Una segunda oportunidad

“Un sueño solo puede triunfar sobre la realidad si se le da la oportunidad.”

Stanislaw Lem, escritor polaco.

El chirriar de la puerta al abrirse ahogó los desoladores aullidos provenientes del otro lado de la verja. Donde el miedo, la melancolía, la vejez, la desesperación y la depresión convergían en una atmósfera asfixiante. Vidas olvidadas esperando entre las sombras una segunda, tercera o cuarta oportunidad que ilumine sus almas.

El sonido de unos pasos familiares, provocó una visible alegría en el refugio, haciendo que todos los perros que en él vivían agitasen con energía sus colas: largas, cortas, peludas o imperceptibles botones colocados justo en el lugar donde un día lució una hermosa cola.

Lucas uno de los voluntarios del refugio, se dirigió hacia el amplio terreno situado al aire libre, atestado de jaulas de distintos tamaños. Allí, le esperaba su público con una gran ovación como agradecimiento por el cariño que les profesaba. No todos los voluntarios eran tan pacientes con ellos como él. Sin duda, para los inquilinos a la fuerza de ese frío hogar, Lucas era el último resquicio de felicidad que les quedaba. 

Su manera de caminar, arrastrando la parte de atrás de la suela de sus anchas bambas, y su mirada siempre dirigida al suelo, reflejaban en él un carácter tímido e introvertido. Y de cara a la sociedad lo era, pero cuando llegaba al refugio, el lugar que consideraba su hogar, olvidaba su doloroso pasado, y se dejaba llevar por la alegría que esas inocentes criaturas le infundían. Allí, según él, se encontraba su familia. Pues una vez de vuelta a su piso, la soledad lo abrazaba con fiereza, oprimiendo su pecho e impidiéndole respirar. La única familia que un día tuvo falleció, dejándolo, a sus recién cumplidos dieciocho años, a merced de un mundo cruel. Blas, su perro fue ese clavo ardiendo, al que se agarró para no caer, y no soltó hasta que exhaló su último aliento. Con su pérdida nadie sostenía su alma lacerada, y justo cuando estaba a punto de caer en el oscuro pozo de la depresión apareció el refugió: su salvación.

La alegría de aquellas almas cándidas se esfumó nada más comprender que ese no era el día que con tanto anhelo esperaban. ¿Llegaría alguna vez? ¿Tendrían una nueva oportunidad? Quién sabe, quizás los más jóvenes, los más bonitos, los menos traumatizados… pero muchos otros seguirían esperando sin perder la esperanza hasta sumirse en ese último sueño, obteniendo así el descanso que tanto merecían.

Todos dirigieron con un ápice de tristeza, reflejada en el brillo de sus ojos, su mirada hacia esa pobre alma desdichada que acababa de entrar con Lucas. Su corto y níveo pelaje le otorgaban una agradable sensación aterciopelada, que apetecía acariciar. Su forma de saltar, morder la correa, su visible vitalidad y feliz ignorancia eran signo de su corta edad.

Al llevar cerca de tres años como voluntario y más de media vida con perros, el joven conocía con bastante precisión las peculiaridades que cada edad, raza, o experiencia traumatizante conllevaba. Muchos de los que en ese momento asomaban su hocico por entre las rejas, los había rescatado con sus propias manos, y la gran mayoría, por desgracia, llegaron en condiciones lamentables. Con un poco de suerte, las heridas físicas sanaban con el tiempo, pero las psicológicas eran las más costosas de curar. La paciencia en este caso era el tratamiento más efectivo, y una vez el animal permitía acariciar su dañada alma, se expandía ese ungüento llamado: confianza. 

De repente, el ánimo del cachorro cambió al sentir ese miedo implícito que los perros emanaban, provocándole un temblor que atravesó todo su pequeño cuerpo y paralizó sus delgadas patas, impidiéndole continuar caminando junto a ese extraño con el que sus dueños lo acababan de dejar. Lucas al percibir el temor del cachorro, se agachó poniéndose a su altura y con un suave susurro lo intentó calmar. Su herida, por suerte, era superficial, y sanaría con facilidad.

—Tranquilo, compi. Yo sé que eres un buen chico, pronto encontrarás a alguien que también lo sepa ver —dijo mientras acariciaba su cabeza—, pero hasta entonces estarás acompañado de alguien muy especial. —Abrió una jaula. Miró al fondo, y en una esquina ensombrecida yacía asustada una hembra de color azabache. Toda ella parecía diluirse en la oscuridad, tan solo alguna cana en su hocico, que dejaba entrever el paso del tiempo en su rostro y sus tristes ojos, la delataban—. Mira, Sombra, a quien te traigo —dijo con ficticia alegría.

«¿Sombra?», pensó el asustado cachorro. Su corazón reaccionó con un vuelco, y una sensación contraria enfrentó sus pensamientos: por un lado deseaba que fuese ella, por el otro preferiría que ella no siguiese allí. Aquel conflicto mental lo estaba agotando hasta que decidió levantar su desoladora mirada del suelo, y ambos pensamientos se unieron en uno. Al verla sus orejas, antes empinadas por la ansiedad, cayeron hasta quedarse como las ramas de un sauce llorón.

Lucas soltó al recién llegado en el interior de la jaula: su nuevo hogar. Después de comprobar que sus comederos y bebederos estaban llenos, volvió a mirar a esa madre y ese hijo, que una desafortunada ocurrencia del destino había unido de nuevo, y suplicó para sus adentros una segunda oportunidad para ellos.

—Bueno, chicos, seguro que tenéis muchas cosas que contaros. Portaos bien. Y, Sombra —dijo mirando a su vieja amiga—, no seas muy dura con él. —Abrió la verja, y tras de él la cerró corriendo el pestillo.

En el refugio, Sombra era una de las más veteranas y su carácter, antes animado, se había apagado, y poco a poco, aunque Lucas no quería reconocerlo, la perra se estaba muriendo de tristeza. Sus ocho años de edad y su color negro eran su mayor condena. Con dichas características nadie la adoptaría, y por lo tanto, estaba condenada a pasar el resto de su vida entre rejas.

El corazón del voluntario no estaba preparado para soportar otro duro golpe, y aunque  en su día se prometió a sí mismo: no volver a amar, este caprichoso sentimiento lo atravesó sin desearlo. «Quizás esta sea nuestra última oportunidad», pensó llevando su desoladora mirada a la oscura figura que se ocultaba entre las sombras.

El nuevo inquilino se acercó con cautela, llevando la cola adherida a su barriga, como pegada con super glue, y olfateando con su pequeño hocico el ambiente para averiguar el estado de ánimo de la perra.

—Hola, mamá, sigues aquí —dijo en tono apesadumbrado.

La perra lo miró desolada. Llevaba mucho tiempo confinada en su mundo. Lugar donde nada ni nadie podía dañarla. Sola, al amparo de su propia áurea lúgubre conseguía sentir una sensación que se disfrazaba de felicidad. «Pero… No es posible», pensó. Se acercó a olerlo, arrastrando con su cuerpo la pena de una vida desdichada.

—¿Copo? —dijo con un débil hilo de voz.

El pequeño asintió con timidez.

—¿¡Has… has vuelto?! —Su mirada apagada se inundó de lágrimas que intentaba retener. No podía creérselo—. Pero, ¿por qué? —dijo mientras lo cubría de babas de arriba a abajo con su ajada lengua.

—Dicen que soy muy nervioso y agresivo, y que… no tengo arreglo —dijo agachando avergonzado su mirada.

—¿Agresivo? —Rio con dulzura—, pero si tan solo tienes siete meses. Eres un cachorro.

—Mordisqueé un poquito el sofá, y eso no está bien. Me lo hicieron saber de muchas maneras: primero se reían de mi conducta graciosa mientras me decían que eso no estaba bien, luego me echaban del sofá y me gritaban un NO rotundo que conseguía asustarme, y, por último, me pegaban para ver si lograba entenderlo. Pero para mí solo era un juego, me lo pasaba bien, no creí que tuviese mayor importancia. Me equivoqué. Supongo que tenían razón, ya no tengo remedio. Soy un mal perro —dijo con tristeza.

—No, cielo, solo eres un cachorro. Has de jugar y aprender qué está bien y qué no a través de los ojos de un humano, no es fácil, pero lo lograrás. Ellos sin querer nos obligan a ser más como ellos y menos como nosotros; no todos son así, por suerte, pero la gran mayoría intenta moldearnos a su gusto, sin pensar siquiera en nuestra naturaleza —Copo bajó su mirada apesadumbrado—. No te entristezcas, verás que pronto habrá alguien que vea en ti toda la bondad que alberga tu corazón.

El pequeño se acercó a su madre, su olor era inolvidable, le transmitía esa paz y seguridad que, desde su separación, no había vuelto a sentir. Dio un par de vueltas frotándose contra ella, hasta que, al fin, se dejó caer agotado, acurrucándose entre su cálida tripa.

—Me quedaré aquí contigo, hasta que te lleven a ti también —dijo mientras un sonoro bostezo se abría paso a través de su boca, relajando así su alma.

—Eso sería mucho tiempo, cariño, por desgracia no creo que eso suceda nunca —lo miró directamente a los ojos—, pero tú, —acercó su húmedo hocico al de su hijo— un hermoso cachorro lleno de vida, pronto encontrarás a la familia que Dios creó para ti. Que te ame tal y como eres, que sepan tener paciencia y educarte y, sobre todo, que te vean como a uno más de su familia.

—Pero tú…

Sombra negó con su cabeza adivinando los pensamientos de su hijo.

—Yo seré feliz soñando día tras día en lo dichosos y amados que son mis cachorros. Me paso las horas imaginándoos con vuestras familias humanas: jugando, correteando por un frondoso parque verde, saboreando deliciosas comidas… Y el día menos pensado me dormiré soñando en vuestra felicidad, y desde mi cielo acariciaré vuestras almas. Cariño, vosotros sois lo único bueno que la vida me ha dado, y siempre estaré agradecida por ello.

—¿Mamá? —dijo mientras sus ojos se aguaban.

—¿Sí, cariño?

—¿Los humanos son malos?

—No, hijo, ellos se equivocan igual que nosotros; igual que tú al romper su sofá, que yo al morder a mi antiguo dueño… Los humanos, al ser seres creados con mayor complejidad, tienen más responsabilidades y quebraderos de cabeza que nosotros jamás podríamos comprender. Por este hecho algunos se acaban extraviando, hasta tal punto que son capaces de dañar a seres tan indefensos como nosotros.

—¿Mordiste a tu dueño? —preguntó dubitativo.

Sombra afirmó en silencio. Después de tantos años, no había conseguido perdonarse aquel terrible descuido.

—Él se enfureció mucho porque yo, creyendo que jugábamos, cogí uno de sus juguetes humanos, y me lo llevé. Pero al parecer para él no era un simple juguete, y… —en este instante de la narración no pudo evitar derramar una lágrima— me cogió de la cola y me pegó, no era, ni mucho menos, la primera vez que lo hacía, pero aquella vez su furia se interpuso sobre la razón. Sé que fue un error, pero me sentí indefensa, él seguía golpeándome y yo no podía hacer nada y antes si quiera de pensarlo tenía entre mis dientes su carnoso brazo.

Permanecieron un buen rato mirándose mutuamente; una avergonzada y el otro apenado.

—Mami, no tienes que sentirte culpable, él te estaba dañando.

—Sí, pero… —Cerró los ojos dejando entrever una cicatriz sobre el párpado—. Un perro nunca debe hacer daño a un humano, y menos a su propio dueño —Volvió a abrir los ojos—. Nuestro amo, sea como sea, es quien nos cría, educa, alimenta, da cobijo… Le debemos mucho, y sin saber cómo ni por qué lo adoramos. Y ¿sabes, cariño?, aunque me hizo mucho daño, aunque me obligó a cazar para él, disparando su temible arma junto mi agudo oído —hecho que la dejó prácticamente sorda—. Sigo respetándolo y… amándolo por todos los años que me cuidó.

—¿Qué pasó después de que le mordieras?

—Un día, como otro cualquiera, salimos a cazar. Me sentía feliz, y a pesar de inmenso dolor que el sonido de sus balas provocaba en mis oídos, me gustaba ir de cacería con él, al parecer eso se me daba bien, y solo en esos momentos se mostraba atento y cariñoso conmigo. Yo me sentía útil. Pero… ese día él no cogió su arma. —Una segunda lágrima se deslizó por su ahora blanquecino lagrimal—. Me llevó muy lejos, lo sé porque en los viajes en coche siempre me ponía mala, y en esta ocasión vomité tres veces. Y cuando por fin creí que habíamos llegado abrió la puerta en mitad de la carretera, me quitó el collar, que él mismo me había hecho con una áspera cuerda, me empujó con brusquedad, y… —cerró los ojos, tratando de rememorar ese preciso instante, y todo su dolor emergió de su corazón— se marchó. Jamás volví a verle —dijo en tono afligido, y bañada en un mar de lágrimas.

—¿Sabes? —dijo simulando alegría para animar a su madre.

—¿Qué?

—Un día en el parque me encontré con Aire. Había crecido mucho, y su pelaje brillaba bajo el sol. Jugamos hasta acabar rendidos en la hierba del parque. Luego su mamá humana la cogió con dulzura, me miró unos segundos pero… no me reconoció. Me quedé tumbado sobre la hierba, observando como ambas se alejaban felices de tenerse mutuamente.  Me alegré mucho por ella, pero entonces miré a mi dueño y me entristecí por no haber encontrado yo esa unión.

—¿Aire?, ¡oh, mi pequeña! Sí, la recuerdo, casi no le dejabais leche, entre tú y tus hermanos —sonrió al recordar aquellos momentos.

—¿Mamá, crees que algún día volveremos a estar todos juntos?

—Algún día —dijo mientras seguía inmersa en sus pensamientos, moviendo con lentitud su cabeza de arriba a abajo. Una tímida sonrisa se reflejó unos segundos en su rostro. Sabía que algún día así sería, quizás no en la Tierra, pero volvería a reunirse con todos sus cachorros, y entonces, por fin, sería feliz.

De nuevo el sonido lastimoso de la puerta silenció la habitual melodía del refugio. La tensión volvía a reinar en el ambiente manteniendo a sus inquilinos en estado de alerta. El terror, que ondeaba en la atmósfera, hacía retumbar todos sus cuerpos. Un espeluznante hedor asomaba cada vez que la puerta gruñía, ocultando a los más apocados en las sombras y provocando el deseo de lucha de los más osados. Pero, para su sorpresa, un agradable aroma a rosas frescas cautivó sus fosas nasales, haciéndoles volver a un estado más relajado.

Una mujer de unos treinta años de edad apareció cogida de la mano de una hermosa niña de no más de cinco. Ambas seguían, una en silencio y la otra dando saltos y hablando por los codos, a Lucas. El miedo, que hacía unos segundos presidia todo el refugio, se difuminó al escuchar su voz, y fue substituido por el grato sonido de esas alegres colas moviéndose a velocidades de vértigo, y chocándose contra las verjas, paredes y demás compañeros de celda. Ninguno era consciente del daño que dicho latigazo le producía, pues la excitación que sentían cada vez que él se encontraba cerca, ahogaba todo dolor.

La pequeña se acercó animada a todas las jaulas. Inés, la madre, prefirió observar desde la invisible capa protectora que se había creado. Una burbuja que la protegía de un mundo exterior gobernado por su exmarido.

—¿Estás bien? —le preguntó Lucas aparentemente sereno, mientras en su interior su corazón palpitaba con furia al mirarla. Ella, sin ni siquiera saberlo, había puesto patas arriba su mundo. Y aunque seguía aferrándose a la idea de no volver a amar, cuando sus ojos se posaban sin poder evitarlo en su consumida y débil figura, sentía un irrefrenable deseo de besarla.

Se conocieron hacía unos meses. Lucas llevaba años, por petición de su psicólogo, asistiendo a una terapia grupal con el propósito de compartir su dolorosa experiencia con más gente, y así poder superarla. Hasta ese día, todo parecía ir según su plan, aunque Sombra ya había traspasado, en parte, esa línea que él mismo estableció; creía tenerlo todo bajo control. Pero una tarde, justo después de regresar del refugio, al reunirse como cada viernes con su grupo de autoayuda, un nuevo miembro, Inés, que se encontraba sentada junto a la terapeuta ocupacional, penetró en el interior de esa fría barrera que él mismo había creado, hasta deshacerla. La realidad era que nunca había tenido el control sobre dicho sentimiento, y jamás lo tendría.

Nada, hasta el momento, ocurrió entre ellos, pues él no era el único que se mostraba reacio a liberar las mariposillas del estómago. La joven acababa de salir de una aterradora relación que, con los años, la obligó a forjarse un sólido muro rodeando su corazón. Infranqueable, hasta que él, con su inocente y cálida mirada, lo empezó a derrumbar, haciendo estremecer su alma cada vez que la rozaba.

Inés afirmó en silencio con la cabeza, dejando que el contacto de la mano de su amigo la envolviese en una atmósfera diferente a su habitual océano de terror. «¿Seré capaz de volver a amar algún día?», pensaba, ignorando que ya lo estaba haciendo. El amor es un sentimiento que habita en lo más profundo de los corazones, con la poderosa capacidad de regenerarse después de sufrir una fractura, y volver a amar.

—Tranquila —le susurró Lucas con dulzura al oído, antes de darle un cariñoso beso en la mejilla—. Es ella. —Señaló al interior de la jaula, justo donde se encontraba una oscuridad que tan solo dejaba entrever dos bolas brillantes: los ojos de Sombra.

 

La mirada de Inés y de la perra,  ambas de una profunda tristeza, se encontraron, y hallaron en los ojos de la otra esa esperanza y alivio que las había abandonado. La joven se vio reflejada en ese mirar atormentado, llegando a creer que su alma y la de la perra compartían un mismo mundo interior. Ojos eclipsados por una vida llena de penurias, que anhelaban vislumbrar en cualquier indicio de luz su salida. Y allí estaba, tras una verja y no en el estante de una farmacia, como su psiquiatra le había hecho creer. La medicina que necesitaba no era una pequeña cápsula anaranjada, sino que vestía de negro, y caminaba a cuatro patas. El corazón de la joven dio un vuelco.

—¿Lucaz, ezta ez la perrita que decíaz? —dijo pegada a la verja Alma, cambiando como solía hacer la ese por la zeta.

—Sí, cariño, es ella. Aunque no conocemos bien su pasado, creemos por sus heridas y miedos que fue maltratada —dijo levantando con timidez la mirada hacia Inés. Nunca había sentido aquella intensa emoción por nadie, pues se intentaba cobijar en la soledad para así rehuir el contacto con las personas. Pero ella… despertaba en él todo lo contrario, y lo único que quería era tocarla, acariciarla y cuidarla—. Se llama Sombra, y es mi amiga desde hace mucho tiempo.

La joven seguía observando casi sin parpadear a la oscuridad, como si en esa lúgubre aura que cubría a la perra se hallase lo que durante mucho tiempo había buscado.

—¿Puedo entrar? —preguntó Inés, dirigiendo una vergonzosa mirada a Lucas.

—Claro. —El joven abrió la verja—. Es muy asustadiza. Ten paciencia. Ella también lo ha pasado mal.

Inés asintió, y cerró la puerta tras de sí.

Después de unos minutos a solas en la sombra de tristeza en la que mujer y perra se ocultaban, Inés salió con una sonrisa dibujada en su pálido rostro. En sus brazos llevaba a Copo. El pequeño se sentía feliz de volver a estar entre los cálidos brazos de un humano.

—¿Son madre e hijo? —preguntó Inés alzando la mirada hacia Lucas, dejando entrever sus lágrimas.

El joven se quedó unos segundos paralizado, perdido en la hipnótica luz que emergía de los ojos de Inés. 

—Sí —dijo recobrando la compostura—. Él acaba de ser devuelto por su antigua familia. Era… —se detuvo pensativo para hallar la palabra adecuada, pero no encontró ninguna, tan solo la que los propios dueños habían escupido con odio—, según decían, agresivo. —Alzó con sutileza los hombros en señal de incomprensión.

—¡Oh, mamá! Mira, el bebé quiere jugar —dijo la niña interrumpiendo a su madre. Alma se acercó al pequeño, y este lamió con ímpetu su cara dejándola completamente húmeda. Como si de una brocha en manos de un gran pintor se tratase, el cachorro dibujó con su lengua una hermosa sonrisa de felicidad en su peculiar lienzo, el rostro de la pequeña.

Inés al ver el brillo en los ojos de Alma, se dio cuenta. No encontraría jamás la salida, sino derribaba la muralla que la mantenía atrapada. Por ella, su hija, estaba dispuesta a intentarlo. 

—Nos llevamos a los dos —dijo dirigiéndose hacia aquel bulto ensombrecido del fondo, invitándolo a entrar en su corazón.

La mirada de Sombra volvió a iluminarse, sus ojos en la oscuridad se asemejaban a dos brillantes estrellas. No podía creérselo. «¿A ella también?»

—¿A loz doz? —Preguntó la pequeña mirando asombrada a su madre—. ¿Pero si regresa papá no se enfadará? —dijo dejando entrever un ápice de temor en su voz.

Inés se agachó hasta quedar a la altura de la pequeña con el cachorro aún en brazos.

—No, cariño, papá no volverá nunca a hacernos daño, ahora tenemos una nueva familia —dijo mientras Lucas se acercaba acompañado por una animada Sombra. Inés dirigió su mirada primero a la perra y luego a su amigo, intentando expresarle lo que se ocultaba tras su silencio de forma sutil, pero sus emociones se desvelaron, antes de lo que ella hubiese deseado, al ruborizarse sus mejillas.

Él dudoso se acercó a ella hasta sentir el dulce olor de su respiración. El mundo parecía haberse detenido. Los latidos del joven, que aullaban de alegría, emitían tales sacudidas que llegaron a traspasar su cuerpo, y derribar por completo la coraza que aislaba a Inés. Esta, sintiéndose como un pájaro al que después de mucho tiempo alguien libera, se abalanzó a sus brazos, y lo besó. Alma, sonrojada por aquella escena, tiró de la camiseta de Lucas pidiéndole que la cogiese. Este la asió en sus brazos. Hubo un silencio entre ellos, tan solo interrumpido por los ladridos de júbilo que tanto Copo, Sombra y el resto de inquilinos del refugio emitían. 

Ese día, cinco inocentes almas salieron a la superficie de un oscuro mar para ver brillar la luz de un nuevo amanecer, unidas por ese sentimiento que hace latir nuestro corazón: el amor. 

Esta historia es tan solo un reflejo ficticio y adornado de la realidad, con el fin de dejar un agradable regusto en el paladar. Pero, por desgracia, no todos los seres vivos tienen una segunda, tercera o cuarta oportunidad. Así que si tú, querido lector, eres uno de los afortunados aprovéchala; y si, por el contrario, aún la estás buscando, no desesperes, tu corazón la acabará encontrando.

El camino de la vida no es fácil, pero si no pierdes la fe sabrás encontrar la salida.

FIN

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8 Comentarios

  1. ¡Qué relato tan conmovedor! Cada vez los haces mejores. La familia es la que te toca, pero puedes elegir con quién pasar el resto de tu vida. Esto me recuerda a una experiencia que tuve con mi perra. Yo tenía muchas ganas de tener un perro y por mi comunión mis padres me la regalaron. La vi tan pequeña y tan juguetona que me enamoró nada más verla. No volvimos a ver a su madre porque los dueños eran de otro pueblo. Total, que al cabo de los años se reencontraron madre e hija. Se olfatearon levemente. Entonces mi madre le dijo: “Lucy, ¿y mamá? Aqui está tu mamá”, y mi perra en ese momento agachó la cabeza y avanzó hacia mi madre moviendo el rabo. Estaba convencida de que su madre era la mía jajaja se había criado con ella.

    • Jajaaja que bonita tu perra XD normal para los míos su mami es la misma que la mía XD somos tetes XD gracias por contarme esta experiencia. A ver la del relato es inventada, pero sí que es cierto que desgraciadamente los perros negros lo tienen aun más difícil ¿por qué? pues no se hija, las personas somos racistas hasta con los perros, y si encima ya es adulta, aún peor. Pero, sí que tengo una experiencia, yo no lo vi pero me lo contaron: resulta que mi primera perrita adoptada Mel <3 viene de Andalucía, allí ahí muchos abandonos :(, y nos contaron que cuando separaron a ella y al resto de sus hermanitos de su mamá, y les metieron en una furgoneta, su mamá, que la utilizaban solo para la cría, siguió durante varios metros a la furgoneta 🙁 imagínate su desesperación y el dolor que debió de sentir la pobre 🙁

      No sé, si cada vez lo hago mejor, esa es mi intención pero no siempre lo consigo, y más cuando la escritura depende tanto de nuestro estado de animo 🙁 pero lo que pretendía con este relato es hacer reflexionar y hacer ver que no somos tan diferentes, Sombra e Inés eran dos almas gemelas, sí con distinto adn, pero eso que importa si lo único que trasciende al cielo es nuestra alma? No sé... quería que la gente se diese cuenta de los errores que los humanos cometemos, de lo egoístas que somos a veces mirando solo por nosotros mismos, y a la vez también quería crear esa ilusión y esperanza en el interior del lector. Y que se quede con ella y una sonrisa dibujada en su rostro. No sé si escribo mejor, solo deseo conseguir haceros soñar, reflexionar y haceros ver ese pequeña luz que a veces se esconde tras la oscuridad pero que siempre está para nosotros 🙂

      Gracias Elena por leerme siempre 😉 Espero tu blog eh!! ;P

  2. Algunas personas no tienen corazón, no se como se atreven a abandonarlos o a pegarles… ? pero bueno.
    Que decirte a ti (chica de los bostezos XD) muy bonito, sigue así !! ??

    • Sí, bueno y las que lo tienen a veces tienen un mal perder con su gato XD jajajajja Gracias por leértelo enana 🙂 Ah y la verdad suena hasta bonito eso de: “chica de los bostezos” me lo apunto para un relato eh 🙂

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