Mi hogar

Cada día, sentados en la misma esquina de siempre, observamos a la gente pasar. Caminan despreocupados, no le temen a una noche gélida, no sienten el dolor que el hambre provoca en sus estómagos. No, ellos parecen ser de otro planeta. De uno muy lejano al nuestro, de uno donde nada escasea, donde todo el mundo tiene un hogar para dormir y donde jamás falta una simple pieza de fruta que llevarte a la boca. Un mundo para el que ni tú ni yo fuimos creados.

Te miro, me miras y suspiramos a la vez.

Sí, viejo amigo, esta es nuestra realidad, solo nuestra. A nadie más parece interesarle. Salvo a algún que otro transeúnte que se detiene, nos mira con lástima y, si ese día está de humor, nos lanza algún que otro céntimo, de esos que nadie quiere, de esos que estorban, de esos que ocupan mucho y no valen nada. Se liberan de ese incomodo peso de sus bolsillos y se alejan de nosotros con una sonrisa bobalicona dibujada en su rostro, fruto de su buena acción del año, a últimos de diciembre.

Recuerdo como tu pelaje completamente negro brillaba hacía unos años con el sol, sin embargo ahora por mucho que sus rayos penetren directamente en tu piel, tu pelo está apagado; se ha teñido de blanco. Y tus vivos ojos verdes se ocultan tras el velo azul de la ceguera. Pero continúas buscándome con tu mirada. Sabes tan bien como yo, que siempre voy a estar a tu lado, sabes que aunque tus ojos ya no ven tu alma me siente.

Tu vida se apaga. A la mía aún le quedan unos años más de espera, de ver el ir y venir de la gente de ese otro mundo, que no es el nuestro, de ver como sus miradas, grandes actrices, fingen empatizar conmigo, introduciéndose unos segundos en mi mundo, para al final dejarme de nuevo en él. No quieren entrar. Les entiendo, yo tampoco querría. Y después de pasar toda una vida en él, hasta yo dudo de si quiero salir.

Tú saldrás, pero por la puerta grande, por la puerta del cielo, y desde allí arriba, junto al resto de almas puras, que antes que tú viajaron, me observara. Y entre juego y juego, me esperarás, pues aunque tu vida haya pasado como un soplo por la mía, jamás podría olvidar tu compañía. Mi única compañía, mi única familia, mi único amigo.

Acerco mi mano hacia tu lomo, tu pelaje se ha vuelto áspero, pero tu tacto me hace sentir en paz. En casa. En nuestra casa, una sin paredes, sin techo… Una sin nada salvo el amor que ambos nos profesamos.

Cuando faltes, volveré a ser ese vagabundo que encontraste tirado en la calle, pero hasta entonces, tú serás mi hogar.

Fin

Dedicado a todas las personas, perros, gatos… y más animales sin hogar ni amor.

Almas gemelas

La muerte no siempre es el fin de la vida, en ocasiones, como en la siguiente historia que os voy a narrar, es el principio de todo.

 

Érase una vez, cuando los peces aún caminaban sobre la tierra y las aves vivían bajo el mar, la vida de una de las estrellas más hermosas de la galaxia llegó a su fin. Fruto de su explosión surgieron miles de diminutas partículas, las cuales se unieron en dos formaciones individuales, dando lugar al nacimiento de dos almas.

 

Nada más nacer, las almas fueron separadas: una fue a parar al vientre de una mujer que habitaba en el norte de un gélido país, la otra se introdujo en el de una mujer del sur de una cálida isla. Miles de kilómetros de tierra y mar distanciaban a dichas hermanas.

 

A medida que iban creciendo la sensación de vacío y soledad incrementaba. Ninguna lograba hallar su felicidad, ambas se sentían incompletas.  

 

Hasta que un día el destino conspiró para reunirlas de nuevo.

 

Nada más encontrarse, una frente a la otra, se reconocieron. El brillo, antes inapreciable, de sus miradas se reactivó, y sus corazones empezaron a latir al unísono, tal y como había hecho antes de dividirse en dos, cuando tan solo era una estrella.

 

El tiempo se detuvo. Nada a su alrededor existía, salvo ellas y una intensa atracción que las unió en un abrazo interminable. De este acto, nació una chispa. La estrella había vuelto a la vida. Y justo en ese preciso instante, tras un profundo suspiro de felicidad que ambas exhalaron  a la vez, volvieron a sentirse completas, volvieron a ser una.

 

¿Fin?

 

Nadie se enamora de las feas

Formar parte de la clase más bien poco agraciada físicamente de la sociedad no es fácil si eres enamoradiza y crees en el amor verdadero como es mi caso, pues con el tiempo te das cuenta de que todo gira en torno a la imagen, o eso creía hasta que tú pusiste patas arriba todo mi mundo. 

—¡Ei, Carla!, ¿ya sabes de qué vas a hacer el trabajo de investigación? —me preguntó Gisela, mi mejor amiga, justo antes de que empezasen las vacaciones de verano, justo antes de empezar mi último curso de bachiller, justo antes de que aparecieras tú.

—Eh… —dije mientras recogía todas las cosas que había ido acumulando durante todo el curso escolar en mi taquilla, y a la vez miraba de reojo al último chico al que le había echado el ojo del instituto: Mario, una de las últimas incorporaciones de este año, una sorpresa inesperada que apareció justo cuando me estaba desenamorando del guaperas de Bruno, el chico más prepotente que jamás había conocido.

Mario era muy diferente al resto de chicos en los que me había fijado, cuando llegó creí imposible que me fuese a enamorar de él, pero tengo un problema, y es que me enamoro de todo chico que me dedica queriendo o sin querer media sonrisa. Sin embargo, no era tan diferente como creía, él tampoco se interesó por mí. Estaba coladito por Paula la actual novia de Bruno, la chica más guapa y creída del instituto, ideal para Bruno.

—Creo… que… —empecé a decir mientras observaba como Mario se hacía el remolón mientras Paula a su lado vaciaba su taquilla. Suspiré— Voy a corroborar una teoría en la que llevo años trabajando.

—¿Cuál? —Gisela se giró de golpe para centrar toda su atención en mí. Me conocía lo suficiente para saber que mi sexapil era más bien nulo.

—Que nadie se enamora de las feas —dije tras lanzarle una mirada rápida a Mario y bajar la cabeza al suelo afligida.

—Tú no eres fea, Carla. —Mentía, lo decía para no herir mis sentimientos. «Vale, quizás no sea fea, pero tampoco guapa».

Decidí responderle con mi silencio, no quería seguir aquella conversación, ya sabía como acababa: ella siempre me decía todo lo bueno que yo tenía, y yo nunca conseguía verlo. Estaba cansada, deseaba alejarme durante unos meses de la gente de mi edad. Al menos con mi familia no me sentía la fea, entre ellos incluso me sentía agraciada. El verano era mi época de desconexión, un periodo para recuperar mi autoestima, y recargar fuerzas para el siguiente curso. Solo que ese verano, no fue exactamente como los demás. Ese verano apareciste tú.

Como cada año mi familia y yo nos fuimos a veranear al pueblo, no te digo el nombre tú ya lo sabes, además aunque lo dijese nadie lo conocería. Es uno de los pueblos menos habitados y más recónditos de toda Andalucía. Sin embargo, fue en aquel inhóspito lugar donde nos encontramos.

Yo releía uno de mis libros preferidos, El diario de Bridget Jones, cuando de repente pasaste por delante de mí, y me llenaste la toalla de arena. No sabes qué rabia me dio. Odio el tacto de la tierra en mi piel. Me había costado casi cinco minutos, sin exagerar, tener la toalla perfectamente limpia de esos indeseables granos, y en menos de un segundo las pequeñas partículas que desprendías al caminar, esas que lanzáis los chicos guapos para hechizar a las chicas, invadieron mi mundo.

Desde ese día, sin que tú te dieses cuenta, me pasé los minutos, las horas, los días con el libro abierto por la misma página, sin avanzar ni una línea. La única historia que me interesaba era la tuya. Me perdí en ti, dejando a Bridget en un segundo plano. Y aunque a veces me entraban ganas de meterme en el agua, pues el calor apretaba con fuerza, no podía permitírmelo. Si ya de por sí, sin que estuvieses tú rondando por allí, me costaba realizar el pequeño trayecto que había de la toalla a la orilla, pues me sentía expuesta a las miradas de la gente. Mi cuerpo no era ni mucho menos como el que siempre había soñado tener, ni siquiera se acercaba al de las demás jóvenes que se encontraban jugando en la orilla. No, ellas no tenían por qué avergonzarse. Ellas sí que podían exhibirse, yo no. Por eso, mientras tú estabas allí, nunca me levanté de la toalla para darme un baño, no me atreví. Pensar que tú me seguirías con la mirada hasta la orilla, por muy egocéntrico y poco probable que este pensamiento me pareciese, la mínima posibilidad de que esto pasase, me aterrorizada.

Pero ese día, el calor apretaba más de la cuenta, yo me confié. Llevaba rato buscándote, sin éxito. No estabas. Así que decidí dejar el libro sobre la toalla, total no creo que Jones se fuese a mover de la escena en la que por mi culpa llevaba anclada días, y sospechaba que al menos hasta que tú te marcharas allí seguiría.

Me puse de pie, crucé mis brazos sobre el estómago, sabía que era una tontería, sabía que me estaba exponiendo más de lo que deseaba, pero al menos esta postura me confería cierta seguridad. Una seguridad que mi baja autoestima había masacrado.

Sentí como el agua cubría poco a poco mis pies, y las miradas de la gente me desnudaban. Creí escuchar sus burlas, pero no estoy segura del todo, a veces incluso, creo percibir sus pensamientos con respecto a mí; siempre negativos.

Me zambullí rápidamente, a pesar del contraste del frío del agua y el calor del exterior, no me lo pensé. Prefería estar dentro congelada a tener medio cuerpo fuera y que me siguieran mirando. Ese instante mientras buceaba, sin escuchar la voz de nadie, simplemente saboreando el silencio y la soledad era el que más me gustaba.

Al sacar la cabeza del agua, para coger aire, me choqué contra alguien. Me puse muy nerviosa, sentí como mis flácidas carnes habían colisionado contra un cuerpo robusto. Me sentí una vaca, una morsa…  Sin embargo, al girarme y verte, esos pensamientos desaparecieron.

Tu mirada no era como la de los demás, tú me mirabas de forma distinta, tú veías en mi algo que el resto de personas no veían. ¿Pero el qué?

Tus ojos no se despegaban de los míos, no parpadeabas, tan solo me contemplabas ensimismado como si yo fuese una hermosa sirena que te había embrujado.

Cuando recuperé la razón, cuando mi corazón recobró sus latidos y mi garganta la voz, te pedí perdón.

—¿Por qué? —me preguntaste dibujando una media sonrisa, que me hizo sospechar que tú ya sabías el por qué.

Tu media sonrisa acabó de rematar lo que días atrás tus partículas empezaron a forjar en mi interior.

«Mierda», pensé. Mi media de enamoramientos crecía, lo que conllevaba a un dolor mayor en menos tiempo. Mi corazón no me dejaba un respiro.

—Por chocar contra ti —dije sin entender muy bien tu juego.

—¿Y si no has sido tú quien ha chocado contra mí, sino yo contra ti? En ese caso el que se debería disculpar sería yo.

Tu razonamiento me dejó sin palabras, siempre había pensado que la culpa de todo lo que ocurría a mi alrededor era mía; nunca nadie me había hecho pensar lo contrario, excepto tú.

Mi silencio fue la única respuesta sensata que hallé. Me correspondiste con una sonrisa que iluminó todo mi mundo.

Ya había caído. Ya era tuya.

—¿Creí que le tenías alergia al agua?

Eché mano de nuevo a mi estrategia de no decir nada, como ya me había pasado muchas veces, era preferible no hablar a meter la pata, práctica que por desgracia cometía más de lo deseado.

Me encogí de hombros.

—El libro que estás leyendo debe de ser muy interesante.

Aquella afirmación me hizo pensar que igual yo no había pasado tan desapercibida para ti como pensaba.

Asentí.

–¿Cómo se llama?

Me daba vergüenza decírtelo, no me avergonzaba del libro en sí, pues considero que su autora es una escritora increíble, pero sí de que me gustase, precisamente, a mí. Yo, una chica tan similar a su protagonista, no me hace falta leer este tipo de historias, ya que mi vida es un calco de la novela, en ocasiones, incluso mucho más deprimente. Pero al ver que hay, al menos en el ámbito literario y enclaustrado entre las hojas de un libro, un personaje tan particular como yo, me hace sentir un poco mejor.

—El diario de Bridget Jones.

Te quedaste callado unos segundos. Vi como tus ojos se habrían poco a poco cada vez más, y tus pupilas se dilataban, parecías emocionado.

—Me encanta —dijiste.

Y entonces lo supe, comprendí por qué te habías fijado en mí. Estaba claro, blanco y en botella. Eras gay.

Sonreí. Todo cuadraba. Me sentí tan tonta por haber, aunque tan solo fuese por unos segundos, imaginado que yo te podía interesar.

—Entiendo.

—¿El qué? ¿Qué entiendes?

—Pues que tú… bueno tus gustos… son… —Un repentino calor empezó a subir por todo mi cuerpo hasta incendiar mis mejillas.

En ese momento te echaste a reír a carcajadas, me desarmaste. Volví a perder el norte, volví a no comprender nada.

—No soy gay, si es lo que estás pensando.

El incendio, que se había extendido por todo mi ser, estalló. Ya no hacía falta llamar a los bomberos, era demasiado tarde.

Bajé la mirada hacia el agua. Ese día se hallaba más calmada de lo normal, las olas casi no se percibían.

En ese instante, me alzaste con suavidad la barbilla, esa fue la primera vez que nos tocamos, bueno la segunda sin contar el escabroso choque de mi grasa contra tu músculo, y lo soltaste, haciendo añicos la sólida tesis que llevaba años demostrando. Me dejaste sin argumentos. Todo cuanto creí cierto, lo tiraste por tierra. Mi trabajo de investigación del próximo curso se hallaba pisoteado bajo tus pies, por culpa de dos simples palabras, que alteraron todas esas partículas de ti que ya habían anidado en mi corazón.

—Me gustas —susurraste, antes de besarme.

Llevaba toda la vida equivocada. La belleza no se halla, como me hicieron creer, en el exterior, sino en el interior.

Gracias por refutar mi teoría, nos vemos el próximo verano.

Fin

 

 

Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

Los portadores de la ilusión

Hace mucho, mucho tiempo, cuando las aguas estaban más llenas de vida y los bosques más habitados. En uno de los siete cielos, tres almas brillaban por encima del resto. Se encontraban danzando como bailarinas de ballet sobre las estrellas que les habían otorgado la vida; un espectáculo digno de ver. Era su bautizo celestial, la celebración que une a cada alma con su Don Divino, un ritual previo a la bajada a la tierra.

Un ángel de cabellos níveos como la nieve, fue el encargado de oficiar dicha ceremonia. Y envueltas entre una dulce melodía celestial, las almas giraban sobre si mismas como auténticos derviches, mientras sus dones iban envolviéndolas en una intensa luz, mientras penetraban en su interior. Las tres recibieron el mismo: el poder de interpretar el lenguaje de las estrellas. Quizás, querido lector, pueda parecerte un don insignificante, pero no lo es, y pronto entenderás porqué.

Al completarse la unión, cada alma se subió a su estrella, y juntas sobrevolaron mundos remotos, todos ellos muy diferentes entre sí, hasta llegar al suyo. Fue entonces cuando cada estrella tomó su propio rumbo, hasta alcanzar su objetivo: el pequeño cuerpo que se estaba gestando en el interior de su madre. Una vez la estrella se separa de su alma, esta permanece sobre ella durante toda su vida terrenal, hasta que, al finalizar dicha vida, vuelven a reencontrarse. Tú que lees esta historia con cierta reticencia y escepticismo compruébalo: mira al cielo cuando la luz del sol ya no eclipse el brillo de las estrellas, y veras sobre ti esa luz que ilumina tu alma sin descanso.

A pesar de haber viajado juntos, pues así estaba estipulado en la profecía, los tres pequeños llegaron a la vida en distintos momentos. El primero fue bautizado con el nombre de Melchor, al segundo lo llamaron Gaspar, y al último Baltasar.

Melchor creció rodeado de riqueza, pues sus padres eran unos importantes y reconocidos reyes. Por lo tanto, al pequeño nunca le faltó de nada. Su lujosa cuna brillaba cual diamante recién tallado. Sobre ella un precioso móvil con resplandecientes estrellas, entretenía y tranquilizaba al pequeño. Sus padres, dos personas ya de avanzada edad, andaban en busca de un bebé desde hacía mucho tiempo y, cuando prácticamente habían perdido la esperanza, un ángel se les apareció en sueños. Les concedió su mayor deseo, pero con la condición de que a la edad de cinco años su pequeño debía ser educado para ser mago. Ellos aceptaron, aunque a regañadientes. En su alta clase social no estaba bien vista la magia, pero si ese era el requisito para convertirse en padres, lo cumplirían. Y así fue como Melchor un pequeño bebé de cabellos dorados y ojos claros como el cielo, nació entre sabanas de seda y hermosos bordados dorados que adornaban los puños y cuello de sus trajes.

Una repentina visita, el día en que el pequeño cumplía los cinco años, alteró la calma que reinaba en el hogar. Un extraño anciano de cabellos blancos, que vestía de manera extravagante y poco común para la época, vino a por el pequeño Melchor. Sus padres que rezaban para que ese día no llegase accedieron, aunque su corazón se desgarraba con la idea de la separación, a dejarle marchar. Así fue como años más tarde conoció a sus inseparables amigos, pero esta es una historia que contaré más adelante.

Gaspar nació en un gélido y aislado lugar. Rodeado de grandes montañas heladas y extensos lagos congelados. Su casa había sido construida por su padre, años antes de su nacimiento, con modestos tablones de madera. Una colosal chimenea presidia el centro del hogar y junto a ella reposaba la cuna del recién nacido. Hecha de madera de roble, como el resto de la casa. Sus padres se sentían inmensamente agradecidos, pero en su interior una bestia gemía con furia al ver crecer a su pequeño. Irremediablemente el día llegó, y Gaspar celebró por todo lo alto su quinto aniversario. Todo el bosque se había unido a la fiesta: osos, caballos, ardillas, ciervos… Acompañaron al pequeño Gaspar en ese día tan especial. El sol resplandecía con fuerza, y el reflejo del hielo de las montañas iluminaba el feliz rostro de Gaspar. Un viento inesperado turbó a los asistentes al convite. Un espléndido caballo alado, fue el causante de aquel repentino aire. Venía a por el niño. Y, sin explicación alguna por parte de sus queridos padres, se marchó de su hogar. Pero esta es una historia que contaré más adelante.

 

Baltasar, la última de las tres almas en nacer, fue destinado a la familia más pobre, pero no por eso menos feliz. Su hogar era una pequeña cabaña hecha con cañas y barro. Y mientras su padre iba a cazar y su madre, limpiaba las pieles para hacerle un precioso traje, él jugaba con sus hermanos mayores. Era el menor de ocho hermanos y el más travieso y juguetón. Se pasaba el día entero haciendo bromas a toda la familia para sacarles una sonrisa. Su nacimiento llegó justo en el momento adecuado, pues su familia, que se había dejado engullir por la tristeza, pasaba por una etapa difícil. El séptimo hermano estaba muy enfermo y justo cuando parecía que su luz se estaba apagando, el pequeño Baltasar llegó para avivarla. Pues no solo alegró sus vidas, sino que con su llegada el pequeño Enam mejoró considerablemente, llegando incluso a salir de casa y jugar como el resto de sus hermanos.

El día de su quinto cumpleaños todos pasaron una velada muy divertida viéndole reír y hacer bromas, y Enam que tenía devoción por su hermano pequeño se las reía todas, llegando incluso a participar en alguna que otra travesura. Aquellas sonrisas se eclipsaron con la repentina llegada de un ángel. Ningún hermano incluido el propio Baltasar sospechaba que aquel era el último día que estarían juntos. El inesperado visitante le tendió su ala, y Baltasar la aceptó cabizbajo, no sin antes echar un último vistazo a su querido hermano Enam. «Volveré pronto», quiso decirle con su mirada, pero las lágrimas que empezaron a brillar de los ojos de su hermano, le dieron a entender que no le había entendido. Y finalmente se marchó, para reencontrarse con las otras dos almas elegidas; historia que ahora sí te voy a contar.

Los tres pequeños, velados por sus respectivas estrellas y aquel extraño ser encargado de recogerlos, viajaron durante días. El primero en llegar fue Melchor, luego Gaspar y por último Baltasar hasta estar los tres juntos en la escuela de magia. Donde según la profecía debían convertirse en magos, para acometer una importante misión.

Un gran castillo, muy diferente al que hoy en día pintan en las películas, les recibió a su llegada. Un majestuoso edificio hecho por completo de cristal: escaleras, puertas, suelos, muebles, incluso camas. Y hasta que no se acostumbraron, los tres pequeños tuvieron ciertas dificultades a la hora de amoldarse a aquel extraño lugar.

Hasta pasado de un mes, no fueron capaces de encontrar a la primera sus aulas, pues estas cambiaban de lugar cada día, repitiendo la misma secuencia cada semana. Y otro mes más, hasta perder el vértigo a las alturas. Pues desde el piso más alto, el lugar donde se encontraban sus dormitorios, podían ver la última planta tan sólo con mirar sus pies. Así de peculiar era la mansión de la ilusión. Todo lo que en ella había, desde los cubiertos donde se suponía que se debían de utilizar para comer, hasta los armarios que dejaban entrever todo lo que en ellos se ocultaba, confundía a los sentidos, sobre todo, al de la vista. Así que hasta la fecha, nadie sabe a ciencia cierta cómo era de verdad aquel castillo, ni de que estaba realmente hecho. La única certeza que tenemos hoy en día, es que lo que en él se enseñaba era verdadera magia. Las varitas y hechizos que se emplean hoy en día para hablar de magia, no tenían cabida en aquel hermoso lugar, pues su magia venia de otro lugar, no de las palabras, ni de objetos embrujados, sino del corazón.

Se dice que el verdadero mago, nace con el don de la ilusión, el cual le ofrece la posibilidad de crear la proporción perfecta entre: amor, bondad e ilusión. Este equilibrio les otorgaba la fuerza para salir airosos de las más complejas situaciones. Y así fue como durante los años que vivieron en la mansión, los tres magos se vieron envueltos en un mar de experiencias cada vez más enrevesadas, hasta conseguir lograr su objetivo: ilusionar.

Hoy en día, muchas personas, incluido tú, los conoce con otro nombre, pero ellos se hacían llamar: “los portadores de ilusión”. Y llegaron a convertirse en los mejores magos de la escuela. Y su último y más difícil cometido, les fue revelado: completar la profecía.
Únicamente llegarían a convertirse en verdaderos magos, si conseguían realizarla con éxito. Y para ello debían de poner a prueba su mayor don: el conocimiento del lenguaje de las estrellas. La profecía hablaba de un bebé recién nacido al que debían visitar, guiados por su estrella.

Tras despedirse de sus maestros y del resto de compañeros emprendieron el largo camino que los llevaría a convertirse en verdaderos reyes magos. Durante los primeros días, les resultó complicado dar con la dirección correcta, pues las estrellas no se ponían de acuerdo. Todas habían sentido hablar de aquel bebé tan especial, pero ninguna ofrecía una información viable en cuanto al rumbo a seguir. Por lo que, Melchor, Gaspar y Baltasar recorrieron juntos muchos quilómetros a pie, hasta dar con una pequeña estrella que centelleaba de manera intermitente, lo cual les llamó la atención y decidieron seguirla.

Guiados por la luz irregular de la estrella llegaron a un pequeño pueblo, situado a las afueras del desierto. La estrella yacía sobre una humilde cabaña, y unos llantos en su interior, esperanzaron a los tres cansados magos. Un hombre, que les había visto llegar desde el interior, les invitó a entrar. La imagen de una joven dando el pecho con la dulzura única de una madre, hizo que los tres magos se quedasen ensimismados. Y sin pensarlo dos veces se arrodillaron frente a la madre y el bebé.

—No es él —dijo Melchor convencido.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó el joven Baltasar con vehemencia.

—Las estrellas me han hablado. Ese no es el bebé que estamos buscando, pero sí que es una pieza clave para llegar hasta él.

—¿Por qué? —preguntó Gaspar.

—Gracias a él, un presente muy valioso entregaremos a nuestro bebé predilecto.

Y así fue. Los padres del recién nacido se mostraron tan agradecidos por las esperanzadoras palabras que los tres magos habían interpretado de la estrella de su hija, que sacaron de un lujoso armario un brillante cofre dorado que le entregaron a Melchor. Sabían que pronto nacería un niño muy especial, pues todos hablaban de él. Lo que nadie en el pueblo sabía era cuándo, ni dónde sería. Les anunció el marido al entregarles su mayor tesoro, un cofre lleno de monedas de oro, como ofrenda para el niño que, según cuenta una antigua profecía, se convertirá en nuestro Salvador.

Al salir de la casa, tres majestuosos camellos, les esperaban en la entrada.

—¿De dónde han aparecido estos camellos? —preguntó confuso Melchor. Echó primero una mirada a Gaspar pero su desconcertado rostro le garantizó que él no había tenido nada que ver. Entonces volvió la mirada hacia su compañero de piel oscura, que disimulaba una pícara sonrisa. Entonces lo supo. —¿Esto ha sido idea tuya Baltasar?

—Yo solo pensé que nos iría bien tener un poco de ayuda —dijo mientras se acercaba a uno de los camellos y le acariciaba por detrás de la oreja—. Además, estamos a punto de entrar en un gran desierto. ¿Queréis morir de cansancio antes de lograr nuestra misión? —Los otros dos se miraron y no pudieron disimular su sonrisa. Sí, Baltasar tenía un Don, uno que había sido forjado a la vez que su alma, y aunque ni Melchor, ni Gaspar sabían cómo lo lograba, siempre les contagiaba su ilusión, dibujando en sus rostros una sonrisa. Y te preguntarás, ¿pero de dónde los sacó? Su asignatura preferida en la escuela era “aparición”, y sin duda, le divertía hacer aparecer de la nada, objetos o seres de lo más extraños. Una vez, con tal de animar a un niño que acababa de llegar y estaba asustado, hizo aparecer una cría de dragón que cuidaron y amaestraron para convertirla en la cariñosa y divertida mascota del castillo. Donde aún hoy, dos mil años después, habita.

Subidos sobre la joroba de los camellos, emprendieron de nuevo el rumbo. Guiados esta vez por una estrella algo mayor y resplandeciente que la anterior. Tras largas caminatas, entre las dunas y violentas tormentas de arena, llegaron a un pequeño pueblo que se encontraba en medio del desierto. La estrella descansaba sobre una caseta hecha de hojas de palma. Dejaron los camellos y entraron en aquel pequeño hogar. «¿Se encontrará aquí nuestro bebé?», se preguntó un agotado Melchor. Los años en la escuela habían pasado, al menos a su parecer, muy rápidos pero sus canas revelaban su longevidad.

El pequeño se encontraba tapado con una fina sabana, sobre la suave tierra del desierto. Se arrodillaron con el beneplácito de sus padres, y con hermosas palabras les explicaron lo que la voz de su estrella les cantaba. Pues se dice que cuando un alma es pura y feliz, su estrella no solo brilla con fuerza sino que emite una melodía única, animando a las almas que la escuchan.

—Será un niño muy feliz —dijo Gaspar dejando entrever a través de su larga barba una impecable dentadura.

Los padres del pequeño, dudaban del futuro que le aguardaba a su hijo en aquel pobre y aislado lugar. Y aquellas cinco palabras penetraron en sus corazones como un bálsamo de alivio. Y como muestra de su agradecimiento les entregaron un cofre plateado, repleto de incienso.

—No es gran cosa… pero… —dijo la mujer.

Baltasar que presenciaba con especial atención la escena, se acercó a la joven que seguía sentada con su bebé encima, y mirando directamente sus ojos color esmeralda, le dijo:

—Nada de lo que se entrega con el corazón es poco. —Pues él lo sabía mejor que nadie. Nunca había poseído grandes cosas, pero todo cuanto poseyó durante aquella época de su infancia, tenía un gran valor para él.

Y dicho esto se despidieron y abandonaron aquel pobre pero entrañable hogar.

De nuevo, aunque algo más cansados, la voz, esta vez de dos estrellas que brillaban muy unidas les llamó la atención, pues estas no cantaban, más bien sollozaban y su luz casi imperceptible parecía un bombilla a punto de fundirse. No eran las más luminosas, ni las más bellas, pero algo en ellas hizo que los magos siguiesen su débil luz, hasta llegar a un pueblo. Sus calles estaban bordeadas por decenas de casas, pero no paseaba ni un alma por ellas.

Observaron la casa que la tenue luz de las estrellas alumbraba. En su interior una bella mujer, que sostenía entre sus brazos a un bebé recién nacido, les ofreció entrar.

—Sabía que tarde o temprano vendríais —dijo Marianne.

—¿Cómo? —Preguntó desconcertado Baltasar.

—Un sueño me lo mostró. —Sonrió enigmática. En ese momento otro bebé, este de un año de edad, llegó gateando hasta los pies de su madre. Ella se agachó, con gran agilidad, a pesar de tener a su otro hijo en brazos, y lo cogió. —Ellos son Alejandro y Aristóbulo, mis hijos.

Los tres magos giraron a ambos lados sus cabezas, buscando algo o más bien a alguien.

—¿Y su… padre? —preguntó Gaspar. Él se había criado en el seno de una pequeña familia, pero el amor que sus padres le habían otorgado era mayor a muchas familias más numerosas. Sabía que los pequeños no estaban faltos de cariño, lo percibía en el brillo que surgía de los ojos de su madre al mirarlos, pero aún y así, faltaba una importante figura en aquel hogar.

—Nos… —Los ojos de Marianne empezaron a aguarse— desterró. Pero —dijo limpiando sus lágrimas y tratando de cambiar de tema—, no buscáis a mi marido, ¿verdad?

—No —dijo Melchor, disimulando la conmoción que le había causado aquella joven madre soltera.

—El niño que buscáis está a punto de nacer. Su madre, María y su padre, José se encuentran a una semana de aquí. Su nombre aún lo desconozco, pero él será el verdadero rey de los judíos, lo vi en mi sueño.

Marianne tenía un don especial, un don que había ensombrecido la figura de su importante marido, y por ese motivo decidió expulsarla de sus tierras. Con sus dos hijos y un mísero cofre de cobre bajo el brazo, cuyo interior contenía el augurio de su familia, la joven se alejó del gran castillo donde reinaba su marido, el actual rey de Judea, Herodes.

—El rey de los judíos —dijo pensativo Gaspar.

—Gracias, por su información y hospitalidad, señorita…

—Marianne —dijo acabando la frase del más anciano de los magos—Pero antes de marchar, ¿les importaría dedicarles unas palabras a mis hijos? Sé que ustedes son magos y pueden ver el futuro.

—No vemos el futuro. Sólo escuchamos a las estrellas. Cada alma tiene una estrella sobre sí, algunas más brillantes, otras menos. Ellas nos hablan en su idioma y nosotros las entendemos. Esto no es magia, es nuestro don.

Y dicho esto, los tres magos satisfechos con la información que la joven les había ofrecido prestaron atención a las voces de las estrellas de los pequeños. Su mensaje provocó que el pálido rostro de Melchor, se volviese aún más claro; que el rosado de Gaspar, se tornase blanco como la nieve y que el oscuro de Baltasar adquiriese un tono desvaído. Los tres permanecieron en silencio, sus palabras no conseguían salir de sus bocas. Lo que las estrellas les habían revelado era terrible.

Ante la visión de sus horrorizados rostros, la muchacha dejó a su hijo mayor, Alejandro, en el suelo, y al recordar la única posesión que tenía, fue en su busca. Se hallaba en el interior de un destartalado cajón y al cogerla, una fugaz desazón le atravesó el pecho. Finalmente, entregó con sus manos temblorosas el cofre a Baltasar.

Los tres magos, cada uno con su respectivo cofre en las manos, salieron de aquella casa a la que le aguardaba una horrible tragedia. Pero esto es otra historia, que ya ha sido contada en innumerables ocasiones, y que en la nuestra, no adquiere mayor importancia.

Tras pasar dos noches y un día sin escuchar la voz y ver el brillo de una estrella, un haz de luz se iluminó en el cielo y su alegre y dulce melodía alentó el ánimo de los magos. «Esta debe de ser la estrella que anuncia el nacimiento del niño», pensaron. Siguieron su luz, la cual les llevó hasta un pequeño pueblo, Belén. La estrella reposaba sobre un destartalado pesebre y allí, fue donde lo encontraron. Su rostro rosado y sus brillantes ojos confirmaron sus sospechas. Era él. Al acercarse al pequeño y ofrecerle los cofres con sus respectivos presentes: oro, incienso y mirra. Escucharon con atención a su estrella. Su melodiosa voz, les llenó de alegría. Lo habían conseguido y ahora la profecía se cumpliría, él sería el nuevo rey de los judíos.

Su aprendizaje había llegado a su fin, ya eran, como muchos hoy en día les conoce, Reyes Magos. Y podrían regresar a casa.

Pero justo cuando estaban a punto de montar en sus camellos y quizás hacer algo de magia para acortar el viaje, se les apareció un ángel muy especial, el mismo que un día, hacía ya algunos años atrás, les había ido a buscar para emprender esta aventura.

—Habéis realizado esta importante misión con gran éxito. Gracias a vuestro amor —dijo dirigiendo su mirada a Melchor—, bondad — a Gaspar— e ilusión —posó esta vez sus ojos sobre los humildes ojos del joven Baltasar —, el día de hoy será recordado para siempre como el día de los tres reyes magos. Nos habéis guiado hacia el salvador y lo habéis colmado de presentes e ilusión. Pero hoy no he venido por él, sino por vosotros. Os acabáis de convertir en auténticos magos y como recompensar vengo a liberaros del tiempo.

—¿Liberarnos del tiempo?

—Así es. El tiempo es lo que nos hace nacer, crecer, y morir. Si os libro de él, jamás moriréis, y podréis seguir portando vuestra ilusión cada año, en una noche como esta, a todo niño y adulto que crea en vosotros.

—¿Y si no creen? —preguntó un angustiado Baltasar.

—Si no creen, vuestra magia, poco a poco, irá desapareciendo hasta morir. Pero, mientras siga existiendo una sola estrella en el cielo que brille iluminando un alma creyente, la seguiréis colmando de ilusión, cada cinco de enero, todos los años de su vida.

Así fue como la profecía se cumplió y nuestra leyenda se hizo en realidad. Y esta noche mientras sueñes, tu estrella se iluminará en el cielo, guiándonos hacia ti, y poner en tu alma un pedacito de nuestro mayor Don: la ilusión.

¡No dejes de creer en la magia!

Atentamente: Los portadores de la ilusión.

La última campanada

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

(El Principito)

 

Anoche, mientras la luna alumbraba con todo su esplendor, sucedió algo extraordinario. Algo que yo jamás habría creído posible cambió mi vida en cuestión de segundos. Nada volvería a ser lo que era.

Todo ocurrió antes de que sonase la última campanada. Mi corazón estaba desbocado, mirando el reloj de la puerta del sol. No era el primer año que pasaba la última noche del año allí, pero esta estaba a punto de convertirse en inolvidable. Las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Acababa de meterme en la boca la penúltima uva. Miré de soslayo a Julia, mi novia, situada a mi derecha. No parecía muy feliz. A ella no le gustaban estos jaleos, yo la animé a venir. Creí que se lo pasaría bien, pero me autoengañé para acallar la voz de mi conciencia, esa que no paraba de repetirme que estaba siendo egoísta. Giré, algo afligido, mi mirada de nuevo al reloj. La gente vitoreaba ya la entrada del nuevo año, ansiosos por dejar en el olvido este año y empezar uno lleno de nuevas posibilidades y propósitos. Los miré como si fuesen extraterrestres, no alcanzaba a comprenderlos. Para mí era indiferente que acabase un año y entrase otro. «Todo seguirá igual mañana», pensé. Pero me equivocaba.

Mi mano ya había cogido la última uva, dispuesta a metérmela en cualquier momento en la boca. Miré de nuevo a mi novia. Su rostro seguía igual de compungido, pero algo en él me llamó la atención. No se había movido ni lo más mínimo, ni siquiera parpadeaba, ¿qué estaba ocurriendo? La uva, entre mis dedos, estaba empezando a resbalar. Llevaba mucho tiempo esperando que sonase aquella última campanada, «demasiado», pensé.

El reloj parecía haberse parado, miré la uva, «¿y ahora qué? ¿Estamos en el dos mil diecisiete o en el dieciocho?». Una extraña sensación invadió todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío. Nadie decía nada. Nadie se quejaba. «Con la que liaron un año porque se había cortado la emisión de las campanadas en televisión. ¿Y hoy que se para el reloj justo en la última campanada, nadie dice nada?» Algo no iba bien. Pero ¿el qué? Julia seguía en la misma posición que hacía cinco minutos. Miré a mi alrededor asustado. Nada. Todos estaban paralizados. «Debe de ser una broma», pensé. Pero en una broma al cabo de un tiempo todos se ríen y dicen—: Inocente. Pero nadie me lo decía. Nadie se inmutaba, entonces me sentí vacío y solo. Quizás si supieses todo lo que poseo, pensarías que estaba loco por sentirme así. Pues sí, no acababa de entender por qué me sentía así de mal. Tenía más de lo que un hombre de mi edad pudiese desear, pero en cuestión de segundos me lo habían arrebatado todo. Hasta la luna antes resplandeciente parecía haberme abandonado. Frente a mí, una luz iluminó lo que quedaba de mí: mi sombra. Adornada eso sí, con sus mejores galas y joyas, pero no dejaba de ser oscura como si de repente su foco, en este caso mi cuerpo, se hubiese apagado. Miré la misteriosa luz, asombrado. «¿Quizás ella tenga la solución?», pensé guiado por una extraña locura.

Un ser de no más de un metro de altura salió de entre sus propias alas, mostrándome su rostro. Sus cabellos dorados como la luz del sol reposaban formando grandes rizos sobre su cabeza. Su cara rosada y sus ojos extremadamente brillantes me transmitieron tranquilidad y sosiego. Vestía un largo vestido blanco como la nieve, que le cubría hasta los pies. Su apariencia, sino estuviese volando y reluciendo como una antorcha, era como la de un niño. Pero aunque me costó admitirlo, no tuve duda alguna, se trataba de un ángel.

—Hola Marcos —me dijo en tono dulce y suave.

No podía hablar, un nudo en la garganta me lo impedía. Abrí la boca para tratar de emitir algún sonido, pero de mi esfuerzo no salió nada. Tragué saliva y esperé a que continuara.

—¿Sabes quién soy? —Negué con la cabeza—. ¿Sabes por qué estoy aquí? —Volví a negar—. Soy tu ángel de la guarda, Marcos, mi nombre es Haziel. No he venido por ti, contigo ya lo intenté todo y no funcionó, sino para salvarla a ella. —Señaló con su cabeza a Julia. «¿Por qué? ¿Qué le ocurre?», quise preguntarle pero en lugar de eso estas se repitieron, como un disco rayado, en mi mente—. ¿Cuál es tu deseo para este nuevo año? —Alcé mis hombros en señal de duda, no entendía a cuento de qué venia aquella pregunta. Esperé, pero no parecía conformarse con mi silencio, así que me aclaré la garganta, y conseguí hablar:

—No tengo ninguno. No… —Titubee, pues ahora no sabía en qué creía y en qué no—. No creo en esas cosas.

—Lo sé, por eso he venido. ¿Crees que solo existe lo que tus ojos pueden ver, no es así, Marcos?

—Asentí entornando los ojos, «¿A dónde quiere ir a parar?», pensé—. ¿Y qué me dices de mí? ¿Crees en mí? —Me quedé pasmado, no esperaba aquella vuelta de tuerca.

—No, digo, bueno… ahora sí. Pero…

—Pero no soy real, no al menos para ti. ¿No es así? ¿Quién ha hecho esta clasificación sobre qué es o no real? —Volví a alzar mis hombros, empezaba a no entender nada de lo que me decía, y me estaba desesperando—. Pues, a partir de hoy vas a rodearte tan solo de tu realidad, de todo lo que puedes ver y, por lo tanto, creer. Mi misión contigo está a punto de acabar —dijo en tono afligido. No parecía satisfecho consigo mismo.

—Espera, ¿y qué hay de ella? —Señalé a Julia—, ¿y del resto de personas? ¿Volverán a su estado normal?

—No —dijo con rotundidad.

—No lo entiendo. Ellos son reales.

—Sí, claro, igual que yo. Pero esto es lo único que puedes ver de ellos, y por lo tanto es en lo único que crees. Su alma que es lo que no se ve, ya no está en su interior. Ahora mismo tan solo hay lo que ves tú a simple vista. Esto Marcos —dijo levantando la vista hacia el resto de personas inmovilizadas que se encontraban celebrando fin de año en la puerta del sol y señalándolas con sus alas, dijo—: es todo en lo que tú crees. ¿Creías ser feliz tan solo con esto, no? Todo lo que de verdad importaba para ti: tu trabajo, tu físico y tu dinero. Lo tienes. Así que ¿por qué no te sientes feliz? No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo en tono retorico sin esperar respuesta, pero contesté:

—Necesito… —Titubee— Yo… —Miré el nuevo Rolex que me había comprado hacia dos días. Ahora ya no me hacía sentir bien, ya no me hacía sentir nada. Mis ojos empezaron a empañarse— no puedo ser feliz sin ella. —Miré a Julia. Su sonrisa invertida, a pesar del día, el lugar y el momento de celebración en el que nos encontrábamos, me cautivó. Me había vuelto un egoísta que solo miraba por mí. Y ella en cambio —pensé— se conformaba con verme feliz. En ese momento, en que mis ojos seguían inmersos en su profunda tristeza, noté un agudo pinchazo en el pecho.

—La tienes. La única diferencia es que ahora sólo tienes lo que en ella puedes ver. Su interior está vacío.

—Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas, como consecuencia de aquellas duras palabras. —Los seres humanos sois mucho más de lo que a simple vista veis. Todo lo que creéis ver, no es ni la mitad de lo que existe, pues no son los ojos los que ven, sino el alma. Ella es la que os mantiene con vida, la que os hace sentir tristeza, alegría, preocupación, amor… Sin ella solo sois —dirigió una mirada apesadumbrada hacia Julia— un cuerpo vacío.

—¿Cómo puedo recuperarla? —pregunté desesperado.

—Deseándolo. El tiempo es algo efímero. Los años vienen y van, a veces dejan consigo objetos materiales como: relojes, coches, casas, dinero, pero esto no es lo que te hace verdaderamente feliz. Es solo un placebo. La felicidad no se ve, se siente. Se halla escondida tras los recuerdos y las personas que los protagonizan. Cree. Pues es tu alma quien decide qué existe y qué no, no tus ojos. Ahora debo marcharme, lo dejo en tus manos. Puedes creer y pedir un deseo para el nuevo año, o bien, seguir como hasta ahora e intentar ser feliz con la realidad que te muestran tus ojos. Tú eliges.

El ángel se desvaneció tras sus últimas palabras. El silencio me inundó. Me sentí como si me estuviese sumergiendo en un profundo océano y, poco a poco, se me estuviese agotando el oxígeno. Miré a Julia. Las lágrimas, que ahora corrían sin resistencia alguna por mis mejillas, me dificultaban apreciar su profunda y triste mirada. Giré de nuevo la cabeza hacia el reloj, seguía marcando las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, cogí de nuevo mi última uva, cerré los ojos y pedí mi deseo para el nuevo año. En ese momento, la última campanada estalló en mis oídos rompiendo aquel doloroso silencio e introduje, al fin, mi última uva en la boca. Miré a Julia, que masticaba con dificultad su última uva. Le sonreí y vi su luz. Aquel brillo que antes no podía ver. Se trataba de su alma. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces lo supe. Los deseos que proceden del alma se hacen realidad. Hacía mucho que no la veía así de feliz. «Ahora sí que lo tengo todo», pensé y me abalancé hacia ella. Sentía como si llevase años sin verla. Y la besé.

Anoche pasé la noche más extraña de mi vida, sí, pero también la más hermosa. Ahora veo a través de mi alma, y la vida se ve diferente. Ahora sé que no todo lo que veo es real, ni todo lo que no veo no lo es. Me siento feliz, hoy mi vida tiene sentido. No gracias a mi dinero, ni a mi cuerpo, ni a mi nuevo Rolex, sino gracias a la sonrisa de Julia y al ángel que me hizo de lazarillo cuando mi alma estaba ciega. Gracias, Haziel, por abrir mis verdaderos ojos y, ayudarme a creer. Gracias Julia por ser lo primero que vio mi alma al despertar. Y gracias a ti, querido lector, por leer mi historia. Piensa con qué ojos ves la vida y pide con humildad tu deseo para este nuevo año. Y, sobre todo, CREE.

Fin

Noel

En un lugar donde la navidad nunca llegaba a su fin y los sueños siempre se hacían realidad, vivía un niño de cabellos dorados y mejillas sonrosadas al que todos llamaban Noel. Su notoria felicidad inundaba en forma de sonoras carcajadas el área de su minúsculo mundo. El pequeño que creyó ser engendrado, como el resto de habitantes, por arte de magia, creció bajo la tutela de la encantadora y amorosa familia Claus.

El señor y la señora Claus llevaban años viviendo en aquella diminuta aldea, la cual bautizaron con el bonito nombre de Ilusión. Sus caminos, bosques, tejados e incluso, las puntas de los cuernos de los renos se cubrían siempre de una capa llamativa de nieve blanca que contrastaba con el tono carmesí que predominaba en casi todas las prendas de vestir de sus aldeanos e incluso con el color de la nariz de algunos de los renos más afortunados de la región.

De fondo a lo largo del día un hilo musical muy alegre armonizaba la vida de todos los habitantes de Ilusión, pero cuando la noche se abría paso y con ella la clara luz de la luna, la banda sonora se convertía en el dulce tintineo de los cascabeles que, de modo preventivo, para evitar que ningún ave se chocase contra él, acompañaban al trineo más soñado de todos los tiempos: el trineo de Santa Claus.

Todos en aquella modesta y risueña región, oculta para el resto del mundo, tenían una tarea que hacer: unos ingeniaban los juguetes, que más tarde otros construirían, que más tarde otros decorarían, que más tarde otros comprobarían y que finalmente otros envolverían con un hermoso papel de regalo que les confería ese aspecto que conseguía iluminar el rostro de los más pequeños de la casa. La tarea de Noel se hallaba justo en medio de la cadena, y era una de las que más trabajo y concentración requería. Él era uno de los encargados de comprobar el llanto de las muñecas lloronas, el balanceo de los caballitos, el sonido de la bocina de los trenecitos, la nieve caer de las bolas al ser agitadas… Todo esto ocupaba gran parte del día del pequeño.

Como habrás podido imaginar, Noel, era sin lugar a dudas el niño más afortunado del mundo. Pues cada mañana del año, —que debido al diminuto diámetro de su superficie duraba tan solo veinticuatros horas— al despertar, le esperaban cientos y cientos de regalos bajo el árbol que se hallaba permanentemente en la hogareña mansión de los Claus. 

La dicha había suplantado al oxígeno en aquella remota región del planeta. Todo aquel que respiraba ese aire con olor al dulce aroma del chocolate recién hecho se sentía feliz. Sin embargo, como en toda historia, la felicidad no siempre salpica a todos por igual, y con el tiempo, ese agraciado jovencito empezó a ver su maravilloso mundo de distinta forma, y el eco de su risa desapareció.

Pasó de ser el niño más risueño de toda Ilusión al más infeliz. La dirección de la nueva curvatura que adquirieron de súbito sus labios, conmocionó a toda la aldea. «¿Qué atormentará el alma de Noel? ¿Qué profundo dolor padecerá para sentirse tan triste?», se preguntaban todos. Pero un secreto, quizás no tan oculto a simple vista, rodeaba al  pequeño. Nadie excepto sus tutores legales el señor y la señora Claus lo sabían.

—Nicolás, debemos contárselo. —Le decía una y otra vez la señora Claus a su tozudo marido.

—No, mujer, el niño es feliz así. —Le decía el hombre con su grave voz, mientras se descalzaba las botas rojas que, después de toda una noche de duro e intenso trabajo,  le había dejado los pies fritos.

—No, no lo es. Lo que pasa es que como te pasas toda la noche fuera de casa y todo el maldito día durmiendo, no te enteras de nada, pero Noel está empezando a darse cuenta de que hay algo en él que lo diferencia de nosotros —dijo furiosa—. Por dios, Nico, sintoniza el volumen de tu viejo oído, y trata de buscar la frecuencia de su risa. —Hizo un gesto teatral, llevándose la mano a la oreja y tratando de prestar atención al silencio—. Nada, ni una mísera onda de su antigua felicidad llegará hasta tu ajada oreja.

—Pero, querida mía, de aquello hace muchos años…

—Doce para ser exactos —le interrumpió la malhumorada mujer.

—Demasiados, para tratar de explicarle a un niño que él no es lo que cree ser. ¿No crees que la verdad le hará más daño, aún?

—A veces la verdad es dura y duele, pero no deja de ser mejor opción que la mentira. —Al acabar se cruzó de brazos y alzó su orgulloso y seguro mentón.

—Está bien, está bien… Tú ganas —bostezó mientras abría las aterciopeladas mantas que cubrían su cama. —Mañana mismo se lo cuento. —Volvió  bostezar.

—A no, de eso nada —la buena, pero terca, mujer cogió de repente a su marido de la oreja y lo levantó sin necesidad de utilizar mucha fuerza— Ahora mismito vas y le explicas a ese pobre niño como llegó hasta nosotros. Y sin titubear, Nicolás, —dijo alzando un dedo en señal desafiante— que te conozco.

—¿Ahora? Pero sí acabo de llegar y aún ni ha salido el sol y… y… ¡ay! —Chilló al sentir el tirón que su mujer le daba—. Está bien, está bien, ya voy…

—Así me gusta. —Sonrió satisfecha—. Y a la vuelta le dices a uno de tus duendes que venga a ayudarme con el pavo, que por si no te acuerdas esta noche es Nochebuena.

Era curioso como allí, para los habitantes de Ilusión, el hecho de que el año tan solo durase veinticuatro horas no fuese para nada extraño, es más, cada día era recibido con gran expectación.

Pero Noel, que hacía tiempo que había empezado a sentir que en su interior existía un anhelo distinto al de los demás aldeanos, no se hallaba en la fábrica de juguetes.

—Noel, Noel —Gritaba el señor Claus con sus manos alrededor de la boca con la intención de que su voz llegase más lejos—. Noel, Noel… ¡Oh! Eliana —le dijo a una dulce elfa de ojos rasgados, nariz alargada y orejas puntiagudas— ¿Has visto a Noel? ——La joven negó con la cabeza sin dejar de emitir su adorable sonrisa. Y el anciano continuo buscando.

El eco de la voz del señor Claus no tardó en llegar hasta el oído de Noel. Era difícil que en un lugar tan pequeño, sus graves chillidos no abarcasen todo el perímetro.

El pequeño no se escondió, sino que lo esperó sentado sobre un montón de nieve acumulada, que al parecer acababa de caer de la copa de un árbol. Se hallaba justo en los confines de su mundo; más allá no había nada, o al menos eso había creído hasta el día en que, sin el permiso de ninguno de sus tutores, se atrevió a ir.

Allí sentado, mirando por un gran ventanal trasparente, tras el cual nada existía, apareció una niña. Su rizado cabello caía a lo largo de sus hombros y espalda, sus ojos esmeraldas iluminaron aquella tristeza que anidaba en el interior de Noel, y cuando esta se giró, su sonrisa iluminó todo su mundo. Y después de mucho tiempo el pequeño se sintió dichosamente feliz.

Ya no se satisfacía con respirar la mágica atmósfera que cubría toda Ilusión, necesitaba más. Y ese más se hallaba al otro lado de su mundo, justo en el interior de esa hermosa niña.

—¡Oh! Estás aquí —dijo el señor Claus, interrumpiendo la bella ensoñación en la que se había sumergido Noel.

El chico se giró de repente, estaba tan embebido en aquella joven que ni se había percatado del sonido que emitían los cascabeles de las botas del anciano. Pero rápidamente volvió a llevar su mirada hacia esa realidad que él desconocía, y que por algún extraño motivo lo atraía hacia ella. El señor Claus conocedor del hallazgo que el pequeño había descubierto, se sentó junto a él y en silencio, ambos observaron aquella niña con rostro de muñeca de porcelana que se encontraba al otro lado.

—Padre… —dijo Noel algo confuso— Usted no me dijo que desde aquí se pudiesen divisar aquellos mundos a los cuales viaja cada noche repartiendo ilusión…

—No, hijo. Nadie de la aldea, excepto la señora Claus, lo sabe. Es, digamos, nuestro secreto.

—¿Es por este motivo que es capaz de llegar a todos los hogares del planeta en una sola noche?

—Así es… a través de este filtro atemporal puedo recorrerme toda la Vía Láctea si fuese necesario en menos de una hora. —Noel bajó apesadumbrado la cabeza—. ¿Qué te ocurre, hijo?

—Yo… me siento diferente al resto de elfos. —Los ojos se le empezaron a empañar de lágrimas—. Los dedos de mis manos son más gruesos, mis piernas más largas, mi nariz más pequeña y mis orejas redondeadas. Soy más como… —dijo dirigiendo la mirada hacia el gran ventanal que le mostraba todo un universo de nuevas posibilidades.

—Verás, Noel… —dijo el anciano mientras intentaba colocarse algo más cómodo sobre ese montón de nieve, que bajo el calor de sus cuerpos se iba poco a poco derritiendo— Tienes razón, tú no eres como el resto de elfos, porque tú no eres uno de ellos. Tú eres un niño.

—¿Un niño? —Repitió absorto.

—Sí, un ser engendrado a partir del amor entre hombre y mujer.

—¿No me creó usted y la señora Claus? —El anciano pesaroso, negó con la cabeza.

—Nosotros con nuestra magia solo podemos engendrar seres mágicos como los elfos, los renos, las hadas y los gnomos que con su alegría custodian las casas. Tú no eres uno de ellos, tú eres especial.

—Especial, ¿por qué? No tengo magia, no puedo hacer grandes cosas.

—Te equivocas, tú eres capaz de hacer la cosa más grande y hermosa del mundo.

—¿El qué?

—Enamorarte —dijo el anciano mientras fijaba de nuevo su mirada en aquella niña que le había devuelto la sonrisa a Noel.

—¿Ena… que?

—Tu corazón, hijo, está inclinado hacia el amor, por eso aquí te sientes vacío, y aunque Mama Noel y yo, intentamos dártelo, créeme que hacemos todo lo posible, no es suficiente. Los humanos sois sociales por naturaleza, los elfos, en cambio, no. Me equivoqué al creer que podría criarte como a uno de ellos.

—¿Pe-pero si no soy de aquí de dónde soy? —

—Del mundo real—dijo el señor Claus extendiendo la mano en dirección a la gran ventana—. Esto que ves a tu alrededor es simplemente una ilusión, se podría decir que nuestro mundo se haya más bien en la mente de las personas u oculto a base de magia en pequeñas esferas transparentes. —Noel se quedó perplejo ante aquella revelación.

—Pero yo… te quiero, y también a mamá y al resto de elfos…

—Sí, lo sé, pero necesitas algo que nosotros al parecer no sabemos no ofrecerte.

—¿El qué?

—Amor —dijo dirigiendo de nuevo su mirada hacia la niña que continuaba observando aquella hermosa bola de nieve desde su mundo.

—Sí que sabéis.

—Pero no del modo en que tu corazón lo necesita.

—¿Y entonces qué debo hacer ahora?

—Lo que te dicte tu corazón —dijo el anciano, mientras sin darse cuenta le transmitía uno de los consejos más sabios del mundo real.

El pequeño miró al frente, y los ojos de la niña se posaron por primera vez en los suyos. En ese momento notó como el corazón le empezó a latir a una velocidad desorbitada. Aquella sensación dibujó una sonrisa sin darse cuenta en su rostro, y la pequeña, al otro lado, le correspondió.

—¿Puede verme? —Se sorprendió.

—No, pero puede sentirte. Noel, no es casual que ella esté ahí.

—¿Y qué hace?

—Está esperando.

—¿A qué?

—A que tu corazón hable, y tú tomes una decisión. Te está esperando a ti, hijo. Ella es ese más que tu alma necesita para ser feliz.  ¿Has decidido ya qué quieres hacer?

El pequeño no pudo evitar justo en ese instante que las lágrimas escaparan de sus ojos y resbalaran por sus mejillas. Una parte de él tenía claro la decisión que quería tomar, pero la otra… se resistía a dejar aquello que ya conocía.

—No temas, dicen que lo mejor siempre está por llegar —dijo el anciano guiñándole un ojo, en señal de complicidad. 

El señor Claus o, como más tarde fue conocido por todo el mundo, Papa Noel hizo uso de su magia, y al instante todo se iluminó a su alrededor. Noel que había crecido como un elfo más en Ilusión regresó a su hogar, aquel que hacia doce años, tras introducirse en el saco de los regalos, abandonó.

 

—Papá, papá, es cierta la historia —dice, Noelia, mi hija mientras observa sobrevolar el trineo de Santa Claus en el interior de una bola de nieve.

—Por supuesto —digo muy seguro de mí mismo.

—Mami, mami —dice Noelia llamando a su madre, la cual está al otro lado de la tienda, buscando los adornos para el árbol—. Papá me ha dicho que en el interior de esa bola de allí —señala hacia donde yo me encuentro— vive Papa Noel.

Mi mujer, que aún conserva su rizado cabello y su mirada esmeralda, puso los ojos en blanco.

—Dile a tu padre que no te meta más fantasía en la cabeza, cariño… 

—No es fantasía, es real —contesta algo molesta y se gira para tratar de encontrarme de nuevo, para comprobar con sus propios ojos que la magia existe, y al verme me guiña un ojo, y me sonríe. Lo sabe. Pero quizás es mejor que nuestro secreto se quedé solo en nuestro interior. Me llevo el dedo indice a los labios, y asiente en respuesta a mi petición. Es una niña muy lista, sabe que su papá es diferente, sabe que su abuelo viene cada año a visitarla, pero también comprende que la sociedad no está preparado para aceptar esa magia que solo los niños pueden ver. 

—Está bien, está bien. —Le dice mi mujer mientras acaricia su pelo, con la intención de  calmarla. —Noel, cariño, puedes dejar de contarle historias a la niña —alza la voz unos grados más de la cuenta para que yo, que me encuentro al otro lado, la escuche. El resto de compradores se quedan en silencio y dirigen su mirada hacia mi mujer. Esta alza los hombros en señal de disculpa y se ruboriza. Sonrío mientras observo embelesado esa belleza que me cautivó hace ya veinte años y que aún hoy me tiene hechizado.

Me vuelvo para echarle un último vistazo a ese mágico mundo que me crio y que aún considero mi hogar. Y antes de reunirme con mi familia, levanto con sutileza la mano y me despido de papá, con la certeza de que esta noche, como cada veinticuatro de diciembre, vendrá a visitarme a mi hogar.

Fin

Armonía

Su llanto ha vuelto a despertarme. Abro un ojo, sigue llorando, abro el otro, nada, continua llorando. Me desperezo, hoy no he dormido todo lo que deseaba, pero… ¿qué hacen los humanos? ¿Por qué no van a calmar a su cachorro? Me levanto y me dirijo a avisarles, «quizás no se hayan enterado», pienso.

Me resulta extraño, mamá siempre está muy atenta a su pequeño. Al principio, he de reconocer, me puse un poco celoso, bueno, quizás, aún lo esté. Pero es tan solo un recién nacido, cuando crezca ya le haré saber quién lleva las riendas de la familia, por ahora no puedo hacer mucho más que esperar y, bueno sí, dejar que me degrade a un mero peluche peludo: estirándome del pelo, metiéndome sus deditos en los ojos, impidiéndome descansar… Suspiro, bueno es lo que hay… pero cuando esté listo para ser domado como el resto de su familia, comerá en mis almohadillas. Una bobalicona sonrisa asoma entre mis bigotes al imaginarme dicho momento, pero sus sollozos me alejan de mi ensoñación y me devuelven a la realidad; ahora él es el líder.

Camino con sigilo hacia la cocina, de un salto trepo a la encimera y, con mi mirada felina, busco a mamá. ¡Ah! ahí, está. Me acerco a ella, y restriego mi suave pelaje por sus piernas, no atiende a mi llamada. «Antes siempre me prestaba atención». Subo a la mesa y dejo que mi regio trasero se pose sobre esta, elevó con aires de grandeza mi hermoso cuello y miro orgulloso a mamá, esperando mi merecida caricia. Sigue sin hacerme caso. «Pero… ¿cómo es posible?» ¿Prefiere hablarle a ese aparato que ni siquiera le responde en vez de estar conmigo, o prestar una mínima atención a su cachorro? «Qué forma de matar el tiempo tan absurda tienen los humanos», pienso.

«Estoy desesperada, Carmen, de verdad, no sé cómo deshacerme de estás horribles estrías.»

Mamá parece preocupada, quizás por eso no pueda atender a su bebé. ¿Qué cosa tan horrible deben de ser las estrías? ¿Serán una especie de ratas o algo por el estilo? Si lo supiera, quizás, pudiese ayudarla.

«Nada, la loción no me ha hecho nada… ya…»

Como un eco fastidioso los gemidos, cada vez más desesperados, de la criatura bombardean mis oídos. «Dios, ¿cómo es posible que nadie lo escuche?», digo para mis adentros. Con un irritado maullido doy un salto y, gracias a mi increíble agilidad, llego hasta la puerta. Decido cambiar de opción y acudir esta vez al padre de ese molestoso ser, «papá seguro que no me defrauda.»

Camino por el pasillo, rozando con mi delicado cuerpo la pared granulada, ¡me encanta, esta sensación! Al fin llego hasta el despacho de papá, pero…  tiene la puerta cerrada. Alzo una pata y rasco con cuidado la puerta, quizás tan solo esté entrecerrada pero, después de dos zarpazos, corroboro que no es así. Está cerrada del todo. Odio que me prohíban el paso en mi propia casa, pero habrase visto… Rasco esta vez con mayor vigor, sé que no les gusta que lo haga, pues según ellos destrozo la madera de las puertas, pero saben que dicho gesto me irrita, vuelvo a rascar con más energía. Se lo tienen merecido, así aprenderán a no cerrarme el paso.

—Disculpa, Jaime. DON DEJA DE RASCAR LA PUERTA SINO QUIERES CONVERTIRTE EN PARTE DE LA CENA DE ESTA NOCHE.

¿Cena? Me relamo los labios. Pero la sensación que su furiosa voz me ha dejado no es del todo agradable. Presto atención y escucho su voz al otro lado de la fastidiosa puerta.

«¿Cómo puede ser? ¡Pero si te envié los documentos! ¿Cómo qué los has perdido? ¡Oh, Jaime! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le digo al comisario que el retrasado de mi compañero ha perdido el informe?»

Parece más preocupado que mamá, no creo que tampoco pueda atender al bebé. «Pues vaya…».

Tan sólo me queda Karen, la hija mayor de la familia, aún recuerdo lo mucho que me costó domar a esa fierecilla, aunque no estoy del todo seguro de haberlo conseguido o, si fue ella la que se hartó de mí; lo importante es que ahora me deja en paz. Un sonido estridente, procedente de su habitación, lastima mis sensibles oídos, pero debo ir a avisar de que el cachorro está llorando. Me dirijo, desganado, hacia su intranquila morada. A medida que me acerco el hedor que esta desprende empieza a revolverme el estómago, «¿cómo puede alguien dormir entre tanta suciedad? Menos mal que, respecto a mis cuidados, los tengo muy bien enseñados, que si no… »

Mantengo la respiración y me asomo para buscar a la salvaje propietaria de la habitación. Está bailando frente al espejo, y… ¡oh no! Saltando sobre la cama, ¡la va a arrugar, es un desastre! No puedo mirar, empiezo a darme cuenta de mi errónea decisión, ¿cómo voy a pretender que dicho matojo de nervios vaya a tranquilizar a su hermano? Bajo la mirada y con ésta también el rabo. Suspiro. Me doy media vuelta dispuesto, aunque no muy convencido, a dirigirme hacia el cuarto del que proceden los insoportables alaridos.

Una vez allí entro con sigilo y, de un salto, me apoyo sobre la barra de la extraña cama de barrotes que mantiene al bebé encerrado, no sé qué sería capaz de hacer suelto, pero no voy a ser yo quien lo experimente. Al verme deja de llorar, tiene los ojos rojos, la cara empapada y su frágil cuerpo totalmente destapado, imagino que del rebote que desde hace horas lo posee. Alza sus manitas hacia mí, quizás se piense que vengo a calmarlo, rio tan solo de imaginar que en su cabecita se halle dicha posibilidad. «Esta no es mi labor, pequeño», trato de decirle mentalmente en vano, pues sigue insistiendo. ¡Oh!, protesto. «Vaya un gato estoy hecho», agacho mis orejas en señal de sumisión y bajo hacia donde se encuentra el cachorro.

Al ver que finalmente he sucumbido a su petición, sonríe para posteriormente agarrar, sin ningún miramiento, mi recién acicalado cabello: lo estira, lo despeina y, por si fuera poco… lo llena de babas… «Todo un día de limpieza al traste», pienso,  pero al observar la dulce expresión que dibuja su rostro, me doy cuenta de que no hay nada más hermoso ni más importante que hacer sonreír a este crio. ¿Cómo es posible que los humanos no sepan verlo?

Cojo con la boca la sábana azul y la alzo para arroparlo. Me tumbo a su lado e irrumpiendo mi espacio, el cual todos son conscientes que deben respetar, me rodea con su pequeño brazo impidiéndome escapar. Sin embargo, a pesar de haber infligido mi regla número uno, me siento feliz. Al menos él no me ignora. Cada vez entiendo menos a los humanos, ¿qué puede haber más importante que esto?

Emito un profundo suspiro y con él se escapa un melodioso ronroneo evidenciando mi felicidad. Me rindo, él, un ser tan imperfecto, indefenso y poco carismático me ha hechizado con su inocencia. Finalmente, me sumo en la agradable paz que me transmite el bebé. No sé si algún día llegaré a domarlo —pienso—, pero por el momento dejaré que él me domine, al menos hasta que las triviales preocupaciones de la vida se adueñen de su calmada alma, atormentando mi armonía.

Fin

Mi abuelo

Aún recuerdo aquella tarde en que vino el abuelo a buscarme, como cada día, a la escuela. Yo salí con los ojos empañados en lágrimas. Acababa de perder a mi mejor amigo Biel, por un estúpido juego. Nos habíamos peleado, y él me dijo que no quería volver a verme más. Sus palabras me dolieron como si decenas de cuchillos me penetrasen el pecho. Lo conocía desde parvulario, y él fue uno de mis mejores pilares cuando mamá nos dejó. Por lo tanto, aquella tarde después de haber pasado tantos momentos buenos y malos junto a él lo odié, por abandonarme a la primera de cambio.

Mi abuelo, que era un lince para leer mis pensamientos, se dio cuenta de que algo no iba bien. Me preguntó y yo que no quería volver a hablar de Biel, le dije que no me pasaba nada, que solo estaba cansado. Pero, aún sigo admirando esa capacidad suya para sonsacarte incluso las cosas que ni uno mismo creía conocer. Al llegar a casa, la abuela había salido a comprar así que fue él quien me preparó la merienda, y mientras me la comía sin ganas, se sentó a mi lado y me obsequió con una de las mejores conversaciones de mi vida.

—No has de sufrir por una amistad perdida, si esto ocurre te has de alegrar. Pues si lo consideraste tu amigo durante un tiempo te aseguro que eso es lo mejor que te pudo pasar. La gente cambia, crece, se distancia… pero los amigos siempre seguirán estando aquí —dijo poniendo su mano sobre mi pecho.

—No te entiendo —le dije— aunque ahora pensándolo con perspectiva creo que lo que quería decir era: no te quiero entender. En ese momento, todo mi mundo se había resquebrajado al perder a Biel.

—Verás, hijo, yo he tenido muchos amigos, y también algunos de ellos han llegado a ser mis mejores amigos, pero con el tiempo las cosas cambian, tu forma de pensar, de vivir, todo cambia… y no siempre puedes retener a las personas a tu lado, pues como tú ellas también evolucionan. Lo que te quiero decir es que nunca debes de pensar que has perdido un amigo, pues no es así. Nunca lo has perdido porque siempre que recuerdes esa parte de ti, más joven que compartía buenos ratos con él, seguirá siendo tu mejor amigo, siempre. Las personas somos lo que somos gracias a esas otras personas que en algún momento de nuestra vida llegaron, nos tendieron su mano y se llevaron una pequeña parte de nuestro corazón con ellos. Los mejores amigos, Ian, van cambiando, no siempre tienes que tener el mismo a lo largo de toda tu vida, a veces ocurre, y cuando esto pasa debes sentirte agradecido por este regalo. Pero en la mayoría de casos estos vienen y van, y cuando evoques algún momento bueno o malo de tu vida siempre te vendrá la figura de uno de esos amigos que tendieron su mano para estar contigo. No has de guardarles rencor por marcharse, pues tú algún día harás lo mismo. Solo has de recordarlos con amor, pues sin ese amigo, tú no serias el mismo.

—¿Tú has tenido muchos mejores amigos, abuelo?

—Ya lo creo. En la escuela, en la mili, en el trabajo, cada una de mis experiencias vitales tienen un gran amigo detrás.

—¿Y cómo sabes entonces quién es el más mejor amigo?

—Tienes que detenerte unos segundos a pensar y si en más de dos, tres, cuatro… momentos complicados de tu vida, la mano de la persona que te acompaña es la misma, ese sin duda es uno de tus mejores amigos, y aunque ya no esté contigo, siempre lo será.

—¿Y quién es tu mejor amigo?

—Tu abuela —me dijo en ese momento mi abuelo, mientras ambos escuchábamos el golpeteo que la llave hace contra la cerradura.

Entonces la abuela entró, y vi como él la miraba agradecido, tenía razón aunque yo aún era muy joven para entenderlo. Los mejores amigos no se cuentan con los dedos de las manos si no por los momentos que viviste con ellos.

A pesar de la charla, al día siguiente, y al otro y al otro… Biel volvió a jugar conmigo. Nos peleábamos muchas veces, pero en esos momentos en mí no nacía odio hacia él, sino amor por pensar en todo lo que me había aportado durante el tiempo de mi vida que pasamos juntos.

 

Hoy, después de treinta años de aquella tarde, solo veo a Biel cuando cierro los ojos y recuerdo aquella época, pero me alegro de tenerlo siempre guardado en mi interior. Y si ahora alguien me preguntara por ese mejor amigo que más momentos de mi vida ha vivido junto a mí, mi respuesta seria: mi abuelo.

Fin