El principio del fin de los sueños

“Los sueños no están hechos para soñarlos, sino para vivirlos.”

En un lugar muy remoto, situado en lo más profundo de la mente humana, nací yo, Galilea de Celeste. Una niña de cabellos rosados, piel blanca como la nieve, mejillas coloreadas y brillantes ojos púrpuras; el reflejo de ese sueño que me dio la vida.

Habito en un mundo imaginario, pero sin embargo, soy muy real; gracias a estas palabras que estás leyendo. Este utópico universo fue creado, en parte, por ti, querido lector, aunque la verdad es que, como sé que van a haber muchas personas leyendo esta historia, quizás me equivoque. ¿Quieres comprobarlo? Cierra los ojos, y piensa en lo que más anhelas. Concéntrate. ¿Lo visualizas? ¿Sí? ¡Sí, sí ya veo tu sueño! ¡Felicidades! Ya eres un Creador o, si lo prefieres, un Arquitecto de Sueños, es decir, un humano con un potencial de ilusión suficiente como para crear una realidad distinta a la suya.

Nosotros, los habitantes de este maravilloso mundo, vivimos separados por regiones de distintas dimensiones y características, que varían según las ambiciones de su Creador, la esencia de sus sueños y sobre todo, la bondad que habita en su corazón.

Mi región, Celeste, es una de las más pequeñas de la zona, pues nace tan solo de dos sueños que al unirse convergen dando vida a esa quimera que llaman felicidad. Para mí siempre ha sido un honor formar parte de ella, pues es un lugar donde la maldad no tiene cabida, y la alegría emerge de cada átomo de aire.

Un risueño sol abriga con su incandescente luz a todas y cada una de las criaturas que vivimos a sus pies. La luna, su inseparable compañera, emana una dulce fragancia que se entrelaza con su fuego, creando, con su unión, una agradable y acogedora atmósfera que nos arropa en su candor.

Mi casa, situada justo en la frontera, está hecha, literalmente, de libros; grandes columnas de tomos de diversos: colores, tamaños y épocas; forman parte de su estructura. Sus paredes narran, entre susurros, bellos cuentos que nos acompañan, como una melodía de fondo, durante toda la vida. Si algún día me visitas, estoy segura que sabrás reconocerla, pues por fuera tiene forma de libro abierto, exponiendo en su fachada ilustraciones de los cuentos que la alimentan. En ella vivimos una gran variedad de personajes: humanos, animales parlantes, criaturas fantásticas…; cuyo objetivo primordial es hacer realidad los sueños de nuestra Creadora.

Pero, como en todo cuento, un día todas las historias que su mente creó, repletas de magia, amor, diversión y fantasía, se vieron amenazadas. Y toda la felicidad que envolvía nuestro mundo se difuminó. Fue entonces cuando descubrí el motivo para el que fui creada: salvar los sueños de Celeste.

¿Estás listo para escuchar mi historia? Pues aquí empieza el principio del fin de los sueños.

Érase que se era un buen día en que el dulce aroma, que el viento transportaba, me despertó como cada mañana bajo el hermoso sol que gobernaba mi mundo. Nada más levantarme, un susurro que emergía de las páginas que revestían mi habitación me dio su habitual “buenos días”:

—Pronto estarás más cerca que nunca de ella. —En aquel momento, no reparé demasiado en el significado que la cita, extraída del libro “La magia del amor”, albergaba, pero… más adelante descubrí que acababa de augurar mi futuro.

Nada más salir de mi peculiar hogar, me dirigí hacia la única casa que, junto con la mía, existía en la región. Su original forma de chupete, era la mejor carta de presentación para sus simpáticos inquilinos: unos bebés. Abrí la verja que rodeaba a ese gran accesorio infantil, y me detuve a esperar, como tenía por costumbre, el sonido de sus contagiosas carcajadas. Nunca, hasta ese momento, había temido al silencio. Me estremecí y una desconcertante sensación dominó todo mi ser. «¿Qué ocurre?», pensé. Dejándome arrastrar por el terror que había empezado a anidar en mi cuerpo, entré sigilosa en la casa. Nada. Ni rastro de sus candorosas almas.

Un cosquilleo empezó a recorrerme todo el cuerpo; empezando por manos y pies, y terminando en mi corazón. Bajé mi mirada, para ver qué me estaba ocurriendo, y me aterré al ver de qué se trataba. Mi piel, antes blanca como la más pura nieve, se había vuelto translúcida como la de un espectro; me estaba desvaneciendo. ¿Pero por qué? ¿Qué era lo que nos estaba haciendo desaparecer? En ese instante, la fugaz imagen de Timoteo, mi mejor amigo, invadió mi mente. ¿Le estaría sucediendo a él lo mismo? «Quizás aún esté a tiempo de salvarlo», pensé horrorizada al imaginar que este desastre hubiese traspasado los confines de mi región.

Como un resorte, salí de casa de mis vecinos, y alcé mi mirada a ese cielo que, por primera vez, empezaba a oscurecerse. Emití un agudo silbido, para llamar la atención de un caballo alado que sobrevolaba en círculos, un extraño comportamiento que agudizó mi temor. Bajó dudoso su mirada, para ver de dónde provenía la llamada, y descendió, moviendo agitado a ambos lados su cabeza, hasta posarse junto a mí. Desplegó con elegancia sus alas, invitándome a subir sobre su lomo, y emprendimos el vuelo hacia la región de Javier, Creador de Timoteo. 

Su región era algo distinta a la mía pero, en esencia, tenían cierto parecido, pues en ambas se respiraba esa ilusión que embriagaba el ambiente. Timoteo nació mucho antes que yo, cuando su Creador era tan solo un niño, dato que explicaría su fantasioso aspecto: semejante al de una comadreja jaspeada en diversos tonos azulados. Su tacto era aterciopelado, y cuando el viento mecía su pelaje, un intenso aroma a mora penetraba mis fosas nasales. En ese instante, mientras la agradable brisa del viento calmaba mis nervios, me dejé atrapar por mis recuerdos; acto que provocó que una lágrima se deslizase acariciando mi mejilla. «Ojalá esté bien», pensé.

Miré hacia abajo, estábamos a punto de sobrepasar los lindes de su región, me acerqué más hacia la crin del bello animal que había accedido a transportarme, y traté de poner mayor atención por si al entrar en la atmósfera, que daba vida a los sueños de Javier, escuchaba la característica melodía que, como el silencio, se paseaba sin ser vista entre el aire. Nada, ni rastro de la banda sonora que envolvía este mundo. Acabábamos de cruzar el umbral que separaba su región de la mía, y lo único que percibí fue un repentino escalofrío que cortó mi respiración. Pronuncié con dificultad esa palabra de una única silaba que, por arte de magia, detiene a todos los equinos del universo: “So”. Al instante, dio resultado, y poco a poco empezamos a descender hasta posarnos, con la habitual delicadeza que caracterizaba a esta magnífica criatura, en el suelo. Me dispuse a bajar, con cuidado para no dañarle su dorado plumaje, y le agradecí con un abrazo su ayuda. Inclinó su aurea cabeza, en señal de despedida, y alzó el vuelo con majestuosidad.

Sola de nuevo, miré a mi alrededor, sedienta por hallar un resquicio de vida. Todos sus habitantes habían desaparecido, llevándose con ellos la alegría que alimentaba su región. Me sentía desolada, y decidí dirigirme a la casa de Timoteo: una especie de madriguera hecha con algodón de azúcar rosado. De nuevo todo estaba eclipsado por esa turbadora quietud que alteraba mis nervios. Un tremendo escalofrió me hizo ver esa verdad que, a pesar de su obviedad, nunca deseé admitir. Nuestros Creadores, por algún extraño motivo, habían dejado de soñar. Volví a dirigir la mirada hacia mi cuerpo, el cual cada vez se mostraba más translucido. Al parecer me desvanecía con cada hálito de ilusión que escapaba de mi ser. 

De nuevo un estremecimiento esta vez, como por arte de magia, me armó de valor. «No pienso quedarme de brazos cruzados. Voy a descubrir qué ocurre», pensé poseída por una heroica vena de coraje. Recurriría a mi Creadora para entrar en ese desolador lugar donde son destinados los sueños olvidados: el mundo de las pesadillas. Solo existía un único modo de ir hasta allí: atacando con vileza la autoestima de Celeste.

Me dirigí a lo alto de la torre, que se encontraba en el centro de cada región; lugar en el que nos comunicábamos directamente con nuestro Creador. A mí me encantaba ir, al menos una vez al día, para susurrarle historias de mi vida aquí, y así alimentar sus sueños. Pero, en esta ocasión, mi objetivo era el opuesto.

Llegué a la cima en pocos minutos gracias a un ascensor acristalado, que se encontraba situado alrededor del edificio. A medida que iba subiendo por la torre, este también la rodeaba permitiéndome así contemplar, con una perspectiva panorámica, todo lo que albergaba mi región: desde las altas montañas nevadas, donde se decía que vivía una niña con su abuelo; hasta un colosal océano, habitado por hermosas criaturas.

La sala más alta de la torre estaba decorada con suaves sillones de terciopelo y figuras de caballos alados, como los que solía ver sobrevolando mi cielo. Un único libro presidia el centro de la sala, custodiado con delicadeza por un cristal que impedía el contacto directo. Su nombre estaba escrito en letras doradas que parecían brillar al leerlas: “La magia del amor”. Reconocí, sintiendo un ápice de dolor, a la mujer de la portada: Amel, uno de los personajes de ese maravilloso libro que surgió de la mente de mi creadora. Y, finalmente, a mi derecha, aguardando deseosa formar parte del mundo real: una cuna hecha de madera, y pintada de un suave tono celeste. Me acerqué decidida a la ventana. Miré hacia mi hogar, con añoranza. Suspiré. Cerré mis ojos, y grité mis palabras para que le llegaran a Celeste con mayor intensidad.

—Nunca lo conseguirás. Nunca serás escritora ni —titubeé— madre.

Por la rapidez en que mi Creadora aceptó mis destructivas palabras, supuse que no era la primera en irrumpir sus sueños con el propósito de despedazarlos. Alguien llevó a cabo antes que yo este acto, y, al parecer, con mayor crueldad. «¿Pero quién? ¿Y por qué?», pensé. Una luz me envolvió con fuerza. Sentí un profundo dolor en mi corazón, y un gélido cosquilleo se apoderó de todo mi cuerpo, hasta que me desvanecí.


Tardé unos segundos en volver a sentir la presión que el peso de mi cuerpo ejercía sobre la arenilla que vestía el suelo. El sonido de las pequeñas piedras chocando unas contra otras, debido a mi repentina aparición me recordó, aunque de un modo mucho más suave, al sonajero que agitaban entre risa y carcajada mis vecinos. Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Cerré con mayor presión mis ojos, por temor a que la curiosidad me los abriera. Todo se volvió blanco. Pero seguí ejerciendo esa fuerza sobre mí, evitando dejarme llevar por la tentación de mirar. El silencio que se impuso, una vez la arena se recolocó en un sitio fijo, me abrumó. Un desagradable hedor se introducía a través de mis fosas nasales hasta mi garganta. Hacía frío, y a través de mis párpados aún cerrados, noté la inmensa oscuridad que me rodeaba. Finalmente, abrí los ojos. Era horrible. El sol allí no hacía acto de presencia, y en su lugar una pequeña luna de color carmesí gobernaba los cielos del mundo de las pesadillas. Mi creencia por: los libros, la palabra escrita, las historias de amor y fantásticas, se disipaba, y cubría de bruma. Y cada vez veía más difícil hacer realidad ese sueño para el que fui concebida.

Miré a mi alrededor sin saber, a ciencia cierta, qué hallaría. Me encontraba en una región. «¿Será la de mi Creadora?», pensé. Pero cuando vi mi casa, todas mis dudas se disiparon. Allí estaba mi gran y acogedor libro abierto. Aunque no parecía el mismo: su aspecto era lúgubre, el tejado estaba repleto de moho y el revestimiento, hecho de páginas, arrancado con brutalidad. Mi ser se llenó de la más profunda melancolía al ver aquella imagen. Mis aturdidos ojos no dejaban de escudriñar ese hogar que se asemejaba al mío, pero engalanado de forma tétrica. Reparé un segundo en un sutil movimiento entre las hojas rotas, no había podido ser el viento; ni siquiera él se atrevería a rondar este lugar, ¿qué era entonces? Y, desde la lejanía, reconocí a todos los personajes que Celeste había creado: los bebes, los personajes de cuentos e historias que salían de su ingenio, los animales fantásticos, etc., tan solo faltaba yo. «¿Quizás si, en vez de venir, me hubiese quedado…?», pensé. Pero ya era tarde. No había nadie que, desde la torre, susurrase sus sueños, y le devolviese la ilusión. «¿Ya está? ¿Así de fácil mueren los sueños que anidaron, durante años, en su corazón?», pensé con una impotencia que rebosaba mi diminuto cuerpo.

Me acerqué decidida hacia aquel tugurio que fingía ser mi hogar, para ver de cerca a los personajes con los que había convivido durante toda mi vida. Algunos ya estaban cuando yo nací, otros llegaron más tarde, pero todos formábamos parte de la gran familia emergida de los sueños de Celeste. Conforme avanzaba, me di cuenta de que no era únicamente la casa lo que había cambiado, sino que ellos también estaban distintos, como si una sombra velase su esencia. Me acerqué a Amel, la protagonista del libro que con tanto mimo se custodiaba en la sala más alta de la torre, pero no pareció verme. Me dirigí apesadumbrada hacia Samuel, un hermoso bebé que se encontraba sentado sollozando. «No ríe», reparé horrorizada. Quise calmarlo, pero una sombría nube cubría su rostro, impidiéndole ver y oír. Dejé atrás esos espeluznantes gemidos que perturbaban mi ser, y levanté mi mirada hacia ese crepúsculo escarlata, como anhelando encontrar un haz de luz entre su amenazante noche. «Debe de quedar parte de mi mundo en algún remoto lugar del corazón de estos personajes», pensé.

Seguí caminando sobre la graba rojiza que teñía mis zapatos, buscando un resquicio de esa ilusión robada, pero lo que encontré aún me conmovió más. Sentado sobre un banco de madera astillada estaba Timoteo. Su pelaje, antes resplandeciente, se había vuelto cenizo. Suspiré. Jamás había visto a mi amigo de aquel modo. Sentí como una lacerante tristeza inundaba mi corazón. Volví a suspirar, tratando de extraer parte de ese dolor fuera de mí, y con sigilo me fui acercando a él. Sus ojos me miraban, pero no me veían. Una penetrante oscuridad los dominaba, y entonces entendí qué era: la Nada. A lo largo de los años se han escrito muchas historias sobre ella, pero siempre representada como algo físico: una niebla, un lugar… Pero no. La Nada es la ausencia de ilusión. Agaché mi cabeza, apesadumbrada, y con más valor que nunca decidí arreglar esta situación. No sabía quién se ocultaba detrás de esta profunda desilusión que envenenaba los corazones de nuestros Creadores, pero estaba dispuesta a enfrentarme a él.

A lo lejos, encontré una torre que se alzaba hasta el cielo. Se parecía a las de mi mundo, pero esta era oscura, y su cúpula estaba cubierta de una neblina gris que engullía todo lo que encontraba a su paso. Después de quince minutos subiendo escalones por fin llegué a la bóveda. «Son tan crueles que no ponen ni ascensor», pensé. Frente a mí, se hallaba una puerta, y al mirarla comprendí que no debía cruzarla. Mi intuición me protegía del peligro. Pero al recordar a esos personajes de cuentos que compartían mi vida, a mis entrañables vecinos y a… Timoteo, todo el miedo desapareció, y esa vocecita que me advertía enmudeció. Alargué mi mano, rodee el frío pomo de la puerta, y la abrí: por ellos, por Celeste, por Javier y por mí.

En su interior se encontraba el ser más terrorífico que jamás había visto. Un personaje oscuro de mirada aterradora, dientes afilados y sonrisa malévola. Por suerte, no se había percatado de mi presencia. «Todavía», pensé. Observé con atención, y me sorprendí al ver cómo, con la ayuda de una especie de megáfono, destruía los sueños. Sus desoladoras palabras resonaban por todo su mundo, embriagándolo con un diabólico hilo musical.

—Eres una pésima escritora. Jamás llegarás a nada. Tus historias no verán nunca la luz. —Mi corazón dio un agudo respingo como respuesta a dichas palabras. Él era el ser que se introducía en las mentes de nuestros Creadores, insuflando sus devastadoras ideas,  minando, de este modo, su autoestima.

Sin darme cuenta, choqué contra una mesita que se hallaba a mi lado, y una lámpara que desprendía una luz roja se tambaleó, provocando un estruendo que lo alertó. Se giró con rapidez hacia mí. Sus ojos penetraron como cuchillos afilados mi alma, y no pude evitar sentir cierta atracción en ese hipnotizador vacío que moraba en su interior. «¿Qué soy? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Él tiene razón: jamás llegaré a ver la luz en el mundo real», pensé hechizada por su oscuridad. Me sonrió. Parecía satisfecho de verme en su mundo. ¿Quizás era lo que pretendía? Entonces lo supe. No era una simple intuición, lo que me alertaba del peligro. Era ella: Celeste. «Quizás no sea demasiado tarde», pensé más animada. Ella deseaba seguir soñando, y me lo había comunicado con aquel sentimiento que había hecho brotar en mí. Él quería que viniese para acabar con mi ilusión, y así crear en la mente de Celeste esa “Nada” que corría a su merced por sus entrañas. Pero estaba equivocado, no había venido por él, sino gracias a ella; me guiaba desde su mundo, y juntas pondríamos fin a todas esas pesadillas que habían anidado en las mentes humanas, colmándolas de inseguridad. No retiré mi mirada de la suya, aunque me costó, la mantuve desafiándole. Él parecía sorprendido, pero no mermó en su intento por empequeñecer mi voluntad. Se apartó de aquella especie de megáfono, y se acercó con rotundidad a mí. Parecía molesto ante mi perseverancia, y al ver que no me inmutaba ante su presencia, me gritó con fiereza:

—¡FUERA! —Su voz turbó a todos los seres de su mundo. Llevando su atención hacia aquella oscura torre.

—JAMÁS —dije.

Miré tras él y una idea brotó en mí. «Gracias», pensé agradeciendo la oportuna ayuda de mi Creadora. Corrí a través de él, sin duda yo era más ágil, y llegué al megáfono. Lo miré, su rostro ahora reflejaba… ¿miedo? Una sugerente sonrisa malévola se empezó a dibujar en mi cara. Su cobardía me confirmó su verdadera esencia, y me dio la fuerza para actuar.

—NUNCA DEJES DE SOÑAR. CREE EN TI, CELESTE. SERÁS UNA GRAN ESCRITORA Y… —volví a titubear pues sabía cuánto deseaba ese sueño— UNA GRAN MADRE.

Aquellas palabras que salieron de mi boca cayeron como finos copos de nieve sobre aquel ensombrecido mundo, cubriéndolo de luz y alegría. No solo había ayudado a Celeste sino que mis palabras habían devuelto la ilusión al resto de Arquitectos de sueños; menos a Javier, en su caso, había llegado demasiado tarde. Entonces lo comprendí: sus sueños jamás volverían a brillar.

En aquel momento, algo estalló con fuerza tras de mí. Me giré, y vi caer una pluma negra al suelo. No había rastro de aquel ser, tan solo aquel objeto. Se había desvanecido, tal y como había supuesto, en su interior moraba la Nada. La cogí y, a través del ventanal de la torre, vi como todos los seres, incluido Timoteo habían vuelto a su verdadero hogar. Quizás —pensé— esas hirientes voces habían acabado con la ilusión que albergaba su creador, pero Celeste llevaría cabo sus sueños, por él. Mi amigo volvería a nacer, esta vez en otra región, pero bajo su misma esencia.

Acto seguido, sentí un plácido calor por todo mi cuerpo y me disipé, como la nieve al caer a un húmedo suelo, sin dejar rastro.

Para mi sorpresa no regresé de nuevo a mi mundo, sino que aparecí en otro, el real. El mundo de Celeste. Ella y aquella extraña pluma me habían dado la vida. Y hoy, querido lector, si estás leyendo esta historia: eres testigo de que los sueños se hacen realidad.

Fin

Dedicado con cariño a mi primo Javi que este año nos dejó en el mundo real pero que seguirá habitando siempre en el mundo de los sueños.