Una segunda oportunidad

“Un sueño solo puede triunfar sobre la realidad si se le da la oportunidad.”

Stanislaw Lem, escritor polaco.

El chirriar de la puerta al abrirse ahogó los desoladores aullidos provenientes del otro lado de la verja. Donde el miedo, la melancolía, la vejez, la desesperación y la depresión convergían en una atmósfera asfixiante. Vidas olvidadas esperando entre las sombras una segunda, tercera o cuarta oportunidad que ilumine sus almas.

El sonido de unos pasos familiares, provocó una visible alegría en el refugio, haciendo que todos los perros que en él vivían agitasen con energía sus colas: largas, cortas, peludas o imperceptibles botones colocados justo en el lugar donde un día lució una hermosa cola.

Lucas uno de los voluntarios del refugio, se dirigió hacia el amplio terreno situado al aire libre, atestado de jaulas de distintos tamaños. Allí, le esperaba su público con una gran ovación como agradecimiento por el cariño que les profesaba. No todos los voluntarios eran tan pacientes con ellos como él. Sin duda, para los inquilinos a la fuerza de ese frío hogar, Lucas era el último resquicio de felicidad que les quedaba. 

Su manera de caminar, arrastrando la parte de atrás de la suela de sus anchas bambas, y su mirada siempre dirigida al suelo, reflejaban en él un carácter tímido e introvertido. Y de cara a la sociedad lo era, pero cuando llegaba al refugio, el lugar que consideraba su hogar, olvidaba su doloroso pasado, y se dejaba llevar por la alegría que esas inocentes criaturas le infundían. Allí, según él, se encontraba su familia. Pues una vez de vuelta a su piso, la soledad lo abrazaba con fiereza, oprimiendo su pecho e impidiéndole respirar. La única familia que un día tuvo falleció, dejándolo, a sus recién cumplidos dieciocho años, a merced de un mundo cruel. Blas, su perro fue ese clavo ardiendo, al que se agarró para no caer, y no soltó hasta que exhaló su último aliento. Con su pérdida nadie sostenía su alma lacerada, y justo cuando estaba a punto de caer en el oscuro pozo de la depresión apareció el refugió: su salvación.

La alegría de aquellas almas cándidas se esfumó nada más comprender que ese no era el día que con tanto anhelo esperaban. ¿Llegaría alguna vez? ¿Tendrían una nueva oportunidad? Quién sabe, quizás los más jóvenes, los más bonitos, los menos traumatizados… pero muchos otros seguirían esperando sin perder la esperanza hasta sumirse en ese último sueño, obteniendo así el descanso que tanto merecían.

Todos dirigieron con un ápice de tristeza, reflejada en el brillo de sus ojos, su mirada hacia esa pobre alma desdichada que acababa de entrar con Lucas. Su corto y níveo pelaje le otorgaban una agradable sensación aterciopelada, que apetecía acariciar. Su forma de saltar, morder la correa, su visible vitalidad y feliz ignorancia eran signo de su corta edad.

Al llevar cerca de tres años como voluntario y más de media vida con perros, el joven conocía con bastante precisión las peculiaridades que cada edad, raza, o experiencia traumatizante conllevaba. Muchos de los que en ese momento asomaban su hocico por entre las rejas, los había rescatado con sus propias manos, y la gran mayoría, por desgracia, llegaron en condiciones lamentables. Con un poco de suerte, las heridas físicas sanaban con el tiempo, pero las psicológicas eran las más costosas de curar. La paciencia en este caso era el tratamiento más efectivo, y una vez el animal permitía acariciar su dañada alma, se expandía ese ungüento llamado: confianza. 

De repente, el ánimo del cachorro cambió al sentir ese miedo implícito que los perros emanaban, provocándole un temblor que atravesó todo su pequeño cuerpo y paralizó sus delgadas patas, impidiéndole continuar caminando junto a ese extraño con el que sus dueños lo acababan de dejar. Lucas al percibir el temor del cachorro, se agachó poniéndose a su altura y con un suave susurro lo intentó calmar. Su herida, por suerte, era superficial, y sanaría con facilidad.

—Tranquilo, compi. Yo sé que eres un buen chico, pronto encontrarás a alguien que también lo sepa ver —dijo mientras acariciaba su cabeza—, pero hasta entonces estarás acompañado de alguien muy especial. —Abrió una jaula. Miró al fondo, y en una esquina ensombrecida yacía asustada una hembra de color azabache. Toda ella parecía diluirse en la oscuridad, tan solo alguna cana en su hocico, que dejaba entrever el paso del tiempo en su rostro y sus tristes ojos, la delataban—. Mira, Sombra, a quien te traigo —dijo con ficticia alegría.

«¿Sombra?», pensó el asustado cachorro. Su corazón reaccionó con un vuelco, y una sensación contraria enfrentó sus pensamientos: por un lado deseaba que fuese ella, por el otro preferiría que ella no siguiese allí. Aquel conflicto mental lo estaba agotando hasta que decidió levantar su desoladora mirada del suelo, y ambos pensamientos se unieron en uno. Al verla sus orejas, antes empinadas por la ansiedad, cayeron hasta quedarse como las ramas de un sauce llorón.

Lucas soltó al recién llegado en el interior de la jaula: su nuevo hogar. Después de comprobar que sus comederos y bebederos estaban llenos, volvió a mirar a esa madre y ese hijo, que una desafortunada ocurrencia del destino había unido de nuevo, y suplicó para sus adentros una segunda oportunidad para ellos.

—Bueno, chicos, seguro que tenéis muchas cosas que contaros. Portaos bien. Y, Sombra —dijo mirando a su vieja amiga—, no seas muy dura con él. —Abrió la verja, y tras de él la cerró corriendo el pestillo.

En el refugio, Sombra era una de las más veteranas y su carácter, antes animado, se había apagado, y poco a poco, aunque Lucas no quería reconocerlo, la perra se estaba muriendo de tristeza. Sus ocho años de edad y su color negro eran su mayor condena. Con dichas características nadie la adoptaría, y por lo tanto, estaba condenada a pasar el resto de su vida entre rejas.

El corazón del voluntario no estaba preparado para soportar otro duro golpe, y aunque  en su día se prometió a sí mismo: no volver a amar, este caprichoso sentimiento lo atravesó sin desearlo. «Quizás esta sea nuestra última oportunidad», pensó llevando su desoladora mirada a la oscura figura que se ocultaba entre las sombras.

El nuevo inquilino se acercó con cautela, llevando la cola adherida a su barriga, como pegada con super glue, y olfateando con su pequeño hocico el ambiente para averiguar el estado de ánimo de la perra.

—Hola, mamá, sigues aquí —dijo en tono apesadumbrado.

La perra lo miró desolada. Llevaba mucho tiempo confinada en su mundo. Lugar donde nada ni nadie podía dañarla. Sola, al amparo de su propia áurea lúgubre conseguía sentir una sensación que se disfrazaba de felicidad. «Pero… No es posible», pensó. Se acercó a olerlo, arrastrando con su cuerpo la pena de una vida desdichada.

—¿Copo? —dijo con un débil hilo de voz.

El pequeño asintió con timidez.

—¿¡Has… has vuelto?! —Su mirada apagada se inundó de lágrimas que intentaba retener. No podía creérselo—. Pero, ¿por qué? —dijo mientras lo cubría de babas de arriba a abajo con su ajada lengua.

—Dicen que soy muy nervioso y agresivo, y que… no tengo arreglo —dijo agachando avergonzado su mirada.

—¿Agresivo? —Rio con dulzura—, pero si tan solo tienes siete meses. Eres un cachorro.

—Mordisqueé un poquito el sofá, y eso no está bien. Me lo hicieron saber de muchas maneras: primero se reían de mi conducta graciosa mientras me decían que eso no estaba bien, luego me echaban del sofá y me gritaban un NO rotundo que conseguía asustarme, y, por último, me pegaban para ver si lograba entenderlo. Pero para mí solo era un juego, me lo pasaba bien, no creí que tuviese mayor importancia. Me equivoqué. Supongo que tenían razón, ya no tengo remedio. Soy un mal perro —dijo con tristeza.

—No, cielo, solo eres un cachorro. Has de jugar y aprender qué está bien y qué no a través de los ojos de un humano, no es fácil, pero lo lograrás. Ellos sin querer nos obligan a ser más como ellos y menos como nosotros; no todos son así, por suerte, pero la gran mayoría intenta moldearnos a su gusto, sin pensar siquiera en nuestra naturaleza —Copo bajó su mirada apesadumbrado—. No te entristezcas, verás que pronto habrá alguien que vea en ti toda la bondad que alberga tu corazón.

El pequeño se acercó a su madre, su olor era inolvidable, le transmitía esa paz y seguridad que, desde su separación, no había vuelto a sentir. Dio un par de vueltas frotándose contra ella, hasta que, al fin, se dejó caer agotado, acurrucándose entre su cálida tripa.

—Me quedaré aquí contigo, hasta que te lleven a ti también —dijo mientras un sonoro bostezo se abría paso a través de su boca, relajando así su alma.

—Eso sería mucho tiempo, cariño, por desgracia no creo que eso suceda nunca —lo miró directamente a los ojos—, pero tú, —acercó su húmedo hocico al de su hijo— un hermoso cachorro lleno de vida, pronto encontrarás a la familia que Dios creó para ti. Que te ame tal y como eres, que sepan tener paciencia y educarte y, sobre todo, que te vean como a uno más de su familia.

—Pero tú…

Sombra negó con su cabeza adivinando los pensamientos de su hijo.

—Yo seré feliz soñando día tras día en lo dichosos y amados que son mis cachorros. Me paso las horas imaginándoos con vuestras familias humanas: jugando, correteando por un frondoso parque verde, saboreando deliciosas comidas… Y el día menos pensado me dormiré soñando en vuestra felicidad, y desde mi cielo acariciaré vuestras almas. Cariño, vosotros sois lo único bueno que la vida me ha dado, y siempre estaré agradecida por ello.

—¿Mamá? —dijo mientras sus ojos se aguaban.

—¿Sí, cariño?

—¿Los humanos son malos?

—No, hijo, ellos se equivocan igual que nosotros; igual que tú al romper su sofá, que yo al morder a mi antiguo dueño… Los humanos, al ser seres creados con mayor complejidad, tienen más responsabilidades y quebraderos de cabeza que nosotros jamás podríamos comprender. Por este hecho algunos se acaban extraviando, hasta tal punto que son capaces de dañar a seres tan indefensos como nosotros.

—¿Mordiste a tu dueño? —preguntó dubitativo.

Sombra afirmó en silencio. Después de tantos años, no había conseguido perdonarse aquel terrible descuido.

—Él se enfureció mucho porque yo, creyendo que jugábamos, cogí uno de sus juguetes humanos, y me lo llevé. Pero al parecer para él no era un simple juguete, y… —en este instante de la narración no pudo evitar derramar una lágrima— me cogió de la cola y me pegó, no era, ni mucho menos, la primera vez que lo hacía, pero aquella vez su furia se interpuso sobre la razón. Sé que fue un error, pero me sentí indefensa, él seguía golpeándome y yo no podía hacer nada y antes si quiera de pensarlo tenía entre mis dientes su carnoso brazo.

Permanecieron un buen rato mirándose mutuamente; una avergonzada y el otro apenado.

—Mami, no tienes que sentirte culpable, él te estaba dañando.

—Sí, pero… —Cerró los ojos dejando entrever una cicatriz sobre el párpado—. Un perro nunca debe hacer daño a un humano, y menos a su propio dueño —Volvió a abrir los ojos—. Nuestro amo, sea como sea, es quien nos cría, educa, alimenta, da cobijo… Le debemos mucho, y sin saber cómo ni por qué lo adoramos. Y ¿sabes, cariño?, aunque me hizo mucho daño, aunque me obligó a cazar para él, disparando su temible arma junto mi agudo oído —hecho que la dejó prácticamente sorda—. Sigo respetándolo y… amándolo por todos los años que me cuidó.

—¿Qué pasó después de que le mordieras?

—Un día, como otro cualquiera, salimos a cazar. Me sentía feliz, y a pesar de inmenso dolor que el sonido de sus balas provocaba en mis oídos, me gustaba ir de cacería con él, al parecer eso se me daba bien, y solo en esos momentos se mostraba atento y cariñoso conmigo. Yo me sentía útil. Pero… ese día él no cogió su arma. —Una segunda lágrima se deslizó por su ahora blanquecino lagrimal—. Me llevó muy lejos, lo sé porque en los viajes en coche siempre me ponía mala, y en esta ocasión vomité tres veces. Y cuando por fin creí que habíamos llegado abrió la puerta en mitad de la carretera, me quitó el collar, que él mismo me había hecho con una áspera cuerda, me empujó con brusquedad, y… —cerró los ojos, tratando de rememorar ese preciso instante, y todo su dolor emergió de su corazón— se marchó. Jamás volví a verle —dijo en tono afligido, y bañada en un mar de lágrimas.

—¿Sabes? —dijo simulando alegría para animar a su madre.

—¿Qué?

—Un día en el parque me encontré con Aire. Había crecido mucho, y su pelaje brillaba bajo el sol. Jugamos hasta acabar rendidos en la hierba del parque. Luego su mamá humana la cogió con dulzura, me miró unos segundos pero… no me reconoció. Me quedé tumbado sobre la hierba, observando como ambas se alejaban felices de tenerse mutuamente.  Me alegré mucho por ella, pero entonces miré a mi dueño y me entristecí por no haber encontrado yo esa unión.

—¿Aire?, ¡oh, mi pequeña! Sí, la recuerdo, casi no le dejabais leche, entre tú y tus hermanos —sonrió al recordar aquellos momentos.

—¿Mamá, crees que algún día volveremos a estar todos juntos?

—Algún día —dijo mientras seguía inmersa en sus pensamientos, moviendo con lentitud su cabeza de arriba a abajo. Una tímida sonrisa se reflejó unos segundos en su rostro. Sabía que algún día así sería, quizás no en la Tierra, pero volvería a reunirse con todos sus cachorros, y entonces, por fin, sería feliz.

De nuevo el sonido lastimoso de la puerta silenció la habitual melodía del refugio. La tensión volvía a reinar en el ambiente manteniendo a sus inquilinos en estado de alerta. El terror, que ondeaba en la atmósfera, hacía retumbar todos sus cuerpos. Un espeluznante hedor asomaba cada vez que la puerta gruñía, ocultando a los más apocados en las sombras y provocando el deseo de lucha de los más osados. Pero, para su sorpresa, un agradable aroma a rosas frescas cautivó sus fosas nasales, haciéndoles volver a un estado más relajado.

Una mujer de unos treinta años de edad apareció cogida de la mano de una hermosa niña de no más de cinco. Ambas seguían, una en silencio y la otra dando saltos y hablando por los codos, a Lucas. El miedo, que hacía unos segundos presidia todo el refugio, se difuminó al escuchar su voz, y fue substituido por el grato sonido de esas alegres colas moviéndose a velocidades de vértigo, y chocándose contra las verjas, paredes y demás compañeros de celda. Ninguno era consciente del daño que dicho latigazo le producía, pues la excitación que sentían cada vez que él se encontraba cerca, ahogaba todo dolor.

La pequeña se acercó animada a todas las jaulas. Inés, la madre, prefirió observar desde la invisible capa protectora que se había creado. Una burbuja que la protegía de un mundo exterior gobernado por su exmarido.

—¿Estás bien? —le preguntó Lucas aparentemente sereno, mientras en su interior su corazón palpitaba con furia al mirarla. Ella, sin ni siquiera saberlo, había puesto patas arriba su mundo. Y aunque seguía aferrándose a la idea de no volver a amar, cuando sus ojos se posaban sin poder evitarlo en su consumida y débil figura, sentía un irrefrenable deseo de besarla.

Se conocieron hacía unos meses. Lucas llevaba años, por petición de su psicólogo, asistiendo a una terapia grupal con el propósito de compartir su dolorosa experiencia con más gente, y así poder superarla. Hasta ese día, todo parecía ir según su plan, aunque Sombra ya había traspasado, en parte, esa línea que él mismo estableció; creía tenerlo todo bajo control. Pero una tarde, justo después de regresar del refugio, al reunirse como cada viernes con su grupo de autoayuda, un nuevo miembro, Inés, que se encontraba sentada junto a la terapeuta ocupacional, penetró en el interior de esa fría barrera que él mismo había creado, hasta deshacerla. La realidad era que nunca había tenido el control sobre dicho sentimiento, y jamás lo tendría.

Nada, hasta el momento, ocurrió entre ellos, pues él no era el único que se mostraba reacio a liberar las mariposillas del estómago. La joven acababa de salir de una aterradora relación que, con los años, la obligó a forjarse un sólido muro rodeando su corazón. Infranqueable, hasta que él, con su inocente y cálida mirada, lo empezó a derrumbar, haciendo estremecer su alma cada vez que la rozaba.

Inés afirmó en silencio con la cabeza, dejando que el contacto de la mano de su amigo la envolviese en una atmósfera diferente a su habitual océano de terror. «¿Seré capaz de volver a amar algún día?», pensaba, ignorando que ya lo estaba haciendo. El amor es un sentimiento que habita en lo más profundo de los corazones, con la poderosa capacidad de regenerarse después de sufrir una fractura, y volver a amar.

—Tranquila —le susurró Lucas con dulzura al oído, antes de darle un cariñoso beso en la mejilla—. Es ella. —Señaló al interior de la jaula, justo donde se encontraba una oscuridad que tan solo dejaba entrever dos bolas brillantes: los ojos de Sombra.

 

La mirada de Inés y de la perra,  ambas de una profunda tristeza, se encontraron, y hallaron en los ojos de la otra esa esperanza y alivio que las había abandonado. La joven se vio reflejada en ese mirar atormentado, llegando a creer que su alma y la de la perra compartían un mismo mundo interior. Ojos eclipsados por una vida llena de penurias, que anhelaban vislumbrar en cualquier indicio de luz su salida. Y allí estaba, tras una verja y no en el estante de una farmacia, como su psiquiatra le había hecho creer. La medicina que necesitaba no era una pequeña cápsula anaranjada, sino que vestía de negro, y caminaba a cuatro patas. El corazón de la joven dio un vuelco.

—¿Lucaz, ezta ez la perrita que decíaz? —dijo pegada a la verja Alma, cambiando como solía hacer la ese por la zeta.

—Sí, cariño, es ella. Aunque no conocemos bien su pasado, creemos por sus heridas y miedos que fue maltratada —dijo levantando con timidez la mirada hacia Inés. Nunca había sentido aquella intensa emoción por nadie, pues se intentaba cobijar en la soledad para así rehuir el contacto con las personas. Pero ella… despertaba en él todo lo contrario, y lo único que quería era tocarla, acariciarla y cuidarla—. Se llama Sombra, y es mi amiga desde hace mucho tiempo.

La joven seguía observando casi sin parpadear a la oscuridad, como si en esa lúgubre aura que cubría a la perra se hallase lo que durante mucho tiempo había buscado.

—¿Puedo entrar? —preguntó Inés, dirigiendo una vergonzosa mirada a Lucas.

—Claro. —El joven abrió la verja—. Es muy asustadiza. Ten paciencia. Ella también lo ha pasado mal.

Inés asintió, y cerró la puerta tras de sí.

Después de unos minutos a solas en la sombra de tristeza en la que mujer y perra se ocultaban, Inés salió con una sonrisa dibujada en su pálido rostro. En sus brazos llevaba a Copo. El pequeño se sentía feliz de volver a estar entre los cálidos brazos de un humano.

—¿Son madre e hijo? —preguntó Inés alzando la mirada hacia Lucas, dejando entrever sus lágrimas.

El joven se quedó unos segundos paralizado, perdido en la hipnótica luz que emergía de los ojos de Inés. 

—Sí —dijo recobrando la compostura—. Él acaba de ser devuelto por su antigua familia. Era… —se detuvo pensativo para hallar la palabra adecuada, pero no encontró ninguna, tan solo la que los propios dueños habían escupido con odio—, según decían, agresivo. —Alzó con sutileza los hombros en señal de incomprensión.

—¡Oh, mamá! Mira, el bebé quiere jugar —dijo la niña interrumpiendo a su madre. Alma se acercó al pequeño, y este lamió con ímpetu su cara dejándola completamente húmeda. Como si de una brocha en manos de un gran pintor se tratase, el cachorro dibujó con su lengua una hermosa sonrisa de felicidad en su peculiar lienzo, el rostro de la pequeña.

Inés al ver el brillo en los ojos de Alma, se dio cuenta. No encontraría jamás la salida, sino derribaba la muralla que la mantenía atrapada. Por ella, su hija, estaba dispuesta a intentarlo. 

—Nos llevamos a los dos —dijo dirigiéndose hacia aquel bulto ensombrecido del fondo, invitándolo a entrar en su corazón.

La mirada de Sombra volvió a iluminarse, sus ojos en la oscuridad se asemejaban a dos brillantes estrellas. No podía creérselo. «¿A ella también?»

—¿A loz doz? —Preguntó la pequeña mirando asombrada a su madre—. ¿Pero si regresa papá no se enfadará? —dijo dejando entrever un ápice de temor en su voz.

Inés se agachó hasta quedar a la altura de la pequeña con el cachorro aún en brazos.

—No, cariño, papá no volverá nunca a hacernos daño, ahora tenemos una nueva familia —dijo mientras Lucas se acercaba acompañado por una animada Sombra. Inés dirigió su mirada primero a la perra y luego a su amigo, intentando expresarle lo que se ocultaba tras su silencio de forma sutil, pero sus emociones se desvelaron, antes de lo que ella hubiese deseado, al ruborizarse sus mejillas.

Él dudoso se acercó a ella hasta sentir el dulce olor de su respiración. El mundo parecía haberse detenido. Los latidos del joven, que aullaban de alegría, emitían tales sacudidas que llegaron a traspasar su cuerpo, y derribar por completo la coraza que aislaba a Inés. Esta, sintiéndose como un pájaro al que después de mucho tiempo alguien libera, se abalanzó a sus brazos, y lo besó. Alma, sonrojada por aquella escena, tiró de la camiseta de Lucas pidiéndole que la cogiese. Este la asió en sus brazos. Hubo un silencio entre ellos, tan solo interrumpido por los ladridos de júbilo que tanto Copo, Sombra y el resto de inquilinos del refugio emitían. 

Ese día, cinco inocentes almas salieron a la superficie de un oscuro mar para ver brillar la luz de un nuevo amanecer, unidas por ese sentimiento que hace latir nuestro corazón: el amor. 

Esta historia es tan solo un reflejo ficticio y adornado de la realidad, con el fin de dejar un agradable regusto en el paladar. Pero, por desgracia, no todos los seres vivos tienen una segunda, tercera o cuarta oportunidad. Así que si tú, querido lector, eres uno de los afortunados aprovéchala; y si, por el contrario, aún la estás buscando, no desesperes, tu corazón la acabará encontrando.

El camino de la vida no es fácil, pero si no pierdes la fe sabrás encontrar la salida.

FIN

Nostalgia

La ciudad ha despertado presidida por la radiante luz del sol. El cantar de los pájaros sobre las ramas de los arboles hace las veces de despertador para los más madrugadores. Hoy todo el mundo me sonríe. He soñado demasiadas veces con este día, todo está planeado hasta el último detalle en mi mente. Todo, menos un extraño sentimiento que crece en silencio en mí interior.

No he pegado ojo en toda la noche, debido a la presencia del imponente traje que me acecha frente a mi cama. Ese vestido es como la tentadora portada de un buen libro: su exterior te muestra parte de su belleza, pero es en su interior, donde se oculta su verdadera hermosura. Del mismo modo que hay libros que te cambian para siempre, cuando este vestido cubra mi cuerpo empezará la magia: primero un sutil cosquilleo en mi estómago, luego un temblor de piernas, y antes de que me haya dado cuenta, habré cambiado.

Tardo hora y media en desayunar, peinarme con la ayuda de las temblorosas manos de mamá y la risa nerviosa de mi hermana pequeña y, al fin, vestirme. Me dirijo hacia el espejo que se encuentra en el dormitorio de mis padres, con cuidado de no tropezarme con la falda, y sujetando la cola para no ensuciarla. Irónico, ¿no? En menos de cuarenta minutos este trozo de tela, de un blanco cegador, estará deslizándose por el suelo como una serpiente acechando mis pasos. Una vez frente a él, aún con la mirada posada en mis pies, puedo atisbar por la parte alta del ojo el reflejo de mi vestido, su sugerente color perla me incita a llevar mi mirada hacia él. Y es en este preciso momento cuando me doy cuenta: hoy es el día.  Antes, todo eran sueños, suposiciones, planes y augurios que, como una melodía, me trasportaban a una realidad paralela y que, mientras miraba embebida mi reflejo, a colisionado con la mía.

Ambas realidades superpuestas, ahora, caminan sobre el mismo rail. La chica del espejo me mira, parece asustada, «¿por qué? Si hoy es tu día», le digo mentalmente. Leo el brillo de esos ojos aterrados que, a través del cristal, me muestran mi alma. Y es entonces, cuando veo la otra cara de este viaje que estoy a punto de emprender: tan solo dispongo de un billete de ida. «¿Cómo se sabe si el destino elegido es el adecuado, si es el que en su día alguien escribió para ti, o si, estás robando el de otro? ¿Qué pasaría si la vida fuese como un tablero de ajedrez donde cada pieza tiene una función y tú, que eres la pieza más pequeña, solo pudieses hacer un único movimiento hacia delante? ¿Estoy haciendo la jugada que me llevará a la victoria o a la derrota? ¿Por qué nadie nos previene, como hace un libro a lo largo de su argumento, del desenlace?» Mi vida nunca ha sido, como se suele decir, un camino de rosas, pero de todo he salido a flote. Así que imagino que la dirección de mi billete, hasta el momento, ha sido la correcta, pero ¿y si ahora no?

Siempre he temido tomar decisiones por mi cuenta y, en cambio, en esta ocasión lo hice. Sin pensar, le di mi sí. Sin antes reflexionar sobre todo lo que ese pequeño monosílabo significaba. Los gritos de mi hermana pequeña me hacen volver al reflejo de esa… niña, chica, mujer. No estoy segura de lo que soy. Todo ha pasado tan rápido. Un día estás jugando con tus muñecas, y al siguiente estás frente al reflejo de una mujer en apariencia madura, sin miedos y con las ideas claras, pero que bajo esta apariencia tiembla de terror.

Dulce, mi hermana pequeña, entra de repente en el cuarto y mi corazón da un vuelco. Su ímpetu espanta parte de mis pensamientos. Le dirijo mi mirada, y al atisbar su media sonrisa, señal de que acaba de hacer alguna travesura, me relajo. Envidio esa inocencia que aún la envuelve, y ese atrevimiento que ha heredado de mi padre. Yo, por suerte o desgracia, me parezco más a mi madre. Al pensar en ella, me doy cuenta. Ella también le dio el sí quiero a papá y, un carrusel de imágenes de ambos desfilan por mi cabeza, eligió el destino correcto. Quizás a mí me ocurra lo mismo. La pequeña corre hacia mí, sin ningún cuidado de no mancharme el vestido, pero la dejo; es así como debe ser. No hay nada en la vida que perdure para siempre. Con el tiempo todo se mancha, se rompe, se arruga, siendo su significado lo único que perdura y mantiene su belleza.

Estoy lista. Bueno casi, llevo de nuevo mi mirada hacia mis pies, cubiertos con unas zapatillas hechas de toalla rosa. Por un segundo me imagino saliendo así de casa, y media sonrisa se dibuja en mi rostro.

—¿Mamá, dónde están los zapatos? —Grito, por si se encuentra al otro lado de la casa. 

—En la terraza, cariño. Te lo dije anoche —me responde utilizando el mismo método, es decir, chillando, pero con ese matiz tan característico de todas las madres.

Pongo los ojos en blanco. No soporto ese “te lo dije” que siempre acaba añadiendo al final de todas sus frases, siendo esta su muletilla estrella.

Me dirijo a la terraza. No recuerdo cuándo fue la última vez que salí con la luz del día acechando mi sombra. Cuando salgo de trabajar el sol ha dejado de poner en evidencia a estas tímidas figuras que en silencio nos acompañan, momento que aprovechan para ocultarse en la oscuridad que deja su ausencia. La noche tiene muchas cosas buenas, por ejemplo: sirve de refugio para las sombras. Pero no es el mejor momento del día para observar con minuciosidad lo que te rodea. Me alegra encontrármela tal y como la recordaba. Nada ha cambiado en ella.

Su suelo de color verdoso me transporta a aquellos años en que mi hermano y yo nos imaginábamos caminando sobre un impoluto y suave césped. Pero no está igual, es lo que yo quiero creer. Hay un momento en la vida en que desearías volver al pasado y detener el tiempo. Éramos tan felices jugando en ella, y ahora está tan solitaria, suerte que mi hermana todavía de vez en cuando le hace compañía, aunque no del mismo modo. Suspiro. Los tiempos cambian, y ahora los niños buscan la diversión en pequeñas pantallas electrónicas, dejando de lado esos juguetes que tantas emociones han despertado en mí. A mi izquierda, veo que el balancín sigue estando en su lugar, todo parece igual pero con ligeras diferencias, pues el sol, la lluvia y el viento, han desgastado la tela, haciendo que su azulado color se desvanezca. El tiempo no perdona a nada ni a nadie, transcurre dejando su huella sobre todo lo que toca. «¿Qué estoy haciendo? Llegaré tarde si me pongo a hacer inventario de todo lo que hay en la terraza», me digo a mi misma.

De repente me viene a la mente a qué había salido, ¡los zapatos! Aquí están. Sobre una mesita de madera en la que mamá tiene alguna que otra planta moribunda, pero que continúa regando, con la esperanza de poder salvarla con su cabezonería. Observo un instante mis zapatos: sin grabados, totalmente lisos; y con una simple lista que va sobre el empeine, como único adorno, sin florituras que disfracen mi personalidad. «Son tan bonitos», pienso mientras dirijo mi mano hacia ellos. Después de visitar todas la tiendas del centro comercial y de probarme decenas: con pedrería, brillantes, con más o menos tacón… hice la elección acertada; son perfectos. Bueno, al menos en algo estoy segura. Los cojo. A su lado veo un bote de cristal lleno de conchas de todas las formas y tamaños. Lo abro. Su olor a mar me traslada a todos aquellos veranos que pasé buceando en la playa junto a mi familia. Eran otros tiempos, no mejores, solo pasados.

—¿Cariño, qué haces? —me pregunta mi madre con los ojos entornados, cuando entro de nuevo al comedor.

—Buscar los zapatos —digo alzando la mano que los sostiene, y dibujo esa sonrisilla llena de perlas que le muestro para evitar una reprimenda.

Me siento sobre el sofá para calzármelos. Mi hermana pequeña no para de dar saltos sobre él a mi lado. «Yo hacía lo mismo a su edad», recuerdo. De hecho, este sofá tiene un gran hoyo en el centro, imagino que de todo el trote que mis hermanos y yo le hemos dado. El reloj que hay sobre el mueble empieza a dar las once. «¿Esa hora es ya?», pienso. Pero mis pensamientos vuelven a vagar por cada objeto, rincón, lugar… Llevándome hacia mis más remotos recuerdos. Junto al reloj veo una figura de cerámica, es una enfermera pintada en tonos pastel sosteniendo en brazos a un bebé recién nacido. Fue el regalo que papá le hizo a mamá cuando mi hermano nació. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de todos estos recuerdos que esconden los objetos de mi casa? Antes, quizás, de ponerme mi vestido eran simples objetos, ahora son pequeños fragmentos de una vida pasada, que estoy empezando a añorar antes si quiera de dejarla.

En este instante, mi hermano aparece por la puerta del comedor, rozando con los puntiagudos cabellos, que la espuma había ayudado a mantener firmes como las púas de un erizo, el marco de la puerta. «Madre mía, no ha llovido nada desde entonces», pienso al recordar a ese niño de mofletes hinchados, y con reflejos rubios pintados en su cabello, como consecuencia de los intensos rayos del sol que le caían encima cuando jugaba en la terraza.

Me pongo de pie con dificultad, aún no estoy acostumbrada a mis nuevos zapatos, pero es un día especial y aunque me hagan daño, no estoy dispuesta a quitármelos hasta la noche. En mi bolso he metido una caja de tiritas y pomada por si las moscas.

—¿Mamá, dónde está mi corbata? —pregunta mi hermano con su habitual expresión apática.

—En la tercera estantería del armario. —Miro a mi hermano y juntos gesticulamos la muletilla que segundos después suelta mi madre—. Te lo dije. —Nos reímos.

Recuerdo lo bien que nos lo pasábamos jugando juntos. Ya casi ni nos vemos. Bajo un segundo mi mirada afligida intentado aceptar que ya no somos unos niños. El tiempo nos arrastra sin pausa, los años pasan con rapidez, y por mucho que ahora sea tres palmos más alto que yo, siempre será mi hermano pequeño.

Me acerco de nuevo al espejo de la habitación de mis padres, el más grande que tenemos en toda la casa. Y observo con determinación mi imagen. «Ahora sí estoy lista. Creo».

Un pergamino colgado sobre la pared, que se refleja a la derecha, llama mi atención. Me giro. Mi típico gesto de ojos, vuelve a aparecer. «Claro, mi izquierda», pienso. Los nervios no me dejan pensar con claridad. Una sonrisa se dibuja en mi rostro al darme cuenta de la absurda escena. Menos mal que nadie me ha visto. Al fin, después de ese pequeño sketch humorístico, doy con él. Es un escrito que, hace años, le hice a mi madre. La verdad es que la amo con locura, a pesar de sus muletillas y sus chistes malos. Es mi madre y eso nada lo cambiará, «ni… este vestido, podrá separarnos nunca», pienso. Echo un último vistazo a mi reflejo. Vislumbro como un tímido brillo se apodera de mí, y termina por aflorar en forma de lágrimas, que se mantienen sujetas a mis ojos para no desvelar al mundo ese extraño sentimiento, que emerge por primera vez en este día tan especial.

Me abro paso entre las quejas de mi hermano, los lloros de mi hermana y los nervios mal disimulados de mi madre, para dirigirme a mi habitación. Mientras camino abstraída de todo lo que ocurre a mí alrededor me voy haciendo una lista mental: dejar las zapatillas, coger mi bolso, comprobar que lo llevo todo y… despedirme.

Para llegar a ella tengo que pasar primero por delante de la cocina. «¡Oh, no!», pienso. El olor a galletas recién horneadas sigue impregnando el ambiente. La afición de mi madre por hacer galletas ha llegado a convertirse en una obsesión. Una manera, imagino, de liberar sus emociones, y sentirse más aliviada. Anoche, con la excusa de que venían unas cuantas amigas, preparó una buena tanda de estas. Sus favoritas: las de canela. He de reconocer que le quedaron muy ricas, pero ¿por qué demonios las tubo que preparar ayer? Cuánto voy a añorar ese olor. Inspiro durante unos segundos todo ese aroma hogareño, con la intención de almacenarlo a lo largo de toda mi vida en mi memoria.

Por fin, después de varios minutos, sumida en mis recuerdos consigo salir de ellos. ¿Y para qué lo hago? Los lloros de mi hermana pequeña retumban por toda la casa. El resoplar de mi hermano se escucha, algo más sutil pero igual de claro, desde su cuarto. Y, como no, mi madre de los nervios intentando en vano mantener la calma.

Llego por fin a mi habitación. He estado evitando, de manera inconsciente, este momento. De hecho tengo la sensación de tener una casa enorme, pero nada más lejos de la realidad, casi no cubre los sesenta metros cuadrados. Parada frente a la puerta aún cerrada de mi cuarto, un repentino pensamiento vuelve a apoderarse de mí. De pequeña siempre había querido vivir en un enorme palacio como el de las princesas de mis cuentos, pero, hasta hoy, no me había dado cuenta de lo grande que podía llegar a ser un hogar visto desde los recuerdos. Suspiro. Pongo mi mano sobre el pomo dorado de la puerta, y antes de abrirla la observo. En letras de madera algo infantiles mi nombre preside la puerta: “CELESTE”. Siempre ha estado ahí, recordándome, día tras día, que lo que custodia tras ella me pertenece. Tras unos segundos me armo de valor, y abro la puerta.

La luz que entra por la ventana resalta el color rosa de las paredes, y esos dibujos, frases y nombres que pinté sobre estas, dándole a la habitación esa inocencia y fantasía, que continúan vivas en mi interior. Toda una vida impresa en acuarelas. Siempre me he sentido orgullosa de mi cuarto, pero hoy es distinto. El poder que impera sobre mí este vestido me recuerda que esta será la última vez que lo veré a través de la intensa sensación de posesión que solo una habitación de tu infancia puede generarte. Deslizo mi mano hacia la parte de la pared donde están grabados todos los nombres de mis animales y, mientras los releo en silencio, resigo con delicadeza cada letra con mi dedo índice: Quisi, Niko, Nelly, Hada, Mel, Buda, Baby e Hina. Uno sobre otro, en orden de llegada a mi vida. Escritos en distinto color, pero reflejando la misma carga sentimental en cada letra que en su día dibujé.

—¿Cariño, te falta mucho? —dice mi madre, mirando extrañada la mano que está acabando de reseguir el último nombre de la lista: Hina.

Mis ojos que llevan rato conteniéndose dejan escapar una tímida lágrima que trato de disimular. Todos estos sentimientos y emociones que estoy experimentando me avergüenzan. «¿Por qué me siento de este modo?», pienso. Al fin, le contesto moviendo de lado a lado mi cabeza, con cautela para no derramar más lágrimas.

—Bien. Si te parece, tus hermanos y yo te esperamos abajo. —Se acerca para darme un beso en la frente—. No hagas esperar más de la cuenta al novio. —Sonríe.

Escucho el sonido de la puerta al cerrarse tras ellos y, después, el silencio embriaga todo mi ser. Me encuentro sola con mis pensamientos, sin nadie que me ayude a escapar de ellos, y entonces dejo que mis ojos se desahoguen y esparzan por mis mejillas esa extraña emoción que ha conmovido mi corazón.

Me siento un segundo sobre mi cama. Tiene la consistencia perfecta: ni muy dura, ni muy blanda. Acaricio la colcha de punto que la cubre. Hace años que mi yaya, mi querida yaya, me la hizo. Sus colores ahora ya más desvaídos, y su tacto algo más áspero, me reafirman mis sospechas: el tiempo ha pasado como un leve suspiro y ya nada volverá a ser como antes. Mi infancia se ha ido desgastando como la colcha, ahora de ella solo me quedan sus recuerdos y… Un pensamiento me viene a la cabeza, me giro para mirar el lugar donde se encuentra el cabecero de la cama. Sobre la almohada, igual que hace veinte años, sigue esperándome Estrellita, mi pequeña yegua de peluche, con la esperanza de seguir compartiendo mis sueños.

El sonido del interfono me saca de mi ensoñación. Entonces me acuerdo. Mi boda. Me levanto de la cama, cojo el bolso, y me dirijo hacia la puerta de mi cuarto. Sin poder evitarlo, vuelvo mi mirada a la guarida que me había visto crecer. Suspiro, y, al fin,  me atrevo a cerrar la puerta, dejando bajo su custodia mi infancia.

Al bajar por las escaleras, me tropiezo con la larga cola de mi vestido, pero, por suerte, la única parte de mí que de verdad ha sufrido este pequeño traspié ha sido mi pelo. Intento colocarme de nuevo el tocado, y esta vez decido cogerme la cola para no volver a tropezar. Cuando dejo atrás el último escalón atisbo la muchedumbre que me espera fuera. Cierro los ojos y suspiro, esta quizás sea la peor parte de este vestido, pues no soporto que estén todos esos ojos puestos en mí.  Frente a mí están mis padres, mis hermanos, mi tío y mi yaya. Me emociono al verla de pie, tan solo con la ayuda de su cayado. Las lágrimas vuelven a hacer acto de presencia, pero esta vez, no las oculto; esto también forma parte de la magia de este vestido. Y tras ellos, un precioso coche de caballos me aguarda en la puerta. Miro a mi madre y vislumbro unas  pequeñas gotas resbalando también por sus mejillas, y comprendo que, a partir de este momento, por mucho que lo deseemos, ya no va a haber forma de parar nuestras lágrimas. Le sonrío. «Vaya dos», pienso, y ella me tiende su mano.


 

—Cariño, quiero que sepas que siempre voy a estar a tu lado. —Asiento con la cabeza, la intensa emoción me enmudece—. Y este siempre será tu hogar. —Me abraza transmitiéndome todo lo que me acaba de decir, y todo lo que con palabras no ha podido manifestar, pues  hay emociones que no se pueden expresar, siendo estas las que ocupan gran parte de nuestro corazón.

Juntas nos dejamos envolver por una atmósfera que nos aleja de ese vestido, de esa muchedumbre y de ese día, recordándonos que nuestro amor está por encima de todo esto. A solas ella y yo, vuelvo a sentirme como en esos primeros meses de mi vida que estuve en su interior. Se lo agradezco. Pues, aunque parezca absurdo, cuando estaba rodeada por toda esa multitud me ha embriagado la soledad. Pero sé que no estoy sola, y que jamás lo estaré; pues ella siempre estará conmigo.

Y es entonces cuando comprendo que nada, a pesar del tiempo, ha cambiado. Todo sigue igual que cuando nacemos. El tiempo tan solo desgasta nuestro físico, pero nuestro interior se mantiene intacto, igual que cuando éramos niños. Mi hogar seguirá siendo ese que me vio crecer, y yo seguiré siendo la misma niña soñadora de siempre. Aunque quizás algo más madura, ¿quién sabe?

¡Gracias por estar siempre a mi lado, mamá!