Suspiros del pasado

El sonido del teléfono perturba mi tranquilidad. ¡Cómo lo he odiado siempre! Y más, después de tu última llamada.

 

—¿Sí? —contesté algo cabreado por el hecho de haber interrumpido ese preciado momento en que la tímida y, en ocasiones, escurridiza musa me visita para hacer que mis dedos se muevan sobre el teclado a una velocidad vertiginosa; el sueño de todo escritor. 

—¿Alejo? —dijiste con una voz vergonzosa, característica que me llevó a dudar que fueses tú—. ¿Alejo, estás ahí? —reiteraste.

Mi voz se negaba a salir, hacía años que no danzaba junto a la tuya. Y aunque creí que el tiempo te había borrado de mi memoria me equivoqué, no lo hizo, jamás lo haría. 

Al fin, conseguí emitir un leve carraspeo, sin intención alguna de aclarar mi voz  y hablar, solo quería hacerme notar, hacerte saber que estaba al otro lado de ese único medio que ahora mismo nos unía.

Respetaste mi silencio, lo entendiste y suspiraste.

Tu suspiro me transportó a través del tiempo, a una época en la que ambos suspirábamos juntos satisfechos de nuestro amor.

—Hola —conseguí decir al fin. No tenía mucho más qué decirte, tampoco;  tú sí.

—Solo… quería… —Me hablaba tu miedo, tu voz temblaba y pude sentir el rápido latir de tu corazón. No eras tú, te habías convertido en una mujer miedosa e insegura. «¿Por qué?»,  pensé. Jamás antes habías temido ni dudado nada, ni siquiera cuando decidiste poner fin a nuestra relación. —Pedirte perdón.

Nunca antes había escuchado esa palabra salir de tu boca, me sorprendió, más que si me hubieses dicho que habías decidido cambiarte de sexo.

Siempre que no sé qué decir, no suelo decir nada, así que eso fue lo que hice.

Silencio.

—Entiendo que esta llamada te extrañe, pero solo quería, a parte de pedirte perdón por todo el sufrimiento que te causé en un pasado, comunicarte que… —el silencio te robó la voz.

—¿Que? —dije algo impaciente ante tanta duda.

Suspiraste, conocía tus suspiros y sabía que no los emitías en vano.

—Que me estoy muriendo.

En esta ocasión mi voz dejó de existir. Tu noticia se la había llevado consigo. Tú te estabas muriendo, yo dejé de vivir cuando te marchaste.

—No… no dices nada.

«No», pensé.

No podía. ¿Qué se debe decir en tales circunstancia? La vida no me había preparado para esto: la muerte.

Siempre conseguías desarmarme, y en esta ocasión no fue diferente.

—Hace años que lo sé, desde antes incluso de que tú y yo… Pero creí que ocultártelo sería lo más fácil para ti, creí que con mi decisión protegería nuestro amor, que lo haría inmortal, pero me engañé. Y no quiero partir con el peso de la mentira, prefiero que ella muera antes que yo, para que no me guardes rencor y me recuerdes, del mismo modo que he hecho yo durante todos estos años, con cariño.

»No quiero que digas, nada. No hace falta que lo hagas, tan solo quiero que me escuches y me perdones, necesito irme en paz de este mundo y la única persona que me la puede dar eres tú.

Me amaba, me susurraba, una y otra vez, una voz dentro de mi cabeza.

Me despegué unos milímetros en teléfono de la oreja. Necesitaba respirar, volver a la realidad, a ese mundo que había conseguido o más bien malogrado crear sin ti, y darme cuenta que estaba vacío y que jamás volverías a llenarlo.

—Lo siento —insististe.

—Y yo —conseguí decir. Dos palabras, dos monosílabos, los mismos que te respondía cuando me decías que me querías. Era una respuesta al cuadrado y descifraste mi ecuación.  Y en ese momento, a través del auricular del teléfono me llegó tu olor, ese perfume avainillado que tanto odié en un pasado y que ahora era lo único que necesitaba para sobrevivir.

Estas fueron nuestras últimas palabras. No nos despedimos, no nos hacía falta, pues ambos sabíamos que volveríamos a estar juntos y en esta ocasión para siempre.

 

Regreso al presente, el teléfono sigue sonando, pero lo ignoro, ya sé qué me van a comunicar, ya sé que hoy te has ido, pero no, como muchos creen, para siempre.

Y mientras espero nuestro reencuentro, te suspiro.

Carta de una madre

Querida hija,

Siento decirte que esta no es la carta que toda madre desea entregarle a su hija. Pero es la única manera que he hallado para poder seguir a tu lado, para que me sientas siempre contigo, en lo bueno y en lo malo, y halles en mis palabras a esa madre que hubieses querido tener.

Te soñé desde muy pequeña, antes si quiera de saber cómo se hacían los niños ya quería tenerte, y cuando tu padre llegó a mi vida tu luz brilló con más vigor que nunca. Nos costó mucho, pero al final después de mucha paciencia y alguna que otra terapia psicológica, que ayudase a levantarle los ánimos a mamá, llegaste tú.

La primera vez que te vi, fue en la pequeña pantalla del test de embarazo, en ella salía una carita sonriendo, esa eras tú, sin duda. Y me contagiaste tu felicidad desde el primer momento en que supe de tu existencia. Viví inmersa en un maravilloso sueño durante meses, cinco para ser exactos. A todas las personas que me cruzaba por la calle les enseñaba tu ecografía. ¡Me sentía tan orgullosa de ti! Sabía que me harías la mamá más feliz del mundo, y no me equivocaba; lo soy.

Hasta que un día ese sueño se disipó, dejando que la realidad del mundo se apoderara de nuevo de mí, arrebatándome mi sueño, y reclamando mi vida. No fue fácil de aceptar el cáncer, pero lo hice. De hecho esta carta es parte de dicha aceptación pues, aunque inevitablemente la vida se me escapa de las manos, sé que gracias a estas letras perdurará en las tuyas.  

La situación al parecer no es nada alentadora, papá intenta fingir, hacerme ilusiones, o mejor dicho engañarse a sí mismo. Pero yo sé la verdad, lo sabía desde antes incluso de conocerte, un sueño como tú vale mucho, y he de pagar un precio; coste que, una vez vea tu carita sobre mi pecho, habrá merecido la pena abonar.

Una vez aceptada mi situación, recuperé mi sueño. Volvió a ser una de las mejores etapas de mi vida, por el simple hecho de tenerte en mi interior.  Te sentía. ¡Oh, cómo amaba sentirte! Y te hablaba, intentando que de algún modo mi voz también se quedase en tu memoria. Pero esta es una tarea más compleja, pues los sentimientos se pueden expresar con palabras pero… ¿Y la voz? ¿Y esa emoción que siento al pensar en ti? ¿Cómo compartirla contigo? ¿Cómo hacerte llegar todo lo mío, para que en su día lo sientas tuyo? No lo sé, he hecho lo que he podido, y esto es todo cuanto puedo ofrecerte.

Aún no sé qué va a pasar con exactitud, ni cuánto tiempo vamos a poder estar juntas, pero lo que sí sé es que te amo con toda mi alma, y si volviese a nacer volvería a dar mi vida por ti sin pensarlo. Porque tú eras mi misión de vida. Tu llegada a la tierra ha eclipsado mi luz. Ahora eres tú quien debe iluminar a papá, al abuelo, a la abuela, a todos.

Mi tesoro, mi niña, mi sueño vive plenamente tu vida. No te sientas inferior a nadie, pues no lo eres. Se fuerte, valiente, generosa…pero sobre todo sé feliz.

 

Te amé, te amo y te amaré, siempre.

Tu mamá.

 

Dedicado a todas esas luchadoras que la vida se lleva antes de tiempo.

La búsqueda

Todo estaba a oscuras. No podía ver absolutamente nada. Me sentía asustada, triste, sola… De repente vi una figura que bajaba del cielo. Un cielo lóbrego como el carbón. El rostro de ese extraño ser estaba iluminado. Al principio sentí mucho miedo y ganas de salir corriendo. Mi corazón iba a mil por hora, pero algo en su faz me tranquilizó. Permanecí de pie, inmóvil, mientras se me iba acercando.

Tenía apariencia humana, pero sus medidas eran titánicas. Se detuvo cuando nos separaban escasos dos metros. Bajó lentamente su mirada, y dejé por unos segundos de ser consciente de mi cuerpo. Mi despavorida mirada viajó hasta su rostro. Mi boca, a medida que iba escalando por todo su cuerpo, se iba poco a poco abriendo asombrada.

El enorme ser, al percibir mi cara de pánico, dibujó una afable y cálida sonrisa. En ese instante volví a sentir todos mis músculos. Mi respiración se sosegó. Segundos después pude cerrar, aunque con cierta dificultad, mi boca. Algo en él me relajó y me transmitió una seguridad que jamás en mi vida había sentido.

El gigantesco hombre, el cual deduje que debía de ser de avanzada edad, vestía completamente de blanco. Portaba en sus manos una preciosa y reluciente esfera de luz, causa por la cual anteriormente yo había visto su cara iluminada. Acto seguido me la ofreció. Agradecida, por tal hermoso regalo, alcé mis brazos para asirla, pero este hizo un gesto negativo con su cara y me dijo:

—No te será tan fácil de obtener. La has de buscar a lo largo de tu vida, y hasta que no la encuentres no conseguirás lo que en ella se esconde.

Yo, ingenua ante tal advertencia, le pregunté apresuradamente:

—¿Y qué es?

El anciano se acercó lentamente hacia mí para susurrarme algo al oído.

* * *

La joven despertó sudorosa tras su sueño. Un sueño que le venía persiguiendo noche tras noche desde que tenía uso de razón.

María estaba acostumbrada a un despertar repentino y agitado, pues por extraño que parezca jamás había tenido un sueño diferente. Cada noche, al bajar sus párpados y dejar volar a su alma, la acechaba el mismo sueño. Y a sus treinta años seguía sin encontrarle ningún sentido.

Se había pasado toda su vida buscando, sin saber el qué. Había viajado a distintos lugares, estudiado dos carreras, encontrado el amor varias veces, creyendo que en alguna de estas experiencias hallaría lo que aquella esfera de luz atesoraba en su interior. Pero el sueño continuaba repitiéndose, y ella se sentía más confundida cada día, hasta llegar a perder la ilusión por vivir.

Se sentía exhausta de buscar. Embebida en su misión, había dejado por el camino a sus seres queridos, sus ilusiones y toda su vida, incluyéndose a sí misma. Por lo que aquella mañana la joven tomó una decisión muy importante: no continuaría buscando.

Ese mismo día, mientras regresaba a su casa del trabajo, vislumbró una extraña figura en la oscuridad. Parecía un hombre. A medida que se fue acercando, algo asustada, corroboró que se trataba de un anciano vagabundo, a juzgar por su vestimenta.

El hombre se acercó poco a poco a ella y, atemorizada, María prosiguió su camino con paso ligero, con la intención de sobrepasar a aquel mendigo.

Pero entonces él con voz queda le habló desde la sombra de un edificio, ocultando de este modo su verdadera identidad. 

—No era esta la vida para la que fuiste creada María. ¿Te has rendido ya? ¿No quieres saber qué era lo que escondí para que tú encontraras?

La joven se volvió, sorprendida por la información que sabía aquel hombre sobre ella.

—No te rindas, sigue tras ello. A veces las cosas que más nos importan se encuentran más cerca de lo que pensamos.

La joven levantó su mirada al notar como una gota de lluvia caía sobre su rostro, pero cuando volvió su mirada hacia aquel misterioso hombre, este ya no estaba. Había desaparecido.

Al llegar a casa, la joven retomó su búsqueda. Se sentía avergonzada por haberse rendido después de tantos años. Encendió su Mac, uno de los muchos caprichos que se había permitido creyendo que con él iba a sentirse más completa, y buscó literalmente la frase que el anciano le había dicho: «A veces las cosas que más buscamos están más cerca de lo que pensamos». Encontró citas de escritores conocidos como Paulo Coelho: «Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mismo: su Don» y Pablo Neruda: «La felicidad es interior, no exterior, por lo tanto no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos».

María fue cuidando su interior: meditando, leyendo a grandes pensadores y creyendo, por primera vez en su vida, en sí misma; llegando, gracias a este gran cambio, a saborear la vida.

Hasta que un día, cerró sus ojos y se sintió feliz. Pues a pesar de todas las pérdidas se dio cuenta de que aun pesaban mucho más las ganancias. Se dio cuenta de que tenía todo lo que necesitaba para vivir y, tras este pensamiento, una sonrisa placentera se le dibujó en su rostro.

Esa misma noche tuvo otro sueño:

Vio a ese gran hombre repitiéndole lo que ella había estado escuchando cada noche de su vida, pero con una sutil diferencia: en esta ocasión entendió lo que le susurraba al oído: «la felicidad».

El gran hombre cogió la brillante esfera y con una sonrisa, reflejo de su satisfacción, se la entregó a la joven.

—Ahora es tuya, procura no perderla.

Fin

 

La joven que se enamoró del monstruo, un relato inspirado en la célebre novela de Mary Shelley

“No creo que se pueda detener lo que uno configura en su vida, y mucho menos cuando está predestinado a ello.”*

La noche que desaparecí se mostraba oscura y lúgubre. Todo apuntaba a que algo malo sucedería. Todo estaba orquestado para que así sucediera. Sin embargo, todo se tambaleó al verle.

La soledad siempre me había acompañado en muchos momentos de mi vida, era… ¿Cómo decirlo? Una aliada invisible, que me reconfortaba y me ayudaba a ver esa realidad que en ocasiones mis sentimientos eclipsaban. Ese día, precisamente, me hallaba sola. Arropada por el silencio que la montaña y ese instante en que el sol está desapareciendo y deja de abrigar con su luz nuestras temerosas almas me ofrecían. Pero es bien sabido que en ocasiones la falta de ruido perturba la mente, creando en su interior una emoción abrumadora, haciendo que la oscuridad de la noche ponga en riesgo esa calma y altere todos nuestros sentidos.

De fondo, el ulular de los búhos, presidiendo el crepúsculo como únicos espectadores de mi desgracia, me puso los pelos de punta. Una ráfaga de viento me azotó con fuerza, se había levantado de golpe, como intentado prevenirme de lo que estaba a punto de acontecer.

Fue entonces cuando, envuelta en esa tenebrosa atmósfera, mi corazón se alarmó ante el sonido de unos pasos acercándose. Cuanto más se aproximaban a mí, más rudos y siniestros me parecían. Hasta que, dejando que me envolviese por completo el espíritu del miedo, llegué a la conclusión de que no pertenecían a un ser humano normal y corriente, sino que se trataba de otra criatura.

Mis latidos desbocados empezaron a relinchar como caballos que huelen el peligro. Debía volver a casa, pues sin darme cuenta, presa por la rabia que, tras nuestra discusión, se apoderó de mí, me había alejado demasiado. Necesitaba respirar. Alejarme de ti, pero dejarme llevar por esos fugaces impulsos nunca me había llevado a buen puerto.

Regresar por ese camino, que en escasos minutos se había vuelto una trampa mortal, me llevaría más de media hora. Demasiado tiempo para que una chica joven deambule por la montaña sin más compañía que la escasa luz de la luna, colándose entre las negras nubes, y el eco de unos estremecedores pasos, persiguiendo su sombra. Así que decidí aplicar la misma estrategia que se utiliza para pasar inadvertido de un tiburón; mantenerme estática donde estaba.

Los pasos estaban a menos de cien metros de mí, momento que creí oportuno para dejar de respirar. Consideré que al menos hasta que se alejara podría aguantar, pero a pesar de mi avispada mente y mi alto coeficiente intelectual, no barajé la posibilidad de que el dueño de dichos pasos se detuviese ante mí.

Oculta tras unos arbustos y con los pulmones a punto de estallar, vi como el extraño ser, de dimensiones gigantescas, se detuvo a olisquear, como un depredador acechando un sabroso festín. Había captado mi rastro. Me buscaba.

Este pequeño imprevisto hizo añicos mi plan y como es lógico, mi pecho harto de aguantar la presión ejercida por la falta de aire, se liberó de dicho malestar. Sin necesidad de que mi cerebro le diese la orden, se sirvió por sí mismo de ese bien tan preciado sin el que no podemos vivir. Un suspiro de alivio salió de mi boca. Al parecer todo mi cuerpo agradecía volver a probar ese agradable bálsamo invisible.

El sordo sonido que dejé escapar llegó hasta los agudos oídos de la bestia. Un silencio inminente me heló la sangre. Volví a retener el aire, pero era tarde. Me había oído. Ya no le hacía falta emitir esos ruiditos con su enorme nariz, yo se lo había puesto en bandeja. Su cacería había llegado a su fin.

Apartó con brusquedad los arbustos que nos separaban. Su desagradable olor me dio una vaga idea de la inmensidad de su monstruosidad. En ese momento deseé que todo llegase a su fin: mi muerte. Pero no ocurrió, sino que entonces el ser emitió un espeluznante rugido, a modo de saludo, que anuló mis escasas ganas de seguir el protocolo social que me habían enseñado. Tragué saliva, pues el miedo se me había aferrado a la garganta, pero no cedí ante él. Nunca me había encontrado en una situación tan sobrecogedora, sin embargo, no fue lo suficiente como para echarme atrás. Yo jamás huía. Desde pequeña, papá me enseñó a no temer a aquellos que con su voz pretendían infundir terror; pues, según él, esa manera de actuar era, sin duda, propia de cobardes.

Me quedé quieta, esperando que terminara su particular saludo. Y cuando finalizó, abrí los ojos. No recordaba cuando los había cerrado o sí lo había llegado a hacer, el caso es que los párpados me impedían ver el rostro de mi verdugo. Mis ojos libres de ese obstaculizador velo se clavaron en los suyos.

La oscuridad que reflejaban casaba a la perfección con su desfigurado rostro. Todo en aquella enorme criatura, que tenía impasible ante mí, estaba roto. Su aspecto se componía de restos humanos. Su ojo izquierdo era de un penetrante tono zafiro que me permitía ver mi faz reflejada en él. En cambio, el derecho se componía de diversos tonos marrones con pequeñas motas más oscuras que le brindaban una ternura que en aquel momento no llegué a comprender. Sus gruesos labios no encajaban con su fino y poco marcado mentón. Sin embargo, cuando aunabas todas estas piezas percibías una belleza que a simple vista no aprecié. Y sentí como su ojo azul me miraba con miedo y el castaño con amor.

El ser me miró extrañado. Giró avergonzado su mirada y dejé de sentir el latir de mi corazón. No sabía cuándo exactamente este había empezado a palpitar enloquecido, pero cuando su mirada se alejó de mí, se detuvo. Observé unos segundos su lado izquierdo y percibí cómo de su ojo moteado nacía una lágrima, la cual se resignaba a separarse de su cavidad. Mi cuerpo hacía rato que había dejado de responder a mis órdenes, actuaba a su libre albedrío.

Mi mano se acercó lentamente a su rostro, con la finalidad de rescatar a esa tímida gota salada, que acto seguido se introdujo por los poros de mi piel, refugiándose en mí. El monstruo, tras vislumbrar mi inconsciente hazaña, posó de nuevo su mirada en mí. Cosa que agradecí. La echaba de menos. Y sonreí, pues en ese preciso instante tuve la certeza de que me hallaba frente a una criatura dulce e inofensiva.

Sus cejas, demasiado finas para la rudeza que presentaba su rostro, se alzaron asombradas. Nunca antes habían presenciado una sonrisa. Ese gestó despertó un sentimiento dormido en mí, y decidí, esta vez siendo consciente, acariciar las costuras que unían todas las partes de su rostro. Fue un momento mágico. Mis sensibles dedos, poco acostumbrados al trabajo, sintieron cada pliegue de su áspera piel. Y justo cuando reseguía la costura que unía sus labios con el mentón, me detuve. Mi mano empezó a temblar. En un principio creí que era miedo el sentimiento que me había invadido, pero me equivocaba, pues hacía rato que había dejado de mirarlo a través del ojo que juzga por el aspecto, que se rige por las normas de la sociedad, y lo observaba por ese otro que es capaz de ver el alma. Mi estremecimiento no era fruto del miedo, sino del amor.

Deseé seguir acariciando cada retal de su cuerpo, y de hecho, a juzgar por sus gestos, a él no le hubiese desagradado que continuase. Pero debía parar. Detenerme para asimilar lo sucedido.

El mundo a mí alrededor se había vuelto menos tétrico. La noche me pareció más clara y el eco de aquellos espectadores nocturnos se convirtió en una agradable banda sonora, que otorgaba mayor encanto a ese instante.

Bajé avergonzada la mirada, empezaba a sentirme una forastera en mi propio cuerpo. Mis sentimientos embriagaban mi mente, jamás había sentido algo tan fuerte e irracional a la vez.

Él, algo más seguro tras esos minutos de intimidad y cariño, me buscó con sus ojos. Ahora era él quien necesitaba mi mirada, quien me echaba de menos.

Colocó su mano bajo mi barbilla y la alzó obligándome a mirarle, y saciar así ese deseo que comenzaba a arder en su interior. Sus ojos empezaron a emitir un brillo que deslumbró mi alma. Y ese tono azul frío y temeroso que reflejaba su ojo derecho se convirtió en un calmado océano, que me invitaba a zambullirme entre sus aguas.

A su lado, me sentí segura. Y decidí silenciar la parte más racional de mi cerebro, esa que me susurraba, con tú voz, que no escuchase a mis sentimientos, y me perdí en la irracional, otorgándole la libertad que creyese conveniente para actuar. Ignorando tus advertencias de que dicha parte me arrojaría a una vida de incertidumbre y desdicha; me dejé llevar.

Mi inconsciente gesto de amor había iluminado su mirada y su alma resplandecía por primera vez, danzando en su interior como una bailarina de ballet, grácil y armoniosa. En ese momento, dibujó, o bueno mejor dicho, lo intentó, una sonrisa. Estaba poco entrenado, pero me comprometí a ayudarlo, pues ansiaba ver como sus imperfectos labios se vestían de felicidad.

A simple vista, era un monstruo, pero cuando dejabas a un lado todos esos prejuicios impuestos por la sociedad y lo observabas sin más velo que el de la inocencia y la pureza del alma descubrías cómo de cada costura que unía los retales que conformaban todo su cuerpo brotaba la belleza que colmaba todo su interior.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pues decidí optar por la vía menos apropiada para mí. Pero no me arrepiento. Ya que ha sido precisamente su dudoso y arriesgado camino el único que ha embriagado de dicha mi vida, e inundado de amor mi corazón.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pero esa razón no servía para mí. Tú razón y yo no éramos afines. Siempre discrepamos. Pero quiero que sepas que no me arrepiento de haber decidido por mí misma andar por esta senda de la mano de ese monstruo, que tras haber sufrido el rechazo de todos, incluido el de su propio creador, Víctor Frankenstein, estaba dispuesto a quitarse la vida, sin haber conocido aún el amor.

Quizás, mamá, no era el porvenir que habías imaginado para mí, pero es el que yo elegí. Y espero que, algún día me perdones por coger su mano y caminar junto a él sin temor al futuro. Pues con él, todos mis miedos se desvanecen.

No sufras por mí, yo estoy bien. Estoy viviendo en un cuento, el cual fue concebido, por su autora, para infundir terror en sus lectores y que sin embargo ha inundado el corazón de muchos de estos de ternura y amor.

Mi monstruo no es como muchos a lo largo de la historia lo han etiquetado, sino que es el monstruo más bueno del que jamás en la historia de la literatura y de mi corazón se haya escrito.

Mamá, no me busques hasta que comprendas la profundidad que alberga esta carta. Léela a través de ese ojo que ve las almas. Y cuando sientas que sin la mirada de papá no podrías vivir, búscame. Solo entonces habrás comprendido mi escrito.

No dudes de mi amor por ti, pues este sigue latiendo con la misma intensidad de siempre. Solo necesita un descanso, quizás un tiempo sin que nuestras miradas se entrecrucen para poder echarnos de menos y entender la inmensidad de nuestro cariño.

Espero poder presentarte a tu nieto, el cual está deseando conocer a su abuela. Dale recuerdos a papá, y sed felices juntos pues eso, mamá, es lo único que importa en la vida.

“Es verdad que seremos dos monstruos, dos criaturas diferentes al resto de la humanidad, pero es esa característica precisamente, lo que construirá el lazo que nos unirá.”*

 

Con cariño, la joven que se enamoró del monstruo.

Tu hija.

 

*Citas extraídas del libro de Mary Shelley, Frankenstein.

Almas gemelas

La muerte no siempre es el fin de la vida, en ocasiones, como en la siguiente historia que os voy a narrar, es el principio de todo.

 

Érase una vez, cuando los peces aún caminaban sobre la tierra y las aves vivían bajo el mar, la vida de una de las estrellas más hermosas de la galaxia llegó a su fin. Fruto de su explosión surgieron miles de diminutas partículas, las cuales se unieron en dos formaciones individuales, dando lugar al nacimiento de dos almas.

 

Nada más nacer, las almas fueron separadas: una fue a parar al vientre de una mujer que habitaba en el norte de un gélido país, la otra se introdujo en el de una mujer del sur de una cálida isla. Miles de kilómetros de tierra y mar distanciaban a dichas hermanas.

 

A medida que iban creciendo la sensación de vacío y soledad incrementaba. Ninguna lograba hallar su felicidad, ambas se sentían incompletas.  

 

Hasta que un día el destino conspiró para reunirlas de nuevo.

 

Nada más encontrarse, una frente a la otra, se reconocieron. El brillo, antes inapreciable, de sus miradas se reactivó, y sus corazones empezaron a latir al unísono, tal y como había hecho antes de dividirse en dos, cuando tan solo era una estrella.

 

El tiempo se detuvo. Nada a su alrededor existía, salvo ellas y una intensa atracción que las unió en un abrazo interminable. De este acto, nació una chispa. La estrella había vuelto a la vida. Y justo en ese preciso instante, tras un profundo suspiro de felicidad que ambas exhalaron  a la vez, volvieron a sentirse completas, volvieron a ser una.

 

¿Fin?

 

Nadie se enamora de las feas

Formar parte de la clase más bien poco agraciada físicamente de la sociedad no es fácil si eres enamoradiza y crees en el amor verdadero como es mi caso, pues con el tiempo te das cuenta de que todo gira en torno a la imagen, o eso creía hasta que tú pusiste patas arriba todo mi mundo. 

—¡Ei, Carla!, ¿ya sabes de qué vas a hacer el trabajo de investigación? —me preguntó Gisela, mi mejor amiga, justo antes de que empezasen las vacaciones de verano, justo antes de empezar mi último curso de bachiller, justo antes de que aparecieras tú.

—Eh… —dije mientras recogía todas las cosas que había ido acumulando durante todo el curso escolar en mi taquilla, y a la vez miraba de reojo al último chico al que le había echado el ojo del instituto: Mario, una de las últimas incorporaciones de este año, una sorpresa inesperada que apareció justo cuando me estaba desenamorando del guaperas de Bruno, el chico más prepotente que jamás había conocido.

Mario era muy diferente al resto de chicos en los que me había fijado, cuando llegó creí imposible que me fuese a enamorar de él, pero tengo un problema, y es que me enamoro de todo chico que me dedica queriendo o sin querer media sonrisa. Sin embargo, no era tan diferente como creía, él tampoco se interesó por mí. Estaba coladito por Paula la actual novia de Bruno, la chica más guapa y creída del instituto, ideal para Bruno.

—Creo… que… —empecé a decir mientras observaba como Mario se hacía el remolón mientras Paula a su lado vaciaba su taquilla. Suspiré— Voy a corroborar una teoría en la que llevo años trabajando.

—¿Cuál? —Gisela se giró de golpe para centrar toda su atención en mí. Me conocía lo suficiente para saber que mi sexapil era más bien nulo.

—Que nadie se enamora de las feas —dije tras lanzarle una mirada rápida a Mario y bajar la cabeza al suelo afligida.

—Tú no eres fea, Carla. —Mentía, lo decía para no herir mis sentimientos. «Vale, quizás no sea fea, pero tampoco guapa».

Decidí responderle con mi silencio, no quería seguir aquella conversación, ya sabía como acababa: ella siempre me decía todo lo bueno que yo tenía, y yo nunca conseguía verlo. Estaba cansada, deseaba alejarme durante unos meses de la gente de mi edad. Al menos con mi familia no me sentía la fea, entre ellos incluso me sentía agraciada. El verano era mi época de desconexión, un periodo para recuperar mi autoestima, y recargar fuerzas para el siguiente curso. Solo que ese verano, no fue exactamente como los demás. Ese verano apareciste tú.

Como cada año mi familia y yo nos fuimos a veranear al pueblo, no te digo el nombre tú ya lo sabes, además aunque lo dijese nadie lo conocería. Es uno de los pueblos menos habitados y más recónditos de toda Andalucía. Sin embargo, fue en aquel inhóspito lugar donde nos encontramos.

Yo releía uno de mis libros preferidos, El diario de Bridget Jones, cuando de repente pasaste por delante de mí, y me llenaste la toalla de arena. No sabes qué rabia me dio. Odio el tacto de la tierra en mi piel. Me había costado casi cinco minutos, sin exagerar, tener la toalla perfectamente limpia de esos indeseables granos, y en menos de un segundo las pequeñas partículas que desprendías al caminar, esas que lanzáis los chicos guapos para hechizar a las chicas, invadieron mi mundo.

Desde ese día, sin que tú te dieses cuenta, me pasé los minutos, las horas, los días con el libro abierto por la misma página, sin avanzar ni una línea. La única historia que me interesaba era la tuya. Me perdí en ti, dejando a Bridget en un segundo plano. Y aunque a veces me entraban ganas de meterme en el agua, pues el calor apretaba con fuerza, no podía permitírmelo. Si ya de por sí, sin que estuvieses tú rondando por allí, me costaba realizar el pequeño trayecto que había de la toalla a la orilla, pues me sentía expuesta a las miradas de la gente. Mi cuerpo no era ni mucho menos como el que siempre había soñado tener, ni siquiera se acercaba al de las demás jóvenes que se encontraban jugando en la orilla. No, ellas no tenían por qué avergonzarse. Ellas sí que podían exhibirse, yo no. Por eso, mientras tú estabas allí, nunca me levanté de la toalla para darme un baño, no me atreví. Pensar que tú me seguirías con la mirada hasta la orilla, por muy egocéntrico y poco probable que este pensamiento me pareciese, la mínima posibilidad de que esto pasase, me aterrorizada.

Pero ese día, el calor apretaba más de la cuenta, yo me confié. Llevaba rato buscándote, sin éxito. No estabas. Así que decidí dejar el libro sobre la toalla, total no creo que Jones se fuese a mover de la escena en la que por mi culpa llevaba anclada días, y sospechaba que al menos hasta que tú te marcharas allí seguiría.

Me puse de pie, crucé mis brazos sobre el estómago, sabía que era una tontería, sabía que me estaba exponiendo más de lo que deseaba, pero al menos esta postura me confería cierta seguridad. Una seguridad que mi baja autoestima había masacrado.

Sentí como el agua cubría poco a poco mis pies, y las miradas de la gente me desnudaban. Creí escuchar sus burlas, pero no estoy segura del todo, a veces incluso, creo percibir sus pensamientos con respecto a mí; siempre negativos.

Me zambullí rápidamente, a pesar del contraste del frío del agua y el calor del exterior, no me lo pensé. Prefería estar dentro congelada a tener medio cuerpo fuera y que me siguieran mirando. Ese instante mientras buceaba, sin escuchar la voz de nadie, simplemente saboreando el silencio y la soledad era el que más me gustaba.

Al sacar la cabeza del agua, para coger aire, me choqué contra alguien. Me puse muy nerviosa, sentí como mis flácidas carnes habían colisionado contra un cuerpo robusto. Me sentí una vaca, una morsa…  Sin embargo, al girarme y verte, esos pensamientos desaparecieron.

Tu mirada no era como la de los demás, tú me mirabas de forma distinta, tú veías en mi algo que el resto de personas no veían. ¿Pero el qué?

Tus ojos no se despegaban de los míos, no parpadeabas, tan solo me contemplabas ensimismado como si yo fuese una hermosa sirena que te había embrujado.

Cuando recuperé la razón, cuando mi corazón recobró sus latidos y mi garganta la voz, te pedí perdón.

—¿Por qué? —me preguntaste dibujando una media sonrisa, que me hizo sospechar que tú ya sabías el por qué.

Tu media sonrisa acabó de rematar lo que días atrás tus partículas empezaron a forjar en mi interior.

«Mierda», pensé. Mi media de enamoramientos crecía, lo que conllevaba a un dolor mayor en menos tiempo. Mi corazón no me dejaba un respiro.

—Por chocar contra ti —dije sin entender muy bien tu juego.

—¿Y si no has sido tú quien ha chocado contra mí, sino yo contra ti? En ese caso el que se debería disculpar sería yo.

Tu razonamiento me dejó sin palabras, siempre había pensado que la culpa de todo lo que ocurría a mi alrededor era mía; nunca nadie me había hecho pensar lo contrario, excepto tú.

Mi silencio fue la única respuesta sensata que hallé. Me correspondiste con una sonrisa que iluminó todo mi mundo.

Ya había caído. Ya era tuya.

—¿Creí que le tenías alergia al agua?

Eché mano de nuevo a mi estrategia de no decir nada, como ya me había pasado muchas veces, era preferible no hablar a meter la pata, práctica que por desgracia cometía más de lo deseado.

Me encogí de hombros.

—El libro que estás leyendo debe de ser muy interesante.

Aquella afirmación me hizo pensar que igual yo no había pasado tan desapercibida para ti como pensaba.

Asentí.

–¿Cómo se llama?

Me daba vergüenza decírtelo, no me avergonzaba del libro en sí, pues considero que su autora es una escritora increíble, pero sí de que me gustase, precisamente, a mí. Yo, una chica tan similar a su protagonista, no me hace falta leer este tipo de historias, ya que mi vida es un calco de la novela, en ocasiones, incluso mucho más deprimente. Pero al ver que hay, al menos en el ámbito literario y enclaustrado entre las hojas de un libro, un personaje tan particular como yo, me hace sentir un poco mejor.

—El diario de Bridget Jones.

Te quedaste callado unos segundos. Vi como tus ojos se habrían poco a poco cada vez más, y tus pupilas se dilataban, parecías emocionado.

—Me encanta —dijiste.

Y entonces lo supe, comprendí por qué te habías fijado en mí. Estaba claro, blanco y en botella. Eras gay.

Sonreí. Todo cuadraba. Me sentí tan tonta por haber, aunque tan solo fuese por unos segundos, imaginado que yo te podía interesar.

—Entiendo.

—¿El qué? ¿Qué entiendes?

—Pues que tú… bueno tus gustos… son… —Un repentino calor empezó a subir por todo mi cuerpo hasta incendiar mis mejillas.

En ese momento te echaste a reír a carcajadas, me desarmaste. Volví a perder el norte, volví a no comprender nada.

—No soy gay, si es lo que estás pensando.

El incendio, que se había extendido por todo mi ser, estalló. Ya no hacía falta llamar a los bomberos, era demasiado tarde.

Bajé la mirada hacia el agua. Ese día se hallaba más calmada de lo normal, las olas casi no se percibían.

En ese instante, me alzaste con suavidad la barbilla, esa fue la primera vez que nos tocamos, bueno la segunda sin contar el escabroso choque de mi grasa contra tu músculo, y lo soltaste, haciendo añicos la sólida tesis que llevaba años demostrando. Me dejaste sin argumentos. Todo cuanto creí cierto, lo tiraste por tierra. Mi trabajo de investigación del próximo curso se hallaba pisoteado bajo tus pies, por culpa de dos simples palabras, que alteraron todas esas partículas de ti que ya habían anidado en mi corazón.

—Me gustas —susurraste, antes de besarme.

Llevaba toda la vida equivocada. La belleza no se halla, como me hicieron creer, en el exterior, sino en el interior.

Gracias por refutar mi teoría, nos vemos el próximo verano.

Fin

 

 

Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

Los portadores de la ilusión

Hace mucho, mucho tiempo, cuando las aguas estaban más llenas de vida y los bosques más habitados. En uno de los siete cielos, tres almas brillaban por encima del resto. Se encontraban danzando como bailarinas de ballet sobre las estrellas que les habían otorgado la vida; un espectáculo digno de ver. Era su bautizo celestial, la celebración que une a cada alma con su Don Divino, un ritual previo a la bajada a la tierra.

Un ángel de cabellos níveos como la nieve, fue el encargado de oficiar dicha ceremonia. Y envueltas entre una dulce melodía celestial, las almas giraban sobre si mismas como auténticos derviches, mientras sus dones iban envolviéndolas en una intensa luz, mientras penetraban en su interior. Las tres recibieron el mismo: el poder de interpretar el lenguaje de las estrellas. Quizás, querido lector, pueda parecerte un don insignificante, pero no lo es, y pronto entenderás porqué.

Al completarse la unión, cada alma se subió a su estrella, y juntas sobrevolaron mundos remotos, todos ellos muy diferentes entre sí, hasta llegar al suyo. Fue entonces cuando cada estrella tomó su propio rumbo, hasta alcanzar su objetivo: el pequeño cuerpo que se estaba gestando en el interior de su madre. Una vez la estrella se separa de su alma, esta permanece sobre ella durante toda su vida terrenal, hasta que, al finalizar dicha vida, vuelven a reencontrarse. Tú que lees esta historia con cierta reticencia y escepticismo compruébalo: mira al cielo cuando la luz del sol ya no eclipse el brillo de las estrellas, y veras sobre ti esa luz que ilumina tu alma sin descanso.

A pesar de haber viajado juntos, pues así estaba estipulado en la profecía, los tres pequeños llegaron a la vida en distintos momentos. El primero fue bautizado con el nombre de Melchor, al segundo lo llamaron Gaspar, y al último Baltasar.

Melchor creció rodeado de riqueza, pues sus padres eran unos importantes y reconocidos reyes. Por lo tanto, al pequeño nunca le faltó de nada. Su lujosa cuna brillaba cual diamante recién tallado. Sobre ella un precioso móvil con resplandecientes estrellas, entretenía y tranquilizaba al pequeño. Sus padres, dos personas ya de avanzada edad, andaban en busca de un bebé desde hacía mucho tiempo y, cuando prácticamente habían perdido la esperanza, un ángel se les apareció en sueños. Les concedió su mayor deseo, pero con la condición de que a la edad de cinco años su pequeño debía ser educado para ser mago. Ellos aceptaron, aunque a regañadientes. En su alta clase social no estaba bien vista la magia, pero si ese era el requisito para convertirse en padres, lo cumplirían. Y así fue como Melchor un pequeño bebé de cabellos dorados y ojos claros como el cielo, nació entre sabanas de seda y hermosos bordados dorados que adornaban los puños y cuello de sus trajes.

Una repentina visita, el día en que el pequeño cumplía los cinco años, alteró la calma que reinaba en el hogar. Un extraño anciano de cabellos blancos, que vestía de manera extravagante y poco común para la época, vino a por el pequeño Melchor. Sus padres que rezaban para que ese día no llegase accedieron, aunque su corazón se desgarraba con la idea de la separación, a dejarle marchar. Así fue como años más tarde conoció a sus inseparables amigos, pero esta es una historia que contaré más adelante.

Gaspar nació en un gélido y aislado lugar. Rodeado de grandes montañas heladas y extensos lagos congelados. Su casa había sido construida por su padre, años antes de su nacimiento, con modestos tablones de madera. Una colosal chimenea presidia el centro del hogar y junto a ella reposaba la cuna del recién nacido. Hecha de madera de roble, como el resto de la casa. Sus padres se sentían inmensamente agradecidos, pero en su interior una bestia gemía con furia al ver crecer a su pequeño. Irremediablemente el día llegó, y Gaspar celebró por todo lo alto su quinto aniversario. Todo el bosque se había unido a la fiesta: osos, caballos, ardillas, ciervos… Acompañaron al pequeño Gaspar en ese día tan especial. El sol resplandecía con fuerza, y el reflejo del hielo de las montañas iluminaba el feliz rostro de Gaspar. Un viento inesperado turbó a los asistentes al convite. Un espléndido caballo alado, fue el causante de aquel repentino aire. Venía a por el niño. Y, sin explicación alguna por parte de sus queridos padres, se marchó de su hogar. Pero esta es una historia que contaré más adelante.

 

Baltasar, la última de las tres almas en nacer, fue destinado a la familia más pobre, pero no por eso menos feliz. Su hogar era una pequeña cabaña hecha con cañas y barro. Y mientras su padre iba a cazar y su madre, limpiaba las pieles para hacerle un precioso traje, él jugaba con sus hermanos mayores. Era el menor de ocho hermanos y el más travieso y juguetón. Se pasaba el día entero haciendo bromas a toda la familia para sacarles una sonrisa. Su nacimiento llegó justo en el momento adecuado, pues su familia, que se había dejado engullir por la tristeza, pasaba por una etapa difícil. El séptimo hermano estaba muy enfermo y justo cuando parecía que su luz se estaba apagando, el pequeño Baltasar llegó para avivarla. Pues no solo alegró sus vidas, sino que con su llegada el pequeño Enam mejoró considerablemente, llegando incluso a salir de casa y jugar como el resto de sus hermanos.

El día de su quinto cumpleaños todos pasaron una velada muy divertida viéndole reír y hacer bromas, y Enam que tenía devoción por su hermano pequeño se las reía todas, llegando incluso a participar en alguna que otra travesura. Aquellas sonrisas se eclipsaron con la repentina llegada de un ángel. Ningún hermano incluido el propio Baltasar sospechaba que aquel era el último día que estarían juntos. El inesperado visitante le tendió su ala, y Baltasar la aceptó cabizbajo, no sin antes echar un último vistazo a su querido hermano Enam. «Volveré pronto», quiso decirle con su mirada, pero las lágrimas que empezaron a brillar de los ojos de su hermano, le dieron a entender que no le había entendido. Y finalmente se marchó, para reencontrarse con las otras dos almas elegidas; historia que ahora sí te voy a contar.

Los tres pequeños, velados por sus respectivas estrellas y aquel extraño ser encargado de recogerlos, viajaron durante días. El primero en llegar fue Melchor, luego Gaspar y por último Baltasar hasta estar los tres juntos en la escuela de magia. Donde según la profecía debían convertirse en magos, para acometer una importante misión.

Un gran castillo, muy diferente al que hoy en día pintan en las películas, les recibió a su llegada. Un majestuoso edificio hecho por completo de cristal: escaleras, puertas, suelos, muebles, incluso camas. Y hasta que no se acostumbraron, los tres pequeños tuvieron ciertas dificultades a la hora de amoldarse a aquel extraño lugar.

Hasta pasado de un mes, no fueron capaces de encontrar a la primera sus aulas, pues estas cambiaban de lugar cada día, repitiendo la misma secuencia cada semana. Y otro mes más, hasta perder el vértigo a las alturas. Pues desde el piso más alto, el lugar donde se encontraban sus dormitorios, podían ver la última planta tan sólo con mirar sus pies. Así de peculiar era la mansión de la ilusión. Todo lo que en ella había, desde los cubiertos donde se suponía que se debían de utilizar para comer, hasta los armarios que dejaban entrever todo lo que en ellos se ocultaba, confundía a los sentidos, sobre todo, al de la vista. Así que hasta la fecha, nadie sabe a ciencia cierta cómo era de verdad aquel castillo, ni de que estaba realmente hecho. La única certeza que tenemos hoy en día, es que lo que en él se enseñaba era verdadera magia. Las varitas y hechizos que se emplean hoy en día para hablar de magia, no tenían cabida en aquel hermoso lugar, pues su magia venia de otro lugar, no de las palabras, ni de objetos embrujados, sino del corazón.

Se dice que el verdadero mago, nace con el don de la ilusión, el cual le ofrece la posibilidad de crear la proporción perfecta entre: amor, bondad e ilusión. Este equilibrio les otorgaba la fuerza para salir airosos de las más complejas situaciones. Y así fue como durante los años que vivieron en la mansión, los tres magos se vieron envueltos en un mar de experiencias cada vez más enrevesadas, hasta conseguir lograr su objetivo: ilusionar.

Hoy en día, muchas personas, incluido tú, los conoce con otro nombre, pero ellos se hacían llamar: “los portadores de ilusión”. Y llegaron a convertirse en los mejores magos de la escuela. Y su último y más difícil cometido, les fue revelado: completar la profecía.
Únicamente llegarían a convertirse en verdaderos magos, si conseguían realizarla con éxito. Y para ello debían de poner a prueba su mayor don: el conocimiento del lenguaje de las estrellas. La profecía hablaba de un bebé recién nacido al que debían visitar, guiados por su estrella.

Tras despedirse de sus maestros y del resto de compañeros emprendieron el largo camino que los llevaría a convertirse en verdaderos reyes magos. Durante los primeros días, les resultó complicado dar con la dirección correcta, pues las estrellas no se ponían de acuerdo. Todas habían sentido hablar de aquel bebé tan especial, pero ninguna ofrecía una información viable en cuanto al rumbo a seguir. Por lo que, Melchor, Gaspar y Baltasar recorrieron juntos muchos quilómetros a pie, hasta dar con una pequeña estrella que centelleaba de manera intermitente, lo cual les llamó la atención y decidieron seguirla.

Guiados por la luz irregular de la estrella llegaron a un pequeño pueblo, situado a las afueras del desierto. La estrella yacía sobre una humilde cabaña, y unos llantos en su interior, esperanzaron a los tres cansados magos. Un hombre, que les había visto llegar desde el interior, les invitó a entrar. La imagen de una joven dando el pecho con la dulzura única de una madre, hizo que los tres magos se quedasen ensimismados. Y sin pensarlo dos veces se arrodillaron frente a la madre y el bebé.

—No es él —dijo Melchor convencido.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó el joven Baltasar con vehemencia.

—Las estrellas me han hablado. Ese no es el bebé que estamos buscando, pero sí que es una pieza clave para llegar hasta él.

—¿Por qué? —preguntó Gaspar.

—Gracias a él, un presente muy valioso entregaremos a nuestro bebé predilecto.

Y así fue. Los padres del recién nacido se mostraron tan agradecidos por las esperanzadoras palabras que los tres magos habían interpretado de la estrella de su hija, que sacaron de un lujoso armario un brillante cofre dorado que le entregaron a Melchor. Sabían que pronto nacería un niño muy especial, pues todos hablaban de él. Lo que nadie en el pueblo sabía era cuándo, ni dónde sería. Les anunció el marido al entregarles su mayor tesoro, un cofre lleno de monedas de oro, como ofrenda para el niño que, según cuenta una antigua profecía, se convertirá en nuestro Salvador.

Al salir de la casa, tres majestuosos camellos, les esperaban en la entrada.

—¿De dónde han aparecido estos camellos? —preguntó confuso Melchor. Echó primero una mirada a Gaspar pero su desconcertado rostro le garantizó que él no había tenido nada que ver. Entonces volvió la mirada hacia su compañero de piel oscura, que disimulaba una pícara sonrisa. Entonces lo supo. —¿Esto ha sido idea tuya Baltasar?

—Yo solo pensé que nos iría bien tener un poco de ayuda —dijo mientras se acercaba a uno de los camellos y le acariciaba por detrás de la oreja—. Además, estamos a punto de entrar en un gran desierto. ¿Queréis morir de cansancio antes de lograr nuestra misión? —Los otros dos se miraron y no pudieron disimular su sonrisa. Sí, Baltasar tenía un Don, uno que había sido forjado a la vez que su alma, y aunque ni Melchor, ni Gaspar sabían cómo lo lograba, siempre les contagiaba su ilusión, dibujando en sus rostros una sonrisa. Y te preguntarás, ¿pero de dónde los sacó? Su asignatura preferida en la escuela era “aparición”, y sin duda, le divertía hacer aparecer de la nada, objetos o seres de lo más extraños. Una vez, con tal de animar a un niño que acababa de llegar y estaba asustado, hizo aparecer una cría de dragón que cuidaron y amaestraron para convertirla en la cariñosa y divertida mascota del castillo. Donde aún hoy, dos mil años después, habita.

Subidos sobre la joroba de los camellos, emprendieron de nuevo el rumbo. Guiados esta vez por una estrella algo mayor y resplandeciente que la anterior. Tras largas caminatas, entre las dunas y violentas tormentas de arena, llegaron a un pequeño pueblo que se encontraba en medio del desierto. La estrella descansaba sobre una caseta hecha de hojas de palma. Dejaron los camellos y entraron en aquel pequeño hogar. «¿Se encontrará aquí nuestro bebé?», se preguntó un agotado Melchor. Los años en la escuela habían pasado, al menos a su parecer, muy rápidos pero sus canas revelaban su longevidad.

El pequeño se encontraba tapado con una fina sabana, sobre la suave tierra del desierto. Se arrodillaron con el beneplácito de sus padres, y con hermosas palabras les explicaron lo que la voz de su estrella les cantaba. Pues se dice que cuando un alma es pura y feliz, su estrella no solo brilla con fuerza sino que emite una melodía única, animando a las almas que la escuchan.

—Será un niño muy feliz —dijo Gaspar dejando entrever a través de su larga barba una impecable dentadura.

Los padres del pequeño, dudaban del futuro que le aguardaba a su hijo en aquel pobre y aislado lugar. Y aquellas cinco palabras penetraron en sus corazones como un bálsamo de alivio. Y como muestra de su agradecimiento les entregaron un cofre plateado, repleto de incienso.

—No es gran cosa… pero… —dijo la mujer.

Baltasar que presenciaba con especial atención la escena, se acercó a la joven que seguía sentada con su bebé encima, y mirando directamente sus ojos color esmeralda, le dijo:

—Nada de lo que se entrega con el corazón es poco. —Pues él lo sabía mejor que nadie. Nunca había poseído grandes cosas, pero todo cuanto poseyó durante aquella época de su infancia, tenía un gran valor para él.

Y dicho esto se despidieron y abandonaron aquel pobre pero entrañable hogar.

De nuevo, aunque algo más cansados, la voz, esta vez de dos estrellas que brillaban muy unidas les llamó la atención, pues estas no cantaban, más bien sollozaban y su luz casi imperceptible parecía un bombilla a punto de fundirse. No eran las más luminosas, ni las más bellas, pero algo en ellas hizo que los magos siguiesen su débil luz, hasta llegar a un pueblo. Sus calles estaban bordeadas por decenas de casas, pero no paseaba ni un alma por ellas.

Observaron la casa que la tenue luz de las estrellas alumbraba. En su interior una bella mujer, que sostenía entre sus brazos a un bebé recién nacido, les ofreció entrar.

—Sabía que tarde o temprano vendríais —dijo Marianne.

—¿Cómo? —Preguntó desconcertado Baltasar.

—Un sueño me lo mostró. —Sonrió enigmática. En ese momento otro bebé, este de un año de edad, llegó gateando hasta los pies de su madre. Ella se agachó, con gran agilidad, a pesar de tener a su otro hijo en brazos, y lo cogió. —Ellos son Alejandro y Aristóbulo, mis hijos.

Los tres magos giraron a ambos lados sus cabezas, buscando algo o más bien a alguien.

—¿Y su… padre? —preguntó Gaspar. Él se había criado en el seno de una pequeña familia, pero el amor que sus padres le habían otorgado era mayor a muchas familias más numerosas. Sabía que los pequeños no estaban faltos de cariño, lo percibía en el brillo que surgía de los ojos de su madre al mirarlos, pero aún y así, faltaba una importante figura en aquel hogar.

—Nos… —Los ojos de Marianne empezaron a aguarse— desterró. Pero —dijo limpiando sus lágrimas y tratando de cambiar de tema—, no buscáis a mi marido, ¿verdad?

—No —dijo Melchor, disimulando la conmoción que le había causado aquella joven madre soltera.

—El niño que buscáis está a punto de nacer. Su madre, María y su padre, José se encuentran a una semana de aquí. Su nombre aún lo desconozco, pero él será el verdadero rey de los judíos, lo vi en mi sueño.

Marianne tenía un don especial, un don que había ensombrecido la figura de su importante marido, y por ese motivo decidió expulsarla de sus tierras. Con sus dos hijos y un mísero cofre de cobre bajo el brazo, cuyo interior contenía el augurio de su familia, la joven se alejó del gran castillo donde reinaba su marido, el actual rey de Judea, Herodes.

—El rey de los judíos —dijo pensativo Gaspar.

—Gracias, por su información y hospitalidad, señorita…

—Marianne —dijo acabando la frase del más anciano de los magos—Pero antes de marchar, ¿les importaría dedicarles unas palabras a mis hijos? Sé que ustedes son magos y pueden ver el futuro.

—No vemos el futuro. Sólo escuchamos a las estrellas. Cada alma tiene una estrella sobre sí, algunas más brillantes, otras menos. Ellas nos hablan en su idioma y nosotros las entendemos. Esto no es magia, es nuestro don.

Y dicho esto, los tres magos satisfechos con la información que la joven les había ofrecido prestaron atención a las voces de las estrellas de los pequeños. Su mensaje provocó que el pálido rostro de Melchor, se volviese aún más claro; que el rosado de Gaspar, se tornase blanco como la nieve y que el oscuro de Baltasar adquiriese un tono desvaído. Los tres permanecieron en silencio, sus palabras no conseguían salir de sus bocas. Lo que las estrellas les habían revelado era terrible.

Ante la visión de sus horrorizados rostros, la muchacha dejó a su hijo mayor, Alejandro, en el suelo, y al recordar la única posesión que tenía, fue en su busca. Se hallaba en el interior de un destartalado cajón y al cogerla, una fugaz desazón le atravesó el pecho. Finalmente, entregó con sus manos temblorosas el cofre a Baltasar.

Los tres magos, cada uno con su respectivo cofre en las manos, salieron de aquella casa a la que le aguardaba una horrible tragedia. Pero esto es otra historia, que ya ha sido contada en innumerables ocasiones, y que en la nuestra, no adquiere mayor importancia.

Tras pasar dos noches y un día sin escuchar la voz y ver el brillo de una estrella, un haz de luz se iluminó en el cielo y su alegre y dulce melodía alentó el ánimo de los magos. «Esta debe de ser la estrella que anuncia el nacimiento del niño», pensaron. Siguieron su luz, la cual les llevó hasta un pequeño pueblo, Belén. La estrella reposaba sobre un destartalado pesebre y allí, fue donde lo encontraron. Su rostro rosado y sus brillantes ojos confirmaron sus sospechas. Era él. Al acercarse al pequeño y ofrecerle los cofres con sus respectivos presentes: oro, incienso y mirra. Escucharon con atención a su estrella. Su melodiosa voz, les llenó de alegría. Lo habían conseguido y ahora la profecía se cumpliría, él sería el nuevo rey de los judíos.

Su aprendizaje había llegado a su fin, ya eran, como muchos hoy en día les conoce, Reyes Magos. Y podrían regresar a casa.

Pero justo cuando estaban a punto de montar en sus camellos y quizás hacer algo de magia para acortar el viaje, se les apareció un ángel muy especial, el mismo que un día, hacía ya algunos años atrás, les había ido a buscar para emprender esta aventura.

—Habéis realizado esta importante misión con gran éxito. Gracias a vuestro amor —dijo dirigiendo su mirada a Melchor—, bondad — a Gaspar— e ilusión —posó esta vez sus ojos sobre los humildes ojos del joven Baltasar —, el día de hoy será recordado para siempre como el día de los tres reyes magos. Nos habéis guiado hacia el salvador y lo habéis colmado de presentes e ilusión. Pero hoy no he venido por él, sino por vosotros. Os acabáis de convertir en auténticos magos y como recompensar vengo a liberaros del tiempo.

—¿Liberarnos del tiempo?

—Así es. El tiempo es lo que nos hace nacer, crecer, y morir. Si os libro de él, jamás moriréis, y podréis seguir portando vuestra ilusión cada año, en una noche como esta, a todo niño y adulto que crea en vosotros.

—¿Y si no creen? —preguntó un angustiado Baltasar.

—Si no creen, vuestra magia, poco a poco, irá desapareciendo hasta morir. Pero, mientras siga existiendo una sola estrella en el cielo que brille iluminando un alma creyente, la seguiréis colmando de ilusión, cada cinco de enero, todos los años de su vida.

Así fue como la profecía se cumplió y nuestra leyenda se hizo en realidad. Y esta noche mientras sueñes, tu estrella se iluminará en el cielo, guiándonos hacia ti, y poner en tu alma un pedacito de nuestro mayor Don: la ilusión.

¡No dejes de creer en la magia!

Atentamente: Los portadores de la ilusión.

La última campanada

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

(El Principito)

 

Anoche, mientras la luna alumbraba con todo su esplendor, sucedió algo extraordinario. Algo que yo jamás habría creído posible cambió mi vida en cuestión de segundos. Nada volvería a ser lo que era.

Todo ocurrió antes de que sonase la última campanada. Mi corazón estaba desbocado, mirando el reloj de la puerta del sol. No era el primer año que pasaba la última noche del año allí, pero esta estaba a punto de convertirse en inolvidable. Las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Acababa de meterme en la boca la penúltima uva. Miré de soslayo a Julia, mi novia, situada a mi derecha. No parecía muy feliz. A ella no le gustaban estos jaleos, yo la animé a venir. Creí que se lo pasaría bien, pero me autoengañé para acallar la voz de mi conciencia, esa que no paraba de repetirme que estaba siendo egoísta. Giré, algo afligido, mi mirada de nuevo al reloj. La gente vitoreaba ya la entrada del nuevo año, ansiosos por dejar en el olvido este año y empezar uno lleno de nuevas posibilidades y propósitos. Los miré como si fuesen extraterrestres, no alcanzaba a comprenderlos. Para mí era indiferente que acabase un año y entrase otro. «Todo seguirá igual mañana», pensé. Pero me equivocaba.

Mi mano ya había cogido la última uva, dispuesta a metérmela en cualquier momento en la boca. Miré de nuevo a mi novia. Su rostro seguía igual de compungido, pero algo en él me llamó la atención. No se había movido ni lo más mínimo, ni siquiera parpadeaba, ¿qué estaba ocurriendo? La uva, entre mis dedos, estaba empezando a resbalar. Llevaba mucho tiempo esperando que sonase aquella última campanada, «demasiado», pensé.

El reloj parecía haberse parado, miré la uva, «¿y ahora qué? ¿Estamos en el dos mil diecisiete o en el dieciocho?». Una extraña sensación invadió todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío. Nadie decía nada. Nadie se quejaba. «Con la que liaron un año porque se había cortado la emisión de las campanadas en televisión. ¿Y hoy que se para el reloj justo en la última campanada, nadie dice nada?» Algo no iba bien. Pero ¿el qué? Julia seguía en la misma posición que hacía cinco minutos. Miré a mi alrededor asustado. Nada. Todos estaban paralizados. «Debe de ser una broma», pensé. Pero en una broma al cabo de un tiempo todos se ríen y dicen—: Inocente. Pero nadie me lo decía. Nadie se inmutaba, entonces me sentí vacío y solo. Quizás si supieses todo lo que poseo, pensarías que estaba loco por sentirme así. Pues sí, no acababa de entender por qué me sentía así de mal. Tenía más de lo que un hombre de mi edad pudiese desear, pero en cuestión de segundos me lo habían arrebatado todo. Hasta la luna antes resplandeciente parecía haberme abandonado. Frente a mí, una luz iluminó lo que quedaba de mí: mi sombra. Adornada eso sí, con sus mejores galas y joyas, pero no dejaba de ser oscura como si de repente su foco, en este caso mi cuerpo, se hubiese apagado. Miré la misteriosa luz, asombrado. «¿Quizás ella tenga la solución?», pensé guiado por una extraña locura.

Un ser de no más de un metro de altura salió de entre sus propias alas, mostrándome su rostro. Sus cabellos dorados como la luz del sol reposaban formando grandes rizos sobre su cabeza. Su cara rosada y sus ojos extremadamente brillantes me transmitieron tranquilidad y sosiego. Vestía un largo vestido blanco como la nieve, que le cubría hasta los pies. Su apariencia, sino estuviese volando y reluciendo como una antorcha, era como la de un niño. Pero aunque me costó admitirlo, no tuve duda alguna, se trataba de un ángel.

—Hola Marcos —me dijo en tono dulce y suave.

No podía hablar, un nudo en la garganta me lo impedía. Abrí la boca para tratar de emitir algún sonido, pero de mi esfuerzo no salió nada. Tragué saliva y esperé a que continuara.

—¿Sabes quién soy? —Negué con la cabeza—. ¿Sabes por qué estoy aquí? —Volví a negar—. Soy tu ángel de la guarda, Marcos, mi nombre es Haziel. No he venido por ti, contigo ya lo intenté todo y no funcionó, sino para salvarla a ella. —Señaló con su cabeza a Julia. «¿Por qué? ¿Qué le ocurre?», quise preguntarle pero en lugar de eso estas se repitieron, como un disco rayado, en mi mente—. ¿Cuál es tu deseo para este nuevo año? —Alcé mis hombros en señal de duda, no entendía a cuento de qué venia aquella pregunta. Esperé, pero no parecía conformarse con mi silencio, así que me aclaré la garganta, y conseguí hablar:

—No tengo ninguno. No… —Titubee, pues ahora no sabía en qué creía y en qué no—. No creo en esas cosas.

—Lo sé, por eso he venido. ¿Crees que solo existe lo que tus ojos pueden ver, no es así, Marcos?

—Asentí entornando los ojos, «¿A dónde quiere ir a parar?», pensé—. ¿Y qué me dices de mí? ¿Crees en mí? —Me quedé pasmado, no esperaba aquella vuelta de tuerca.

—No, digo, bueno… ahora sí. Pero…

—Pero no soy real, no al menos para ti. ¿No es así? ¿Quién ha hecho esta clasificación sobre qué es o no real? —Volví a alzar mis hombros, empezaba a no entender nada de lo que me decía, y me estaba desesperando—. Pues, a partir de hoy vas a rodearte tan solo de tu realidad, de todo lo que puedes ver y, por lo tanto, creer. Mi misión contigo está a punto de acabar —dijo en tono afligido. No parecía satisfecho consigo mismo.

—Espera, ¿y qué hay de ella? —Señalé a Julia—, ¿y del resto de personas? ¿Volverán a su estado normal?

—No —dijo con rotundidad.

—No lo entiendo. Ellos son reales.

—Sí, claro, igual que yo. Pero esto es lo único que puedes ver de ellos, y por lo tanto es en lo único que crees. Su alma que es lo que no se ve, ya no está en su interior. Ahora mismo tan solo hay lo que ves tú a simple vista. Esto Marcos —dijo levantando la vista hacia el resto de personas inmovilizadas que se encontraban celebrando fin de año en la puerta del sol y señalándolas con sus alas, dijo—: es todo en lo que tú crees. ¿Creías ser feliz tan solo con esto, no? Todo lo que de verdad importaba para ti: tu trabajo, tu físico y tu dinero. Lo tienes. Así que ¿por qué no te sientes feliz? No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo en tono retorico sin esperar respuesta, pero contesté:

—Necesito… —Titubee— Yo… —Miré el nuevo Rolex que me había comprado hacia dos días. Ahora ya no me hacía sentir bien, ya no me hacía sentir nada. Mis ojos empezaron a empañarse— no puedo ser feliz sin ella. —Miré a Julia. Su sonrisa invertida, a pesar del día, el lugar y el momento de celebración en el que nos encontrábamos, me cautivó. Me había vuelto un egoísta que solo miraba por mí. Y ella en cambio —pensé— se conformaba con verme feliz. En ese momento, en que mis ojos seguían inmersos en su profunda tristeza, noté un agudo pinchazo en el pecho.

—La tienes. La única diferencia es que ahora sólo tienes lo que en ella puedes ver. Su interior está vacío.

—Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas, como consecuencia de aquellas duras palabras. —Los seres humanos sois mucho más de lo que a simple vista veis. Todo lo que creéis ver, no es ni la mitad de lo que existe, pues no son los ojos los que ven, sino el alma. Ella es la que os mantiene con vida, la que os hace sentir tristeza, alegría, preocupación, amor… Sin ella solo sois —dirigió una mirada apesadumbrada hacia Julia— un cuerpo vacío.

—¿Cómo puedo recuperarla? —pregunté desesperado.

—Deseándolo. El tiempo es algo efímero. Los años vienen y van, a veces dejan consigo objetos materiales como: relojes, coches, casas, dinero, pero esto no es lo que te hace verdaderamente feliz. Es solo un placebo. La felicidad no se ve, se siente. Se halla escondida tras los recuerdos y las personas que los protagonizan. Cree. Pues es tu alma quien decide qué existe y qué no, no tus ojos. Ahora debo marcharme, lo dejo en tus manos. Puedes creer y pedir un deseo para el nuevo año, o bien, seguir como hasta ahora e intentar ser feliz con la realidad que te muestran tus ojos. Tú eliges.

El ángel se desvaneció tras sus últimas palabras. El silencio me inundó. Me sentí como si me estuviese sumergiendo en un profundo océano y, poco a poco, se me estuviese agotando el oxígeno. Miré a Julia. Las lágrimas, que ahora corrían sin resistencia alguna por mis mejillas, me dificultaban apreciar su profunda y triste mirada. Giré de nuevo la cabeza hacia el reloj, seguía marcando las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, cogí de nuevo mi última uva, cerré los ojos y pedí mi deseo para el nuevo año. En ese momento, la última campanada estalló en mis oídos rompiendo aquel doloroso silencio e introduje, al fin, mi última uva en la boca. Miré a Julia, que masticaba con dificultad su última uva. Le sonreí y vi su luz. Aquel brillo que antes no podía ver. Se trataba de su alma. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces lo supe. Los deseos que proceden del alma se hacen realidad. Hacía mucho que no la veía así de feliz. «Ahora sí que lo tengo todo», pensé y me abalancé hacia ella. Sentía como si llevase años sin verla. Y la besé.

Anoche pasé la noche más extraña de mi vida, sí, pero también la más hermosa. Ahora veo a través de mi alma, y la vida se ve diferente. Ahora sé que no todo lo que veo es real, ni todo lo que no veo no lo es. Me siento feliz, hoy mi vida tiene sentido. No gracias a mi dinero, ni a mi cuerpo, ni a mi nuevo Rolex, sino gracias a la sonrisa de Julia y al ángel que me hizo de lazarillo cuando mi alma estaba ciega. Gracias, Haziel, por abrir mis verdaderos ojos y, ayudarme a creer. Gracias Julia por ser lo primero que vio mi alma al despertar. Y gracias a ti, querido lector, por leer mi historia. Piensa con qué ojos ves la vida y pide con humildad tu deseo para este nuevo año. Y, sobre todo, CREE.

Fin