Una divertida historia de amor entre una chica superficial y cargada de prejuicios y el chico más feo del instituto

Como escritora pero sobre todo como lectora, hay un tema que verdaderamente me preocupa, puede que solo sea a mí, es posible, soy un poco atípica XD Pero volviendo al tema… y es que siempre que leo literatura romántica ambos protagonistas son super, mega, ultra guapos… ¿y qué pasa con el 99% de la sociedad? ¿Hasta donde queremos que lleguen nuestros ideales de belleza o los de nuestros hijos? ¿Por qué no escribir una novela con protagonistas más normalitos, más del montón, o quizás más del montón feo? Y diréis: ¿a qué viene todo esto? Pues quería hacer una pequeña introducción para este microrrelato, que por cierto he escrito bastante rápido, así que no seáis duros con vuestros juicios, pues… puede que detrás de esta historia, de estas simples palabras escritas en una sola tarde, alguien se sienta identificado, o simplemente que alguien consiga ver más allá de esos prejuicios que la sociedad de hoy en día nos impone. Y ahora sin más demora os dejo con:

 

Una divertida historia de amor entre una chica superficial y cargada de prejuicios y el chico más feo del instituto

A simple vista Hugo era más bien feo, algo bajo para ser un chico de quince años y delgado, muy delgado. Su sonrisa venía siempre con él, parecía feliz, a pesar de todo, quizás él no se veía como le veía la gente, quizás él solo se veía como de verdad era.
Sus desgastados dientes dejaban entrever alguna que otra caries que asomaba de su boca, tratando de oscurecer el más mínimo detalle de belleza que se atreviese a manifestarse. Era un chico del montón, bueno del montón más bien feo.
El día que por desgracia, al principio y por suerte al final, entablé conversación con él, recuerdo que los destellos del sol me cegaban, permitiéndome, tan solo, escuchar su voz.
-Me llamo Hugo -dijo.
No respondí. Pero él siguió hablando. Hablaba solo, no necesitaba ni siquiera que yo asintiese con la cabeza para darle pie a seguir, él seguía y ya. Hasta que conseguí dejar de lado mis prejuicios y lo escuché. Me estaba intentado hacer reír.
-Era un chico tan feo, tan feo que envió su foto por e-mail y la detectó un antivirus.
Noté como una parte de mí quería reírse con él, quería seguir escuchándolo, y mi boca empezó a dibujar una tímida sonrisa, casi imperceptible, que él percató.
Y continuó, esta vez más animado:
-Era un chico tan y tan feo que cuando jugaba al escondite nadie lo buscaba. -Al acabar ambos reímos juntos.
“Quizás sea la primera vez que alguien se ríe con el y no de él”, pensé. Y cuando quise darme cuenta había pasado más de un cuarto de hora enfrente suyo, en una esquina del patio del instituto, y el sol ya no me deslumbraba la vista. Y por primera vez, vi al chico feo simpático, del que me enamoré.

Si queréis podéis escribir vuestra opinión sobre este dilema mio o sobre el relato en los comentarios. Estaré encantada de leeros.

La búsqueda

Todo estaba a oscuras. No podía ver absolutamente nada. Me sentía asustada, triste, sola… De repente vi una figura que bajaba del cielo. Un cielo lóbrego como el carbón. El rostro de ese extraño ser estaba iluminado. Al principio sentí mucho miedo y ganas de salir corriendo. Mi corazón iba a mil por hora, pero algo en su faz me tranquilizó. Permanecí de pie, inmóvil, mientras se me iba acercando.

Tenía apariencia humana, pero sus medidas eran titánicas. Se detuvo cuando nos separaban escasos dos metros. Bajó lentamente su mirada, y dejé por unos segundos de ser consciente de mi cuerpo. Mi despavorida mirada viajó hasta su rostro. Mi boca, a medida que iba escalando por todo su cuerpo, se iba poco a poco abriendo asombrada.

El enorme ser, al percibir mi cara de pánico, dibujó una afable y cálida sonrisa. En ese instante volví a sentir todos mis músculos. Mi respiración se sosegó. Segundos después pude cerrar, aunque con cierta dificultad, mi boca. Algo en él me relajó y me transmitió una seguridad que jamás en mi vida había sentido.

El gigantesco hombre, el cual deduje que debía de ser de avanzada edad, vestía completamente de blanco. Portaba en sus manos una preciosa y reluciente esfera de luz, causa por la cual anteriormente yo había visto su cara iluminada. Acto seguido me la ofreció. Agradecida, por tal hermoso regalo, alcé mis brazos para asirla, pero este hizo un gesto negativo con su cara y me dijo:

—No te será tan fácil de obtener. La has de buscar a lo largo de tu vida, y hasta que no la encuentres no conseguirás lo que en ella se esconde.

Yo, ingenua ante tal advertencia, le pregunté apresuradamente:

—¿Y qué es?

El anciano se acercó lentamente hacia mí para susurrarme algo al oído.

* * *

La joven despertó sudorosa tras su sueño. Un sueño que le venía persiguiendo noche tras noche desde que tenía uso de razón.

María estaba acostumbrada a un despertar repentino y agitado, pues por extraño que parezca jamás había tenido un sueño diferente. Cada noche, al bajar sus párpados y dejar volar a su alma, la acechaba el mismo sueño. Y a sus treinta años seguía sin encontrarle ningún sentido.

Se había pasado toda su vida buscando, sin saber el qué. Había viajado a distintos lugares, estudiado dos carreras, encontrado el amor varias veces, creyendo que en alguna de estas experiencias hallaría lo que aquella esfera de luz atesoraba en su interior. Pero el sueño continuaba repitiéndose, y ella se sentía más confundida cada día, hasta llegar a perder la ilusión por vivir.

Se sentía exhausta de buscar. Embebida en su misión, había dejado por el camino a sus seres queridos, sus ilusiones y toda su vida, incluyéndose a sí misma. Por lo que aquella mañana la joven tomó una decisión muy importante: no continuaría buscando.

Ese mismo día, mientras regresaba a su casa del trabajo, vislumbró una extraña figura en la oscuridad. Parecía un hombre. A medida que se fue acercando, algo asustada, corroboró que se trataba de un anciano vagabundo, a juzgar por su vestimenta.

El hombre se acercó poco a poco a ella y, atemorizada, María prosiguió su camino con paso ligero, con la intención de sobrepasar a aquel mendigo.

Pero entonces él con voz queda le habló desde la sombra de un edificio, ocultando de este modo su verdadera identidad. 

—No era esta la vida para la que fuiste creada María. ¿Te has rendido ya? ¿No quieres saber qué era lo que escondí para que tú encontraras?

La joven se volvió, sorprendida por la información que sabía aquel hombre sobre ella.

—No te rindas, sigue tras ello. A veces las cosas que más nos importan se encuentran más cerca de lo que pensamos.

La joven levantó su mirada al notar como una gota de lluvia caía sobre su rostro, pero cuando volvió su mirada hacia aquel misterioso hombre, este ya no estaba. Había desaparecido.

Al llegar a casa, la joven retomó su búsqueda. Se sentía avergonzada por haberse rendido después de tantos años. Encendió su Mac, uno de los muchos caprichos que se había permitido creyendo que con él iba a sentirse más completa, y buscó literalmente la frase que el anciano le había dicho: «A veces las cosas que más buscamos están más cerca de lo que pensamos». Encontró citas de escritores conocidos como Paulo Coelho: «Cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mismo: su Don» y Pablo Neruda: «La felicidad es interior, no exterior, por lo tanto no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos».

María fue cuidando su interior: meditando, leyendo a grandes pensadores y creyendo, por primera vez en su vida, en sí misma; llegando, gracias a este gran cambio, a saborear la vida.

Hasta que un día, cerró sus ojos y se sintió feliz. Pues a pesar de todas las pérdidas se dio cuenta de que aun pesaban mucho más las ganancias. Se dio cuenta de que tenía todo lo que necesitaba para vivir y, tras este pensamiento, una sonrisa placentera se le dibujó en su rostro.

Esa misma noche tuvo otro sueño:

Vio a ese gran hombre repitiéndole lo que ella había estado escuchando cada noche de su vida, pero con una sutil diferencia: en esta ocasión entendió lo que le susurraba al oído: «la felicidad».

El gran hombre cogió la brillante esfera y con una sonrisa, reflejo de su satisfacción, se la entregó a la joven.

—Ahora es tuya, procura no perderla.

Fin

 

La joven que se enamoró del monstruo, un relato inspirado en la célebre novela de Mary Shelley

“No creo que se pueda detener lo que uno configura en su vida, y mucho menos cuando está predestinado a ello.”*

La noche que desaparecí se mostraba oscura y lúgubre. Todo apuntaba a que algo malo sucedería. Todo estaba orquestado para que así sucediera. Sin embargo, todo se tambaleó al verle.

La soledad siempre me había acompañado en muchos momentos de mi vida, era… ¿Cómo decirlo? Una aliada invisible, que me reconfortaba y me ayudaba a ver esa realidad que en ocasiones mis sentimientos eclipsaban. Ese día, precisamente, me hallaba sola. Arropada por el silencio que la montaña y ese instante en que el sol está desapareciendo y deja de abrigar con su luz nuestras temerosas almas me ofrecían. Pero es bien sabido que en ocasiones la falta de ruido perturba la mente, creando en su interior una emoción abrumadora, haciendo que la oscuridad de la noche ponga en riesgo esa calma y altere todos nuestros sentidos.

De fondo, el ulular de los búhos, presidiendo el crepúsculo como únicos espectadores de mi desgracia, me puso los pelos de punta. Una ráfaga de viento me azotó con fuerza, se había levantado de golpe, como intentado prevenirme de lo que estaba a punto de acontecer.

Fue entonces cuando, envuelta en esa tenebrosa atmósfera, mi corazón se alarmó ante el sonido de unos pasos acercándose. Cuanto más se aproximaban a mí, más rudos y siniestros me parecían. Hasta que, dejando que me envolviese por completo el espíritu del miedo, llegué a la conclusión de que no pertenecían a un ser humano normal y corriente, sino que se trataba de otra criatura.

Mis latidos desbocados empezaron a relinchar como caballos que huelen el peligro. Debía volver a casa, pues sin darme cuenta, presa por la rabia que, tras nuestra discusión, se apoderó de mí, me había alejado demasiado. Necesitaba respirar. Alejarme de ti, pero dejarme llevar por esos fugaces impulsos nunca me había llevado a buen puerto.

Regresar por ese camino, que en escasos minutos se había vuelto una trampa mortal, me llevaría más de media hora. Demasiado tiempo para que una chica joven deambule por la montaña sin más compañía que la escasa luz de la luna, colándose entre las negras nubes, y el eco de unos estremecedores pasos, persiguiendo su sombra. Así que decidí aplicar la misma estrategia que se utiliza para pasar inadvertido de un tiburón; mantenerme estática donde estaba.

Los pasos estaban a menos de cien metros de mí, momento que creí oportuno para dejar de respirar. Consideré que al menos hasta que se alejara podría aguantar, pero a pesar de mi avispada mente y mi alto coeficiente intelectual, no barajé la posibilidad de que el dueño de dichos pasos se detuviese ante mí.

Oculta tras unos arbustos y con los pulmones a punto de estallar, vi como el extraño ser, de dimensiones gigantescas, se detuvo a olisquear, como un depredador acechando un sabroso festín. Había captado mi rastro. Me buscaba.

Este pequeño imprevisto hizo añicos mi plan y como es lógico, mi pecho harto de aguantar la presión ejercida por la falta de aire, se liberó de dicho malestar. Sin necesidad de que mi cerebro le diese la orden, se sirvió por sí mismo de ese bien tan preciado sin el que no podemos vivir. Un suspiro de alivio salió de mi boca. Al parecer todo mi cuerpo agradecía volver a probar ese agradable bálsamo invisible.

El sordo sonido que dejé escapar llegó hasta los agudos oídos de la bestia. Un silencio inminente me heló la sangre. Volví a retener el aire, pero era tarde. Me había oído. Ya no le hacía falta emitir esos ruiditos con su enorme nariz, yo se lo había puesto en bandeja. Su cacería había llegado a su fin.

Apartó con brusquedad los arbustos que nos separaban. Su desagradable olor me dio una vaga idea de la inmensidad de su monstruosidad. En ese momento deseé que todo llegase a su fin: mi muerte. Pero no ocurrió, sino que entonces el ser emitió un espeluznante rugido, a modo de saludo, que anuló mis escasas ganas de seguir el protocolo social que me habían enseñado. Tragué saliva, pues el miedo se me había aferrado a la garganta, pero no cedí ante él. Nunca me había encontrado en una situación tan sobrecogedora, sin embargo, no fue lo suficiente como para echarme atrás. Yo jamás huía. Desde pequeña, papá me enseñó a no temer a aquellos que con su voz pretendían infundir terror; pues, según él, esa manera de actuar era, sin duda, propia de cobardes.

Me quedé quieta, esperando que terminara su particular saludo. Y cuando finalizó, abrí los ojos. No recordaba cuando los había cerrado o sí lo había llegado a hacer, el caso es que los párpados me impedían ver el rostro de mi verdugo. Mis ojos libres de ese obstaculizador velo se clavaron en los suyos.

La oscuridad que reflejaban casaba a la perfección con su desfigurado rostro. Todo en aquella enorme criatura, que tenía impasible ante mí, estaba roto. Su aspecto se componía de restos humanos. Su ojo izquierdo era de un penetrante tono zafiro que me permitía ver mi faz reflejada en él. En cambio, el derecho se componía de diversos tonos marrones con pequeñas motas más oscuras que le brindaban una ternura que en aquel momento no llegué a comprender. Sus gruesos labios no encajaban con su fino y poco marcado mentón. Sin embargo, cuando aunabas todas estas piezas percibías una belleza que a simple vista no aprecié. Y sentí como su ojo azul me miraba con miedo y el castaño con amor.

El ser me miró extrañado. Giró avergonzado su mirada y dejé de sentir el latir de mi corazón. No sabía cuándo exactamente este había empezado a palpitar enloquecido, pero cuando su mirada se alejó de mí, se detuvo. Observé unos segundos su lado izquierdo y percibí cómo de su ojo moteado nacía una lágrima, la cual se resignaba a separarse de su cavidad. Mi cuerpo hacía rato que había dejado de responder a mis órdenes, actuaba a su libre albedrío.

Mi mano se acercó lentamente a su rostro, con la finalidad de rescatar a esa tímida gota salada, que acto seguido se introdujo por los poros de mi piel, refugiándose en mí. El monstruo, tras vislumbrar mi inconsciente hazaña, posó de nuevo su mirada en mí. Cosa que agradecí. La echaba de menos. Y sonreí, pues en ese preciso instante tuve la certeza de que me hallaba frente a una criatura dulce e inofensiva.

Sus cejas, demasiado finas para la rudeza que presentaba su rostro, se alzaron asombradas. Nunca antes habían presenciado una sonrisa. Ese gestó despertó un sentimiento dormido en mí, y decidí, esta vez siendo consciente, acariciar las costuras que unían todas las partes de su rostro. Fue un momento mágico. Mis sensibles dedos, poco acostumbrados al trabajo, sintieron cada pliegue de su áspera piel. Y justo cuando reseguía la costura que unía sus labios con el mentón, me detuve. Mi mano empezó a temblar. En un principio creí que era miedo el sentimiento que me había invadido, pero me equivocaba, pues hacía rato que había dejado de mirarlo a través del ojo que juzga por el aspecto, que se rige por las normas de la sociedad, y lo observaba por ese otro que es capaz de ver el alma. Mi estremecimiento no era fruto del miedo, sino del amor.

Deseé seguir acariciando cada retal de su cuerpo, y de hecho, a juzgar por sus gestos, a él no le hubiese desagradado que continuase. Pero debía parar. Detenerme para asimilar lo sucedido.

El mundo a mí alrededor se había vuelto menos tétrico. La noche me pareció más clara y el eco de aquellos espectadores nocturnos se convirtió en una agradable banda sonora, que otorgaba mayor encanto a ese instante.

Bajé avergonzada la mirada, empezaba a sentirme una forastera en mi propio cuerpo. Mis sentimientos embriagaban mi mente, jamás había sentido algo tan fuerte e irracional a la vez.

Él, algo más seguro tras esos minutos de intimidad y cariño, me buscó con sus ojos. Ahora era él quien necesitaba mi mirada, quien me echaba de menos.

Colocó su mano bajo mi barbilla y la alzó obligándome a mirarle, y saciar así ese deseo que comenzaba a arder en su interior. Sus ojos empezaron a emitir un brillo que deslumbró mi alma. Y ese tono azul frío y temeroso que reflejaba su ojo derecho se convirtió en un calmado océano, que me invitaba a zambullirme entre sus aguas.

A su lado, me sentí segura. Y decidí silenciar la parte más racional de mi cerebro, esa que me susurraba, con tú voz, que no escuchase a mis sentimientos, y me perdí en la irracional, otorgándole la libertad que creyese conveniente para actuar. Ignorando tus advertencias de que dicha parte me arrojaría a una vida de incertidumbre y desdicha; me dejé llevar.

Mi inconsciente gesto de amor había iluminado su mirada y su alma resplandecía por primera vez, danzando en su interior como una bailarina de ballet, grácil y armoniosa. En ese momento, dibujó, o bueno mejor dicho, lo intentó, una sonrisa. Estaba poco entrenado, pero me comprometí a ayudarlo, pues ansiaba ver como sus imperfectos labios se vestían de felicidad.

A simple vista, era un monstruo, pero cuando dejabas a un lado todos esos prejuicios impuestos por la sociedad y lo observabas sin más velo que el de la inocencia y la pureza del alma descubrías cómo de cada costura que unía los retales que conformaban todo su cuerpo brotaba la belleza que colmaba todo su interior.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pues decidí optar por la vía menos apropiada para mí. Pero no me arrepiento. Ya que ha sido precisamente su dudoso y arriesgado camino el único que ha embriagado de dicha mi vida, e inundado de amor mi corazón.

Quizás, mamá, tuvieses razón, pero esa razón no servía para mí. Tú razón y yo no éramos afines. Siempre discrepamos. Pero quiero que sepas que no me arrepiento de haber decidido por mí misma andar por esta senda de la mano de ese monstruo, que tras haber sufrido el rechazo de todos, incluido el de su propio creador, Víctor Frankenstein, estaba dispuesto a quitarse la vida, sin haber conocido aún el amor.

Quizás, mamá, no era el porvenir que habías imaginado para mí, pero es el que yo elegí. Y espero que, algún día me perdones por coger su mano y caminar junto a él sin temor al futuro. Pues con él, todos mis miedos se desvanecen.

No sufras por mí, yo estoy bien. Estoy viviendo en un cuento, el cual fue concebido, por su autora, para infundir terror en sus lectores y que sin embargo ha inundado el corazón de muchos de estos de ternura y amor.

Mi monstruo no es como muchos a lo largo de la historia lo han etiquetado, sino que es el monstruo más bueno del que jamás en la historia de la literatura y de mi corazón se haya escrito.

Mamá, no me busques hasta que comprendas la profundidad que alberga esta carta. Léela a través de ese ojo que ve las almas. Y cuando sientas que sin la mirada de papá no podrías vivir, búscame. Solo entonces habrás comprendido mi escrito.

No dudes de mi amor por ti, pues este sigue latiendo con la misma intensidad de siempre. Solo necesita un descanso, quizás un tiempo sin que nuestras miradas se entrecrucen para poder echarnos de menos y entender la inmensidad de nuestro cariño.

Espero poder presentarte a tu nieto, el cual está deseando conocer a su abuela. Dale recuerdos a papá, y sed felices juntos pues eso, mamá, es lo único que importa en la vida.

“Es verdad que seremos dos monstruos, dos criaturas diferentes al resto de la humanidad, pero es esa característica precisamente, lo que construirá el lazo que nos unirá.”*

 

Con cariño, la joven que se enamoró del monstruo.

Tu hija.

 

*Citas extraídas del libro de Mary Shelley, Frankenstein.

Vivir

Cuando llegamos a esa edad en la que damos por sentado que un día, más tarde o más temprano, moriremos, dejamos de ver la vida, dejamos de emocionarnos por la belleza que nos rodea, y nos centramos en la muerte. Hasta que unos días, meses o años antes de que dicho acontecimiento ocurra, nos damos cuenta de que estamos vivos y nos arrepentimos del tiempo que perdimos temiendo lo que ya sabíamos que llegaría, sin disfrutar lo que en ese momento teníamos.

Fin

Desde el cielo el mundo es de otro color

Desde el cielo el mundo es de otro color: la gente es generosa, humilde, altruista, las risas de los pobres son más valiosas que la fortuna del rico, la tristeza es efímera, la felicidad infinita, el amor que emerge de los corazones detiene el llanto de las nubes y dibuja el arcoíris; un puente de colores que une la lluvia y el sol, la tristeza y la felicidad, el amor y el odio, la paz y la guerra, todo se vuelve uno cuando escuchamos a nuestra voz interior, cuya pureza jamás perdió.

Desde el cielo el mundo es de otro color. Un color que en la tierra no vemos y nos viste de amor.

Mi hogar

Cada día, sentados en la misma esquina de siempre, observamos a la gente pasar. Caminan despreocupados, no le temen a una noche gélida, no sienten el dolor que el hambre provoca en sus estómagos. No, ellos parecen ser de otro planeta. De uno muy lejano al nuestro, de uno donde nada escasea, donde todo el mundo tiene un hogar para dormir y donde jamás falta una simple pieza de fruta que llevarte a la boca. Un mundo para el que ni tú ni yo fuimos creados.

Te miro, me miras y suspiramos a la vez.

Sí, viejo amigo, esta es nuestra realidad, solo nuestra. A nadie más parece interesarle. Salvo a algún que otro transeúnte que se detiene, nos mira con lástima y, si ese día está de humor, nos lanza algún que otro céntimo, de esos que nadie quiere, de esos que estorban, de esos que ocupan mucho y no valen nada. Se liberan de ese incomodo peso de sus bolsillos y se alejan de nosotros con una sonrisa bobalicona dibujada en su rostro, fruto de su buena acción del año, a últimos de diciembre.

Recuerdo como tu pelaje completamente negro brillaba hacía unos años con el sol, sin embargo ahora por mucho que sus rayos penetren directamente en tu piel, tu pelo está apagado; se ha teñido de blanco. Y tus vivos ojos verdes se ocultan tras el velo azul de la ceguera. Pero continúas buscándome con tu mirada. Sabes tan bien como yo, que siempre voy a estar a tu lado, sabes que aunque tus ojos ya no ven tu alma me siente.

Tu vida se apaga. A la mía aún le quedan unos años más de espera, de ver el ir y venir de la gente de ese otro mundo, que no es el nuestro, de ver como sus miradas, grandes actrices, fingen empatizar conmigo, introduciéndose unos segundos en mi mundo, para al final dejarme de nuevo en él. No quieren entrar. Les entiendo, yo tampoco querría. Y después de pasar toda una vida en él, hasta yo dudo de si quiero salir.

Tú saldrás, pero por la puerta grande, por la puerta del cielo, y desde allí arriba, junto al resto de almas puras, que antes que tú viajaron, me observara. Y entre juego y juego, me esperarás, pues aunque tu vida haya pasado como un soplo por la mía, jamás podría olvidar tu compañía. Mi única compañía, mi única familia, mi único amigo.

Acerco mi mano hacia tu lomo, tu pelaje se ha vuelto áspero, pero tu tacto me hace sentir en paz. En casa. En nuestra casa, una sin paredes, sin techo… Una sin nada salvo el amor que ambos nos profesamos.

Cuando faltes, volveré a ser ese vagabundo que encontraste tirado en la calle, pero hasta entonces, tú serás mi hogar.

Fin

Dedicado a todas las personas, perros, gatos… y más animales sin hogar ni amor.

El valor de una carta

Su delicada ortografía y las amorosas palabras que emergen del corazón del autor convierten a la carta en una joya de gran valor sentimental. Pero si, además, se la adereza con unas tímidas lágrimas, su valor aumenta. Hasta alcanzar un precio que tan solo el corazón a quién va dirigida tendrá derecho a pagar.

Solo su receptor entenderá la magnitud y profundidad de esas palabras.

Solo él será capaz de ver las lágrimas del escritor.

Solo su corazón percibirá su emoción. 

Hambre

El sonido de ese rugido tenebroso, me ha vuelto a avisar. Siento miedo. Trato de protegerme con mis delgados brazos, pero nunca calla. Nunca. Siempre halla el momento para gruñir, para asustarme y hacerme llorar de dolor, mientras me revuelco por el frío suelo, a la espera de que un mendrugo de pan silencie el lamento de mi estómago vacío.

El llanto de las almas

Las almas desconocen el significado de las palabras: violación, asesinatos, agresión, odio…

La maldad no forma parte de su naturaleza.

Lloran cada vez que ven las terribles actuaciones que las personas acontecen.

Y sus lágrimas invisibles y mudas inundan nuestros corazones de impotencia, rabia y dolor.

Y llegaste tú

Con solo ver tus ojos necesitados de amor y tu alma hambrienta de cariño, me enamoré de ti. Llegaste de manera inesperada, acaparando todo ese amor que yo necesitaba donar y que tú, sin rechistar, recibiste con gusto. Fuiste, sin desearlo, uno de esos impulsivos antojos que entran por la vista y que, cuando se desgasta el envoltorio, se desecha sin más. Para mi suerte mamá es una amante de esos desechos que nadie quiere. Y cuando llegué a casa y te vi venir hacia mí por el pasillo, con tus grandes orejas y tus ojos miedosos, supe que mi corazón te esperaba, anhelando iluminar tu mirada. Solo a ti. Solo a ese perro que nadie quería, pues era para mí. 

¡Gracias por llegar a mi vida, Buda!

Aportación al blog: Nosotras, que escribimos