Una divertida historia de amor entre una chica superficial y cargada de prejuicios y el chico más feo del instituto

Como escritora pero sobre todo como lectora, hay un tema que verdaderamente me preocupa, puede que solo sea a mí, es posible, soy un poco atípica XD Pero volviendo al tema… y es que siempre que leo literatura romántica ambos protagonistas son super, mega, ultra guapos… ¿y qué pasa con el 99% de la sociedad? ¿Hasta donde queremos que lleguen nuestros ideales de belleza o los de nuestros hijos? ¿Por qué no escribir una novela con protagonistas más normalitos, más del montón, o quizás más del montón feo? Y diréis: ¿a qué viene todo esto? Pues quería hacer una pequeña introducción para este microrrelato, que por cierto he escrito bastante rápido, así que no seáis duros con vuestros juicios, pues… puede que detrás de esta historia, de estas simples palabras escritas en una sola tarde, alguien se sienta identificado, o simplemente que alguien consiga ver más allá de esos prejuicios que la sociedad de hoy en día nos impone. Y ahora sin más demora os dejo con:

 

Una divertida historia de amor entre una chica superficial y cargada de prejuicios y el chico más feo del instituto

A simple vista Hugo era más bien feo, algo bajo para ser un chico de quince años y delgado, muy delgado. Su sonrisa venía siempre con él, parecía feliz, a pesar de todo, quizás él no se veía como le veía la gente, quizás él solo se veía como de verdad era.
Sus desgastados dientes dejaban entrever alguna que otra caries que asomaba de su boca, tratando de oscurecer el más mínimo detalle de belleza que se atreviese a manifestarse. Era un chico del montón, bueno del montón más bien feo.
El día que por desgracia, al principio y por suerte al final, entablé conversación con él, recuerdo que los destellos del sol me cegaban, permitiéndome, tan solo, escuchar su voz.
-Me llamo Hugo -dijo.
No respondí. Pero él siguió hablando. Hablaba solo, no necesitaba ni siquiera que yo asintiese con la cabeza para darle pie a seguir, él seguía y ya. Hasta que conseguí dejar de lado mis prejuicios y lo escuché. Me estaba intentado hacer reír.
-Era un chico tan feo, tan feo que envió su foto por e-mail y la detectó un antivirus.
Noté como una parte de mí quería reírse con él, quería seguir escuchándolo, y mi boca empezó a dibujar una tímida sonrisa, casi imperceptible, que él percató.
Y continuó, esta vez más animado:
-Era un chico tan y tan feo que cuando jugaba al escondite nadie lo buscaba. -Al acabar ambos reímos juntos.
“Quizás sea la primera vez que alguien se ríe con el y no de él”, pensé. Y cuando quise darme cuenta había pasado más de un cuarto de hora enfrente suyo, en una esquina del patio del instituto, y el sol ya no me deslumbraba la vista. Y por primera vez, vi al chico feo simpático, del que me enamoré.

Si queréis podéis escribir vuestra opinión sobre este dilema mio o sobre el relato en los comentarios. Estaré encantada de leeros.

Billete de vuelta

Aquí sigo, esperando en la misma parada de la estación que te encontré. Sola. Observando pasar trenes que no se detienen. Esta no es su parada. Quizás alguno, por error, se detenga, quizás alguno se extravíe y me encuentre. Quizás tú decidas usar ese billete de vuelta que te regalé, ese que nada más ver rompiste, ese que desechaste sin pensar. Quizás no fuese yo tu parada, quizás no fueses tú mi tren, quizás todo este entramado de vías tan solo formen parte de una red ferroviaria fantasma, un simple recuerdo de un pasado que no volverá a nacer.

Suspiros del pasado

El sonido del teléfono perturba mi tranquilidad. ¡Cómo lo he odiado siempre! Y más, después de tu última llamada.

 

—¿Sí? —contesté algo cabreado por el hecho de haber interrumpido ese preciado momento en que la tímida y, en ocasiones, escurridiza musa me visita para hacer que mis dedos se muevan sobre el teclado a una velocidad vertiginosa; el sueño de todo escritor. 

—¿Alejo? —dijiste con una voz vergonzosa, característica que me llevó a dudar que fueses tú—. ¿Alejo, estás ahí? —reiteraste.

Mi voz se negaba a salir, hacía años que no danzaba junto a la tuya. Y aunque creí que el tiempo te había borrado de mi memoria me equivoqué, no lo hizo, jamás lo haría. 

Al fin, conseguí emitir un leve carraspeo, sin intención alguna de aclarar mi voz  y hablar, solo quería hacerme notar, hacerte saber que estaba al otro lado de ese único medio que ahora mismo nos unía.

Respetaste mi silencio, lo entendiste y suspiraste.

Tu suspiro me transportó a través del tiempo, a una época en la que ambos suspirábamos juntos satisfechos de nuestro amor.

—Hola —conseguí decir al fin. No tenía mucho más qué decirte, tampoco;  tú sí.

—Solo… quería… —Me hablaba tu miedo, tu voz temblaba y pude sentir el rápido latir de tu corazón. No eras tú, te habías convertido en una mujer miedosa e insegura. «¿Por qué?»,  pensé. Jamás antes habías temido ni dudado nada, ni siquiera cuando decidiste poner fin a nuestra relación. —Pedirte perdón.

Nunca antes había escuchado esa palabra salir de tu boca, me sorprendió, más que si me hubieses dicho que habías decidido cambiarte de sexo.

Siempre que no sé qué decir, no suelo decir nada, así que eso fue lo que hice.

Silencio.

—Entiendo que esta llamada te extrañe, pero solo quería, a parte de pedirte perdón por todo el sufrimiento que te causé en un pasado, comunicarte que… —el silencio te robó la voz.

—¿Que? —dije algo impaciente ante tanta duda.

Suspiraste, conocía tus suspiros y sabía que no los emitías en vano.

—Que me estoy muriendo.

En esta ocasión mi voz dejó de existir. Tu noticia se la había llevado consigo. Tú te estabas muriendo, yo dejé de vivir cuando te marchaste.

—No… no dices nada.

«No», pensé.

No podía. ¿Qué se debe decir en tales circunstancia? La vida no me había preparado para esto: la muerte.

Siempre conseguías desarmarme, y en esta ocasión no fue diferente.

—Hace años que lo sé, desde antes incluso de que tú y yo… Pero creí que ocultártelo sería lo más fácil para ti, creí que con mi decisión protegería nuestro amor, que lo haría inmortal, pero me engañé. Y no quiero partir con el peso de la mentira, prefiero que ella muera antes que yo, para que no me guardes rencor y me recuerdes, del mismo modo que he hecho yo durante todos estos años, con cariño.

»No quiero que digas, nada. No hace falta que lo hagas, tan solo quiero que me escuches y me perdones, necesito irme en paz de este mundo y la única persona que me la puede dar eres tú.

Me amaba, me susurraba, una y otra vez, una voz dentro de mi cabeza.

Me despegué unos milímetros en teléfono de la oreja. Necesitaba respirar, volver a la realidad, a ese mundo que había conseguido o más bien malogrado crear sin ti, y darme cuenta que estaba vacío y que jamás volverías a llenarlo.

—Lo siento —insististe.

—Y yo —conseguí decir. Dos palabras, dos monosílabos, los mismos que te respondía cuando me decías que me querías. Era una respuesta al cuadrado y descifraste mi ecuación.  Y en ese momento, a través del auricular del teléfono me llegó tu olor, ese perfume avainillado que tanto odié en un pasado y que ahora era lo único que necesitaba para sobrevivir.

Estas fueron nuestras últimas palabras. No nos despedimos, no nos hacía falta, pues ambos sabíamos que volveríamos a estar juntos y en esta ocasión para siempre.

 

Regreso al presente, el teléfono sigue sonando, pero lo ignoro, ya sé qué me van a comunicar, ya sé que hoy te has ido, pero no, como muchos creen, para siempre.

Y mientras espero nuestro reencuentro, te suspiro.

Carta de una madre

Querida hija,

Siento decirte que esta no es la carta que toda madre desea entregarle a su hija. Pero es la única manera que he hallado para poder seguir a tu lado, para que me sientas siempre contigo, en lo bueno y en lo malo, y halles en mis palabras a esa madre que hubieses querido tener.

Te soñé desde muy pequeña, antes si quiera de saber cómo se hacían los niños ya quería tenerte, y cuando tu padre llegó a mi vida tu luz brilló con más vigor que nunca. Nos costó mucho, pero al final después de mucha paciencia y alguna que otra terapia psicológica, que ayudase a levantarle los ánimos a mamá, llegaste tú.

La primera vez que te vi, fue en la pequeña pantalla del test de embarazo, en ella salía una carita sonriendo, esa eras tú, sin duda. Y me contagiaste tu felicidad desde el primer momento en que supe de tu existencia. Viví inmersa en un maravilloso sueño durante meses, cinco para ser exactos. A todas las personas que me cruzaba por la calle les enseñaba tu ecografía. ¡Me sentía tan orgullosa de ti! Sabía que me harías la mamá más feliz del mundo, y no me equivocaba; lo soy.

Hasta que un día ese sueño se disipó, dejando que la realidad del mundo se apoderara de nuevo de mí, arrebatándome mi sueño, y reclamando mi vida. No fue fácil de aceptar el cáncer, pero lo hice. De hecho esta carta es parte de dicha aceptación pues, aunque inevitablemente la vida se me escapa de las manos, sé que gracias a estas letras perdurará en las tuyas.  

La situación al parecer no es nada alentadora, papá intenta fingir, hacerme ilusiones, o mejor dicho engañarse a sí mismo. Pero yo sé la verdad, lo sabía desde antes incluso de conocerte, un sueño como tú vale mucho, y he de pagar un precio; coste que, una vez vea tu carita sobre mi pecho, habrá merecido la pena abonar.

Una vez aceptada mi situación, recuperé mi sueño. Volvió a ser una de las mejores etapas de mi vida, por el simple hecho de tenerte en mi interior.  Te sentía. ¡Oh, cómo amaba sentirte! Y te hablaba, intentando que de algún modo mi voz también se quedase en tu memoria. Pero esta es una tarea más compleja, pues los sentimientos se pueden expresar con palabras pero… ¿Y la voz? ¿Y esa emoción que siento al pensar en ti? ¿Cómo compartirla contigo? ¿Cómo hacerte llegar todo lo mío, para que en su día lo sientas tuyo? No lo sé, he hecho lo que he podido, y esto es todo cuanto puedo ofrecerte.

Aún no sé qué va a pasar con exactitud, ni cuánto tiempo vamos a poder estar juntas, pero lo que sí sé es que te amo con toda mi alma, y si volviese a nacer volvería a dar mi vida por ti sin pensarlo. Porque tú eras mi misión de vida. Tu llegada a la tierra ha eclipsado mi luz. Ahora eres tú quien debe iluminar a papá, al abuelo, a la abuela, a todos.

Mi tesoro, mi niña, mi sueño vive plenamente tu vida. No te sientas inferior a nadie, pues no lo eres. Se fuerte, valiente, generosa…pero sobre todo sé feliz.

 

Te amé, te amo y te amaré, siempre.

Tu mamá.

 

Dedicado a todas esas luchadoras que la vida se lleva antes de tiempo.

La joven que se enamoró del monstruo, un relato inspirado en la célebre novela de Mary Shelley

“No creo que se pueda detener lo que uno configura en su vida, y mucho menos cuando está predestinado a ello.”*

La noche que desaparecí se mostraba oscura y lúgubre. Todo apuntaba a que algo malo sucedería. Todo estaba orquestado para que así sucediera. Sin embargo, todo se tambaleó al verle.

La soledad siempre me había acompañado en muchos momentos de mi vida, era… ¿Cómo decirlo? Una aliada invisible, que me reconfortaba y me ayudaba a ver esa realidad que en ocasiones mis sentimientos eclipsaban. Ese día, precisamente, me hallaba sola. Arropada por el silencio que la montaña y ese instante en que el sol está desapareciendo y deja de abrigar con su luz nuestras temerosas almas me ofrecían. Pero es bien sabido que en ocasiones la falta de ruido perturba la mente, creando en su interior una emoción abrumadora, haciendo que la oscuridad de la noche ponga en riesgo esa calma y altere todos nuestros sentidos.

De fondo, el ulular de los búhos, presidiendo el crepúsculo como únicos espectadores de mi desgracia, me puso los pelos de punta. Una ráfaga de viento me azotó con fuerza, se había levantado de golpe, como intentado prevenirme de lo que estaba a punto de acontecer.

Fue entonces cuando, envuelta en esa tenebrosa atmósfera, mi corazón se alarmó ante el sonido de unos pasos acercándose. Cuanto más se aproximaban a mí, más rudos y siniestros me parecían. Hasta que, dejando que me envolviese por completo el espíritu del miedo, llegué a la conclusión de que no pertenecían a un ser humano normal y corriente, sino que se trataba de otra criatura.

Mis latidos desbocados empezaron a relinchar como caballos que huelen el peligro. Debía volver a casa, pues sin darme cuenta, presa por la rabia que, tras nuestra discusión, se apoderó de mí, me había alejado demasiado. Necesitaba respirar. Alejarme de ti, pero dejarme llevar por esos fugaces impulsos nunca me había llevado a buen puerto.

Regresar por ese camino, que en escasos minutos se había vuelto una trampa mortal, me llevaría más de media hora. Demasiado tiempo para que una chica joven deambule por la montaña sin más compañía que la escasa luz de la luna, colándose entre las negras nubes, y el eco de unos estremecedores pasos, persiguiendo su sombra. Así que decidí aplicar la misma estrategia que se utiliza para pasar inadvertido de un tiburón; mantenerme estática donde estaba.

Los pasos estaban a menos de cien metros de mí, momento que creí oportuno para dejar de respirar. Consideré que al menos hasta que se alejara podría aguantar, pero a pesar de mi avispada mente y mi alto coeficiente intelectual, no barajé la posibilidad de que el dueño de dichos pasos se detuviese ante mí.

Oculta tras unos arbustos y con los pulmones a punto de estallar, vi como el extraño ser, de dimensiones gigantescas, se detuvo a olisquear, como un depredador acechando un sabroso festín. Había captado mi rastro. Me buscaba.

Este pequeño imprevisto hizo añicos mi plan y como es lógico, mi pecho harto de aguantar la presión ejercida por la falta de aire, se liberó de dicho malestar. Sin necesidad de que mi cerebro le diese la orden, se sirvió por sí mismo de ese bien tan preciado sin el que no podemos vivir. Un suspiro de alivio salió de mi boca. Al parecer todo mi cuerpo agradecía volver a probar ese agradable bálsamo invisible.

El sordo sonido que dejé escapar llegó hasta los agudos oídos de la bestia. Un silencio inminente me heló la sangre. Volví a retener el aire, pero era tarde. Me había oído. Ya no le hacía falta emitir esos ruiditos con su enorme nariz, yo se lo había puesto en bandeja. Su cacería había llegado a su fin.

Apartó con brusquedad los arbustos que nos separaban. Su desagradable olor me dio una vaga idea de la inmensidad de su monstruosidad. En ese momento deseé que todo llegase a su fin: mi muerte. Pero no ocurrió, sino que entonces el ser emitió un espeluznante rugido, a modo de saludo, que anuló mis escasas ganas de seguir el protocolo social que me habían enseñado. Tragué saliva, pues el miedo se me había aferrado a la garganta, pero no cedí ante él. Nunca me había encontrado en una situación tan sobrecogedora, sin embargo, no fue lo suficiente como para echarme atrás. Yo jamás huía. Desde pequeña, papá me enseñó a no temer a aquellos que con su voz pretendían infundir terror; pues, según él, esa manera de actuar era, sin duda, propia de cobardes.

Me quedé quieta, esperando que terminara su particular saludo. Y cuando finalizó, abrí los ojos. No recordaba cuando los había cerrado o sí lo había llegado a hacer, el caso es que los párpados me impedían ver el rostro de mi verdugo. Mis ojos libres de ese obstaculizador velo se clavaron en los suyos.

La oscuridad que reflejaban casaba a la perfección con su desfigurado rostro. Todo en aquella enorme criatura, que tenía impasible ante mí, estaba roto. Su aspecto se componía de restos humanos. Su ojo izquierdo era de un penetrante tono zafiro que me permitía ver mi faz reflejada en él. En cambio, el derecho se componía de diversos tonos marrones con pequeñas motas más oscuras que le brindaban una ternura que en aquel momento no llegué a comprender. Sus gruesos labios no encajaban con su fino y poco marcado mentón. Sin embargo, cuando aunabas todas estas piezas percibías una belleza que a simple vista no aprecié. Y sentí como su ojo azul me miraba con miedo y el castaño con amor.

El ser me miró extrañado. Giró avergonzado su mirada y dejé de sentir el latir de mi corazón. No sabía cuándo exactamente este había empezado a palpitar enloquecido, pero cuando su mirada se alejó de mí, se detuvo. Observé unos segundos su lado izquierdo y percibí cómo de su ojo moteado nacía una lágrima, la cual se resignaba a separarse de su cavidad. Mi cuerpo hacía rato que había dejado de responder a mis órdenes, actuaba a su libre albedrío.

Mi mano se acercó lentamente a su rostro, con la finalidad de rescatar a esa tímida gota salada, que acto seguido se introdujo por los poros de mi piel, refugiándose en mí. El monstruo, tras vislumbrar mi inconsciente hazaña, posó de nuevo su mirada en mí. Cosa que agradecí. La echaba de menos. Y sonreí, pues en ese preciso instante tuve la certeza de que me hallaba frente a una criatura dulce e inofensiva.

Sus cejas, demasiado finas para la rudeza que presentaba su rostro, se alzaron asombradas. Nunca antes habían presenciado una sonrisa. Ese gestó despertó un sentimiento dormido en mí, y decidí, esta vez siendo consciente, acariciar las costuras que unían todas las partes de su rostro. Fue un momento mágico. Mis sensibles dedos, poco acostumbrados al trabajo, sintieron cada pliegue de su áspera piel. Y justo cuando reseguía la costura que unía sus labios con el mentón, me detuve. Mi mano empezó a temblar. En un principio creí que era miedo el sentimiento que me había invadido, pero me equivocaba, pues hacía rato que había dejado de mirarlo a través del ojo que juzga por el aspecto, que se rige por las normas de la sociedad, y lo observaba por ese otro que es capaz de ver el alma. Mi estremecimiento no era fruto del miedo, sino del amor.

Deseé seguir acariciando cada retal de su cuerpo, y de hecho, a juzgar por sus gestos, a él no le hubiese desagradado que continuase. Pero debía parar. Detenerme para asimilar lo sucedido.

El mundo a mí alrededor se había vuelto menos tétrico. La noche me pareció más clara y el eco de aquellos espectadores nocturnos se convirtió en una agradable banda sonora, que otorgaba mayor encanto a ese instante.

Bajé avergonzada la mirada, empezaba a sentirme una forastera en mi propio cuerpo. Mis sentimientos embriagaban mi mente, jamás había sentido algo tan fuerte e irracional a la vez.

Él, algo más seguro tras esos minutos de intimidad y cariño, me buscó con sus ojos. Ahora era él quien necesitaba mi mirada, quien me echaba de menos.

Colocó su mano bajo mi barbilla y la alzó obligándome a mirarle, y saciar así ese deseo que comenzaba a arder en su interior. Sus ojos empezaron a emitir un brillo que deslumbró mi alma. Y ese tono azul frío y temeroso que reflejaba su ojo derecho se convirtió en un calmado océano, que me invitaba a zambullirme entre sus aguas.

A su lado, me sentí segura. Y decidí silenciar la parte más racional de mi cerebro, esa que me susurraba, con tú voz, que no escuchase a mis sentimientos, y me perdí en la irracional, otorgándole la libertad que creyese conveniente para actuar. Ignorando tus advertencias de que dicha parte me arrojaría a una vida de incertidumbre y desdicha; me dejé llevar.

Mi inconsciente gesto de amor había iluminado su mirada y su alma resplandecía por primera vez, danzando en su interior como una bailarina de ballet, grácil y armoniosa. En ese momento, dibujó, o bueno mejor dicho, lo intentó, una sonrisa. Estaba poco entrenado, pero me comprometí a ayudarlo, pues ansiaba ver como sus imperfectos labios se vestían de felicidad.

A simple vista, era un monstruo, pero cuando dejabas a un lado todos esos prejuicios impuestos por la sociedad y lo observabas sin más velo que el de la inocencia y la pureza del alma descubrías cómo de cada costura que unía los retales que conformaban todo su cuerpo brotaba la belleza que colmaba todo su interior.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pues decidí optar por la vía menos apropiada para mí. Pero no me arrepiento. Ya que ha sido precisamente su dudoso y arriesgado camino el único que ha embriagado de dicha mi vida, e inundado de amor mi corazón.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pero esa razón no servía para mí. Tú razón y yo no éramos afines. Siempre discrepamos. Pero quiero que sepas que no me arrepiento de haber decidido por mí misma andar por esta senda de la mano de ese monstruo, que tras haber sufrido el rechazo de todos, incluido el de su propio creador, Víctor Frankenstein, estaba dispuesto a quitarse la vida, sin haber conocido aún el amor.

Quizás, mamá, no era el porvenir que habías imaginado para mí, pero es el que yo elegí. Y espero que, algún día me perdones por coger su mano y caminar junto a él sin temor al futuro. Pues con él, todos mis miedos se desvanecen.

No sufras por mí, yo estoy bien. Estoy viviendo en un cuento, el cual fue concebido, por su autora, para infundir terror en sus lectores y que sin embargo ha inundado el corazón de muchos de estos de ternura y amor.

Mi monstruo no es como muchos a lo largo de la historia lo han etiquetado, sino que es el monstruo más bueno del que jamás en la historia de la literatura y de mi corazón se haya escrito.

Mamá, no me busques hasta que comprendas la profundidad que alberga esta carta. Léela a través de ese ojo que ve las almas. Y cuando sientas que sin la mirada de papá no podrías vivir, búscame. Solo entonces habrás comprendido mi escrito.

No dudes de mi amor por ti, pues este sigue latiendo con la misma intensidad de siempre. Solo necesita un descanso, quizás un tiempo sin que nuestras miradas se entrecrucen para poder echarnos de menos y entender la inmensidad de nuestro cariño.

Espero poder presentarte a tu nieto, el cual está deseando conocer a su abuela. Dale recuerdos a papá, y sed felices juntos pues eso, mamá, es lo único que importa en la vida.

“Es verdad que seremos dos monstruos, dos criaturas diferentes al resto de la humanidad, pero es esa característica precisamente, lo que construirá el lazo que nos unirá.”*

 

Con cariño, la joven que se enamoró del monstruo.

Tu hija.

 

*Citas extraídas del libro de Mary Shelley, Frankenstein.

Falsa sonrisa

Recuerdo una época en la que era libre, una época en la que era feliz, y sí, sonreía siempre. Me pasaba el día jugando con mis hermanos y amigos, bajo la atenta mirada de mamá. Ella siempre estaba cerca, ella nunca se alejaba de mí. Nunca. Hasta que un día nos separaron. Ese fue un día triste, aunque por suerte mis lágrimas se perdieron en el agua del mar y nadie las vio emerger de mis ojos, pero… lloré.

No, ya no sonrío. Aunque la gente se divierta viéndome saltar entre los aros, aunque la gente se crea que soy feliz por la forma de mi boca, sigo llorando. Ahora, las únicas miradas que me acechan son las de las miles de personas que se ríen de mi dolor, mientras trato de reprimirlo, de ahogarlo como mis lágrimas, en esa agua que ya no forma parte de mi hogar.

Ya no sonrío de felicidad, ahora mi falsa sonrisa es de tristeza.

Fin

Desde el cielo el mundo es de otro color

Desde el cielo el mundo es de otro color: la gente es generosa, humilde, altruista, las risas de los pobres son más valiosas que la fortuna del rico, la tristeza es efímera, la felicidad infinita, el amor que emerge de los corazones detiene el llanto de las nubes y dibuja el arcoíris; un puente de colores que une la lluvia y el sol, la tristeza y la felicidad, el amor y el odio, la paz y la guerra, todo se vuelve uno cuando escuchamos a nuestra voz interior, cuya pureza jamás perdió.

Desde el cielo el mundo es de otro color. Un color que en la tierra no vemos y nos viste de amor.

Mi hogar

Cada día, sentados en la misma esquina de siempre, observamos a la gente pasar. Caminan despreocupados, no le temen a una noche gélida, no sienten el dolor que el hambre provoca en sus estómagos. No, ellos parecen ser de otro planeta. De uno muy lejano al nuestro, de uno donde nada escasea, donde todo el mundo tiene un hogar para dormir y donde jamás falta una simple pieza de fruta que llevarte a la boca. Un mundo para el que ni tú ni yo fuimos creados.

Te miro, me miras y suspiramos a la vez.

Sí, viejo amigo, esta es nuestra realidad, solo nuestra. A nadie más parece interesarle. Salvo a algún que otro transeúnte que se detiene, nos mira con lástima y, si ese día está de humor, nos lanza algún que otro céntimo, de esos que nadie quiere, de esos que estorban, de esos que ocupan mucho y no valen nada. Se liberan de ese incomodo peso de sus bolsillos y se alejan de nosotros con una sonrisa bobalicona dibujada en su rostro, fruto de su buena acción del año, a últimos de diciembre.

Recuerdo como tu pelaje completamente negro brillaba hacía unos años con el sol, sin embargo ahora por mucho que sus rayos penetren directamente en tu piel, tu pelo está apagado; se ha teñido de blanco. Y tus vivos ojos verdes se ocultan tras el velo azul de la ceguera. Pero continúas buscándome con tu mirada. Sabes tan bien como yo, que siempre voy a estar a tu lado, sabes que aunque tus ojos ya no ven tu alma me siente.

Tu vida se apaga. A la mía aún le quedan unos años más de espera, de ver el ir y venir de la gente de ese otro mundo, que no es el nuestro, de ver como sus miradas, grandes actrices, fingen empatizar conmigo, introduciéndose unos segundos en mi mundo, para al final dejarme de nuevo en él. No quieren entrar. Les entiendo, yo tampoco querría. Y después de pasar toda una vida en él, hasta yo dudo de si quiero salir.

Tú saldrás, pero por la puerta grande, por la puerta del cielo, y desde allí arriba, junto al resto de almas puras, que antes que tú viajaron, me observara. Y entre juego y juego, me esperarás, pues aunque tu vida haya pasado como un soplo por la mía, jamás podría olvidar tu compañía. Mi única compañía, mi única familia, mi único amigo.

Acerco mi mano hacia tu lomo, tu pelaje se ha vuelto áspero, pero tu tacto me hace sentir en paz. En casa. En nuestra casa, una sin paredes, sin techo… Una sin nada salvo el amor que ambos nos profesamos.

Cuando faltes, volveré a ser ese vagabundo que encontraste tirado en la calle, pero hasta entonces, tú serás mi hogar.

Fin

Dedicado a todas las personas, perros, gatos… y más animales sin hogar ni amor.

Almas gemelas

La muerte no siempre es el fin de la vida, en ocasiones, como en la siguiente historia que os voy a narrar, es el principio de todo.

 

Érase una vez, cuando los peces aún caminaban sobre la tierra y las aves vivían bajo el mar, la vida de una de las estrellas más hermosas de la galaxia llegó a su fin. Fruto de su explosión surgieron miles de diminutas partículas, las cuales se unieron en dos formaciones individuales, dando lugar al nacimiento de dos almas.

 

Nada más nacer, las almas fueron separadas: una fue a parar al vientre de una mujer que habitaba en el norte de un gélido país, la otra se introdujo en el de una mujer del sur de una cálida isla. Miles de kilómetros de tierra y mar distanciaban a dichas hermanas.

 

A medida que iban creciendo la sensación de vacío y soledad incrementaba. Ninguna lograba hallar su felicidad, ambas se sentían incompletas.  

 

Hasta que un día el destino conspiró para reunirlas de nuevo.

 

Nada más encontrarse, una frente a la otra, se reconocieron. El brillo, antes inapreciable, de sus miradas se reactivó, y sus corazones empezaron a latir al unísono, tal y como había hecho antes de dividirse en dos, cuando tan solo era una estrella.

 

El tiempo se detuvo. Nada a su alrededor existía, salvo ellas y una intensa atracción que las unió en un abrazo interminable. De este acto, nació una chispa. La estrella había vuelto a la vida. Y justo en ese preciso instante, tras un profundo suspiro de felicidad que ambas exhalaron  a la vez, volvieron a sentirse completas, volvieron a ser una.

 

¿Fin?

 

Nadie se enamora de las feas

Formar parte de la clase más bien poco agraciada físicamente de la sociedad no es fácil si eres enamoradiza y crees en el amor verdadero como es mi caso, pues con el tiempo te das cuenta de que todo gira en torno a la imagen, o eso creía hasta que tú pusiste patas arriba todo mi mundo. 

—¡Ei, Carla!, ¿ya sabes de qué vas a hacer el trabajo de investigación? —me preguntó Gisela, mi mejor amiga, justo antes de que empezasen las vacaciones de verano, justo antes de empezar mi último curso de bachiller, justo antes de que aparecieras tú.

—Eh… —dije mientras recogía todas las cosas que había ido acumulando durante todo el curso escolar en mi taquilla, y a la vez miraba de reojo al último chico al que le había echado el ojo del instituto: Mario, una de las últimas incorporaciones de este año, una sorpresa inesperada que apareció justo cuando me estaba desenamorando del guaperas de Bruno, el chico más prepotente que jamás había conocido.

Mario era muy diferente al resto de chicos en los que me había fijado, cuando llegó creí imposible que me fuese a enamorar de él, pero tengo un problema, y es que me enamoro de todo chico que me dedica queriendo o sin querer media sonrisa. Sin embargo, no era tan diferente como creía, él tampoco se interesó por mí. Estaba coladito por Paula la actual novia de Bruno, la chica más guapa y creída del instituto, ideal para Bruno.

—Creo… que… —empecé a decir mientras observaba como Mario se hacía el remolón mientras Paula a su lado vaciaba su taquilla. Suspiré— Voy a corroborar una teoría en la que llevo años trabajando.

—¿Cuál? —Gisela se giró de golpe para centrar toda su atención en mí. Me conocía lo suficiente para saber que mi sexapil era más bien nulo.

—Que nadie se enamora de las feas —dije tras lanzarle una mirada rápida a Mario y bajar la cabeza al suelo afligida.

—Tú no eres fea, Carla. —Mentía, lo decía para no herir mis sentimientos. «Vale, quizás no sea fea, pero tampoco guapa».

Decidí responderle con mi silencio, no quería seguir aquella conversación, ya sabía como acababa: ella siempre me decía todo lo bueno que yo tenía, y yo nunca conseguía verlo. Estaba cansada, deseaba alejarme durante unos meses de la gente de mi edad. Al menos con mi familia no me sentía la fea, entre ellos incluso me sentía agraciada. El verano era mi época de desconexión, un periodo para recuperar mi autoestima, y recargar fuerzas para el siguiente curso. Solo que ese verano, no fue exactamente como los demás. Ese verano apareciste tú.

Como cada año mi familia y yo nos fuimos a veranear al pueblo, no te digo el nombre tú ya lo sabes, además aunque lo dijese nadie lo conocería. Es uno de los pueblos menos habitados y más recónditos de toda Andalucía. Sin embargo, fue en aquel inhóspito lugar donde nos encontramos.

Yo releía uno de mis libros preferidos, El diario de Bridget Jones, cuando de repente pasaste por delante de mí, y me llenaste la toalla de arena. No sabes qué rabia me dio. Odio el tacto de la tierra en mi piel. Me había costado casi cinco minutos, sin exagerar, tener la toalla perfectamente limpia de esos indeseables granos, y en menos de un segundo las pequeñas partículas que desprendías al caminar, esas que lanzáis los chicos guapos para hechizar a las chicas, invadieron mi mundo.

Desde ese día, sin que tú te dieses cuenta, me pasé los minutos, las horas, los días con el libro abierto por la misma página, sin avanzar ni una línea. La única historia que me interesaba era la tuya. Me perdí en ti, dejando a Bridget en un segundo plano. Y aunque a veces me entraban ganas de meterme en el agua, pues el calor apretaba con fuerza, no podía permitírmelo. Si ya de por sí, sin que estuvieses tú rondando por allí, me costaba realizar el pequeño trayecto que había de la toalla a la orilla, pues me sentía expuesta a las miradas de la gente. Mi cuerpo no era ni mucho menos como el que siempre había soñado tener, ni siquiera se acercaba al de las demás jóvenes que se encontraban jugando en la orilla. No, ellas no tenían por qué avergonzarse. Ellas sí que podían exhibirse, yo no. Por eso, mientras tú estabas allí, nunca me levanté de la toalla para darme un baño, no me atreví. Pensar que tú me seguirías con la mirada hasta la orilla, por muy egocéntrico y poco probable que este pensamiento me pareciese, la mínima posibilidad de que esto pasase, me aterrorizada.

Pero ese día, el calor apretaba más de la cuenta, yo me confié. Llevaba rato buscándote, sin éxito. No estabas. Así que decidí dejar el libro sobre la toalla, total no creo que Jones se fuese a mover de la escena en la que por mi culpa llevaba anclada días, y sospechaba que al menos hasta que tú te marcharas allí seguiría.

Me puse de pie, crucé mis brazos sobre el estómago, sabía que era una tontería, sabía que me estaba exponiendo más de lo que deseaba, pero al menos esta postura me confería cierta seguridad. Una seguridad que mi baja autoestima había masacrado.

Sentí como el agua cubría poco a poco mis pies, y las miradas de la gente me desnudaban. Creí escuchar sus burlas, pero no estoy segura del todo, a veces incluso, creo percibir sus pensamientos con respecto a mí; siempre negativos.

Me zambullí rápidamente, a pesar del contraste del frío del agua y el calor del exterior, no me lo pensé. Prefería estar dentro congelada a tener medio cuerpo fuera y que me siguieran mirando. Ese instante mientras buceaba, sin escuchar la voz de nadie, simplemente saboreando el silencio y la soledad era el que más me gustaba.

Al sacar la cabeza del agua, para coger aire, me choqué contra alguien. Me puse muy nerviosa, sentí como mis flácidas carnes habían colisionado contra un cuerpo robusto. Me sentí una vaca, una morsa…  Sin embargo, al girarme y verte, esos pensamientos desaparecieron.

Tu mirada no era como la de los demás, tú me mirabas de forma distinta, tú veías en mi algo que el resto de personas no veían. ¿Pero el qué?

Tus ojos no se despegaban de los míos, no parpadeabas, tan solo me contemplabas ensimismado como si yo fuese una hermosa sirena que te había embrujado.

Cuando recuperé la razón, cuando mi corazón recobró sus latidos y mi garganta la voz, te pedí perdón.

—¿Por qué? —me preguntaste dibujando una media sonrisa, que me hizo sospechar que tú ya sabías el por qué.

Tu media sonrisa acabó de rematar lo que días atrás tus partículas empezaron a forjar en mi interior.

«Mierda», pensé. Mi media de enamoramientos crecía, lo que conllevaba a un dolor mayor en menos tiempo. Mi corazón no me dejaba un respiro.

—Por chocar contra ti —dije sin entender muy bien tu juego.

—¿Y si no has sido tú quien ha chocado contra mí, sino yo contra ti? En ese caso el que se debería disculpar sería yo.

Tu razonamiento me dejó sin palabras, siempre había pensado que la culpa de todo lo que ocurría a mi alrededor era mía; nunca nadie me había hecho pensar lo contrario, excepto tú.

Mi silencio fue la única respuesta sensata que hallé. Me correspondiste con una sonrisa que iluminó todo mi mundo.

Ya había caído. Ya era tuya.

—¿Creí que le tenías alergia al agua?

Eché mano de nuevo a mi estrategia de no decir nada, como ya me había pasado muchas veces, era preferible no hablar a meter la pata, práctica que por desgracia cometía más de lo deseado.

Me encogí de hombros.

—El libro que estás leyendo debe de ser muy interesante.

Aquella afirmación me hizo pensar que igual yo no había pasado tan desapercibida para ti como pensaba.

Asentí.

–¿Cómo se llama?

Me daba vergüenza decírtelo, no me avergonzaba del libro en sí, pues considero que su autora es una escritora increíble, pero sí de que me gustase, precisamente, a mí. Yo, una chica tan similar a su protagonista, no me hace falta leer este tipo de historias, ya que mi vida es un calco de la novela, en ocasiones, incluso mucho más deprimente. Pero al ver que hay, al menos en el ámbito literario y enclaustrado entre las hojas de un libro, un personaje tan particular como yo, me hace sentir un poco mejor.

—El diario de Bridget Jones.

Te quedaste callado unos segundos. Vi como tus ojos se habrían poco a poco cada vez más, y tus pupilas se dilataban, parecías emocionado.

—Me encanta —dijiste.

Y entonces lo supe, comprendí por qué te habías fijado en mí. Estaba claro, blanco y en botella. Eras gay.

Sonreí. Todo cuadraba. Me sentí tan tonta por haber, aunque tan solo fuese por unos segundos, imaginado que yo te podía interesar.

—Entiendo.

—¿El qué? ¿Qué entiendes?

—Pues que tú… bueno tus gustos… son… —Un repentino calor empezó a subir por todo mi cuerpo hasta incendiar mis mejillas.

En ese momento te echaste a reír a carcajadas, me desarmaste. Volví a perder el norte, volví a no comprender nada.

—No soy gay, si es lo que estás pensando.

El incendio, que se había extendido por todo mi ser, estalló. Ya no hacía falta llamar a los bomberos, era demasiado tarde.

Bajé la mirada hacia el agua. Ese día se hallaba más calmada de lo normal, las olas casi no se percibían.

En ese instante, me alzaste con suavidad la barbilla, esa fue la primera vez que nos tocamos, bueno la segunda sin contar el escabroso choque de mi grasa contra tu músculo, y lo soltaste, haciendo añicos la sólida tesis que llevaba años demostrando. Me dejaste sin argumentos. Todo cuanto creí cierto, lo tiraste por tierra. Mi trabajo de investigación del próximo curso se hallaba pisoteado bajo tus pies, por culpa de dos simples palabras, que alteraron todas esas partículas de ti que ya habían anidado en mi corazón.

—Me gustas —susurraste, antes de besarme.

Llevaba toda la vida equivocada. La belleza no se halla, como me hicieron creer, en el exterior, sino en el interior.

Gracias por refutar mi teoría, nos vemos el próximo verano.

Fin