Capítulo 4: El accidente *.* ¿Jugamos?

La línea entre el amor y el odio se vuelve a veces tan difusa que distinguir los sentimientos se hace imposible.

 

Sales de casa, tras una fuerte discusión con tus padres. Tu padre ha dejado de hablarte hace como una media hora, y tu madre que nunca se cansa de ofrecerte su opinión continua desde el umbral gritándote desesperada. No quiere que te marches, pero tú continúas caminando, sin volver la mirada hacia ella. Te sientes enfadado, impotente y solo. Ellos no ven lo que tú ves, y sin embargo se atreven a opinar sobre lo que ellos creen real. «No, se equivocan —piensas— no estoy loco. No es locura lo que siente mi corazón, si no…» lo sabes, tan bien como yo, pero temes decirlo hasta en pensamientos, pues sabes que cuando resuene esa palabra de cuatro letras en tu cabeza y la vincules a mí, estarás perdido. Ambos sabemos que lo que nos ha ocurrido no está bien, nos hemos dejado llevar. Sí, solo ha sido en sueños, pero el amor que sientes está embriaga todo tu ser. Solo piensas en que llegue la noche para volver a soñarme. He puesto, sin darme cuenta, tu vida patas arriba, y sin embargo no me arrepiento.

Miras a ambos lados, antes de cruzar la carretera, al ser domingo por la tarde, las carreteras están vacías, y sin embargo las aceras repletas de coches aparcados, y familias unidas, que a diferencia de ti, disfrutan de agradables conversaciones entre pastas y risas. Lo echas de menos, hace tanto que no disfrutas de ese modo de tu familia pero entonces… el calor vuelve a invadir tu cuerpo, la rabia regresa y con ella el recuerdo de la última escena que acabas de vivir en casa de tus padres.

—Por favor hijo, que no te das cuenta que lo estás perdiendo todo. Has abandonado a tus amigos de toda la vida, a tu familia, a… Julia…

Al escuchar de  nuevo en tu cabeza el nombre de esa amiga especial, me apago. Mi luz se funde ante la impotencia que siento. Yo no soy de carne y hueso, lo sé. No tengo ninguna posibilidad de competir contra alguien como Julia… Todo lo que te ha dicho tu madre es cierto, soy un estorbo en tu vida. Debes de vivir, como hacen el resto de humanos, la realidad que vuestros ojos pueden ver, pero… Ya intenté una vez alejarme y me fue imposible. No puedo evitar amarte.

—Julia, no es nada, nunca lo fue. Ella solo era una buena amiga, pero yo nunca he estado enamorado de ella —aclaras con un tono de voz más elevado del que sueles usar con ella.

—¿Y cómo lo sabes? ¿A caso te has enamorado alguna vez? —grita tu madre, poniéndose a tu altura y escupiendo parte de esa rabia que empieza a sentir hacia mí.

Prefieres no contestar. No sueles hablar de tus sueños. No sueles hablar de mí. Ellos no alcanzan a comprender tus sentimientos, y esa incomprensión por parte de tu familia lacera tu corazón.

—Sí, que me he enamorado y…—dudas, pero no por lo que sientes por mí,  sino por el valor que le otorga confirmarlo con tu voz— sigo estándolo —confiesas impulsado por la fuerza de esa verdad que late en tu interior.

—Por Dios, hijo… —dice tu madre arrancando, ya sin poder evitarlo, a llorar desesperada— ¿De qué? ¿De un fantasma? ¿De un sueño? ¿De un delirio de tu mente?

—No, yo sé que existe y la pienso encontrar. —Esa fueron las últimas palabras que le dedicaste a tu madre. Tu padre cansado de batallar que ya se hallaba sentado en su lado del sofá, con una copa en la mano para así evadirse de los problemas, te miró como ausente. Él ya sentía que te había perdido para siempre.

Al fin, después de caminar cinco minutos, llegas al lugar donde, después de dar mil vueltas, conseguiste aparcar el coche.  Abres la puerta que se encuentra a la izquierda del conductor, y te introduces en él. El cristal delantero está repleto de heces de esos pájaros que suelen posarse sobre ese preciso árbol, cuyo único estacionamiento libre custodiaba con su frondosa copa y abundante sombra. No te detienes, ni siquiera a valorar en pasarle un trapo al cristal. Te da igual, todo te da igual… Estás decidido a encontrarme a toda costa y, aunque en parte me siento feliz, tú obstinación me asusta.

Arrancas el coche, sin ni siquiera comprobar los espejos retrovisores están bien colocados, decidido a huir de la incomprensión de tus padres. Buscas con la mirada la radio que tu coche, a pesar de los años, aún consigue hacer funcionar, y con tu mano derecha abres la guantera. De su interior empiezan a caer papeles, un lápiz, una funda de gafas, CD’s sin las carátulas ni ningún tipo de protector que evite que se rallen… Al ver ese tu dudosa forma de ordenar las cosas, sonrío. Siempre, has sido muy descuidado. Al fin encuentras lo que buscabas, un CD en el que, entre otras muchas canciones, grabaste la de Chris Tomlin, la versión que Samarita Revival tradujo al español, y lo insertas en ese viejo, pero aún funcional, reproductor. Vuelves un segundo la mirada hacia la carretera, sabes que estás llegando a un cruce, y prestas atención hasta que ves que el semáforo se pone en rojo y te detienes. En ese momento, una joven de unos veinte años de edad cruza embelesada en la pantalla del móvil. Y en silencio rezas porque algún día esa chica que camina por tu ciudad sea yo.

El semáforo cambia de color, en esta ocasión al verde, y con un pie en el acelerador, y una mano en la palanca de cambios, dejas atrás el barrio en el que naciste. Coges la carretera que te lleva hacia tu actual residencia. Aún te quedan veinte minutos por delante, así que sin más demora llevas tu dedo índice hacia el botón de play. Buscas la pista de la canción que deseas, esa que escuchas a todas horas, y subes el volumen al máximo, con la intención de perderte en el único pensamiento que consigue aliviar tu dolor, yo.

Empiezas a cantar en voz muy alta el estribillo y te pierdes en esa letra que tú crees que habla de mí.

“Donde vas yo voy,

Donde estás estoy,

A tu lado iré,

Yo te seguiré…”

Las palabras que salen de tu boca, te otorgan una confianza que creías a ver perdido. Llevarás tu búsqueda hasta el final, pues después de lo sucedido con tus padres estás completamente convencido de que lo que sientes es real. La canción está a punto de acabar y justo en ese momento en el que el cantante no deja de repetir “yo te seguiré” te vienes arriba. Te unes a su banda y golpeas el volante como si de una cajón de música se tratase, con la emoción una parte de tu euforia se esparce hacia el pie que esta sobre el acelerador y lo pisas al máximo.   

Me estremezco. Estás a punto de caer por un barranco de mil metros de altura. La caída te mataría. Y entonces sin saber muy bien cómo, siento una especie de hormigueo por todo mi cuerpo y te veo frente a mí, cara a cara. He conseguido, motivada por el miedo a perderte, reflejar mi imagen en el cristal delantero de tu coche. Siento, de un modo más real que nunca, tu mirada puesta en mí. Mantienes unos segundos tus ojos clavados en los míos. Veo, por primera vez, el brillo de nuestro amor en tus pupilas. Y de la impresión que te acabo de causar haces girar con brusquedad el volante, y chocas contra la montaña de rocas que hay a tu derecha. Suspiro aliviada. El hormigueo desaparece. Ya no veo tus preciosos ojos puestos en los míos, tan solo tu sangre derramarse por el suelo. Tu mente se apaga. Dejas de verme, de escucharme, de pensarme, y te duermes, sumiéndote en un profundo sueño.

 

En un resorte abres los ojos, has vuelto a soñar conmigo. Me buscas por tu habitación, como solías hacer siempre que nos citábamos en tu hermoso mundo onírico, pero en esta ocasión yo no estaba allí, tan solo era un recuerdo. Tu respiración se ha acelerado. Tu cuerpo transpira ese sudor que tu pesadilla ha purgado, convirtiendo tu torso desnudo en ese manantial que desearía poder visitar. Llevas tu mirada al frente, tu mente deja de pensar y, muy a mi pesar, llegas a la conclusión que durante días te oculté: yo fui la causante de tu accidente.

Todo ese amor que creía haber visto en el brillo de tu mirada, se convierte en odio. Comprendes que tus padres tenían razón, que tu psicólogo no se equivocaba… Y esa dulce canción que al parecer calmaba tu agonía vuelve a resonar en tu cabeza, esta vez provocando tu ira.

Te levantas de la cama de golpe, sobre la mesita de noche ves mi retrato. Es el rostro de mi anfitriona. Su belleza eclipsa por unos segundos tus últimos pensamientos, resigues con la yema de tus dedos el recorrido que su cabello castaño oscuro dibuja alrededor de su cuello, y, sin poder evitarlo, te detienes en sus cautivadores ojos color esmeralda. Crees ver en su mirada un reclamo de indulgencia, en silencio te suplica que no lo hagas, pero… es demasiado tarde. Vuelves a estar envuelto en un odio irracional, el cual te impide percibir el verdadero sentimiento que anida en tu corazón. Y dejando que esa ira se apodere de ti, rompes ese dibujo que tú mismo, hechizado por mi amor, hiciste.

Sales corriendo de tu habitación. Sé a dónde te diriges, pero mi dolor no quiere seguirte.

Abro los ojos, y me sorprendo al ver a Nextor junto a mí. Su luz, algo más potente que la mía, intenta arroparme. Se lo agradezco, pero no consigue calmar mi desolación.

—Debes, dejarlo marchar. Es complicado, lo sé… Nunca es fácil ver como un avatar que tenías en tu poder, que podrías haber salvado del mal, corre hacia él. Pero no nos queda otra que luchar, que seguir caminando. Hay muchos como él, Aura, y debes ser objetiva. Estamos aquí para ayudarles, si ellos no desean nuestro amparo, nuestro trabajo se acaba. Su juego se termina, y se proclama un claro ganador.

Sus palabras aunque muy sinceras y ciertas, me atraviesan como puñales. No soporto la idea de perderte, pero como dice Nextor estás huyendo de mí, y no puedo evitar que lo hagas.

Vuelvo a cerrar los ojos. Te busco por última vez, estoy dispuesta a terminar contigo. Ya no puedo más. Si continúo, el resultado podría ser peor para ambos. Tu voz resuena en el interior de esa diabólica sala, la guarida del vencedor:

—Quiero hacerlo. Voy a acabar con… —dudas de lo que está a punto de hacer. Aún sientes algo por mí. La garganta empieza a arderte, puedo percibir tu escozor. Pero aun así, has dejado que esa parte de ti que me odia se alimente durante demasiado tiempo. Es tarde y, vencido por esa oscuridad que habita todo ser humano, acabas tu frase: Ella.

Continuará…

¡No dejes de jugar!

Me interesa tú opinión 

¿Impresiones?

¿Te intriga la historia?

¿Qué te gustaría que pasara?

Te recuerdo, querido lector, que este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.