Nadie se enamora de las feas

Formar parte de la clase más bien poco agraciada físicamente de la sociedad no es fácil si eres enamoradiza y crees en el amor verdadero como es mi caso, pues con el tiempo te das cuenta de que todo gira en torno a la imagen, o eso creía hasta que tú pusiste patas arriba todo mi mundo. 

—¡Ei, Carla!, ¿ya sabes de qué vas a hacer el trabajo de investigación? —me preguntó Gisela, mi mejor amiga, justo antes de que empezasen las vacaciones de verano, justo antes de empezar mi último curso de bachiller, justo antes de que aparecieras tú.

—Eh… —dije mientras recogía todas las cosas que había ido acumulando durante todo el curso escolar en mi taquilla, y a la vez miraba de reojo al último chico al que le había echado el ojo del instituto: Mario, una de las últimas incorporaciones de este año, una sorpresa inesperada que apareció justo cuando me estaba desenamorando del guaperas de Bruno, el chico más prepotente que jamás había conocido.

Mario era muy diferente al resto de chicos en los que me había fijado, cuando llegó creí imposible que me fuese a enamorar de él, pero tengo un problema, y es que me enamoro de todo chico que me dedica queriendo o sin querer media sonrisa. Sin embargo, no era tan diferente como creía, él tampoco se interesó por mí. Estaba coladito por Paula la actual novia de Bruno, la chica más guapa y creída del instituto, ideal para Bruno.

—Creo… que… —empecé a decir mientras observaba como Mario se hacía el remolón mientras Paula a su lado vaciaba su taquilla. Suspiré— Voy a corroborar una teoría en la que llevo años trabajando.

—¿Cuál? —Gisela se giró de golpe para centrar toda su atención en mí. Me conocía lo suficiente para saber que mi sexapil era más bien nulo.

—Que nadie se enamora de las feas —dije tras lanzarle una mirada rápida a Mario y bajar la cabeza al suelo afligida.

—Tú no eres fea, Carla. —Mentía, lo decía para no herir mis sentimientos. «Vale, quizás no sea fea, pero tampoco guapa».

Decidí responderle con mi silencio, no quería seguir aquella conversación, ya sabía como acababa: ella siempre me decía todo lo bueno que yo tenía, y yo nunca conseguía verlo. Estaba cansada, deseaba alejarme durante unos meses de la gente de mi edad. Al menos con mi familia no me sentía la fea, entre ellos incluso me sentía agraciada. El verano era mi época de desconexión, un periodo para recuperar mi autoestima, y recargar fuerzas para el siguiente curso. Solo que ese verano, no fue exactamente como los demás. Ese verano apareciste tú.

Como cada año mi familia y yo nos fuimos a veranear al pueblo, no te digo el nombre tú ya lo sabes, además aunque lo dijese nadie lo conocería. Es uno de los pueblos menos habitados y más recónditos de toda Andalucía. Sin embargo, fue en aquel inhóspito lugar donde nos encontramos.

Yo releía uno de mis libros preferidos, El diario de Bridget Jones, cuando de repente pasaste por delante de mí, y me llenaste la toalla de arena. No sabes qué rabia me dio. Odio el tacto de la tierra en mi piel. Me había costado casi cinco minutos, sin exagerar, tener la toalla perfectamente limpia de esos indeseables granos, y en menos de un segundo las pequeñas partículas que desprendías al caminar, esas que lanzáis los chicos guapos para hechizar a las chicas, invadieron mi mundo.

Desde ese día, sin que tú te dieses cuenta, me pasé los minutos, las horas, los días con el libro abierto por la misma página, sin avanzar ni una línea. La única historia que me interesaba era la tuya. Me perdí en ti, dejando a Bridget en un segundo plano. Y aunque a veces me entraban ganas de meterme en el agua, pues el calor apretaba con fuerza, no podía permitírmelo. Si ya de por sí, sin que estuvieses tú rondando por allí, me costaba realizar el pequeño trayecto que había de la toalla a la orilla, pues me sentía expuesta a las miradas de la gente. Mi cuerpo no era ni mucho menos como el que siempre había soñado tener, ni siquiera se acercaba al de las demás jóvenes que se encontraban jugando en la orilla. No, ellas no tenían por qué avergonzarse. Ellas sí que podían exhibirse, yo no. Por eso, mientras tú estabas allí, nunca me levanté de la toalla para darme un baño, no me atreví. Pensar que tú me seguirías con la mirada hasta la orilla, por muy egocéntrico y poco probable que este pensamiento me pareciese, la mínima posibilidad de que esto pasase, me aterrorizada.

Pero ese día, el calor apretaba más de la cuenta, yo me confié. Llevaba rato buscándote, sin éxito. No estabas. Así que decidí dejar el libro sobre la toalla, total no creo que Jones se fuese a mover de la escena en la que por mi culpa llevaba anclada días, y sospechaba que al menos hasta que tú te marcharas allí seguiría.

Me puse de pie, crucé mis brazos sobre el estómago, sabía que era una tontería, sabía que me estaba exponiendo más de lo que deseaba, pero al menos esta postura me confería cierta seguridad. Una seguridad que mi baja autoestima había masacrado.

Sentí como el agua cubría poco a poco mis pies, y las miradas de la gente me desnudaban. Creí escuchar sus burlas, pero no estoy segura del todo, a veces incluso, creo percibir sus pensamientos con respecto a mí; siempre negativos.

Me zambullí rápidamente, a pesar del contraste del frío del agua y el calor del exterior, no me lo pensé. Prefería estar dentro congelada a tener medio cuerpo fuera y que me siguieran mirando. Ese instante mientras buceaba, sin escuchar la voz de nadie, simplemente saboreando el silencio y la soledad era el que más me gustaba.

Al sacar la cabeza del agua, para coger aire, me choqué contra alguien. Me puse muy nerviosa, sentí como mis flácidas carnes habían colisionado contra un cuerpo robusto. Me sentí una vaca, una morsa…  Sin embargo, al girarme y verte, esos pensamientos desaparecieron.

Tu mirada no era como la de los demás, tú me mirabas de forma distinta, tú veías en mi algo que el resto de personas no veían. ¿Pero el qué?

Tus ojos no se despegaban de los míos, no parpadeabas, tan solo me contemplabas ensimismado como si yo fuese una hermosa sirena que te había embrujado.

Cuando recuperé la razón, cuando mi corazón recobró sus latidos y mi garganta la voz, te pedí perdón.

—¿Por qué? —me preguntaste dibujando una media sonrisa, que me hizo sospechar que tú ya sabías el por qué.

Tu media sonrisa acabó de rematar lo que días atrás tus partículas empezaron a forjar en mi interior.

«Mierda», pensé. Mi media de enamoramientos crecía, lo que conllevaba a un dolor mayor en menos tiempo. Mi corazón no me dejaba un respiro.

—Por chocar contra ti —dije sin entender muy bien tu juego.

—¿Y si no has sido tú quien ha chocado contra mí, sino yo contra ti? En ese caso el que se debería disculpar sería yo.

Tu razonamiento me dejó sin palabras, siempre había pensado que la culpa de todo lo que ocurría a mi alrededor era mía; nunca nadie me había hecho pensar lo contrario, excepto tú.

Mi silencio fue la única respuesta sensata que hallé. Me correspondiste con una sonrisa que iluminó todo mi mundo.

Ya había caído. Ya era tuya.

—¿Creí que le tenías alergia al agua?

Eché mano de nuevo a mi estrategia de no decir nada, como ya me había pasado muchas veces, era preferible no hablar a meter la pata, práctica que por desgracia cometía más de lo deseado.

Me encogí de hombros.

—El libro que estás leyendo debe de ser muy interesante.

Aquella afirmación me hizo pensar que igual yo no había pasado tan desapercibida para ti como pensaba.

Asentí.

–¿Cómo se llama?

Me daba vergüenza decírtelo, no me avergonzaba del libro en sí, pues considero que su autora es una escritora increíble, pero sí de que me gustase, precisamente, a mí. Yo, una chica tan similar a su protagonista, no me hace falta leer este tipo de historias, ya que mi vida es un calco de la novela, en ocasiones, incluso mucho más deprimente. Pero al ver que hay, al menos en el ámbito literario y enclaustrado entre las hojas de un libro, un personaje tan particular como yo, me hace sentir un poco mejor.

—El diario de Bridget Jones.

Te quedaste callado unos segundos. Vi como tus ojos se habrían poco a poco cada vez más, y tus pupilas se dilataban, parecías emocionado.

—Me encanta —dijiste.

Y entonces lo supe, comprendí por qué te habías fijado en mí. Estaba claro, blanco y en botella. Eras gay.

Sonreí. Todo cuadraba. Me sentí tan tonta por haber, aunque tan solo fuese por unos segundos, imaginado que yo te podía interesar.

—Entiendo.

—¿El qué? ¿Qué entiendes?

—Pues que tú… bueno tus gustos… son… —Un repentino calor empezó a subir por todo mi cuerpo hasta incendiar mis mejillas.

En ese momento te echaste a reír a carcajadas, me desarmaste. Volví a perder el norte, volví a no comprender nada.

—No soy gay, si es lo que estás pensando.

El incendio, que se había extendido por todo mi ser, estalló. Ya no hacía falta llamar a los bomberos, era demasiado tarde.

Bajé la mirada hacia el agua. Ese día se hallaba más calmada de lo normal, las olas casi no se percibían.

En ese instante, me alzaste con suavidad la barbilla, esa fue la primera vez que nos tocamos, bueno la segunda sin contar el escabroso choque de mi grasa contra tu músculo, y lo soltaste, haciendo añicos la sólida tesis que llevaba años demostrando. Me dejaste sin argumentos. Todo cuanto creí cierto, lo tiraste por tierra. Mi trabajo de investigación del próximo curso se hallaba pisoteado bajo tus pies, por culpa de dos simples palabras, que alteraron todas esas partículas de ti que ya habían anidado en mi corazón.

—Me gustas —susurraste, antes de besarme.

Llevaba toda la vida equivocada. La belleza no se halla, como me hicieron creer, en el exterior, sino en el interior.

Gracias por refutar mi teoría, nos vemos el próximo verano.

Fin

 

 

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