Almas gemelas

La muerte no siempre es el fin de la vida, en ocasiones, como en la siguiente historia que os voy a narrar, es el principio de todo.

 

Érase una vez, cuando los peces aún caminaban sobre la tierra y las aves vivían bajo el mar, la vida de una de las estrellas más hermosas de la galaxia llegó a su fin. Fruto de su explosión surgieron miles de diminutas partículas, las cuales se unieron en dos formaciones individuales, dando lugar al nacimiento de dos almas.

 

Nada más nacer, las almas fueron separadas: una fue a parar al vientre de una mujer que habitaba en el norte de un gélido país, la otra se introdujo en el de una mujer del sur de una cálida isla. Miles de kilómetros de tierra y mar distanciaban a dichas hermanas.

 

A medida que iban creciendo la sensación de vacío y soledad incrementaba. Ninguna lograba hallar su felicidad, ambas se sentían incompletas.  

 

Hasta que un día el destino conspiró para reunirlas de nuevo.

 

Nada más encontrarse, una frente a la otra, se reconocieron. El brillo, antes inapreciable, de sus miradas se reactivó, y sus corazones empezaron a latir al unísono, tal y como había hecho antes de dividirse en dos, cuando tan solo era una estrella.

 

El tiempo se detuvo. Nada a su alrededor existía, salvo ellas y una intensa atracción que las unió en un abrazo interminable. De este acto, nació una chispa. La estrella había vuelto a la vida. Y justo en ese preciso instante, tras un profundo suspiro de felicidad que ambas exhalaron  a la vez, volvieron a sentirse completas, volvieron a ser una.

 

¿Fin?

 

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