Los portadores de la ilusión

Hace mucho, mucho tiempo, cuando las aguas estaban más llenas de vida y los bosques más habitados. En uno de los siete cielos, tres almas brillaban por encima del resto. Se encontraban danzando como bailarinas de ballet sobre las estrellas que les habían otorgado la vida; un espectáculo digno de ver. Era su bautizo celestial, la celebración que une a cada alma con su Don Divino, un ritual previo a la bajada a la tierra.

Un ángel de cabellos níveos como la nieve, fue el encargado de oficiar dicha ceremonia. Y envueltas entre una dulce melodía celestial, las almas giraban sobre si mismas como auténticos derviches, mientras sus dones iban envolviéndolas en una intensa luz, mientras penetraban en su interior. Las tres recibieron el mismo: el poder de interpretar el lenguaje de las estrellas. Quizás, querido lector, pueda parecerte un don insignificante, pero no lo es, y pronto entenderás porqué.

Al completarse la unión, cada alma se subió a su estrella, y juntas sobrevolaron mundos remotos, todos ellos muy diferentes entre sí, hasta llegar al suyo. Fue entonces cuando cada estrella tomó su propio rumbo, hasta alcanzar su objetivo: el pequeño cuerpo que se estaba gestando en el interior de su madre. Una vez la estrella se separa de su alma, esta permanece sobre ella durante toda su vida terrenal, hasta que, al finalizar dicha vida, vuelven a reencontrarse. Tú que lees esta historia con cierta reticencia y escepticismo compruébalo: mira al cielo cuando la luz del sol ya no eclipse el brillo de las estrellas, y veras sobre ti esa luz que ilumina tu alma sin descanso.

A pesar de haber viajado juntos, pues así estaba estipulado en la profecía, los tres pequeños llegaron a la vida en distintos momentos. El primero fue bautizado con el nombre de Melchor, al segundo lo llamaron Gaspar, y al último Baltasar.

Melchor creció rodeado de riqueza, pues sus padres eran unos importantes y reconocidos reyes. Por lo tanto, al pequeño nunca le faltó de nada. Su lujosa cuna brillaba cual diamante recién tallado. Sobre ella un precioso móvil con resplandecientes estrellas, entretenía y tranquilizaba al pequeño. Sus padres, dos personas ya de avanzada edad, andaban en busca de un bebé desde hacía mucho tiempo y, cuando prácticamente habían perdido la esperanza, un ángel se les apareció en sueños. Les concedió su mayor deseo, pero con la condición de que a la edad de cinco años su pequeño debía ser educado para ser mago. Ellos aceptaron, aunque a regañadientes. En su alta clase social no estaba bien vista la magia, pero si ese era el requisito para convertirse en padres, lo cumplirían. Y así fue como Melchor un pequeño bebé de cabellos dorados y ojos claros como el cielo, nació entre sabanas de seda y hermosos bordados dorados que adornaban los puños y cuello de sus trajes.

Una repentina visita, el día en que el pequeño cumplía los cinco años, alteró la calma que reinaba en el hogar. Un extraño anciano de cabellos blancos, que vestía de manera extravagante y poco común para la época, vino a por el pequeño Melchor. Sus padres que rezaban para que ese día no llegase accedieron, aunque su corazón se desgarraba con la idea de la separación, a dejarle marchar. Así fue como años más tarde conoció a sus inseparables amigos, pero esta es una historia que contaré más adelante.

Gaspar nació en un gélido y aislado lugar. Rodeado de grandes montañas heladas y extensos lagos congelados. Su casa había sido construida por su padre, años antes de su nacimiento, con modestos tablones de madera. Una colosal chimenea presidia el centro del hogar y junto a ella reposaba la cuna del recién nacido. Hecha de madera de roble, como el resto de la casa. Sus padres se sentían inmensamente agradecidos, pero en su interior una bestia gemía con furia al ver crecer a su pequeño. Irremediablemente el día llegó, y Gaspar celebró por todo lo alto su quinto aniversario. Todo el bosque se había unido a la fiesta: osos, caballos, ardillas, ciervos… Acompañaron al pequeño Gaspar en ese día tan especial. El sol resplandecía con fuerza, y el reflejo del hielo de las montañas iluminaba el feliz rostro de Gaspar. Un viento inesperado turbó a los asistentes al convite. Un espléndido caballo alado, fue el causante de aquel repentino aire. Venía a por el niño. Y, sin explicación alguna por parte de sus queridos padres, se marchó de su hogar. Pero esta es una historia que contaré más adelante.

 

Baltasar, la última de las tres almas en nacer, fue destinado a la familia más pobre, pero no por eso menos feliz. Su hogar era una pequeña cabaña hecha con cañas y barro. Y mientras su padre iba a cazar y su madre, limpiaba las pieles para hacerle un precioso traje, él jugaba con sus hermanos mayores. Era el menor de ocho hermanos y el más travieso y juguetón. Se pasaba el día entero haciendo bromas a toda la familia para sacarles una sonrisa. Su nacimiento llegó justo en el momento adecuado, pues su familia, que se había dejado engullir por la tristeza, pasaba por una etapa difícil. El séptimo hermano estaba muy enfermo y justo cuando parecía que su luz se estaba apagando, el pequeño Baltasar llegó para avivarla. Pues no solo alegró sus vidas, sino que con su llegada el pequeño Enam mejoró considerablemente, llegando incluso a salir de casa y jugar como el resto de sus hermanos.

El día de su quinto cumpleaños todos pasaron una velada muy divertida viéndole reír y hacer bromas, y Enam que tenía devoción por su hermano pequeño se las reía todas, llegando incluso a participar en alguna que otra travesura. Aquellas sonrisas se eclipsaron con la repentina llegada de un ángel. Ningún hermano incluido el propio Baltasar sospechaba que aquel era el último día que estarían juntos. El inesperado visitante le tendió su ala, y Baltasar la aceptó cabizbajo, no sin antes echar un último vistazo a su querido hermano Enam. «Volveré pronto», quiso decirle con su mirada, pero las lágrimas que empezaron a brillar de los ojos de su hermano, le dieron a entender que no le había entendido. Y finalmente se marchó, para reencontrarse con las otras dos almas elegidas; historia que ahora sí te voy a contar.

Los tres pequeños, velados por sus respectivas estrellas y aquel extraño ser encargado de recogerlos, viajaron durante días. El primero en llegar fue Melchor, luego Gaspar y por último Baltasar hasta estar los tres juntos en la escuela de magia. Donde según la profecía debían convertirse en magos, para acometer una importante misión.

Un gran castillo, muy diferente al que hoy en día pintan en las películas, les recibió a su llegada. Un majestuoso edificio hecho por completo de cristal: escaleras, puertas, suelos, muebles, incluso camas. Y hasta que no se acostumbraron, los tres pequeños tuvieron ciertas dificultades a la hora de amoldarse a aquel extraño lugar.

Hasta pasado de un mes, no fueron capaces de encontrar a la primera sus aulas, pues estas cambiaban de lugar cada día, repitiendo la misma secuencia cada semana. Y otro mes más, hasta perder el vértigo a las alturas. Pues desde el piso más alto, el lugar donde se encontraban sus dormitorios, podían ver la última planta tan sólo con mirar sus pies. Así de peculiar era la mansión de la ilusión. Todo lo que en ella había, desde los cubiertos donde se suponía que se debían de utilizar para comer, hasta los armarios que dejaban entrever todo lo que en ellos se ocultaba, confundía a los sentidos, sobre todo, al de la vista. Así que hasta la fecha, nadie sabe a ciencia cierta cómo era de verdad aquel castillo, ni de que estaba realmente hecho. La única certeza que tenemos hoy en día, es que lo que en él se enseñaba era verdadera magia. Las varitas y hechizos que se emplean hoy en día para hablar de magia, no tenían cabida en aquel hermoso lugar, pues su magia venia de otro lugar, no de las palabras, ni de objetos embrujados, sino del corazón.

Se dice que el verdadero mago, nace con el don de la ilusión, el cual le ofrece la posibilidad de crear la proporción perfecta entre: amor, bondad e ilusión. Este equilibrio les otorgaba la fuerza para salir airosos de las más complejas situaciones. Y así fue como durante los años que vivieron en la mansión, los tres magos se vieron envueltos en un mar de experiencias cada vez más enrevesadas, hasta conseguir lograr su objetivo: ilusionar.

Hoy en día, muchas personas, incluido tú, los conoce con otro nombre, pero ellos se hacían llamar: “los portadores de ilusión”. Y llegaron a convertirse en los mejores magos de la escuela. Y su último y más difícil cometido, les fue revelado: completar la profecía.
Únicamente llegarían a convertirse en verdaderos magos, si conseguían realizarla con éxito. Y para ello debían de poner a prueba su mayor don: el conocimiento del lenguaje de las estrellas. La profecía hablaba de un bebé recién nacido al que debían visitar, guiados por su estrella.

Tras despedirse de sus maestros y del resto de compañeros emprendieron el largo camino que los llevaría a convertirse en verdaderos reyes magos. Durante los primeros días, les resultó complicado dar con la dirección correcta, pues las estrellas no se ponían de acuerdo. Todas habían sentido hablar de aquel bebé tan especial, pero ninguna ofrecía una información viable en cuanto al rumbo a seguir. Por lo que, Melchor, Gaspar y Baltasar recorrieron juntos muchos quilómetros a pie, hasta dar con una pequeña estrella que centelleaba de manera intermitente, lo cual les llamó la atención y decidieron seguirla.

Guiados por la luz irregular de la estrella llegaron a un pequeño pueblo, situado a las afueras del desierto. La estrella yacía sobre una humilde cabaña, y unos llantos en su interior, esperanzaron a los tres cansados magos. Un hombre, que les había visto llegar desde el interior, les invitó a entrar. La imagen de una joven dando el pecho con la dulzura única de una madre, hizo que los tres magos se quedasen ensimismados. Y sin pensarlo dos veces se arrodillaron frente a la madre y el bebé.

—No es él —dijo Melchor convencido.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó el joven Baltasar con vehemencia.

—Las estrellas me han hablado. Ese no es el bebé que estamos buscando, pero sí que es una pieza clave para llegar hasta él.

—¿Por qué? —preguntó Gaspar.

—Gracias a él, un presente muy valioso entregaremos a nuestro bebé predilecto.

Y así fue. Los padres del recién nacido se mostraron tan agradecidos por las esperanzadoras palabras que los tres magos habían interpretado de la estrella de su hija, que sacaron de un lujoso armario un brillante cofre dorado que le entregaron a Melchor. Sabían que pronto nacería un niño muy especial, pues todos hablaban de él. Lo que nadie en el pueblo sabía era cuándo, ni dónde sería. Les anunció el marido al entregarles su mayor tesoro, un cofre lleno de monedas de oro, como ofrenda para el niño que, según cuenta una antigua profecía, se convertirá en nuestro Salvador.

Al salir de la casa, tres majestuosos camellos, les esperaban en la entrada.

—¿De dónde han aparecido estos camellos? —preguntó confuso Melchor. Echó primero una mirada a Gaspar pero su desconcertado rostro le garantizó que él no había tenido nada que ver. Entonces volvió la mirada hacia su compañero de piel oscura, que disimulaba una pícara sonrisa. Entonces lo supo. —¿Esto ha sido idea tuya Baltasar?

—Yo solo pensé que nos iría bien tener un poco de ayuda —dijo mientras se acercaba a uno de los camellos y le acariciaba por detrás de la oreja—. Además, estamos a punto de entrar en un gran desierto. ¿Queréis morir de cansancio antes de lograr nuestra misión? —Los otros dos se miraron y no pudieron disimular su sonrisa. Sí, Baltasar tenía un Don, uno que había sido forjado a la vez que su alma, y aunque ni Melchor, ni Gaspar sabían cómo lo lograba, siempre les contagiaba su ilusión, dibujando en sus rostros una sonrisa. Y te preguntarás, ¿pero de dónde los sacó? Su asignatura preferida en la escuela era “aparición”, y sin duda, le divertía hacer aparecer de la nada, objetos o seres de lo más extraños. Una vez, con tal de animar a un niño que acababa de llegar y estaba asustado, hizo aparecer una cría de dragón que cuidaron y amaestraron para convertirla en la cariñosa y divertida mascota del castillo. Donde aún hoy, dos mil años después, habita.

Subidos sobre la joroba de los camellos, emprendieron de nuevo el rumbo. Guiados esta vez por una estrella algo mayor y resplandeciente que la anterior. Tras largas caminatas, entre las dunas y violentas tormentas de arena, llegaron a un pequeño pueblo que se encontraba en medio del desierto. La estrella descansaba sobre una caseta hecha de hojas de palma. Dejaron los camellos y entraron en aquel pequeño hogar. «¿Se encontrará aquí nuestro bebé?», se preguntó un agotado Melchor. Los años en la escuela habían pasado, al menos a su parecer, muy rápidos pero sus canas revelaban su longevidad.

El pequeño se encontraba tapado con una fina sabana, sobre la suave tierra del desierto. Se arrodillaron con el beneplácito de sus padres, y con hermosas palabras les explicaron lo que la voz de su estrella les cantaba. Pues se dice que cuando un alma es pura y feliz, su estrella no solo brilla con fuerza sino que emite una melodía única, animando a las almas que la escuchan.

—Será un niño muy feliz —dijo Gaspar dejando entrever a través de su larga barba una impecable dentadura.

Los padres del pequeño, dudaban del futuro que le aguardaba a su hijo en aquel pobre y aislado lugar. Y aquellas cinco palabras penetraron en sus corazones como un bálsamo de alivio. Y como muestra de su agradecimiento les entregaron un cofre plateado, repleto de incienso.

—No es gran cosa… pero… —dijo la mujer.

Baltasar que presenciaba con especial atención la escena, se acercó a la joven que seguía sentada con su bebé encima, y mirando directamente sus ojos color esmeralda, le dijo:

—Nada de lo que se entrega con el corazón es poco. —Pues él lo sabía mejor que nadie. Nunca había poseído grandes cosas, pero todo cuanto poseyó durante aquella época de su infancia, tenía un gran valor para él.

Y dicho esto se despidieron y abandonaron aquel pobre pero entrañable hogar.

De nuevo, aunque algo más cansados, la voz, esta vez de dos estrellas que brillaban muy unidas les llamó la atención, pues estas no cantaban, más bien sollozaban y su luz casi imperceptible parecía un bombilla a punto de fundirse. No eran las más luminosas, ni las más bellas, pero algo en ellas hizo que los magos siguiesen su débil luz, hasta llegar a un pueblo. Sus calles estaban bordeadas por decenas de casas, pero no paseaba ni un alma por ellas.

Observaron la casa que la tenue luz de las estrellas alumbraba. En su interior una bella mujer, que sostenía entre sus brazos a un bebé recién nacido, les ofreció entrar.

—Sabía que tarde o temprano vendríais —dijo Marianne.

—¿Cómo? —Preguntó desconcertado Baltasar.

—Un sueño me lo mostró. —Sonrió enigmática. En ese momento otro bebé, este de un año de edad, llegó gateando hasta los pies de su madre. Ella se agachó, con gran agilidad, a pesar de tener a su otro hijo en brazos, y lo cogió. —Ellos son Alejandro y Aristóbulo, mis hijos.

Los tres magos giraron a ambos lados sus cabezas, buscando algo o más bien a alguien.

—¿Y su… padre? —preguntó Gaspar. Él se había criado en el seno de una pequeña familia, pero el amor que sus padres le habían otorgado era mayor a muchas familias más numerosas. Sabía que los pequeños no estaban faltos de cariño, lo percibía en el brillo que surgía de los ojos de su madre al mirarlos, pero aún y así, faltaba una importante figura en aquel hogar.

—Nos… —Los ojos de Marianne empezaron a aguarse— desterró. Pero —dijo limpiando sus lágrimas y tratando de cambiar de tema—, no buscáis a mi marido, ¿verdad?

—No —dijo Melchor, disimulando la conmoción que le había causado aquella joven madre soltera.

—El niño que buscáis está a punto de nacer. Su madre, María y su padre, José se encuentran a una semana de aquí. Su nombre aún lo desconozco, pero él será el verdadero rey de los judíos, lo vi en mi sueño.

Marianne tenía un don especial, un don que había ensombrecido la figura de su importante marido, y por ese motivo decidió expulsarla de sus tierras. Con sus dos hijos y un mísero cofre de cobre bajo el brazo, cuyo interior contenía el augurio de su familia, la joven se alejó del gran castillo donde reinaba su marido, el actual rey de Judea, Herodes.

—El rey de los judíos —dijo pensativo Gaspar.

—Gracias, por su información y hospitalidad, señorita…

—Marianne —dijo acabando la frase del más anciano de los magos—Pero antes de marchar, ¿les importaría dedicarles unas palabras a mis hijos? Sé que ustedes son magos y pueden ver el futuro.

—No vemos el futuro. Sólo escuchamos a las estrellas. Cada alma tiene una estrella sobre sí, algunas más brillantes, otras menos. Ellas nos hablan en su idioma y nosotros las entendemos. Esto no es magia, es nuestro don.

Y dicho esto, los tres magos satisfechos con la información que la joven les había ofrecido prestaron atención a las voces de las estrellas de los pequeños. Su mensaje provocó que el pálido rostro de Melchor, se volviese aún más claro; que el rosado de Gaspar, se tornase blanco como la nieve y que el oscuro de Baltasar adquiriese un tono desvaído. Los tres permanecieron en silencio, sus palabras no conseguían salir de sus bocas. Lo que las estrellas les habían revelado era terrible.

Ante la visión de sus horrorizados rostros, la muchacha dejó a su hijo mayor, Alejandro, en el suelo, y al recordar la única posesión que tenía, fue en su busca. Se hallaba en el interior de un destartalado cajón y al cogerla, una fugaz desazón le atravesó el pecho. Finalmente, entregó con sus manos temblorosas el cofre a Baltasar.

Los tres magos, cada uno con su respectivo cofre en las manos, salieron de aquella casa a la que le aguardaba una horrible tragedia. Pero esto es otra historia, que ya ha sido contada en innumerables ocasiones, y que en la nuestra, no adquiere mayor importancia.

Tras pasar dos noches y un día sin escuchar la voz y ver el brillo de una estrella, un haz de luz se iluminó en el cielo y su alegre y dulce melodía alentó el ánimo de los magos. «Esta debe de ser la estrella que anuncia el nacimiento del niño», pensaron. Siguieron su luz, la cual les llevó hasta un pequeño pueblo, Belén. La estrella reposaba sobre un destartalado pesebre y allí, fue donde lo encontraron. Su rostro rosado y sus brillantes ojos confirmaron sus sospechas. Era él. Al acercarse al pequeño y ofrecerle los cofres con sus respectivos presentes: oro, incienso y mirra. Escucharon con atención a su estrella. Su melodiosa voz, les llenó de alegría. Lo habían conseguido y ahora la profecía se cumpliría, él sería el nuevo rey de los judíos.

Su aprendizaje había llegado a su fin, ya eran, como muchos hoy en día les conoce, Reyes Magos. Y podrían regresar a casa.

Pero justo cuando estaban a punto de montar en sus camellos y quizás hacer algo de magia para acortar el viaje, se les apareció un ángel muy especial, el mismo que un día, hacía ya algunos años atrás, les había ido a buscar para emprender esta aventura.

—Habéis realizado esta importante misión con gran éxito. Gracias a vuestro amor —dijo dirigiendo su mirada a Melchor—, bondad — a Gaspar— e ilusión —posó esta vez sus ojos sobre los humildes ojos del joven Baltasar —, el día de hoy será recordado para siempre como el día de los tres reyes magos. Nos habéis guiado hacia el salvador y lo habéis colmado de presentes e ilusión. Pero hoy no he venido por él, sino por vosotros. Os acabáis de convertir en auténticos magos y como recompensar vengo a liberaros del tiempo.

—¿Liberarnos del tiempo?

—Así es. El tiempo es lo que nos hace nacer, crecer, y morir. Si os libro de él, jamás moriréis, y podréis seguir portando vuestra ilusión cada año, en una noche como esta, a todo niño y adulto que crea en vosotros.

—¿Y si no creen? —preguntó un angustiado Baltasar.

—Si no creen, vuestra magia, poco a poco, irá desapareciendo hasta morir. Pero, mientras siga existiendo una sola estrella en el cielo que brille iluminando un alma creyente, la seguiréis colmando de ilusión, cada cinco de enero, todos los años de su vida.

Así fue como la profecía se cumplió y nuestra leyenda se hizo en realidad. Y esta noche mientras sueñes, tu estrella se iluminará en el cielo, guiándonos hacia ti, y poner en tu alma un pedacito de nuestro mayor Don: la ilusión.

¡No dejes de creer en la magia!

Atentamente: Los portadores de la ilusión.

Reseñando ilusión

“Para que la magia se dé, solo has de creer en ella.” (La magia del amor)

Después de un día tan especial como el que viví el pasado sábado 25 de noviembre, me veo en el deber, de haceros participes de mi felicidad.

Gracias a todas las personas que siempre han estado a mi lado he llegado a ser como soy: alguien muy normal, humilde y que se conforma con poco. Creo que la vida es simple, nosotros nos la complicamos; cuanto más sencilla, más maravillosa, ya que podemos apreciar mejor esas pequeñas cosas que  nos ofrece nuestro día a día. Esto solo es una opinión personal, cada uno tiene la libertad de hacer con su vida lo que desee, de crearla a su gusto y yo lo estoy haciendo y me siento satisfecha con el resultado que hoy por hoy estoy obteniendo.

El pasado sábado, como bien he empezado en este artículo, realicé, gracias sobre todo a dos grandes personas encargadas del grupo de Facebook L@s Auténtic@s Devoralibros, mi primera presentación acompañada de tres grande autores con los que tuve el placer de compartir mesa: Rosa García Calleja, Dani Padilla y Cristina Martín.

Personas que como yo luchan por ese sueño, el cual muchas personas creen imposible, pero que sin embargo nosotros damos nuestro tiempo, energía, ilusión y el corazón por él.  ¿Demasiado, ilusos? Puede. Pero yo me pregunto, ¿qué hay de malo, en ser una persona ilusa? Yo me considero una de ellas. Siempre, desde pequeña, he soñado y mucho: dormida, despierta y a medio camino entre el sueño y la vigilia XD. Todos mis recuerdos de infancia son presididos por los sueños. Siempre he estado soñando y siempre he creído en que algún día se harían realidad.

Con el evento de este sábado esta fe en mis sueños, se ha reafirmado. Voy a seguir luchando, escribiendo, ilusionándome y dejándome el corazón y la vida en ellos. Al fin y al cabo, son los que cada mañana me dan fuerzas para levantarme y sonreír.

Si no fuera por ellos, yo hoy no estaría donde estoy, quién sabe quizás ni estaría aquí… Pero esa es otra historia… Yo no soy una soñadora, yo soy mis sueños.

Y poniendo más hincapié en lo que atañe a este post, primero decir que estaba muy nerviosa, no había un músculo de mi cuerpo que no temblara XD y… sentada frente a toda esa gente, la mayoría gran parte de mis familiares y amigos, me sentí una impostora. «¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué he de estar yo delante de ellos, presentado dos de mis sueños, cuando son ellos los que los han hecho posibles? ¿Qué tengo yo de especial?», pensaba. Nada, lo sé, pero sin embargo ahí estaba, acompañada de tres grandes autores, con una sonrisa y un brillo en los ojos que delataban mi felicidad.

Hay personas que creen que estas cosas las hacemos por puro ego y en defensa de mis compañeros y de mi misma, he de decir que no es el ego lo que nos mueve, a la mayoría de escritores o mejor dicho ilusos contadores de sueños (quizás haya una minoría que sí… pero eso es otro tema…), a estar sentados en una mesa como aquella, presentando nuestros libros y firmando ejemplares (en ese momento sí que me sentí como en una nube)… Para mí el hecho de estar allí sentada frente a unas personas que habían venido a vernos y a reconocer nuestro esfuerzo y trabajo fue como recoger el fruto de tantos años de trabajo, de soledad, a veces, de malos momentos, de inseguridades, miedos… Fue sin duda mejor que ganar todo el dinero del mundo, porque como os digo en la simplicidad se haya lo grande, y en aquella pequeña sala,  en la que tres cuartas partes estaban ocupadas por mis familiares y amigos, encontré a personas que se emocionaron con mis palabras, que sintieron lo que yo decía (a pesar de que a veces con el temblor de mi voz no se me entendía), que valoraban mi trabajo y sobre todo esa fuerza y ganas que me ha llevado hasta estar ahí sentada.

A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas, la mayoría muy buenas, y gracias a ellas yo soy un poquito mejor. El sábado conocí a más personas que me demostraron su bondad, su fortaleza y su coraje, por ellas y por toda la gente que tanto en mí día a día como a través de las redes me apoya:

GRACIAS POR HACERME TAN FELIZ Y AYUDARME A QUERERME CADA DÍA UN POQUITO MÁS A MÍ MISMA.

“En aquel momento comprendí que la fuerza no dependía de los músculos ni de la salud física, sino de la intensidad de los sueños.” (La magia del amor)

El falso sabor de la felicidad

“Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada.”

 

La mañana en que llegó Delirio era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese, pues desde hacía años mi vida ya no tenía sentido. Ni mi familia ni mis amigos ni siquiera Andrea saciaban mi sed; nadie era ya lo bastante estimulante para mí. Toda mi vida, en el momento en que probé ese sabor que me llevó al éxtasis, cambió. 

Hasta ese momento lo tenía todo: una pareja, una casa, una hermosa perra, una familia que me apoyaba en todo, amigos… Y cuando yo tomé la absurda y cobarde decisión de llevarme ese agridulce sabor a la boca, todo desapareció. Lo peor y más vergonzoso de todo es que yo siempre fui consciente de ello, y no hice nada por evitar que se marcharan. Las únicas que siguieron estando a mi lado, a pesar de las circunstancias, fueron Andrea, mi novia, y Juno, mi perra.

Me encerré en mi cuarto, el cual me mantenía aislado de ese agitado mundo que había devorado mi alma; era mi protección. Al día, como mucho, abría el pestillo en dos ocasiones: una para saludar a Juno, que tras su paseo tenía por costumbre venir al cuarto de su “papá” y dejarme la cara cubierta de babas caninas; y la otra cuando ella, Andrea, se alejaba de su realidad para entrometerse en la mía, tratando, por enésima vez, liberarme de la oscuridad que me había esclavizado.

No volví a probar esa falsa promesa de felicidad, pero ya era tarde. Me odiaba a mí mismo. Y cuando la desolación me gobernó por completo; él llegó a mí, y me ofreció un trago de agua tan fresca y limpia, que no pude resistirme. Me sentí agradecido, y fue en ese momento cuando mi mente, enturbiada por la satisfacción de haber saciado una necesidad tan primaria, lo creó. 

Me encontraba sentado en el alfeizar de la ventana, creyéndome víctima del mundo cuando en realidad, y aunque no lo pudiese ver entonces, yo era el único verdugo de mi vida. Cansado de soportarme, me giré. Y allí estaba Delirio, de pie junto la puerta, dispuesto a ofrecerme otra realidad. 

No lo había escuchado entrar. De hecho, era imposible que hubiese entrado, pues el cerrojo siempre estaba echado. Pero, sin embargo, él había irrumpido, sin consentimiento, en mi refugio.

Sus ojos rojos se posaron sobre los míos y, como dos potentes láseres, absorbieron los últimos resquicios de mi antiguo yo, que aún quedaban en mí. Era como una sombra oscura con forma antropomorfa. Embebido en su penetrante mirada, percibí un movimiento ligero en lo que debía ser su rostro. Mi corazón se detuvo. Y, de repente, toda su dentadura afilada iluminó su aterrador aspecto.

Aquella sonrisa espeluznante alivió mi ser. Fue como si parte de él entrase en mi interior, y me llenase de vida. No sé exactamente lo que me hizo, pero desde aquel momento Delirio se convirtió en mi único amparo. Su presencia no me molestaba. Su ronca y tenebrosa voz conseguía saciarme, cosa que hasta entonces, nada ni nadie lo había conseguido. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a decirme que parecía otro, que mi mirada había cambiado y que mi silencio les inquietaba. Pero yo, después de llevar tanto tiempo atrapado en la más absoluta indiferencia, me sentía aliviado.

Pasaba los días encerrado en mi habitación, igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, se hallaba siempre a mis espaldas. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero tenía a Delirio.

Fue mi mordaz lazarillo. Me hallaba ciego y solo en medio de un mundo extraño, y él me guió mostrándome su propia representación de la realidad. Una idea que se introdujo como el hilo en una aguja en mi ser. Me enseñó a ver el mundo tal y como era de verdad, o eso creía. Y mientras él seguía fiel a mi lado, mi familia observaba como ese yo que tanto habían amado, desaparecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Un día, Andrea entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era una falacia. Según Delirio: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La fulminé con una fugaz mirada de odio; nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. Y fue entonces, cuando aquel sabor que me había destrozado la vida dejó por unos segundos de perturbar mi mente, y con la cabeza más despejada pude recordar lo mucho que la amaba.

En aquel momento, me sentí tan vulnerable como un bebé. No era capaz de hacer nada, excepto mirarla y sentirme avergonzado. Mi única certeza era que no quería, por nada del mundo, perderla. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Pero un sibilante susurro me lo impidió. «No. Detente. Es una farsante», me decía. Aquella fue la primera vez que lo ignoré. Y continúe mi propósito hasta llegar a abrazarla. Suspiré. Solo junto a ella volvía a ser yo. Pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Hasta que finalmente, Andrea me envolvió entre sus delgados brazos con fuerza, impidiéndome escapar de ellos, y me dijo:

—Yo te sacaré de aquí.

En ese momento, la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé, quizás, la decisión más difícil de mi vida: recuperar mi verdadero yo.

Delirio no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Se negaba a dejarme marchar. Quería seguir formando parte de mi vida, pero él no entraba en mis planes. Me giré hacia la ventana y observé lo que aquella pequeña muestra de realidad me rebelaba. Me di cuenta por primera vez que quien me mintió fue él; no ella.

Vi salir a Andrea de nuestra casa con Juno, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, es decir, todo lo que a mí me faltaba, ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amaba a mí mismo, ¿cómo podría entonces llegar a amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mí?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda, distanciarme de Delirio me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome, pero lo ignoraba.

Seguí observándola mientras jugaba con Juno, y una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creía haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que ese sabor perverso entrase en mi vida.

Y Delirio sin ni siquiera darme cuenta se desvaneció. Ya no estaba solo, los volvía a tener a todos conmigo. A él ya no lo necesitaba para nada. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrió la puerta, al probar aquel sabor que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien se atrevió a darle la espalda, y regresar a esa vida que él me había arrebatado.

Hoy, Delirio forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, él era yo. Sí, mi verdadero nombre es Gabriel. Pero fue mi mente, quien hechizada por ese sabor, recurrió a él. Y creó un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún le sigo agradeciendo su visita, pues gracias a él, me enfrenté, sin yo saberlo, a la verdadera cara de la droga. Viví durante años absorto en una gran mentira que yo mismo confeccioné y, lo peor de todo, creí.  No, la felicidad no se halla en una sustancia, sino en el amor que tus seres queridos te profesan día tras día.

***

De aquella fría mañana, han pasado ya cinco años. Pero desde el día en que se propuso sacarme de aquella horrible pesadilla, Andrea, no ha dejado de abrazarme. Ella me salvó atrayendo de nuevo la luz a mi vida. Y ahora nuestro mayor sueño, ser padres, está a punto de hacerse realidad.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin

La magia de la lectura II

“Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado. Casi 70 años después recuerdo con nitidez esa magia de traducir las palabras en imágenes”

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura.

En el anterior post de la magia de la lectura, te hablé del increíble y maravilloso poder que tiene, en los más pequeños, la lectura. ¿Pero qué ocurre con los que ya han pasado esta etapa? ¿No tienen derecho a disfrutar de este enorme placer? ¿Ya es demasiado tarde para ellos?

 

¿Cuántas veces has escuchado o dicho…?

Uuuf mi sobrino, le tiene fobia a los libros.

¿Mi hermano leer? Como mucho los whatsapp.

Es muy tarde ya para mi hijo…

 

Y lo peor de todo es que las personas que decimos estas frases las soltamos como si nada. Y, si te paras a pensar, tienen un significado siniestro. Estamos menospreciando a sus hijos, sobrinos, hermanos, amigos, etc. y alejándolos de un mundo de imaginación, ilusión y diversión.

 

Somos conformistas y si queremos conseguir nuestros sueños, no podemos quedarnos con lo que nos dicen, con lo que nos dan, con lo que es adecuado para nuestra clase social. NO, necesitamos luchar, y sobre todo nunca dar por hecho nada.

 

No des por hecho que a tu hijo no le gusta leer, lo único que le ocurre es que aún no ha encontrado el libro que le invite a entrar en ese mundo y cuando lo encuentre, LEERÁ.  

 

Quizás todos los problemas, todas las prohibiciones estén en nuestra mente. Si tú te dices a ti mismo que no puedes, da por hecho que NO PODRÁS. Es posible que cueste pensar de esta manera con uno mismo, si es así, te recomiendo que pienses en que tu hermano, primo, amigo, hijo SÍ QUE PODRÁ. Sólo necesita que lo animes y verás que la mente es la que le estaba diciendo que la lectura era un rollo. Su forma de pensar seguramente se empezó a crear a una edad temprana por una mala presentación con la lectura, pero nunca es tarde para reconciliarse.

 

Y esta mente conformista y negativa nos está llevando, como vemos a diario en los telediarios, a ser personas más prepotentes, maleducadas, irrespetuosas, abusonas, maltratadoras, etc. ¿Y qué tiene esto que ver con la lectura, te preguntarás? MUCHO. Mientras lees, tu mente está viviendo las experiencias del protagonista de tu libro, está empatizando con todo lo que le ocurre, y de esta manera nos convertimos en seres más reflexivos, sensibles y empatizamos mejor con el prójimo.

 

Pero ¿y si en vez de leer, mi hijo prefiere ver una película que le ayuda a empatizar, pensar, reflexionar…? ¿No es lo mismo?

 

La única diferencia entre un buen libro que te haga reflexionar y una buena película que también lo haga, es la manera en cómo lo vive nuestro subconsciente. En una película estamos viendo a unos actores, que sin duda pueden ser muy buenos, interpretando un maravilloso papel de una pareja de enamorados, ambos con cáncer, como por ejemplo en “Bajo la misma estrella”, una hermosa película que te enseña a valorar la vida, el amor y te hace empatizar con estas personas que padecen la enfermedad. Pero leyendo el libro, el cual se escribió antes que la película, podemos sentirnos esa persona, experimentar con mayor intensidad el dolor, el amor, la pérdida, las emociones, entendiendo, por supuesto, que nunca se puede sentir lo mismo, ni mucho menos, que una persona que realmente lo padece. Éste, por lo tanto, es un proceso que conlleva un mayor cambio en nuestra mente, y nos hace crecer como personas. Por este motivo un libro es mágico. Porque, en cierta manera, al leerlo nos metemos en la piel de ese protagonista y podemos llegar a ser distintas personas, sufrir diferentes enfermedades, vivir en distintos lugares del mundo y en distintas épocas o, incluso, pertenecer a distintas clases sociales. Durante el proceso de lectura se activan diferentes parte del cerebro, dependiendo de lo que hay escrito en esas páginas y, por lo tanto, no sabe diferenciar lo que es real de lo que estamos leyendo. Eso es lo que los hace diferentes a una película. Al leer estamos creando innumerables conexiones sinápticas, que en la vida real nos ayudarán a abordar distintos problemas que aún no hemos afrontado nunca.

Ahora sabiendo esto. ¿Quieres que tus hijos, sobrinos, hermanos, amigos, sigan con su vida de no lectores, sin tener la oportunidad de experimentar todas estas cosas? ¿O bien te gustaría empezar a crear una bonita relación entre él o ella y la lectura?

 

Deja de echarte la culpa de no tener hijos, alumnos, sobrinos lectores… y actúa para poner remedio. Es cierto que tal y como está hoy en día establecida la educación en torno a la lectura es complicado que esta relación llegue a buen puerto, pero si sabes cómo, podrás poner remedio.

 

Aquí te dejo algunos consejos para que empieces hoy mismo a crear ese vínculo tan especial entre el joven y la lectura.

 

¿Qué hacer para que nuestros jóvenes amen la lectura?

 

  1. Deja que decidan por si mismos.

Pon a su disposición material de lectura que pueda interesarles. Piensa en sus intereses y hobbies. Además los adolescentes suelen sentirse atraídos por protagonistas que son de su misma edad, que comparten sus mismo problemas…

 

  1. Comparte con ellos sus lecturas.

Emocionate junto a ellos, invítalos a hablar de la hermosa historia de su libro. Incluso, y esto puede ser una gran recompensa por así decirlo, yo lo he hecho y lo sigo haciendo mucho conmigo misma, obsequiándoles con ver la película de ese libro, si es que existe. Es cierto que esto a mucha gente no le sirve, hay muchas películas que no son del todo fieles a sus libros y, desgraciadamente, se dejan muchas cosas en el tintero. Pero a mí personalmente, me gusta ver las dos versiones y comparar. Sale siempre ganando el libro, pero me encanta ver como unos actores dan vida a la joven con la que llevo conviviendo durante semanas en mi cabeza, o a ese chico del cual siento una especie de cariño especial después de estar leyendo sus aventuras durante semanas y conocer sus sentimientos más ocultos.

  1. Regala libros.

Siempre que tengas ocasión es la mejor opción. Y, como opinión personal si es de papel, mucho mejor. Sostenerlos, pasar las páginas, olerlos, nos hacen amarlos y encariñarnos más con ellos.

 

  1. Y en el caso de que seas un educador, NO OBLIGÁNDOLE A LEER SINO INVITÁNDOLE A QUE LEA ESA MARAVILLOSA HISTORIA QUE TIENES EN TUS MANOS.

Muéstrasela con ilusión, vendésela con entusiasmo. Lo mejor sería que ellos pudiesen elegir, pero ya sabemos que la educación nos impone ciertas normas ininteligibles, que hemos de llevar a cabo. Si éste es tu caso, ofrécele ese libro como el mejor libro del mundo. Y sobre todo: no le presiones con hacerle después un examen. Invítale a que reflexione sobre él, que exprese lo que ha sentido… etc.

 

Nunca es tarde para amar la lectura, sólo tenemos que saber cómo presentarles esta magia.

 

En el próximo post, último de esta serie, os hablaré sobre la magia de la lectura en nosotros, aunque muchos de los consejos de hoy pueden adaptarse a los más maduros del hogar. ¡Os espero! Y si te ha gustado este post, no dudes en compartirlo y comentarlo con tus amigos y conocidos.

Disfruta de la lectura en familia 🙂