Desde mi arcoíris

 

“La vida al igual que la energía no se destruye, se transforma. Alza la mirada, encuentra su nuevo aspecto, y sonríe.”

La felicidad parecía haberse colado en el interior de la casa de la puerta azul del paseo marítimo de Badalona. La casa de mis papás. Aquel día mamá, que por aquel entonces portaba una parte de mí en el interior de su hinchada barriga, pintaba risueña la pared de mi cuarto. Se le daba muy bien dibujar ángeles, pues se parecían mucho a los de verdad. Quizás el tono de mi cielo no era tan celeste como ella se lo imaginaba, pero me sentía muy agradecido por el amor con el que revestía mi habitación.

Papá entró al cabo de un rato, cargado con maderas, tornillos y un martillo; a simple vista parecía todo un carpintero, pero cuando lo observabas con minuciosidad hallabas en él la torpeza que lo caracterizaba. Me reí mucho cuando uno de los palos, que compondría mi cuna, cayó sobre su pie, y gritó como una niña. A mamá también le hizo gracia, pues su rostro cansado pero lleno de ilusión, dibujó una tierna sonrisa que conquistó mi alma. No podía dejar de mirarla; era tan hermosa. Y al fin, cuando papá se recuperó, y mamá dejó de reírse de él, se arremangaron las mangas de sus camisas, intercambiaron una mirada donde ambos vieron reflejada su dicha, y procedieron a armar mi cuna de ensueño.

Esta ardua, pero entretenida, tarea les llevó toda la tarde. Aún hoy recuerdo con cariño y añoranza con qué ilusión preparaban mi llegada. Al final, después de estar un rato  acariciando con dulzura la tripa abultada de mamá. Observaron embelesado aquella estancia que, con cariño, habían decorado para mí. Apagaron la luz, y salieron de ella. Desde aquel instante mi cuarto, colmado de amor, quedó desangelado durante más tiempo del deseado, esperando ser iluminado por una nueva alma. 

Aquella noche mamá notó un agudo dolor que la obligó a acudir con papá al hospital. Y aunque la vida desde aquí se ve diferente; se siente igual o, incluso, con mayor intensidad por el hecho de poder escuchar sus corazones. Su miedo me llegó como si un viento gélido traspasase mi diáfano cuerpo. Un médico la atendió al instante, dejando a papá en una solitaria sala con la única compañía de su ángel de la guarda, que intentaba calmar el desasosiego de su alma envolviéndolo con sus alas.

Miré a mi alrededor. La gran cantidad de colores que pintaban mi nuevo hogar, le concedían un aire divertido. Mi arcoíris. El hogar de miles de almas muy especiales; niños que, como yo, no tuvimos el valor suficiente para entrar en ese mundo donde el odio y la envidia gobiernan los corazones de los hombres. Un puente coloreado que nos ofreció la posibilidad de finalizar en él nuestro viaje a la vida; quedando entre cielo y tierra, permitiéndonos observar a nuestras mamás, y proteger el candor de nuestras almas. «¿Pero cómo voy a ser feliz sin su sonrisa?», pensé. Volví de nuevo mi atención a ella. Papá había dejado la soledad de aquella sala para abrigar a mamá con su amor. Ambos se hallaban ensombrecidos por una espesa niebla fruto del miedo. El doctor se dirigió a ellos dejando entrever su aflicción, a pesar de haberse encontrado, por desgracia, infinitas veces en esta situación.

—Lo siento —dijo mirando con intensidad los aterrados ojos de mamá—. El corazón de su bebé hace días que dejó de latir.

Su férrea voz penetró en mi como un rayo, haciendo que todo mi interior se turbara hasta sentirme arrepentido de mi cobarde elección. Miré a mamá. Su rostro se había paralizado, sus grandes ojos de color miel, se nublaron eclipsando su dulce mirada. El espeluznante sonido de su corazón desgarrándose llegó a mí, como el doloroso quejido de la rama de un joven árbol partiéndose.

El calor de las alas de mi ángel, arropando mi desconsuelo, alivió mi ánimo. Nunca se despegaba de mí, pero en ese momento un dañino pensamiento nubló todo mi ser. «No merezco su protección. ¿Por qué no se marcha a custodiar a un alma más valiente?», pensé. Me giré hacia él, y vi mi desolación reflejada en sus ojos ocre.

—Lo superará —me dijo procurando ocultarme la falacia que escondían sus palabras.

Intenté creerle, y dirigí mi mirada hacia aquella funesta sala de hospital. Mamá y papá se encontraban abrazados, tratando de impedir que el alma del otro viniese a por mí.

Los días dieron paso a los meses, y la desolación consumió a mamá, destruyendo todos sus sueños, y la desamparaba en un lúgubre vacío que colmaba su alma de melancolía.

El bálsamo que emergía de su apenado corazón, y fluía por sus mejillas, había borrado la hermosa sonrisa que alimentaba mi ser. «¿Por qué no tuve la suficiente lozanía para enfrentarme a ese mundo?», pensé. Me sentía triste, pues la debilidad de mi alma había perjudicado el corazón de la persona que más amaba.

—Aún hay una posibilidad —dijo en tono afable mi guardián.

—¿Una posibilidad para qué?

—Para volver a ver brillar la sonrisa de tu mamá. —Al asimilar la fuerza de sus palabras, noté como la luz que alimentaba mi cuerpo translucido volvía a emerger.

—¿Cuál?

—Enviándole otra alma en tu lugar. Esto no hará que ella se olvide de ti, pero la ayudará a recuperar su ilusión, y a recordarte de un modo menos doloroso.

En ese momento me tendió una de sus alas, me cogí a ella, y volamos hacia el cielo donde nací: el de las almas no natas. Me alegré de volver. Allí me sentía protegido como una perla en el interior de su concha. Tiempo atrás anhelaba partir a un lugar distinto. No porque no me gustase, sino porque allí, entre las almas, se hablaba de una clase distinta de ángel que habitaba en la tierra. Uno mucho más cálido, dulce y amoroso; al que todos deseábamos conocer. Pero cuando percibí el odio que anidaba en los corazones de algunas personas, me asusté, y deseé regresar al cobijo que me propinaba mi plácido hogar.

Al regresar, después de un tiempo, reconocí a muchas de las almas que danzaban con despreocupación sobre las frondosas nubes. Pero debía elegir bien. Mi mamá necesitaba un alma muy especial, que sanase su dañado corazón y lo colmara de felicidad. Miré a mi ángel, dudoso de lo que estaba a punto de hacer. Él me animó con una cómplice sonrisa. Y accedí a darme un paseo por mi antigua morada. «Todas son igual de capaces de llenarla de dicha, pero ninguna de aliviarla por completo», pensé.

A lo lejos, vislumbré una tenue luz que me era familiar, proveniente de un alma que, debido a su extrema trasparencia, casi no se veía. Estaba perdiendo su fuerza. Me acerqué, y lo reconocí. Era mi gemelo, es decir, el alma que surgió del mismo polvo de estrellas que me dio a mí la vida. Creí que no volvería a verlo, pero estaba equivocado. Parecía triste. Busqué a su ángel custodio por los alrededores, pero no lo atisbé. «¿Por qué no estaba a su lado aliviándolo?», pensé.

—Hola —le dije con algo de timidez. Mi voz le provocó un respingo, no estaba acostumbrado a que le hablaran. Levantó con lentitud sus ojos, y la melancolía que reflejaba su mirada me hechizó.

—Hola —dijo bajando de nuevo su rostro.

Me senté a su lado, intentando que la cercanía de mi ángel alumbrase su compungida ánima. Al rato se sintió con más fuerzas, y me contó el porqué de su tristeza. Semanas atrás, su ángel de la guarda le comunicó que el encuentro con su mamá estaba muy próximo. Pero este nunca llegó. El mayor sueño de un ser no nato: arroparse en los brazos de su mamá; jamás se satisfaría. Poco después una triste noticia eclipsó toda su esperanza. Y el ángel que lo había cuidado hasta entonces lo dejó desprotegido de su abrigo, y fue en busca de otra alma. Entonces lo comprendí, por eso mi ángel no me había abandonado, él sabía que hallaríamos un alma para mamá. Lo miré de soslayo, y me sonrió alzando sus hombros, como si todo hubiese sucedido por casualidad. «Pues claro —pensé— son ángeles lo saben todo». Tenía delante de mí al elegido. Él sanaría su corazón.

—Ven —le dije tendiéndole mi mano— mamá te está esperando. —Dudó pero accedió a cogérmela.

—¿Adónde vamos?

—Voy a presentártela.

Mi protector abrió sus alas, y nos porteó hasta mi nuevo hogar. La superficie del arcoíris era aterciopelada, y el olor de su aire dulce como el de la vainilla. Todo en él te invitaba a sonreír, pues no había lugar para la melancolía.

—Es ella —le dije mostrándole a una mujer que se encontraba tumbada en su cama, entre arrugadas sábanas, y con los rayos del sol iluminando su sombría figura. Sus cabellos húmedos debido a las lágrimas de la pasada noche, se le habían adherido a la cara ocultando su hermoso rostro.

—Está muy triste —dijo, con voz tenue.

—Sí; me echa de menos, pero cuando sepa de tu existencia volverá a sonreír. —Me giré para mirarle directamente a los ojos. —¿Te gustaría tener una mamá? —Asintió sin titubear, y risueños volvimos nuestra mirada hacia ella.

—Pero tú eras el alma que ella esperaba. ¿Crees que me amará? —dijo con preocupación.

—Te amará por duplicado. Tú no solo serás su sueño, sino también mi recuerdo.

Durante varios días observamos juntos como nuestra mamá seguía zambullida en su propio pesar. Hasta que una mañana, el resplandor del sol la despertó provocándole un fuerte dolor de cabeza. Y corrió como un resorte hacia el lavabo; su rostro no presentaba muy buen aspecto. No entendí qué le ocurría, hasta que vino papá, y ella le dio la noticia, mostrando de nuevo el brillo de su sonrisa.

—Estoy embarazada —le dijo.

Papá la cogió en brazos, y le dio varias vueltas en el aire. Pensé que se marearía, pero aguantó, y no dejó de iluminarme con su felicidad.

—Es la hora —le dije a mi hermano.

—Pero no tengo quién vele por mí desde el cielo —dijo mirando avergonzado a mi guardián. Sonreí admirado por su inocencia. «Sin duda es el elegido».

—Mi ángel será tu protector. Yo no lo necesito aquí arriba —dije mirando a mi alrededor. Las risas de mis amigos me incitaban a unirme a su juego, pero aún me faltaba algo por hacer. —¿Me harías un favor? —le pregunté.

—Claro —dijo sin vacilar.

—Cuando aprendas a hablar dile que estoy bien, que no deje nunca de sonreír, y sobre todo, acuérdate ¡eh! —le dije alzando un dedo de un modo muy teatral—, dile que la quiero.

Ocho meses después el cielo parecía presagiar lo que ese día iba a ocurrir, y todos los fenómenos naturales se dieron cita esa mañana para anunciar la buena nueva. Los rayos, el viento y la lluvia se marcharon con la misma rapidez con la que habían aparecido, dejando el camino libre a un impetuoso sol que descansaba sobre el mar. Y a su lado, uno de los fenómenos más mágicos y hermosos, también quiso dar su especial bienvenida: el arcoíris.

Tras la fachada de la casa de la puerta azul, unos ángeles pintados parecían cantar de alegría, susurrando una dulce melodía que llegó hasta sus oídos. Fue entonces cuando mamá asió a su recién nacido, y con paso cansado, debido al esfuerzo provocado por el alumbramiento, que había abierto las puertas del mundo terrenal a mi hermano. Llegó  a la ventana de mi cuarto, se sentó en el alfeizar, y me sonrió.

—Te amo, hijo mío —me dijo entre susurros. Yo la correspondí con un centelleante haz de luz que caló en su corazón en forma del más sincero de los “te quiero”. Y feliz, al ver que lo había recibido, me marché a jugar.

Fin

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