Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

Los portadores de la ilusión

Hace mucho, mucho tiempo, cuando las aguas estaban más llenas de vida y los bosques más habitados. En uno de los siete cielos, tres almas brillaban por encima del resto. Se encontraban danzando como bailarinas de ballet sobre las estrellas que les habían otorgado la vida; un espectáculo digno de ver. Era su bautizo celestial, la celebración que une a cada alma con su Don Divino, un ritual previo a la bajada a la tierra.

Un ángel de cabellos níveos como la nieve, fue el encargado de oficiar dicha ceremonia. Y envueltas entre una dulce melodía celestial, las almas giraban sobre si mismas como auténticos derviches, mientras sus dones iban envolviéndolas en una intensa luz, mientras penetraban en su interior. Las tres recibieron el mismo: el poder de interpretar el lenguaje de las estrellas. Quizás, querido lector, pueda parecerte un don insignificante, pero no lo es, y pronto entenderás porqué.

Al completarse la unión, cada alma se subió a su estrella, y juntas sobrevolaron mundos remotos, todos ellos muy diferentes entre sí, hasta llegar al suyo. Fue entonces cuando cada estrella tomó su propio rumbo, hasta alcanzar su objetivo: el pequeño cuerpo que se estaba gestando en el interior de su madre. Una vez la estrella se separa de su alma, esta permanece sobre ella durante toda su vida terrenal, hasta que, al finalizar dicha vida, vuelven a reencontrarse. Tú que lees esta historia con cierta reticencia y escepticismo compruébalo: mira al cielo cuando la luz del sol ya no eclipse el brillo de las estrellas, y veras sobre ti esa luz que ilumina tu alma sin descanso.

A pesar de haber viajado juntos, pues así estaba estipulado en la profecía, los tres pequeños llegaron a la vida en distintos momentos. El primero fue bautizado con el nombre de Melchor, al segundo lo llamaron Gaspar, y al último Baltasar.

Melchor creció rodeado de riqueza, pues sus padres eran unos importantes y reconocidos reyes. Por lo tanto, al pequeño nunca le faltó de nada. Su lujosa cuna brillaba cual diamante recién tallado. Sobre ella un precioso móvil con resplandecientes estrellas, entretenía y tranquilizaba al pequeño. Sus padres, dos personas ya de avanzada edad, andaban en busca de un bebé desde hacía mucho tiempo y, cuando prácticamente habían perdido la esperanza, un ángel se les apareció en sueños. Les concedió su mayor deseo, pero con la condición de que a la edad de cinco años su pequeño debía ser educado para ser mago. Ellos aceptaron, aunque a regañadientes. En su alta clase social no estaba bien vista la magia, pero si ese era el requisito para convertirse en padres, lo cumplirían. Y así fue como Melchor un pequeño bebé de cabellos dorados y ojos claros como el cielo, nació entre sabanas de seda y hermosos bordados dorados que adornaban los puños y cuello de sus trajes.

Una repentina visita, el día en que el pequeño cumplía los cinco años, alteró la calma que reinaba en el hogar. Un extraño anciano de cabellos blancos, que vestía de manera extravagante y poco común para la época, vino a por el pequeño Melchor. Sus padres que rezaban para que ese día no llegase accedieron, aunque su corazón se desgarraba con la idea de la separación, a dejarle marchar. Así fue como años más tarde conoció a sus inseparables amigos, pero esta es una historia que contaré más adelante.

Gaspar nació en un gélido y aislado lugar. Rodeado de grandes montañas heladas y extensos lagos congelados. Su casa había sido construida por su padre, años antes de su nacimiento, con modestos tablones de madera. Una colosal chimenea presidia el centro del hogar y junto a ella reposaba la cuna del recién nacido. Hecha de madera de roble, como el resto de la casa. Sus padres se sentían inmensamente agradecidos, pero en su interior una bestia gemía con furia al ver crecer a su pequeño. Irremediablemente el día llegó, y Gaspar celebró por todo lo alto su quinto aniversario. Todo el bosque se había unido a la fiesta: osos, caballos, ardillas, ciervos… Acompañaron al pequeño Gaspar en ese día tan especial. El sol resplandecía con fuerza, y el reflejo del hielo de las montañas iluminaba el feliz rostro de Gaspar. Un viento inesperado turbó a los asistentes al convite. Un espléndido caballo alado, fue el causante de aquel repentino aire. Venía a por el niño. Y, sin explicación alguna por parte de sus queridos padres, se marchó de su hogar. Pero esta es una historia que contaré más adelante.

 

Baltasar, la última de las tres almas en nacer, fue destinado a la familia más pobre, pero no por eso menos feliz. Su hogar era una pequeña cabaña hecha con cañas y barro. Y mientras su padre iba a cazar y su madre, limpiaba las pieles para hacerle un precioso traje, él jugaba con sus hermanos mayores. Era el menor de ocho hermanos y el más travieso y juguetón. Se pasaba el día entero haciendo bromas a toda la familia para sacarles una sonrisa. Su nacimiento llegó justo en el momento adecuado, pues su familia, que se había dejado engullir por la tristeza, pasaba por una etapa difícil. El séptimo hermano estaba muy enfermo y justo cuando parecía que su luz se estaba apagando, el pequeño Baltasar llegó para avivarla. Pues no solo alegró sus vidas, sino que con su llegada el pequeño Enam mejoró considerablemente, llegando incluso a salir de casa y jugar como el resto de sus hermanos.

El día de su quinto cumpleaños todos pasaron una velada muy divertida viéndole reír y hacer bromas, y Enam que tenía devoción por su hermano pequeño se las reía todas, llegando incluso a participar en alguna que otra travesura. Aquellas sonrisas se eclipsaron con la repentina llegada de un ángel. Ningún hermano incluido el propio Baltasar sospechaba que aquel era el último día que estarían juntos. El inesperado visitante le tendió su ala, y Baltasar la aceptó cabizbajo, no sin antes echar un último vistazo a su querido hermano Enam. «Volveré pronto», quiso decirle con su mirada, pero las lágrimas que empezaron a brillar de los ojos de su hermano, le dieron a entender que no le había entendido. Y finalmente se marchó, para reencontrarse con las otras dos almas elegidas; historia que ahora sí te voy a contar.

Los tres pequeños, velados por sus respectivas estrellas y aquel extraño ser encargado de recogerlos, viajaron durante días. El primero en llegar fue Melchor, luego Gaspar y por último Baltasar hasta estar los tres juntos en la escuela de magia. Donde según la profecía debían convertirse en magos, para acometer una importante misión.

Un gran castillo, muy diferente al que hoy en día pintan en las películas, les recibió a su llegada. Un majestuoso edificio hecho por completo de cristal: escaleras, puertas, suelos, muebles, incluso camas. Y hasta que no se acostumbraron, los tres pequeños tuvieron ciertas dificultades a la hora de amoldarse a aquel extraño lugar.

Hasta pasado de un mes, no fueron capaces de encontrar a la primera sus aulas, pues estas cambiaban de lugar cada día, repitiendo la misma secuencia cada semana. Y otro mes más, hasta perder el vértigo a las alturas. Pues desde el piso más alto, el lugar donde se encontraban sus dormitorios, podían ver la última planta tan sólo con mirar sus pies. Así de peculiar era la mansión de la ilusión. Todo lo que en ella había, desde los cubiertos donde se suponía que se debían de utilizar para comer, hasta los armarios que dejaban entrever todo lo que en ellos se ocultaba, confundía a los sentidos, sobre todo, al de la vista. Así que hasta la fecha, nadie sabe a ciencia cierta cómo era de verdad aquel castillo, ni de que estaba realmente hecho. La única certeza que tenemos hoy en día, es que lo que en él se enseñaba era verdadera magia. Las varitas y hechizos que se emplean hoy en día para hablar de magia, no tenían cabida en aquel hermoso lugar, pues su magia venia de otro lugar, no de las palabras, ni de objetos embrujados, sino del corazón.

Se dice que el verdadero mago, nace con el don de la ilusión, el cual le ofrece la posibilidad de crear la proporción perfecta entre: amor, bondad e ilusión. Este equilibrio les otorgaba la fuerza para salir airosos de las más complejas situaciones. Y así fue como durante los años que vivieron en la mansión, los tres magos se vieron envueltos en un mar de experiencias cada vez más enrevesadas, hasta conseguir lograr su objetivo: ilusionar.

Hoy en día, muchas personas, incluido tú, los conoce con otro nombre, pero ellos se hacían llamar: “los portadores de ilusión”. Y llegaron a convertirse en los mejores magos de la escuela. Y su último y más difícil cometido, les fue revelado: completar la profecía.
Únicamente llegarían a convertirse en verdaderos magos, si conseguían realizarla con éxito. Y para ello debían de poner a prueba su mayor don: el conocimiento del lenguaje de las estrellas. La profecía hablaba de un bebé recién nacido al que debían visitar, guiados por su estrella.

Tras despedirse de sus maestros y del resto de compañeros emprendieron el largo camino que los llevaría a convertirse en verdaderos reyes magos. Durante los primeros días, les resultó complicado dar con la dirección correcta, pues las estrellas no se ponían de acuerdo. Todas habían sentido hablar de aquel bebé tan especial, pero ninguna ofrecía una información viable en cuanto al rumbo a seguir. Por lo que, Melchor, Gaspar y Baltasar recorrieron juntos muchos quilómetros a pie, hasta dar con una pequeña estrella que centelleaba de manera intermitente, lo cual les llamó la atención y decidieron seguirla.

Guiados por la luz irregular de la estrella llegaron a un pequeño pueblo, situado a las afueras del desierto. La estrella yacía sobre una humilde cabaña, y unos llantos en su interior, esperanzaron a los tres cansados magos. Un hombre, que les había visto llegar desde el interior, les invitó a entrar. La imagen de una joven dando el pecho con la dulzura única de una madre, hizo que los tres magos se quedasen ensimismados. Y sin pensarlo dos veces se arrodillaron frente a la madre y el bebé.

—No es él —dijo Melchor convencido.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó el joven Baltasar con vehemencia.

—Las estrellas me han hablado. Ese no es el bebé que estamos buscando, pero sí que es una pieza clave para llegar hasta él.

—¿Por qué? —preguntó Gaspar.

—Gracias a él, un presente muy valioso entregaremos a nuestro bebé predilecto.

Y así fue. Los padres del recién nacido se mostraron tan agradecidos por las esperanzadoras palabras que los tres magos habían interpretado de la estrella de su hija, que sacaron de un lujoso armario un brillante cofre dorado que le entregaron a Melchor. Sabían que pronto nacería un niño muy especial, pues todos hablaban de él. Lo que nadie en el pueblo sabía era cuándo, ni dónde sería. Les anunció el marido al entregarles su mayor tesoro, un cofre lleno de monedas de oro, como ofrenda para el niño que, según cuenta una antigua profecía, se convertirá en nuestro Salvador.

Al salir de la casa, tres majestuosos camellos, les esperaban en la entrada.

—¿De dónde han aparecido estos camellos? —preguntó confuso Melchor. Echó primero una mirada a Gaspar pero su desconcertado rostro le garantizó que él no había tenido nada que ver. Entonces volvió la mirada hacia su compañero de piel oscura, que disimulaba una pícara sonrisa. Entonces lo supo. —¿Esto ha sido idea tuya Baltasar?

—Yo solo pensé que nos iría bien tener un poco de ayuda —dijo mientras se acercaba a uno de los camellos y le acariciaba por detrás de la oreja—. Además, estamos a punto de entrar en un gran desierto. ¿Queréis morir de cansancio antes de lograr nuestra misión? —Los otros dos se miraron y no pudieron disimular su sonrisa. Sí, Baltasar tenía un Don, uno que había sido forjado a la vez que su alma, y aunque ni Melchor, ni Gaspar sabían cómo lo lograba, siempre les contagiaba su ilusión, dibujando en sus rostros una sonrisa. Y te preguntarás, ¿pero de dónde los sacó? Su asignatura preferida en la escuela era “aparición”, y sin duda, le divertía hacer aparecer de la nada, objetos o seres de lo más extraños. Una vez, con tal de animar a un niño que acababa de llegar y estaba asustado, hizo aparecer una cría de dragón que cuidaron y amaestraron para convertirla en la cariñosa y divertida mascota del castillo. Donde aún hoy, dos mil años después, habita.

Subidos sobre la joroba de los camellos, emprendieron de nuevo el rumbo. Guiados esta vez por una estrella algo mayor y resplandeciente que la anterior. Tras largas caminatas, entre las dunas y violentas tormentas de arena, llegaron a un pequeño pueblo que se encontraba en medio del desierto. La estrella descansaba sobre una caseta hecha de hojas de palma. Dejaron los camellos y entraron en aquel pequeño hogar. «¿Se encontrará aquí nuestro bebé?», se preguntó un agotado Melchor. Los años en la escuela habían pasado, al menos a su parecer, muy rápidos pero sus canas revelaban su longevidad.

El pequeño se encontraba tapado con una fina sabana, sobre la suave tierra del desierto. Se arrodillaron con el beneplácito de sus padres, y con hermosas palabras les explicaron lo que la voz de su estrella les cantaba. Pues se dice que cuando un alma es pura y feliz, su estrella no solo brilla con fuerza sino que emite una melodía única, animando a las almas que la escuchan.

—Será un niño muy feliz —dijo Gaspar dejando entrever a través de su larga barba una impecable dentadura.

Los padres del pequeño, dudaban del futuro que le aguardaba a su hijo en aquel pobre y aislado lugar. Y aquellas cinco palabras penetraron en sus corazones como un bálsamo de alivio. Y como muestra de su agradecimiento les entregaron un cofre plateado, repleto de incienso.

—No es gran cosa… pero… —dijo la mujer.

Baltasar que presenciaba con especial atención la escena, se acercó a la joven que seguía sentada con su bebé encima, y mirando directamente sus ojos color esmeralda, le dijo:

—Nada de lo que se entrega con el corazón es poco. —Pues él lo sabía mejor que nadie. Nunca había poseído grandes cosas, pero todo cuanto poseyó durante aquella época de su infancia, tenía un gran valor para él.

Y dicho esto se despidieron y abandonaron aquel pobre pero entrañable hogar.

De nuevo, aunque algo más cansados, la voz, esta vez de dos estrellas que brillaban muy unidas les llamó la atención, pues estas no cantaban, más bien sollozaban y su luz casi imperceptible parecía un bombilla a punto de fundirse. No eran las más luminosas, ni las más bellas, pero algo en ellas hizo que los magos siguiesen su débil luz, hasta llegar a un pueblo. Sus calles estaban bordeadas por decenas de casas, pero no paseaba ni un alma por ellas.

Observaron la casa que la tenue luz de las estrellas alumbraba. En su interior una bella mujer, que sostenía entre sus brazos a un bebé recién nacido, les ofreció entrar.

—Sabía que tarde o temprano vendríais —dijo Marianne.

—¿Cómo? —Preguntó desconcertado Baltasar.

—Un sueño me lo mostró. —Sonrió enigmática. En ese momento otro bebé, este de un año de edad, llegó gateando hasta los pies de su madre. Ella se agachó, con gran agilidad, a pesar de tener a su otro hijo en brazos, y lo cogió. —Ellos son Alejandro y Aristóbulo, mis hijos.

Los tres magos giraron a ambos lados sus cabezas, buscando algo o más bien a alguien.

—¿Y su… padre? —preguntó Gaspar. Él se había criado en el seno de una pequeña familia, pero el amor que sus padres le habían otorgado era mayor a muchas familias más numerosas. Sabía que los pequeños no estaban faltos de cariño, lo percibía en el brillo que surgía de los ojos de su madre al mirarlos, pero aún y así, faltaba una importante figura en aquel hogar.

—Nos… —Los ojos de Marianne empezaron a aguarse— desterró. Pero —dijo limpiando sus lágrimas y tratando de cambiar de tema—, no buscáis a mi marido, ¿verdad?

—No —dijo Melchor, disimulando la conmoción que le había causado aquella joven madre soltera.

—El niño que buscáis está a punto de nacer. Su madre, María y su padre, José se encuentran a una semana de aquí. Su nombre aún lo desconozco, pero él será el verdadero rey de los judíos, lo vi en mi sueño.

Marianne tenía un don especial, un don que había ensombrecido la figura de su importante marido, y por ese motivo decidió expulsarla de sus tierras. Con sus dos hijos y un mísero cofre de cobre bajo el brazo, cuyo interior contenía el augurio de su familia, la joven se alejó del gran castillo donde reinaba su marido, el actual rey de Judea, Herodes.

—El rey de los judíos —dijo pensativo Gaspar.

—Gracias, por su información y hospitalidad, señorita…

—Marianne —dijo acabando la frase del más anciano de los magos—Pero antes de marchar, ¿les importaría dedicarles unas palabras a mis hijos? Sé que ustedes son magos y pueden ver el futuro.

—No vemos el futuro. Sólo escuchamos a las estrellas. Cada alma tiene una estrella sobre sí, algunas más brillantes, otras menos. Ellas nos hablan en su idioma y nosotros las entendemos. Esto no es magia, es nuestro don.

Y dicho esto, los tres magos satisfechos con la información que la joven les había ofrecido prestaron atención a las voces de las estrellas de los pequeños. Su mensaje provocó que el pálido rostro de Melchor, se volviese aún más claro; que el rosado de Gaspar, se tornase blanco como la nieve y que el oscuro de Baltasar adquiriese un tono desvaído. Los tres permanecieron en silencio, sus palabras no conseguían salir de sus bocas. Lo que las estrellas les habían revelado era terrible.

Ante la visión de sus horrorizados rostros, la muchacha dejó a su hijo mayor, Alejandro, en el suelo, y al recordar la única posesión que tenía, fue en su busca. Se hallaba en el interior de un destartalado cajón y al cogerla, una fugaz desazón le atravesó el pecho. Finalmente, entregó con sus manos temblorosas el cofre a Baltasar.

Los tres magos, cada uno con su respectivo cofre en las manos, salieron de aquella casa a la que le aguardaba una horrible tragedia. Pero esto es otra historia, que ya ha sido contada en innumerables ocasiones, y que en la nuestra, no adquiere mayor importancia.

Tras pasar dos noches y un día sin escuchar la voz y ver el brillo de una estrella, un haz de luz se iluminó en el cielo y su alegre y dulce melodía alentó el ánimo de los magos. «Esta debe de ser la estrella que anuncia el nacimiento del niño», pensaron. Siguieron su luz, la cual les llevó hasta un pequeño pueblo, Belén. La estrella reposaba sobre un destartalado pesebre y allí, fue donde lo encontraron. Su rostro rosado y sus brillantes ojos confirmaron sus sospechas. Era él. Al acercarse al pequeño y ofrecerle los cofres con sus respectivos presentes: oro, incienso y mirra. Escucharon con atención a su estrella. Su melodiosa voz, les llenó de alegría. Lo habían conseguido y ahora la profecía se cumpliría, él sería el nuevo rey de los judíos.

Su aprendizaje había llegado a su fin, ya eran, como muchos hoy en día les conoce, Reyes Magos. Y podrían regresar a casa.

Pero justo cuando estaban a punto de montar en sus camellos y quizás hacer algo de magia para acortar el viaje, se les apareció un ángel muy especial, el mismo que un día, hacía ya algunos años atrás, les había ido a buscar para emprender esta aventura.

—Habéis realizado esta importante misión con gran éxito. Gracias a vuestro amor —dijo dirigiendo su mirada a Melchor—, bondad — a Gaspar— e ilusión —posó esta vez sus ojos sobre los humildes ojos del joven Baltasar —, el día de hoy será recordado para siempre como el día de los tres reyes magos. Nos habéis guiado hacia el salvador y lo habéis colmado de presentes e ilusión. Pero hoy no he venido por él, sino por vosotros. Os acabáis de convertir en auténticos magos y como recompensar vengo a liberaros del tiempo.

—¿Liberarnos del tiempo?

—Así es. El tiempo es lo que nos hace nacer, crecer, y morir. Si os libro de él, jamás moriréis, y podréis seguir portando vuestra ilusión cada año, en una noche como esta, a todo niño y adulto que crea en vosotros.

—¿Y si no creen? —preguntó un angustiado Baltasar.

—Si no creen, vuestra magia, poco a poco, irá desapareciendo hasta morir. Pero, mientras siga existiendo una sola estrella en el cielo que brille iluminando un alma creyente, la seguiréis colmando de ilusión, cada cinco de enero, todos los años de su vida.

Así fue como la profecía se cumplió y nuestra leyenda se hizo en realidad. Y esta noche mientras sueñes, tu estrella se iluminará en el cielo, guiándonos hacia ti, y poner en tu alma un pedacito de nuestro mayor Don: la ilusión.

¡No dejes de creer en la magia!

Atentamente: Los portadores de la ilusión.

La última campanada

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

(El Principito)

 

Anoche, mientras la luna alumbraba con todo su esplendor, sucedió algo extraordinario. Algo que yo jamás habría creído posible cambió mi vida en cuestión de segundos. Nada volvería a ser lo que era.

Todo ocurrió antes de que sonase la última campanada. Mi corazón estaba desbocado, mirando el reloj de la puerta del sol. No era el primer año que pasaba la última noche del año allí, pero esta estaba a punto de convertirse en inolvidable. Las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Acababa de meterme en la boca la penúltima uva. Miré de soslayo a Julia, mi novia, situada a mi derecha. No parecía muy feliz. A ella no le gustaban estos jaleos, yo la animé a venir. Creí que se lo pasaría bien, pero me autoengañé para acallar la voz de mi conciencia, esa que no paraba de repetirme que estaba siendo egoísta. Giré, algo afligido, mi mirada de nuevo al reloj. La gente vitoreaba ya la entrada del nuevo año, ansiosos por dejar en el olvido este año y empezar uno lleno de nuevas posibilidades y propósitos. Los miré como si fuesen extraterrestres, no alcanzaba a comprenderlos. Para mí era indiferente que acabase un año y entrase otro. «Todo seguirá igual mañana», pensé. Pero me equivocaba.

Mi mano ya había cogido la última uva, dispuesta a metérmela en cualquier momento en la boca. Miré de nuevo a mi novia. Su rostro seguía igual de compungido, pero algo en él me llamó la atención. No se había movido ni lo más mínimo, ni siquiera parpadeaba, ¿qué estaba ocurriendo? La uva, entre mis dedos, estaba empezando a resbalar. Llevaba mucho tiempo esperando que sonase aquella última campanada, «demasiado», pensé.

El reloj parecía haberse parado, miré la uva, «¿y ahora qué? ¿Estamos en el dos mil diecisiete o en el dieciocho?». Una extraña sensación invadió todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío. Nadie decía nada. Nadie se quejaba. «Con la que liaron un año porque se había cortado la emisión de las campanadas en televisión. ¿Y hoy que se para el reloj justo en la última campanada, nadie dice nada?» Algo no iba bien. Pero ¿el qué? Julia seguía en la misma posición que hacía cinco minutos. Miré a mi alrededor asustado. Nada. Todos estaban paralizados. «Debe de ser una broma», pensé. Pero en una broma al cabo de un tiempo todos se ríen y dicen—: Inocente. Pero nadie me lo decía. Nadie se inmutaba, entonces me sentí vacío y solo. Quizás si supieses todo lo que poseo, pensarías que estaba loco por sentirme así. Pues sí, no acababa de entender por qué me sentía así de mal. Tenía más de lo que un hombre de mi edad pudiese desear, pero en cuestión de segundos me lo habían arrebatado todo. Hasta la luna antes resplandeciente parecía haberme abandonado. Frente a mí, una luz iluminó lo que quedaba de mí: mi sombra. Adornada eso sí, con sus mejores galas y joyas, pero no dejaba de ser oscura como si de repente su foco, en este caso mi cuerpo, se hubiese apagado. Miré la misteriosa luz, asombrado. «¿Quizás ella tenga la solución?», pensé guiado por una extraña locura.

Un ser de no más de un metro de altura salió de entre sus propias alas, mostrándome su rostro. Sus cabellos dorados como la luz del sol reposaban formando grandes rizos sobre su cabeza. Su cara rosada y sus ojos extremadamente brillantes me transmitieron tranquilidad y sosiego. Vestía un largo vestido blanco como la nieve, que le cubría hasta los pies. Su apariencia, sino estuviese volando y reluciendo como una antorcha, era como la de un niño. Pero aunque me costó admitirlo, no tuve duda alguna, se trataba de un ángel.

—Hola Marcos —me dijo en tono dulce y suave.

No podía hablar, un nudo en la garganta me lo impedía. Abrí la boca para tratar de emitir algún sonido, pero de mi esfuerzo no salió nada. Tragué saliva y esperé a que continuara.

—¿Sabes quién soy? —Negué con la cabeza—. ¿Sabes por qué estoy aquí? —Volví a negar—. Soy tu ángel de la guarda, Marcos, mi nombre es Haziel. No he venido por ti, contigo ya lo intenté todo y no funcionó, sino para salvarla a ella. —Señaló con su cabeza a Julia. «¿Por qué? ¿Qué le ocurre?», quise preguntarle pero en lugar de eso estas se repitieron, como un disco rayado, en mi mente—. ¿Cuál es tu deseo para este nuevo año? —Alcé mis hombros en señal de duda, no entendía a cuento de qué venia aquella pregunta. Esperé, pero no parecía conformarse con mi silencio, así que me aclaré la garganta, y conseguí hablar:

—No tengo ninguno. No… —Titubee, pues ahora no sabía en qué creía y en qué no—. No creo en esas cosas.

—Lo sé, por eso he venido. ¿Crees que solo existe lo que tus ojos pueden ver, no es así, Marcos?

—Asentí entornando los ojos, «¿A dónde quiere ir a parar?», pensé—. ¿Y qué me dices de mí? ¿Crees en mí? —Me quedé pasmado, no esperaba aquella vuelta de tuerca.

—No, digo, bueno… ahora sí. Pero…

—Pero no soy real, no al menos para ti. ¿No es así? ¿Quién ha hecho esta clasificación sobre qué es o no real? —Volví a alzar mis hombros, empezaba a no entender nada de lo que me decía, y me estaba desesperando—. Pues, a partir de hoy vas a rodearte tan solo de tu realidad, de todo lo que puedes ver y, por lo tanto, creer. Mi misión contigo está a punto de acabar —dijo en tono afligido. No parecía satisfecho consigo mismo.

—Espera, ¿y qué hay de ella? —Señalé a Julia—, ¿y del resto de personas? ¿Volverán a su estado normal?

—No —dijo con rotundidad.

—No lo entiendo. Ellos son reales.

—Sí, claro, igual que yo. Pero esto es lo único que puedes ver de ellos, y por lo tanto es en lo único que crees. Su alma que es lo que no se ve, ya no está en su interior. Ahora mismo tan solo hay lo que ves tú a simple vista. Esto Marcos —dijo levantando la vista hacia el resto de personas inmovilizadas que se encontraban celebrando fin de año en la puerta del sol y señalándolas con sus alas, dijo—: es todo en lo que tú crees. ¿Creías ser feliz tan solo con esto, no? Todo lo que de verdad importaba para ti: tu trabajo, tu físico y tu dinero. Lo tienes. Así que ¿por qué no te sientes feliz? No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo en tono retorico sin esperar respuesta, pero contesté:

—Necesito… —Titubee— Yo… —Miré el nuevo Rolex que me había comprado hacia dos días. Ahora ya no me hacía sentir bien, ya no me hacía sentir nada. Mis ojos empezaron a empañarse— no puedo ser feliz sin ella. —Miré a Julia. Su sonrisa invertida, a pesar del día, el lugar y el momento de celebración en el que nos encontrábamos, me cautivó. Me había vuelto un egoísta que solo miraba por mí. Y ella en cambio —pensé— se conformaba con verme feliz. En ese momento, en que mis ojos seguían inmersos en su profunda tristeza, noté un agudo pinchazo en el pecho.

—La tienes. La única diferencia es que ahora sólo tienes lo que en ella puedes ver. Su interior está vacío.

—Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas, como consecuencia de aquellas duras palabras. —Los seres humanos sois mucho más de lo que a simple vista veis. Todo lo que creéis ver, no es ni la mitad de lo que existe, pues no son los ojos los que ven, sino el alma. Ella es la que os mantiene con vida, la que os hace sentir tristeza, alegría, preocupación, amor… Sin ella solo sois —dirigió una mirada apesadumbrada hacia Julia— un cuerpo vacío.

—¿Cómo puedo recuperarla? —pregunté desesperado.

—Deseándolo. El tiempo es algo efímero. Los años vienen y van, a veces dejan consigo objetos materiales como: relojes, coches, casas, dinero, pero esto no es lo que te hace verdaderamente feliz. Es solo un placebo. La felicidad no se ve, se siente. Se halla escondida tras los recuerdos y las personas que los protagonizan. Cree. Pues es tu alma quien decide qué existe y qué no, no tus ojos. Ahora debo marcharme, lo dejo en tus manos. Puedes creer y pedir un deseo para el nuevo año, o bien, seguir como hasta ahora e intentar ser feliz con la realidad que te muestran tus ojos. Tú eliges.

El ángel se desvaneció tras sus últimas palabras. El silencio me inundó. Me sentí como si me estuviese sumergiendo en un profundo océano y, poco a poco, se me estuviese agotando el oxígeno. Miré a Julia. Las lágrimas, que ahora corrían sin resistencia alguna por mis mejillas, me dificultaban apreciar su profunda y triste mirada. Giré de nuevo la cabeza hacia el reloj, seguía marcando las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, cogí de nuevo mi última uva, cerré los ojos y pedí mi deseo para el nuevo año. En ese momento, la última campanada estalló en mis oídos rompiendo aquel doloroso silencio e introduje, al fin, mi última uva en la boca. Miré a Julia, que masticaba con dificultad su última uva. Le sonreí y vi su luz. Aquel brillo que antes no podía ver. Se trataba de su alma. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces lo supe. Los deseos que proceden del alma se hacen realidad. Hacía mucho que no la veía así de feliz. «Ahora sí que lo tengo todo», pensé y me abalancé hacia ella. Sentía como si llevase años sin verla. Y la besé.

Anoche pasé la noche más extraña de mi vida, sí, pero también la más hermosa. Ahora veo a través de mi alma, y la vida se ve diferente. Ahora sé que no todo lo que veo es real, ni todo lo que no veo no lo es. Me siento feliz, hoy mi vida tiene sentido. No gracias a mi dinero, ni a mi cuerpo, ni a mi nuevo Rolex, sino gracias a la sonrisa de Julia y al ángel que me hizo de lazarillo cuando mi alma estaba ciega. Gracias, Haziel, por abrir mis verdaderos ojos y, ayudarme a creer. Gracias Julia por ser lo primero que vio mi alma al despertar. Y gracias a ti, querido lector, por leer mi historia. Piensa con qué ojos ves la vida y pide con humildad tu deseo para este nuevo año. Y, sobre todo, CREE.

Fin

Noel

En un lugar donde la navidad nunca llegaba a su fin y los sueños siempre se hacían realidad, vivía un niño de cabellos dorados y mejillas sonrosadas al que todos llamaban Noel. Su notoria felicidad inundaba en forma de sonoras carcajadas el área de su minúsculo mundo. El pequeño que creyó ser engendrado, como el resto de habitantes, por arte de magia, creció bajo la tutela de la encantadora y amorosa familia Claus.

El señor y la señora Claus llevaban años viviendo en aquella diminuta aldea, la cual bautizaron con el bonito nombre de Ilusión. Sus caminos, bosques, tejados e incluso, las puntas de los cuernos de los renos se cubrían siempre de una capa llamativa de nieve blanca que contrastaba con el tono carmesí que predominaba en casi todas las prendas de vestir de sus aldeanos e incluso con el color de la nariz de algunos de los renos más afortunados de la región.

De fondo a lo largo del día un hilo musical muy alegre armonizaba la vida de todos los habitantes de Ilusión, pero cuando la noche se abría paso y con ella la clara luz de la luna, la banda sonora se convertía en el dulce tintineo de los cascabeles que, de modo preventivo, para evitar que ningún ave se chocase contra él, acompañaban al trineo más soñado de todos los tiempos: el trineo de Santa Claus.

Todos en aquella modesta y risueña región, oculta para el resto del mundo, tenían una tarea que hacer: unos ingeniaban los juguetes, que más tarde otros construirían, que más tarde otros decorarían, que más tarde otros comprobarían y que finalmente otros envolverían con un hermoso papel de regalo que les confería ese aspecto que conseguía iluminar el rostro de los más pequeños de la casa. La tarea de Noel se hallaba justo en medio de la cadena, y era una de las que más trabajo y concentración requería. Él era uno de los encargados de comprobar el llanto de las muñecas lloronas, el balanceo de los caballitos, el sonido de la bocina de los trenecitos, la nieve caer de las bolas al ser agitadas… Todo esto ocupaba gran parte del día del pequeño.

Como habrás podido imaginar, Noel, era sin lugar a dudas el niño más afortunado del mundo. Pues cada mañana del año, —que debido al diminuto diámetro de su superficie duraba tan solo veinticuatros horas— al despertar, le esperaban cientos y cientos de regalos bajo el árbol que se hallaba permanentemente en la hogareña mansión de los Claus. 

La dicha había suplantado al oxígeno en aquella remota región del planeta. Todo aquel que respiraba ese aire con olor al dulce aroma del chocolate recién hecho se sentía feliz. Sin embargo, como en toda historia, la felicidad no siempre salpica a todos por igual, y con el tiempo, ese agraciado jovencito empezó a ver su maravilloso mundo de distinta forma, y el eco de su risa desapareció.

Pasó de ser el niño más risueño de toda Ilusión al más infeliz. La dirección de la nueva curvatura que adquirieron de súbito sus labios, conmocionó a toda la aldea. «¿Qué atormentará el alma de Noel? ¿Qué profundo dolor padecerá para sentirse tan triste?», se preguntaban todos. Pero un secreto, quizás no tan oculto a simple vista, rodeaba al  pequeño. Nadie excepto sus tutores legales el señor y la señora Claus lo sabían.

—Nicolás, debemos contárselo. —Le decía una y otra vez la señora Claus a su tozudo marido.

—No, mujer, el niño es feliz así. —Le decía el hombre con su grave voz, mientras se descalzaba las botas rojas que, después de toda una noche de duro e intenso trabajo,  le había dejado los pies fritos.

—No, no lo es. Lo que pasa es que como te pasas toda la noche fuera de casa y todo el maldito día durmiendo, no te enteras de nada, pero Noel está empezando a darse cuenta de que hay algo en él que lo diferencia de nosotros —dijo furiosa—. Por dios, Nico, sintoniza el volumen de tu viejo oído, y trata de buscar la frecuencia de su risa. —Hizo un gesto teatral, llevándose la mano a la oreja y tratando de prestar atención al silencio—. Nada, ni una mísera onda de su antigua felicidad llegará hasta tu ajada oreja.

—Pero, querida mía, de aquello hace muchos años…

—Doce para ser exactos —le interrumpió la malhumorada mujer.

—Demasiados, para tratar de explicarle a un niño que él no es lo que cree ser. ¿No crees que la verdad le hará más daño, aún?

—A veces la verdad es dura y duele, pero no deja de ser mejor opción que la mentira. —Al acabar se cruzó de brazos y alzó su orgulloso y seguro mentón.

—Está bien, está bien… Tú ganas —bostezó mientras abría las aterciopeladas mantas que cubrían su cama. —Mañana mismo se lo cuento. —Volvió  bostezar.

—A no, de eso nada —la buena, pero terca, mujer cogió de repente a su marido de la oreja y lo levantó sin necesidad de utilizar mucha fuerza— Ahora mismito vas y le explicas a ese pobre niño como llegó hasta nosotros. Y sin titubear, Nicolás, —dijo alzando un dedo en señal desafiante— que te conozco.

—¿Ahora? Pero sí acabo de llegar y aún ni ha salido el sol y… y… ¡ay! —Chilló al sentir el tirón que su mujer le daba—. Está bien, está bien, ya voy…

—Así me gusta. —Sonrió satisfecha—. Y a la vuelta le dices a uno de tus duendes que venga a ayudarme con el pavo, que por si no te acuerdas esta noche es Nochebuena.

Era curioso como allí, para los habitantes de Ilusión, el hecho de que el año tan solo durase veinticuatro horas no fuese para nada extraño, es más, cada día era recibido con gran expectación.

Pero Noel, que hacía tiempo que había empezado a sentir que en su interior existía un anhelo distinto al de los demás aldeanos, no se hallaba en la fábrica de juguetes.

—Noel, Noel —Gritaba el señor Claus con sus manos alrededor de la boca con la intención de que su voz llegase más lejos—. Noel, Noel… ¡Oh! Eliana —le dijo a una dulce elfa de ojos rasgados, nariz alargada y orejas puntiagudas— ¿Has visto a Noel? ——La joven negó con la cabeza sin dejar de emitir su adorable sonrisa. Y el anciano continuo buscando.

El eco de la voz del señor Claus no tardó en llegar hasta el oído de Noel. Era difícil que en un lugar tan pequeño, sus graves chillidos no abarcasen todo el perímetro.

El pequeño no se escondió, sino que lo esperó sentado sobre un montón de nieve acumulada, que al parecer acababa de caer de la copa de un árbol. Se hallaba justo en los confines de su mundo; más allá no había nada, o al menos eso había creído hasta el día en que, sin el permiso de ninguno de sus tutores, se atrevió a ir.

Allí sentado, mirando por un gran ventanal trasparente, tras el cual nada existía, apareció una niña. Su rizado cabello caía a lo largo de sus hombros y espalda, sus ojos esmeraldas iluminaron aquella tristeza que anidaba en el interior de Noel, y cuando esta se giró, su sonrisa iluminó todo su mundo. Y después de mucho tiempo el pequeño se sintió dichosamente feliz.

Ya no se satisfacía con respirar la mágica atmósfera que cubría toda Ilusión, necesitaba más. Y ese más se hallaba al otro lado de su mundo, justo en el interior de esa hermosa niña.

—¡Oh! Estás aquí —dijo el señor Claus, interrumpiendo la bella ensoñación en la que se había sumergido Noel.

El chico se giró de repente, estaba tan embebido en aquella joven que ni se había percatado del sonido que emitían los cascabeles de las botas del anciano. Pero rápidamente volvió a llevar su mirada hacia esa realidad que él desconocía, y que por algún extraño motivo lo atraía hacia ella. El señor Claus conocedor del hallazgo que el pequeño había descubierto, se sentó junto a él y en silencio, ambos observaron aquella niña con rostro de muñeca de porcelana que se encontraba al otro lado.

—Padre… —dijo Noel algo confuso— Usted no me dijo que desde aquí se pudiesen divisar aquellos mundos a los cuales viaja cada noche repartiendo ilusión…

—No, hijo. Nadie de la aldea, excepto la señora Claus, lo sabe. Es, digamos, nuestro secreto.

—¿Es por este motivo que es capaz de llegar a todos los hogares del planeta en una sola noche?

—Así es… a través de este filtro atemporal puedo recorrerme toda la Vía Láctea si fuese necesario en menos de una hora. —Noel bajó apesadumbrado la cabeza—. ¿Qué te ocurre, hijo?

—Yo… me siento diferente al resto de elfos. —Los ojos se le empezaron a empañar de lágrimas—. Los dedos de mis manos son más gruesos, mis piernas más largas, mi nariz más pequeña y mis orejas redondeadas. Soy más como… —dijo dirigiendo la mirada hacia el gran ventanal que le mostraba todo un universo de nuevas posibilidades.

—Verás, Noel… —dijo el anciano mientras intentaba colocarse algo más cómodo sobre ese montón de nieve, que bajo el calor de sus cuerpos se iba poco a poco derritiendo— Tienes razón, tú no eres como el resto de elfos, porque tú no eres uno de ellos. Tú eres un niño.

—¿Un niño? —Repitió absorto.

—Sí, un ser engendrado a partir del amor entre hombre y mujer.

—¿No me creó usted y la señora Claus? —El anciano pesaroso, negó con la cabeza.

—Nosotros con nuestra magia solo podemos engendrar seres mágicos como los elfos, los renos, las hadas y los gnomos que con su alegría custodian las casas. Tú no eres uno de ellos, tú eres especial.

—Especial, ¿por qué? No tengo magia, no puedo hacer grandes cosas.

—Te equivocas, tú eres capaz de hacer la cosa más grande y hermosa del mundo.

—¿El qué?

—Enamorarte —dijo el anciano mientras fijaba de nuevo su mirada en aquella niña que le había devuelto la sonrisa a Noel.

—¿Ena… que?

—Tu corazón, hijo, está inclinado hacia el amor, por eso aquí te sientes vacío, y aunque Mama Noel y yo, intentamos dártelo, créeme que hacemos todo lo posible, no es suficiente. Los humanos sois sociales por naturaleza, los elfos, en cambio, no. Me equivoqué al creer que podría criarte como a uno de ellos.

—¿Pe-pero si no soy de aquí de dónde soy? —

—Del mundo real—dijo el señor Claus extendiendo la mano en dirección a la gran ventana—. Esto que ves a tu alrededor es simplemente una ilusión, se podría decir que nuestro mundo se haya más bien en la mente de las personas u oculto a base de magia en pequeñas esferas transparentes. —Noel se quedó perplejo ante aquella revelación.

—Pero yo… te quiero, y también a mamá y al resto de elfos…

—Sí, lo sé, pero necesitas algo que nosotros al parecer no sabemos no ofrecerte.

—¿El qué?

—Amor —dijo dirigiendo de nuevo su mirada hacia la niña que continuaba observando aquella hermosa bola de nieve desde su mundo.

—Sí que sabéis.

—Pero no del modo en que tu corazón lo necesita.

—¿Y entonces qué debo hacer ahora?

—Lo que te dicte tu corazón —dijo el anciano, mientras sin darse cuenta le transmitía uno de los consejos más sabios del mundo real.

El pequeño miró al frente, y los ojos de la niña se posaron por primera vez en los suyos. En ese momento notó como el corazón le empezó a latir a una velocidad desorbitada. Aquella sensación dibujó una sonrisa sin darse cuenta en su rostro, y la pequeña, al otro lado, le correspondió.

—¿Puede verme? —Se sorprendió.

—No, pero puede sentirte. Noel, no es casual que ella esté ahí.

—¿Y qué hace?

—Está esperando.

—¿A qué?

—A que tu corazón hable, y tú tomes una decisión. Te está esperando a ti, hijo. Ella es ese más que tu alma necesita para ser feliz.  ¿Has decidido ya qué quieres hacer?

El pequeño no pudo evitar justo en ese instante que las lágrimas escaparan de sus ojos y resbalaran por sus mejillas. Una parte de él tenía claro la decisión que quería tomar, pero la otra… se resistía a dejar aquello que ya conocía.

—No temas, dicen que lo mejor siempre está por llegar —dijo el anciano guiñándole un ojo, en señal de complicidad. 

El señor Claus o, como más tarde fue conocido por todo el mundo, Papa Noel hizo uso de su magia, y al instante todo se iluminó a su alrededor. Noel que había crecido como un elfo más en Ilusión regresó a su hogar, aquel que hacia doce años, tras introducirse en el saco de los regalos, abandonó.

 

—Papá, papá, es cierta la historia —dice, Noelia, mi hija mientras observa sobrevolar el trineo de Santa Claus en el interior de una bola de nieve.

—Por supuesto —digo muy seguro de mí mismo.

—Mami, mami —dice Noelia llamando a su madre, la cual está al otro lado de la tienda, buscando los adornos para el árbol—. Papá me ha dicho que en el interior de esa bola de allí —señala hacia donde yo me encuentro— vive Papa Noel.

Mi mujer, que aún conserva su rizado cabello y su mirada esmeralda, puso los ojos en blanco.

—Dile a tu padre que no te meta más fantasía en la cabeza, cariño… 

—No es fantasía, es real —contesta algo molesta y se gira para tratar de encontrarme de nuevo, para comprobar con sus propios ojos que la magia existe, y al verme me guiña un ojo, y me sonríe. Lo sabe. Pero quizás es mejor que nuestro secreto se quedé solo en nuestro interior. Me llevo el dedo indice a los labios, y asiente en respuesta a mi petición. Es una niña muy lista, sabe que su papá es diferente, sabe que su abuelo viene cada año a visitarla, pero también comprende que la sociedad no está preparado para aceptar esa magia que solo los niños pueden ver. 

—Está bien, está bien. —Le dice mi mujer mientras acaricia su pelo, con la intención de  calmarla. —Noel, cariño, puedes dejar de contarle historias a la niña —alza la voz unos grados más de la cuenta para que yo, que me encuentro al otro lado, la escuche. El resto de compradores se quedan en silencio y dirigen su mirada hacia mi mujer. Esta alza los hombros en señal de disculpa y se ruboriza. Sonrío mientras observo embelesado esa belleza que me cautivó hace ya veinte años y que aún hoy me tiene hechizado.

Me vuelvo para echarle un último vistazo a ese mágico mundo que me crio y que aún considero mi hogar. Y antes de reunirme con mi familia, levanto con sutileza la mano y me despido de papá, con la certeza de que esta noche, como cada veinticuatro de diciembre, vendrá a visitarme a mi hogar.

Fin

Armonía

Su llanto ha vuelto a despertarme. Abro un ojo, sigue llorando, abro el otro, nada, continua llorando. Me desperezo, hoy no he dormido todo lo que deseaba, pero… ¿qué hacen los humanos? ¿Por qué no van a calmar a su cachorro? Me levanto y me dirijo a avisarles, «quizás no se hayan enterado», pienso.

Me resulta extraño, mamá siempre está muy atenta a su pequeño. Al principio, he de reconocer, me puse un poco celoso, bueno, quizás, aún lo esté. Pero es tan solo un recién nacido, cuando crezca ya le haré saber quién lleva las riendas de la familia, por ahora no puedo hacer mucho más que esperar y, bueno sí, dejar que me degrade a un mero peluche peludo: estirándome del pelo, metiéndome sus deditos en los ojos, impidiéndome descansar… Suspiro, bueno es lo que hay… pero cuando esté listo para ser domado como el resto de su familia, comerá en mis almohadillas. Una bobalicona sonrisa asoma entre mis bigotes al imaginarme dicho momento, pero sus sollozos me alejan de mi ensoñación y me devuelven a la realidad; ahora él es el líder.

Camino con sigilo hacia la cocina, de un salto trepo a la encimera y, con mi mirada felina, busco a mamá. ¡Ah! ahí, está. Me acerco a ella, y restriego mi suave pelaje por sus piernas, no atiende a mi llamada. «Antes siempre me prestaba atención». Subo a la mesa y dejo que mi regio trasero se pose sobre esta, elevó con aires de grandeza mi hermoso cuello y miro orgulloso a mamá, esperando mi merecida caricia. Sigue sin hacerme caso. «Pero… ¿cómo es posible?» ¿Prefiere hablarle a ese aparato que ni siquiera le responde en vez de estar conmigo, o prestar una mínima atención a su cachorro? «Qué forma de matar el tiempo tan absurda tienen los humanos», pienso.

«Estoy desesperada, Carmen, de verdad, no sé cómo deshacerme de estás horribles estrías.»

Mamá parece preocupada, quizás por eso no pueda atender a su bebé. ¿Qué cosa tan horrible deben de ser las estrías? ¿Serán una especie de ratas o algo por el estilo? Si lo supiera, quizás, pudiese ayudarla.

«Nada, la loción no me ha hecho nada… ya…»

Como un eco fastidioso los gemidos, cada vez más desesperados, de la criatura bombardean mis oídos. «Dios, ¿cómo es posible que nadie lo escuche?», digo para mis adentros. Con un irritado maullido doy un salto y, gracias a mi increíble agilidad, llego hasta la puerta. Decido cambiar de opción y acudir esta vez al padre de ese molestoso ser, «papá seguro que no me defrauda.»

Camino por el pasillo, rozando con mi delicado cuerpo la pared granulada, ¡me encanta, esta sensación! Al fin llego hasta el despacho de papá, pero…  tiene la puerta cerrada. Alzo una pata y rasco con cuidado la puerta, quizás tan solo esté entrecerrada pero, después de dos zarpazos, corroboro que no es así. Está cerrada del todo. Odio que me prohíban el paso en mi propia casa, pero habrase visto… Rasco esta vez con mayor vigor, sé que no les gusta que lo haga, pues según ellos destrozo la madera de las puertas, pero saben que dicho gesto me irrita, vuelvo a rascar con más energía. Se lo tienen merecido, así aprenderán a no cerrarme el paso.

—Disculpa, Jaime. DON DEJA DE RASCAR LA PUERTA SINO QUIERES CONVERTIRTE EN PARTE DE LA CENA DE ESTA NOCHE.

¿Cena? Me relamo los labios. Pero la sensación que su furiosa voz me ha dejado no es del todo agradable. Presto atención y escucho su voz al otro lado de la fastidiosa puerta.

«¿Cómo puede ser? ¡Pero si te envié los documentos! ¿Cómo qué los has perdido? ¡Oh, Jaime! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le digo al comisario que el retrasado de mi compañero ha perdido el informe?»

Parece más preocupado que mamá, no creo que tampoco pueda atender al bebé. «Pues vaya…».

Tan sólo me queda Karen, la hija mayor de la familia, aún recuerdo lo mucho que me costó domar a esa fierecilla, aunque no estoy del todo seguro de haberlo conseguido o, si fue ella la que se hartó de mí; lo importante es que ahora me deja en paz. Un sonido estridente, procedente de su habitación, lastima mis sensibles oídos, pero debo ir a avisar de que el cachorro está llorando. Me dirijo, desganado, hacia su intranquila morada. A medida que me acerco el hedor que esta desprende empieza a revolverme el estómago, «¿cómo puede alguien dormir entre tanta suciedad? Menos mal que, respecto a mis cuidados, los tengo muy bien enseñados, que si no… »

Mantengo la respiración y me asomo para buscar a la salvaje propietaria de la habitación. Está bailando frente al espejo, y… ¡oh no! Saltando sobre la cama, ¡la va a arrugar, es un desastre! No puedo mirar, empiezo a darme cuenta de mi errónea decisión, ¿cómo voy a pretender que dicho matojo de nervios vaya a tranquilizar a su hermano? Bajo la mirada y con ésta también el rabo. Suspiro. Me doy media vuelta dispuesto, aunque no muy convencido, a dirigirme hacia el cuarto del que proceden los insoportables alaridos.

Una vez allí entro con sigilo y, de un salto, me apoyo sobre la barra de la extraña cama de barrotes que mantiene al bebé encerrado, no sé qué sería capaz de hacer suelto, pero no voy a ser yo quien lo experimente. Al verme deja de llorar, tiene los ojos rojos, la cara empapada y su frágil cuerpo totalmente destapado, imagino que del rebote que desde hace horas lo posee. Alza sus manitas hacia mí, quizás se piense que vengo a calmarlo, rio tan solo de imaginar que en su cabecita se halle dicha posibilidad. «Esta no es mi labor, pequeño», trato de decirle mentalmente en vano, pues sigue insistiendo. ¡Oh!, protesto. «Vaya un gato estoy hecho», agacho mis orejas en señal de sumisión y bajo hacia donde se encuentra el cachorro.

Al ver que finalmente he sucumbido a su petición, sonríe para posteriormente agarrar, sin ningún miramiento, mi recién acicalado cabello: lo estira, lo despeina y, por si fuera poco… lo llena de babas… «Todo un día de limpieza al traste», pienso,  pero al observar la dulce expresión que dibuja su rostro, me doy cuenta de que no hay nada más hermoso ni más importante que hacer sonreír a este crio. ¿Cómo es posible que los humanos no sepan verlo?

Cojo con la boca la sábana azul y la alzo para arroparlo. Me tumbo a su lado e irrumpiendo mi espacio, el cual todos son conscientes que deben respetar, me rodea con su pequeño brazo impidiéndome escapar. Sin embargo, a pesar de haber infligido mi regla número uno, me siento feliz. Al menos él no me ignora. Cada vez entiendo menos a los humanos, ¿qué puede haber más importante que esto?

Emito un profundo suspiro y con él se escapa un melodioso ronroneo evidenciando mi felicidad. Me rindo, él, un ser tan imperfecto, indefenso y poco carismático me ha hechizado con su inocencia. Finalmente, me sumo en la agradable paz que me transmite el bebé. No sé si algún día llegaré a domarlo —pienso—, pero por el momento dejaré que él me domine, al menos hasta que las triviales preocupaciones de la vida se adueñen de su calmada alma, atormentando mi armonía.

Fin

Mi abuelo

Aún recuerdo aquella tarde en que vino el abuelo a buscarme, como cada día, a la escuela. Yo salí con los ojos empañados en lágrimas. Acababa de perder a mi mejor amigo Biel, por un estúpido juego. Nos habíamos peleado, y él me dijo que no quería volver a verme más. Sus palabras me dolieron como si decenas de cuchillos me penetrasen el pecho. Lo conocía desde parvulario, y él fue uno de mis mejores pilares cuando mamá nos dejó. Por lo tanto, aquella tarde después de haber pasado tantos momentos buenos y malos junto a él lo odié, por abandonarme a la primera de cambio.

Mi abuelo, que era un lince para leer mis pensamientos, se dio cuenta de que algo no iba bien. Me preguntó y yo que no quería volver a hablar de Biel, le dije que no me pasaba nada, que solo estaba cansado. Pero, aún sigo admirando esa capacidad suya para sonsacarte incluso las cosas que ni uno mismo creía conocer. Al llegar a casa, la abuela había salido a comprar así que fue él quien me preparó la merienda, y mientras me la comía sin ganas, se sentó a mi lado y me obsequió con una de las mejores conversaciones de mi vida.

—No has de sufrir por una amistad perdida, si esto ocurre te has de alegrar. Pues si lo consideraste tu amigo durante un tiempo te aseguro que eso es lo mejor que te pudo pasar. La gente cambia, crece, se distancia… pero los amigos siempre seguirán estando aquí —dijo poniendo su mano sobre mi pecho.

—No te entiendo —le dije— aunque ahora pensándolo con perspectiva creo que lo que quería decir era: no te quiero entender. En ese momento, todo mi mundo se había resquebrajado al perder a Biel.

—Verás, hijo, yo he tenido muchos amigos, y también algunos de ellos han llegado a ser mis mejores amigos, pero con el tiempo las cosas cambian, tu forma de pensar, de vivir, todo cambia… y no siempre puedes retener a las personas a tu lado, pues como tú ellas también evolucionan. Lo que te quiero decir es que nunca debes de pensar que has perdido un amigo, pues no es así. Nunca lo has perdido porque siempre que recuerdes esa parte de ti, más joven que compartía buenos ratos con él, seguirá siendo tu mejor amigo, siempre. Las personas somos lo que somos gracias a esas otras personas que en algún momento de nuestra vida llegaron, nos tendieron su mano y se llevaron una pequeña parte de nuestro corazón con ellos. Los mejores amigos, Ian, van cambiando, no siempre tienes que tener el mismo a lo largo de toda tu vida, a veces ocurre, y cuando esto pasa debes sentirte agradecido por este regalo. Pero en la mayoría de casos estos vienen y van, y cuando evoques algún momento bueno o malo de tu vida siempre te vendrá la figura de uno de esos amigos que tendieron su mano para estar contigo. No has de guardarles rencor por marcharse, pues tú algún día harás lo mismo. Solo has de recordarlos con amor, pues sin ese amigo, tú no serias el mismo.

—¿Tú has tenido muchos mejores amigos, abuelo?

—Ya lo creo. En la escuela, en la mili, en el trabajo, cada una de mis experiencias vitales tienen un gran amigo detrás.

—¿Y cómo sabes entonces quién es el más mejor amigo?

—Tienes que detenerte unos segundos a pensar y si en más de dos, tres, cuatro… momentos complicados de tu vida, la mano de la persona que te acompaña es la misma, ese sin duda es uno de tus mejores amigos, y aunque ya no esté contigo, siempre lo será.

—¿Y quién es tu mejor amigo?

—Tu abuela —me dijo en ese momento mi abuelo, mientras ambos escuchábamos el golpeteo que la llave hace contra la cerradura.

Entonces la abuela entró, y vi como él la miraba agradecido, tenía razón aunque yo aún era muy joven para entenderlo. Los mejores amigos no se cuentan con los dedos de las manos si no por los momentos que viviste con ellos.

A pesar de la charla, al día siguiente, y al otro y al otro… Biel volvió a jugar conmigo. Nos peleábamos muchas veces, pero en esos momentos en mí no nacía odio hacia él, sino amor por pensar en todo lo que me había aportado durante el tiempo de mi vida que pasamos juntos.

 

Hoy, después de treinta años de aquella tarde, solo veo a Biel cuando cierro los ojos y recuerdo aquella época, pero me alegro de tenerlo siempre guardado en mi interior. Y si ahora alguien me preguntara por ese mejor amigo que más momentos de mi vida ha vivido junto a mí, mi respuesta seria: mi abuelo.

Fin

 

Desde mi arcoíris

 

“La vida al igual que la energía no se destruye, se transforma. Alza la mirada, encuentra su nuevo aspecto, y sonríe.”

La felicidad parecía haberse colado en el interior de la casa de la puerta azul del paseo marítimo de Badalona. La casa de mis papás. Aquel día mamá, que por aquel entonces portaba una parte de mí en el interior de su hinchada barriga, pintaba risueña la pared de mi cuarto. Se le daba muy bien dibujar ángeles, pues se parecían mucho a los de verdad. Quizás el tono de mi cielo no era tan celeste como ella se lo imaginaba, pero me sentía muy agradecido por el amor con el que revestía mi habitación.

Papá entró al cabo de un rato, cargado con maderas, tornillos y un martillo; a simple vista parecía todo un carpintero, pero cuando lo observabas con minuciosidad hallabas en él la torpeza que lo caracterizaba. Me reí mucho cuando uno de los palos, que compondría mi cuna, cayó sobre su pie, y gritó como una niña. A mamá también le hizo gracia, pues su rostro cansado pero lleno de ilusión, dibujó una tierna sonrisa que conquistó mi alma. No podía dejar de mirarla; era tan hermosa. Y al fin, cuando papá se recuperó, y mamá dejó de reírse de él, se arremangaron las mangas de sus camisas, intercambiaron una mirada donde ambos vieron reflejada su dicha, y procedieron a armar mi cuna de ensueño.

Esta ardua, pero entretenida, tarea les llevó toda la tarde. Aún hoy recuerdo con cariño y añoranza con qué ilusión preparaban mi llegada. Al final, después de estar un rato  acariciando con dulzura la tripa abultada de mamá. Observaron embelesado aquella estancia que, con cariño, habían decorado para mí. Apagaron la luz, y salieron de ella. Desde aquel instante mi cuarto, colmado de amor, quedó desangelado durante más tiempo del deseado, esperando ser iluminado por una nueva alma. 

Aquella noche mamá notó un agudo dolor que la obligó a acudir con papá al hospital. Y aunque la vida desde aquí se ve diferente; se siente igual o, incluso, con mayor intensidad por el hecho de poder escuchar sus corazones. Su miedo me llegó como si un viento gélido traspasase mi diáfano cuerpo. Un médico la atendió al instante, dejando a papá en una solitaria sala con la única compañía de su ángel de la guarda, que intentaba calmar el desasosiego de su alma envolviéndolo con sus alas.

Miré a mi alrededor. La gran cantidad de colores que pintaban mi nuevo hogar, le concedían un aire divertido. Mi arcoíris. El hogar de miles de almas muy especiales; niños que, como yo, no tuvimos el valor suficiente para entrar en ese mundo donde el odio y la envidia gobiernan los corazones de los hombres. Un puente coloreado que nos ofreció la posibilidad de finalizar en él nuestro viaje a la vida; quedando entre cielo y tierra, permitiéndonos observar a nuestras mamás, y proteger el candor de nuestras almas. «¿Pero cómo voy a ser feliz sin su sonrisa?», pensé. Volví de nuevo mi atención a ella. Papá había dejado la soledad de aquella sala para abrigar a mamá con su amor. Ambos se hallaban ensombrecidos por una espesa niebla fruto del miedo. El doctor se dirigió a ellos dejando entrever su aflicción, a pesar de haberse encontrado, por desgracia, infinitas veces en esta situación.

—Lo siento —dijo mirando con intensidad los aterrados ojos de mamá—. El corazón de su bebé hace días que dejó de latir.

Su férrea voz penetró en mi como un rayo, haciendo que todo mi interior se turbara hasta sentirme arrepentido de mi cobarde elección. Miré a mamá. Su rostro se había paralizado, sus grandes ojos de color miel, se nublaron eclipsando su dulce mirada. El espeluznante sonido de su corazón desgarrándose llegó a mí, como el doloroso quejido de la rama de un joven árbol partiéndose.

El calor de las alas de mi ángel, arropando mi desconsuelo, alivió mi ánimo. Nunca se despegaba de mí, pero en ese momento un dañino pensamiento nubló todo mi ser. «No merezco su protección. ¿Por qué no se marcha a custodiar a un alma más valiente?», pensé. Me giré hacia él, y vi mi desolación reflejada en sus ojos ocre.

—Lo superará —me dijo procurando ocultarme la falacia que escondían sus palabras.

Intenté creerle, y dirigí mi mirada hacia aquella funesta sala de hospital. Mamá y papá se encontraban abrazados, tratando de impedir que el alma del otro viniese a por mí.

Los días dieron paso a los meses, y la desolación consumió a mamá, destruyendo todos sus sueños, y la desamparaba en un lúgubre vacío que colmaba su alma de melancolía.

El bálsamo que emergía de su apenado corazón, y fluía por sus mejillas, había borrado la hermosa sonrisa que alimentaba mi ser. «¿Por qué no tuve la suficiente lozanía para enfrentarme a ese mundo?», pensé. Me sentía triste, pues la debilidad de mi alma había perjudicado el corazón de la persona que más amaba.

—Aún hay una posibilidad —dijo en tono afable mi guardián.

—¿Una posibilidad para qué?

—Para volver a ver brillar la sonrisa de tu mamá. —Al asimilar la fuerza de sus palabras, noté como la luz que alimentaba mi cuerpo translucido volvía a emerger.

—¿Cuál?

—Enviándole otra alma en tu lugar. Esto no hará que ella se olvide de ti, pero la ayudará a recuperar su ilusión, y a recordarte de un modo menos doloroso.

En ese momento me tendió una de sus alas, me cogí a ella, y volamos hacia el cielo donde nací: el de las almas no natas. Me alegré de volver. Allí me sentía protegido como una perla en el interior de su concha. Tiempo atrás anhelaba partir a un lugar distinto. No porque no me gustase, sino porque allí, entre las almas, se hablaba de una clase distinta de ángel que habitaba en la tierra. Uno mucho más cálido, dulce y amoroso; al que todos deseábamos conocer. Pero cuando percibí el odio que anidaba en los corazones de algunas personas, me asusté, y deseé regresar al cobijo que me propinaba mi plácido hogar.

Al regresar, después de un tiempo, reconocí a muchas de las almas que danzaban con despreocupación sobre las frondosas nubes. Pero debía elegir bien. Mi mamá necesitaba un alma muy especial, que sanase su dañado corazón y lo colmara de felicidad. Miré a mi ángel, dudoso de lo que estaba a punto de hacer. Él me animó con una cómplice sonrisa. Y accedí a darme un paseo por mi antigua morada. «Todas son igual de capaces de llenarla de dicha, pero ninguna de aliviarla por completo», pensé.

A lo lejos, vislumbré una tenue luz que me era familiar, proveniente de un alma que, debido a su extrema trasparencia, casi no se veía. Estaba perdiendo su fuerza. Me acerqué, y lo reconocí. Era mi gemelo, es decir, el alma que surgió del mismo polvo de estrellas que me dio a mí la vida. Creí que no volvería a verlo, pero estaba equivocado. Parecía triste. Busqué a su ángel custodio por los alrededores, pero no lo atisbé. «¿Por qué no estaba a su lado aliviándolo?», pensé.

—Hola —le dije con algo de timidez. Mi voz le provocó un respingo, no estaba acostumbrado a que le hablaran. Levantó con lentitud sus ojos, y la melancolía que reflejaba su mirada me hechizó.

—Hola —dijo bajando de nuevo su rostro.

Me senté a su lado, intentando que la cercanía de mi ángel alumbrase su compungida ánima. Al rato se sintió con más fuerzas, y me contó el porqué de su tristeza. Semanas atrás, su ángel de la guarda le comunicó que el encuentro con su mamá estaba muy próximo. Pero este nunca llegó. El mayor sueño de un ser no nato: arroparse en los brazos de su mamá; jamás se satisfaría. Poco después una triste noticia eclipsó toda su esperanza. Y el ángel que lo había cuidado hasta entonces lo dejó desprotegido de su abrigo, y fue en busca de otra alma. Entonces lo comprendí, por eso mi ángel no me había abandonado, él sabía que hallaríamos un alma para mamá. Lo miré de soslayo, y me sonrió alzando sus hombros, como si todo hubiese sucedido por casualidad. «Pues claro —pensé— son ángeles lo saben todo». Tenía delante de mí al elegido. Él sanaría su corazón.

—Ven —le dije tendiéndole mi mano— mamá te está esperando. —Dudó pero accedió a cogérmela.

—¿Adónde vamos?

—Voy a presentártela.

Mi protector abrió sus alas, y nos porteó hasta mi nuevo hogar. La superficie del arcoíris era aterciopelada, y el olor de su aire dulce como el de la vainilla. Todo en él te invitaba a sonreír, pues no había lugar para la melancolía.

—Es ella —le dije mostrándole a una mujer que se encontraba tumbada en su cama, entre arrugadas sábanas, y con los rayos del sol iluminando su sombría figura. Sus cabellos húmedos debido a las lágrimas de la pasada noche, se le habían adherido a la cara ocultando su hermoso rostro.

—Está muy triste —dijo, con voz tenue.

—Sí; me echa de menos, pero cuando sepa de tu existencia volverá a sonreír. —Me giré para mirarle directamente a los ojos. —¿Te gustaría tener una mamá? —Asintió sin titubear, y risueños volvimos nuestra mirada hacia ella.

—Pero tú eras el alma que ella esperaba. ¿Crees que me amará? —dijo con preocupación.

—Te amará por duplicado. Tú no solo serás su sueño, sino también mi recuerdo.

Durante varios días observamos juntos como nuestra mamá seguía zambullida en su propio pesar. Hasta que una mañana, el resplandor del sol la despertó provocándole un fuerte dolor de cabeza. Y corrió como un resorte hacia el lavabo; su rostro no presentaba muy buen aspecto. No entendí qué le ocurría, hasta que vino papá, y ella le dio la noticia, mostrando de nuevo el brillo de su sonrisa.

—Estoy embarazada —le dijo.

Papá la cogió en brazos, y le dio varias vueltas en el aire. Pensé que se marearía, pero aguantó, y no dejó de iluminarme con su felicidad.

—Es la hora —le dije a mi hermano.

—Pero no tengo quién vele por mí desde el cielo —dijo mirando avergonzado a mi guardián. Sonreí admirado por su inocencia. «Sin duda es el elegido».

—Mi ángel será tu protector. Yo no lo necesito aquí arriba —dije mirando a mi alrededor. Las risas de mis amigos me incitaban a unirme a su juego, pero aún me faltaba algo por hacer. —¿Me harías un favor? —le pregunté.

—Claro —dijo sin vacilar.

—Cuando aprendas a hablar dile que estoy bien, que no deje nunca de sonreír, y sobre todo, acuérdate ¡eh! —le dije alzando un dedo de un modo muy teatral—, dile que la quiero.

Ocho meses después el cielo parecía presagiar lo que ese día iba a ocurrir, y todos los fenómenos naturales se dieron cita esa mañana para anunciar la buena nueva. Los rayos, el viento y la lluvia se marcharon con la misma rapidez con la que habían aparecido, dejando el camino libre a un impetuoso sol que descansaba sobre el mar. Y a su lado, uno de los fenómenos más mágicos y hermosos, también quiso dar su especial bienvenida: el arcoíris.

Tras la fachada de la casa de la puerta azul, unos ángeles pintados parecían cantar de alegría, susurrando una dulce melodía que llegó hasta sus oídos. Fue entonces cuando mamá asió a su recién nacido, y con paso cansado, debido al esfuerzo provocado por el alumbramiento, que había abierto las puertas del mundo terrenal a mi hermano. Llegó  a la ventana de mi cuarto, se sentó en el alfeizar, y me sonrió.

—Te amo, hijo mío —me dijo entre susurros. Yo la correspondí con un centelleante haz de luz que caló en su corazón en forma del más sincero de los “te quiero”. Y feliz, al ver que lo había recibido, me marché a jugar.

Fin

Mi dulce Bestia

“El camino de la vida te puede llevar por sombríos senderos, pero si aguardas con paciencia, la persona menos esperada vendrá en tu rescate.”

A lo lejos siento como la grave voz del órgano, entonando su melodía, se sincroniza con mis pasos. En este preciso instante, todo mi ser deja de existir, y es su alma la que me sostiene. Alzo mi mirada con cierto temor de no encontrarlo al final del pasillo, pero ahí está, envuelto en un aura que resalta su belleza, esperando mi llegada. Un recorrido que al disfrutarlo como meros espectadores parece corto, pero cuando tú eres la protagonista se alarga, y se vuelve eterno. Sé que no volveré jamás a mirar hacia atrás, el futuro que estoy a punto de abrazar es un sueño hecho realidad, pero mientras avanzo hacia él, una parte de mí viaja al momento en que nuestros caminos se cruzaron por primera vez.

Giro mi mirada hacia el anciano rostro de mi padre, nunca había reparado en porqué este paseo se debía hacer acompañada, hasta ahora. Él es quien mantiene mis pies en la tierra, mientras mi mente se sumerge en un mar de recuerdos atesorados, como hermosas perlas en el interior de sus conchas, en un rincón especial de mi corazón.

Todo empezó una mañana de otoño, las ramas desnudas de los arboles rechinaban a causa del frío, y los ruiseñores, ave que alegra con su canto nuestra alma, se hallaban mudos. Y cuando el silencio presidió mis oídos, el inquietante silbido del viento, acechando mi presencia, me dio su particular bienvenida. Nada más entrar en el recinto de aquel antiguo caserón, empecé a notar como se estremecían mis piernas. Alcé la mirada, nunca antes me había acercado tanto a esa casa. De niña escuché muchas historias que la gente del pueblo contaba de su propietario, por aquel entonces me las creí, a pesar de la gran dosis de imaginación que las alimentaba. Pero cuando empiezas a tener cierto criterio, y a entender que la fantasía tan solo se halla en los libros, el escepticismo anida en tu interior, y, aunque este es uno de los procesos más difíciles de aceptar, acaba posando tus pies infantiles sobre la hostil tierra de los adultos. Ya no temía a aquellos terroríficos cuentos que, como niebla espesa, oscurecían ese lugar. Cuando creces —y esta es otra dificultad de la madurez— te das cuenta de que a lo único que debes temer es a la vida. Ella es, sin lugar a dudas, tu enemigo más imprevisible y cruel; un severo villano con el que has de convivir, y que, con el tiempo, acabas aceptando.

Cubierta únicamente por una fina capa de lana, que yo misma había tejido, me presenté en el lúgubre umbral de su casa con mi mente puesta en el único motivo que me había llevado hasta allí: mi enfermo padre. Llevaba meses sin poder comprarse su medicación, nuestra situación económica cayó en picado en el momento en que, debido a su enfermedad, le echaron del trabajo, y en consecuencia dejamos de percibir nuestra única fuente de ingresos.

Al llegar al suntuoso pórtico, me sentí tremendamente pequeña, como una hormiga bajo la sombra de un árbol. Alcé mi mano con la intención de golpear el portón pero, en ese momento, aquellos cuentos infantiles regresaron a mi mente, provocando un irracional terror que embriagó mi ser, y paralizó mi gesto. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Y cuando estaba a punto de volverme a casa, dispuesta a desechar el último resquicio de vida que le quedaba a mi pobre padre, la puerta de su enorme castillo se abrió.

«¿Me ha sentido?», pensé confundida. Tras la enormidad de aquel pórtico de hierro, que impedía cualquier contacto con el exterior, y mantenía a todos los que osaran acercarse alejados, lo vi por primera vez. Sus zapatos brillaban tanto que creí ver mi miedo reflejado en ellos, y su traje caía sobre su solemne cuerpo realzando su figura, y otorgándole una hermosa imagen. De repente me entró un deseo irrefrenable de continuar ascendiendo hasta su rostro, pero al llegar, percibí como si un viento gélido, frío cual invierno en Alaska, chocase contra mí.  Su imponente presencia me hizo sentir insignificante, a su lado yo no era más que un asustado cervatillo a punto de entrar en las fauces del lobo. Mi corazón latía con vehemencia «¿Por qué? ¿Qué me está pasando? ¿Qué me está haciendo?», decía para mis adentros, furiosa por el desmedido furor que ese misterioso hombre había despertado en mí.

En ese instante, mis mejillas empezaron a ruborizarse, y al notar el calor del fuego en mi cara, me armé de valor y clavé con decisión mi mirada en la suya y, entonces, supe que mi vida no volvería a ser la misma. Sus profundos ojos verdes derritieron ese hielo ártico que todo su cuerpo parecía exhalar, y me permitieron penetrar durante escasos segundos en su interior. Su helor taponó mis fosas nasales. Mi respiración empezó a agitarse, impidiendo que me llegara la cantidad suficiente de oxígeno a los pulmones; empezaba a sentirme mareada cuando, al fin, abrí los ojos, y una lacerante oscuridad me hizo recordar a ese siniestro ser sin alma que alimentaba las leyendas de mi infancia. Su grave pero a la vez dulce voz me sacó de mi ensoñación.

—¿Qué desea? —dijo deseoso por despacharme de su vista.

—Yo… —titubeé, la mente se me había nublado hasta casi olvidar el motivo de aquella inoportuna visita— he venido por el puesto de trabajo.

Aquellas palabras debieron de desarmarle de cualquier arma que, preparado para alejar a todo ser vivo de su persona, poseyese; pues tardó unos segundos en encontrar la respuesta adecuada.

—¿Es usted la interesada? —dijo buscando a mi alrededor a alguien al parecer mejor cualificada para su trabajo que yo.

—Sí.   

Después de aquel primer encuentro, y aunque noté que mi presencia le irritaba, me permitió quedarme con el trabajo; hecho que me permitió volver a abrigar una esperanza, que llevaba mucho tiempo sin más cobijo que el desalentador porvenir que le esperaba a mi padre. Fue a partir de ese momento cuando mi joven corazón, hasta entonces inocente y desconocedor de su poder, empezó a despertar de una larga y dura hibernación; hambriento, y con ganas de conocer ese nuevo mundo que acababa de descubrir.

Los días transcurrieron sin mayor sobresalto, pues cuando yo llegaba cada mañana para limpiar su imperioso castillo, él se mantenía encerrado en su habitación, aguardando que la soledad, oculta debido a mi presencia, volviese a custodiar su hogar. «¿De qué se esconde?», pensé deseosa por saber qué motivos podía llevar a aquel apuesto hombre a alejarse, con tal rotundidad, del mundo.

Una mañana, cansada de esperar, día tras día, volver a ver aquellos hipnotizadores ojos verdes, decidí dirigirme a su cuarto, situado en la parte más alta de la casa. A medida que subía las escaleras, la luz que iluminaba el gran pasillo era más tenue hasta que, al llegar por fin a la última planta, y encontrarme frente a la única estancia del piso, dato que me facilitó localizar su morada secreta, la oscuridad cubrió por completo mi delicada figura. Extendí mi mano con la palma abierta, hasta tocar la vieja madera que revestía la puerta, con gran delicadeza. A través de las yemas de mis dedos penetró un intenso calor, que subió hasta cubrir toda la mano. Me asusté, era como si al otro lado se estuviese incendiando la sala. Un agudo dolor me atravesó el pecho, ¿y si está en peligro?, pensé aterrada. La golpeé con ímpetu, haciendo saltar algunas astillas cubiertas de polvo. La idea de que algo malo le sucediese despertó mis verdaderos sentimientos. Esperé unos segundos, deseando recibir cualquier respuesta suya, pero nadie contestó a mi llamada. Allí arriba todo era mucho más intenso: el frío, el silencio y… su respiración. Se hallaba justo al otro lado. Su soledad abrumaba mi alma, «¿Quién desearía tener por compañía la melancolía?», pensé. Y tras pasarme cerca de media hora embebida en esa melodía, que me regalaban sus inspiraciones y aspiraciones, desistí en mi intento por volverlo a ver.

Al día siguiente me sorprendió verlo en la sala de estar sentado, leyendo un libro. Al llegar lo saludé con timidez, me alivió verlo sano y salvo y, en cierto modo, acompañado al menos por unos personajes que esperaba le estuviesen haciendo más llevadera su aislada vida. Me giré para ver si correspondía a mi saludo, pero no alzó la mirada de su apasionada lectura; mi presencia le era indiferente. Empecé a caminar dispuesta a comenzar mi jornada laboral, y a olvidar esos ojos esmeralda que cada noche me robaban el sueño, cuando de soslayo percibí como apartaba una fracción de segundo su mirada de su interesante libro para dirigírmela a mí. «Quizás no me odie. Quizás me rehúya por temor. ¿Pero a qué puede temer un hombre como él?». El hilo de mis pensamientos mientras subía las escaleras que me llevaban al ala norte del castillo, me permitió soñar por unos segundos que él pudiera sentir algo por mí. Aquella mañana con mi coraje alimentado por aquellos sentimientos poco creíbles de un amor que jamás existiría, me dispuse, una vez hube acabado de limpiar todas las habitaciones, a saciar mi curiosidad. Ascendí por las escaleras, oculta entre la densa oscuridad que acompañaba mis pasos, hasta llegar a su refugio. Al colocar mi mano en el picaporte volví a sentir el calor sofocante que desprendía aquella sala y, sabiendo que el amo no se hallaba cerca, lo giré empujando hacia su interior con todas mis fuerzas.

Una incandescente luz proveniente del centro de la habitación me impedía ver qué se ocultaba en aquel extraño lugar. Y aunque sentía grandes deseos por entrar, emergía de  aquella sala una fuerza demasiado potente que me lo impedía. «¿Pero el qué…?». Un grito feroz interrumpió mis pensamientos. La puerta se cerró de repente, y tras de mí, apareció, emanando ira por todo su cuerpo, el dueño de la habitación.

—No puedes entrar aquí —me dijo encolerizado. Con cada sílaba que emergía de su boca pude presenciar la rabia que yo había despertado, después de años adormecida en su interior. Sus ojos ya no me parecieron cálidos sino gélidos y severos.

—Pero yo… —titubeé, mientras bajaba mi mirada— solo quería limpiarla, señor.

—No. Esta habitación, no. Limpie el resto de salas, o mejor por hoy puede marcharse.

—¿Yo… —volví a enfrentarme a sus ojos— puedo saber por qué? —Llevaba trabajando semanas, y jamás había osado preguntarle nada, pero aquella milésima de segundo, que le robó a su tranquila lectura para invertirla en mí, me armó de valor.

—No, debería.

—Pero, ¿me lo diría?

—No.

—¿Por qué?

—No le incumbe. Ahora, si es usted tan amable, márchese, señorita…

—Abigail. —«No sabe ni siquiera cómo me llamo», pensé afligida. Su mirada se tornó cálida como un sol de agosto, «¿quizás mi reacción haya causado este cambio en él?» .

Cerró los ojos, noté como exhalaba un fuerte suspiro cargado de temor, y me miró, dejando entrever una misteriosa oscuridad. Me asusté. Hice un intento de huir, «debería haberlo hecho antes, cuando él me lo pidió», pensé. Pero entonces su mano rodeó con suavidad mi brazo impidiendo que me marchase.

—No se vaya —me pidió.

—Nunca —me acerqué a él de un modo que podía sentir el veloz latido de su corazón contra mi pecho.

La oscuridad que desprendía su mirada se había atenuado. Su cercanía me propinaba una seguridad que nunca antes había sentido; mi temor desapareció. Me cogió con delicadeza la mano. Abrió la puerta de su habitación. La luz cegó mis ojos, y noté como me introdujo en ella.

—Abra los ojos —me ordenó con dulzura.

Por fin supe de dónde procedía aquella incandescente luz. Una esfera luminosa flotaba en medio de un jarrón de vidrio, colocado del revés sobre una pequeña mesita que había en el centro de la sala. «¿Qué significa esto?», pensé incrédula ante la insólita magia que mis ojos presenciaban. Después de estar tantos años luchando contra mi fantasiosa imaginación, pues era supuestamente lo que debía hacer una joven de mi edad, comprendí lo equivocados que estaban los adultos.

—Esta es mi alma, señorita Abigail. Tras haber sufrido lo suficiente, un día decidí desprenderme de ella, y evitar así el dolor. Sí, de esta manera no llegaría a ser una persona completa; no podría sentir emociones, ni amar —dijo volviendo a posar sus intensos ojos verdes sobre los míos— pero su presencia —dejó que un intenso silencio nos envolviese. Pude ver en el brillo de su mirada la airada lucha que estaba teniendo lugar en su interior— la ha reavivado y podría decirse que hasta curado. —Se acercó a mí, y me entró un deseo irrefrenable de acariciar su rostro. Pero al alzar mi mano, él se alejó.

—Pero si he sido capaz de sanarla, ¿por qué no sé deja sentir de nuevo?

—Porque tengo miedo de volver a sufrir.

—Le prometo, señor, que jamás permitiré que eso ocurra. Me acerqué a su rostro, y le besé. —Noté como un intenso calor nos envolvía, dirigí mi mirada hacia la extraña esfera luminosa, y vi como esta estallaba liberándose de su cárcel para volver a iluminar su corazón.

Por fin, tras un largo y apacible viaje por mis recuerdos, llegué al final del pasillo. Me coloqué junto a su cálido cuerpo. Mi padre se desprendió de mi mano para entregarme a él. Le miré a los ojos y respiré feliz al pensar que nuestras almas nunca más volverían a estar solas. Pues aunque percibí su soledad nada más divagar por su mirada, no reparé en la que, durante años, embriagaba mi corazón. El monstruo que protagonizaba esas tenebrosas leyendas no era más que el príncipe azul que la sociedad, debido a su ignorancia en los cuentos de hada, había ensombrecido. Y con nuestros votos de amor sellamos ese dolor que atormentaba nuestras almas.

Fin

El momento más feliz de mi vida

Hace años un anciano me preguntó por el momento más feliz de mi vida y yo no supe responderle. Me quedé en silencio, repasando todos los recuerdos que atesoraba en lo más profundo de mi corazón. No se equivoque, querido lector, ya por aquel entonces acumulaba muchos y de gran importancia, pero mis labios no se abrieron, pues ninguno poseía la fuerza que el anciano esperaba.

Hoy diez años después, si volviese a encontrarme con ese simpático hombre, no hubiese dudado en responder y describirle el único momento de la vida que merece ese honorable puesto. Ese día aún no lo conocía, no sabía cómo iba a ser ese momento en el que después de mucho soñarte te tuviese entre mis brazos alimentando mi corazón de la única felicidad en la vida que merece ese título. ¿Qué lo diferencia del resto? Su divinidad.

No sé, si con meras palabras podría describir lo que he sentido al ver tu dulce rostro por primera vez. Pero a partir de este momento, sé que no existirá mayor felicidad que la de tenerte entre mis brazos y ver pasar los minutos y las horas mientras estoy absorta admirando tu belleza.

Querido anciano, si está usted leyendo este relato me gustaría que supiese que el momento más feliz de mi vida es este.