Capítulo 5: Y apareciste tú *.* ¿Jugamos?

“No existe arma más mortal que el amor.”

Sientes miedo, lo noto. Una parte de ti, ya se ha arrepentido de tu petición pero… es tarde. Ya no hay vuelta atrás. Todos, en su día, caímos en la trampa. Todos destruimos a nuestro intruso.

Quizás me equivoqué, quizás con un hamia más experimentado hubieses llegado al final de tu juego victorioso, cosa que conmigo no has conseguido. Lo siento. Siento haberte sentenciado a una vida sombría, donde el amor y la felicidad brillan por su ausencia. Créeme yo solo pretendía salvarte.

Una extraña sensación cálida me abriga todo el cuerpo, es Nextor, desde la lejanía, arropándome con su amor. Abro los ojos, me salgo de tu juego, total ya solo me queda ver el desenlace y ya me lo sé, pienso apesadumbrada. Alzo la mirada, mi cielo es distinto al tuyo, ojalá pudieses verlo, es… hermoso. No tiene fin, nada aquí lo tiene, todo es permanente. Nosotros sí podemos decir que vemos las estrellas, aunque no lo creas, no son como te las imaginas. Las verdaderas no brillan, solo se mueve y en ocasiones parpadean, como si nos hablaran, a veces creo entenderlas. ¿Tú entiendes a tus estrellas? ¿Las observas? Ojalá pudieses escucharme, pues te confiaría uno de los mayores secretos de la creación: yo soy tú estrella. Sí esa que vela por ti desde tu cielo, esa que puede verte desde cualquier parte del mundo, pero… tenemos los días contados. Pronto dejaré de ser esa estrella que brilla por ti.

Junto a mí noto la presencia de Nextor, se haya a mi lado, creí que se hallaba más lejos, pero la percepción mientras jugamos vuestras mentes, intentando llevaros por el camino correcto, se distorsiona.

—Ha llegado la hora, Aura. —me dice con su característica voz serena.

Asiento, pero mi interior no lo acepta. No puedo dejar que todo se acabe aquí. Me siento culpable de lo ocurrido y desearía poder enmendarlo ¿pero cómo?

—Aura, comprendo tu impotencia y sé en qué estás pensando. Yo en su día, pensé lo mismo contigo. Creí que aún podría salvarte, nunca crees que es demasiado tarde hasta que no ves a su hamia a tu lado, como yo te vi a ti. Solo entonces comprendes que ya nada puedes hacer y que lo mejor es intentar ayudar a otro humano. Céntrate cuanto antes en este último punto. Busca a otro. Hay millones vagando por el mundo, sin un rumbo qué seguir. Solo nosotros podemos aclarar su mente y salvarlos.

—O enviarlos al infierno —digo algo molesta por sus palabras. Nunca antes le he hablado de este modo, pero… pensar que ya nada puedo hacer por ti, que te he enviado a las fauces del diablo, me produce un ardor que prende esa mecha que todo buen hamia jamás debería mostrar. Yo soy distinta, lo sé. Lo supe nada más verte. Me enamoré de un humano, algo al parecer imposible para nosotros, que sin embargo yo he conseguido. Pero mi peculiaridad, este pequeño fallo que se halla en mi interior ha acabado contigo. En vida escuché decir a más de uno que el amor mataba, pero no ha sido hasta ahora cuando he comprendido que este dicho es dolorosamente real.

Me giro, no quiero seguir conversando con él. Estoy exhausta. Por mucho que intente ayudarme, por mucho que intente hacerme entrar en razón, no lo va a conseguir. Yo no soy como él. Yo no podría seguir iluminando el camino de ningún otro humano, sabiendo que el tuyo ya llego a su fin.

Cierro de nuevo los ojos, suerte que mis lágrimas son invisibles pues sino llovería continuamente sobre ti. La presencia de Nextor sigue arropándome, pero cada vez con menor intensidad. Se está dando por vencido. Yo no soy fácil. Nunca en vida obedecí las reglas que todos se empeñaban en imponerme. Ahora que al parecer solo queda la parte bondadosa de lo que fui, no debería temer por nada, no debería pensar en hacer lo que no me está permitido, sin embargo lo pienso a menudo. La reglas, sea cual sea mi condición con respeto a las leyes que rigen el universo, no están hechas para mí. Mi corazón es quien guía mi camino y el único que seguirá detenerme, llegado el momento.

Me adentro poco a poco en tu interior. No puedo verte, pues sigues en esa sala, pero el simple hecho de escuchar los latidos agitados de tu corazón me tranquiliza. Estás asustado, y trato de concentrarme aún más en ti, buscando enviarte esa caricia que consiga sosegar tu alma.

—¿Listo? —te pregunta la grave voz de tu doctor.

—Sí —le respondes en un susurro casi inaudible.

Un frío glacial me recorre todo el cuerpo. Siento como penetra desde el cuello hasta mi mente. Es ese líquido que te acaban de inyectar, el inductor del sueño. Mi capacidad de actuación sobre ti se inhibe. No puedo ayudarte, no en esta ocasión. Pero confío en ti, sé qué harás lo mejor para ambos. Suerte. Espero encontrar el modo de llegar a ti, de volver a verte en sueños, pero… si no lo consigo, por favor, no me olvides. No del todo.

El sueño se apodera de ti, y yo no puedo hacer nada más que esperar y tener fe.

 

La oscuridad me envuelve. ¿Dónde estoy? Me pregunto angustiado. Mi voz resuena como un eco lejano, nadie al parecer me oye. Me incorporo y de repente me viene el recuerdo fugaz de mi caída. Sí. Me he desmayado, creo. Pero no consigo evocar más allá. No veo nada. 

Creo… creo… me llevo una mano a la sien, me duele. El dolor es insoportable. Cierro los ojos y aprieto con fuerza. Consigo, al menos durante unos segundos, que el dolor remita. Vuelvo a abrir los ojos y… miro al lugar donde hacía un momento me había parecido atisbar un haz de luz. A mí alrededor no consigo distinguir nada. Todo tiene el mismo tono azabache, ¿Dónde estoy? Me vuelvo a preguntar. Y  el susurro de una voz, que creo conocer, me contesta:

—En tu sueño. Recuerda. Busca al intruso.

¿El intruso? ¿Se refiere a… Ella? ¿Está aquí? Abro con mayor entusiasmo los ojos. Y trato, en vano, de localizar algo distinto en la monótona negrura. De nuevo un pequeño punto de luz aparece al fondo. Es mi única referencia, así que decido seguirla. Quiero saber de qué se trata.

Camino con algo de pesadez. Siempre se ha dicho que en los sueños no se puede correr ni gritar pero, al parecer, andar tampoco es sencillo. La luz se va haciendo cada vez mayor pero, aunque empieza a iluminar parte de mi entorno, no me revela nada. No hay nada que revelar. Estoy en una especie de túnel oscuro. Es como esa Nada de la que hablan siempre, esa sensación que te deja vacío por dentro, que te succiona la vida… Mis ganas de caminar, de llegar hasta ese halo luminoso, se están apagando. Quizás sea la energía del lugar, mi cansancio o simplemente la señal de que la muerte viene a por mí. El resplandor de la luz empieza a parpadear cada vez con mayor intensidad. Siento como si me llamase. Creo sentir incluso mi nombre. Sí, la luz me llama. Intento correr, pero lo único que consigo es sentir una enorme sensación de impotencia por todo mi cuerpo. Deseo llegar hacia ella, pero algo me lo impide. Estoy convencido de que ella me librará de ese final que al parecer viene a por mí. Sigo caminando hasta que al fin, distingo una figura. Es… la silueta de una mujer, pero aún no la percibo con gran nitidez. Continúo avanzando. Ella me está dando la espalda. Sí, es el cuerpo de una hermosa mujer. Parece desnudo, sin embargo no me da tal sensación. La contemplo sin rubor, como si se hallase vestida. Al acercarme cada vez más a ella, percibo que la luz proviene de su cuerpo. Ella es mi luz. Atisbo como poco a poco se empieza a girar. Deseo por encima de todo, ver su rostro. Todo lo demás ya no importa. La oscuridad, el túnel, la Nada, la muerte… todo, a su lado, parece nimio.

Y justo cuando está a punto de girarse completamente y mostrarme su cara, de nuevo el susurro grave se filtra en mi sueño, recordándome mi misión.

—Mátala.

«Recuerdo sus palabras», pienso. Recuerdo como me dijo que debía acabar con el intruso. Pero las dudas nublan mi mente. Ella no es un intruso, solo es mi luz.

—Mátala. —Me ordena con firmeza.

Dudo, pero de repente noto entre mis manos un objeto. No consigo ver qué es. Con cuidado trato de deducirlo por su forma, su tacto… Es… un arma. «Con su mente podrá acceder a cualquier cosa que se imagine». Dice su voz en mi interior. «Pero… yo no he imaginado ningún arma», le contesto a mi propio recuerdo. Sin embargo, aquí está, entre mis manos, esperando a ser usada.

Al fin puedo ver el rostro de la beldad que me ilumina. Sus ojos grandes como dos pelotas de golf me muestran un mundo distinto. Me pierdo en ellos. Busco en su interior una razón para no cometer tal orden, solo con una me bastaría. Sé que no es un intruso. Siento como si ya la conociese. Y es entonces cuando en su mirada, hallo la imagen de aquella joven que lleva años acompañándome en sueños. Sus ojos verdes, su cabello castaño y su… sonrisa me cautivan de tal modo que soy incapaz de reaccionar a nada que no sea ella.

Sin darme cuenta mis brazos se ponen en movimiento, yo sigo embelesado en la imagen que aquellos grandes ojos me muestran. Le devuelvo su sonrisa, y justo entonces una bala atraviesa su cuerpo. El ensordecedor sonido del disparo me despierta de repente.

 

—Bien hecho —dice mi psicólogo, dibujando una sonrisa plena de satisfacción que me oprime el pecho—. Lo más difícil siempre suele ser el primer encuentro. Una vez borrado este, todos los demás sueños, desaparecerán sin que ni siquiera te des cuenta. Y habremos llegado al final de tu tratamiento —expone orgulloso.

Sin embargo, yo no lo siento como se supone que debería. Un enfermo desea poner fin a su enfermedad; yo, sin embargo, solo deseo volver junto a ella y no dejarla marchar nunca más.

Continuará…

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Te recuerdo, querido lector, que este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

 

Capítulo 4: El accidente *.* ¿Jugamos?

La línea entre el amor y el odio se vuelve a veces tan difusa que distinguir los sentimientos se hace imposible.

 

Sales de casa, tras una fuerte discusión con tus padres. Tu padre ha dejado de hablarte hace como una media hora, y tu madre que nunca se cansa de ofrecerte su opinión continua desde el umbral gritándote desesperada. No quiere que te marches, pero tú continúas caminando, sin volver la mirada hacia ella. Te sientes enfadado, impotente y solo. Ellos no ven lo que tú ves, y sin embargo se atreven a opinar sobre lo que ellos creen real. «No, se equivocan —piensas— no estoy loco. No es locura lo que siente mi corazón, si no…» lo sabes, tan bien como yo, pero temes decirlo hasta en pensamientos, pues sabes que cuando resuene esa palabra de cuatro letras en tu cabeza y la vincules a mí, estarás perdido. Ambos sabemos que lo que nos ha ocurrido no está bien, nos hemos dejado llevar. Sí, solo ha sido en sueños, pero el amor que sientes está embriaga todo tu ser. Solo piensas en que llegue la noche para volver a soñarme. He puesto, sin darme cuenta, tu vida patas arriba, y sin embargo no me arrepiento.

Miras a ambos lados, antes de cruzar la carretera, al ser domingo por la tarde, las carreteras están vacías, y sin embargo las aceras repletas de coches aparcados, y familias unidas, que a diferencia de ti, disfrutan de agradables conversaciones entre pastas y risas. Lo echas de menos, hace tanto que no disfrutas de ese modo de tu familia pero entonces… el calor vuelve a invadir tu cuerpo, la rabia regresa y con ella el recuerdo de la última escena que acabas de vivir en casa de tus padres.

—Por favor hijo, que no te das cuenta que lo estás perdiendo todo. Has abandonado a tus amigos de toda la vida, a tu familia, a… Julia…

Al escuchar de  nuevo en tu cabeza el nombre de esa amiga especial, me apago. Mi luz se funde ante la impotencia que siento. Yo no soy de carne y hueso, lo sé. No tengo ninguna posibilidad de competir contra alguien como Julia… Todo lo que te ha dicho tu madre es cierto, soy un estorbo en tu vida. Debes de vivir, como hacen el resto de humanos, la realidad que vuestros ojos pueden ver, pero… Ya intenté una vez alejarme y me fue imposible. No puedo evitar amarte.

—Julia, no es nada, nunca lo fue. Ella solo era una buena amiga, pero yo nunca he estado enamorado de ella —aclaras con un tono de voz más elevado del que sueles usar con ella.

—¿Y cómo lo sabes? ¿A caso te has enamorado alguna vez? —grita tu madre, poniéndose a tu altura y escupiendo parte de esa rabia que empieza a sentir hacia mí.

Prefieres no contestar. No sueles hablar de tus sueños. No sueles hablar de mí. Ellos no alcanzan a comprender tus sentimientos, y esa incomprensión por parte de tu familia lacera tu corazón.

—Sí, que me he enamorado y…—dudas, pero no por lo que sientes por mí,  sino por el valor que le otorga confirmarlo con tu voz— sigo estándolo —confiesas impulsado por la fuerza de esa verdad que late en tu interior.

—Por Dios, hijo… —dice tu madre arrancando, ya sin poder evitarlo, a llorar desesperada— ¿De qué? ¿De un fantasma? ¿De un sueño? ¿De un delirio de tu mente?

—No, yo sé que existe y la pienso encontrar. —Esa fueron las últimas palabras que le dedicaste a tu madre. Tu padre cansado de batallar que ya se hallaba sentado en su lado del sofá, con una copa en la mano para así evadirse de los problemas, te miró como ausente. Él ya sentía que te había perdido para siempre.

Al fin, después de caminar cinco minutos, llegas al lugar donde, después de dar mil vueltas, conseguiste aparcar el coche.  Abres la puerta que se encuentra a la izquierda del conductor, y te introduces en él. El cristal delantero está repleto de heces de esos pájaros que suelen posarse sobre ese preciso árbol, cuyo único estacionamiento libre custodiaba con su frondosa copa y abundante sombra. No te detienes, ni siquiera a valorar en pasarle un trapo al cristal. Te da igual, todo te da igual… Estás decidido a encontrarme a toda costa y, aunque en parte me siento feliz, tú obstinación me asusta.

Arrancas el coche, sin ni siquiera comprobar los espejos retrovisores están bien colocados, decidido a huir de la incomprensión de tus padres. Buscas con la mirada la radio que tu coche, a pesar de los años, aún consigue hacer funcionar, y con tu mano derecha abres la guantera. De su interior empiezan a caer papeles, un lápiz, una funda de gafas, CD’s sin las carátulas ni ningún tipo de protector que evite que se rallen… Al ver ese tu dudosa forma de ordenar las cosas, sonrío. Siempre, has sido muy descuidado. Al fin encuentras lo que buscabas, un CD en el que, entre otras muchas canciones, grabaste la de Chris Tomlin, la versión que Samarita Revival tradujo al español, y lo insertas en ese viejo, pero aún funcional, reproductor. Vuelves un segundo la mirada hacia la carretera, sabes que estás llegando a un cruce, y prestas atención hasta que ves que el semáforo se pone en rojo y te detienes. En ese momento, una joven de unos veinte años de edad cruza embelesada en la pantalla del móvil. Y en silencio rezas porque algún día esa chica que camina por tu ciudad sea yo.

El semáforo cambia de color, en esta ocasión al verde, y con un pie en el acelerador, y una mano en la palanca de cambios, dejas atrás el barrio en el que naciste. Coges la carretera que te lleva hacia tu actual residencia. Aún te quedan veinte minutos por delante, así que sin más demora llevas tu dedo índice hacia el botón de play. Buscas la pista de la canción que deseas, esa que escuchas a todas horas, y subes el volumen al máximo, con la intención de perderte en el único pensamiento que consigue aliviar tu dolor, yo.

Empiezas a cantar en voz muy alta el estribillo y te pierdes en esa letra que tú crees que habla de mí.

“Donde vas yo voy,

Donde estás estoy,

A tu lado iré,

Yo te seguiré…”

Las palabras que salen de tu boca, te otorgan una confianza que creías a ver perdido. Llevarás tu búsqueda hasta el final, pues después de lo sucedido con tus padres estás completamente convencido de que lo que sientes es real. La canción está a punto de acabar y justo en ese momento en el que el cantante no deja de repetir “yo te seguiré” te vienes arriba. Te unes a su banda y golpeas el volante como si de una cajón de música se tratase, con la emoción una parte de tu euforia se esparce hacia el pie que esta sobre el acelerador y lo pisas al máximo.   

Me estremezco. Estás a punto de caer por un barranco de mil metros de altura. La caída te mataría. Y entonces sin saber muy bien cómo, siento una especie de hormigueo por todo mi cuerpo y te veo frente a mí, cara a cara. He conseguido, motivada por el miedo a perderte, reflejar mi imagen en el cristal delantero de tu coche. Siento, de un modo más real que nunca, tu mirada puesta en mí. Mantienes unos segundos tus ojos clavados en los míos. Veo, por primera vez, el brillo de nuestro amor en tus pupilas. Y de la impresión que te acabo de causar haces girar con brusquedad el volante, y chocas contra la montaña de rocas que hay a tu derecha. Suspiro aliviada. El hormigueo desaparece. Ya no veo tus preciosos ojos puestos en los míos, tan solo tu sangre derramarse por el suelo. Tu mente se apaga. Dejas de verme, de escucharme, de pensarme, y te duermes, sumiéndote en un profundo sueño.

 

En un resorte abres los ojos, has vuelto a soñar conmigo. Me buscas por tu habitación, como solías hacer siempre que nos citábamos en tu hermoso mundo onírico, pero en esta ocasión yo no estaba allí, tan solo era un recuerdo. Tu respiración se ha acelerado. Tu cuerpo transpira ese sudor que tu pesadilla ha purgado, convirtiendo tu torso desnudo en ese manantial que desearía poder visitar. Llevas tu mirada al frente, tu mente deja de pensar y, muy a mi pesar, llegas a la conclusión que durante días te oculté: yo fui la causante de tu accidente.

Todo ese amor que creía haber visto en el brillo de tu mirada, se convierte en odio. Comprendes que tus padres tenían razón, que tu psicólogo no se equivocaba… Y esa dulce canción que al parecer calmaba tu agonía vuelve a resonar en tu cabeza, esta vez provocando tu ira.

Te levantas de la cama de golpe, sobre la mesita de noche ves mi retrato. Es el rostro de mi anfitriona. Su belleza eclipsa por unos segundos tus últimos pensamientos, resigues con la yema de tus dedos el recorrido que su cabello castaño oscuro dibuja alrededor de su cuello, y, sin poder evitarlo, te detienes en sus cautivadores ojos color esmeralda. Crees ver en su mirada un reclamo de indulgencia, en silencio te suplica que no lo hagas, pero… es demasiado tarde. Vuelves a estar envuelto en un odio irracional, el cual te impide percibir el verdadero sentimiento que anida en tu corazón. Y dejando que esa ira se apodere de ti, rompes ese dibujo que tú mismo, hechizado por mi amor, hiciste.

Sales corriendo de tu habitación. Sé a dónde te diriges, pero mi dolor no quiere seguirte.

Abro los ojos, y me sorprendo al ver a Nextor junto a mí. Su luz, algo más potente que la mía, intenta arroparme. Se lo agradezco, pero no consigue calmar mi desolación.

—Debes, dejarlo marchar. Es complicado, lo sé… Nunca es fácil ver como un avatar que tenías en tu poder, que podrías haber salvado del mal, corre hacia él. Pero no nos queda otra que luchar, que seguir caminando. Hay muchos como él, Aura, y debes ser objetiva. Estamos aquí para ayudarles, si ellos no desean nuestro amparo, nuestro trabajo se acaba. Su juego se termina, y se proclama un claro ganador.

Sus palabras aunque muy sinceras y ciertas, me atraviesan como puñales. No soporto la idea de perderte, pero como dice Nextor estás huyendo de mí, y no puedo evitar que lo hagas.

Vuelvo a cerrar los ojos. Te busco por última vez, estoy dispuesta a terminar contigo. Ya no puedo más. Si continúo, el resultado podría ser peor para ambos. Tu voz resuena en el interior de esa diabólica sala, la guarida del vencedor:

—Quiero hacerlo. Voy a acabar con… —dudas de lo que está a punto de hacer. Aún sientes algo por mí. La garganta empieza a arderte, puedo percibir tu escozor. Pero aun así, has dejado que esa parte de ti que me odia se alimente durante demasiado tiempo. Es tarde y, vencido por esa oscuridad que habita todo ser humano, acabas tu frase: Ella.

Continuará…

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Te recuerdo, querido lector, que este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

Capítulo 3: La cura *.* ¿Jugamos?

Nunca es fácil aceptar que los recuerdos, los lugares e incluso las personas puedan desaparecer a voluntad de tu mente, sin ni siquiera despedirse de ti.

Sigues sentado sobre esa silla que, aunque no puedo ver, conozco. Yo estuve en tu lugar también. Todos los que están en mi mundo han pasado por ella. Sus acolchados posa brazos dejaron de ser acolchados hace años, y la parte pensada para que tu trasero descanse cómodamente, solo consigue desquiciarlo, después de estar buscando la posición más cómoda durante horas sin éxito. Pero este es el menor de sus males, pues cuando estás sentado en ella, y ves pasar tus sueños uno a uno, percibes un aire distinto, uno que jamás antes habías sentido, y al inhalarlo todo tu cuerpo se tensa, impidiéndote respirar con normalidad.

Tú y ese “experto” en salud mental seguís hablando y, con gran pesar, trato de llevar toda mi atención hacia vuestra conversación.

—Existe una cura —dice el hombre, aunque, tras dicha revelación, se detiene. En ese instante una risa maléfica interfiere en mi campo auditivo, la del monstruo que habita en su interior—, pero… no te voy a engañar. Conllevará un gran sacrificio por su parte. Si desea volver a ser como era antes, tendrá que confiar en mí.

Aunque no puedo ver tu rostro, sé que estás aterrado y me encantaría estar aconsejándote. Entrar en tu mente y guiarte por el camino correcto, ese que te lleva hasta ese final feliz que todos esperan encontrar al terminar su juego. Pero… debo confiar, al menos mientras sigas en esa sala en tu propio juicio.

Un frio helador me abraza. Lo reconozco. Es el miedo. En la única forma en que los hamias podemos percibir las emociones: externamente. Como una tercera persona que aparece de repente en tu vida y te acompaña a todos lados, transmitiéndote sus energías, las cuales en este caso no son nada positivas.

—Yo antes de ella… —titubeas— no era una buena persona… Era un joven sin objetivos en la vida, sin un mínimo de empatía por nadie, sin un juicio propio que poder defender, era como un fantasma. Me odiaba y también a todo aquel que osase mirarme directamente a los ojos. Así que sumido en una soledad que empezó a calarme hondo estuve a punto de tirar toda mi vida por la borda. No quiero volver a ser como era antes —dices convencido. Al oír tu sincera confesión no puedo evitar sentirme satisfecha de mi trabajo y sobre todo del ti.

El hombre ante tal negación decide insistir de una manera mucho más persuasiva, y adornada con ese tono meloso, que se debe de adquirir en la universidad, pues todos los de su calaña lo tienen, en su cura. Supuestamente la única que, según dice, da resultados positivos. Aunque habría que ver para quién son positivos y para quién no lo son.

—Bueno y… en caso de aceptar. ¿En qué consistiría exactamente la cura? —preguntas con un tono de voz desconfiado.

Un silencio inunda todo tu mundo hasta llegar a interferir en el mío, percibo tu miedo, y esa tensión que ese aséptico ambiente te brinda. Aguardo impaciente su respuesta, aun y sabiendo que no me agradará.

—La borraremos.

—¿Borrarla? ¿Por completo?—preguntas cada vez con una inquietud más notoria. La idea al parecer te asusta, y sin poder evitarlo me ilumino presa de la satisfacción que me produce tu actitud.

—Así es. Verá, son muchos los sujetos que como usted, han pasado por aquí y también muchos los que no aceptan la realidad. “Ella” como usted dice, no es más que un simple fallo de su cerebro. No es real, es tan solo un humo que debemos disipar cuanto antes para que le permita ver la realidad tal y como es. Sin ningún tipo de velo por medio. ¿Lo… lo comprende?

De nuevo, te ciñes al silencio como única respuesta. Me alegro, aunque al no poder verte, al no saber cómo sacarte de esta, me siento impotente. Y me viene a la memoria la primera vez que nos conocimos. Tú tan solo tenías dieciocho años. No tenías muy bien aspecto, por lo que pude apreciar, y al parecer acababas de consumir algún tipo de sustancia. Te llevaba analizando durante días, tenía que volver a elegir avatar, pues el anterior acabó con éxito su juego; demasiado fácil. Por eso en esta ocasión estaba dispuesta a acatar un reto más complicado. Me di cuenta que tu forma de ser te había arrojado a la soledad y pude percibir como ese monstruo que todo humano esconde en su interior te estaban devorando, física y psicológicamente.

Bajo el oscuro cielo y la soledad de una madrugada de invierno te desplomaste junto la fuente. Fue en ese momento cuando te escogí, pues sin pedir permiso ni siquiera a Nextor, corrí en tu ayuda. Conseguí introducirme en tu sueño, el cual era más profundo de lo normal. Recorrí un gran trecho hasta encontrarte. Te hallabas en el límite, entre los sueños y la muerte, pero conseguí sacarte de allí. Mi luz, la cual cada vez que iba acercándome a ti se iluminaba con mayor intensidad, llamó tu atención. Recuerdo que me miraste a la cara, pues en sueños adquirimos nuestro antiguo aspecto, y supongo que aquellos ojos esmeraldas que poseía mi anfitriona no te pasaron inadvertidos, y me seguiste.

Juntos salimos de aquella oscura pantalla que teñía tu pasado de tristeza, baja autoestima y rebeldía: tu adolescencia. Pero… creciste y fue entonces cuando, lo estropee todo. Tu cuerpo de hombre, tu modo de ver la vida, siempre de una forma positiva, siempre con tu sonrisa en la boca y, sobre todo esa ternura que sin darte cuenta escapaba de vez en cuando de tu ser, embriagando a todo aquel que se hallase junto a ti, me hechizó.

Un hamia jamás debería involucrarse demasiado en su avatar. Acudimos a vosotros para ayudaros, para mostraros el camino, pero la franja entre la ayuda y la revelación de nuestra existencia es muy fina, y la sobrepasé. Te convertiste en una obsesión que tiempo después acabó alcanzándote a ti también. Esa fue nuestra condena.

No podía dejar de asistir cada noche a tus sueños, ya no con la única intención de dejarte pistas, de guiarte por la senda correcta, sino tan solo por estar junto a ti. Perdí la noción del tiempo, e incluso llegué a olvidar el verdadero motivo que nos unía: tu juego. Eras demasiada tentación para una novata como yo, y… dejé que esos instintos humanos, que aún recordaba de mi antigua vida, me poseyeran.

La voz del psicólogo rompe el silencio, y en cierto modo, esos recuerdos de ti que vuelven a mí siempre que me descuido.

—Tranquilícese. Lo haremos poco a poco. Primero mediante un suero especial le dormiremos, y accederemos a sus sueños. Iremos uno por uno. Me consta que este intruso lleva más de diez años con usted, ¿no es así?

De nuevo esa palabra vuelve a caer como un rayo sobre mí. No puedo escuchar tu respuesta, pero te puedo imaginar asintiendo como un asustado animalillo ante los enormes colmillos de su depredador.

—Bien, nos llevará más tiempo del que creía, pero lograremos llegar hasta el final. Empezaremos en orden cronológico de aparición e iremos avanzando conforme vayamos suprimiéndolo.

—¿Supri…?

—Si así es. Su labor, la cual sé por experiencia que no es nunca fácil de llevar acabo, es la de asesinar a su intruso, en todos y cada uno de sus sueños. Para ello modificaremos un poco sus sueños, de tal modo que pueda si lo desea hacerse con el arma que más le convenga en cada ocasión. Puede imaginárselo como una especie de juego si lo desea —ríe—. Con su mente podrá acceder a cualquier cosa que se imagine. Será como estar en un sueño lúcido, solo que del pasado. ¿Lo entiende?

Puedo percibir el desbocado sonido de tu corazón y el relinchar de esa parte de ti que no desea suprimirme, pero también siento como esa otra parte, la cual yo jamás podré controlar gana terreno en ti. Siempre lo consiguen. Se introducen sin permiso en el fondo de tu mente y la desbaratan hasta hacerte creer de verdad que estás loco.

Al fin después de un buen rato, te deja libre. Regresas a tu cuarto, o bueno, esa sala que finge de algún modo serlo, y te vuelves a sentar sobre la cama a observar mi retrato.

Continuará…

 

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Este es tan solo el principio del juego, espero que juntos logremos llegar hasta el final.

Mi dulce Bestia

“El camino de la vida te puede llevar por sombríos senderos, pero si aguardas con paciencia, la persona menos esperada vendrá en tu rescate.”

A lo lejos siento como la grave voz del órgano, entonando su melodía, se sincroniza con mis pasos. En este preciso instante, todo mi ser deja de existir, y es su alma la que me sostiene. Alzo mi mirada con cierto temor de no encontrarlo al final del pasillo, pero ahí está, envuelto en un aura que resalta su belleza, esperando mi llegada. Un recorrido que al disfrutarlo como meros espectadores parece corto, pero cuando tú eres la protagonista se alarga, y se vuelve eterno. Sé que no volveré jamás a mirar hacia atrás, el futuro que estoy a punto de abrazar es un sueño hecho realidad, pero mientras avanzo hacia él, una parte de mí viaja al momento en que nuestros caminos se cruzaron por primera vez.

Giro mi mirada hacia el anciano rostro de mi padre, nunca había reparado en porqué este paseo se debía hacer acompañada, hasta ahora. Él es quien mantiene mis pies en la tierra, mientras mi mente se sumerge en un mar de recuerdos atesorados, como hermosas perlas en el interior de sus conchas, en un rincón especial de mi corazón.

Todo empezó una mañana de otoño, las ramas desnudas de los arboles rechinaban a causa del frío, y los ruiseñores, ave que alegra con su canto nuestra alma, se hallaban mudos. Y cuando el silencio presidió mis oídos, el inquietante silbido del viento, acechando mi presencia, me dio su particular bienvenida. Nada más entrar en el recinto de aquel antiguo caserón, empecé a notar como se estremecían mis piernas. Alcé la mirada, nunca antes me había acercado tanto a esa casa. De niña escuché muchas historias que la gente del pueblo contaba de su propietario, por aquel entonces me las creí, a pesar de la gran dosis de imaginación que las alimentaba. Pero cuando empiezas a tener cierto criterio, y a entender que la fantasía tan solo se halla en los libros, el escepticismo anida en tu interior, y, aunque este es uno de los procesos más difíciles de aceptar, acaba posando tus pies infantiles sobre la hostil tierra de los adultos. Ya no temía a aquellos terroríficos cuentos que, como niebla espesa, oscurecían ese lugar. Cuando creces —y esta es otra dificultad de la madurez— te das cuenta de que a lo único que debes temer es a la vida. Ella es, sin lugar a dudas, tu enemigo más imprevisible y cruel; un severo villano con el que has de convivir, y que, con el tiempo, acabas aceptando.

Cubierta únicamente por una fina capa de lana, que yo misma había tejido, me presenté en el lúgubre umbral de su casa con mi mente puesta en el único motivo que me había llevado hasta allí: mi enfermo padre. Llevaba meses sin poder comprarse su medicación, nuestra situación económica cayó en picado en el momento en que, debido a su enfermedad, le echaron del trabajo, y en consecuencia dejamos de percibir nuestra única fuente de ingresos.

Al llegar al suntuoso pórtico, me sentí tremendamente pequeña, como una hormiga bajo la sombra de un árbol. Alcé mi mano con la intención de golpear el portón pero, en ese momento, aquellos cuentos infantiles regresaron a mi mente, provocando un irracional terror que embriagó mi ser, y paralizó mi gesto. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Y cuando estaba a punto de volverme a casa, dispuesta a desechar el último resquicio de vida que le quedaba a mi pobre padre, la puerta de su enorme castillo se abrió.

«¿Me ha sentido?», pensé confundida. Tras la enormidad de aquel pórtico de hierro, que impedía cualquier contacto con el exterior, y mantenía a todos los que osaran acercarse alejados, lo vi por primera vez. Sus zapatos brillaban tanto que creí ver mi miedo reflejado en ellos, y su traje caía sobre su solemne cuerpo realzando su figura, y otorgándole una hermosa imagen. De repente me entró un deseo irrefrenable de continuar ascendiendo hasta su rostro, pero al llegar, percibí como si un viento gélido, frío cual invierno en Alaska, chocase contra mí.  Su imponente presencia me hizo sentir insignificante, a su lado yo no era más que un asustado cervatillo a punto de entrar en las fauces del lobo. Mi corazón latía con vehemencia «¿Por qué? ¿Qué me está pasando? ¿Qué me está haciendo?», decía para mis adentros, furiosa por el desmedido furor que ese misterioso hombre había despertado en mí.

En ese instante, mis mejillas empezaron a ruborizarse, y al notar el calor del fuego en mi cara, me armé de valor y clavé con decisión mi mirada en la suya y, entonces, supe que mi vida no volvería a ser la misma. Sus profundos ojos verdes derritieron ese hielo ártico que todo su cuerpo parecía exhalar, y me permitieron penetrar durante escasos segundos en su interior. Su helor taponó mis fosas nasales. Mi respiración empezó a agitarse, impidiendo que me llegara la cantidad suficiente de oxígeno a los pulmones; empezaba a sentirme mareada cuando, al fin, abrí los ojos, y una lacerante oscuridad me hizo recordar a ese siniestro ser sin alma que alimentaba las leyendas de mi infancia. Su grave pero a la vez dulce voz me sacó de mi ensoñación.

—¿Qué desea? —dijo deseoso por despacharme de su vista.

—Yo… —titubeé, la mente se me había nublado hasta casi olvidar el motivo de aquella inoportuna visita— he venido por el puesto de trabajo.

Aquellas palabras debieron de desarmarle de cualquier arma que, preparado para alejar a todo ser vivo de su persona, poseyese; pues tardó unos segundos en encontrar la respuesta adecuada.

—¿Es usted la interesada? —dijo buscando a mi alrededor a alguien al parecer mejor cualificada para su trabajo que yo.

—Sí.   

Después de aquel primer encuentro, y aunque noté que mi presencia le irritaba, me permitió quedarme con el trabajo; hecho que me permitió volver a abrigar una esperanza, que llevaba mucho tiempo sin más cobijo que el desalentador porvenir que le esperaba a mi padre. Fue a partir de ese momento cuando mi joven corazón, hasta entonces inocente y desconocedor de su poder, empezó a despertar de una larga y dura hibernación; hambriento, y con ganas de conocer ese nuevo mundo que acababa de descubrir.

Los días transcurrieron sin mayor sobresalto, pues cuando yo llegaba cada mañana para limpiar su imperioso castillo, él se mantenía encerrado en su habitación, aguardando que la soledad, oculta debido a mi presencia, volviese a custodiar su hogar. «¿De qué se esconde?», pensé deseosa por saber qué motivos podía llevar a aquel apuesto hombre a alejarse, con tal rotundidad, del mundo.

Una mañana, cansada de esperar, día tras día, volver a ver aquellos hipnotizadores ojos verdes, decidí dirigirme a su cuarto, situado en la parte más alta de la casa. A medida que subía las escaleras, la luz que iluminaba el gran pasillo era más tenue hasta que, al llegar por fin a la última planta, y encontrarme frente a la única estancia del piso, dato que me facilitó localizar su morada secreta, la oscuridad cubrió por completo mi delicada figura. Extendí mi mano con la palma abierta, hasta tocar la vieja madera que revestía la puerta, con gran delicadeza. A través de las yemas de mis dedos penetró un intenso calor, que subió hasta cubrir toda la mano. Me asusté, era como si al otro lado se estuviese incendiando la sala. Un agudo dolor me atravesó el pecho, ¿y si está en peligro?, pensé aterrada. La golpeé con ímpetu, haciendo saltar algunas astillas cubiertas de polvo. La idea de que algo malo le sucediese despertó mis verdaderos sentimientos. Esperé unos segundos, deseando recibir cualquier respuesta suya, pero nadie contestó a mi llamada. Allí arriba todo era mucho más intenso: el frío, el silencio y… su respiración. Se hallaba justo al otro lado. Su soledad abrumaba mi alma, «¿Quién desearía tener por compañía la melancolía?», pensé. Y tras pasarme cerca de media hora embebida en esa melodía, que me regalaban sus inspiraciones y aspiraciones, desistí en mi intento por volverlo a ver.

Al día siguiente me sorprendió verlo en la sala de estar sentado, leyendo un libro. Al llegar lo saludé con timidez, me alivió verlo sano y salvo y, en cierto modo, acompañado al menos por unos personajes que esperaba le estuviesen haciendo más llevadera su aislada vida. Me giré para ver si correspondía a mi saludo, pero no alzó la mirada de su apasionada lectura; mi presencia le era indiferente. Empecé a caminar dispuesta a comenzar mi jornada laboral, y a olvidar esos ojos esmeralda que cada noche me robaban el sueño, cuando de soslayo percibí como apartaba una fracción de segundo su mirada de su interesante libro para dirigírmela a mí. «Quizás no me odie. Quizás me rehúya por temor. ¿Pero a qué puede temer un hombre como él?». El hilo de mis pensamientos mientras subía las escaleras que me llevaban al ala norte del castillo, me permitió soñar por unos segundos que él pudiera sentir algo por mí. Aquella mañana con mi coraje alimentado por aquellos sentimientos poco creíbles de un amor que jamás existiría, me dispuse, una vez hube acabado de limpiar todas las habitaciones, a saciar mi curiosidad. Ascendí por las escaleras, oculta entre la densa oscuridad que acompañaba mis pasos, hasta llegar a su refugio. Al colocar mi mano en el picaporte volví a sentir el calor sofocante que desprendía aquella sala y, sabiendo que el amo no se hallaba cerca, lo giré empujando hacia su interior con todas mis fuerzas.

Una incandescente luz proveniente del centro de la habitación me impedía ver qué se ocultaba en aquel extraño lugar. Y aunque sentía grandes deseos por entrar, emergía de  aquella sala una fuerza demasiado potente que me lo impedía. «¿Pero el qué…?». Un grito feroz interrumpió mis pensamientos. La puerta se cerró de repente, y tras de mí, apareció, emanando ira por todo su cuerpo, el dueño de la habitación.

—No puedes entrar aquí —me dijo encolerizado. Con cada sílaba que emergía de su boca pude presenciar la rabia que yo había despertado, después de años adormecida en su interior. Sus ojos ya no me parecieron cálidos sino gélidos y severos.

—Pero yo… —titubeé, mientras bajaba mi mirada— solo quería limpiarla, señor.

—No. Esta habitación, no. Limpie el resto de salas, o mejor por hoy puede marcharse.

—¿Yo… —volví a enfrentarme a sus ojos— puedo saber por qué? —Llevaba trabajando semanas, y jamás había osado preguntarle nada, pero aquella milésima de segundo, que le robó a su tranquila lectura para invertirla en mí, me armó de valor.

—No, debería.

—Pero, ¿me lo diría?

—No.

—¿Por qué?

—No le incumbe. Ahora, si es usted tan amable, márchese, señorita…

—Abigail. —«No sabe ni siquiera cómo me llamo», pensé afligida. Su mirada se tornó cálida como un sol de agosto, «¿quizás mi reacción haya causado este cambio en él?» .

Cerró los ojos, noté como exhalaba un fuerte suspiro cargado de temor, y me miró, dejando entrever una misteriosa oscuridad. Me asusté. Hice un intento de huir, «debería haberlo hecho antes, cuando él me lo pidió», pensé. Pero entonces su mano rodeó con suavidad mi brazo impidiendo que me marchase.

—No se vaya —me pidió.

—Nunca —me acerqué a él de un modo que podía sentir el veloz latido de su corazón contra mi pecho.

La oscuridad que desprendía su mirada se había atenuado. Su cercanía me propinaba una seguridad que nunca antes había sentido; mi temor desapareció. Me cogió con delicadeza la mano. Abrió la puerta de su habitación. La luz cegó mis ojos, y noté como me introdujo en ella.

—Abra los ojos —me ordenó con dulzura.

Por fin supe de dónde procedía aquella incandescente luz. Una esfera luminosa flotaba en medio de un jarrón de vidrio, colocado del revés sobre una pequeña mesita que había en el centro de la sala. «¿Qué significa esto?», pensé incrédula ante la insólita magia que mis ojos presenciaban. Después de estar tantos años luchando contra mi fantasiosa imaginación, pues era supuestamente lo que debía hacer una joven de mi edad, comprendí lo equivocados que estaban los adultos.

—Esta es mi alma, señorita Abigail. Tras haber sufrido lo suficiente, un día decidí desprenderme de ella, y evitar así el dolor. Sí, de esta manera no llegaría a ser una persona completa; no podría sentir emociones, ni amar —dijo volviendo a posar sus intensos ojos verdes sobre los míos— pero su presencia —dejó que un intenso silencio nos envolviese. Pude ver en el brillo de su mirada la airada lucha que estaba teniendo lugar en su interior— la ha reavivado y podría decirse que hasta curado. —Se acercó a mí, y me entró un deseo irrefrenable de acariciar su rostro. Pero al alzar mi mano, él se alejó.

—Pero si he sido capaz de sanarla, ¿por qué no sé deja sentir de nuevo?

—Porque tengo miedo de volver a sufrir.

—Le prometo, señor, que jamás permitiré que eso ocurra. Me acerqué a su rostro, y le besé. —Noté como un intenso calor nos envolvía, dirigí mi mirada hacia la extraña esfera luminosa, y vi como esta estallaba liberándose de su cárcel para volver a iluminar su corazón.

Por fin, tras un largo y apacible viaje por mis recuerdos, llegué al final del pasillo. Me coloqué junto a su cálido cuerpo. Mi padre se desprendió de mi mano para entregarme a él. Le miré a los ojos y respiré feliz al pensar que nuestras almas nunca más volverían a estar solas. Pues aunque percibí su soledad nada más divagar por su mirada, no reparé en la que, durante años, embriagaba mi corazón. El monstruo que protagonizaba esas tenebrosas leyendas no era más que el príncipe azul que la sociedad, debido a su ignorancia en los cuentos de hada, había ensombrecido. Y con nuestros votos de amor sellamos ese dolor que atormentaba nuestras almas.

Fin