Suspiros del pasado

El sonido del teléfono perturba mi tranquilidad. ¡Cómo lo he odiado siempre! Y más, después de tu última llamada.

 

—¿Sí? —contesté algo cabreado por el hecho de haber interrumpido ese preciado momento en que la tímida y, en ocasiones, escurridiza musa me visita para hacer que mis dedos se muevan sobre el teclado a una velocidad vertiginosa; el sueño de todo escritor. 

—¿Alejo? —dijiste con una voz vergonzosa, característica que me llevó a dudar que fueses tú—. ¿Alejo, estás ahí? —reiteraste.

Mi voz se negaba a salir, hacía años que no danzaba junto a la tuya. Y aunque creí que el tiempo te había borrado de mi memoria me equivoqué, no lo hizo, jamás lo haría. 

Al fin, conseguí emitir un leve carraspeo, sin intención alguna de aclarar mi voz  y hablar, solo quería hacerme notar, hacerte saber que estaba al otro lado de ese único medio que ahora mismo nos unía.

Respetaste mi silencio, lo entendiste y suspiraste.

Tu suspiro me transportó a través del tiempo, a una época en la que ambos suspirábamos juntos satisfechos de nuestro amor.

—Hola —conseguí decir al fin. No tenía mucho más qué decirte, tampoco;  tú sí.

—Solo… quería… —Me hablaba tu miedo, tu voz temblaba y pude sentir el rápido latir de tu corazón. No eras tú, te habías convertido en una mujer miedosa e insegura. «¿Por qué?»,  pensé. Jamás antes habías temido ni dudado nada, ni siquiera cuando decidiste poner fin a nuestra relación. —Pedirte perdón.

Nunca antes había escuchado esa palabra salir de tu boca, me sorprendió, más que si me hubieses dicho que habías decidido cambiarte de sexo.

Siempre que no sé qué decir, no suelo decir nada, así que eso fue lo que hice.

Silencio.

—Entiendo que esta llamada te extrañe, pero solo quería, a parte de pedirte perdón por todo el sufrimiento que te causé en un pasado, comunicarte que… —el silencio te robó la voz.

—¿Que? —dije algo impaciente ante tanta duda.

Suspiraste, conocía tus suspiros y sabía que no los emitías en vano.

—Que me estoy muriendo.

En esta ocasión mi voz dejó de existir. Tu noticia se la había llevado consigo. Tú te estabas muriendo, yo dejé de vivir cuando te marchaste.

—No… no dices nada.

«No», pensé.

No podía. ¿Qué se debe decir en tales circunstancia? La vida no me había preparado para esto: la muerte.

Siempre conseguías desarmarme, y en esta ocasión no fue diferente.

—Hace años que lo sé, desde antes incluso de que tú y yo… Pero creí que ocultártelo sería lo más fácil para ti, creí que con mi decisión protegería nuestro amor, que lo haría inmortal, pero me engañé. Y no quiero partir con el peso de la mentira, prefiero que ella muera antes que yo, para que no me guardes rencor y me recuerdes, del mismo modo que he hecho yo durante todos estos años, con cariño.

»No quiero que digas, nada. No hace falta que lo hagas, tan solo quiero que me escuches y me perdones, necesito irme en paz de este mundo y la única persona que me la puede dar eres tú.

Me amaba, me susurraba, una y otra vez, una voz dentro de mi cabeza.

Me despegué unos milímetros en teléfono de la oreja. Necesitaba respirar, volver a la realidad, a ese mundo que había conseguido o más bien malogrado crear sin ti, y darme cuenta que estaba vacío y que jamás volverías a llenarlo.

—Lo siento —insististe.

—Y yo —conseguí decir. Dos palabras, dos monosílabos, los mismos que te respondía cuando me decías que me querías. Era una respuesta al cuadrado y descifraste mi ecuación.  Y en ese momento, a través del auricular del teléfono me llegó tu olor, ese perfume avainillado que tanto odié en un pasado y que ahora era lo único que necesitaba para sobrevivir.

Estas fueron nuestras últimas palabras. No nos despedimos, no nos hacía falta, pues ambos sabíamos que volveríamos a estar juntos y en esta ocasión para siempre.

 

Regreso al presente, el teléfono sigue sonando, pero lo ignoro, ya sé qué me van a comunicar, ya sé que hoy te has ido, pero no, como muchos creen, para siempre.

Y mientras espero nuestro reencuentro, te suspiro.

Entre las cortinas

Sí, allí estaba, como imaginé, pero no se hallaba sola. Estaba acompañada, por un soldado. Mis ojos se abrieron como platos al percatarme de su presencia, corrí a ocultarme entre las cortinas que separaban mi cuarto del comedor. Había acudido a su silencio. Mamá nunca callaba, excepto ese día. Por eso, por un segundo pensé que se había marchado de casa, pero ¿a dónde? «Aquí no hay nada qué hacer», pensé. ¿Qué iba a hacer en la calle? No teníamos dinero para comprar, y tampoco había nada qué comprar. Desde que nos encerraron aquí, nuestra vida pasó del lujo a la pobreza en un abrir y cerrar de ojos, del todo a la nada. ¿Por qué? Por nuestra condición judía.

Mamá estaba arrodillada, con la cabeza mirando al suelo. Lloraba, no hacía ruido, pero yo conocía su llanto mudo. Su mirada se posó durante una milésima de segundo en mí, de manera muy disimulada, ella sí que sabía fingir. Me habló con la mirada, fue un instante ínfimo, quizás más corto que un pestañeo, pero la entendí. Me quedé escondida a la espera de lo que ella ya sabía que sucedería. Era lo que nos había tocado vivir, y con una fortaleza, para muchos impensable, experimentábamos una vida llena de sufrimiento, represión y muerte. 

El soldado extendió su mano, apuntando con su pistola la cabeza de mamá. No había tiempo para llorar. Nunca lo hay, y sin embargo siempre lo hacemos. Abrí bien los ojos, no quería que la última persona que la viese con vida fuese su asesino. Y casi sin parpadear, observé como ese alemán insensible le quitaba la vida a la persona que a mí me la dio. Para él, no significaba nada, para mí lo era todo.

Almas gemelas

La muerte no siempre es el fin de la vida, en ocasiones, como en la siguiente historia que os voy a narrar, es el principio de todo.

 

Érase una vez, cuando los peces aún caminaban sobre la tierra y las aves vivían bajo el mar, la vida de una de las estrellas más hermosas de la galaxia llegó a su fin. Fruto de su explosión surgieron miles de diminutas partículas, las cuales se unieron en dos formaciones individuales, dando lugar al nacimiento de dos almas.

 

Nada más nacer, las almas fueron separadas: una fue a parar al vientre de una mujer que habitaba en el norte de un gélido país, la otra se introdujo en el de una mujer del sur de una cálida isla. Miles de kilómetros de tierra y mar distanciaban a dichas hermanas.

 

A medida que iban creciendo la sensación de vacío y soledad incrementaba. Ninguna lograba hallar su felicidad, ambas se sentían incompletas.  

 

Hasta que un día el destino conspiró para reunirlas de nuevo.

 

Nada más encontrarse, una frente a la otra, se reconocieron. El brillo, antes inapreciable, de sus miradas se reactivó, y sus corazones empezaron a latir al unísono, tal y como había hecho antes de dividirse en dos, cuando tan solo era una estrella.

 

El tiempo se detuvo. Nada a su alrededor existía, salvo ellas y una intensa atracción que las unió en un abrazo interminable. De este acto, nació una chispa. La estrella había vuelto a la vida. Y justo en ese preciso instante, tras un profundo suspiro de felicidad que ambas exhalaron  a la vez, volvieron a sentirse completas, volvieron a ser una.

 

¿Fin?

 

Nadie se enamora de las feas

Formar parte de la clase más bien poco agraciada físicamente de la sociedad no es fácil si eres enamoradiza y crees en el amor verdadero como es mi caso, pues con el tiempo te das cuenta de que todo gira en torno a la imagen, o eso creía hasta que tú pusiste patas arriba todo mi mundo. 

—¡Ei, Carla!, ¿ya sabes de qué vas a hacer el trabajo de investigación? —me preguntó Gisela, mi mejor amiga, justo antes de que empezasen las vacaciones de verano, justo antes de empezar mi último curso de bachiller, justo antes de que aparecieras tú.

—Eh… —dije mientras recogía todas las cosas que había ido acumulando durante todo el curso escolar en mi taquilla, y a la vez miraba de reojo al último chico al que le había echado el ojo del instituto: Mario, una de las últimas incorporaciones de este año, una sorpresa inesperada que apareció justo cuando me estaba desenamorando del guaperas de Bruno, el chico más prepotente que jamás había conocido.

Mario era muy diferente al resto de chicos en los que me había fijado, cuando llegó creí imposible que me fuese a enamorar de él, pero tengo un problema, y es que me enamoro de todo chico que me dedica queriendo o sin querer media sonrisa. Sin embargo, no era tan diferente como creía, él tampoco se interesó por mí. Estaba coladito por Paula la actual novia de Bruno, la chica más guapa y creída del instituto, ideal para Bruno.

—Creo… que… —empecé a decir mientras observaba como Mario se hacía el remolón mientras Paula a su lado vaciaba su taquilla. Suspiré— Voy a corroborar una teoría en la que llevo años trabajando.

—¿Cuál? —Gisela se giró de golpe para centrar toda su atención en mí. Me conocía lo suficiente para saber que mi sexapil era más bien nulo.

—Que nadie se enamora de las feas —dije tras lanzarle una mirada rápida a Mario y bajar la cabeza al suelo afligida.

—Tú no eres fea, Carla. —Mentía, lo decía para no herir mis sentimientos. «Vale, quizás no sea fea, pero tampoco guapa».

Decidí responderle con mi silencio, no quería seguir aquella conversación, ya sabía como acababa: ella siempre me decía todo lo bueno que yo tenía, y yo nunca conseguía verlo. Estaba cansada, deseaba alejarme durante unos meses de la gente de mi edad. Al menos con mi familia no me sentía la fea, entre ellos incluso me sentía agraciada. El verano era mi época de desconexión, un periodo para recuperar mi autoestima, y recargar fuerzas para el siguiente curso. Solo que ese verano, no fue exactamente como los demás. Ese verano apareciste tú.

Como cada año mi familia y yo nos fuimos a veranear al pueblo, no te digo el nombre tú ya lo sabes, además aunque lo dijese nadie lo conocería. Es uno de los pueblos menos habitados y más recónditos de toda Andalucía. Sin embargo, fue en aquel inhóspito lugar donde nos encontramos.

Yo releía uno de mis libros preferidos, El diario de Bridget Jones, cuando de repente pasaste por delante de mí, y me llenaste la toalla de arena. No sabes qué rabia me dio. Odio el tacto de la tierra en mi piel. Me había costado casi cinco minutos, sin exagerar, tener la toalla perfectamente limpia de esos indeseables granos, y en menos de un segundo las pequeñas partículas que desprendías al caminar, esas que lanzáis los chicos guapos para hechizar a las chicas, invadieron mi mundo.

Desde ese día, sin que tú te dieses cuenta, me pasé los minutos, las horas, los días con el libro abierto por la misma página, sin avanzar ni una línea. La única historia que me interesaba era la tuya. Me perdí en ti, dejando a Bridget en un segundo plano. Y aunque a veces me entraban ganas de meterme en el agua, pues el calor apretaba con fuerza, no podía permitírmelo. Si ya de por sí, sin que estuvieses tú rondando por allí, me costaba realizar el pequeño trayecto que había de la toalla a la orilla, pues me sentía expuesta a las miradas de la gente. Mi cuerpo no era ni mucho menos como el que siempre había soñado tener, ni siquiera se acercaba al de las demás jóvenes que se encontraban jugando en la orilla. No, ellas no tenían por qué avergonzarse. Ellas sí que podían exhibirse, yo no. Por eso, mientras tú estabas allí, nunca me levanté de la toalla para darme un baño, no me atreví. Pensar que tú me seguirías con la mirada hasta la orilla, por muy egocéntrico y poco probable que este pensamiento me pareciese, la mínima posibilidad de que esto pasase, me aterrorizada.

Pero ese día, el calor apretaba más de la cuenta, yo me confié. Llevaba rato buscándote, sin éxito. No estabas. Así que decidí dejar el libro sobre la toalla, total no creo que Jones se fuese a mover de la escena en la que por mi culpa llevaba anclada días, y sospechaba que al menos hasta que tú te marcharas allí seguiría.

Me puse de pie, crucé mis brazos sobre el estómago, sabía que era una tontería, sabía que me estaba exponiendo más de lo que deseaba, pero al menos esta postura me confería cierta seguridad. Una seguridad que mi baja autoestima había masacrado.

Sentí como el agua cubría poco a poco mis pies, y las miradas de la gente me desnudaban. Creí escuchar sus burlas, pero no estoy segura del todo, a veces incluso, creo percibir sus pensamientos con respecto a mí; siempre negativos.

Me zambullí rápidamente, a pesar del contraste del frío del agua y el calor del exterior, no me lo pensé. Prefería estar dentro congelada a tener medio cuerpo fuera y que me siguieran mirando. Ese instante mientras buceaba, sin escuchar la voz de nadie, simplemente saboreando el silencio y la soledad era el que más me gustaba.

Al sacar la cabeza del agua, para coger aire, me choqué contra alguien. Me puse muy nerviosa, sentí como mis flácidas carnes habían colisionado contra un cuerpo robusto. Me sentí una vaca, una morsa…  Sin embargo, al girarme y verte, esos pensamientos desaparecieron.

Tu mirada no era como la de los demás, tú me mirabas de forma distinta, tú veías en mi algo que el resto de personas no veían. ¿Pero el qué?

Tus ojos no se despegaban de los míos, no parpadeabas, tan solo me contemplabas ensimismado como si yo fuese una hermosa sirena que te había embrujado.

Cuando recuperé la razón, cuando mi corazón recobró sus latidos y mi garganta la voz, te pedí perdón.

—¿Por qué? —me preguntaste dibujando una media sonrisa, que me hizo sospechar que tú ya sabías el por qué.

Tu media sonrisa acabó de rematar lo que días atrás tus partículas empezaron a forjar en mi interior.

«Mierda», pensé. Mi media de enamoramientos crecía, lo que conllevaba a un dolor mayor en menos tiempo. Mi corazón no me dejaba un respiro.

—Por chocar contra ti —dije sin entender muy bien tu juego.

—¿Y si no has sido tú quien ha chocado contra mí, sino yo contra ti? En ese caso el que se debería disculpar sería yo.

Tu razonamiento me dejó sin palabras, siempre había pensado que la culpa de todo lo que ocurría a mi alrededor era mía; nunca nadie me había hecho pensar lo contrario, excepto tú.

Mi silencio fue la única respuesta sensata que hallé. Me correspondiste con una sonrisa que iluminó todo mi mundo.

Ya había caído. Ya era tuya.

—¿Creí que le tenías alergia al agua?

Eché mano de nuevo a mi estrategia de no decir nada, como ya me había pasado muchas veces, era preferible no hablar a meter la pata, práctica que por desgracia cometía más de lo deseado.

Me encogí de hombros.

—El libro que estás leyendo debe de ser muy interesante.

Aquella afirmación me hizo pensar que igual yo no había pasado tan desapercibida para ti como pensaba.

Asentí.

–¿Cómo se llama?

Me daba vergüenza decírtelo, no me avergonzaba del libro en sí, pues considero que su autora es una escritora increíble, pero sí de que me gustase, precisamente, a mí. Yo, una chica tan similar a su protagonista, no me hace falta leer este tipo de historias, ya que mi vida es un calco de la novela, en ocasiones, incluso mucho más deprimente. Pero al ver que hay, al menos en el ámbito literario y enclaustrado entre las hojas de un libro, un personaje tan particular como yo, me hace sentir un poco mejor.

—El diario de Bridget Jones.

Te quedaste callado unos segundos. Vi como tus ojos se habrían poco a poco cada vez más, y tus pupilas se dilataban, parecías emocionado.

—Me encanta —dijiste.

Y entonces lo supe, comprendí por qué te habías fijado en mí. Estaba claro, blanco y en botella. Eras gay.

Sonreí. Todo cuadraba. Me sentí tan tonta por haber, aunque tan solo fuese por unos segundos, imaginado que yo te podía interesar.

—Entiendo.

—¿El qué? ¿Qué entiendes?

—Pues que tú… bueno tus gustos… son… —Un repentino calor empezó a subir por todo mi cuerpo hasta incendiar mis mejillas.

En ese momento te echaste a reír a carcajadas, me desarmaste. Volví a perder el norte, volví a no comprender nada.

—No soy gay, si es lo que estás pensando.

El incendio, que se había extendido por todo mi ser, estalló. Ya no hacía falta llamar a los bomberos, era demasiado tarde.

Bajé la mirada hacia el agua. Ese día se hallaba más calmada de lo normal, las olas casi no se percibían.

En ese instante, me alzaste con suavidad la barbilla, esa fue la primera vez que nos tocamos, bueno la segunda sin contar el escabroso choque de mi grasa contra tu músculo, y lo soltaste, haciendo añicos la sólida tesis que llevaba años demostrando. Me dejaste sin argumentos. Todo cuanto creí cierto, lo tiraste por tierra. Mi trabajo de investigación del próximo curso se hallaba pisoteado bajo tus pies, por culpa de dos simples palabras, que alteraron todas esas partículas de ti que ya habían anidado en mi corazón.

—Me gustas —susurraste, antes de besarme.

Llevaba toda la vida equivocada. La belleza no se halla, como me hicieron creer, en el exterior, sino en el interior.

Gracias por refutar mi teoría, nos vemos el próximo verano.

Fin

 

 

Iker

Hoy cuando regresaba a casa del trabajo he recibido un hermoso mensaje que me ha dejado sin palabras.

“He comprado el libro para mi hijo y mi nuera. Están pasando un mal momento en sus vidas debido ha la enfermedad de su hijo que padece cistinosis nefropatía y es muy grave. Espero que estás relatos les den un índice de esperanza.”

 

Deseo de todo corazón que “Un pedacito de mí”, libro que colabora con la Asociación Catalana de trastornos metabólicos hereditarios, donando parte de sus beneficios, consiga dar ese pedacito de esperanza a los papás de Iker y a todas las personas que la necesiten.

 

“Todo ser humano del mundo arrastra sus propias desdichas. Lo que diferencia unos de otros no es la cantidad o dimensión de sus desgracias, sino el ánimo con el que las afrontan.”

(Un amor para recordar, relato incluido en el libro “Un pedacito de mí”)

 

Un niño feliz

Érase una vez una hermosa alma sobrevolando el cielo en busca de unos papás. Pero no unos cualquiera, pues ella no era un alma del montón, sino que era la más especial del lugar. El alma no lo tuvo fácil. Había muchos papás donde elegir: altos, bajitos, delgados, gorditos, dulces, divertidos…  pero los suyos tenían que ser únicos; unos papás cuya fuerza y coraje superasen al martillo de Thor. Los encontró.

Al nacer, lo llamaron Iker, cuyo significado es: “aquel que porta buenas noticias”. ¡Quién lo diría! Pues sin lugar a dudas, fue la noticia más bella del mundo.  

Así fue como tú, pequeño, llegaste a sus vidas.  Por la puerta grande, como no podía ser de otro modo. Nada de jugar de suplente, tú eres la estrella del equipo. Eres el regalo con el que siempre habían soñado. Eres sinónimo de felicidad. Iker, eres un ser tan, tan especial que no podías venir al mundo de otro modo.

Solo unos meses de vida te han bastado para conseguir que un gran equipo de fútbol te vitoree y saque al campo, imagínate lo que conseguirás en un futuro. Yo no lo sé, tesoro, eso solo lo sabe el ángel que cuida de ti desde el cielo, ese compañero que cuando buscabas a tus papás te seguía. Tu elección fue la correcta, él sabía que solo con ellos tu sonrisa sería capaz de brillar como hoy lo hace.  

Yo lo único que sé es que gracias a tu forma de ser, a tu alegría, a tu fuerza llegarás muy lejos, más de lo que los médicos se imaginan, pues ellos no saben que precisamente llegaste a este mundo con un propósito: colmarlo de felicidad.

 

Con todo mi amor para Iker, Leire y todos esos niños tan especiales, que han venido al mundo para iluminarnos con sus sonrisas.  

 

Adjunto un bonito artículo realizado por 20minutos, para que conozcáis más a este pequeño gran héroe. 

 

Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

La última campanada

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

(El Principito)

 

Anoche, mientras la luna alumbraba con todo su esplendor, sucedió algo extraordinario. Algo que yo jamás habría creído posible cambió mi vida en cuestión de segundos. Nada volvería a ser lo que era.

Todo ocurrió antes de que sonase la última campanada. Mi corazón estaba desbocado, mirando el reloj de la puerta del sol. No era el primer año que pasaba la última noche del año allí, pero esta estaba a punto de convertirse en inolvidable. Las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Acababa de meterme en la boca la penúltima uva. Miré de soslayo a Julia, mi novia, situada a mi derecha. No parecía muy feliz. A ella no le gustaban estos jaleos, yo la animé a venir. Creí que se lo pasaría bien, pero me autoengañé para acallar la voz de mi conciencia, esa que no paraba de repetirme que estaba siendo egoísta. Giré, algo afligido, mi mirada de nuevo al reloj. La gente vitoreaba ya la entrada del nuevo año, ansiosos por dejar en el olvido este año y empezar uno lleno de nuevas posibilidades y propósitos. Los miré como si fuesen extraterrestres, no alcanzaba a comprenderlos. Para mí era indiferente que acabase un año y entrase otro. «Todo seguirá igual mañana», pensé. Pero me equivocaba.

Mi mano ya había cogido la última uva, dispuesta a metérmela en cualquier momento en la boca. Miré de nuevo a mi novia. Su rostro seguía igual de compungido, pero algo en él me llamó la atención. No se había movido ni lo más mínimo, ni siquiera parpadeaba, ¿qué estaba ocurriendo? La uva, entre mis dedos, estaba empezando a resbalar. Llevaba mucho tiempo esperando que sonase aquella última campanada, «demasiado», pensé.

El reloj parecía haberse parado, miré la uva, «¿y ahora qué? ¿Estamos en el dos mil diecisiete o en el dieciocho?». Una extraña sensación invadió todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío. Nadie decía nada. Nadie se quejaba. «Con la que liaron un año porque se había cortado la emisión de las campanadas en televisión. ¿Y hoy que se para el reloj justo en la última campanada, nadie dice nada?» Algo no iba bien. Pero ¿el qué? Julia seguía en la misma posición que hacía cinco minutos. Miré a mi alrededor asustado. Nada. Todos estaban paralizados. «Debe de ser una broma», pensé. Pero en una broma al cabo de un tiempo todos se ríen y dicen—: Inocente. Pero nadie me lo decía. Nadie se inmutaba, entonces me sentí vacío y solo. Quizás si supieses todo lo que poseo, pensarías que estaba loco por sentirme así. Pues sí, no acababa de entender por qué me sentía así de mal. Tenía más de lo que un hombre de mi edad pudiese desear, pero en cuestión de segundos me lo habían arrebatado todo. Hasta la luna antes resplandeciente parecía haberme abandonado. Frente a mí, una luz iluminó lo que quedaba de mí: mi sombra. Adornada eso sí, con sus mejores galas y joyas, pero no dejaba de ser oscura como si de repente su foco, en este caso mi cuerpo, se hubiese apagado. Miré la misteriosa luz, asombrado. «¿Quizás ella tenga la solución?», pensé guiado por una extraña locura.

Un ser de no más de un metro de altura salió de entre sus propias alas, mostrándome su rostro. Sus cabellos dorados como la luz del sol reposaban formando grandes rizos sobre su cabeza. Su cara rosada y sus ojos extremadamente brillantes me transmitieron tranquilidad y sosiego. Vestía un largo vestido blanco como la nieve, que le cubría hasta los pies. Su apariencia, sino estuviese volando y reluciendo como una antorcha, era como la de un niño. Pero aunque me costó admitirlo, no tuve duda alguna, se trataba de un ángel.

—Hola Marcos —me dijo en tono dulce y suave.

No podía hablar, un nudo en la garganta me lo impedía. Abrí la boca para tratar de emitir algún sonido, pero de mi esfuerzo no salió nada. Tragué saliva y esperé a que continuara.

—¿Sabes quién soy? —Negué con la cabeza—. ¿Sabes por qué estoy aquí? —Volví a negar—. Soy tu ángel de la guarda, Marcos, mi nombre es Haziel. No he venido por ti, contigo ya lo intenté todo y no funcionó, sino para salvarla a ella. —Señaló con su cabeza a Julia. «¿Por qué? ¿Qué le ocurre?», quise preguntarle pero en lugar de eso estas se repitieron, como un disco rayado, en mi mente—. ¿Cuál es tu deseo para este nuevo año? —Alcé mis hombros en señal de duda, no entendía a cuento de qué venia aquella pregunta. Esperé, pero no parecía conformarse con mi silencio, así que me aclaré la garganta, y conseguí hablar:

—No tengo ninguno. No… —Titubee, pues ahora no sabía en qué creía y en qué no—. No creo en esas cosas.

—Lo sé, por eso he venido. ¿Crees que solo existe lo que tus ojos pueden ver, no es así, Marcos?

—Asentí entornando los ojos, «¿A dónde quiere ir a parar?», pensé—. ¿Y qué me dices de mí? ¿Crees en mí? —Me quedé pasmado, no esperaba aquella vuelta de tuerca.

—No, digo, bueno… ahora sí. Pero…

—Pero no soy real, no al menos para ti. ¿No es así? ¿Quién ha hecho esta clasificación sobre qué es o no real? —Volví a alzar mis hombros, empezaba a no entender nada de lo que me decía, y me estaba desesperando—. Pues, a partir de hoy vas a rodearte tan solo de tu realidad, de todo lo que puedes ver y, por lo tanto, creer. Mi misión contigo está a punto de acabar —dijo en tono afligido. No parecía satisfecho consigo mismo.

—Espera, ¿y qué hay de ella? —Señalé a Julia—, ¿y del resto de personas? ¿Volverán a su estado normal?

—No —dijo con rotundidad.

—No lo entiendo. Ellos son reales.

—Sí, claro, igual que yo. Pero esto es lo único que puedes ver de ellos, y por lo tanto es en lo único que crees. Su alma que es lo que no se ve, ya no está en su interior. Ahora mismo tan solo hay lo que ves tú a simple vista. Esto Marcos —dijo levantando la vista hacia el resto de personas inmovilizadas que se encontraban celebrando fin de año en la puerta del sol y señalándolas con sus alas, dijo—: es todo en lo que tú crees. ¿Creías ser feliz tan solo con esto, no? Todo lo que de verdad importaba para ti: tu trabajo, tu físico y tu dinero. Lo tienes. Así que ¿por qué no te sientes feliz? No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo en tono retorico sin esperar respuesta, pero contesté:

—Necesito… —Titubee— Yo… —Miré el nuevo Rolex que me había comprado hacia dos días. Ahora ya no me hacía sentir bien, ya no me hacía sentir nada. Mis ojos empezaron a empañarse— no puedo ser feliz sin ella. —Miré a Julia. Su sonrisa invertida, a pesar del día, el lugar y el momento de celebración en el que nos encontrábamos, me cautivó. Me había vuelto un egoísta que solo miraba por mí. Y ella en cambio —pensé— se conformaba con verme feliz. En ese momento, en que mis ojos seguían inmersos en su profunda tristeza, noté un agudo pinchazo en el pecho.

—La tienes. La única diferencia es que ahora sólo tienes lo que en ella puedes ver. Su interior está vacío.

—Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas, como consecuencia de aquellas duras palabras. —Los seres humanos sois mucho más de lo que a simple vista veis. Todo lo que creéis ver, no es ni la mitad de lo que existe, pues no son los ojos los que ven, sino el alma. Ella es la que os mantiene con vida, la que os hace sentir tristeza, alegría, preocupación, amor… Sin ella solo sois —dirigió una mirada apesadumbrada hacia Julia— un cuerpo vacío.

—¿Cómo puedo recuperarla? —pregunté desesperado.

—Deseándolo. El tiempo es algo efímero. Los años vienen y van, a veces dejan consigo objetos materiales como: relojes, coches, casas, dinero, pero esto no es lo que te hace verdaderamente feliz. Es solo un placebo. La felicidad no se ve, se siente. Se halla escondida tras los recuerdos y las personas que los protagonizan. Cree. Pues es tu alma quien decide qué existe y qué no, no tus ojos. Ahora debo marcharme, lo dejo en tus manos. Puedes creer y pedir un deseo para el nuevo año, o bien, seguir como hasta ahora e intentar ser feliz con la realidad que te muestran tus ojos. Tú eliges.

El ángel se desvaneció tras sus últimas palabras. El silencio me inundó. Me sentí como si me estuviese sumergiendo en un profundo océano y, poco a poco, se me estuviese agotando el oxígeno. Miré a Julia. Las lágrimas, que ahora corrían sin resistencia alguna por mis mejillas, me dificultaban apreciar su profunda y triste mirada. Giré de nuevo la cabeza hacia el reloj, seguía marcando las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, cogí de nuevo mi última uva, cerré los ojos y pedí mi deseo para el nuevo año. En ese momento, la última campanada estalló en mis oídos rompiendo aquel doloroso silencio e introduje, al fin, mi última uva en la boca. Miré a Julia, que masticaba con dificultad su última uva. Le sonreí y vi su luz. Aquel brillo que antes no podía ver. Se trataba de su alma. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces lo supe. Los deseos que proceden del alma se hacen realidad. Hacía mucho que no la veía así de feliz. «Ahora sí que lo tengo todo», pensé y me abalancé hacia ella. Sentía como si llevase años sin verla. Y la besé.

Anoche pasé la noche más extraña de mi vida, sí, pero también la más hermosa. Ahora veo a través de mi alma, y la vida se ve diferente. Ahora sé que no todo lo que veo es real, ni todo lo que no veo no lo es. Me siento feliz, hoy mi vida tiene sentido. No gracias a mi dinero, ni a mi cuerpo, ni a mi nuevo Rolex, sino gracias a la sonrisa de Julia y al ángel que me hizo de lazarillo cuando mi alma estaba ciega. Gracias, Haziel, por abrir mis verdaderos ojos y, ayudarme a creer. Gracias Julia por ser lo primero que vio mi alma al despertar. Y gracias a ti, querido lector, por leer mi historia. Piensa con qué ojos ves la vida y pide con humildad tu deseo para este nuevo año. Y, sobre todo, CREE.

Fin

Noel

En un lugar donde la navidad nunca llegaba a su fin y los sueños siempre se hacían realidad, vivía un niño de cabellos dorados y mejillas sonrosadas al que todos llamaban Noel. Su notoria felicidad inundaba en forma de sonoras carcajadas el área de su minúsculo mundo. El pequeño que creyó ser engendrado, como el resto de habitantes, por arte de magia, creció bajo la tutela de la encantadora y amorosa familia Claus.

El señor y la señora Claus llevaban años viviendo en aquella diminuta aldea, la cual bautizaron con el bonito nombre de Ilusión. Sus caminos, bosques, tejados e incluso, las puntas de los cuernos de los renos se cubrían siempre de una capa llamativa de nieve blanca que contrastaba con el tono carmesí que predominaba en casi todas las prendas de vestir de sus aldeanos e incluso con el color de la nariz de algunos de los renos más afortunados de la región.

De fondo a lo largo del día un hilo musical muy alegre armonizaba la vida de todos los habitantes de Ilusión, pero cuando la noche se abría paso y con ella la clara luz de la luna, la banda sonora se convertía en el dulce tintineo de los cascabeles que, de modo preventivo, para evitar que ningún ave se chocase contra él, acompañaban al trineo más soñado de todos los tiempos: el trineo de Santa Claus.

Todos en aquella modesta y risueña región, oculta para el resto del mundo, tenían una tarea que hacer: unos ingeniaban los juguetes, que más tarde otros construirían, que más tarde otros decorarían, que más tarde otros comprobarían y que finalmente otros envolverían con un hermoso papel de regalo que les confería ese aspecto que conseguía iluminar el rostro de los más pequeños de la casa. La tarea de Noel se hallaba justo en medio de la cadena, y era una de las que más trabajo y concentración requería. Él era uno de los encargados de comprobar el llanto de las muñecas lloronas, el balanceo de los caballitos, el sonido de la bocina de los trenecitos, la nieve caer de las bolas al ser agitadas… Todo esto ocupaba gran parte del día del pequeño.

Como habrás podido imaginar, Noel, era sin lugar a dudas el niño más afortunado del mundo. Pues cada mañana del año, —que debido al diminuto diámetro de su superficie duraba tan solo veinticuatros horas— al despertar, le esperaban cientos y cientos de regalos bajo el árbol que se hallaba permanentemente en la hogareña mansión de los Claus. 

La dicha había suplantado al oxígeno en aquella remota región del planeta. Todo aquel que respiraba ese aire con olor al dulce aroma del chocolate recién hecho se sentía feliz. Sin embargo, como en toda historia, la felicidad no siempre salpica a todos por igual, y con el tiempo, ese agraciado jovencito empezó a ver su maravilloso mundo de distinta forma, y el eco de su risa desapareció.

Pasó de ser el niño más risueño de toda Ilusión al más infeliz. La dirección de la nueva curvatura que adquirieron de súbito sus labios, conmocionó a toda la aldea. «¿Qué atormentará el alma de Noel? ¿Qué profundo dolor padecerá para sentirse tan triste?», se preguntaban todos. Pero un secreto, quizás no tan oculto a simple vista, rodeaba al  pequeño. Nadie excepto sus tutores legales el señor y la señora Claus lo sabían.

—Nicolás, debemos contárselo. —Le decía una y otra vez la señora Claus a su tozudo marido.

—No, mujer, el niño es feliz así. —Le decía el hombre con su grave voz, mientras se descalzaba las botas rojas que, después de toda una noche de duro e intenso trabajo,  le había dejado los pies fritos.

—No, no lo es. Lo que pasa es que como te pasas toda la noche fuera de casa y todo el maldito día durmiendo, no te enteras de nada, pero Noel está empezando a darse cuenta de que hay algo en él que lo diferencia de nosotros —dijo furiosa—. Por dios, Nico, sintoniza el volumen de tu viejo oído, y trata de buscar la frecuencia de su risa. —Hizo un gesto teatral, llevándose la mano a la oreja y tratando de prestar atención al silencio—. Nada, ni una mísera onda de su antigua felicidad llegará hasta tu ajada oreja.

—Pero, querida mía, de aquello hace muchos años…

—Doce para ser exactos —le interrumpió la malhumorada mujer.

—Demasiados, para tratar de explicarle a un niño que él no es lo que cree ser. ¿No crees que la verdad le hará más daño, aún?

—A veces la verdad es dura y duele, pero no deja de ser mejor opción que la mentira. —Al acabar se cruzó de brazos y alzó su orgulloso y seguro mentón.

—Está bien, está bien… Tú ganas —bostezó mientras abría las aterciopeladas mantas que cubrían su cama. —Mañana mismo se lo cuento. —Volvió  bostezar.

—A no, de eso nada —la buena, pero terca, mujer cogió de repente a su marido de la oreja y lo levantó sin necesidad de utilizar mucha fuerza— Ahora mismito vas y le explicas a ese pobre niño como llegó hasta nosotros. Y sin titubear, Nicolás, —dijo alzando un dedo en señal desafiante— que te conozco.

—¿Ahora? Pero sí acabo de llegar y aún ni ha salido el sol y… y… ¡ay! —Chilló al sentir el tirón que su mujer le daba—. Está bien, está bien, ya voy…

—Así me gusta. —Sonrió satisfecha—. Y a la vuelta le dices a uno de tus duendes que venga a ayudarme con el pavo, que por si no te acuerdas esta noche es Nochebuena.

Era curioso como allí, para los habitantes de Ilusión, el hecho de que el año tan solo durase veinticuatro horas no fuese para nada extraño, es más, cada día era recibido con gran expectación.

Pero Noel, que hacía tiempo que había empezado a sentir que en su interior existía un anhelo distinto al de los demás aldeanos, no se hallaba en la fábrica de juguetes.

—Noel, Noel —Gritaba el señor Claus con sus manos alrededor de la boca con la intención de que su voz llegase más lejos—. Noel, Noel… ¡Oh! Eliana —le dijo a una dulce elfa de ojos rasgados, nariz alargada y orejas puntiagudas— ¿Has visto a Noel? ——La joven negó con la cabeza sin dejar de emitir su adorable sonrisa. Y el anciano continuo buscando.

El eco de la voz del señor Claus no tardó en llegar hasta el oído de Noel. Era difícil que en un lugar tan pequeño, sus graves chillidos no abarcasen todo el perímetro.

El pequeño no se escondió, sino que lo esperó sentado sobre un montón de nieve acumulada, que al parecer acababa de caer de la copa de un árbol. Se hallaba justo en los confines de su mundo; más allá no había nada, o al menos eso había creído hasta el día en que, sin el permiso de ninguno de sus tutores, se atrevió a ir.

Allí sentado, mirando por un gran ventanal trasparente, tras el cual nada existía, apareció una niña. Su rizado cabello caía a lo largo de sus hombros y espalda, sus ojos esmeraldas iluminaron aquella tristeza que anidaba en el interior de Noel, y cuando esta se giró, su sonrisa iluminó todo su mundo. Y después de mucho tiempo el pequeño se sintió dichosamente feliz.

Ya no se satisfacía con respirar la mágica atmósfera que cubría toda Ilusión, necesitaba más. Y ese más se hallaba al otro lado de su mundo, justo en el interior de esa hermosa niña.

—¡Oh! Estás aquí —dijo el señor Claus, interrumpiendo la bella ensoñación en la que se había sumergido Noel.

El chico se giró de repente, estaba tan embebido en aquella joven que ni se había percatado del sonido que emitían los cascabeles de las botas del anciano. Pero rápidamente volvió a llevar su mirada hacia esa realidad que él desconocía, y que por algún extraño motivo lo atraía hacia ella. El señor Claus conocedor del hallazgo que el pequeño había descubierto, se sentó junto a él y en silencio, ambos observaron aquella niña con rostro de muñeca de porcelana que se encontraba al otro lado.

—Padre… —dijo Noel algo confuso— Usted no me dijo que desde aquí se pudiesen divisar aquellos mundos a los cuales viaja cada noche repartiendo ilusión…

—No, hijo. Nadie de la aldea, excepto la señora Claus, lo sabe. Es, digamos, nuestro secreto.

—¿Es por este motivo que es capaz de llegar a todos los hogares del planeta en una sola noche?

—Así es… a través de este filtro atemporal puedo recorrerme toda la Vía Láctea si fuese necesario en menos de una hora. —Noel bajó apesadumbrado la cabeza—. ¿Qué te ocurre, hijo?

—Yo… me siento diferente al resto de elfos. —Los ojos se le empezaron a empañar de lágrimas—. Los dedos de mis manos son más gruesos, mis piernas más largas, mi nariz más pequeña y mis orejas redondeadas. Soy más como… —dijo dirigiendo la mirada hacia el gran ventanal que le mostraba todo un universo de nuevas posibilidades.

—Verás, Noel… —dijo el anciano mientras intentaba colocarse algo más cómodo sobre ese montón de nieve, que bajo el calor de sus cuerpos se iba poco a poco derritiendo— Tienes razón, tú no eres como el resto de elfos, porque tú no eres uno de ellos. Tú eres un niño.

—¿Un niño? —Repitió absorto.

—Sí, un ser engendrado a partir del amor entre hombre y mujer.

—¿No me creó usted y la señora Claus? —El anciano pesaroso, negó con la cabeza.

—Nosotros con nuestra magia solo podemos engendrar seres mágicos como los elfos, los renos, las hadas y los gnomos que con su alegría custodian las casas. Tú no eres uno de ellos, tú eres especial.

—Especial, ¿por qué? No tengo magia, no puedo hacer grandes cosas.

—Te equivocas, tú eres capaz de hacer la cosa más grande y hermosa del mundo.

—¿El qué?

—Enamorarte —dijo el anciano mientras fijaba de nuevo su mirada en aquella niña que le había devuelto la sonrisa a Noel.

—¿Ena… que?

—Tu corazón, hijo, está inclinado hacia el amor, por eso aquí te sientes vacío, y aunque Mama Noel y yo, intentamos dártelo, créeme que hacemos todo lo posible, no es suficiente. Los humanos sois sociales por naturaleza, los elfos, en cambio, no. Me equivoqué al creer que podría criarte como a uno de ellos.

—¿Pe-pero si no soy de aquí de dónde soy? —

—Del mundo real—dijo el señor Claus extendiendo la mano en dirección a la gran ventana—. Esto que ves a tu alrededor es simplemente una ilusión, se podría decir que nuestro mundo se haya más bien en la mente de las personas u oculto a base de magia en pequeñas esferas transparentes. —Noel se quedó perplejo ante aquella revelación.

—Pero yo… te quiero, y también a mamá y al resto de elfos…

—Sí, lo sé, pero necesitas algo que nosotros al parecer no sabemos no ofrecerte.

—¿El qué?

—Amor —dijo dirigiendo de nuevo su mirada hacia la niña que continuaba observando aquella hermosa bola de nieve desde su mundo.

—Sí que sabéis.

—Pero no del modo en que tu corazón lo necesita.

—¿Y entonces qué debo hacer ahora?

—Lo que te dicte tu corazón —dijo el anciano, mientras sin darse cuenta le transmitía uno de los consejos más sabios del mundo real.

El pequeño miró al frente, y los ojos de la niña se posaron por primera vez en los suyos. En ese momento notó como el corazón le empezó a latir a una velocidad desorbitada. Aquella sensación dibujó una sonrisa sin darse cuenta en su rostro, y la pequeña, al otro lado, le correspondió.

—¿Puede verme? —Se sorprendió.

—No, pero puede sentirte. Noel, no es casual que ella esté ahí.

—¿Y qué hace?

—Está esperando.

—¿A qué?

—A que tu corazón hable, y tú tomes una decisión. Te está esperando a ti, hijo. Ella es ese más que tu alma necesita para ser feliz.  ¿Has decidido ya qué quieres hacer?

El pequeño no pudo evitar justo en ese instante que las lágrimas escaparan de sus ojos y resbalaran por sus mejillas. Una parte de él tenía claro la decisión que quería tomar, pero la otra… se resistía a dejar aquello que ya conocía.

—No temas, dicen que lo mejor siempre está por llegar —dijo el anciano guiñándole un ojo, en señal de complicidad. 

El señor Claus o, como más tarde fue conocido por todo el mundo, Papa Noel hizo uso de su magia, y al instante todo se iluminó a su alrededor. Noel que había crecido como un elfo más en Ilusión regresó a su hogar, aquel que hacia doce años, tras introducirse en el saco de los regalos, abandonó.

 

—Papá, papá, es cierta la historia —dice, Noelia, mi hija mientras observa sobrevolar el trineo de Santa Claus en el interior de una bola de nieve.

—Por supuesto —digo muy seguro de mí mismo.

—Mami, mami —dice Noelia llamando a su madre, la cual está al otro lado de la tienda, buscando los adornos para el árbol—. Papá me ha dicho que en el interior de esa bola de allí —señala hacia donde yo me encuentro— vive Papa Noel.

Mi mujer, que aún conserva su rizado cabello y su mirada esmeralda, puso los ojos en blanco.

—Dile a tu padre que no te meta más fantasía en la cabeza, cariño… 

—No es fantasía, es real —contesta algo molesta y se gira para tratar de encontrarme de nuevo, para comprobar con sus propios ojos que la magia existe, y al verme me guiña un ojo, y me sonríe. Lo sabe. Pero quizás es mejor que nuestro secreto se quedé solo en nuestro interior. Me llevo el dedo indice a los labios, y asiente en respuesta a mi petición. Es una niña muy lista, sabe que su papá es diferente, sabe que su abuelo viene cada año a visitarla, pero también comprende que la sociedad no está preparado para aceptar esa magia que solo los niños pueden ver. 

—Está bien, está bien. —Le dice mi mujer mientras acaricia su pelo, con la intención de  calmarla. —Noel, cariño, puedes dejar de contarle historias a la niña —alza la voz unos grados más de la cuenta para que yo, que me encuentro al otro lado, la escuche. El resto de compradores se quedan en silencio y dirigen su mirada hacia mi mujer. Esta alza los hombros en señal de disculpa y se ruboriza. Sonrío mientras observo embelesado esa belleza que me cautivó hace ya veinte años y que aún hoy me tiene hechizado.

Me vuelvo para echarle un último vistazo a ese mágico mundo que me crio y que aún considero mi hogar. Y antes de reunirme con mi familia, levanto con sutileza la mano y me despido de papá, con la certeza de que esta noche, como cada veinticuatro de diciembre, vendrá a visitarme a mi hogar.

Fin

Armonía

Su llanto ha vuelto a despertarme. Abro un ojo, sigue llorando, abro el otro, nada, continua llorando. Me desperezo, hoy no he dormido todo lo que deseaba, pero… ¿qué hacen los humanos? ¿Por qué no van a calmar a su cachorro? Me levanto y me dirijo a avisarles, «quizás no se hayan enterado», pienso.

Me resulta extraño, mamá siempre está muy atenta a su pequeño. Al principio, he de reconocer, me puse un poco celoso, bueno, quizás, aún lo esté. Pero es tan solo un recién nacido, cuando crezca ya le haré saber quién lleva las riendas de la familia, por ahora no puedo hacer mucho más que esperar y, bueno sí, dejar que me degrade a un mero peluche peludo: estirándome del pelo, metiéndome sus deditos en los ojos, impidiéndome descansar… Suspiro, bueno es lo que hay… pero cuando esté listo para ser domado como el resto de su familia, comerá en mis almohadillas. Una bobalicona sonrisa asoma entre mis bigotes al imaginarme dicho momento, pero sus sollozos me alejan de mi ensoñación y me devuelven a la realidad; ahora él es el líder.

Camino con sigilo hacia la cocina, de un salto trepo a la encimera y, con mi mirada felina, busco a mamá. ¡Ah! ahí, está. Me acerco a ella, y restriego mi suave pelaje por sus piernas, no atiende a mi llamada. «Antes siempre me prestaba atención». Subo a la mesa y dejo que mi regio trasero se pose sobre esta, elevó con aires de grandeza mi hermoso cuello y miro orgulloso a mamá, esperando mi merecida caricia. Sigue sin hacerme caso. «Pero… ¿cómo es posible?» ¿Prefiere hablarle a ese aparato que ni siquiera le responde en vez de estar conmigo, o prestar una mínima atención a su cachorro? «Qué forma de matar el tiempo tan absurda tienen los humanos», pienso.

«Estoy desesperada, Carmen, de verdad, no sé cómo deshacerme de estás horribles estrías.»

Mamá parece preocupada, quizás por eso no pueda atender a su bebé. ¿Qué cosa tan horrible deben de ser las estrías? ¿Serán una especie de ratas o algo por el estilo? Si lo supiera, quizás, pudiese ayudarla.

«Nada, la loción no me ha hecho nada… ya…»

Como un eco fastidioso los gemidos, cada vez más desesperados, de la criatura bombardean mis oídos. «Dios, ¿cómo es posible que nadie lo escuche?», digo para mis adentros. Con un irritado maullido doy un salto y, gracias a mi increíble agilidad, llego hasta la puerta. Decido cambiar de opción y acudir esta vez al padre de ese molestoso ser, «papá seguro que no me defrauda.»

Camino por el pasillo, rozando con mi delicado cuerpo la pared granulada, ¡me encanta, esta sensación! Al fin llego hasta el despacho de papá, pero…  tiene la puerta cerrada. Alzo una pata y rasco con cuidado la puerta, quizás tan solo esté entrecerrada pero, después de dos zarpazos, corroboro que no es así. Está cerrada del todo. Odio que me prohíban el paso en mi propia casa, pero habrase visto… Rasco esta vez con mayor vigor, sé que no les gusta que lo haga, pues según ellos destrozo la madera de las puertas, pero saben que dicho gesto me irrita, vuelvo a rascar con más energía. Se lo tienen merecido, así aprenderán a no cerrarme el paso.

—Disculpa, Jaime. DON DEJA DE RASCAR LA PUERTA SINO QUIERES CONVERTIRTE EN PARTE DE LA CENA DE ESTA NOCHE.

¿Cena? Me relamo los labios. Pero la sensación que su furiosa voz me ha dejado no es del todo agradable. Presto atención y escucho su voz al otro lado de la fastidiosa puerta.

«¿Cómo puede ser? ¡Pero si te envié los documentos! ¿Cómo qué los has perdido? ¡Oh, Jaime! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le digo al comisario que el retrasado de mi compañero ha perdido el informe?»

Parece más preocupado que mamá, no creo que tampoco pueda atender al bebé. «Pues vaya…».

Tan sólo me queda Karen, la hija mayor de la familia, aún recuerdo lo mucho que me costó domar a esa fierecilla, aunque no estoy del todo seguro de haberlo conseguido o, si fue ella la que se hartó de mí; lo importante es que ahora me deja en paz. Un sonido estridente, procedente de su habitación, lastima mis sensibles oídos, pero debo ir a avisar de que el cachorro está llorando. Me dirijo, desganado, hacia su intranquila morada. A medida que me acerco el hedor que esta desprende empieza a revolverme el estómago, «¿cómo puede alguien dormir entre tanta suciedad? Menos mal que, respecto a mis cuidados, los tengo muy bien enseñados, que si no… »

Mantengo la respiración y me asomo para buscar a la salvaje propietaria de la habitación. Está bailando frente al espejo, y… ¡oh no! Saltando sobre la cama, ¡la va a arrugar, es un desastre! No puedo mirar, empiezo a darme cuenta de mi errónea decisión, ¿cómo voy a pretender que dicho matojo de nervios vaya a tranquilizar a su hermano? Bajo la mirada y con ésta también el rabo. Suspiro. Me doy media vuelta dispuesto, aunque no muy convencido, a dirigirme hacia el cuarto del que proceden los insoportables alaridos.

Una vez allí entro con sigilo y, de un salto, me apoyo sobre la barra de la extraña cama de barrotes que mantiene al bebé encerrado, no sé qué sería capaz de hacer suelto, pero no voy a ser yo quien lo experimente. Al verme deja de llorar, tiene los ojos rojos, la cara empapada y su frágil cuerpo totalmente destapado, imagino que del rebote que desde hace horas lo posee. Alza sus manitas hacia mí, quizás se piense que vengo a calmarlo, rio tan solo de imaginar que en su cabecita se halle dicha posibilidad. «Esta no es mi labor, pequeño», trato de decirle mentalmente en vano, pues sigue insistiendo. ¡Oh!, protesto. «Vaya un gato estoy hecho», agacho mis orejas en señal de sumisión y bajo hacia donde se encuentra el cachorro.

Al ver que finalmente he sucumbido a su petición, sonríe para posteriormente agarrar, sin ningún miramiento, mi recién acicalado cabello: lo estira, lo despeina y, por si fuera poco… lo llena de babas… «Todo un día de limpieza al traste», pienso,  pero al observar la dulce expresión que dibuja su rostro, me doy cuenta de que no hay nada más hermoso ni más importante que hacer sonreír a este crio. ¿Cómo es posible que los humanos no sepan verlo?

Cojo con la boca la sábana azul y la alzo para arroparlo. Me tumbo a su lado e irrumpiendo mi espacio, el cual todos son conscientes que deben respetar, me rodea con su pequeño brazo impidiéndome escapar. Sin embargo, a pesar de haber infligido mi regla número uno, me siento feliz. Al menos él no me ignora. Cada vez entiendo menos a los humanos, ¿qué puede haber más importante que esto?

Emito un profundo suspiro y con él se escapa un melodioso ronroneo evidenciando mi felicidad. Me rindo, él, un ser tan imperfecto, indefenso y poco carismático me ha hechizado con su inocencia. Finalmente, me sumo en la agradable paz que me transmite el bebé. No sé si algún día llegaré a domarlo —pienso—, pero por el momento dejaré que él me domine, al menos hasta que las triviales preocupaciones de la vida se adueñen de su calmada alma, atormentando mi armonía.

Fin