Armonía

Su llanto ha vuelto a despertarme. Abro un ojo, sigue llorando, abro el otro, nada, continua llorando. Me desperezo, hoy no he dormido todo lo que deseaba, pero… ¿qué hacen los humanos? ¿Por qué no van a calmar a su cachorro? Me levanto y me dirijo a avisarles, «quizás no se hayan enterado», pienso.

Me resulta extraño, mamá siempre está muy atenta a su pequeño. Al principio, he de reconocer, me puse un poco celoso, bueno, quizás, aún lo esté. Pero es tan solo un recién nacido, cuando crezca ya le haré saber quién lleva las riendas de la familia, por ahora no puedo hacer mucho más que esperar y, bueno sí, dejar que me degrade a un mero peluche peludo: estirándome del pelo, metiéndome sus deditos en los ojos, impidiéndome descansar… Suspiro, bueno es lo que hay… pero cuando esté listo para ser domado como el resto de su familia, comerá en mis almohadillas. Una bobalicona sonrisa asoma entre mis bigotes al imaginarme dicho momento, pero sus sollozos me alejan de mi ensoñación y me devuelven a la realidad; ahora él es el líder.

Camino con sigilo hacia la cocina, de un salto trepo a la encimera y, con mi mirada felina, busco a mamá. ¡Ah! ahí, está. Me acerco a ella, y restriego mi suave pelaje por sus piernas, no atiende a mi llamada. «Antes siempre me prestaba atención». Subo a la mesa y dejo que mi regio trasero se pose sobre esta, elevó con aires de grandeza mi hermoso cuello y miro orgulloso a mamá, esperando mi merecida caricia. Sigue sin hacerme caso. «Pero… ¿cómo es posible?» ¿Prefiere hablarle a ese aparato que ni siquiera le responde en vez de estar conmigo, o prestar una mínima atención a su cachorro? «Qué forma de matar el tiempo tan absurda tienen los humanos», pienso.

«Estoy desesperada, Carmen, de verdad, no sé cómo deshacerme de estás horribles estrías.»

Mamá parece preocupada, quizás por eso no pueda atender a su bebé. ¿Qué cosa tan horrible deben de ser las estrías? ¿Serán una especie de ratas o algo por el estilo? Si lo supiera, quizás, pudiese ayudarla.

«Nada, la loción no me ha hecho nada… ya…»

Como un eco fastidioso los gemidos, cada vez más desesperados, de la criatura bombardean mis oídos. «Dios, ¿cómo es posible que nadie lo escuche?», digo para mis adentros. Con un irritado maullido doy un salto y, gracias a mi increíble agilidad, llego hasta la puerta. Decido cambiar de opción y acudir esta vez al padre de ese molestoso ser, «papá seguro que no me defrauda.»

Camino por el pasillo, rozando con mi delicado cuerpo la pared granulada, ¡me encanta, esta sensación! Al fin llego hasta el despacho de papá, pero…  tiene la puerta cerrada. Alzo una pata y rasco con cuidado la puerta, quizás tan solo esté entrecerrada pero, después de dos zarpazos, corroboro que no es así. Está cerrada del todo. Odio que me prohíban el paso en mi propia casa, pero habrase visto… Rasco esta vez con mayor vigor, sé que no les gusta que lo haga, pues según ellos destrozo la madera de las puertas, pero saben que dicho gesto me irrita, vuelvo a rascar con más energía. Se lo tienen merecido, así aprenderán a no cerrarme el paso.

—Disculpa, Jaime. DON DEJA DE RASCAR LA PUERTA SINO QUIERES CONVERTIRTE EN PARTE DE LA CENA DE ESTA NOCHE.

¿Cena? Me relamo los labios. Pero la sensación que su furiosa voz me ha dejado no es del todo agradable. Presto atención y escucho su voz al otro lado de la fastidiosa puerta.

«¿Cómo puede ser? ¡Pero si te envié los documentos! ¿Cómo qué los has perdido? ¡Oh, Jaime! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le digo al comisario que el retrasado de mi compañero ha perdido el informe?»

Parece más preocupado que mamá, no creo que tampoco pueda atender al bebé. «Pues vaya…».

Tan sólo me queda Karen, la hija mayor de la familia, aún recuerdo lo mucho que me costó domar a esa fierecilla, aunque no estoy del todo seguro de haberlo conseguido o, si fue ella la que se hartó de mí; lo importante es que ahora me deja en paz. Un sonido estridente, procedente de su habitación, lastima mis sensibles oídos, pero debo ir a avisar de que el cachorro está llorando. Me dirijo, desganado, hacia su intranquila morada. A medida que me acerco el hedor que esta desprende empieza a revolverme el estómago, «¿cómo puede alguien dormir entre tanta suciedad? Menos mal que, respecto a mis cuidados, los tengo muy bien enseñados, que si no… »

Mantengo la respiración y me asomo para buscar a la salvaje propietaria de la habitación. Está bailando frente al espejo, y… ¡oh no! Saltando sobre la cama, ¡la va a arrugar, es un desastre! No puedo mirar, empiezo a darme cuenta de mi errónea decisión, ¿cómo voy a pretender que dicho matojo de nervios vaya a tranquilizar a su hermano? Bajo la mirada y con ésta también el rabo. Suspiro. Me doy media vuelta dispuesto, aunque no muy convencido, a dirigirme hacia el cuarto del que proceden los insoportables alaridos.

Una vez allí entro con sigilo y, de un salto, me apoyo sobre la barra de la extraña cama de barrotes que mantiene al bebé encerrado, no sé qué sería capaz de hacer suelto, pero no voy a ser yo quien lo experimente. Al verme deja de llorar, tiene los ojos rojos, la cara empapada y su frágil cuerpo totalmente destapado, imagino que del rebote que desde hace horas lo posee. Alza sus manitas hacia mí, quizás se piense que vengo a calmarlo, rio tan solo de imaginar que en su cabecita se halle dicha posibilidad. «Esta no es mi labor, pequeño», trato de decirle mentalmente en vano, pues sigue insistiendo. ¡Oh!, protesto. «Vaya un gato estoy hecho», agacho mis orejas en señal de sumisión y bajo hacia donde se encuentra el cachorro.

Al ver que finalmente he sucumbido a su petición, sonríe para posteriormente agarrar, sin ningún miramiento, mi recién acicalado cabello: lo estira, lo despeina y, por si fuera poco… lo llena de babas… «Todo un día de limpieza al traste», pienso,  pero al observar la dulce expresión que dibuja su rostro, me doy cuenta de que no hay nada más hermoso ni más importante que hacer sonreír a este crio. ¿Cómo es posible que los humanos no sepan verlo?

Cojo con la boca la sábana azul y la alzo para arroparlo. Me tumbo a su lado e irrumpiendo mi espacio, el cual todos son conscientes que deben respetar, me rodea con su pequeño brazo impidiéndome escapar. Sin embargo, a pesar de haber infligido mi regla número uno, me siento feliz. Al menos él no me ignora. Cada vez entiendo menos a los humanos, ¿qué puede haber más importante que esto?

Emito un profundo suspiro y con él se escapa un melodioso ronroneo evidenciando mi felicidad. Me rindo, él, un ser tan imperfecto, indefenso y poco carismático me ha hechizado con su inocencia. Finalmente, me sumo en la agradable paz que me transmite el bebé. No sé si algún día llegaré a domarlo —pienso—, pero por el momento dejaré que él me domine, al menos hasta que las triviales preocupaciones de la vida se adueñen de su calmada alma, atormentando mi armonía.

Fin

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