El falso sabor de la felicidad

“Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada.”

 

La mañana en que llegó Delirio era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese, pues desde hacía años mi vida ya no tenía sentido. Ni mi familia ni mis amigos ni siquiera Andrea saciaban mi sed; nadie era ya lo bastante estimulante para mí. Toda mi vida, en el momento en que probé ese sabor que me llevó al éxtasis, cambió. 

Hasta ese momento lo tenía todo: una pareja, una casa, una hermosa perra, una familia que me apoyaba en todo, amigos… Y cuando yo tomé la absurda y cobarde decisión de llevarme ese agridulce sabor a la boca, todo desapareció. Lo peor y más vergonzoso de todo es que yo siempre fui consciente de ello, y no hice nada por evitar que se marcharan. Las únicas que siguieron estando a mi lado, a pesar de las circunstancias, fueron Andrea, mi novia, y Juno, mi perra.

Me encerré en mi cuarto, el cual me mantenía aislado de ese agitado mundo que había devorado mi alma; era mi protección. Al día, como mucho, abría el pestillo en dos ocasiones: una para saludar a Juno, que tras su paseo tenía por costumbre venir al cuarto de su “papá” y dejarme la cara cubierta de babas caninas; y la otra cuando ella, Andrea, se alejaba de su realidad para entrometerse en la mía, tratando, por enésima vez, liberarme de la oscuridad que me había esclavizado.

No volví a probar esa falsa promesa de felicidad, pero ya era tarde. Me odiaba a mí mismo. Y cuando la desolación me gobernó por completo; él llegó a mí, y me ofreció un trago de agua tan fresca y limpia, que no pude resistirme. Me sentí agradecido, y fue en ese momento cuando mi mente, enturbiada por la satisfacción de haber saciado una necesidad tan primaria, lo creó. 

Me encontraba sentado en el alfeizar de la ventana, creyéndome víctima del mundo cuando en realidad, y aunque no lo pudiese ver entonces, yo era el único verdugo de mi vida. Cansado de soportarme, me giré. Y allí estaba Delirio, de pie junto la puerta, dispuesto a ofrecerme otra realidad. 

No lo había escuchado entrar. De hecho, era imposible que hubiese entrado, pues el cerrojo siempre estaba echado. Pero, sin embargo, él había irrumpido, sin consentimiento, en mi refugio.

Sus ojos rojos se posaron sobre los míos y, como dos potentes láseres, absorbieron los últimos resquicios de mi antiguo yo, que aún quedaban en mí. Era como una sombra oscura con forma antropomorfa. Embebido en su penetrante mirada, percibí un movimiento ligero en lo que debía ser su rostro. Mi corazón se detuvo. Y, de repente, toda su dentadura afilada iluminó su aterrador aspecto.

Aquella sonrisa espeluznante alivió mi ser. Fue como si parte de él entrase en mi interior, y me llenase de vida. No sé exactamente lo que me hizo, pero desde aquel momento Delirio se convirtió en mi único amparo. Su presencia no me molestaba. Su ronca y tenebrosa voz conseguía saciarme, cosa que hasta entonces, nada ni nadie lo había conseguido. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a decirme que parecía otro, que mi mirada había cambiado y que mi silencio les inquietaba. Pero yo, después de llevar tanto tiempo atrapado en la más absoluta indiferencia, me sentía aliviado.

Pasaba los días encerrado en mi habitación, igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, se hallaba siempre a mis espaldas. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero tenía a Delirio.

Fue mi mordaz lazarillo. Me hallaba ciego y solo en medio de un mundo extraño, y él me guió mostrándome su propia representación de la realidad. Una idea que se introdujo como el hilo en una aguja en mi ser. Me enseñó a ver el mundo tal y como era de verdad, o eso creía. Y mientras él seguía fiel a mi lado, mi familia observaba como ese yo que tanto habían amado, desaparecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Un día, Andrea entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era una falacia. Según Delirio: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La fulminé con una fugaz mirada de odio; nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. Y fue entonces, cuando aquel sabor que me había destrozado la vida dejó por unos segundos de perturbar mi mente, y con la cabeza más despejada pude recordar lo mucho que la amaba.

En aquel momento, me sentí tan vulnerable como un bebé. No era capaz de hacer nada, excepto mirarla y sentirme avergonzado. Mi única certeza era que no quería, por nada del mundo, perderla. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Pero un sibilante susurro me lo impidió. «No. Detente. Es una farsante», me decía. Aquella fue la primera vez que lo ignoré. Y continúe mi propósito hasta llegar a abrazarla. Suspiré. Solo junto a ella volvía a ser yo. Pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Hasta que finalmente, Andrea me envolvió entre sus delgados brazos con fuerza, impidiéndome escapar de ellos, y me dijo:

—Yo te sacaré de aquí.

En ese momento, la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé, quizás, la decisión más difícil de mi vida: recuperar mi verdadero yo.

Delirio no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Se negaba a dejarme marchar. Quería seguir formando parte de mi vida, pero él no entraba en mis planes. Me giré hacia la ventana y observé lo que aquella pequeña muestra de realidad me rebelaba. Me di cuenta por primera vez que quien me mintió fue él; no ella.

Vi salir a Andrea de nuestra casa con Juno, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, es decir, todo lo que a mí me faltaba, ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amaba a mí mismo, ¿cómo podría entonces llegar a amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mí?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda, distanciarme de Delirio me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome, pero lo ignoraba.

Seguí observándola mientras jugaba con Juno, y una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creía haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que ese sabor perverso entrase en mi vida.

Y Delirio sin ni siquiera darme cuenta se desvaneció. Ya no estaba solo, los volvía a tener a todos conmigo. A él ya no lo necesitaba para nada. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrió la puerta, al probar aquel sabor que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien se atrevió a darle la espalda, y regresar a esa vida que él me había arrebatado.

Hoy, Delirio forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, él era yo. Sí, mi verdadero nombre es Gabriel. Pero fue mi mente, quien hechizada por ese sabor, recurrió a él. Y creó un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún le sigo agradeciendo su visita, pues gracias a él, me enfrenté, sin yo saberlo, a la verdadera cara de la droga. Viví durante años absorto en una gran mentira que yo mismo confeccioné y, lo peor de todo, creí.  No, la felicidad no se halla en una sustancia, sino en el amor que tus seres queridos te profesan día tras día.

***

De aquella fría mañana, han pasado ya cinco años. Pero desde el día en que se propuso sacarme de aquella horrible pesadilla, Andrea, no ha dejado de abrazarme. Ella me salvó atrayendo de nuevo la luz a mi vida. Y ahora nuestro mayor sueño, ser padres, está a punto de hacerse realidad.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin

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