Nostalgia

La ciudad ha despertado presidida por la radiante luz del sol. El cantar de los pájaros sobre las ramas de los arboles hace las veces de despertador para los más madrugadores. Hoy todo el mundo me sonríe. He soñado demasiadas veces con este día, todo está planeado hasta el último detalle en mi mente. Todo, menos un extraño sentimiento que crece en silencio en mí interior.

No he pegado ojo en toda la noche, debido a la presencia del imponente traje que me acecha frente a mi cama. Ese vestido es como la tentadora portada de un buen libro: su exterior te muestra parte de su belleza, pero es en su interior, donde se oculta su verdadera hermosura. Del mismo modo que hay libros que te cambian para siempre, cuando este vestido cubra mi cuerpo empezará la magia: primero un sutil cosquilleo en mi estómago, luego un temblor de piernas, y antes de que me haya dado cuenta, habré cambiado.

Tardo hora y media en desayunar, peinarme con la ayuda de las temblorosas manos de mamá y la risa nerviosa de mi hermana pequeña y, al fin, vestirme. Me dirijo hacia el espejo que se encuentra en el dormitorio de mis padres, con cuidado de no tropezarme con la falda, y sujetando la cola para no ensuciarla. Irónico, ¿no? En menos de cuarenta minutos este trozo de tela, de un blanco cegador, estará deslizándose por el suelo como una serpiente acechando mis pasos. Una vez frente a él, aún con la mirada posada en mis pies, puedo atisbar por la parte alta del ojo el reflejo de mi vestido, su sugerente color perla me incita a llevar mi mirada hacia él. Y es en este preciso momento cuando me doy cuenta: hoy es el día.  Antes, todo eran sueños, suposiciones, planes y augurios que, como una melodía, me trasportaban a una realidad paralela y que, mientras miraba embebida mi reflejo, a colisionado con la mía.

Ambas realidades superpuestas, ahora, caminan sobre el mismo rail. La chica del espejo me mira, parece asustada, «¿por qué? Si hoy es tu día», le digo mentalmente. Leo el brillo de esos ojos aterrados que, a través del cristal, me muestran mi alma. Y es entonces, cuando veo la otra cara de este viaje que estoy a punto de emprender: tan solo dispongo de un billete de ida. «¿Cómo se sabe si el destino elegido es el adecuado, si es el que en su día alguien escribió para ti, o si, estás robando el de otro? ¿Qué pasaría si la vida fuese como un tablero de ajedrez donde cada pieza tiene una función y tú, que eres la pieza más pequeña, solo pudieses hacer un único movimiento hacia delante? ¿Estoy haciendo la jugada que me llevará a la victoria o a la derrota? ¿Por qué nadie nos previene, como hace un libro a lo largo de su argumento, del desenlace?» Mi vida nunca ha sido, como se suele decir, un camino de rosas, pero de todo he salido a flote. Así que imagino que la dirección de mi billete, hasta el momento, ha sido la correcta, pero ¿y si ahora no?

Siempre he temido tomar decisiones por mi cuenta y, en cambio, en esta ocasión lo hice. Sin pensar, le di mi sí. Sin antes reflexionar sobre todo lo que ese pequeño monosílabo significaba. Los gritos de mi hermana pequeña me hacen volver al reflejo de esa… niña, chica, mujer. No estoy segura de lo que soy. Todo ha pasado tan rápido. Un día estás jugando con tus muñecas, y al siguiente estás frente al reflejo de una mujer en apariencia madura, sin miedos y con las ideas claras, pero que bajo esta apariencia tiembla de terror.

Dulce, mi hermana pequeña, entra de repente en el cuarto y mi corazón da un vuelco. Su ímpetu espanta parte de mis pensamientos. Le dirijo mi mirada, y al atisbar su media sonrisa, señal de que acaba de hacer alguna travesura, me relajo. Envidio esa inocencia que aún la envuelve, y ese atrevimiento que ha heredado de mi padre. Yo, por suerte o desgracia, me parezco más a mi madre. Al pensar en ella, me doy cuenta. Ella también le dio el sí quiero a papá y, un carrusel de imágenes de ambos desfilan por mi cabeza, eligió el destino correcto. Quizás a mí me ocurra lo mismo. La pequeña corre hacia mí, sin ningún cuidado de no mancharme el vestido, pero la dejo; es así como debe ser. No hay nada en la vida que perdure para siempre. Con el tiempo todo se mancha, se rompe, se arruga, siendo su significado lo único que perdura y mantiene su belleza.

Estoy lista. Bueno casi, llevo de nuevo mi mirada hacia mis pies, cubiertos con unas zapatillas hechas de toalla rosa. Por un segundo me imagino saliendo así de casa, y media sonrisa se dibuja en mi rostro.

—¿Mamá, dónde están los zapatos? —Grito, por si se encuentra al otro lado de la casa. 

—En la terraza, cariño. Te lo dije anoche —me responde utilizando el mismo método, es decir, chillando, pero con ese matiz tan característico de todas las madres.

Pongo los ojos en blanco. No soporto ese “te lo dije” que siempre acaba añadiendo al final de todas sus frases, siendo esta su muletilla estrella.

Me dirijo a la terraza. No recuerdo cuándo fue la última vez que salí con la luz del día acechando mi sombra. Cuando salgo de trabajar el sol ha dejado de poner en evidencia a estas tímidas figuras que en silencio nos acompañan, momento que aprovechan para ocultarse en la oscuridad que deja su ausencia. La noche tiene muchas cosas buenas, por ejemplo: sirve de refugio para las sombras. Pero no es el mejor momento del día para observar con minuciosidad lo que te rodea. Me alegra encontrármela tal y como la recordaba. Nada ha cambiado en ella.

Su suelo de color verdoso me transporta a aquellos años en que mi hermano y yo nos imaginábamos caminando sobre un impoluto y suave césped. Pero no está igual, es lo que yo quiero creer. Hay un momento en la vida en que desearías volver al pasado y detener el tiempo. Éramos tan felices jugando en ella, y ahora está tan solitaria, suerte que mi hermana todavía de vez en cuando le hace compañía, aunque no del mismo modo. Suspiro. Los tiempos cambian, y ahora los niños buscan la diversión en pequeñas pantallas electrónicas, dejando de lado esos juguetes que tantas emociones han despertado en mí. A mi izquierda, veo que el balancín sigue estando en su lugar, todo parece igual pero con ligeras diferencias, pues el sol, la lluvia y el viento, han desgastado la tela, haciendo que su azulado color se desvanezca. El tiempo no perdona a nada ni a nadie, transcurre dejando su huella sobre todo lo que toca. «¿Qué estoy haciendo? Llegaré tarde si me pongo a hacer inventario de todo lo que hay en la terraza», me digo a mi misma.

De repente me viene a la mente a qué había salido, ¡los zapatos! Aquí están. Sobre una mesita de madera en la que mamá tiene alguna que otra planta moribunda, pero que continúa regando, con la esperanza de poder salvarla con su cabezonería. Observo un instante mis zapatos: sin grabados, totalmente lisos; y con una simple lista que va sobre el empeine, como único adorno, sin florituras que disfracen mi personalidad. «Son tan bonitos», pienso mientras dirijo mi mano hacia ellos. Después de visitar todas la tiendas del centro comercial y de probarme decenas: con pedrería, brillantes, con más o menos tacón… hice la elección acertada; son perfectos. Bueno, al menos en algo estoy segura. Los cojo. A su lado veo un bote de cristal lleno de conchas de todas las formas y tamaños. Lo abro. Su olor a mar me traslada a todos aquellos veranos que pasé buceando en la playa junto a mi familia. Eran otros tiempos, no mejores, solo pasados.

—¿Cariño, qué haces? —me pregunta mi madre con los ojos entornados, cuando entro de nuevo al comedor.

—Buscar los zapatos —digo alzando la mano que los sostiene, y dibujo esa sonrisilla llena de perlas que le muestro para evitar una reprimenda.

Me siento sobre el sofá para calzármelos. Mi hermana pequeña no para de dar saltos sobre él a mi lado. «Yo hacía lo mismo a su edad», recuerdo. De hecho, este sofá tiene un gran hoyo en el centro, imagino que de todo el trote que mis hermanos y yo le hemos dado. El reloj que hay sobre el mueble empieza a dar las once. «¿Esa hora es ya?», pienso. Pero mis pensamientos vuelven a vagar por cada objeto, rincón, lugar… Llevándome hacia mis más remotos recuerdos. Junto al reloj veo una figura de cerámica, es una enfermera pintada en tonos pastel sosteniendo en brazos a un bebé recién nacido. Fue el regalo que papá le hizo a mamá cuando mi hermano nació. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de todos estos recuerdos que esconden los objetos de mi casa? Antes, quizás, de ponerme mi vestido eran simples objetos, ahora son pequeños fragmentos de una vida pasada, que estoy empezando a añorar antes si quiera de dejarla.

En este instante, mi hermano aparece por la puerta del comedor, rozando con los puntiagudos cabellos, que la espuma había ayudado a mantener firmes como las púas de un erizo, el marco de la puerta. «Madre mía, no ha llovido nada desde entonces», pienso al recordar a ese niño de mofletes hinchados, y con reflejos rubios pintados en su cabello, como consecuencia de los intensos rayos del sol que le caían encima cuando jugaba en la terraza.

Me pongo de pie con dificultad, aún no estoy acostumbrada a mis nuevos zapatos, pero es un día especial y aunque me hagan daño, no estoy dispuesta a quitármelos hasta la noche. En mi bolso he metido una caja de tiritas y pomada por si las moscas.

—¿Mamá, dónde está mi corbata? —pregunta mi hermano con su habitual expresión apática.

—En la tercera estantería del armario. —Miro a mi hermano y juntos gesticulamos la muletilla que segundos después suelta mi madre—. Te lo dije. —Nos reímos.

Recuerdo lo bien que nos lo pasábamos jugando juntos. Ya casi ni nos vemos. Bajo un segundo mi mirada afligida intentado aceptar que ya no somos unos niños. El tiempo nos arrastra sin pausa, los años pasan con rapidez, y por mucho que ahora sea tres palmos más alto que yo, siempre será mi hermano pequeño.

Me acerco de nuevo al espejo de la habitación de mis padres, el más grande que tenemos en toda la casa. Y observo con determinación mi imagen. «Ahora sí estoy lista. Creo».

Un pergamino colgado sobre la pared, que se refleja a la derecha, llama mi atención. Me giro. Mi típico gesto de ojos, vuelve a aparecer. «Claro, mi izquierda», pienso. Los nervios no me dejan pensar con claridad. Una sonrisa se dibuja en mi rostro al darme cuenta de la absurda escena. Menos mal que nadie me ha visto. Al fin, después de ese pequeño sketch humorístico, doy con él. Es un escrito que, hace años, le hice a mi madre. La verdad es que la amo con locura, a pesar de sus muletillas y sus chistes malos. Es mi madre y eso nada lo cambiará, «ni… este vestido, podrá separarnos nunca», pienso. Echo un último vistazo a mi reflejo. Vislumbro como un tímido brillo se apodera de mí, y termina por aflorar en forma de lágrimas, que se mantienen sujetas a mis ojos para no desvelar al mundo ese extraño sentimiento, que emerge por primera vez en este día tan especial.

Me abro paso entre las quejas de mi hermano, los lloros de mi hermana y los nervios mal disimulados de mi madre, para dirigirme a mi habitación. Mientras camino abstraída de todo lo que ocurre a mí alrededor me voy haciendo una lista mental: dejar las zapatillas, coger mi bolso, comprobar que lo llevo todo y… despedirme.

Para llegar a ella tengo que pasar primero por delante de la cocina. «¡Oh, no!», pienso. El olor a galletas recién horneadas sigue impregnando el ambiente. La afición de mi madre por hacer galletas ha llegado a convertirse en una obsesión. Una manera, imagino, de liberar sus emociones, y sentirse más aliviada. Anoche, con la excusa de que venían unas cuantas amigas, preparó una buena tanda de estas. Sus favoritas: las de canela. He de reconocer que le quedaron muy ricas, pero ¿por qué demonios las tubo que preparar ayer? Cuánto voy a añorar ese olor. Inspiro durante unos segundos todo ese aroma hogareño, con la intención de almacenarlo a lo largo de toda mi vida en mi memoria.

Por fin, después de varios minutos, sumida en mis recuerdos consigo salir de ellos. ¿Y para qué lo hago? Los lloros de mi hermana pequeña retumban por toda la casa. El resoplar de mi hermano se escucha, algo más sutil pero igual de claro, desde su cuarto. Y, como no, mi madre de los nervios intentando en vano mantener la calma.

Llego por fin a mi habitación. He estado evitando, de manera inconsciente, este momento. De hecho tengo la sensación de tener una casa enorme, pero nada más lejos de la realidad, casi no cubre los sesenta metros cuadrados. Parada frente a la puerta aún cerrada de mi cuarto, un repentino pensamiento vuelve a apoderarse de mí. De pequeña siempre había querido vivir en un enorme palacio como el de las princesas de mis cuentos, pero, hasta hoy, no me había dado cuenta de lo grande que podía llegar a ser un hogar visto desde los recuerdos. Suspiro. Pongo mi mano sobre el pomo dorado de la puerta, y antes de abrirla la observo. En letras de madera algo infantiles mi nombre preside la puerta: “CELESTE”. Siempre ha estado ahí, recordándome, día tras día, que lo que custodia tras ella me pertenece. Tras unos segundos me armo de valor, y abro la puerta.

La luz que entra por la ventana resalta el color rosa de las paredes, y esos dibujos, frases y nombres que pinté sobre estas, dándole a la habitación esa inocencia y fantasía, que continúan vivas en mi interior. Toda una vida impresa en acuarelas. Siempre me he sentido orgullosa de mi cuarto, pero hoy es distinto. El poder que impera sobre mí este vestido me recuerda que esta será la última vez que lo veré a través de la intensa sensación de posesión que solo una habitación de tu infancia puede generarte. Deslizo mi mano hacia la parte de la pared donde están grabados todos los nombres de mis animales y, mientras los releo en silencio, resigo con delicadeza cada letra con mi dedo índice: Quisi, Niko, Nelly, Hada, Mel, Buda, Baby e Hina. Uno sobre otro, en orden de llegada a mi vida. Escritos en distinto color, pero reflejando la misma carga sentimental en cada letra que en su día dibujé.

—¿Cariño, te falta mucho? —dice mi madre, mirando extrañada la mano que está acabando de reseguir el último nombre de la lista: Hina.

Mis ojos que llevan rato conteniéndose dejan escapar una tímida lágrima que trato de disimular. Todos estos sentimientos y emociones que estoy experimentando me avergüenzan. «¿Por qué me siento de este modo?», pienso. Al fin, le contesto moviendo de lado a lado mi cabeza, con cautela para no derramar más lágrimas.

—Bien. Si te parece, tus hermanos y yo te esperamos abajo. —Se acerca para darme un beso en la frente—. No hagas esperar más de la cuenta al novio. —Sonríe.

Escucho el sonido de la puerta al cerrarse tras ellos y, después, el silencio embriaga todo mi ser. Me encuentro sola con mis pensamientos, sin nadie que me ayude a escapar de ellos, y entonces dejo que mis ojos se desahoguen y esparzan por mis mejillas esa extraña emoción que ha conmovido mi corazón.

Me siento un segundo sobre mi cama. Tiene la consistencia perfecta: ni muy dura, ni muy blanda. Acaricio la colcha de punto que la cubre. Hace años que mi yaya, mi querida yaya, me la hizo. Sus colores ahora ya más desvaídos, y su tacto algo más áspero, me reafirman mis sospechas: el tiempo ha pasado como un leve suspiro y ya nada volverá a ser como antes. Mi infancia se ha ido desgastando como la colcha, ahora de ella solo me quedan sus recuerdos y… Un pensamiento me viene a la cabeza, me giro para mirar el lugar donde se encuentra el cabecero de la cama. Sobre la almohada, igual que hace veinte años, sigue esperándome Estrellita, mi pequeña yegua de peluche, con la esperanza de seguir compartiendo mis sueños.

El sonido del interfono me saca de mi ensoñación. Entonces me acuerdo. Mi boda. Me levanto de la cama, cojo el bolso, y me dirijo hacia la puerta de mi cuarto. Sin poder evitarlo, vuelvo mi mirada a la guarida que me había visto crecer. Suspiro, y, al fin,  me atrevo a cerrar la puerta, dejando bajo su custodia mi infancia.

Al bajar por las escaleras, me tropiezo con la larga cola de mi vestido, pero, por suerte, la única parte de mí que de verdad ha sufrido este pequeño traspié ha sido mi pelo. Intento colocarme de nuevo el tocado, y esta vez decido cogerme la cola para no volver a tropezar. Cuando dejo atrás el último escalón atisbo la muchedumbre que me espera fuera. Cierro los ojos y suspiro, esta quizás sea la peor parte de este vestido, pues no soporto que estén todos esos ojos puestos en mí.  Frente a mí están mis padres, mis hermanos, mi tío y mi yaya. Me emociono al verla de pie, tan solo con la ayuda de su cayado. Las lágrimas vuelven a hacer acto de presencia, pero esta vez, no las oculto; esto también forma parte de la magia de este vestido. Y tras ellos, un precioso coche de caballos me aguarda en la puerta. Miro a mi madre y vislumbro unas  pequeñas gotas resbalando también por sus mejillas, y comprendo que, a partir de este momento, por mucho que lo deseemos, ya no va a haber forma de parar nuestras lágrimas. Le sonrío. «Vaya dos», pienso, y ella me tiende su mano.


 

—Cariño, quiero que sepas que siempre voy a estar a tu lado. —Asiento con la cabeza, la intensa emoción me enmudece—. Y este siempre será tu hogar. —Me abraza transmitiéndome todo lo que me acaba de decir, y todo lo que con palabras no ha podido manifestar, pues  hay emociones que no se pueden expresar, siendo estas las que ocupan gran parte de nuestro corazón.

Juntas nos dejamos envolver por una atmósfera que nos aleja de ese vestido, de esa muchedumbre y de ese día, recordándonos que nuestro amor está por encima de todo esto. A solas ella y yo, vuelvo a sentirme como en esos primeros meses de mi vida que estuve en su interior. Se lo agradezco. Pues, aunque parezca absurdo, cuando estaba rodeada por toda esa multitud me ha embriagado la soledad. Pero sé que no estoy sola, y que jamás lo estaré; pues ella siempre estará conmigo.

Y es entonces cuando comprendo que nada, a pesar del tiempo, ha cambiado. Todo sigue igual que cuando nacemos. El tiempo tan solo desgasta nuestro físico, pero nuestro interior se mantiene intacto, igual que cuando éramos niños. Mi hogar seguirá siendo ese que me vio crecer, y yo seguiré siendo la misma niña soñadora de siempre. Aunque quizás algo más madura, ¿quién sabe?

¡Gracias por estar siempre a mi lado, mamá!

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9 Comentarios

  1. ¡Dios mío! He sentido escalofríos a medida que iba leyendo el relato. Eres muy tierna escribiendo. Me ha encantado 🙂 ¡Gracias por compartir esta dulzura!

    • Jajaja Gracias Elena la verdad es todo un elogio para mí recibir un cumplido tan de corazón como el tuyo. Y en estos momentos me viene muy bien para levantar los ánimos <3 Eres un sol 🙂

    • Gracias Mari, espero poder vivir pronto este dia nostalgico y a la vez hermoso día 🙂 Por la parte que te toca aunque tu hijo no sea tan expresivo seguro que lo vivís de forma parecida <3

  2. Es precioso ♥ Hay tanta realidad en este relato (aunque no todo es real XD)
    ¡Gracias a ti, hija mía! Siempre, pase lo que pase, estaré a tu lado.

  3. Nunca te cansas…
    De dejarme sin palabras? 😉
    Al igual que todos los demás, este me encanta.
    (siempre tendrá mi apoyo para lo que sea)
    🙂 <3 <3

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