Suspiros del pasado

El sonido del teléfono perturba mi tranquilidad. ¡Cómo lo he odiado siempre! Y más, después de tu última llamada.

 

—¿Sí? —contesté algo cabreado por el hecho de haber interrumpido ese preciado momento en que la tímida y, en ocasiones, escurridiza musa me visita para hacer que mis dedos se muevan sobre el teclado a una velocidad vertiginosa; el sueño de todo escritor. 

—¿Alejo? —dijiste con una voz vergonzosa, característica que me llevó a dudar que fueses tú—. ¿Alejo, estás ahí? —reiteraste.

Mi voz se negaba a salir, hacía años que no danzaba junto a la tuya. Y aunque creí que el tiempo te había borrado de mi memoria me equivoqué, no lo hizo, jamás lo haría. 

Al fin, conseguí emitir un leve carraspeo, sin intención alguna de aclarar mi voz  y hablar, solo quería hacerme notar, hacerte saber que estaba al otro lado de ese único medio que ahora mismo nos unía.

Respetaste mi silencio, lo entendiste y suspiraste.

Tu suspiro me transportó a través del tiempo, a una época en la que ambos suspirábamos juntos satisfechos de nuestro amor.

—Hola —conseguí decir al fin. No tenía mucho más qué decirte, tampoco;  tú sí.

—Solo… quería… —Me hablaba tu miedo, tu voz temblaba y pude sentir el rápido latir de tu corazón. No eras tú, te habías convertido en una mujer miedosa e insegura. «¿Por qué?»,  pensé. Jamás antes habías temido ni dudado nada, ni siquiera cuando decidiste poner fin a nuestra relación. —Pedirte perdón.

Nunca antes había escuchado esa palabra salir de tu boca, me sorprendió, más que si me hubieses dicho que habías decidido cambiarte de sexo.

Siempre que no sé qué decir, no suelo decir nada, así que eso fue lo que hice.

Silencio.

—Entiendo que esta llamada te extrañe, pero solo quería, a parte de pedirte perdón por todo el sufrimiento que te causé en un pasado, comunicarte que… —el silencio te robó la voz.

—¿Que? —dije algo impaciente ante tanta duda.

Suspiraste, conocía tus suspiros y sabía que no los emitías en vano.

—Que me estoy muriendo.

En esta ocasión mi voz dejó de existir. Tu noticia se la había llevado consigo. Tú te estabas muriendo, yo dejé de vivir cuando te marchaste.

—No… no dices nada.

«No», pensé.

No podía. ¿Qué se debe decir en tales circunstancia? La vida no me había preparado para esto: la muerte.

Siempre conseguías desarmarme, y en esta ocasión no fue diferente.

—Hace años que lo sé, desde antes incluso de que tú y yo… Pero creí que ocultártelo sería lo más fácil para ti, creí que con mi decisión protegería nuestro amor, que lo haría inmortal, pero me engañé. Y no quiero partir con el peso de la mentira, prefiero que ella muera antes que yo, para que no me guardes rencor y me recuerdes, del mismo modo que he hecho yo durante todos estos años, con cariño.

»No quiero que digas, nada. No hace falta que lo hagas, tan solo quiero que me escuches y me perdones, necesito irme en paz de este mundo y la única persona que me la puede dar eres tú.

Me amaba, me susurraba, una y otra vez, una voz dentro de mi cabeza.

Me despegué unos milímetros en teléfono de la oreja. Necesitaba respirar, volver a la realidad, a ese mundo que había conseguido o más bien malogrado crear sin ti, y darme cuenta que estaba vacío y que jamás volverías a llenarlo.

—Lo siento —insististe.

—Y yo —conseguí decir. Dos palabras, dos monosílabos, los mismos que te respondía cuando me decías que me querías. Era una respuesta al cuadrado y descifraste mi ecuación.  Y en ese momento, a través del auricular del teléfono me llegó tu olor, ese perfume avainillado que tanto odié en un pasado y que ahora era lo único que necesitaba para sobrevivir.

Estas fueron nuestras últimas palabras. No nos despedimos, no nos hacía falta, pues ambos sabíamos que volveríamos a estar juntos y en esta ocasión para siempre.

 

Regreso al presente, el teléfono sigue sonando, pero lo ignoro, ya sé qué me van a comunicar, ya sé que hoy te has ido, pero no, como muchos creen, para siempre.

Y mientras espero nuestro reencuentro, te suspiro.

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