Pequeñas reflexiones I

ÉL

 

En su mirada hallé el horror de una vida desdichada.

Buscaba desesperado una salida.

Nadie hasta el momento se la había brindado.

Lo miré con tristeza.

Y con un susurro mi corazón me confirmó lo que mi mente ya sospechaba “Es él”.

Mis brillantes ojos colmados de esperanza, le mostraron aquello que llevaba tanto tiempo esperando.

Suspiró, expulsando parte de su tormento y me sonrió.

Entonces lo supe: me había enamorado de él.

 

Reseña: Cumbres borrascosas

Ficha técnica

Autora: Emily Brontë

Obra: Cumbres borrascosas

Año primera publicación: 1847

Páginas: 506

 

Una historia de aires revueltos

“Echarás entonces la mirada atrás y te darás cuenta de lo feliz que eras hoy.” P.206

Cumbres borrascosas, considerada una obra maestra de la literatura universal, fue publicada en el año 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell o como hoy en día es conocida: Emily Brontë. La autora, nacida en Yorkshire el año 1818, escribía junto a sus hermanas Anne y Charlotte Brontë, pequeñas historias en verso y prosa, las cuales se recogieron en su primera publicación conjunta. Las tres trabajaron muy duro durante años para que sus obras viesen la luz y, a pesar de que las críticas en un principio no fueron muy adelantadoras, consiguieron  hacerse hueco en el panorama literario de la época. Y un año después de la publicación de Cumbres borrascosas, Emily, que padecía una grave enfermedad, murió a los treinta años de edad, sin poder saborear el éxito que, con el tiempo, adquirió su obra.

La casa cuyo nombre da título a este libro adquiere el papel de personaje principal y esencial en la obra, pues la atmósfera que envuelve a Cumbres borrascosas: la inestabilidad meteorológica, la niebla que entierra las escarpadas cumbres, sus impetuosas tormentas de agua y nieve y el ambiente hostil que riega la vida de la tierra; se apodera de la personalidad de sus habitantes, otorgando a la mayoría el carácter temperamental que da sentido a la historia.

La autora nos muestra, gracias a este fiel retrato de la sociedad inglesa de Yorkshire, la compleja y aislada vida de sus lugareños a través de unos personajes ficticios afincados en los dos escenarios claves de la novela: Cumbres borrascosas, donde habita en primera estancia la familia Earnshaw y la Granja de los Tordos, propiedad de los Linton. Vecinos que, por su forma de ser y, me atrevería a añadir, por la influencia que la primera finca, embriagada por un ambiente borrascoso, causa en sus inquilinos, anidan en su interior una intensa carga emocional que los hace enloquecer.

Heathclift es quizás uno de los personajes más complejos y desconcertantes de la novela. Acudiendo a un símil que en otras ocasiones se le ha conferido, debido a la innovadora construcción de la historia, a su autora; este personaje, así como la propia trama en sí, es como una muñeca de matryoshka que, con el tiempo, se va despojando de sus capas. Su incierta llegada al mundo y los constantes desprecios de su hermano adoptivo, Hindley, fueron poco a poco creando en su interior una discordia hacia todos los que le rodeaban incluido a sí mismo.

La relación que une a Heathclift y Catherine, su otra hermana adoptiva, es intensa pero a la vez demoledora, hasta el punto en que dicha amistad perturba de tal modo a la joven  que acaba con su vida. Hecho que atormenta a, su obsesivo y trastornado enamorado, Heathclif el resto de su vida.

Gracias a la descendencia, despojada del tormento que ensombrecía las almas de sus padres, ambas familias consiguen unirse y disipar la niebla que oscurece a Cumbres borrascosas.

Una obra elaborada con gran meticulosidad narrada en primera persona a dos voces: la primera y principal, por la cercanía al texto, de la mano de Lockwood, que llega a la Granja de los Tordos para conocer a su casero Heathclift y la segunda, en forma de historia, por Ellen Dean, la mujer que cuidó a Heathclift, Catherine y Hindley de niños y que en la actualidad sirve a la familia Linton.

Emily, su autora, nos sumerge en la historia valiéndose de sus delicadas y detalladas descripciones, tanto físicas como psicológicas, de los lugares y personajes que la constituyen; permitiéndonos así percibir, como en nuestra propia piel, sentimientos como: desolación, dolor, soledad, amor… que esta novela nos brinda.

Para concluir, exponer que esta es sin duda una pieza clave de la literatura universal, que recomendaría leer a todo lector apasionado, escritor en ciernes o amante de la escritura del siglo XIX.

Desde mi arcoíris

La felicidad parecía haberse colado en el interior de la casa de la puerta azul del paseo marítimo de Badalona. La casa de mis papás. Aquel día mamá estaba pintando la pared de mi cuarto, puedo decir que se le daba muy bien dibujar ángeles, pues se parecían mucho a los de verdad. Quizás el tono del cielo real no era tan celeste como ella se lo imaginaba, pero me sentía muy agradecido por el amor con el que revestía mi cuarto. Papá entró al cabo de un rato, cargado con maderas, tornillos, un martillo; a simple vista parecía todo un carpintero pero cuando mirabas más detenidamente veías en él la torpeza que lo caracterizaba. Me reí mucho cuando uno de los palo que compondría mi cuna de ensueño cayó sobre su pie y papá emitió un doloroso quejido semejante al de una niña. A mamá también le hizo gracia, pues su rostro cansado pero lleno de ilusión, dibujó una tierna sonrisa que conquistó mi alma. No podía dejar de mirarla; era tan hermosa. Y al fin, cuando papá se recuperó y mamá dejó de reírse de él, se arremangaron las mangas de sus camisas, intercambiaron una mirada donde ambos vieron reflejada su dicha y procedieron a armar mi cuna.

Esta ardua pero entretenida tarea les llevó toda la tarde, aún hoy la recuerdo con cariño y añoranza, pues en aquel momento la causa de su alegría era mi llegada. Finalmente, después de estar un rato embelesados observando mi cuarto y acariciando con dulzura la tripa abultada de mamá, apagaron la luz y salieron de él. Desde aquel instante, mi cuarto cubierto de amor y sueños, quedó desangelado durante más tiempo del deseado, hasta que otra alma volvió a iluminarlo.

Aquella noche mamá notó un agudo dolor que la obligó a acudir con papá al hospital. Y aunque la vida desde aquí se ve diferente; se siente igual o, incluso, con mayor intensidad por el hecho de poder escuchar sus corazones. Su miedo me llegó como si un viento gélido traspasase mi diáfano cuerpo. Un médico la atendió rápidamente, dejando a papá en una solitaria sala con la única compañía de su ángel de la guarda que intentaba calmar el desasosiego de su alma envolviéndolo con sus alas.

Miré a mi alrededor, aquí sobre mi arcoíris todos parecían tan felices, eran almas igual que, al igual que la mía, no tuvieron la suficiente fuerza para dar el último paso, hacia un mundo donde el odio y la envidia gobernaban los corazones de los hombres. Para ahorrarme dicho sufrimiento mi ángel me recomendó finalizar aquí mi viaje, en un lugar donde podría seguir viendo a mamá y salvar el candor de mi alma. «¿Pero cómo voy a ser feliz sin su sonrisa?», pensé. Volví de nuevo mi atención a ella, papá había dejado la soledad de aquella sala para abrigar a mamá con su amor. Ambos se encontraban ensombrecidos bajo una incandescente iluminación artificial que eclipsaba la luz propia de las almas. El doctor se dirigió a ellos dejando entrever su aflicción, a pesar de haberse encontrado, por desgracia, infinitas veces en esta situación.

—Lo siento —dijo mirando con intensidad los aterrados ojos de mamá—. El corazón de su bebé hace días que dejó de latir.

Su férrea voz llegó a mí como si un rayo procedente de la furia del Creador me traspasara. Miré a mamá. Su rostro se había paralizado, sus grandes ojos de color miel, se nublaron eclipsando su dulce mirada. El espeluznante sonido de su corazón desgarrándose llegó a mí, como el doloroso quejido de la rama de un joven árbol partiéndose.

El calor de las alas de mi ángel, arropando mi desconsuelo, alivió ligeramente mi ánimo. Siempre estaba atento a mí, pero en ese momento un pensamiento nubló todo mi ser «¿Para qué lo va a necesitar un alma que ya no se iba a ver envuelta en las vicisitudes del mundo terrenal?», pensé. Me giré hacia él y advertir mi desolación reflejada en sus ojos ocre iluminando mi alma.

—Lo superará —me dijo intentando ocultarme la falacia que escondían sus palabras.

Intenté creerle y volví mi mirada hacia aquella funesta sala de hospital. Mamá y papá se encontraban abrazados tratando de impedir que el alma del otro huyese en mi búsqueda.

Los días, dieron paso a los meses y la desolación que se alimentaba del corazón de mamá, embebió todos sus sueños desamparándola en un lúgubre vacío que colmaba su alma de melancolía.

El bálsamo que emergía de su afligido corazón y fluía por sus mejillas, había borrado la hermosa sonrisa que alimentaba mi ser. «¿Por qué no tuve la suficiente lozanía para enfrentarme a ese mundo?», pensé. Me sentía triste, pues la debilidad de mi alma había perjudicado el corazón de la persona que más amaba.

—Aún hay una posibilidad —me dijo en tono afable mi ángel.

—¿Una posibilidad para qué?

—Para volver a ver brillar la sonrisa de tu mamá. —Al asimilar la fuerza de sus palabras noté como la luz que alimentaba mi cuerpo translucido, volvía a emerger.

—¿Cuál?

—Enviándole otra alma en tu lugar. Esto no hará que ella se olvide de ti, pero sí que te recuerde con mayor intensidad y dicha.

En ese momento me tendió una de sus alas, me cogí a ella, y volamos hacia el cielo donde nací: el de las almas nonatas. Me alegré de volver, allí me sentía protegido como una perla en el interior de su concha. Tiempo atrás deseaba salir de él, ahora, después de ver lo que esconden los corazones de los hombres, sin duda lo echaba de menos. Reconocí a muchas de las almas que danzaban con despreocupación sobre las frondosas nubes. Pero debía elegir bien; no dudaba de la bondad que rebosaba en su interior, pero mi mamá necesitaba un alma especial; que sanase su dañado corazón y lo colmara de felicidad. Miré a mi ángel, dudoso de lo que estaba a punto de hacer, él me animó con una cómplice sonrisa. Y accedí a darme un paseo por mi antiguo hogar. «Todas son igual de capaces de llenarla de dicha, pero ninguna de aliviarla por completo», pensé. Entonces vislumbré una tenue luz que me era familiar, provenía de una alma que costaba de ver por su extrema transparencia. Estaba perdiendo su fuerza. Me acerqué, y lo reconocí: era el alma que nació de mi misma estrella. Creí que no volvería a verla, pero estaba equivocado. Parecía triste, busqué a su ángel por los alrededores, pero no lo atisbé. «¿Por qué no estaba a su lado aliviándolo?», pensé.

—Hola —le dije con algo de timidez. Mi voz le provocó un respingo, no estaba acostumbrado a que le hablaran. Levantó con lentitud sus ojos, sumidos en un mar atribulado por la desesperación. Su apesadumbrada mirada absorbió la escasa luz que aún habitaba en mí.

—Hola —dijo bajando de nuevo su rostro.

Me senté a su lado, intentando que la cercanía de mi ángel alumbrase su compungida alma. Al rato se sintió con más fuerzas y me contó porqué se encontraba tan triste. Semanas atrás, su ángel de la guarda le comunicó que el encuentro con su mamá estaba muy próximo. Pero éste nunca llegó. El mayor sueño de un alma: arroparse en los brazos de su mamá, no se satisfaría. Pues poco después una triste noticia eclipsó toda su esperanza. Y el ángel que le había cuidado hasta entonces, lo dejó desprotegido de su abrigo «ya no me necesita», pensó y fue en busca de otra alma. Entonces lo supe, por eso mi ángel no me había abandonado, él seguía a mi lado esperando esta oportunidad. Miré de soslayo a mi ángel, y me sonrió levantando sus alas como si todo hubiese sucedido por casualidad «Pues claro —pensé— son ángeles lo saben todo». Tenía delante de mí al elegido, él sanaría el corazón de mamá.

—Ven —le dije tendiéndole mi mano— mamá te está esperando. —Dudó pero accedió a cogérmela.

—¿A dónde vamos?

—Voy a presentártela.

Mi ángel abrió sus alas y nos porteó hasta mi arcoíris. Como desde el cielo no podíamos ver lo que ocurría en la tierra, Dios creó este lugar tan especial para nosotros, los niños que se encontraron a un paso de las puertas de un mundo demasiado cruel para nuestra naturaleza. Un hogar dónde poder sentir el calor del ángel más poderoso de la creación: nuestra mamá.

La superficie del arcoíris es aterciopelada y el olor de su aire, dulce como el de la vainilla. Todo en él te invita a sonreír. No hay lugar para la tristeza, y gracias a esta alma podría disfrutar de dicha felicidad.

—Es ella —le dije mostrándole a una mujer que se encontraba tumbada en su cama, entre arrugadas sábanas y los rayos del sol iluminado su sombría figura. Sus cabellos húmedos debido a las lágrimas de la pasada noche, se le habían adherido a la cara ocultando su hermoso rostro.

—Está muy triste —dijo, con voz tenue.

—Sí; me echa de menos, pero cuando sepa de tu existencia volverá a sonreír. —Me giré para mirarle directamente a los ojos. —¿Te gustaría tener una mamá? —Asintió sin titubear y sonrientes volvimos nuestra mirada hacia ella.

—Pero tú eras el alma que ella esperaba, ¿crees que me amará? —dijo con preocupación.

—Te amará por duplicado. Tú no solo serás su sueño, sino que también mi recuerdo.

Durante varios días observamos juntos a nuestra mamá, ella seguía zambullida en su propio mar de tristeza. Pero una mañana el resplandor del sol la despertó provocándole un fuerte dolor de cabeza. Y corrió de repente hacia el lavado, no presentaba muy buen aspecto. No entendí qué le ocurría, hasta que vino papá y ella le dio la noticia mostrando de nuevo el brillo de su sonrisa.

—Estoy embarazada —le dijo.

Papá la cogió en brazos y le dio varias vueltas en el aire, pensé que se marearía, pero aguantó y no dejó de iluminarme con su felicidad.

—Es la hora —le dije a mi hermano.

—Pero no tengo ángel —dijo mirando al mio abochornado. Sonreí admirado por su inocencia, «sin duda es el elegido».

—Mi ángel será tu guardián. Yo no lo necesito aquí arriba —dije mirando a mi alrededor, las risas de mis amigos me incitaban a unirme a su juego, pero aún me faltaba una cosa por hacer. —¿Me harías un favor? —le pregunté.

—Claro —dijo sin vacilar.

—Cuando aprendas a hablar dile que mi alma se ilumina con su sonrisa y que nunca vuelva a dejarme en penumbras.

Ocho meses después el cielo parecía presagiar lo que ese día iba a ocurrir y todos los fenómenos naturales se dieron cita esa mañana para anunciar la buena nueva. Los rayos, el viento y la lluvia se marcharon con la misma rapidez con la que habían aparecido, dejando el camino libre a un impetuoso sol que descansaba sobre el mar. Y a su lado, uno de los fenómenos más mágicos y hermosos, también quiso dar su especial bienvenida: el arcoíris.

Tras la fachada de la casa de la puerta azul, unos ángeles pintados parecían cantar de alegría susurrando una dulce melodía que llegó hasta sus oídos. Fue entonces cuando mamá asió a su recién nacido y con paso cansado fue hacia la ventana de mi cuarto, se sentó en el alfeizar y observó sonriente mi arcoíris.

—Te amo, hijo mio —me dijo entre susurros. Y yo la correspondí con una centelleante luz que penetró sus ojos, entrando en su corazón en forma del más sincero de los “te quiero”. Y feliz al ver que lo había recibido, me marché a jugar.

Fin

Reseña: Kilómetro cero

Autora: Dulce Merce

Obra: Kilómetro Cero

Género: Ficción romántica.

Año publicación: 2017

Páginas: 188

RESEÑA

Tesoros reflejados en la historia sobre la autora:

En Dulce Merce he descubierto, gracias a esta hermosa obra, un estilo jovial y a la vez muy maduro. Jovial por el tono que utiliza a la hora de reproducir las conversaciones y pensamientos de los personajes y maduro por lo tremendamente bien que ha creado cada uno de los personajes de su obra, sobre todo el de Daniel. Con respecto a esto, creo que Mercedes es una mujer muy observadora, cosa que he deducido al leer sus escenas cargadas de detalles que te hacen sentir y entrar en sus paginas, y sensible por la precisión de las descripciones de los pensamientos y sentimientos de Daniel. Y también se aprecia, cosa que por momentos me ha emocionado, lo mucho que ama ser madre. 

Sobre la obra:

Daniel es un taxista de cuarenta años de edad que, tras dejar atrás un pasado complicado teñido de embriaguez, rehuye ciertas situaciones complicadas de la vida aferrándose a su trabajo. Poco a poco se va distanciando de su novia, Julia, hasta que ésta decide abandonarlo. Es entonces, cuando la multitud de coincidencias que encuentra en la vida de las personas que conoce a en su taxi con la suya le hace darse cuenta de que lo más importante de la vida es el amor.  Nada tiene sentido sin ella. Y es cuando empieza a luchar por recuperarla.

Enseñanzas y valores:

He podido apreciar algunos valores muy poderosos que sin duda todos deberíamos tener en cuenta:

-No debemos huir de los problemas para superarlos hay que enfrentarse a ellos.

-Los principales pilares que sostienen una relación sea del tipo que sea es: la comunicación, la confianza, el respeto, la sinceridad y el amor.

-Siempre podemos rectificar y aprender de los errores.

-Para comprender a alguien, ponte en su piel.

-No debemos avergonzarnos o arrepentirnos de nuestro pasado, pues éste fue tal y como debía ser, por eso hoy somos quienes somos. 

-Apreciar los buenos momentos que la vida nos ofrece y cuidarlos pues nunca sabemos cuánto durarán.

Análisis de la narración:

La cercanía, especificidad y sencillez de su narración te sumerge con rapidez en la historia llegando incluso a sentirla como propia.

Opinión personal:

Mientras leía esta historia he viajado por distintas emocionas: aversión, compasión, desolación… Al principio he sufrido mucho pero… al final todo ese sufrimiento que la impotencia que experimentaba Daniel por no saber si volvería a estar con Julia me ha provocado, ha brotado de mis ojos durante las últimas páginas de Kilometro Cero, dejándome una hermosa sensación de felicidad y satisfacción. Este popurrí de intensas sensaciones son las que dejan huella y, por lo tanto, que esta historia no la olvide con facilidad.

Frases y reflexiones hermosas de la obra

“No estoy nada orgulloso de lo que fui, aunque sí del hombre en el que conseguí convertirme.”

“Nunca podemos esperar a que sea demasiado tarde, o nos iremos a la otra vida con una mochila cargada de culpas y frustraciones.”

“Toda la casa me grita su recuerdo.”

“Es curioso cómo recordamos algunas cosas con tanta claridad y otras, a lo mejor más importantes o de más trascendencia en nuestra vida, las dejamos marchar sin más.”

“Jamás pensé que pudiera querer alguna vez a alguien más que a Julia, mucho menos a alguien a quien apenas acabas de conocer; y pienso con ilusión en cuántas porciones perfectas sería capaz mi corazón de dividirse.”

“De momento la vida me sonríe. Habrá que aprovechar para ser feliz.”

 

Empieza desde ya a leer “La magia del amor”

Primera Parte

Llevo miles de años observando al ser humano desde mi celestial y armonioso hogar. Cada uno de ellos hechizados por las vicisitudes de la vida terrenal. Pero he creído conveniente atesorar esta historia que estoy a punto de contar. Quizás no sea la más entretenida ni la mejor narrada, pero sí, que os puedo asegurar, es la más hermosa. 

La historia de un amor ancestral, sin precedentes ni límites.

El mayor de todos los tiempos.

Arcángel Uriel

* * *

Capítulo I

 

            Todo empezó con mi primera misión a la tierra: mi primera vez en un cuerpo de hombre.  Recuerdo cómo incluso el suave aire que acariciaba mi nueva apariencia me hacía estremecer de temor. Era como estar desnudo en medio de un bosque invernal; expuesto a la lluvia, la nieve, el viento, y a toda clase de voraces depredadores que olían mi miedo. Esta sensación no apareció meramente por el hecho de haber dejado mi tranquilo hogar y encontrarme en medio de un mundo hostil; lo que me hizo sentir más desprotegido era la ausencia de una importante parte de mí: las alas. Con la espalda al descubierto notaba como la aprensión que el mundo terrenal albergaba, se introducía a través de esa fisura en mi ser.

            Empecé a caminar sobre esa extraña superficie férrea, con la única ayuda de mis extremidades inferiores. Mis pies subían y bajaban a mi orden, pero sus movimientos eran torpes e irregulares. «No puedo presentarme así, sospecharán», pensé. Así que me puse a practicar en medio de una arboleda de frondosos robles y altos pinos. Sentí por primera vez su fresco e intenso olor. En nuestra morada disfrutamos de experiencias impensables para la mente humana, pero sin duda, al otro lado del cielo gozaban de otras de indudable poder como el olfato. Me dejé llevar unos minutos por ese nuevo sentido que estaba experimentando, pero un rayo de luz se filtró entre las robustas ramas de los árboles, dándome la señal de continuar con mi cometido. Volví de nuevo la atención hacia mi andar: «¿Cómo podían los humanos moverse con tanta facilidad?», pensé. No me cupo la menor duda de que el lúgubre traje que llevaba puesto complicaba aún más el movimiento. Me sentía tan incómodo. «¡Oh señor, no llevo ni un minuto en la tierra y ya echo de menos mi hogar!», pensé dirigiendo mi mirada hacia su morada. Debí tardar media hora más en hacerme a mi nueva forma de desplazarme, pero ¿cómo conseguiría acostumbrarme a hablar?

            El reflejo de un petirrojo, iluminado por un intenso rayo de sol, llamó mi atención. Entonces otro sentido se despertó en mí: el oído. Su melodioso canto, aunque en cierta manera me recordó a las alabanzas de los serafines, penetró en mí para hechizarme de nuevo con una majestuosa obra divina. En ese momento, un sonido mucho más suave y conocido llegó a mí: el alma del animal me estaba hablando. «Es mi oportunidad», pensé. Carraspeé para calentar y dije con un grave tono de voz que me hizo estremecer—: Hola, pequeño —la pequeña ave me miró y al posarse sobre mi hombro, tuve la certeza de que me había entendido. En aquel momento sentí mi boca seca, entonces lo recordé, los humanos tienen unas necesidades básicas muy distintas a las nuestras. Levanté la vista, intentado vislumbrar algo que calmara mi sed. A doscientas aureolas de distancia, bajo un fuego crepuscular que custodiaba todo el paisaje con su brillo, yacía un pequeño riachuelo. Me acerqué con lentitud, aquella forma de transportarme me daba poca confianza y sentía a cada paso como todo mi cuerpo se tambaleaba, experimenté un miedo irracional de caer desde una altura insignificante para un ser que habita entre las nubes. Después de un costoso trayecto y llegar a mi objetivo, el reflejo de un cielo añil dibujado en el agua, abrigado por la presencia de sus dos grandes astros: el sol y la luna, me hizo olvidar mi feroz sed. «¿Cómo es posible que estén tan ciegos?», reflexioné pensando en la divinidad de todo lo que me rodeaba.

            Miré mi reluz, su esfera dorada aguardaba en su interior una aguja que me señalaba la Luz que albergaba en mi ser. En la tierra la Luz celestial es eclipsada por la incredulidad de los corazones y las almas puras se ven obligadas a subsistir y refugiarse en su propia sombra, a la espera de que algún rayo ilumine su camino. Por lo que si la aguja de mi reluz llegase a cero me quedaría atrapado para siempre en el mundo terrenal, convirtiendo mi existencia en una banalidad.  Afortunadamente la Luz seguía abrigando mi interior en todo su esplendor. Por vez primera desde que abandoné mi pacífica morada, noté como mi cuerpo se serenaba y mi mente navegaba en un mar en calma. Así que decidí, no hacer esperar más y ponerme en marcha.

            Benzú era un pequeño pueblo de Ceuta. La costa yacía a sus faldas, reflejando el firmamento en el mar convirtiendo a estas dos grandes creaciones en una. Y, lector, aunque te puedan parecer muy diferentes entre sí, todo nació del mismo Padre. Las montañas en cambio, parecían gigantes rocosos protegiendo los límites de aquel pintoresco lugar. La Guerra Santa no había hecho demasiados destrozos físicos en aquel retirado pueblo español, pero no todo había corrido la misma suerte. Una ola de odio y egolatría arrasó con los corazones más débiles, dejando en el más profundo sin sentido a unos y repudiados a otros. Después de quince años de guerra, las disputas entre religiosos habían alcanzado tal dimensión que difícilmente el hombre por si solo podría solucionar.

            Levanté la mirada hacia mi hogar; despejado y cálido a pesar de la partida del sol, típico de finales de la primavera. Los querubines, ángeles encargados del tiempo, los astros, las luminarias, etc. habían arropado y dado sus buenas noches a su custodio predilecto: el sol. Y animado a salir a la pequeña y tímida luna para alumbrar los sueños de todas las almas.

            Su sosegada luz invitaba a sentir el delicado susurro de las almas. Esta tranquilidad me hacía sentir más cerca de casa, dejé mis pensamientos en blanco y pude escuchar los suyos. «Pues claro, sigo siendo un ángel», recordé al cabo de experimentar un episodio de confusión y debilidad. Cerré los ojos y me dejé llevar. Al segundo me volví a sentir yo mismo, el aire acariciaba todas las partes de mi diáfano cuerpo, ya no percibía el rígido suelo bajo mis pies. Abrí las dos esferas que me permitían gozar del sentido de la vista en la tierra y me descubrí flotando sobre ese disfraz de apariencia humana que Él había creado para mí. Me desplacé a través del viento, pero el cuerpo no me seguía. «¿Quizás con un poco de práctica?», pero escuché de nuevo sus pensamientos; estaban preocupados, me esperaban, no podía perder más tiempo. «Ahora no es el momento». Decidí llevar a cabo mi misión.

 

            A las afueras, bajo unas imponentes montañas, ajenos a un mundo bélico, una joven pareja, apresada por el único lazo del amor, sintió por primera vez el contacto de sus manos sin temor a ser hallados. Hasta el momento habían mantenido en secreto su romance, pero algo tan grande no podía ocultarse por mucho tiempo. Su fuerza rugía con tal intensidad que todas las almas puras que se encontraban a su alrededor podían percibir sus vibraciones. Ésta sería su oportunidad, las cadenas estaban a punto de abrirse para dejar paso a una bestia que abrasaría con su cólera la injusticia.

            Amel, una hermosa joven con tez de muñeca de porcelana, se hallaba espléndida cubierta con un sencillo vestido de algodón blanco; decorado con una simple pero elegante cinta rosada que envolvía con suma delicadeza la esbelta cintura de la muchacha. Junto a ella se encontraba Aladiah su ángel y fiel compañero. Jamás la dejaba sola. Ella lo era todo para él, su alma le pertenecía y debía hacer lo posible por salvarla de las afiladas garras de un mundo cada vez más salvaje. Aunque, a pesar de su custodia, la vida de la joven no había sido ningún camino de rosas. «Así es la vida», pensaba ella. Nunca se dio por vencida. Era fuerte y, aunque todo el mundo la tenía por débil, ella no dejaba que ese adjetivo la representase lo más mínimo. Totalmente autosuficiente, a su parecer, «inocente criatura, tiene mucho que aprender de la vida», pensé. Pues ni siquiera nosotros podemos gozar de la plena autonomía, requerimos de Su presencia y Luz para sobrevivir, y los humanos son seres más frágiles y, por ende, más dependientes. A pesar de la arrogancia que atisbaba en una pequeña parte de su ser, era una joven muy abnegada y entregada a los demás. Su espíritu soñador bebía de la única fuente que le saciaba: su sueño. Un deseo que sin ella saberlo la llevaría al límite de sus fuerzas, hasta ahogar el latido de su débil corazón.

            La pareja iluminada por la luz de la luna se encontraba junto la vivienda donde Amel había crecido y alimentado su alma. Una casa de dos pisos recubierta de tejas ajadas por el paso del tiempo y en su cúspide, a modo de sombrero, un tejado rojizo custodiaba todos los recuerdos que habitaban en su interior. Un pequeño gallinero y un corral acompañaban a esta solitaria estancia envuelta por frondosos árboles y brezos que le otorgaban una atmósfera peculiar: libre de prejuicios y hostilidad. La joven Amel había crecido muy feliz en aquel remoto claro del bosque, lejos del odio que reverberaba en los ojos de la gente. Pero su vida pueril y despreocupada estaba a punto de cambiar. Dirigió su profunda mirada dubitativa hacia la de su amado y lo que en ella halló, corroboró sus dudas. Ante ella, vio unos enormes ojos castaños que reflejaban inseguridad y miedo. «¿Estamos haciendo lo correcto?», se preguntaban ambos para sus adentros.

            Un vago recuerdo pasó por la mente de Isà: la primera vez que sus miradas se unieron en una. La suya, apagada y perdida en un profundo océano de aguas enturbiadas y la de aquella Amel de dieciocho años, llena de esperanza y un brillo que ensalzaba su luz. Era ella, estaba seguro, no podía ser ninguna otra. Solo ella había conseguido levantar a un agotado Isà de los escombros que dejaba la guerra y darle una esperanza a la que aferrarse.

            Las actuales leyes estatales no les permitían estar juntos. Si ella, hija de padres cristianos y educada en dicha fe, hubiese accedido a abrazar su religión, el islam, todo habría sido más fácil. Pero un persistente sentimiento, que ardía bajo su pecho cada vez que este pensamiento afloraba en la mente, impedía que Amel tomase dicha decisión. «¿Pero, por qué? Todo sería más sencillo de esta forma», pensaba con impotencia.

            —¿Tus padres… no han querido…? —preguntó dolorida Amel, incapaz de acabar su frase.

            —No. —Negó apesadumbrado con la cabeza Isà— Pero no te preocupes, —le cogió de las manos—  un día te verán a través de mis ojos y no podrán evitar amarte.

            Ella asintió bajando lentamente su afligida mirada hacia el suelo.

            Quizás la época y el lugar en el que se conocieron no eran los adecuados, pero aun así ellos habían luchado por su amor y allí se encontraban, dispuestos a dar una importante lección de valor y amor a su pueblo. Sobre un improvisado altar hecho con palés y envuelto en una delicada tela madreperla, que daba la sensación de estar en el interior de una enorme concha bajo el único influjo de la pasión.

            Amel retiró un segundo su mirada de Isà, y la dirigió a la persona más importante que había conocido desde que tenía uso de razón: su padre. Sentado frente a ellos, acompañado únicamente de su fiel amigo Pastor, su perro de raza pastor ovejero australiano que iba con él a todas partes; ayudante a la hora de cuidar el rebaño y amigo en los largos días de invierno. Ellos y ahora Isà, eran su única familia. A pesar de la distancia, que aún me separaba de ellos, pude sentir como el corazón de la joven se oprimía al pensar en la soledad que a partir de ese momento abrigaría a su padre. Y sin emitir ningún sonido, sus finos labios pueriles se abrieron para articular un “te quiero” acompañado por un soplo cargado de amor.

            Los jóvenes se estaban empezando a impacientar. No sabían aún quién era aquella persona que había aceptado este cometido, aun y sabiendo las consecuencias. Fue el alma de Aisha, la madre de Isà, quien me hizo llamar. Y aunque ella no se encontraba en la ceremonia, su ángel si lo estaría. «¿Y si se ha echado atrás a última hora?», escuché que pensaban. Pero claro, ellos no se podían hacer una idea de lo cautivador que era este lugar para mí al sentir por primera vez el aroma de la naturaleza y ver a través de un humano la belleza de la creación. Tampoco ha sido nada fácil controlar mi cuerpo y avanzar transportando todo mi peso.  Pero allí estaban.

            —Ya llega —dijo Pablo suspirando relajado al verme venir.

            Amel relajó en segundos todas las facciones de su rostro, para que éste volviese a verse brillar de felicidad. «Ya está, tranquila, estás junto al amor de tu vida, nada podrá ir mal a su lado», pensaba Amel mirando a su futuro esposo.

            —Les ruego que disculpen mi tardanza. Me he… —pensé buscando una excusa— perdido entre el bosque y no encontraba la localización. —Me exculpé algo incómodo con mi nueva forma de hablar, tampoco controlaba muy bien qué expresión y tono se debía utilizar en estas situaciones. «Qué complejo es el lenguaje de los hombres. Con lo sencillo que es comunicarse a través de las emociones, éstas seguro que no admitirían margen de error», pensé.

            La pareja se miró tímidamente, intercambiando recelosos pensamientos y, finalmente, ambos aceptaron mis disculpas.

            —Estamos reunidos en este recóndito plano del bosque —las palabras empezaron a brotar de mi boca como si estuviese dotado de una divina inspiración— para unir en matrimonio bajo los ojos de Dios, a dos jóvenes que decidieron emprender juntos un camino lleno de obstáculos que, lejos de separarlos, fortalecerá su unión. 

            Noté los ojos de Pablo clavados en su hija, era lo único que le quedaba en este mundo, y de algún modo sentía que hoy se la iban a arrebatar. Por eso, y a pesar de la inmensa felicidad que le hacía el verla tan dichosa, en su interior se estaba llevando a cabo una batalla de emociones contrarias.

            —Bien, queridos humanos —ambos me miraron extrañados ante mi forma de dirigirme a ellos. Entonces me di cuenta de que el término “humanos” tratándose de que yo también era uno de ellos, sonaba extraño— hijos, —rectifiqué—  cuando os plazca podéis empezar a recitar vuestros votos matrimoniales e intercambiaros las arras. —Elevé los brazos sin saber bien por qué animando a la pareja a iniciar la ceremonia.

            Isà después de escuchar mis palabras, intentó en dos ocasiones pronunciar la primera sílaba de su voto, pero de su esfuerzo tan solo se pudo oír un agudo sonido ininteligible. Vi como su ángel de la guarda, Haziel, dejaba entrever una cómplice sonrisa y lo envolvía con sus colosales alas, para tratar de equilibrar sus emociones y calmarlo.

            El joven había soñado tantas veces con este momento que cuando lo pudo acariciar se paralizó. Amel sería por fin suya. Aquella chica con andares ágiles, que día tras día veía pasar ante su mezquita, iluminada por un sol que parecía nacer de su interior, por fin sería su esposa, o al menos para él así sería. Aunque su comunidad no la aceptara, la amaba y no podía, ya no, vivir sin ella.

            —Yo Isà Abdullah te quiero a ti Amel Luna como esposo, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

            —Yo Amel Luna te quiero a ti Isà Abdullah como esposa, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

            Ambos se quedaron mirando fijamente y de esta mágica conexión, que se da en contadas veces entre hombre y mujer, nacieron unas chispas que danzaron a su alrededor hasta crear un áurea luminosa que los envolvió.

            —Por el don que Dios me ha otorgado, desde hoy y para siempre, os declaro marido y mujer. Isà puedes besar a la novia.

            La recién unida pareja se refugió en el interior de aquel cuarzo rosa diáfano que su amor había creado. Inmersos en un mundo en el que ellos eran los protagonistas, se besaron. Se sentían libres. La sociedad seguiría en su contra, pero juntos serían capaces de enfrentarse a todo tipo de vicisitudes que la vida les deparará. Y mientras Amel seguía besando a su ahora esposo un pensamiento muy fuerte creció en su mente, esta ceremonia, oficial o no, había abierto el grifo de su fuente. Lo que provocó, sin que ninguno de los dos se percatara, que una nueva chispa, esta vez, albina y muy brillante naciese de ese halo rosáceo que les mantenía unidos. Se posase justo en el punto en el que sus pechos se unían y finalmente, ascendiese hacia el cielo dibujando tras de sí una estela, un camino que un día un alma recorrería, si Dios así lo deseaba, hacia sus progenitores. Los ángeles y yo, éramos los únicos que podíamos admirar con gran orgullo el espectáculo, pues tras esta señal llena de significado, cobraba vida un sueño.

            —Amor mío, hoy es el segundo día más feliz de mi vida —dijo Amel con una mirada profunda y centelleante, que dejaba entrever toda la ilusión y la fuerza que aguardaba en su interior.

            —¿Y cuál fue el primero? —La miró Isá expectante.

            —Cuando llegue el día lo sabrás. —Sonrió con una mirada enigmática.

            Isà entrecerró sus ojos intentando, en vano, leer sus pensamientos y, finalmente, ambos se sonrieron con complicidad.

 

            Con el tiempo supe que ese día tan especial, que mencionó Amel, estaba estrechamente relacionado con el principal motivo de mi misión.

 

¿Te has quedado con ganas de saber cuál es ese día tan especial para Amel y por qué el Creador ha mandado un arcángel para ayudar a cumplir su sueño? Entra aquí y sigue disfrutando de esta maravillosa historia de amor. 

 

 

Mi dulce Bestia

Mis pasos se mantenían firmes gracias a la fuerza de su alma, pues en ese momento en qué la música empezó a sonar, todo mi ser dejó de existir y únicamente su amor me sostenía en pie. Alcé mi mirada con cierto temor de no encontrarlo tras el final de aquel largo pasillo, pero allí estaba sonriéndome y esperando mi llegada. Un recorrido que al disfrutarlo como meros espectadores parece relativamente corto, pero cuando eres la protagonista se te hace eterno. Sabía que no volvería jamás a mirar hacia atrás, el futuro que estaba apunto de crear era un sueño hecho realidad, pero mientras avanzaba hacia él me permití saborear con gran satisfacción el momento en que nuestros caminos se cruzaron. Giré mi mirada hacia el anciano rostro de mi padre, nunca había reparado en porqué este paseo se debía hacer acompañada hasta ahora. Él era quien me mantenía con los pies en la tierra, mientras mi mente se sumergía en un mar de recuerdos atesorados, como hermosas perlas en el interior de sus conchas, en un rincón especial de mi corazón.

Aquella mañana en qué decidí presentarme en el umbral de su casa, atraída por su oferta de trabajo, fue sin duda mi perdición. Jamás volvería a ser aquella jovencita que soñaba con vivir un romance de cuento de hadas como el de sus libros. Pues ese día me convertí, sin yo saberlo aún, en la protagonista de mi propia historia. Huérfana de madre desde los cinco años y con un padre enfermo, necesitaba salir de ese mundo de cuentos y empezar a experimentar la dura realidad. Al llegar al suntuoso pórtico, me sentí tremendamente pequeña, como una hormiga bajo la sombra de un rascacielos, creí entonces haberme equivocado, alcé mi diminuta mano con la intención de llamar a la puerta pero mi temor paralizó aquella acción, dudé, y cuando estaba apunto de volverme a casa dispuesta a desechar por completo esta futura fuente de ingresos tan necesaria para mi familia, la puerta de su enorme castillo se abrió.

«¿Me ha sentido?», pensé confundida. Tras la enormidad de aquella puerta de hierro, que impedía cualquier contacto con el exterior y mantenía a todos los que osaran acercarse alejados, lo vi por primera vez. Sus zapatos brillaban tanto que creí ver mi miedo reflejado en ellos y su traje caía sobre su imponente cuerpo realzando su figura y otorgándole una hermosa imagen. De repente me entró un deseo irrefrenable de continuar ascendiendo hasta su rostro, pero al llegar, percibí como si un viento gélido chocase contra mí, frío cual invierno en Alaska. Frente a su presencia sentí como todo mi se difuminaba hasta casi desaparecer. Noté como mis mejillas empezaban a ruborizarse hasta llegar a arder en mi cara, y por fin me atreví a mirarle directamente a los ojos. Verdes como la hierba de la primavera más bella, derritiendo ese hielo ártico que todo su cuerpo pretendía exhalar, lo convertían en un hombre capaz de ofrecer un amor como el de las historias con las que tantas veces había soñado. Su grave pero a la vez dulce voz me sacó de mi ensoñación.

¿Qué desea? —dijo deseoso por despacharme de su vista.

Yo… —titubeé, la mente se me había nublado hasta casi olvidar el motivo de aquella inoportuna visita— venía por la oferta de trabajo que publicó en internet.

Aquellas palabras debieron de desarmarle de cualquier arma que en ese momento poseía, pues tardó unos segundos en encontrar la respuesta adecuada.

¿Es usted la interesada? —dijo buscando a mi alrededor a alguien al parecer mejor cualificada para su trabajo que yo.

Sí.

Después de aquel primer encuentro y aunque noté que mi presencia le irritaba, me permitió quedarme con el puesto de trabajo. Fue a partir de ese momento cuando mi joven corazón, hasta entonces inocente y desconocedor de su poder, empezó a despertar de una larga y dura hibernación; hambriento y con ganas de conocer ese nuevo mundo que acababa de descubrir.

Los días fueron transcurriendo sin mayor sobresalto, pues cuando yo llegaba cada mañana para limpiar su imperioso castillo, él se mantenía encerrado en su habitación, a la espera de que me marchase para salir de ella. «¿Por qué se oculta?», pensé deseosa por saber qué motivos podía llevar a aquel apuesto hombre a alejarse del mundo.

Un mañana, cansada de esperar día tras día volver a ver aquellos hipnotizadores ojos verdes, decidí llamar a la puerta de su cuarto. Tras tocar la puerta que nos separaba, noté un extraño calor que traspasaba la gastada y gruesa madera. Me asusté, era como si al otro lado se estuviese incendiando la sala. Esperé unos segundos, deseando recibir cualquier respuesta suya, pero nadie contestó a mi llamada. Finalmente, desistí aterrada por todo el misterio que envolvía a aquel extraño ser.

Al día siguiente me sorprendió verlo en la sala de estar sentado, leyendo un libro. Al llegar le saludé con timidez mi interior se alivio de verlo sano y salvo, pero su indiferencia me corroboró que mi presencia no le agradaba y me dispuse a empezar mi trabajo de limpieza. Le miré de soslayo y vi como por una fracción de segundo había apartado su mirada de las páginas de su interesante libro para dirigírmela a mí. «Quizás no me odie. Quizás solo me rehuya por temor. ¿Pero a qué puede temer un hombre como él?» el hilo de mis pensamientos mientras subía las escaleras que me llevaban al ala oeste del castillo, me permitió soñar por unos segundos que él pudiera sentir algo por mí. Aquella mañana con mi coraje alimentado por aquellos sentimientos poco creíbles de un amor que jamás existiría, me dispuse a limpiar su refugio. Al colocar mi mano en el picaporte volví a sentir el calor sofocante que debía desprender aquella sala, pero no me achiqué y lo giré empujando hacia su interior con todas mis fuerzas.

Una incandescente luz proveniente del centro de la habitación me impedía ver qué ocultaba en aquel extraño lugar. Y aunque la curiosidad que sentía me invitaba a entrar, aquella sala despedía una fuerza demasiado potente que me lo impedía. «¿Pero qué…? », un feroz grito interrumpió mis pensamientos. La puerta se cerró de repente y tras de mí, apareció el misterioso dueño de la habitación.

No puedes entrar aquí —me dijo rabioso. Con cada sílaba que emergía de su boca pude presenciar la rabia que yo había despertado, después de años adormecida en su interior. Sus ojos ya no me parecieron cálidos sino gélidos y severos.

Pero yo… —titubeé, mientras bajaba mi mirada— solo quería limpiarla, señor.

No. Esta habitación, no. Limpie el resto de salas, o mejor por hoy puede marcharse.

¿Yo… —volví a enfrentarme a sus ojos— puedo saber el porqué? —Llevaba trabajando semanas y jamás había osado preguntarle nada, pero ese día, una extraña fuerza me armó de valor.

No, debería.

Pero, ¿me lo diría?

No.

¿Por qué?

Es personal. Puede marcharse, señorita…

Abigail. —«No sabe ni siquiera cómo me llamo», pensé afligida. Su mirada se tornó cálida como el sol de agosto, «¿quizás mi reacción haya causado este cambio en él?» .

Cerró los ojos, noté como exhalaba un fuerte suspiro cargado de miedos, y me miró. Su mirada dejaba entrever una misteriosa oscuridad. Me asusté. Hice un intento de huir, «debería haberlo hecho antes, cuando él me lo pidió», pensé. Pero entonces su mano rodeó con suavidad mi brazo impidiendo que me marchase.

No se vaya —me pidió.

Nunca —me acerqué a él de un modo que podía sentir el veloz latido de su corazón contra mi pecho.

La oscuridad que desprendía su mirada parecía haber disminuido a su lado me sentía segura, algo en mi interior me dijo que no debía temerle. Me cogió con delicadeza la mano, abrió la puerta de su habitación, la luz cegó mis ojos y noté como me introdujo en ella.

Abra los ojos —me ordenó con dulzura.

Por fin supe de dónde procedía aquella incandescente luz. Una esfera luminosa flotaba en medio de un jarrón de vidrio, colocado del revés sobre una pequeña mesita que había en el centro de la sala. «¿Qué significa esto?», pensé incrédula ante la insólita magia que mis ojos presenciaban.

Esta es mi alma, señorita Abigail. Tras haber sufrido lo suficiente, un día decidí desprenderme de ella y evitar así el dolor. Sí, de esta manera no era una persona completa, no podría sentir emociones, ni amar —dijo volviendo a posar sus intensos ojos verdes sobre los míos— pero su presencia —dejó que un intenso silencio nos envolviese. Estaba luchando en vano por evitar que el dulce hombre que habitaba en su interior saliese— la ha reavivado y podría decirse que hasta curado. —Se acercó a mí y me entró un deseo irrefrenable de acariciar su rostro. Pero cuando lo intentaba, él lo retiró.

Pero si he sido capaz de sanarla, ¿por qué no sé deja sentir de nuevo?

Porque tengo miedo de volver a sufrir.

Le prometo, señor que jamás permitiré que eso ocurra. Me acerqué a su rostro y le besé. —Noté como un intenso calor nos envolvía, dirigí mi mirada hacia la extraña esfera luminosa y vi como esta estallaba liberándose de su cárcel para volver a iluminar su corazón.

Por fin, después del largo y apacible viaje por mis recuerdos llegué al final del pasillo. Me coloqué junto a su cálido cuerpo, mi padre se desprendió de mi mano para entregarme a él. Le miré a los ojos y respiré feliz al pensar que nuestras almas nunca más volverían a estar solas. Desde ese día alimentaríamos su luz con nuestro amor y cuidaríamos mutuamente que nada ni nadie volviese a dañarlas.

Fin

El momento más feliz de mi vida

Hace años un anciano me preguntó por el momento más feliz de mi vida y yo no supe responderle. Me quedé en silencio, repasando todos los recuerdos que atesoraba en lo más profundo de mi corazón. No se equivoque, querido lector, ya por aquel entonces acumulaba muchos y de gran importancia, pero mis labios no se abrieron, pues ninguno poseía la fuerza que el anciano esperaba.

Hoy diez años después, si volviese a encontrarme con ese simpático hombre, no hubiese dudado en responder y describirle el único momento de la vida que merece ese honorable puesto. Ese día aún no lo conocía, no sabía cómo iba a ser ese momento en el que después de mucho soñarte te tuviese entre mis brazos alimentando mi corazón de la única felicidad en la vida que merece ese título. ¿Qué lo diferencia del resto? Su divinidad.

No sé, si con meras palabras podría describir lo que he sentido al ver tu dulce rostro por primera vez. Pero a partir de este momento, sé que no existirá mayor felicidad que la de tenerte entre mis brazos y ver pasar los minutos y las horas mientras estoy absorta admirando tu belleza.

Querido anciano, si está usted leyendo este relato me gustaría que supiese que el momento más feliz de mi vida es este.

Un hermoso regalo llamado maternidad

¿Qué significa ser madre?

Estoy segura que todos responderíamos a esta pregunta sin pensar. Se es madre cuando tienes un hijo. Ese es un modo, el más común y visible de ser madre pero, después de mucho pensar he llegado a la conclusión de que, no es el único.

Siempre que pensamos en el día de la madre, nos vienen felices y hermosos recuerdos a la mente, pero… como todas las cosas este día puede ser como una espada de doble filo, uno suave y tierno y otro afilado y tremendamente doloroso. ¿A qué me estoy refiriendo?

TE INVITO A REFLEXIONAR CONMIGO

Veréis después de mucho pensar y reflexionar he llegado a la conclusión de que ser madre no es algo tangible o algo visible sino algo que se lleva en el corazón. Algo con lo que se nace. Te puede parecer una autentica locura lo que estás leyendo, pero deja a un lado tu mentalidad racional y excéntrica y párate a pensar en:

Esas mujeres que desean a toda costa ser mamás, pero que por una cuestión u otra no pueden, para mí ellas con el amor que están desprendiendo a esa nueva vida que un día desean acunar, ya están alimentando un alma que estoy segura un día les llegará a sus brazos, de una u otra forma. Es posible incluso que no la hayan parido ellas pero aún y así ese pequeño bebé o niño habrá sido alimentado con su amor durante la larga lucha que lidiaron hasta conseguir llegar a él.

 

Esas mujeres que de igual manera alimentaron con todo su amor a un alma que si llegó a estar en su interior pero que por distintos caprichos del destino tuvo que volver antes de tiempo al cielo. Hoy esos bebés están observando desde su cielo a su mamá, en este día tan especial. Si eres una de ellas mira al cielo y dedícale una sonrisa.

 

Esas hijas que perdieron a sus madres, hace mucho o poco tiempo da igual, quiero que sepan que para este tipo de amor el tiempo no corre, es efímero, este amor no muere nunca. Si te sientes parte de este grupo quiero que sepas que tu mamá está protegiéndote desde un tranquilo lugar del cielo y se siente muy orgullosa de ti.

 

Esas niñas que juegan y sueñan un día con ser mamás. Ese sentimiento no es ningún juego, ellas ya tienen esa semilla en su corazón, que con el tiempo ira creciendo hasta estallar y no poder acallar ese fuerte deseo con el que ya nacieron.

Esos hombres, que aunque no hayan nacido mujeres se sienten una de ellas, y sobre todo sienten que esa pequeña semilla también se plantó en su corazón. Si eres una de ellas, no dejes de luchar pues si esa semilla crece en ti es porque un día un alma llegará para regarla.

Esas madres que podemos ver cada día por la calle y sabemos con claridad que son madres o quizás lo serán muy pronto. Sí sin duda este es el grupo al que siempre felicitamos en un día como hoy. Y sin duda se lo merecen, pero…

Para mi ser madre va más allá y no es algo visible, sino algo que está oculto en el corazón de unos pocos, pues no creas que todas las madres que puedes ver con tus ojos, lo son de verdad. En muchas de estas mujeres la semilla no llegó a crecer y a pesar de ello no podemos negar que son madres, aunque bajo mi punto de vista, y aunque suene duro, no lo son y nunca lo llegarán a ser. Madre se nace y cuando se va creciendo, a veces antes a veces después, se empieza a despertar ese amor incondicional que sin tener aún a quien demostrárselo envuelve toda nuestra alma. Para mí esto es ser madre. Y si tú te sientes parte de ese gran grupo que engloba a todas la madres, ese que atesora la hermosa semilla llamada maternidad en su corazón: ¡FELICIDADES!

Una navidad diferente

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto con sus luces y festejo navideños. ¿Irónico, no? Ali se mostraba inquieta, excitado esperanzado con que aquellas leyendas que su padre le había contado sobre unos seres mágicos que se presentaban justo esa noche del año en las casas para dejarles algún un pequeño trozo de chocolate. «¿Chocolate, ni más ni menos, lo he probado alguna vez?», pensó con los ojos iluminados por la emoción con el momento de llegar a saborear aquel dulce placer. Su madre, en cambio, le habló de lo verdaderamente importante de aquellas fechas: los milagros que desde hacia miles de años se hacían realidad durante esa noche tan especial. Años en los que un niño era solo un niño y la navidad su época favorita. Su magia los envolvía como niebla espesa aunando realidad y fantasía entre dulces aromas y divertidos cánticos. El momento perfecto para reunir a la familia frente a un hermoso árbol de Navidad. Pero para el pequeño esta magia estaba a punto de desaparecer de su vida.

Justo antes de que su madre le diese un cálido beso en la frente y le arropase con su colorida manta, Ali había pedido un deseo. No se lo había dicho a nadie, pues sino, no se cumpliría. Por aquel entonces aún no sabía de qué se trataba, pero minutos después su deseo llegó a mí oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Debía hacerlo realidad. Él, un inocente de tan solo cinco años de edad, merecía ser feliz. ¿Pero cómo?

Su madre apagó la luz de su cuarto y salió de él, dejando la puerta entreabierta para que le entrase un pequeño hilo de luz procedente del salón. Sabía que su hijo no podía dormirse si no era así, y no le importaba dejar la luz toda la noche encendida con tal de que los hermosos sueños del niño penetrasen en su alma haciéndole olvidar su realidad.

Ali escuchó como los susurros y risas, provenientes del dormitorio de sus padres, resonaban rompiendo el silencio de la casa. Un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar y se adentró en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, para dar paso a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

Abrió sus ojos y vio a lo lejos, en la orilla de la playa, a sus padres. He de decir que Ali nunca antes había estado en una, pero su increíble imaginación hacía que su sueño pareciese real. Sus padres le llamaron con un enérgico gesto de manos, Ali miró hacia los lados, pero no había nada que le impidiese ir. Nada que le impidiese disfrutar de aquel magnifico día, lo que le extrañó haciendo que la duda abrazase con mayor fuerza el miedo que lo acompañaba cada segundo de su vida, desde su nacimiento. Después de una espacio de tiempo relativamente corto, se confió y dejó que el miedo volara solo. Se levantó y echó a correr hacia su familia. Por primera vez en su vida la libertad alimentaba su alma. La fría arena de la playa le provocaba una placentera sensación en las plantas de los pies, liberándolo de la fuerte presión que había acumulado durante demasiado tiempo en el pecho. Al llegar a donde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como el más bello de los diamantes: duro e irrompible. Había sido un niño muy deseado a pesar de la época y del lugar en el que había nacido. Siempre pensé que era uno de los niños más amados de mundo. Y ahora que puedo ver en el interior de los corazones de la gente, lo corroboro. Lo era. Ambos cayeron al agua y la presión desapareció de su corazón. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y juntos entraron en una atmósfera de despreocupación y felicidad en la que nunca antes había estado.

Un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Abrió repentinamente los ojos. Se llevó su pequeña mano al pecho y se percató: la presión seguía comprimiendo su corazón. «Todo ha sido un sueño», pensó desolado. Esa noche Ali dejó de ser el un niño para convertirse en un adulto con demasiadas cicatrices e historias que contar. Los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos. «¿Qué pasa?»

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido seguido de pequeños golpes y gritos volvió a turbarlo, arrasando con la poca felicidad que aún se hallaba en su interior. Siguió llamando a su madre, siempre acudía a su llamada. «Siempre», resonó esta palabra en su nublada mente.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena que estaba sucediendo. Fuera del umbral de su cuarto no quedaba nada. Toda su vida, todo lo que había conocido, estaba ahora entre los escombros, incluida su familia. Su casa había desaparecido. La cocina en la que había cenado la noche anterior ahora estaba oculta bajo una niebla cenicienta que le impedía hasta respirar. Se tapó la nariz con su mano y siguió intentando recordar su casa antes del desastre, con el propósito de romper la invisible linea que separaba la realidad de la ficción y sumirse en el único lugar donde había sido feliz: los sueños.

El salón donde su padre le había contado: cómo celebraban la navidad en otros lugares del mundo, cómo decoraban un bonito árbol con bellos adornos y luces y cómo la familia se ponía frente a él a cantar villancicos Historias que le parecían sorprendentes y que esperaba poder vivir algún día. Aquella noche vi un brillo especial en sus ojos, «¿Un ápice de ilusión, quizás?», pensé. Pero duró poco. Pronto se eclipsaron por la lúgubre estampa de navidad que la guerra había dejado en su corazón.

Giró la cabeza en dirección al dormitorio de sus padres. No estaba. Las paredes yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él. De su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada por muy atronador que fuese consiguió hacer vibrar su tímpano. Ya no respondía. Como tampoco lo hacia el resto de su cuerpo.

La luz del dormitorio se encendió, su madre corrió en su auxilio, «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos. Estaba transpirando, las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había corrido a su auxilio, alertada por sus gritos, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo hacia su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero aun y así, seguía notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. No desistió a pesar de la brutalidad de su rabieta siguió abrazándolo, transmitiéndole todo su amor. Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado le acechaba cada noche. El silencio volvió a presidir su corazón.

Volvía a ser navidad, las luces se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, pero él no las veía. Ya hacía un año de aquel fatídico día, pero gran parte de su cuerpo seguía paralizado. Había dejado de creer en aquella magia de la que tantas veces su madre le había hablado. Su infancia se había desaparecido, al igual que sus padres, bajo los escombros. Su deseo no se había cumplido y ya jamás lo haría. Se abrazó a la mujer con fuerza, pues era lo único que le quedaba, y lloró.

Cada noche, el pequeño Ali se convertía en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños hoy en día sigue siendo real. Pero él tenía la suerte de que al despertar siempre acudía ella a su angustiosa llamada. La mujer que no era su madre pero que sí que lo era. Y le calmaba ofreciéndole todo su amor.

La guerra había dejado un vacío en su corazón. Un hueco que jamás podrá rellenarse ni curarse con nada. Sus verdaderos padres habían fallecido, al igual que sus amigos y vecinos, a consecuencia de ella. Un año después seguía sintiéndose como aquella noche de navidad en la que se despertó tras el sonido de las bombas. Solo, bajo el único refugio de su manta.

La navidad volvió a dejarse caer como un bloque de acero macizo sobre su alma. La ilusión que envuelve a los demás niños no se había dejado ver en su rostro desde entonces. Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, le vistió y le llevó hasta el coche.

¿A dónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento el pequeño se dio cuenta de una cosa. Fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de Neylan y Murat, el hombre extraño que estaba casado con Neylan, el pequeño llegó al maravilloso sitio. Murat le ayudó a quitarse la venda. Ali apretó con fuerza los ojos, pues se le había nublado la visión por la presión de esta, y miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza fundiéndose esta vez sin temor en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra se estaba marchando de su interior y esta vez para no volver. Aquel paisaje cubierto de nieve y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. No era el árbol en sí, si no lo que representaba para él. La historia que su padre le había contado sobre la navidad en otros lugares del mundo era cierta. Durante sus años en Siria jamás había visto un verdadero árbol de navidad, y allí estaba frente a él. Un espléndido árbol adornado con todo lujo de detalles que resplandecían gracias a la luz de su inocente alma. «La magia existe», pensó. Miró al cielo, sabía que allí había un ángel que velaba por él. El ángel que había hecho posible su deseo. Pues la verdadera magia no es cosa de reyes magos ni de ancianos barbudos vestidos de rojo que van diciendo con voz grave “jo-jo-jo”. Esta magia venía de algo mucho más enigmático y ancestral: el amor.

Levantó su mirada, primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, junto a sus padres, dos personas que lo amaban con locura y harían cualquier cosa por él. No eran sus verdaderos padres, pero los amaba como si lo fueran.

Toda historia acaba con un final feliz, ¿No es así? La de Ali termina bien, su oscuridad se disipa de su corazón para dejar paso a la magia que todo niño debe sentir en estas fechas. Pero no todas las historias de niños como Ali acaban bien. Yo he querido contar su historia, pues yo fui su verdadera madre. Y no quisiera que ningún otro niño sufriese lo mismo. Nuestras narraciones no siempre son alegres, pues cada día que pasa se convierten en más trágicas, pero seguimos contándolas con la esperanza de hacer reflexionar a los que aún viven.

Quizás esta no sea una historia típica de navidad, pero por desgracia no todas las navidades se viven del mismo modo. Esta es la navidad vivida a través de los ojos de mi pequeño Ali, y posiblemente la de muchos otros como él. Yo solo soy un ángel que narra historias; tú, en cambio, navegas bajo el influjo de tu corazón, no permitas que otro ángel cuente una historia como la de Ali. Nosotros solo podemos contarlas, tú puedes hacer que estas nunca tengan que narrarse. ¿Sabes ya qué historia no contarás?

Fin

El falaz sabor de la felicidad

 

La mañana en que llegó Juan era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese. Mi vida ya no tenía sentido. Mi familia, mi pareja, mis amigos, etc. Todo parecía insípido después de haber probado el sabor de la falsa felicidad. Una falacia que envolvió todo mi mundo y de la que pocos consiguen escapar. Y cuando todo parecía perdido, llegó él.

Cansado de pasarme las horas y los días mirando a la nada, desde la ventana de mi cuarto, me giré dando la espalda al mundo real. Y allí estaba Juan, de pie junto la puerta. No lo había escuchado entrar, de hecho era imposible que hubiese entrado por la puerta, pues la llave siempre estaba echada. Llevaba meses en aquel cuarto, saliendo muy de vez en cuando por necesidad. Pero él había entrado. ¿Cómo? Más adelante lo sabrás. Pero en aquel momento yo tampoco lo sabía. Así que, creo que lo más justo es que ambos juguemos las mismas cartas y que tú, al igual que yo, en aquel entonces, tampoco lo sepas.

¿Su aspecto? No sabría cómo describirlo. Era un ser diferente. Medio hombre, medio animal o quizás otro tipo de criatura. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que su semblante iba cambiando, adquiriendo formas cada vez más inverosímiles.

Me sonrió y me sentí, por primera vez después de meses, bien. Fue como si parte de él entrase en mi interior y me llenase de vida. Desde aquel momento nos hicimos inseparables. Siempre estaba a mi lado. Nos divertíamos juntos y hablábamos largo y tendido sobre la vida. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa perfectamente homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a notar algo extraño en mí. Mi mirada, decían, había cambiado y mi silencio ya no era tranquilo, sino más bien tenso. Julia, mi novia, lloraba cada vez que hablaba conmigo. No entendía el porqué en aquel momento. Yo me sentía feliz, después de muchos meses atrapado en la más absoluta indiferencia. Pues lo peor que le puede pasar a una persona es sumergirse en ese mar. Te ahogas en él sin llegar a sentir nada. Y cuando quieres darte cuenta ya es demasiado tarde para salir a la superficie. Pero mi familia no creía que yo estuviese saliendo a ella, sino que seguían viendo como me hundía sin ni siquiera enterarme.

Pasaba los días encerrado en mi habitación igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, ahora estaba siempre de espaldas a mí. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero no estaba solo, tenía a Juan. Era mi mordaz lazarillo, pues yo me encontraba ciego y solo, en medio de un mundo extraño en el que él me guiaba a placer. Su visión del mundo se introdujo en mi como el hilo en una aguja en mi ser. Creía ver el mundo tal y como era de verdad gracias a él. «Crecí entre falacias», pensaba. Y me sentí confuso y enfadado a la vez con mis seres queridos. Me distancié, aún más, de ellos pero seguía en continuo contacto con mi fiel amigo Juan.

Un día, mi novia entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era mentira. Según Juan: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La miré con un ápice de odio, nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. En aquel preciso momento olvidé aquel sabor que me había llevado al infierno en el que me había refugiado y recordé lo mucho que la amaba.

Me sentí atrapado. Sin saber qué hacer. Mi única certeza en ese momento era que: “no quería, por nada del mundo, perderla”. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Estaba igual que antes de que todo esto empezase, antes de que la droga consumiese mi ser. Todo parecía estar en silencio pero un sibilante susurro me alejó de ella, llevando mis pensamientos a un lugar mucho más lejano y frío. «No. Detente. No vayas hacia ella. Es mala», me decía. Pero por primera vez ignoré aquella voz hipnotizante y la abracé. Recuerdo que pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Me abrazó con fuerza y me dijo al oído:

Yo te sacaré de aquí.

En ese momento me la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel de los hermanos Grimm, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé una dura decisión: distanciarme de Juan.

Juan no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Su aspecto se había vuelto diabólico. Pero me giré hacia la ventana de mi cuarto de nuevo y observé lo que aquella pequeña muestra de verdad me revelaba. Vi a Julia saliendo de nuestra casa con Anec, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, todo lo que yo no tenía ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amo a mí mismo, ¿cómo podré amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mi?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda el distanciamiento de Juan me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome pero lo ignoraba. Seguí observándola mientras jugaba con Anec y, entonces una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creí haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba sacando de la profundidad. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que todo esto empezase.

Y del mismo modo en que aquella ventana había atraído a Juan hacia mí, encerrándome en mi mundo sin prestar atención al verdadero, también lo hizo poco a poco desaparecer. De igual manera en que entró en mi cuarto sin yo enterarme, se desvaneció. Había llegado a la superficie. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrí la puerta al probar aquella sustancia que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien le dio la espalda hasta que desapareció.

Hoy Juan forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, yo era Juan. Mi nombre verdadero es Gabriel, pero con el tiempo me fui dando cuenta de que aquel personaje lo había creado yo. Cogiendo, de forma inconsciente, la primera sílaba del nombre de Julia y de Anec, los dos seres que mantuvieron a mi corazón con vida. Dando de este modo forma a un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún hoy le sigo agradeciendo su visita. Ahora sé las consecuencias que el falaz sabor de la felicidad puede acarrear de forma invisible para muchos y destructiva para otros. Un sabor que dura toda la vida y que aún hoy siento. Pero no con deseo de volver a probarlo. Juan me enseñó a odiarlo con todas mis fuerzas. Desde aquella fría mañana han pasado ya cinco años. Y hoy, ya en la superficie, cogido siempre de la mano de mi mujer, estamos a punto de cumplir nuestro mayor sueño: ser padres.

Con este escrito quiero agradecer, primero a ti lector que hayas leído mi historia y espero que gracias a ella, Juan también haya conseguido crear en tu interior una emoción especial. Una emoción que solo pueden sentir las buenas personas: empatía. Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada. Espero que seas de los que se complican la vida pues solo así se consigue un mundo mejor. Y segundo a mí mismo. Suena ególatra, pero conseguí apreciarme lo suficiente como para volver a amar, y por supuesto a soñar.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin