre la cama a observar mi retrato.

Continuará…

 

¡No dejes de jugar!

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¿Te intriga la historia?

¿Qué te gustaría que pasara?

Este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

Capitulo 2: Aura *¿Jugamos?

El amor, una de las mayores debilidades del ser humano, es capaz de hacer perder por completo  el juicio de una persona. 

 

 

Un intruso; eso soy yo para ti. ¿Cómo he podido llegar tan lejos? ¿Quizás si no me hubiese expuesto tanto…? Pero me era imposible ver cómo cada noche dejabas abierta la puerta de tu mente y no entrar a jugar contigo. Demasiada tentación. Tu mente atesoraba todo lo que en su día yo anhelé. Para mí, soñar es impensable, pero nadie me impedía aprovecharme, en cierto modo, de tus sueños. Y poco a poco me fui sintiendo cada vez más unida a ti. Pasé más tiempo del debido dentro de ti. Me excedí, y ahora ambos estamos pagando las consecuencias.

La palabra “intruso” resuena por todo mi mundo, como un eco tenebroso, recordándome en lo que me he convertido. Y es que a pesar del tiempo, aún no he aceptado mi nueva condición. Supongo que siempre es demasiado pronto para aceptar que ya no eres quien creías ser, que ya no eres nada.

Bajo la mirada apesadumbrada, desconecto el juego, y me libero unos minutos de ti. Yo ya viví esa escena, y cada vez que me viene a la mente siento como una parte de mí se resquebraja. Ese fue el primer paso hacia mi exilio.

—Señorita, Gadel, —me dijo el psicólogo que días atrás había empezado a tratarme— debo ser franco con usted: su diagnóstico es complejo, pero por suerte tiene cura. Tiene lo que en el ámbito de la salud mental se le conoce como “el intruso”.

Por aquel entonces, aquellas duras palabras, reveladas a una joven de veintidós años cuyo único diagnóstico al que se había tenido que enfrentar en la vida fue el de su dentista, cayeron sobre mí como un cubo de agua fría; sin mostrar un ápice de compasión por su parte, me destrozó el alma.

Sabía que algo no funcionaba bien en mi cabeza, pues mis sueños se habían apoderado de toda mi vida: dejé de ir a la universidad, dejé de lado a mi familia, a mis amigos… Llegué a poner en duda mi cordura. Hasta que al final, unas personas, si es que se les puede llamar así, intervinieron, haciéndose valer de unas justificaciones algo imprecisas, borrando toda duda de mi mente. Siempre intervienen, procurando acabar con ese ápice de sensatez que aún creemos tener, y nos convierten en sus marionetas. Lo hacen con todos; contigo también.

De nuevo vuelves a mi mente, y comprendo que todo esfuerzo por tratar de alejarte de mí es en vano. Un súbito destello me embriaga la mente. Nuestro último encuentro onírico regresa a mi memoria, ofreciéndome un resquicio de esperanza en medio de toda esta oscuridad. Llevaba días sin aparecer en tus sueños, mi presencia te dañaba. Pero, cuando al fin conseguí el valor necesario para alejarme de ti, de tus sueños, de tu vida… tú empezaste a buscarme por todos y cada uno de los decorados que tu subconsciente creaba. Tu testarudez es de admirar, pues a pesar de ser una misión impensable para cualquier humano, tú continuaste inmerso en tu búsqueda hasta que me encontraste.

Sentí la vibración que el latido de tu corazón producía en mi interior, y empecé a caminar con paso ligero, huyendo de nuevo de ti. Intenté pasar desapercibida entre la multitud de personas que aparecían en tu sueño, pero no me perdiste de vista. Solo tenías ojos para mí. Y me seguiste hasta llegar a la fuente cuya agua no es incolora, inodora, ni húmeda, esa que nos vio por primera vez juntos… Y allí no tuve más remedio que detenerme, a pesar de ser consciente del riesgo que nuestro encuentro te ocasionaría, pues en la fuente terminaba el escenario que tu mente había creado. De un modo inteligente colocaste una barrera que me impedía seguir huyendo de ti. Me giré y… percibí tu alterada respiración, parecías cansado. Te costaba conciliar el sueño, por el temor que te producía volver a sentir la angustiosa sensación de no soñarme. Pero, al fin, me hallaste.

Tus ojos se posaron en los míos y, en ese preciso instante, comprendí la magnitud de mi debilidad. Contra todo pronóstico, pues según me dijeron nada más llegar a mi nuevo mundo los hamia no podemos percibir ningún tipo de emoción, algo en mi interior empezó a revolotear por todo mi cuerpo al sentir tu mirada sobre mí.

Justo entonces una intensa sacudida, nos separó. Tú volviste a tu mundo y yo al mío. Un accidente contra un camión te sacó de ese sueño en el que al fin me habías encontrado. Y cuando recuperé la compostura, pues después de tu mirada no me resultó nada fácil, y te vi tirado en el suelo de la carretera, me di cuenta de que yo fui la causante de tu desgracia.

Dejo la mente en blanco, tratando de regresar a mi mundo. Y una vez en el candor de mi hogar me desplomo sobre la blanca y mullida superficie que lo cubre todo, y me abrazo a esa intensa melancolía que, desde entonces, me atormenta.

Un ligero y casi inaudible sonido, me alerta de que alguien se acerca. Alzo la mirada, y me encuentro con Nextor, mi mentor. Aún con los ojos cerrados, se detiene junto a mí. «Continua jugando», pienso, pero en un resorte los abre, y todo su alrededor, todo ese magnífico escenario que lo arropaba, desaparece. Ha desconectado el juego. Mi diáfano y níveo mundo vuelve a aparecer iluminado por lo que a vista de humano sería una simple luz celeste, y que en cambio para mí es un hamia —nombre que recibe nuestra especie—, y no uno cualquiera sino uno de los más antiguos del lugar.

—¿Ya buscaste a otro? —me pregunta Nextor al ver como la luz que cubría mi ser, parpadea incesante, a causa del intenso dolor que padezco.

Niego con la cabeza.

Camina con decisión hacia a mí. Nextor, podría decirse, para que me entiendas, que es como mi padre en este mundo.

—Escucha, sé que no lo estás pasando bien. En su día, cuando tu tozudez se fijó en él, te lo advertí. Percibo el grado de sensibilidad de todos los avatares que pueblan el mundo. Y sabía que este en cuestión tenía un grado muy elevado. Era de los complicados. Un caso para un hamia con más experiencia, como Helia —su compañera— o yo.

»Aura, llevas muy poco tiempo en este mundo, tu anfitriona sigue con vida en algún lugar de la tierra sin hallar, por parte alguna, esa bondad que tu marcha le robó. Eres una hamia muy joven necesitas experiencia, y… —baja la mirada, afligido— que tu anfitriona muera para que todo esos sentimientos que hoy crees sentir, desaparezcan, solo entonces serás capaz de serle de ayuda a un avatar de tal calibre.

»Tu vínculo con ese mundo hace que tu luz sea más brillante de lo normal. Aún, después del tiempo que llevas aquí, sus latidos siguen implorando tu ayuda. —Sus palabras me atraviesan como flechas ardientes. Creí haber superado el duelo. La separación no fue fácil, y, a pesar de los años, continúo sintiéndome parte de ella.

»Para ella es demasiado tarde. No supe tomar distancia, me recordabas demasiado a…—su luz se debilita, veo como la pena acaba de entrar en su interior y a pesar de no poder sentirla, es visible a la vista— mi hija. Me dejé llevar por mi egoísmo, hasta que arruiné toda tu vida.

»No permitas que le ocurra lo misma él. No dejes que pierda a su hamia. Sabes que nuestra presencia beneficia a los humanos. No hagas como yo, Aura, protégelo. Y… protégete a ti misma. No consientas que la mayor debilidad humana se apodere de ti.

Percibo en su voz esa unión que siente por mí, quizás debida a ese sentimiento de culpabilidad que lo persigue desde que me separó de mi anfitriona o, simplemente, por mi parecido con su hija. Pero es demasiado tarde; la debilidad por ti se halla fuertemente arraigada en mi corazón. 

Continuará…

 

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Este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

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Capítulo 1: El intruso * ¿Jugamos?

“Un sabio me dijo en una ocasión: «No creas nada de lo que te cuenten». ¿Por qué?, pensé. Porque todo, absolutamente todo, es mentira.”

 

Son las ocho de la mañana te acabas de despertar, esta noche, en total, te has despertado cinco veces: tres para ir al baño, dos para beber agua, has dado en total treinta vuelas en la cama y… pensado en mí casi toda la noche. No, esta noche, tampoco me has soñado pero seguimos unidos gracias al juego.

Te llevas las manos a los ojos, te los restriegas y, con tu exagerada forma de hacerlo todo, bostezas. Te diriges hacia el espejo que reposa junto tu armario, ese que te permite verte de cuerpo entero. Y te miras. Tu imagen nunca te ha llegado a satisfacer, pero con la edad has logrado aceptarte. Me alegro. Me costó mucho hacerte salir del pozo en el que caíste en la adolescencia, no fue fácil, pero como otras muchas pantallas conseguimos salir airosos. Ahora, nos encontramos en un nivel superior, más difícil. Pronto te hallarás solo, pero debes seguir caminando, y pasando pantallas. Esta es tu vida, naciste para jugar tu juego. Nadie más lo puede jugar por ti. Todos tienen uno propio y este, querido amigo, es el tuyo.

Te observas más de cerca y, me ves en esas bolsas moradas que han aparecido tras varias noches en vela buscándome. Sin mí, no consigues conciliar el sueño.

Te apartas del espejo, y caminas con paso cansado hacia el recibidor. Al ver los músculos que se marcan en tu espalda, me estremezco, no es normal que me pase esto, pues ya había jugado antes con muchos otros, pero tú eres distinto. Aprietas uno de los botones del contestador, y empiezan a sonar todos los mensajes que tienes: de tu madre, de tu jefe, de tus amigos… todos preocupados preguntan por ti. Y lo cierto, aunque tú no lo sabes, es que llevas días sin dar señales de vida. Te muestras extrañado, veo cómo se van poco a poco formando las arrugas de la perplejidad en tu frente, pues en tu memoria no parece que haya pasado tanto tiempo. Giras sobre ti, tratando de comprender qué sucede, pero todo está como siempre: tu cama desecha justo en el centro de la habitación, al lado haciendo las veces de mesita tu viejo taburete de acero y sobre este, tu despertador. Al fijarte en la hora y el día que marca, te das cuenta: no es 7 de noviembre, sino 22 de enero. Te llevas las manos a la cabeza, te alborotas, sin querer, el pelo y corres hacia el baño para echarte un poco de agua fría en la cara. Crees que eso te ayudará, crees que tu cordura volverá a recuperar sus niveles de siempre, pero… no. Es tarde, tu cabeza ya no es solo tuya.

De fondo el contestador sigue hablando, ahora es una voz desconocida para ti. Apagas el agua del grifo, y te detienes unos segundos a escuchar lo que esa voz te dice: «Soy yo otra vez, escucha, en cuanto escuches mi mensaje, ven a mi consulta. Hemos hallado el problema». Eso soy yo para ellos, pienso apesadumbrada.

Te vistes. Sigues sin entender nada. Te pones esos vaqueros que tanto me gustan y tu sudadera, la misma de tus sueños. Sonrío al evocar los buenos momentos que hemos vivido juntos; recuerdos, que en cosa de minutos, nos arrebataran. Y… temo perderte.

 

—¡Aura! —grita mi mentor. Su repentina aparición, me provoca una súbita reacción. Abro los ojos de golpe, y pierdo la conexión. Pero el juego no se detiene, tú continuas jugando sin mí.

—Déjalo ya, no podemos hacer nada más por él. Escoge a otro. Mírate la cara, ¿no lo ves? —dice extendiendo su brazo, tratando de mostrarme algo que yo ya sé—. Llevas noches intentando entrar en sus sueños. Ellos nos ganan el terreno, no tenemos nada que hacer. —Sé que en este preciso instante si pudiese llorar, lloraría, pero… no hay lágrimas en mi interior.

Asiento, resignada, sé que tiene razón. Ya nos ha pasado esto más de una vez, y siempre hemos tenido que abandonar el juego. Nos ganan, es lo que en vuestras pantallas aparece con un llamativo Game Over. Pero cuando se va, vuelvo a insistir, no quiero darte por perdido. Me concentro en tu pantalla, en ti y te vuelvo a ver, aún sigues en tu cuarto.

 

Estás sentado sobre tu cama, a pesar de la diligencia con que su voz te hablaba, no te has dado demasiada prisa por asistir a su encuentro. Entre tus manos reposa ese ese retrato que trataste de hacerme una mañana, nada más despertar, simplemente con el recuerdo de tus sueños.

Tras varios minutos de miradas vacías, miradas que no llevan a nada, pues tú miras mi retrato y yo tu avatar. Pero en el fondo nos miramos mutuamente, deseando algún día poder clavar nuestros ojos en los del otro, y perdernos en su interior. Te levantas de la cama, y emprendes, con una pizca de contrariedad procedente de tu corazón, el camino hacia su despacho.

Aquí debería acabar, según nuestras reglas, mi juego. Continuar pondría en peligro a mi especie, pero si no sigo jamás volveré a verte, y eso sería peor que ver morir a toda mi familia. Decido seguirte, te adentras en ese oscuro pasillo recubierto de fibra de aluminio, material que me impide verte, pero sí escucharte. Llevo mucho tiempo contigo, sé reconocer tus pasos. Llamas a la puerta y con su característico chirrido, sonido que me eriza la piel, se abre. Entras, y tu voz me llega con gran dificultad, hay interferencias. Es una sala hecha expresamente para separarnos, pero me resisto. Y, al fin, escucho lo que temía sentir.

—Verás, tienes lo que llamamos “Un intruso”. Se crea en el interior de tu mente, debido a un mal funcionamiento de las neuronas, y debemos destruirlo.

Continuará…

Próxima actualización:

Jueves 25 de enero

Hasta entonces… ¡No dejes de jugar!

Me interesa tú opinión 

¿Impresiones?

¿Te intriga la historia?

¿Cómo crees que seguirá?

¿Te gustaría que el protagonista tuviese un nombre o o prefieres dejarlo sin nombre, para creer que eres él?

Si deseas bautizarlo, ¿Qué nombre le pondrías?

Este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

NOTA: El link de youtube lo he insertado para que puedas leer el capítulo escuchando la música que me ha inspirado a escribirlo y así, de algún modo, sentir que la experiencia de lectura es más intensa.

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