Entre las cortinas

Sí, allí estaba, como imaginé, pero no se hallaba sola. Estaba acompañada, por un soldado. Mis ojos se abrieron como platos al percatarme de su presencia, corrí a ocultarme entre las cortinas que separaban mi cuarto del comedor. Había acudido a su silencio. Mamá nunca callaba, excepto ese día. Por eso, por un segundo pensé que se había marchado de casa, pero ¿a dónde? «Aquí no hay nada qué hacer», pensé. ¿Qué iba a hacer en la calle? No teníamos dinero para comprar, y tampoco había nada qué comprar. Desde que nos encerraron aquí, nuestra vida pasó del lujo a la pobreza en un abrir y cerrar de ojos, del todo a la nada. ¿Por qué? Por nuestra condición judía.

Mamá estaba arrodillada, con la cabeza mirando al suelo. Lloraba, no hacía ruido, pero yo conocía su llanto mudo. Su mirada se posó durante una milésima de segundo en mí, de manera muy disimulada, ella sí que sabía fingir. Me habló con la mirada, fue un instante ínfimo, quizás más corto que un pestañeo, pero la entendí. Me quedé escondida a la espera de lo que ella ya sabía que sucedería. Era lo que nos había tocado vivir, y con una fortaleza, para muchos impensable, experimentábamos una vida llena de sufrimiento, represión y muerte. 

El soldado extendió su mano, apuntando con su pistola la cabeza de mamá. No había tiempo para llorar. Nunca lo hay, y sin embargo siempre lo hacemos. Abrí bien los ojos, no quería que la última persona que la viese con vida fuese su asesino. Y casi sin parpadear, observé como ese alemán insensible le quitaba la vida a la persona que a mí me la dio. Para él, no significaba nada, para mí lo era todo.

Publicado en Microrrelatos y etiquetado , , , , .

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *