Nuestro mundo

Querido River,

No hace mucho que nuestras vidas se cruzaron. Yo caminaba sin rumbo, pérdida, sin un norte al que decir ese es el mío. Hasta que la familia que te salvó de la muerte, junto a ese río, me encontró. O… yo los encontré a ellos. Quizás como a ti, me dejasen tirada, sin esperanzas de que nadie me fuese a rescatar, pero… Al igual que a ti nos rescataron. Me enseñaron un lugar en el mundo, el cual yo desconocía, un lugar donde yo podía ser feliz y a ti, querido ahijado, te devolvieron a la vida.

Juntos ahora de la mano/pezuña empezamos una nueva vida, una vida sin dolor, sin sufrimiento y sobre todo con mucho amor. River, te escribo esta carta para que sepas que no somos tan diferentes, que no te voy a dejar caer y sé que, al ver esa pizca de miedo, desconfianza y destellos de esperanza y amor, tú tampoco me dejarás caer. Juntos andaremos nuestra propia senda, una en la que para ser felices no necesitemos nada de lo que el mundo nos dice que necesitamos, como por ejemplo caminar… ¿y de qué les sirven sus cuatro extremidades perfectamente funcionales a tus hermanos, si a lo largo de toda su vida no llegarán a conocer la felicidad? Al menos eso tú lo tienes. Tú sí que la puedes conocer. Tú ya la estás conociendo, sin necesidad de caminar, pues para vivir no necesitamos nada más que amor y felicidad y tú, River, y ahora yo, también, lo tenemos.

Gracias por enseñarme que el amor no entiende de especies y que ni tú, ni yo seguimos esa “norma” que la mayoría de la sociedad persigue a ciegas sin pensar en lo que sus almas quieren de verdad.

Quizás seamos diferentes al resto o, mejor dicho, “algo especiales”, pero me gusta, pues sé que como nosotros, hay muchas personas humanas y no humanas esperando cruzarse con alguien como ellos y poder, al fin, encontrar su verdadero lugar en el mundo. Un mundo donde todos somos diferentes y a la vez iguales. Un mundo donde ser felices sin necesidad de formar parte de “la norma”. Un mundo donde la felicidad y el amor prevalezcan por encima de todo. Un mundo solo tuyo, solo mío, solo de los especiales.

Ser madrina es salvar vidas 🐖Amigos@elhogar-animalsanctuary.orgQueremos que seas parte de esta familia 💘#RiverEnElHogar

Posted by El Hogar Animal Sanctuary on Saturday, January 19, 2019

La búsqueda

Todo estaba a oscuras. No podía ver absolutamente nada. Me sentía asustada, triste, sola… De repente vi una figura que bajaba del cielo. Un cielo lóbrego como el carbón. El rostro de ese extraño ser estaba iluminado. Al principio sentí mucho miedo y ganas de salir corriendo. Mi corazón iba a mil por hora, pero algo en su faz me tranquilizó. Permanecí de pie, inmóvil, mientras se me iba acercando.

Tenía apariencia humana, pero sus medidas eran titánicas. Se detuvo cuando nos separaban escasos dos metros. Bajó lentamente su mirada, y dejé por unos segundos de ser consciente de mi cuerpo. Mi despavorida mirada viajó hasta su rostro. Mi boca, a medida que iba escalando por todo su cuerpo, se iba poco a poco abriendo asombrada.

El enorme ser, al percibir mi cara de pánico, dibujó una afable y cálida sonrisa. En ese instante volví a sentir todos mis músculos. Mi respiración se sosegó. Segundos después pude cerrar, aunque con cierta dificultad, mi boca. Algo en él me relajó y me transmitió una seguridad que jamás en mi vida había sentido.

El gigantesco hombre, el cual deduje que debía de ser de avanzada edad, vestía completamente de blanco. Portaba en sus manos una preciosa y reluciente esfera de luz, causa por la cual anteriormente yo había visto su cara iluminada. Acto seguido me la ofreció. Agradecida, por tal hermoso regalo, alcé mis brazos para asirla, pero este hizo un gesto negativo con su cara y me dijo:

—No te será tan fácil de obtener. La has de buscar a lo largo de tu vida, y hasta que no la encuentres no conseguirás lo que en ella se esconde.

Yo, ingenua ante tal advertencia, le pregunté apresuradamente:

—¿Y qué es?

El anciano se acercó lentamente hacia mí para susurrarme algo al oído.

* * *

La joven despertó sudorosa tras su sueño. Un sueño que le venía persiguiendo noche tras noche desde que tenía uso de razón.

María estaba acostumbrada a un despertar repentino y agitado, pues por extraño que parezca jamás había tenido un sueño diferente. Cada noche, al bajar sus párpados y dejar volar a su alma, la acechaba el mismo sueño. Y a sus treinta años seguía sin encontrarle ningún sentido.

Se había pasado toda su vida buscando, sin saber el qué. Había viajado a distintos lugares, estudiado dos carreras, encontrado el amor varias veces, creyendo que en alguna de estas experiencias hallaría lo que aquella esfera de luz atesoraba en su interior. Pero el sueño continuaba repitiéndose, y ella se sentía más confundida cada día, hasta llegar a perder la ilusión por vivir.

Se sentía exhausta de buscar. Embebida en su misión, había dejado por el camino a sus seres queridos, sus ilusiones y toda su vida, incluyéndose a sí misma. Por lo que aquella mañana la joven tomó una decisión muy importante: no continuaría buscando.

Ese mismo día, mientras regresaba a su casa del trabajo, vislumbró una extraña figura en la oscuridad. Parecía un hombre. A medida que se fue acercando, algo asustada, corroboró que se trataba de un anciano vagabundo, a juzgar por su vestimenta.

El hombre se acercó poco a poco a ella y, atemorizada, María prosiguió su camino con paso ligero, con la intención de sobrepasar a aquel mendigo.

Pero entonces él con voz queda le habló desde la sombra de un edificio, ocultando de este modo su verdadera identidad. 

—No era esta la vida para la que fuiste creada María. ¿Te has rendido ya? ¿No quieres saber qué era lo que escondí para que tú encontraras?

La joven se volvió, sorprendida por la información que sabía aquel hombre sobre ella.

—No te rindas, sigue tras ello. A veces las cosas que más nos importan se encuentran más cerca de lo que pensamos.

La joven levantó su mirada al notar como una gota de lluvia caía sobre su rostro, pero cuando volvió su mirada hacia aquel misterioso hombre, este ya no estaba. Había desaparecido.

Al llegar a casa, la joven retomó su búsqueda. Se sentía avergonzada por haberse rendido después de tantos años. Encendió su Mac, uno de los muchos caprichos que se había permitido creyendo que con él iba a sentirse más completa, y buscó literalmente la frase que el anciano le había dicho: «A veces las cosas que más buscamos están más cerca de lo que pensamos». Encontró citas de escritores conocidos como Paulo Coelho: «Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mismo: su Don» y Pablo Neruda: «La felicidad es interior, no exterior, por lo tanto no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos».

María fue cuidando su interior: meditando, leyendo a grandes pensadores y creyendo, por primera vez en su vida, en sí misma; llegando, gracias a este gran cambio, a saborear la vida.

Hasta que un día, cerró sus ojos y se sintió feliz. Pues a pesar de todas las pérdidas se dio cuenta de que aun pesaban mucho más las ganancias. Se dio cuenta de que tenía todo lo que necesitaba para vivir y, tras este pensamiento, una sonrisa placentera se le dibujó en su rostro.

Esa misma noche tuvo otro sueño:

Vio a ese gran hombre repitiéndole lo que ella había estado escuchando cada noche de su vida, pero con una sutil diferencia: en esta ocasión entendió lo que le susurraba al oído: «la felicidad».

El gran hombre cogió la brillante esfera y con una sonrisa, reflejo de su satisfacción, se la entregó a la joven.

—Ahora es tuya, procura no perderla.

Fin

 

Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

El momento más feliz de mi vida

Hace años un anciano me preguntó por el momento más feliz de mi vida y yo no supe responderle. Me quedé en silencio, repasando todos los recuerdos que atesoraba en lo más profundo de mi corazón. No se equivoque, querido lector, ya por aquel entonces acumulaba muchos y de gran importancia, pero mis labios no se abrieron, pues ninguno poseía la fuerza que el anciano esperaba.

Hoy diez años después, si volviese a encontrarme con ese simpático hombre, no hubiese dudado en responder y describirle el único momento de la vida que merece ese honorable puesto. Ese día aún no lo conocía, no sabía cómo iba a ser ese momento en el que después de mucho soñarte te tuviese entre mis brazos alimentando mi corazón de la única felicidad en la vida que merece ese título. ¿Qué lo diferencia del resto? Su divinidad.

No sé, si con meras palabras podría describir lo que he sentido al ver tu dulce rostro por primera vez. Pero a partir de este momento, sé que no existirá mayor felicidad que la de tenerte entre mis brazos y ver pasar los minutos y las horas mientras estoy absorta admirando tu belleza.

Querido anciano, si está usted leyendo este relato me gustaría que supiese que el momento más feliz de mi vida es este.