Nuestra difícil relación con el verbo amar y el pronombre reflexivo en primera persona del singular

Es curioso cómo, sabiendo como nos sabemos la teoría, suspendamos la práctica. Es curioso porque somos capaces de decirles a personas que están en nuestra misma situación, qué deben hacer y hasta cómo lo deben hacer, pero sin embargo no lo sabemos hacer nosotros. Amar es relativamente sencillo, piensan muchos, estoy de acuerdo, lo es. La cosa se complica cuando este verbo se vuelve reflexivo, y la capacidad de amar, con todo lo que ello conlleva, recae sobre nosotros mismos. Entonces todo nuestro alrededor se oscurece, no vemos el modo de escapar de la espesa niebla que durante años hemos ido creando: las comparaciones, las autoexigencias, el perfeccionismo, los cánones de belleza que la sociedad nos ha impuesto. Todo… nos ha metido en el centro de un huracán que no deja de girar con nosotros dentro. Y aunque hemos escuchado, leído y hasta estudiado mil veces cómo debemos hacerlo, no lo hacemos. ¿Por qué? Por miedo. El ojo del huracán nos provoca una aparente comodidad, un falso confort, una plácida estabilidad que no nos atrevemos a soltar. Y solo cuando dejemos de ver a esa espesa niebla, a ese demoledor huracán como un escudo que nos protege de lo desconocido y dejemos de aferrarnos a su falsa tutela, empezaremos a subir y subir por su larga espiral de pensamientos y prejuicios hasta llegar a la luz, a la verdad, a lo que antes de nacer éramos: a la pureza. Y entonces, solo entonces seremos capaces de unir el verbo amar con un pronombre reflexivo en primera persona del singular y decir, al fin, sin miedo: Me amo.

Publicado en Post.

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