Distintamente iguales

Tú caminas sobre dos patas, yo sobre cuatro.

Tú hablas un idioma, yo otro.

Tú te emocionas por unas cosas, yo por otras.

Sí, somos distintos, pero ambos caminamos, hablamos y nos emocionamos igual.

Su encantadora sonrisa

Se giró al escuchar el grito, aún llevaba un pedazo de folio en la boca, en el que podía leerse la palabra: “instinto”. Aunque con alguna dificultad, pues la o final empezaba a difuminarse por las babas. El estridente sonido había acelerado el latido de su corazón, simulando el repiqueteo de los tambores.

«¿Qué pasa mami?», pensó. Levantó su cabeza, buscando la encantadora sonrisa de su dueña, pero qué sorpresa se llevó al no verla dibujada en sus labios. El pequeño empezó a notar fluir por su cuerpo un miedo irracional. Y entonces, llegó a ver la furia que penetraba a través de sus ojos. Nunca la había visto así. «¿Qué es lo que le ha producido tal enfado? Si yo sólo…» mientras un hilo de pensamientos pasaban rápidamente por su cabeza, siguió la mirada de terror de su ama, entonces lo supo. «¿Quizás cuando se marchó y me dijo “no toques nada”, se refería a esto? », pensó recordando que llevaba un trozo de nada aún en su boca. Lo escupió de inmediato.

Su cuerpo empezó a temblar. El rostro de Alba, su dueña, había pasado de rosado a escarlata en menos de un segundo. Fue entonces, cuando empezó a notar cómo las emociones de la joven penetraban en su pequeño y peludo cuerpo. Su estremecimiento se intensificó al percibir la cólera de Alba. Y como si de un acto reflejo se tratase, escondió la cola, hasta quedar pegada a su barriga, y metió la cabeza entre sus patas.

«¿Qué estoy haciendo?», un sentimiento contradictorio invadió el corazón de la joven. Su rostro cambió repentinamente y, entonces, Alba se agachó, no sin antes volver la mirada a los arrugados y destrozados apuntes de la universidad, que yacían esparcidos por el suelo. Su corazón le dio un vuelco, «¿Cómo estudio ahora? », pensó llevando la mirada hacia su perro, como buscando respuesta en sus ojos. El pequeño levantó su mirada, de manera que ambas se unieron, los ojos de ambos brillaban, los de ella por impotencia y rabia, los de él por arrepentimiento y miedo. Pero al conectarse una extraña fuerza convirtió esas emociones contradictorias en una sola: amor. Mientras el cachorro seguía observando la reacción de su dueña, empezó a ver como un nuevo gesto se dibujaba en su rostro y, poco a poco, dejó que su tímida cola saliese de su escondite. Empezó a agitarse con rapidez al ver aquella encantadora sonrisa que tanto de menos había echado. «¿Cómo voy a enfadarme contigo?», pensó ella. «¿Entonces, aunque nada esté roto, me sigues queriendo mami?», pensó él. Mientras le lamía toda la cara, feliz de ver aquella sonrisa que tanto amor le ofrecía.

Fin