Mi dulce Bestia

“El camino de la vida te puede llevar por sombríos senderos, pero si aguardas con paciencia, la persona menos esperada vendrá en tu rescate.”

A lo lejos siento como la grave voz del órgano, entonando su melodía, se sincroniza con mis pasos. En este preciso instante, todo mi ser deja de existir, y es su alma la que me sostiene. Alzo mi mirada con cierto temor de no encontrarlo al final del pasillo, pero ahí está, envuelto en un aura que resalta su belleza, esperando mi llegada. Un recorrido que al disfrutarlo como meros espectadores parece corto, pero cuando tú eres la protagonista se alarga, y se vuelve eterno. Sé que no volveré jamás a mirar hacia atrás, el futuro que estoy a punto de abrazar es un sueño hecho realidad, pero mientras avanzo hacia él, una parte de mí viaja al momento en que nuestros caminos se cruzaron por primera vez.

Giro mi mirada hacia el anciano rostro de mi padre, nunca había reparado en porqué este paseo se debía hacer acompañada, hasta ahora. Él es quien mantiene mis pies en la tierra, mientras mi mente se sumerge en un mar de recuerdos atesorados, como hermosas perlas en el interior de sus conchas, en un rincón especial de mi corazón.

Todo empezó una mañana de otoño, las ramas desnudas de los arboles rechinaban a causa del frío, y los ruiseñores, ave que alegra con su canto nuestra alma, se hallaban mudos. Y cuando el silencio presidió mis oídos, el inquietante silbido del viento, acechando mi presencia, me dio su particular bienvenida. Nada más entrar en el recinto de aquel antiguo caserón, empecé a notar como se estremecían mis piernas. Alcé la mirada, nunca antes me había acercado tanto a esa casa. De niña escuché muchas historias que la gente del pueblo contaba de su propietario, por aquel entonces me las creí, a pesar de la gran dosis de imaginación que las alimentaba. Pero cuando empiezas a tener cierto criterio, y a entender que la fantasía tan solo se halla en los libros, el escepticismo anida en tu interior, y, aunque este es uno de los procesos más difíciles de aceptar, acaba posando tus pies infantiles sobre la hostil tierra de los adultos. Ya no temía a aquellos terroríficos cuentos que, como niebla espesa, oscurecían ese lugar. Cuando creces —y esta es otra dificultad de la madurez— te das cuenta de que a lo único que debes temer es a la vida. Ella es, sin lugar a dudas, tu enemigo más imprevisible y cruel; un severo villano con el que has de convivir, y que, con el tiempo, acabas aceptando.

Cubierta únicamente por una fina capa de lana, que yo misma había tejido, me presenté en el lúgubre umbral de su casa con mi mente puesta en el único motivo que me había llevado hasta allí: mi enfermo padre. Llevaba meses sin poder comprarse su medicación, nuestra situación económica cayó en picado en el momento en que, debido a su enfermedad, le echaron del trabajo, y en consecuencia dejamos de percibir nuestra única fuente de ingresos.

Al llegar al suntuoso pórtico, me sentí tremendamente pequeña, como una hormiga bajo la sombra de un árbol. Alcé mi mano con la intención de golpear el portón pero, en ese momento, aquellos cuentos infantiles regresaron a mi mente, provocando un irracional terror que embriagó mi ser, y paralizó mi gesto. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Y cuando estaba a punto de volverme a casa, dispuesta a desechar el último resquicio de vida que le quedaba a mi pobre padre, la puerta de su enorme castillo se abrió.

«¿Me ha sentido?», pensé confundida. Tras la enormidad de aquel pórtico de hierro, que impedía cualquier contacto con el exterior, y mantenía a todos los que osaran acercarse alejados, lo vi por primera vez. Sus zapatos brillaban tanto que creí ver mi miedo reflejado en ellos, y su traje caía sobre su solemne cuerpo realzando su figura, y otorgándole una hermosa imagen. De repente me entró un deseo irrefrenable de continuar ascendiendo hasta su rostro, pero al llegar, percibí como si un viento gélido, frío cual invierno en Alaska, chocase contra mí.  Su imponente presencia me hizo sentir insignificante, a su lado yo no era más que un asustado cervatillo a punto de entrar en las fauces del lobo. Mi corazón latía con vehemencia «¿Por qué? ¿Qué me está pasando? ¿Qué me está haciendo?», decía para mis adentros, furiosa por el desmedido furor que ese misterioso hombre había despertado en mí.

En ese instante, mis mejillas empezaron a ruborizarse, y al notar el calor del fuego en mi cara, me armé de valor y clavé con decisión mi mirada en la suya y, entonces, supe que mi vida no volvería a ser la misma. Sus profundos ojos verdes derritieron ese hielo ártico que todo su cuerpo parecía exhalar, y me permitieron penetrar durante escasos segundos en su interior. Su helor taponó mis fosas nasales. Mi respiración empezó a agitarse, impidiendo que me llegara la cantidad suficiente de oxígeno a los pulmones; empezaba a sentirme mareada cuando, al fin, abrí los ojos, y una lacerante oscuridad me hizo recordar a ese siniestro ser sin alma que alimentaba las leyendas de mi infancia. Su grave pero a la vez dulce voz me sacó de mi ensoñación.

—¿Qué desea? —dijo deseoso por despacharme de su vista.

—Yo… —titubeé, la mente se me había nublado hasta casi olvidar el motivo de aquella inoportuna visita— he venido por el puesto de trabajo.

Aquellas palabras debieron de desarmarle de cualquier arma que, preparado para alejar a todo ser vivo de su persona, poseyese; pues tardó unos segundos en encontrar la respuesta adecuada.

—¿Es usted la interesada? —dijo buscando a mi alrededor a alguien al parecer mejor cualificada para su trabajo que yo.

—Sí.   

Después de aquel primer encuentro, y aunque noté que mi presencia le irritaba, me permitió quedarme con el trabajo; hecho que me permitió volver a abrigar una esperanza, que llevaba mucho tiempo sin más cobijo que el desalentador porvenir que le esperaba a mi padre. Fue a partir de ese momento cuando mi joven corazón, hasta entonces inocente y desconocedor de su poder, empezó a despertar de una larga y dura hibernación; hambriento, y con ganas de conocer ese nuevo mundo que acababa de descubrir.

Los días transcurrieron sin mayor sobresalto, pues cuando yo llegaba cada mañana para limpiar su imperioso castillo, él se mantenía encerrado en su habitación, aguardando que la soledad, oculta debido a mi presencia, volviese a custodiar su hogar. «¿De qué se esconde?», pensé deseosa por saber qué motivos podía llevar a aquel apuesto hombre a alejarse, con tal rotundidad, del mundo.

Una mañana, cansada de esperar, día tras día, volver a ver aquellos hipnotizadores ojos verdes, decidí dirigirme a su cuarto, situado en la parte más alta de la casa. A medida que subía las escaleras, la luz que iluminaba el gran pasillo era más tenue hasta que, al llegar por fin a la última planta, y encontrarme frente a la única estancia del piso, dato que me facilitó localizar su morada secreta, la oscuridad cubrió por completo mi delicada figura. Extendí mi mano con la palma abierta, hasta tocar la vieja madera que revestía la puerta, con gran delicadeza. A través de las yemas de mis dedos penetró un intenso calor, que subió hasta cubrir toda la mano. Me asusté, era como si al otro lado se estuviese incendiando la sala. Un agudo dolor me atravesó el pecho, ¿y si está en peligro?, pensé aterrada. La golpeé con ímpetu, haciendo saltar algunas astillas cubiertas de polvo. La idea de que algo malo le sucediese despertó mis verdaderos sentimientos. Esperé unos segundos, deseando recibir cualquier respuesta suya, pero nadie contestó a mi llamada. Allí arriba todo era mucho más intenso: el frío, el silencio y… su respiración. Se hallaba justo al otro lado. Su soledad abrumaba mi alma, «¿Quién desearía tener por compañía la melancolía?», pensé. Y tras pasarme cerca de media hora embebida en esa melodía, que me regalaban sus inspiraciones y aspiraciones, desistí en mi intento por volverlo a ver.

Al día siguiente me sorprendió verlo en la sala de estar sentado, leyendo un libro. Al llegar lo saludé con timidez, me alivió verlo sano y salvo y, en cierto modo, acompañado al menos por unos personajes que esperaba le estuviesen haciendo más llevadera su aislada vida. Me giré para ver si correspondía a mi saludo, pero no alzó la mirada de su apasionada lectura; mi presencia le era indiferente. Empecé a caminar dispuesta a comenzar mi jornada laboral, y a olvidar esos ojos esmeralda que cada noche me robaban el sueño, cuando de soslayo percibí como apartaba una fracción de segundo su mirada de su interesante libro para dirigírmela a mí. «Quizás no me odie. Quizás me rehúya por temor. ¿Pero a qué puede temer un hombre como él?». El hilo de mis pensamientos mientras subía las escaleras que me llevaban al ala norte del castillo, me permitió soñar por unos segundos que él pudiera sentir algo por mí. Aquella mañana con mi coraje alimentado por aquellos sentimientos poco creíbles de un amor que jamás existiría, me dispuse, una vez hube acabado de limpiar todas las habitaciones, a saciar mi curiosidad. Ascendí por las escaleras, oculta entre la densa oscuridad que acompañaba mis pasos, hasta llegar a su refugio. Al colocar mi mano en el picaporte volví a sentir el calor sofocante que desprendía aquella sala y, sabiendo que el amo no se hallaba cerca, lo giré empujando hacia su interior con todas mis fuerzas.

Una incandescente luz proveniente del centro de la habitación me impedía ver qué se ocultaba en aquel extraño lugar. Y aunque sentía grandes deseos por entrar, emergía de  aquella sala una fuerza demasiado potente que me lo impedía. «¿Pero el qué…?». Un grito feroz interrumpió mis pensamientos. La puerta se cerró de repente, y tras de mí, apareció, emanando ira por todo su cuerpo, el dueño de la habitación.

—No puedes entrar aquí —me dijo encolerizado. Con cada sílaba que emergía de su boca pude presenciar la rabia que yo había despertado, después de años adormecida en su interior. Sus ojos ya no me parecieron cálidos sino gélidos y severos.

—Pero yo… —titubeé, mientras bajaba mi mirada— solo quería limpiarla, señor.

—No. Esta habitación, no. Limpie el resto de salas, o mejor por hoy puede marcharse.

—¿Yo… —volví a enfrentarme a sus ojos— puedo saber por qué? —Llevaba trabajando semanas, y jamás había osado preguntarle nada, pero aquella milésima de segundo, que le robó a su tranquila lectura para invertirla en mí, me armó de valor.

—No, debería.

—Pero, ¿me lo diría?

—No.

—¿Por qué?

—No le incumbe. Ahora, si es usted tan amable, márchese, señorita…

—Abigail. —«No sabe ni siquiera cómo me llamo», pensé afligida. Su mirada se tornó cálida como un sol de agosto, «¿quizás mi reacción haya causado este cambio en él?» .

Cerró los ojos, noté como exhalaba un fuerte suspiro cargado de temor, y me miró, dejando entrever una misteriosa oscuridad. Me asusté. Hice un intento de huir, «debería haberlo hecho antes, cuando él me lo pidió», pensé. Pero entonces su mano rodeó con suavidad mi brazo impidiendo que me marchase.

—No se vaya —me pidió.

—Nunca —me acerqué a él de un modo que podía sentir el veloz latido de su corazón contra mi pecho.

La oscuridad que desprendía su mirada se había atenuado. Su cercanía me propinaba una seguridad que nunca antes había sentido; mi temor desapareció. Me cogió con delicadeza la mano. Abrió la puerta de su habitación. La luz cegó mis ojos, y noté como me introdujo en ella.

—Abra los ojos —me ordenó con dulzura.

Por fin supe de dónde procedía aquella incandescente luz. Una esfera luminosa flotaba en medio de un jarrón de vidrio, colocado del revés sobre una pequeña mesita que había en el centro de la sala. «¿Qué significa esto?», pensé incrédula ante la insólita magia que mis ojos presenciaban. Después de estar tantos años luchando contra mi fantasiosa imaginación, pues era supuestamente lo que debía hacer una joven de mi edad, comprendí lo equivocados que estaban los adultos.

—Esta es mi alma, señorita Abigail. Tras haber sufrido lo suficiente, un día decidí desprenderme de ella, y evitar así el dolor. Sí, de esta manera no llegaría a ser una persona completa; no podría sentir emociones, ni amar —dijo volviendo a posar sus intensos ojos verdes sobre los míos— pero su presencia —dejó que un intenso silencio nos envolviese. Pude ver en el brillo de su mirada la airada lucha que estaba teniendo lugar en su interior— la ha reavivado y podría decirse que hasta curado. —Se acercó a mí, y me entró un deseo irrefrenable de acariciar su rostro. Pero al alzar mi mano, él se alejó.

—Pero si he sido capaz de sanarla, ¿por qué no sé deja sentir de nuevo?

—Porque tengo miedo de volver a sufrir.

—Le prometo, señor, que jamás permitiré que eso ocurra. Me acerqué a su rostro, y le besé. —Noté como un intenso calor nos envolvía, dirigí mi mirada hacia la extraña esfera luminosa, y vi como esta estallaba liberándose de su cárcel para volver a iluminar su corazón.

Por fin, tras un largo y apacible viaje por mis recuerdos, llegué al final del pasillo. Me coloqué junto a su cálido cuerpo. Mi padre se desprendió de mi mano para entregarme a él. Le miré a los ojos y respiré feliz al pensar que nuestras almas nunca más volverían a estar solas. Pues aunque percibí su soledad nada más divagar por su mirada, no reparé en la que, durante años, embriagaba mi corazón. El monstruo que protagonizaba esas tenebrosas leyendas no era más que el príncipe azul que la sociedad, debido a su ignorancia en los cuentos de hada, había ensombrecido. Y con nuestros votos de amor sellamos ese dolor que atormentaba nuestras almas.

Fin

Publicado en relato y etiquetado , , , , , , .

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *