La joven que se enamoró del monstruo, un relato inspirado en la célebre novela de Mary Shelley

“No creo que se pueda detener lo que uno configura en su vida, y mucho menos cuando está predestinado a ello.”*

La noche que desaparecí se mostraba oscura y lúgubre. Todo apuntaba a que algo malo sucedería. Todo estaba orquestado para que así sucediera. Sin embargo, todo se tambaleó al verle.

La soledad siempre me había acompañado en muchos momentos de mi vida, era… ¿Cómo decirlo? Una aliada invisible, que me reconfortaba y me ayudaba a ver esa realidad que en ocasiones mis sentimientos eclipsaban. Ese día, precisamente, me hallaba sola. Arropada por el silencio que la montaña y ese instante en que el sol está desapareciendo y deja de abrigar con su luz nuestras temerosas almas me ofrecían. Pero es bien sabido que en ocasiones la falta de ruido perturba la mente, creando en su interior una emoción abrumadora, haciendo que la oscuridad de la noche ponga en riesgo esa calma y altere todos nuestros sentidos.

De fondo, el ulular de los búhos, presidiendo el crepúsculo como únicos espectadores de mi desgracia, me puso los pelos de punta. Una ráfaga de viento me azotó con fuerza, se había levantado de golpe, como intentado prevenirme de lo que estaba a punto de acontecer.

Fue entonces cuando, envuelta en esa tenebrosa atmósfera, mi corazón se alarmó ante el sonido de unos pasos acercándose. Cuanto más se aproximaban a mí, más rudos y siniestros me parecían. Hasta que, dejando que me envolviese por completo el espíritu del miedo, llegué a la conclusión de que no pertenecían a un ser humano normal y corriente, sino que se trataba de otra criatura.

Mis latidos desbocados empezaron a relinchar como caballos que huelen el peligro. Debía volver a casa, pues sin darme cuenta, presa por la rabia que, tras nuestra discusión, se apoderó de mí, me había alejado demasiado. Necesitaba respirar. Alejarme de ti, pero dejarme llevar por esos fugaces impulsos nunca me había llevado a buen puerto.

Regresar por ese camino, que en escasos minutos se había vuelto una trampa mortal, me llevaría más de media hora. Demasiado tiempo para que una chica joven deambule por la montaña sin más compañía que la escasa luz de la luna, colándose entre las negras nubes, y el eco de unos estremecedores pasos, persiguiendo su sombra. Así que decidí aplicar la misma estrategia que se utiliza para pasar inadvertido de un tiburón; mantenerme estática donde estaba.

Los pasos estaban a menos de cien metros de mí, momento que creí oportuno para dejar de respirar. Consideré que al menos hasta que se alejara podría aguantar, pero a pesar de mi avispada mente y mi alto coeficiente intelectual, no barajé la posibilidad de que el dueño de dichos pasos se detuviese ante mí.

Oculta tras unos arbustos y con los pulmones a punto de estallar, vi como el extraño ser, de dimensiones gigantescas, se detuvo a olisquear, como un depredador acechando un sabroso festín. Había captado mi rastro. Me buscaba.

Este pequeño imprevisto hizo añicos mi plan y como es lógico, mi pecho harto de aguantar la presión ejercida por la falta de aire, se liberó de dicho malestar. Sin necesidad de que mi cerebro le diese la orden, se sirvió por sí mismo de ese bien tan preciado sin el que no podemos vivir. Un suspiro de alivio salió de mi boca. Al parecer todo mi cuerpo agradecía volver a probar ese agradable bálsamo invisible.

El sordo sonido que dejé escapar llegó hasta los agudos oídos de la bestia. Un silencio inminente me heló la sangre. Volví a retener el aire, pero era tarde. Me había oído. Ya no le hacía falta emitir esos ruiditos con su enorme nariz, yo se lo había puesto en bandeja. Su cacería había llegado a su fin.

Apartó con brusquedad los arbustos que nos separaban. Su desagradable olor me dio una vaga idea de la inmensidad de su monstruosidad. En ese momento deseé que todo llegase a su fin: mi muerte. Pero no ocurrió, sino que entonces el ser emitió un espeluznante rugido, a modo de saludo, que anuló mis escasas ganas de seguir el protocolo social que me habían enseñado. Tragué saliva, pues el miedo se me había aferrado a la garganta, pero no cedí ante él. Nunca me había encontrado en una situación tan sobrecogedora, sin embargo, no fue lo suficiente como para echarme atrás. Yo jamás huía. Desde pequeña, papá me enseñó a no temer a aquellos que con su voz pretendían infundir terror; pues, según él, esa manera de actuar era, sin duda, propia de cobardes.

Me quedé quieta, esperando que terminara su particular saludo. Y cuando finalizó, abrí los ojos. No recordaba cuando los había cerrado o sí lo había llegado a hacer, el caso es que los párpados me impedían ver el rostro de mi verdugo. Mis ojos libres de ese obstaculizador velo se clavaron en los suyos.

La oscuridad que reflejaban casaba a la perfección con su desfigurado rostro. Todo en aquella enorme criatura, que tenía impasible ante mí, estaba roto. Su aspecto se componía de restos humanos. Su ojo izquierdo era de un penetrante tono zafiro que me permitía ver mi faz reflejada en él. En cambio, el derecho se componía de diversos tonos marrones con pequeñas motas más oscuras que le brindaban una ternura que en aquel momento no llegué a comprender. Sus gruesos labios no encajaban con su fino y poco marcado mentón. Sin embargo, cuando aunabas todas estas piezas percibías una belleza que a simple vista no aprecié. Y sentí como su ojo azul me miraba con miedo y el castaño con amor.

El ser me miró extrañado. Giró avergonzado su mirada y dejé de sentir el latir de mi corazón. No sabía cuándo exactamente este había empezado a palpitar enloquecido, pero cuando su mirada se alejó de mí, se detuvo. Observé unos segundos su lado izquierdo y percibí cómo de su ojo moteado nacía una lágrima, la cual se resignaba a separarse de su cavidad. Mi cuerpo hacía rato que había dejado de responder a mis órdenes, actuaba a su libre albedrío.

Mi mano se acercó lentamente a su rostro, con la finalidad de rescatar a esa tímida gota salada, que acto seguido se introdujo por los poros de mi piel, refugiándose en mí. El monstruo, tras vislumbrar mi inconsciente hazaña, posó de nuevo su mirada en mí. Cosa que agradecí. La echaba de menos. Y sonreí, pues en ese preciso instante tuve la certeza de que me hallaba frente a una criatura dulce e inofensiva.

Sus cejas, demasiado finas para la rudeza que presentaba su rostro, se alzaron asombradas. Nunca antes habían presenciado una sonrisa. Ese gestó despertó un sentimiento dormido en mí, y decidí, esta vez siendo consciente, acariciar las costuras que unían todas las partes de su rostro. Fue un momento mágico. Mis sensibles dedos, poco acostumbrados al trabajo, sintieron cada pliegue de su áspera piel. Y justo cuando reseguía la costura que unía sus labios con el mentón, me detuve. Mi mano empezó a temblar. En un principio creí que era miedo el sentimiento que me había invadido, pero me equivocaba, pues hacía rato que había dejado de mirarlo a través del ojo que juzga por el aspecto, que se rige por las normas de la sociedad, y lo observaba por ese otro que es capaz de ver el alma. Mi estremecimiento no era fruto del miedo, sino del amor.

Deseé seguir acariciando cada retal de su cuerpo, y de hecho, a juzgar por sus gestos, a él no le hubiese desagradado que continuase. Pero debía parar. Detenerme para asimilar lo sucedido.

El mundo a mí alrededor se había vuelto menos tétrico. La noche me pareció más clara y el eco de aquellos espectadores nocturnos se convirtió en una agradable banda sonora, que otorgaba mayor encanto a ese instante.

Bajé avergonzada la mirada, empezaba a sentirme una forastera en mi propio cuerpo. Mis sentimientos embriagaban mi mente, jamás había sentido algo tan fuerte e irracional a la vez.

Él, algo más seguro tras esos minutos de intimidad y cariño, me buscó con sus ojos. Ahora era él quien necesitaba mi mirada, quien me echaba de menos.

Colocó su mano bajo mi barbilla y la alzó obligándome a mirarle, y saciar así ese deseo que comenzaba a arder en su interior. Sus ojos empezaron a emitir un brillo que deslumbró mi alma. Y ese tono azul frío y temeroso que reflejaba su ojo derecho se convirtió en un calmado océano, que me invitaba a zambullirme entre sus aguas.

A su lado, me sentí segura. Y decidí silenciar la parte más racional de mi cerebro, esa que me susurraba, con tú voz, que no escuchase a mis sentimientos, y me perdí en la irracional, otorgándole la libertad que creyese conveniente para actuar. Ignorando tus advertencias de que dicha parte me arrojaría a una vida de incertidumbre y desdicha; me dejé llevar.

Mi inconsciente gesto de amor había iluminado su mirada y su alma resplandecía por primera vez, danzando en su interior como una bailarina de ballet, grácil y armoniosa. En ese momento, dibujó, o bueno mejor dicho, lo intentó, una sonrisa. Estaba poco entrenado, pero me comprometí a ayudarlo, pues ansiaba ver como sus imperfectos labios se vestían de felicidad.

A simple vista, era un monstruo, pero cuando dejabas a un lado todos esos prejuicios impuestos por la sociedad y lo observabas sin más velo que el de la inocencia y la pureza del alma descubrías cómo de cada costura que unía los retales que conformaban todo su cuerpo brotaba la belleza que colmaba todo su interior.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pues decidí optar por la vía menos apropiada para mí. Pero no me arrepiento. Ya que ha sido precisamente su dudoso y arriesgado camino el único que ha embriagado de dicha mi vida, e inundado de amor mi corazón.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pero esa razón no servía para mí. Tú razón y yo no éramos afines. Siempre discrepamos. Pero quiero que sepas que no me arrepiento de haber decidido por mí misma andar por esta senda de la mano de ese monstruo, que tras haber sufrido el rechazo de todos, incluido el de su propio creador, Víctor Frankenstein, estaba dispuesto a quitarse la vida, sin haber conocido aún el amor.

Quizás, mamá, no era el porvenir que habías imaginado para mí, pero es el que yo elegí. Y espero que, algún día me perdones por coger su mano y caminar junto a él sin temor al futuro. Pues con él, todos mis miedos se desvanecen.

No sufras por mí, yo estoy bien. Estoy viviendo en un cuento, el cual fue concebido, por su autora, para infundir terror en sus lectores y que sin embargo ha inundado el corazón de muchos de estos de ternura y amor.

Mi monstruo no es como muchos a lo largo de la historia lo han etiquetado, sino que es el monstruo más bueno del que jamás en la historia de la literatura y de mi corazón se haya escrito.

Mamá, no me busques hasta que comprendas la profundidad que alberga esta carta. Léela a través de ese ojo que ve las almas. Y cuando sientas que sin la mirada de papá no podrías vivir, búscame. Solo entonces habrás comprendido mi escrito.

No dudes de mi amor por ti, pues este sigue latiendo con la misma intensidad de siempre. Solo necesita un descanso, quizás un tiempo sin que nuestras miradas se entrecrucen para poder echarnos de menos y entender la inmensidad de nuestro cariño.

Espero poder presentarte a tu nieto, el cual está deseando conocer a su abuela. Dale recuerdos a papá, y sed felices juntos pues eso, mamá, es lo único que importa en la vida.

“Es verdad que seremos dos monstruos, dos criaturas diferentes al resto de la humanidad, pero es esa característica precisamente, lo que construirá el lazo que nos unirá.”*

 

Con cariño, la joven que se enamoró del monstruo.

Tu hija.

 

*Citas extraídas del libro de Mary Shelley, Frankenstein.

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