Noel

En un lugar donde la navidad nunca llegaba a su fin y los sueños siempre se hacían realidad, vivía un niño de cabellos dorados y mejillas sonrosadas al que todos llamaban Noel. Su notoria felicidad inundaba en forma de sonoras carcajadas el área de su minúsculo mundo. El pequeño que creyó ser engendrado, como el resto de habitantes, por arte de magia, creció bajo la tutela de la encantadora y amorosa familia Claus.

El señor y la señora Claus llevaban años viviendo en aquella diminuta aldea, la cual bautizaron con el bonito nombre de Ilusión. Sus caminos, bosques, tejados e incluso, las puntas de los cuernos de los renos se cubrían siempre de una capa llamativa de nieve blanca que contrastaba con el tono carmesí que predominaba en casi todas las prendas de vestir de sus aldeanos e incluso con el color de la nariz de algunos de los renos más afortunados de la región.

De fondo a lo largo del día un hilo musical muy alegre armonizaba la vida de todos los habitantes de Ilusión, pero cuando la noche se abría paso y con ella la clara luz de la luna, la banda sonora se convertía en el dulce tintineo de los cascabeles que, de modo preventivo, para evitar que ningún ave se chocase contra él, acompañaban al trineo más soñado de todos los tiempos: el trineo de Santa Claus.

Todos en aquella modesta y risueña región, oculta para el resto del mundo, tenían una tarea que hacer: unos ingeniaban los juguetes, que más tarde otros construirían, que más tarde otros decorarían, que más tarde otros comprobarían y que finalmente otros envolverían con un hermoso papel de regalo que les confería ese aspecto que conseguía iluminar el rostro de los más pequeños de la casa. La tarea de Noel se hallaba justo en medio de la cadena, y era una de las que más trabajo y concentración requería. Él era uno de los encargados de comprobar el llanto de las muñecas lloronas, el balanceo de los caballitos, el sonido de la bocina de los trenecitos, la nieve caer de las bolas al ser agitadas… Todo esto ocupaba gran parte del día del pequeño.

Como habrás podido imaginar, Noel, era sin lugar a dudas el niño más afortunado del mundo. Pues cada mañana del año, —que debido al diminuto diámetro de su superficie duraba tan solo veinticuatros horas— al despertar, le esperaban cientos y cientos de regalos bajo el árbol que se hallaba permanentemente en la hogareña mansión de los Claus. 

La dicha había suplantado al oxígeno en aquella remota región del planeta. Todo aquel que respiraba ese aire con olor al dulce aroma del chocolate recién hecho se sentía feliz. Sin embargo, como en toda historia, la felicidad no siempre salpica a todos por igual, y con el tiempo, ese agraciado jovencito empezó a ver su maravilloso mundo de distinta forma, y el eco de su risa desapareció.

Pasó de ser el niño más risueño de toda Ilusión al más infeliz. La dirección de la nueva curvatura que adquirieron de súbito sus labios, conmocionó a toda la aldea. «¿Qué atormentará el alma de Noel? ¿Qué profundo dolor padecerá para sentirse tan triste?», se preguntaban todos. Pero un secreto, quizás no tan oculto a simple vista, rodeaba al  pequeño. Nadie excepto sus tutores legales el señor y la señora Claus lo sabían.

—Nicolás, debemos contárselo. —Le decía una y otra vez la señora Claus a su tozudo marido.

—No, mujer, el niño es feliz así. —Le decía el hombre con su grave voz, mientras se descalzaba las botas rojas que, después de toda una noche de duro e intenso trabajo,  le había dejado los pies fritos.

—No, no lo es. Lo que pasa es que como te pasas toda la noche fuera de casa y todo el maldito día durmiendo, no te enteras de nada, pero Noel está empezando a darse cuenta de que hay algo en él que lo diferencia de nosotros —dijo furiosa—. Por dios, Nico, sintoniza el volumen de tu viejo oído, y trata de buscar la frecuencia de su risa. —Hizo un gesto teatral, llevándose la mano a la oreja y tratando de prestar atención al silencio—. Nada, ni una mísera onda de su antigua felicidad llegará hasta tu ajada oreja.

—Pero, querida mía, de aquello hace muchos años…

—Doce para ser exactos —le interrumpió la malhumorada mujer.

—Demasiados, para tratar de explicarle a un niño que él no es lo que cree ser. ¿No crees que la verdad le hará más daño, aún?

—A veces la verdad es dura y duele, pero no deja de ser mejor opción que la mentira. —Al acabar se cruzó de brazos y alzó su orgulloso y seguro mentón.

—Está bien, está bien… Tú ganas —bostezó mientras abría las aterciopeladas mantas que cubrían su cama. —Mañana mismo se lo cuento. —Volvió  bostezar.

—A no, de eso nada —la buena, pero terca, mujer cogió de repente a su marido de la oreja y lo levantó sin necesidad de utilizar mucha fuerza— Ahora mismito vas y le explicas a ese pobre niño como llegó hasta nosotros. Y sin titubear, Nicolás, —dijo alzando un dedo en señal desafiante— que te conozco.

—¿Ahora? Pero sí acabo de llegar y aún ni ha salido el sol y… y… ¡ay! —Chilló al sentir el tirón que su mujer le daba—. Está bien, está bien, ya voy…

—Así me gusta. —Sonrió satisfecha—. Y a la vuelta le dices a uno de tus duendes que venga a ayudarme con el pavo, que por si no te acuerdas esta noche es Nochebuena.

Era curioso como allí, para los habitantes de Ilusión, el hecho de que el año tan solo durase veinticuatro horas no fuese para nada extraño, es más, cada día era recibido con gran expectación.

Pero Noel, que hacía tiempo que había empezado a sentir que en su interior existía un anhelo distinto al de los demás aldeanos, no se hallaba en la fábrica de juguetes.

—Noel, Noel —Gritaba el señor Claus con sus manos alrededor de la boca con la intención de que su voz llegase más lejos—. Noel, Noel… ¡Oh! Eliana —le dijo a una dulce elfa de ojos rasgados, nariz alargada y orejas puntiagudas— ¿Has visto a Noel? ——La joven negó con la cabeza sin dejar de emitir su adorable sonrisa. Y el anciano continuo buscando.

El eco de la voz del señor Claus no tardó en llegar hasta el oído de Noel. Era difícil que en un lugar tan pequeño, sus graves chillidos no abarcasen todo el perímetro.

El pequeño no se escondió, sino que lo esperó sentado sobre un montón de nieve acumulada, que al parecer acababa de caer de la copa de un árbol. Se hallaba justo en los confines de su mundo; más allá no había nada, o al menos eso había creído hasta el día en que, sin el permiso de ninguno de sus tutores, se atrevió a ir.

Allí sentado, mirando por un gran ventanal trasparente, tras el cual nada existía, apareció una niña. Su rizado cabello caía a lo largo de sus hombros y espalda, sus ojos esmeraldas iluminaron aquella tristeza que anidaba en el interior de Noel, y cuando esta se giró, su sonrisa iluminó todo su mundo. Y después de mucho tiempo el pequeño se sintió dichosamente feliz.

Ya no se satisfacía con respirar la mágica atmósfera que cubría toda Ilusión, necesitaba más. Y ese más se hallaba al otro lado de su mundo, justo en el interior de esa hermosa niña.

—¡Oh! Estás aquí —dijo el señor Claus, interrumpiendo la bella ensoñación en la que se había sumergido Noel.

El chico se giró de repente, estaba tan embebido en aquella joven que ni se había percatado del sonido que emitían los cascabeles de las botas del anciano. Pero rápidamente volvió a llevar su mirada hacia esa realidad que él desconocía, y que por algún extraño motivo lo atraía hacia ella. El señor Claus conocedor del hallazgo que el pequeño había descubierto, se sentó junto a él y en silencio, ambos observaron aquella niña con rostro de muñeca de porcelana que se encontraba al otro lado.

—Padre… —dijo Noel algo confuso— Usted no me dijo que desde aquí se pudiesen divisar aquellos mundos a los cuales viaja cada noche repartiendo ilusión…

—No, hijo. Nadie de la aldea, excepto la señora Claus, lo sabe. Es, digamos, nuestro secreto.

—¿Es por este motivo que es capaz de llegar a todos los hogares del planeta en una sola noche?

—Así es… a través de este filtro atemporal puedo recorrerme toda la Vía Láctea si fuese necesario en menos de una hora. —Noel bajó apesadumbrado la cabeza—. ¿Qué te ocurre, hijo?

—Yo… me siento diferente al resto de elfos. —Los ojos se le empezaron a empañar de lágrimas—. Los dedos de mis manos son más gruesos, mis piernas más largas, mi nariz más pequeña y mis orejas redondeadas. Soy más como… —dijo dirigiendo la mirada hacia el gran ventanal que le mostraba todo un universo de nuevas posibilidades.

—Verás, Noel… —dijo el anciano mientras intentaba colocarse algo más cómodo sobre ese montón de nieve, que bajo el calor de sus cuerpos se iba poco a poco derritiendo— Tienes razón, tú no eres como el resto de elfos, porque tú no eres uno de ellos. Tú eres un niño.

—¿Un niño? —Repitió absorto.

—Sí, un ser engendrado a partir del amor entre hombre y mujer.

—¿No me creó usted y la señora Claus? —El anciano pesaroso, negó con la cabeza.

—Nosotros con nuestra magia solo podemos engendrar seres mágicos como los elfos, los renos, las hadas y los gnomos que con su alegría custodian las casas. Tú no eres uno de ellos, tú eres especial.

—Especial, ¿por qué? No tengo magia, no puedo hacer grandes cosas.

—Te equivocas, tú eres capaz de hacer la cosa más grande y hermosa del mundo.

—¿El qué?

—Enamorarte —dijo el anciano mientras fijaba de nuevo su mirada en aquella niña que le había devuelto la sonrisa a Noel.

—¿Ena… que?

—Tu corazón, hijo, está inclinado hacia el amor, por eso aquí te sientes vacío, y aunque Mama Noel y yo, intentamos dártelo, créeme que hacemos todo lo posible, no es suficiente. Los humanos sois sociales por naturaleza, los elfos, en cambio, no. Me equivoqué al creer que podría criarte como a uno de ellos.

—¿Pe-pero si no soy de aquí de dónde soy? —

—Del mundo real—dijo el señor Claus extendiendo la mano en dirección a la gran ventana—. Esto que ves a tu alrededor es simplemente una ilusión, se podría decir que nuestro mundo se haya más bien en la mente de las personas u oculto a base de magia en pequeñas esferas transparentes. —Noel se quedó perplejo ante aquella revelación.

—Pero yo… te quiero, y también a mamá y al resto de elfos…

—Sí, lo sé, pero necesitas algo que nosotros al parecer no sabemos no ofrecerte.

—¿El qué?

—Amor —dijo dirigiendo de nuevo su mirada hacia la niña que continuaba observando aquella hermosa bola de nieve desde su mundo.

—Sí que sabéis.

—Pero no del modo en que tu corazón lo necesita.

—¿Y entonces qué debo hacer ahora?

—Lo que te dicte tu corazón —dijo el anciano, mientras sin darse cuenta le transmitía uno de los consejos más sabios del mundo real.

El pequeño miró al frente, y los ojos de la niña se posaron por primera vez en los suyos. En ese momento notó como el corazón le empezó a latir a una velocidad desorbitada. Aquella sensación dibujó una sonrisa sin darse cuenta en su rostro, y la pequeña, al otro lado, le correspondió.

—¿Puede verme? —Se sorprendió.

—No, pero puede sentirte. Noel, no es casual que ella esté ahí.

—¿Y qué hace?

—Está esperando.

—¿A qué?

—A que tu corazón hable, y tú tomes una decisión. Te está esperando a ti, hijo. Ella es ese más que tu alma necesita para ser feliz.  ¿Has decidido ya qué quieres hacer?

El pequeño no pudo evitar justo en ese instante que las lágrimas escaparan de sus ojos y resbalaran por sus mejillas. Una parte de él tenía claro la decisión que quería tomar, pero la otra… se resistía a dejar aquello que ya conocía.

—No temas, dicen que lo mejor siempre está por llegar —dijo el anciano guiñándole un ojo, en señal de complicidad. 

El señor Claus o, como más tarde fue conocido por todo el mundo, Papa Noel hizo uso de su magia, y al instante todo se iluminó a su alrededor. Noel que había crecido como un elfo más en Ilusión regresó a su hogar, aquel que hacia doce años, tras introducirse en el saco de los regalos, abandonó.

 

—Papá, papá, es cierta la historia —dice, Noelia, mi hija mientras observa sobrevolar el trineo de Santa Claus en el interior de una bola de nieve.

—Por supuesto —digo muy seguro de mí mismo.

—Mami, mami —dice Noelia llamando a su madre, la cual está al otro lado de la tienda, buscando los adornos para el árbol—. Papá me ha dicho que en el interior de esa bola de allí —señala hacia donde yo me encuentro— vive Papa Noel.

Mi mujer, que aún conserva su rizado cabello y su mirada esmeralda, puso los ojos en blanco.

—Dile a tu padre que no te meta más fantasía en la cabeza, cariño… 

—No es fantasía, es real —contesta algo molesta y se gira para tratar de encontrarme de nuevo, para comprobar con sus propios ojos que la magia existe, y al verme me guiña un ojo, y me sonríe. Lo sabe. Pero quizás es mejor que nuestro secreto se quedé solo en nuestro interior. Me llevo el dedo indice a los labios, y asiente en respuesta a mi petición. Es una niña muy lista, sabe que su papá es diferente, sabe que su abuelo viene cada año a visitarla, pero también comprende que la sociedad no está preparado para aceptar esa magia que solo los niños pueden ver. 

—Está bien, está bien. —Le dice mi mujer mientras acaricia su pelo, con la intención de  calmarla. —Noel, cariño, puedes dejar de contarle historias a la niña —alza la voz unos grados más de la cuenta para que yo, que me encuentro al otro lado, la escuche. El resto de compradores se quedan en silencio y dirigen su mirada hacia mi mujer. Esta alza los hombros en señal de disculpa y se ruboriza. Sonrío mientras observo embelesado esa belleza que me cautivó hace ya veinte años y que aún hoy me tiene hechizado.

Me vuelvo para echarle un último vistazo a ese mágico mundo que me crio y que aún considero mi hogar. Y antes de reunirme con mi familia, levanto con sutileza la mano y me despido de papá, con la certeza de que esta noche, como cada veinticuatro de diciembre, vendrá a visitarme a mi hogar.

Fin

Un deseo de navidad

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto, debido a las luces y los festejos navideños. Ali, que por aquel entonces tan solo tenía cinco años de edad,  se mostraba excitado debido a la legendaria existencia, según le contó su padre, de unos seres mágicos. Los cuales en tan solo una noche eran capaces de pasar por todas las casas del mundo para obsequiar con una onza de chocolate, únicamente —le remarcó con aire teatral— a los niños que habían sido buenos. «¿Yo he sido bueno, papá?» Le preguntó el pequeño con un ápice de preocupación en su voz. «Sí», contestó su padre sin demasiada demora. A pesar de la crudeza de los tiempos en los que le había tocado vivir, Ali era un niño muy agradecido con lo poco que tenía. «¡Chocolate, ni más ni menos!», pensó con los ojos iluminados por la emoción de volver, después de años, a saborear aquel dulce placer.

Su madre, en cambio, le contó que si durante esa noche del año pedias un deseo, uno —acentuó levantando su dedo índice— pues hay muchos niños en el mundo y debe quedar magia para todos, se te concedía. Seguidamente le narró como ella, en una ocasión, deseó que su papá regresara pronto de la guerra, y… al día siguiente nada más despertar, lo halló sentado en su vieja mecedora, y fumando de su pipa. «Claro que, —pensó— por aquel entonces la sonrisa de un niño era un tesoro que se debía custodiar con suma delicadeza». Pero la realidad era que la vida había cambiado, y los niños dejaron de ser los protegidos para convertirse en los más castigados de la sociedad. Era tarde para recuperar lo perdido. Los infantes que nacían en esas tierras carecían del derecho a vivir con dignidad. Niños destinados a la fuerza a convertirse en seres alejados de la mano de Dios, amparados únicamente por sus propias lágrimas; Ali, sin él saberlo, era uno de ellos.

Aquella noche, justo antes de que su madre, entre susurros, le desease “buenas noches”, y lo arropase con su colorida manta, el pequeño pidió su deseo. «Uno solamente» le dijo, nada más comunicárselo a los ángeles, a su madre. Esta, orgullosa, le sonrió. Y mientras acercaba sus labios hacia la frente de su hijo, este percibió como la suave melodía del eco de ese “dulces sueños” acariciaba su alma. Hasta que, al fin, su madre lo obsequió con su esperado beso de buenas noches.

Más tarde cuando todo hubo acabado su deseo llegó hasta mí, oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Entonces lo comprendí, yo era ese ángel que debía hacer realidad sus sueños.

Su madre, tras el amoroso ritual que día tras día profesaba, se levantó de la cama, y se deslizó con suma delicadeza hasta la puerta, e inundando la estancia con su inconfundible aroma, apagó la luz de la habitación. Se cercioró de dejar la puerta entreabierta, para que entrase ese pequeño destello procedente del candil que, desde el salón, iluminaba los sueños de su hijo, y se marchó.

Entretanto que llegaba Morfeo, para ofrecerle una salida esporádica de su realidad, Ali disfrutaba escuchando como el agradable murmullo, proveniente de la habitación de sus padres, ahogaba el miedo que el silencio de la oscuridad le propinaba. Segundos después, un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar, y adentrándolo  en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, dejando salir a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

El intenso fulgor del sol dibujaba sobre su morena piel hermosos reflejos dorados. La incandescente luz le impedía abrir los ojos, y trató de agudizar los demás sentidos en busca de algún peligro: un fresco aroma salino difuminó su congestión nasal, permitiéndole apreciar al máximo este desconocido aroma. La sensación de sentir la fina arena recubriendo cada angulación de sus pies, y el sonido de una vasta porción de agua, moviéndose en perfecta sincronía al son del aire, desconectó ese indicador de peligro que permanecía siempre alerta.

Trató de abrir los ojos, pero estos no obedecieron su orden. Sin embargo le mostraron lo que tras ellos se hallaba: un mar en calma perfilaba la línea que la costa había desdibujado a lo largo de los años. El eco de unas risas llamarón su atención, y al dirigir su mirada hacia el lugar de su procedencia halló, justo en la orilla, a sus padres. El pequeño miró hacia ambos lados, y aunque no advirtió  nada que le impidiese disfrutar de aquel magnífico lugar; tenía miedo. Los escasos momentos felices vividos a lo largo de su vida se ocultaban entre miles de penurias. Pero en aquella ocasión parecía distinto, a su alrededor no había nada amenazante: ni gente, ni bombas, ni armas. Y tras permanecer unos segundos embebido, en esa alegría que expresaban los rostros de su familia, soltó el hilo que sujetaba su miedo, como si de una cometa se tratase, y corrió feliz hacia ellos.

Por primera vez, se relajó, y dejó que la paz de aquel maravilloso lugar colmase su alma. La constante presión, que oprimía su pecho, desapareció. Al llegar, adonde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como un lazo hecho de diamantes: duro e irrompible. Ambos cayeron al agua, y la presión desapareció. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y, conscientes de que aquella realidad no era más que un sueño, se dejaron envolver por la felicidad.

De repente todo se difuminó. Como Ali bien sabía, la oscuridad siempre llegaba justo cuando la alegría alcanzaba su alma, y un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Hizo un nuevo intento por abrir los ojos, pero sus párpados se resistían a despegarse ¿Quizás por temor? Se llevó su pequeña mano al pecho, y se percató: la presión seguía comprimiéndolo. La paz lo había vuelto a abandonar. A lo lejos, los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos.

Esa noche, conocida como la más mágica del año, Ali dejó de forma abrupta su niñez para adentrarse en una etapa, para la que su pequeño cuerpo, y tierna mente no estaban preparados: la madurez.

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido, seguido de pequeños golpes y gritos, volvió a turbarlo, apagando ese resquicio de esperanza que su sueño avivó. Siguió llamando a su madre, pues siempre acudía a su llamada. «Siempre», pensó.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación, envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos, velados por la fina piel de sus párpados, le mostraron la realidad que lo arropaba. Fuera del umbral de su cuarto una gran nube de polvo, que engullía todo lo que encontraba a su paso, amenazaba con devorarlo también a él.

Toda su vida se hallaba bajo los escombros, incluidos sus padres. Se llevó sus suaves manos de niño a la cara, evitando así que la ceniza llegara a sus pulmones, y el hedor a muerte embriagase su inocente alma. Con los ojos aún cerrados se dejaba llevar por la horrible visión que las bombas habían dibujado ante él. Se esforzó, entonces, por evocar su casa antes del desastre, con el fin de romper la invisible línea que separaba la realidad de la ficción, y viajar al único lugar en el que había sido feliz: los sueños.

La pesadilla seguía acechándolo. Era imposible escapar de ella. Así que decidió, aferrarse al último resquicio de esperanza que le quedaba, y buscar a sus padres. Fue  inútil; las paredes de su dormitorio yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama, y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él y de toda su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada, por muy atronador que fuese, haría vibrar su tímpano. Ya no respondía a señal alguna, ni siquiera de su propia mente. El silencio volvió a presidir su corazón.

En ese momento la luz del dormitorio se encendió. Su madre corrió en su auxilio. «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos, esta vez sin ningún impedimento. Estaba transpirando. Las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo, y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había acudido a enjugar sus lágrimas, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo contra su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero, aun y así, continuó notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. Ella no desistió y, a pesar de la brutalidad de su rabieta, siguió abrazándolo.

Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó, y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado lo acechaba cada noche, convirtiéndolo en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños, hoy en día, continúa siendo real. Pero él, en cambio, tenía la certeza de que al despertar, ella —la mujer que no era su madre pero que sí que lo era— siempre acudiría a su llamada.

 

Un año después, la navidad, que lejos de ofrecerle tregua alguna a su dolor, llegó como un jarro de agua helada en invierno. Las festivas luces que se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, no iluminaban su alma. Su infancia murió, al igual que sus padres, bajo los escombros. Durante un tiempo, continuó albergando la esperanza de que al despertar ella estuviera, con su inconfundible perfume, junto a él. Pero toda ilusión se desvaneció con el paso de los meses; jamás volvería a percibir su olor. Y cuando lo aceptó, no tuvo más remedio que aferrarse al aroma que su nueva mamá desprendía.

Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, lo vistió, y lo llevó hasta el coche.

—¿Adónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre, dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión, y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento, el pequeño se dio cuenta de que, fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de su nueva mamá y de Murat, su nuevo papá, el pequeño llegó al maravilloso sitio. El hombre lo ayudó a quitarse la venda. El niño apretó con fuerza los ojos, para tratar de recobrar una visión nítida, y al abrirlos miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza, fundiéndose, esta vez sin temor, en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra que oscurecía su felicidad empezaba a esclarecerse. Aquel paisaje cubierto de nieve, y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. Para él no era un simple abeto, sino que era el vestigio de una magia que lo mantenía unido a su antigua familia, a sus recuerdos, a sus historias. Un hechizo proveniente del órgano más poderoso del mundo: el corazón.

Aún recuerdo, como si fuese ayer, su llegada al mundo: sus pequeños y velados ojos estaban impacientes por empezar a ver ese mundo que los envolvía. Un lugar hostil, y cargado de odio que, tras años en aparente calma, estaba a punto de estallar. La guerra no es señal de vida, sino de muerte, y aunque él, un alma llena de alegría y amor, no podía sospecharlo: nada más nacer murió.

A lo largo de toda su infancia en Siria, Ali, no había tenido la ocasión de conocer el verdadero espíritu de la navidad. Al parecer, por el simple hecho de no haber nacido en el lugar y la época oportuna, no merecía ser feliz. Pero se equivocaban. Un resquicio de esperanza es suficiente para que la felicidad colme hasta el más apagado de los corazones.

En ese instante, Ali miró al cielo. Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Y entonces lo supo: yo, su ángel y también su madre, siempre acudiría a su llamada. Sonreí al ver sus ojos brillar de nuevo. «Sí, hijo, —pensé— aquí estoy, junto a ti, para toda la eternidad». Me sonrió, como si me hubiese escuchado. Quizás lo hizo, porque desde ese momento dejó a un lado el miedo, y se abrazó a la vida. Ese día sí que nació, pero esta vez para vivir por siempre. A pesar de lo que el mundo le deparase, la esperanza no volvería a abandonarlo jamás.

Satisfecho con nuestro reencuentro, bajó la cabeza, y miró primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, con la misma alegría con la que llegó por primera vez al mundo, junto a sus nuevos padres. Dos personas que lo amaban con locura, y harían cualquier cosa por él. Dos seres a los que el destino tampoco les sonrió, hasta que Ali, mi hijo y también el suyo, llegó a sus vidas.

Hoy Ali es feliz, pero como él hay muchos niños que aún no sonríen. Seres inocentes que por su lugar de origen son condenados a una vida de desdicha y dolor. Ellos, al igual que mi hijo, también anhelan la felicidad. Tú, querido lector, no tienes la capacidad aún de concederles este deseo, pero sí de luchar por ofrecerles esa posibilidad sin que tengan que demandarla. 

 

Fin