La búsqueda

Todo estaba a oscuras. No podía ver absolutamente nada. Me sentía asustada, triste, sola… De repente vi una figura que bajaba del cielo. Un cielo lóbrego como el carbón. El rostro de ese extraño ser estaba iluminado. Al principio sentí mucho miedo y ganas de salir corriendo. Mi corazón iba a mil por hora, pero algo en su faz me tranquilizó. Permanecí de pie, inmóvil, mientras se me iba acercando.

Tenía apariencia humana, pero sus medidas eran titánicas. Se detuvo cuando nos separaban escasos dos metros. Bajó lentamente su mirada, y dejé por unos segundos de ser consciente de mi cuerpo. Mi despavorida mirada viajó hasta su rostro. Mi boca, a medida que iba escalando por todo su cuerpo, se iba poco a poco abriendo asombrada.

El enorme ser, al percibir mi cara de pánico, dibujó una afable y cálida sonrisa. En ese instante volví a sentir todos mis músculos. Mi respiración se sosegó. Segundos después pude cerrar, aunque con cierta dificultad, mi boca. Algo en él me relajó y me transmitió una seguridad que jamás en mi vida había sentido.

El gigantesco hombre, el cual deduje que debía de ser de avanzada edad, vestía completamente de blanco. Portaba en sus manos una preciosa y reluciente esfera de luz, causa por la cual anteriormente yo había visto su cara iluminada. Acto seguido me la ofreció. Agradecida, por tal hermoso regalo, alcé mis brazos para asirla, pero este hizo un gesto negativo con su cara y me dijo:

—No te será tan fácil de obtener. La has de buscar a lo largo de tu vida, y hasta que no la encuentres no conseguirás lo que en ella se esconde.

Yo, ingenua ante tal advertencia, le pregunté apresuradamente:

—¿Y qué es?

El anciano se acercó lentamente hacia mí para susurrarme algo al oído.

* * *

La joven despertó sudorosa tras su sueño. Un sueño que le venía persiguiendo noche tras noche desde que tenía uso de razón.

María estaba acostumbrada a un despertar repentino y agitado, pues por extraño que parezca jamás había tenido un sueño diferente. Cada noche, al bajar sus párpados y dejar volar a su alma, la acechaba el mismo sueño. Y a sus treinta años seguía sin encontrarle ningún sentido.

Se había pasado toda su vida buscando, sin saber el qué. Había viajado a distintos lugares, estudiado dos carreras, encontrado el amor varias veces, creyendo que en alguna de estas experiencias hallaría lo que aquella esfera de luz atesoraba en su interior. Pero el sueño continuaba repitiéndose, y ella se sentía más confundida cada día, hasta llegar a perder la ilusión por vivir.

Se sentía exhausta de buscar. Embebida en su misión, había dejado por el camino a sus seres queridos, sus ilusiones y toda su vida, incluyéndose a sí misma. Por lo que aquella mañana la joven tomó una decisión muy importante: no continuaría buscando.

Ese mismo día, mientras regresaba a su casa del trabajo, vislumbró una extraña figura en la oscuridad. Parecía un hombre. A medida que se fue acercando, algo asustada, corroboró que se trataba de un anciano vagabundo, a juzgar por su vestimenta.

El hombre se acercó poco a poco a ella y, atemorizada, María prosiguió su camino con paso ligero, con la intención de sobrepasar a aquel mendigo.

Pero entonces él con voz queda le habló desde la sombra de un edificio, ocultando de este modo su verdadera identidad. 

—No era esta la vida para la que fuiste creada María. ¿Te has rendido ya? ¿No quieres saber qué era lo que escondí para que tú encontraras?

La joven se volvió, sorprendida por la información que sabía aquel hombre sobre ella.

—No te rindas, sigue tras ello. A veces las cosas que más nos importan se encuentran más cerca de lo que pensamos.

La joven levantó su mirada al notar como una gota de lluvia caía sobre su rostro, pero cuando volvió su mirada hacia aquel misterioso hombre, este ya no estaba. Había desaparecido.

Al llegar a casa, la joven retomó su búsqueda. Se sentía avergonzada por haberse rendido después de tantos años. Encendió su Mac, uno de los muchos caprichos que se había permitido creyendo que con él iba a sentirse más completa, y buscó literalmente la frase que el anciano le había dicho: «A veces las cosas que más buscamos están más cerca de lo que pensamos». Encontró citas de escritores conocidos como Paulo Coelho: «Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mismo: su Don» y Pablo Neruda: «La felicidad es interior, no exterior, por lo tanto no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos».

María fue cuidando su interior: meditando, leyendo a grandes pensadores y creyendo, por primera vez en su vida, en sí misma; llegando, gracias a este gran cambio, a saborear la vida.

Hasta que un día, cerró sus ojos y se sintió feliz. Pues a pesar de todas las pérdidas se dio cuenta de que aun pesaban mucho más las ganancias. Se dio cuenta de que tenía todo lo que necesitaba para vivir y, tras este pensamiento, una sonrisa placentera se le dibujó en su rostro.

Esa misma noche tuvo otro sueño:

Vio a ese gran hombre repitiéndole lo que ella había estado escuchando cada noche de su vida, pero con una sutil diferencia: en esta ocasión entendió lo que le susurraba al oído: «la felicidad».

El gran hombre cogió la brillante esfera y con una sonrisa, reflejo de su satisfacción, se la entregó a la joven.

—Ahora es tuya, procura no perderla.

Fin

 

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