Un deseo de navidad

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto, debido a las luces y los festejos navideños. Ali, que por aquel entonces tan solo tenía cinco años de edad,  se mostraba excitado debido a la legendaria existencia, según le contó su padre, de unos seres mágicos. Los cuales en tan solo una noche eran capaces de pasar por todas las casas del mundo para obsequiar con una onza de chocolate, únicamente —le remarcó con aire teatral— a los niños que habían sido buenos. «¿Yo he sido bueno, papá?» Le preguntó el pequeño con un ápice de preocupación en su voz. «Sí», contestó su padre sin demasiada demora. A pesar de la crudeza de los tiempos en los que le había tocado vivir, Ali era un niño muy agradecido con lo poco que tenía. «¡Chocolate, ni más ni menos!», pensó con los ojos iluminados por la emoción de volver, después de años, a saborear aquel dulce placer.

Su madre, en cambio, le contó que si durante esa noche del año pedias un deseo, uno —acentuó levantando su dedo índice— pues hay muchos niños en el mundo y debe quedar magia para todos, se te concedía. Seguidamente le narró como ella, en una ocasión, deseó que su papá regresara pronto de la guerra, y… al día siguiente nada más despertar, lo halló sentado en su vieja mecedora, y fumando de su pipa. «Claro que, —pensó— por aquel entonces la sonrisa de un niño era un tesoro que se debía custodiar con suma delicadeza». Pero la realidad era que la vida había cambiado, y los niños dejaron de ser los protegidos para convertirse en los más castigados de la sociedad. Era tarde para recuperar lo perdido. Los infantes que nacían en esas tierras carecían del derecho a vivir con dignidad. Niños destinados a la fuerza a convertirse en seres alejados de la mano de Dios, amparados únicamente por sus propias lágrimas; Ali, sin él saberlo, era uno de ellos.

Aquella noche, justo antes de que su madre, entre susurros, le desease “buenas noches”, y lo arropase con su colorida manta, el pequeño pidió su deseo. «Uno solamente» le dijo, nada más comunicárselo a los ángeles, a su madre. Esta, orgullosa, le sonrió. Y mientras acercaba sus labios hacia la frente de su hijo, este percibió como la suave melodía del eco de ese “dulces sueños” acariciaba su alma. Hasta que, al fin, su madre lo obsequió con su esperado beso de buenas noches.

Más tarde cuando todo hubo acabado su deseo llegó hasta mí, oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Entonces lo comprendí, yo era ese ángel que debía hacer realidad sus sueños.

Su madre, tras el amoroso ritual que día tras día profesaba, se levantó de la cama, y se deslizó con suma delicadeza hasta la puerta, e inundando la estancia con su inconfundible aroma, apagó la luz de la habitación. Se cercioró de dejar la puerta entreabierta, para que entrase ese pequeño destello procedente del candil que, desde el salón, iluminaba los sueños de su hijo, y se marchó.

Entretanto que llegaba Morfeo, para ofrecerle una salida esporádica de su realidad, Ali disfrutaba escuchando como el agradable murmullo, proveniente de la habitación de sus padres, ahogaba el miedo que el silencio de la oscuridad le propinaba. Segundos después, un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar, y adentrándolo  en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, dejando salir a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

El intenso fulgor del sol dibujaba sobre su morena piel hermosos reflejos dorados. La incandescente luz le impedía abrir los ojos, y trató de agudizar los demás sentidos en busca de algún peligro: un fresco aroma salino difuminó su congestión nasal, permitiéndole apreciar al máximo este desconocido aroma. La sensación de sentir la fina arena recubriendo cada angulación de sus pies, y el sonido de una vasta porción de agua, moviéndose en perfecta sincronía al son del aire, desconectó ese indicador de peligro que permanecía siempre alerta.

Trató de abrir los ojos, pero estos no obedecieron su orden. Sin embargo le mostraron lo que tras ellos se hallaba: un mar en calma perfilaba la línea que la costa había desdibujado a lo largo de los años. El eco de unas risas llamarón su atención, y al dirigir su mirada hacia el lugar de su procedencia halló, justo en la orilla, a sus padres. El pequeño miró hacia ambos lados, y aunque no advirtió  nada que le impidiese disfrutar de aquel magnífico lugar; tenía miedo. Los escasos momentos felices vividos a lo largo de su vida se ocultaban entre miles de penurias. Pero en aquella ocasión parecía distinto, a su alrededor no había nada amenazante: ni gente, ni bombas, ni armas. Y tras permanecer unos segundos embebido, en esa alegría que expresaban los rostros de su familia, soltó el hilo que sujetaba su miedo, como si de una cometa se tratase, y corrió feliz hacia ellos.

Por primera vez, se relajó, y dejó que la paz de aquel maravilloso lugar colmase su alma. La constante presión, que oprimía su pecho, desapareció. Al llegar, adonde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como un lazo hecho de diamantes: duro e irrompible. Ambos cayeron al agua, y la presión desapareció. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y, conscientes de que aquella realidad no era más que un sueño, se dejaron envolver por la felicidad.

De repente todo se difuminó. Como Ali bien sabía, la oscuridad siempre llegaba justo cuando la alegría alcanzaba su alma, y un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Hizo un nuevo intento por abrir los ojos, pero sus párpados se resistían a despegarse ¿Quizás por temor? Se llevó su pequeña mano al pecho, y se percató: la presión seguía comprimiéndolo. La paz lo había vuelto a abandonar. A lo lejos, los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos.

Esa noche, conocida como la más mágica del año, Ali dejó de forma abrupta su niñez para adentrarse en una etapa, para la que su pequeño cuerpo, y tierna mente no estaban preparados: la madurez.

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido, seguido de pequeños golpes y gritos, volvió a turbarlo, apagando ese resquicio de esperanza que su sueño avivó. Siguió llamando a su madre, pues siempre acudía a su llamada. «Siempre», pensó.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación, envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos, velados por la fina piel de sus párpados, le mostraron la realidad que lo arropaba. Fuera del umbral de su cuarto una gran nube de polvo, que engullía todo lo que encontraba a su paso, amenazaba con devorarlo también a él.

Toda su vida se hallaba bajo los escombros, incluidos sus padres. Se llevó sus suaves manos de niño a la cara, evitando así que la ceniza llegara a sus pulmones, y el hedor a muerte embriagase su inocente alma. Con los ojos aún cerrados se dejaba llevar por la horrible visión que las bombas habían dibujado ante él. Se esforzó, entonces, por evocar su casa antes del desastre, con el fin de romper la invisible línea que separaba la realidad de la ficción, y viajar al único lugar en el que había sido feliz: los sueños.

La pesadilla seguía acechándolo. Era imposible escapar de ella. Así que decidió, aferrarse al último resquicio de esperanza que le quedaba, y buscar a sus padres. Fue  inútil; las paredes de su dormitorio yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama, y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él y de toda su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada, por muy atronador que fuese, haría vibrar su tímpano. Ya no respondía a señal alguna, ni siquiera de su propia mente. El silencio volvió a presidir su corazón.

En ese momento la luz del dormitorio se encendió. Su madre corrió en su auxilio. «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos, esta vez sin ningún impedimento. Estaba transpirando. Las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo, y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había acudido a enjugar sus lágrimas, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo contra su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero, aun y así, continuó notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. Ella no desistió y, a pesar de la brutalidad de su rabieta, siguió abrazándolo.

Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó, y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado lo acechaba cada noche, convirtiéndolo en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños, hoy en día, continúa siendo real. Pero él, en cambio, tenía la certeza de que al despertar, ella —la mujer que no era su madre pero que sí que lo era— siempre acudiría a su llamada.

 

Un año después, la navidad, que lejos de ofrecerle tregua alguna a su dolor, llegó como un jarro de agua helada en invierno. Las festivas luces que se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, no iluminaban su alma. Su infancia murió, al igual que sus padres, bajo los escombros. Durante un tiempo, continuó albergando la esperanza de que al despertar ella estuviera, con su inconfundible perfume, junto a él. Pero toda ilusión se desvaneció con el paso de los meses; jamás volvería a percibir su olor. Y cuando lo aceptó, no tuvo más remedio que aferrarse al aroma que su nueva mamá desprendía.

Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, lo vistió, y lo llevó hasta el coche.

—¿Adónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre, dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión, y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento, el pequeño se dio cuenta de que, fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de su nueva mamá y de Murat, su nuevo papá, el pequeño llegó al maravilloso sitio. El hombre lo ayudó a quitarse la venda. El niño apretó con fuerza los ojos, para tratar de recobrar una visión nítida, y al abrirlos miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza, fundiéndose, esta vez sin temor, en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra que oscurecía su felicidad empezaba a esclarecerse. Aquel paisaje cubierto de nieve, y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. Para él no era un simple abeto, sino que era el vestigio de una magia que lo mantenía unido a su antigua familia, a sus recuerdos, a sus historias. Un hechizo proveniente del órgano más poderoso del mundo: el corazón.

Aún recuerdo, como si fuese ayer, su llegada al mundo: sus pequeños y velados ojos estaban impacientes por empezar a ver ese mundo que los envolvía. Un lugar hostil, y cargado de odio que, tras años en aparente calma, estaba a punto de estallar. La guerra no es señal de vida, sino de muerte, y aunque él, un alma llena de alegría y amor, no podía sospecharlo: nada más nacer murió.

A lo largo de toda su infancia en Siria, Ali, no había tenido la ocasión de conocer el verdadero espíritu de la navidad. Al parecer, por el simple hecho de no haber nacido en el lugar y la época oportuna, no merecía ser feliz. Pero se equivocaban. Un resquicio de esperanza es suficiente para que la felicidad colme hasta el más apagado de los corazones.

En ese instante, Ali miró al cielo. Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Y entonces lo supo: yo, su ángel y también su madre, siempre acudiría a su llamada. Sonreí al ver sus ojos brillar de nuevo. «Sí, hijo, —pensé— aquí estoy, junto a ti, para toda la eternidad». Me sonrió, como si me hubiese escuchado. Quizás lo hizo, porque desde ese momento dejó a un lado el miedo, y se abrazó a la vida. Ese día sí que nació, pero esta vez para vivir por siempre. A pesar de lo que el mundo le deparase, la esperanza no volvería a abandonarlo jamás.

Satisfecho con nuestro reencuentro, bajó la cabeza, y miró primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, con la misma alegría con la que llegó por primera vez al mundo, junto a sus nuevos padres. Dos personas que lo amaban con locura, y harían cualquier cosa por él. Dos seres a los que el destino tampoco les sonrió, hasta que Ali, mi hijo y también el suyo, llegó a sus vidas.

Hoy Ali es feliz, pero como él hay muchos niños que aún no sonríen. Seres inocentes que por su lugar de origen son condenados a una vida de desdicha y dolor. Ellos, al igual que mi hijo, también anhelan la felicidad. Tú, querido lector, no tienes la capacidad aún de concederles este deseo, pero sí de luchar por ofrecerles esa posibilidad sin que tengan que demandarla. 

 

Fin

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3 Comentarios

  1. Criss, adoro este relato desde que lo leí en el curso donde nos conocimos 🙂 Es muy triste pero muy tierno, es muy dura ver esta realidad que muchas veces nos tapan… y es muy duro ver la cantidad de niños que sufren las consecuencias de unos adultos inmaduros que no saben lo que es la paz, el respeto y el perdón… En fin, que te voy a decir a ti, esperemos que un día cese todo esto y los pequeños dejen de sufrir.

    Tienes talento como escritora 🙂

    ¡Un beso guapa!

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