Capítulo 3: La cura *.* ¿Jugamos?

Nunca es fácil aceptar que los recuerdos, los lugares e incluso las personas puedan desaparecer a voluntad de tu mente, sin ni siquiera despedirse de ti.

Sigues sentado sobre esa silla que, aunque no puedo ver, conozco. Yo estuve en tu lugar también. Todos los que están en mi mundo han pasado por ella. Sus acolchados posa brazos dejaron de ser acolchados hace años, y la parte pensada para que tu trasero descanse cómodamente, solo consigue desquiciarlo, después de estar buscando la posición más cómoda durante horas sin éxito. Pero este es el menor de sus males, pues cuando estás sentado en ella, y ves pasar tus sueños uno a uno, percibes un aire distinto, uno que jamás antes habías sentido, y al inhalarlo todo tu cuerpo se tensa, impidiéndote respirar con normalidad.

Tú y ese “experto” en salud mental seguís hablando y, con gran pesar, trato de llevar toda mi atención hacia vuestra conversación.

—Existe una cura —dice el hombre, aunque, tras dicha revelación, se detiene. En ese instante una risa maléfica interfiere en mi campo auditivo, la del monstruo que habita en su interior—, pero… no te voy a engañar. Conllevará un gran sacrificio por su parte. Si desea volver a ser como era antes, tendrá que confiar en mí.

Aunque no puedo ver tu rostro, sé que estás aterrado y me encantaría estar aconsejándote. Entrar en tu mente y guiarte por el camino correcto, ese que te lleva hasta ese final feliz que todos esperan encontrar al terminar su juego. Pero… debo confiar, al menos mientras sigas en esa sala en tu propio juicio.

Un frio helador me abraza. Lo reconozco. Es el miedo. En la única forma en que los hamias podemos percibir las emociones: externamente. Como una tercera persona que aparece de repente en tu vida y te acompaña a todos lados, transmitiéndote sus energías, las cuales en este caso no son nada positivas.

—Yo antes de ella… —titubeas— no era una buena persona… Era un joven sin objetivos en la vida, sin un mínimo de empatía por nadie, sin un juicio propio que poder defender, era como un fantasma. Me odiaba y también a todo aquel que osase mirarme directamente a los ojos. Así que sumido en una soledad que empezó a calarme hondo estuve a punto de tirar toda mi vida por la borda. No quiero volver a ser como era antes —dices convencido. Al oír tu sincera confesión no puedo evitar sentirme satisfecha de mi trabajo y sobre todo del ti.

El hombre ante tal negación decide insistir de una manera mucho más persuasiva, y adornada con ese tono meloso, que se debe de adquirir en la universidad, pues todos los de su calaña lo tienen, en su cura. Supuestamente la única que, según dice, da resultados positivos. Aunque habría que ver para quién son positivos y para quién no lo son.

—Bueno y… en caso de aceptar. ¿En qué consistiría exactamente la cura? —preguntas con un tono de voz desconfiado.

Un silencio inunda todo tu mundo hasta llegar a interferir en el mío, percibo tu miedo, y esa tensión que ese aséptico ambiente te brinda. Aguardo impaciente su respuesta, aun y sabiendo que no me agradará.

—La borraremos.

—¿Borrarla? ¿Por completo?—preguntas cada vez con una inquietud más notoria. La idea al parecer te asusta, y sin poder evitarlo me ilumino presa de la satisfacción que me produce tu actitud.

—Así es. Verá, son muchos los sujetos que como usted, han pasado por aquí y también muchos los que no aceptan la realidad. “Ella” como usted dice, no es más que un simple fallo de su cerebro. No es real, es tan solo un humo que debemos disipar cuanto antes para que le permita ver la realidad tal y como es. Sin ningún tipo de velo por medio. ¿Lo… lo comprende?

De nuevo, te ciñes al silencio como única respuesta. Me alegro, aunque al no poder verte, al no saber cómo sacarte de esta, me siento impotente. Y me viene a la memoria la primera vez que nos conocimos. Tú tan solo tenías dieciocho años. No tenías muy bien aspecto, por lo que pude apreciar, y al parecer acababas de consumir algún tipo de sustancia. Te llevaba analizando durante días, tenía que volver a elegir avatar, pues el anterior acabó con éxito su juego; demasiado fácil. Por eso en esta ocasión estaba dispuesta a acatar un reto más complicado. Me di cuenta que tu forma de ser te había arrojado a la soledad y pude percibir como ese monstruo que todo humano esconde en su interior te estaban devorando, física y psicológicamente.

Bajo el oscuro cielo y la soledad de una madrugada de invierno te desplomaste junto la fuente. Fue en ese momento cuando te escogí, pues sin pedir permiso ni siquiera a Nextor, corrí en tu ayuda. Conseguí introducirme en tu sueño, el cual era más profundo de lo normal. Recorrí un gran trecho hasta encontrarte. Te hallabas en el límite, entre los sueños y la muerte, pero conseguí sacarte de allí. Mi luz, la cual cada vez que iba acercándome a ti se iluminaba con mayor intensidad, llamó tu atención. Recuerdo que me miraste a la cara, pues en sueños adquirimos nuestro antiguo aspecto, y supongo que aquellos ojos esmeraldas que poseía mi anfitriona no te pasaron inadvertidos, y me seguiste.

Juntos salimos de aquella oscura pantalla que teñía tu pasado de tristeza, baja autoestima y rebeldía: tu adolescencia. Pero… creciste y fue entonces cuando, lo estropee todo. Tu cuerpo de hombre, tu modo de ver la vida, siempre de una forma positiva, siempre con tu sonrisa en la boca y, sobre todo esa ternura que sin darte cuenta escapaba de vez en cuando de tu ser, embriagando a todo aquel que se hallase junto a ti, me hechizó.

Un hamia jamás debería involucrarse demasiado en su avatar. Acudimos a vosotros para ayudaros, para mostraros el camino, pero la franja entre la ayuda y la revelación de nuestra existencia es muy fina, y la sobrepasé. Te convertiste en una obsesión que tiempo después acabó alcanzándote a ti también. Esa fue nuestra condena.

No podía dejar de asistir cada noche a tus sueños, ya no con la única intención de dejarte pistas, de guiarte por la senda correcta, sino tan solo por estar junto a ti. Perdí la noción del tiempo, e incluso llegué a olvidar el verdadero motivo que nos unía: tu juego. Eras demasiada tentación para una novata como yo, y… dejé que esos instintos humanos, que aún recordaba de mi antigua vida, me poseyeran.

La voz del psicólogo rompe el silencio, y en cierto modo, esos recuerdos de ti que vuelven a mí siempre que me descuido.

—Tranquilícese. Lo haremos poco a poco. Primero mediante un suero especial le dormiremos, y accederemos a sus sueños. Iremos uno por uno. Me consta que este intruso lleva más de diez años con usted, ¿no es así?

De nuevo esa palabra vuelve a caer como un rayo sobre mí. No puedo escuchar tu respuesta, pero te puedo imaginar asintiendo como un asustado animalillo ante los enormes colmillos de su depredador.

—Bien, nos llevará más tiempo del que creía, pero lograremos llegar hasta el final. Empezaremos en orden cronológico de aparición e iremos avanzando conforme vayamos suprimiéndolo.

—¿Supri…?

—Si así es. Su labor, la cual sé por experiencia que no es nunca fácil de llevar acabo, es la de asesinar a su intruso, en todos y cada uno de sus sueños. Para ello modificaremos un poco sus sueños, de tal modo que pueda si lo desea hacerse con el arma que más le convenga en cada ocasión. Puede imaginárselo como una especie de juego si lo desea —ríe—. Con su mente podrá acceder a cualquier cosa que se imagine. Será como estar en un sueño lúcido, solo que del pasado. ¿Lo entiende?

Puedo percibir el desbocado sonido de tu corazón y el relinchar de esa parte de ti que no desea suprimirme, pero también siento como esa otra parte, la cual yo jamás podré controlar gana terreno en ti. Siempre lo consiguen. Se introducen sin permiso en el fondo de tu mente y la desbaratan hasta hacerte creer de verdad que estás loco.

Al fin después de un buen rato, te deja libre. Regresas a tu cuarto, o bueno, esa sala que finge de algún modo serlo, y te vuelves a sentar sobre la cama a observar mi retrato.

Continuará…

 

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Este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

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