Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña. Cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior colmando su corazón de melancolía.

A medida que crecía, su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer, motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad o su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas, y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado especial sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, al cual respeto y agradezco su paso por mi camino. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

La última campanada

“Lo esencial es invisible a los ojos.”

(El Principito)

 

Anoche, mientras la luna alumbraba con todo su esplendor, sucedió algo extraordinario. Algo que yo jamás habría creído posible cambió mi vida en cuestión de segundos. Nada volvería a ser lo que era.

Todo ocurrió antes de que sonase la última campanada. Mi corazón estaba desbocado, mirando el reloj de la puerta del sol. No era el primer año que pasaba la última noche del año allí, pero esta estaba a punto de convertirse en inolvidable. Las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Acababa de meterme en la boca la penúltima uva. Miré de soslayo a Julia, mi novia, situada a mi derecha. No parecía muy feliz. A ella no le gustaban estos jaleos, yo la animé a venir. Creí que se lo pasaría bien, pero me autoengañé para acallar la voz de mi conciencia, esa que no paraba de repetirme que estaba siendo egoísta. Giré, algo afligido, mi mirada de nuevo al reloj. La gente vitoreaba ya la entrada del nuevo año, ansiosos por dejar en el olvido este año y empezar uno lleno de nuevas posibilidades y propósitos. Los miré como si fuesen extraterrestres, no alcanzaba a comprenderlos. Para mí era indiferente que acabase un año y entrase otro. «Todo seguirá igual mañana», pensé. Pero me equivocaba.

Mi mano ya había cogido la última uva, dispuesta a metérmela en cualquier momento en la boca. Miré de nuevo a mi novia. Su rostro seguía igual de compungido, pero algo en él me llamó la atención. No se había movido ni lo más mínimo, ni siquiera parpadeaba, ¿qué estaba ocurriendo? La uva, entre mis dedos, estaba empezando a resbalar. Llevaba mucho tiempo esperando que sonase aquella última campanada, «demasiado», pensé.

El reloj parecía haberse parado, miré la uva, «¿y ahora qué? ¿Estamos en el dos mil diecisiete o en el dieciocho?». Una extraña sensación invadió todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío. Nadie decía nada. Nadie se quejaba. «Con la que liaron un año porque se había cortado la emisión de las campanadas en televisión. ¿Y hoy que se para el reloj justo en la última campanada, nadie dice nada?» Algo no iba bien. Pero ¿el qué? Julia seguía en la misma posición que hacía cinco minutos. Miré a mi alrededor asustado. Nada. Todos estaban paralizados. «Debe de ser una broma», pensé. Pero en una broma al cabo de un tiempo todos se ríen y dicen—: Inocente. Pero nadie me lo decía. Nadie se inmutaba, entonces me sentí vacío y solo. Quizás si supieses todo lo que poseo, pensarías que estaba loco por sentirme así. Pues sí, no acababa de entender por qué me sentía así de mal. Tenía más de lo que un hombre de mi edad pudiese desear, pero en cuestión de segundos me lo habían arrebatado todo. Hasta la luna antes resplandeciente parecía haberme abandonado. Frente a mí, una luz iluminó lo que quedaba de mí: mi sombra. Adornada eso sí, con sus mejores galas y joyas, pero no dejaba de ser oscura como si de repente su foco, en este caso mi cuerpo, se hubiese apagado. Miré la misteriosa luz, asombrado. «¿Quizás ella tenga la solución?», pensé guiado por una extraña locura.

Un ser de no más de un metro de altura salió de entre sus propias alas, mostrándome su rostro. Sus cabellos dorados como la luz del sol reposaban formando grandes rizos sobre su cabeza. Su cara rosada y sus ojos extremadamente brillantes me transmitieron tranquilidad y sosiego. Vestía un largo vestido blanco como la nieve, que le cubría hasta los pies. Su apariencia, sino estuviese volando y reluciendo como una antorcha, era como la de un niño. Pero aunque me costó admitirlo, no tuve duda alguna, se trataba de un ángel.

—Hola Marcos —me dijo en tono dulce y suave.

No podía hablar, un nudo en la garganta me lo impedía. Abrí la boca para tratar de emitir algún sonido, pero de mi esfuerzo no salió nada. Tragué saliva y esperé a que continuara.

—¿Sabes quién soy? —Negué con la cabeza—. ¿Sabes por qué estoy aquí? —Volví a negar—. Soy tu ángel de la guarda, Marcos, mi nombre es Haziel. No he venido por ti, contigo ya lo intenté todo y no funcionó, sino para salvarla a ella. —Señaló con su cabeza a Julia. «¿Por qué? ¿Qué le ocurre?», quise preguntarle pero en lugar de eso estas se repitieron, como un disco rayado, en mi mente—. ¿Cuál es tu deseo para este nuevo año? —Alcé mis hombros en señal de duda, no entendía a cuento de qué venia aquella pregunta. Esperé, pero no parecía conformarse con mi silencio, así que me aclaré la garganta, y conseguí hablar:

—No tengo ninguno. No… —Titubee, pues ahora no sabía en qué creía y en qué no—. No creo en esas cosas.

—Lo sé, por eso he venido. ¿Crees que solo existe lo que tus ojos pueden ver, no es así, Marcos?

—Asentí entornando los ojos, «¿A dónde quiere ir a parar?», pensé—. ¿Y qué me dices de mí? ¿Crees en mí? —Me quedé pasmado, no esperaba aquella vuelta de tuerca.

—No, digo, bueno… ahora sí. Pero…

—Pero no soy real, no al menos para ti. ¿No es así? ¿Quién ha hecho esta clasificación sobre qué es o no real? —Volví a alzar mis hombros, empezaba a no entender nada de lo que me decía, y me estaba desesperando—. Pues, a partir de hoy vas a rodearte tan solo de tu realidad, de todo lo que puedes ver y, por lo tanto, creer. Mi misión contigo está a punto de acabar —dijo en tono afligido. No parecía satisfecho consigo mismo.

—Espera, ¿y qué hay de ella? —Señalé a Julia—, ¿y del resto de personas? ¿Volverán a su estado normal?

—No —dijo con rotundidad.

—No lo entiendo. Ellos son reales.

—Sí, claro, igual que yo. Pero esto es lo único que puedes ver de ellos, y por lo tanto es en lo único que crees. Su alma que es lo que no se ve, ya no está en su interior. Ahora mismo tan solo hay lo que ves tú a simple vista. Esto Marcos —dijo levantando la vista hacia el resto de personas inmovilizadas que se encontraban celebrando fin de año en la puerta del sol y señalándolas con sus alas, dijo—: es todo en lo que tú crees. ¿Creías ser feliz tan solo con esto, no? Todo lo que de verdad importaba para ti: tu trabajo, tu físico y tu dinero. Lo tienes. Así que ¿por qué no te sientes feliz? No te entiendo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo en tono retorico sin esperar respuesta, pero contesté:

—Necesito… —Titubee— Yo… —Miré el nuevo Rolex que me había comprado hacia dos días. Ahora ya no me hacía sentir bien, ya no me hacía sentir nada. Mis ojos empezaron a empañarse— no puedo ser feliz sin ella. —Miré a Julia. Su sonrisa invertida, a pesar del día, el lugar y el momento de celebración en el que nos encontrábamos, me cautivó. Me había vuelto un egoísta que solo miraba por mí. Y ella en cambio —pensé— se conformaba con verme feliz. En ese momento, en que mis ojos seguían inmersos en su profunda tristeza, noté un agudo pinchazo en el pecho.

—La tienes. La única diferencia es que ahora sólo tienes lo que en ella puedes ver. Su interior está vacío.

—Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas, como consecuencia de aquellas duras palabras. —Los seres humanos sois mucho más de lo que a simple vista veis. Todo lo que creéis ver, no es ni la mitad de lo que existe, pues no son los ojos los que ven, sino el alma. Ella es la que os mantiene con vida, la que os hace sentir tristeza, alegría, preocupación, amor… Sin ella solo sois —dirigió una mirada apesadumbrada hacia Julia— un cuerpo vacío.

—¿Cómo puedo recuperarla? —pregunté desesperado.

—Deseándolo. El tiempo es algo efímero. Los años vienen y van, a veces dejan consigo objetos materiales como: relojes, coches, casas, dinero, pero esto no es lo que te hace verdaderamente feliz. Es solo un placebo. La felicidad no se ve, se siente. Se halla escondida tras los recuerdos y las personas que los protagonizan. Cree. Pues es tu alma quien decide qué existe y qué no, no tus ojos. Ahora debo marcharme, lo dejo en tus manos. Puedes creer y pedir un deseo para el nuevo año, o bien, seguir como hasta ahora e intentar ser feliz con la realidad que te muestran tus ojos. Tú eliges.

El ángel se desvaneció tras sus últimas palabras. El silencio me inundó. Me sentí como si me estuviese sumergiendo en un profundo océano y, poco a poco, se me estuviese agotando el oxígeno. Miré a Julia. Las lágrimas, que ahora corrían sin resistencia alguna por mis mejillas, me dificultaban apreciar su profunda y triste mirada. Giré de nuevo la cabeza hacia el reloj, seguía marcando las once, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, cogí de nuevo mi última uva, cerré los ojos y pedí mi deseo para el nuevo año. En ese momento, la última campanada estalló en mis oídos rompiendo aquel doloroso silencio e introduje, al fin, mi última uva en la boca. Miré a Julia, que masticaba con dificultad su última uva. Le sonreí y vi su luz. Aquel brillo que antes no podía ver. Se trataba de su alma. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces lo supe. Los deseos que proceden del alma se hacen realidad. Hacía mucho que no la veía así de feliz. «Ahora sí que lo tengo todo», pensé y me abalancé hacia ella. Sentía como si llevase años sin verla. Y la besé.

Anoche pasé la noche más extraña de mi vida, sí, pero también la más hermosa. Ahora veo a través de mi alma, y la vida se ve diferente. Ahora sé que no todo lo que veo es real, ni todo lo que no veo no lo es. Me siento feliz, hoy mi vida tiene sentido. No gracias a mi dinero, ni a mi cuerpo, ni a mi nuevo Rolex, sino gracias a la sonrisa de Julia y al ángel que me hizo de lazarillo cuando mi alma estaba ciega. Gracias, Haziel, por abrir mis verdaderos ojos y, ayudarme a creer. Gracias Julia por ser lo primero que vio mi alma al despertar. Y gracias a ti, querido lector, por leer mi historia. Piensa con qué ojos ves la vida y pide con humildad tu deseo para este nuevo año. Y, sobre todo, CREE.

Fin

Noel

En un lugar donde la navidad nunca llegaba a su fin y los sueños siempre se hacían realidad, vivía un niño de cabellos dorados y mejillas sonrosadas al que todos llamaban Noel. Su notoria felicidad inundaba en forma de sonoras carcajadas el área de su minúsculo mundo. El pequeño que creyó ser engendrado, como el resto de habitantes, por arte de magia, creció bajo la tutela de la encantadora y amorosa familia Claus.

El señor y la señora Claus llevaban años viviendo en aquella diminuta aldea, la cual bautizaron con el bonito nombre de Ilusión. Sus caminos, bosques, tejados e incluso, las puntas de los cuernos de los renos se cubrían siempre de una capa llamativa de nieve blanca que contrastaba con el tono carmesí que predominaba en casi todas las prendas de vestir de sus aldeanos e incluso con el color de la nariz de algunos de los renos más afortunados de la región.

De fondo a lo largo del día un hilo musical muy alegre armonizaba la vida de todos los habitantes de Ilusión, pero cuando la noche se abría paso y con ella la clara luz de la luna, la banda sonora se convertía en el dulce tintineo de los cascabeles que, de modo preventivo, para evitar que ningún ave se chocase contra él, acompañaban al trineo más soñado de todos los tiempos: el trineo de Santa Claus.

Todos en aquella modesta y risueña región, oculta para el resto del mundo, tenían una tarea que hacer: unos ingeniaban los juguetes, que más tarde otros construirían, que más tarde otros decorarían, que más tarde otros comprobarían y que finalmente otros envolverían con un hermoso papel de regalo que les confería ese aspecto que conseguía iluminar el rostro de los más pequeños de la casa. La tarea de Noel se hallaba justo en medio de la cadena, y era una de las que más trabajo y concentración requería. Él era uno de los encargados de comprobar el llanto de las muñecas lloronas, el balanceo de los caballitos, el sonido de la bocina de los trenecitos, la nieve caer de las bolas al ser agitadas… Todo esto ocupaba gran parte del día del pequeño.

Como habrás podido imaginar, Noel, era sin lugar a dudas el niño más afortunado del mundo. Pues cada mañana del año, —que debido al diminuto diámetro de su superficie duraba tan solo veinticuatros horas— al despertar, le esperaban cientos y cientos de regalos bajo el árbol que se hallaba permanentemente en la hogareña mansión de los Claus. 

La dicha había suplantado al oxígeno en aquella remota región del planeta. Todo aquel que respiraba ese aire con olor al dulce aroma del chocolate recién hecho se sentía feliz. Sin embargo, como en toda historia, la felicidad no siempre salpica a todos por igual, y con el tiempo, ese agraciado jovencito empezó a ver su maravilloso mundo de distinta forma, y el eco de su risa desapareció.

Pasó de ser el niño más risueño de toda Ilusión al más infeliz. La dirección de la nueva curvatura que adquirieron de súbito sus labios, conmocionó a toda la aldea. «¿Qué atormentará el alma de Noel? ¿Qué profundo dolor padecerá para sentirse tan triste?», se preguntaban todos. Pero un secreto, quizás no tan oculto a simple vista, rodeaba al  pequeño. Nadie excepto sus tutores legales el señor y la señora Claus lo sabían.

—Nicolás, debemos contárselo. —Le decía una y otra vez la señora Claus a su tozudo marido.

—No, mujer, el niño es feliz así. —Le decía el hombre con su grave voz, mientras se descalzaba las botas rojas que, después de toda una noche de duro e intenso trabajo,  le había dejado los pies fritos.

—No, no lo es. Lo que pasa es que como te pasas toda la noche fuera de casa y todo el maldito día durmiendo, no te enteras de nada, pero Noel está empezando a darse cuenta de que hay algo en él que lo diferencia de nosotros —dijo furiosa—. Por dios, Nico, sintoniza el volumen de tu viejo oído, y trata de buscar la frecuencia de su risa. —Hizo un gesto teatral, llevándose la mano a la oreja y tratando de prestar atención al silencio—. Nada, ni una mísera onda de su antigua felicidad llegará hasta tu ajada oreja.

—Pero, querida mía, de aquello hace muchos años…

—Doce para ser exactos —le interrumpió la malhumorada mujer.

—Demasiados, para tratar de explicarle a un niño que él no es lo que cree ser. ¿No crees que la verdad le hará más daño, aún?

—A veces la verdad es dura y duele, pero no deja de ser mejor opción que la mentira. —Al acabar se cruzó de brazos y alzó su orgulloso y seguro mentón.

—Está bien, está bien… Tú ganas —bostezó mientras abría las aterciopeladas mantas que cubrían su cama. —Mañana mismo se lo cuento. —Volvió  bostezar.

—A no, de eso nada —la buena, pero terca, mujer cogió de repente a su marido de la oreja y lo levantó sin necesidad de utilizar mucha fuerza— Ahora mismito vas y le explicas a ese pobre niño como llegó hasta nosotros. Y sin titubear, Nicolás, —dijo alzando un dedo en señal desafiante— que te conozco.

—¿Ahora? Pero sí acabo de llegar y aún ni ha salido el sol y… y… ¡ay! —Chilló al sentir el tirón que su mujer le daba—. Está bien, está bien, ya voy…

—Así me gusta. —Sonrió satisfecha—. Y a la vuelta le dices a uno de tus duendes que venga a ayudarme con el pavo, que por si no te acuerdas esta noche es Nochebuena.

Era curioso como allí, para los habitantes de Ilusión, el hecho de que el año tan solo durase veinticuatro horas no fuese para nada extraño, es más, cada día era recibido con gran expectación.

Pero Noel, que hacía tiempo que había empezado a sentir que en su interior existía un anhelo distinto al de los demás aldeanos, no se hallaba en la fábrica de juguetes.

—Noel, Noel —Gritaba el señor Claus con sus manos alrededor de la boca con la intención de que su voz llegase más lejos—. Noel, Noel… ¡Oh! Eliana —le dijo a una dulce elfa de ojos rasgados, nariz alargada y orejas puntiagudas— ¿Has visto a Noel? ——La joven negó con la cabeza sin dejar de emitir su adorable sonrisa. Y el anciano continuo buscando.

El eco de la voz del señor Claus no tardó en llegar hasta el oído de Noel. Era difícil que en un lugar tan pequeño, sus graves chillidos no abarcasen todo el perímetro.

El pequeño no se escondió, sino que lo esperó sentado sobre un montón de nieve acumulada, que al parecer acababa de caer de la copa de un árbol. Se hallaba justo en los confines de su mundo; más allá no había nada, o al menos eso había creído hasta el día en que, sin el permiso de ninguno de sus tutores, se atrevió a ir.

Allí sentado, mirando por un gran ventanal trasparente, tras el cual nada existía, apareció una niña. Su rizado cabello caía a lo largo de sus hombros y espalda, sus ojos esmeraldas iluminaron aquella tristeza que anidaba en el interior de Noel, y cuando esta se giró, su sonrisa iluminó todo su mundo. Y después de mucho tiempo el pequeño se sintió dichosamente feliz.

Ya no se satisfacía con respirar la mágica atmósfera que cubría toda Ilusión, necesitaba más. Y ese más se hallaba al otro lado de su mundo, justo en el interior de esa hermosa niña.

—¡Oh! Estás aquí —dijo el señor Claus, interrumpiendo la bella ensoñación en la que se había sumergido Noel.

El chico se giró de repente, estaba tan embebido en aquella joven que ni se había percatado del sonido que emitían los cascabeles de las botas del anciano. Pero rápidamente volvió a llevar su mirada hacia esa realidad que él desconocía, y que por algún extraño motivo lo atraía hacia ella. El señor Claus conocedor del hallazgo que el pequeño había descubierto, se sentó junto a él y en silencio, ambos observaron aquella niña con rostro de muñeca de porcelana que se encontraba al otro lado.

—Padre… —dijo Noel algo confuso— Usted no me dijo que desde aquí se pudiesen divisar aquellos mundos a los cuales viaja cada noche repartiendo ilusión…

—No, hijo. Nadie de la aldea, excepto la señora Claus, lo sabe. Es, digamos, nuestro secreto.

—¿Es por este motivo que es capaz de llegar a todos los hogares del planeta en una sola noche?

—Así es… a través de este filtro atemporal puedo recorrerme toda la Vía Láctea si fuese necesario en menos de una hora. —Noel bajó apesadumbrado la cabeza—. ¿Qué te ocurre, hijo?

—Yo… me siento diferente al resto de elfos. —Los ojos se le empezaron a empañar de lágrimas—. Los dedos de mis manos son más gruesos, mis piernas más largas, mi nariz más pequeña y mis orejas redondeadas. Soy más como… —dijo dirigiendo la mirada hacia el gran ventanal que le mostraba todo un universo de nuevas posibilidades.

—Verás, Noel… —dijo el anciano mientras intentaba colocarse algo más cómodo sobre ese montón de nieve, que bajo el calor de sus cuerpos se iba poco a poco derritiendo— Tienes razón, tú no eres como el resto de elfos, porque tú no eres uno de ellos. Tú eres un niño.

—¿Un niño? —Repitió absorto.

—Sí, un ser engendrado a partir del amor entre hombre y mujer.

—¿No me creó usted y la señora Claus? —El anciano pesaroso, negó con la cabeza.

—Nosotros con nuestra magia solo podemos engendrar seres mágicos como los elfos, los renos, las hadas y los gnomos que con su alegría custodian las casas. Tú no eres uno de ellos, tú eres especial.

—Especial, ¿por qué? No tengo magia, no puedo hacer grandes cosas.

—Te equivocas, tú eres capaz de hacer la cosa más grande y hermosa del mundo.

—¿El qué?

—Enamorarte —dijo el anciano mientras fijaba de nuevo su mirada en aquella niña que le había devuelto la sonrisa a Noel.

—¿Ena… que?

—Tu corazón, hijo, está inclinado hacia el amor, por eso aquí te sientes vacío, y aunque Mama Noel y yo, intentamos dártelo, créeme que hacemos todo lo posible, no es suficiente. Los humanos sois sociales por naturaleza, los elfos, en cambio, no. Me equivoqué al creer que podría criarte como a uno de ellos.

—¿Pe-pero si no soy de aquí de dónde soy? —

—Del mundo real—dijo el señor Claus extendiendo la mano en dirección a la gran ventana—. Esto que ves a tu alrededor es simplemente una ilusión, se podría decir que nuestro mundo se haya más bien en la mente de las personas u oculto a base de magia en pequeñas esferas transparentes. —Noel se quedó perplejo ante aquella revelación.

—Pero yo… te quiero, y también a mamá y al resto de elfos…

—Sí, lo sé, pero necesitas algo que nosotros al parecer no sabemos no ofrecerte.

—¿El qué?

—Amor —dijo dirigiendo de nuevo su mirada hacia la niña que continuaba observando aquella hermosa bola de nieve desde su mundo.

—Sí que sabéis.

—Pero no del modo en que tu corazón lo necesita.

—¿Y entonces qué debo hacer ahora?

—Lo que te dicte tu corazón —dijo el anciano, mientras sin darse cuenta le transmitía uno de los consejos más sabios del mundo real.

El pequeño miró al frente, y los ojos de la niña se posaron por primera vez en los suyos. En ese momento notó como el corazón le empezó a latir a una velocidad desorbitada. Aquella sensación dibujó una sonrisa sin darse cuenta en su rostro, y la pequeña, al otro lado, le correspondió.

—¿Puede verme? —Se sorprendió.

—No, pero puede sentirte. Noel, no es casual que ella esté ahí.

—¿Y qué hace?

—Está esperando.

—¿A qué?

—A que tu corazón hable, y tú tomes una decisión. Te está esperando a ti, hijo. Ella es ese más que tu alma necesita para ser feliz.  ¿Has decidido ya qué quieres hacer?

El pequeño no pudo evitar justo en ese instante que las lágrimas escaparan de sus ojos y resbalaran por sus mejillas. Una parte de él tenía claro la decisión que quería tomar, pero la otra… se resistía a dejar aquello que ya conocía.

—No temas, dicen que lo mejor siempre está por llegar —dijo el anciano guiñándole un ojo, en señal de complicidad. 

El señor Claus o, como más tarde fue conocido por todo el mundo, Papa Noel hizo uso de su magia, y al instante todo se iluminó a su alrededor. Noel que había crecido como un elfo más en Ilusión regresó a su hogar, aquel que hacia doce años, tras introducirse en el saco de los regalos, abandonó.

 

—Papá, papá, es cierta la historia —dice, Noelia, mi hija mientras observa sobrevolar el trineo de Santa Claus en el interior de una bola de nieve.

—Por supuesto —digo muy seguro de mí mismo.

—Mami, mami —dice Noelia llamando a su madre, la cual está al otro lado de la tienda, buscando los adornos para el árbol—. Papá me ha dicho que en el interior de esa bola de allí —señala hacia donde yo me encuentro— vive Papa Noel.

Mi mujer, que aún conserva su rizado cabello y su mirada esmeralda, puso los ojos en blanco.

—Dile a tu padre que no te meta más fantasía en la cabeza, cariño… 

—No es fantasía, es real —contesta algo molesta y se gira para tratar de encontrarme de nuevo, para comprobar con sus propios ojos que la magia existe, y al verme me guiña un ojo, y me sonríe. Lo sabe. Pero quizás es mejor que nuestro secreto se quedé solo en nuestro interior. Me llevo el dedo indice a los labios, y asiente en respuesta a mi petición. Es una niña muy lista, sabe que su papá es diferente, sabe que su abuelo viene cada año a visitarla, pero también comprende que la sociedad no está preparado para aceptar esa magia que solo los niños pueden ver. 

—Está bien, está bien. —Le dice mi mujer mientras acaricia su pelo, con la intención de  calmarla. —Noel, cariño, puedes dejar de contarle historias a la niña —alza la voz unos grados más de la cuenta para que yo, que me encuentro al otro lado, la escuche. El resto de compradores se quedan en silencio y dirigen su mirada hacia mi mujer. Esta alza los hombros en señal de disculpa y se ruboriza. Sonrío mientras observo embelesado esa belleza que me cautivó hace ya veinte años y que aún hoy me tiene hechizado.

Me vuelvo para echarle un último vistazo a ese mágico mundo que me crio y que aún considero mi hogar. Y antes de reunirme con mi familia, levanto con sutileza la mano y me despido de papá, con la certeza de que esta noche, como cada veinticuatro de diciembre, vendrá a visitarme a mi hogar.

Fin

Armonía

Su llanto ha vuelto a despertarme. Abro un ojo, sigue llorando, abro el otro, nada, continua llorando. Me desperezo, hoy no he dormido todo lo que deseaba, pero… ¿qué hacen los humanos? ¿Por qué no van a calmar a su cachorro? Me levanto y me dirijo a avisarles, «quizás no se hayan enterado», pienso.

Me resulta extraño, mamá siempre está muy atenta a su pequeño. Al principio, he de reconocer, me puse un poco celoso, bueno, quizás, aún lo esté. Pero es tan solo un recién nacido, cuando crezca ya le haré saber quién lleva las riendas de la familia, por ahora no puedo hacer mucho más que esperar y, bueno sí, dejar que me degrade a un mero peluche peludo: estirándome del pelo, metiéndome sus deditos en los ojos, impidiéndome descansar… Suspiro, bueno es lo que hay… pero cuando esté listo para ser domado como el resto de su familia, comerá en mis almohadillas. Una bobalicona sonrisa asoma entre mis bigotes al imaginarme dicho momento, pero sus sollozos me alejan de mi ensoñación y me devuelven a la realidad; ahora él es el líder.

Camino con sigilo hacia la cocina, de un salto trepo a la encimera y, con mi mirada felina, busco a mamá. ¡Ah! ahí, está. Me acerco a ella, y restriego mi suave pelaje por sus piernas, no atiende a mi llamada. «Antes siempre me prestaba atención». Subo a la mesa y dejo que mi regio trasero se pose sobre esta, elevó con aires de grandeza mi hermoso cuello y miro orgulloso a mamá, esperando mi merecida caricia. Sigue sin hacerme caso. «Pero… ¿cómo es posible?» ¿Prefiere hablarle a ese aparato que ni siquiera le responde en vez de estar conmigo, o prestar una mínima atención a su cachorro? «Qué forma de matar el tiempo tan absurda tienen los humanos», pienso.

«Estoy desesperada, Carmen, de verdad, no sé cómo deshacerme de estás horribles estrías.»

Mamá parece preocupada, quizás por eso no pueda atender a su bebé. ¿Qué cosa tan horrible deben de ser las estrías? ¿Serán una especie de ratas o algo por el estilo? Si lo supiera, quizás, pudiese ayudarla.

«Nada, la loción no me ha hecho nada… ya…»

Como un eco fastidioso los gemidos, cada vez más desesperados, de la criatura bombardean mis oídos. «Dios, ¿cómo es posible que nadie lo escuche?», digo para mis adentros. Con un irritado maullido doy un salto y, gracias a mi increíble agilidad, llego hasta la puerta. Decido cambiar de opción y acudir esta vez al padre de ese molestoso ser, «papá seguro que no me defrauda.»

Camino por el pasillo, rozando con mi delicado cuerpo la pared granulada, ¡me encanta, esta sensación! Al fin llego hasta el despacho de papá, pero…  tiene la puerta cerrada. Alzo una pata y rasco con cuidado la puerta, quizás tan solo esté entrecerrada pero, después de dos zarpazos, corroboro que no es así. Está cerrada del todo. Odio que me prohíban el paso en mi propia casa, pero habrase visto… Rasco esta vez con mayor vigor, sé que no les gusta que lo haga, pues según ellos destrozo la madera de las puertas, pero saben que dicho gesto me irrita, vuelvo a rascar con más energía. Se lo tienen merecido, así aprenderán a no cerrarme el paso.

—Disculpa, Jaime. DON DEJA DE RASCAR LA PUERTA SINO QUIERES CONVERTIRTE EN PARTE DE LA CENA DE ESTA NOCHE.

¿Cena? Me relamo los labios. Pero la sensación que su furiosa voz me ha dejado no es del todo agradable. Presto atención y escucho su voz al otro lado de la fastidiosa puerta.

«¿Cómo puede ser? ¡Pero si te envié los documentos! ¿Cómo qué los has perdido? ¡Oh, Jaime! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo le digo al comisario que el retrasado de mi compañero ha perdido el informe?»

Parece más preocupado que mamá, no creo que tampoco pueda atender al bebé. «Pues vaya…».

Tan sólo me queda Karen, la hija mayor de la familia, aún recuerdo lo mucho que me costó domar a esa fierecilla, aunque no estoy del todo seguro de haberlo conseguido o, si fue ella la que se hartó de mí; lo importante es que ahora me deja en paz. Un sonido estridente, procedente de su habitación, lastima mis sensibles oídos, pero debo ir a avisar de que el cachorro está llorando. Me dirijo, desganado, hacia su intranquila morada. A medida que me acerco el hedor que esta desprende empieza a revolverme el estómago, «¿cómo puede alguien dormir entre tanta suciedad? Menos mal que, respecto a mis cuidados, los tengo muy bien enseñados, que si no… »

Mantengo la respiración y me asomo para buscar a la salvaje propietaria de la habitación. Está bailando frente al espejo, y… ¡oh no! Saltando sobre la cama, ¡la va a arrugar, es un desastre! No puedo mirar, empiezo a darme cuenta de mi errónea decisión, ¿cómo voy a pretender que dicho matojo de nervios vaya a tranquilizar a su hermano? Bajo la mirada y con ésta también el rabo. Suspiro. Me doy media vuelta dispuesto, aunque no muy convencido, a dirigirme hacia el cuarto del que proceden los insoportables alaridos.

Una vez allí entro con sigilo y, de un salto, me apoyo sobre la barra de la extraña cama de barrotes que mantiene al bebé encerrado, no sé qué sería capaz de hacer suelto, pero no voy a ser yo quien lo experimente. Al verme deja de llorar, tiene los ojos rojos, la cara empapada y su frágil cuerpo totalmente destapado, imagino que del rebote que desde hace horas lo posee. Alza sus manitas hacia mí, quizás se piense que vengo a calmarlo, rio tan solo de imaginar que en su cabecita se halle dicha posibilidad. «Esta no es mi labor, pequeño», trato de decirle mentalmente en vano, pues sigue insistiendo. ¡Oh!, protesto. «Vaya un gato estoy hecho», agacho mis orejas en señal de sumisión y bajo hacia donde se encuentra el cachorro.

Al ver que finalmente he sucumbido a su petición, sonríe para posteriormente agarrar, sin ningún miramiento, mi recién acicalado cabello: lo estira, lo despeina y, por si fuera poco… lo llena de babas… «Todo un día de limpieza al traste», pienso,  pero al observar la dulce expresión que dibuja su rostro, me doy cuenta de que no hay nada más hermoso ni más importante que hacer sonreír a este crio. ¿Cómo es posible que los humanos no sepan verlo?

Cojo con la boca la sábana azul y la alzo para arroparlo. Me tumbo a su lado e irrumpiendo mi espacio, el cual todos son conscientes que deben respetar, me rodea con su pequeño brazo impidiéndome escapar. Sin embargo, a pesar de haber infligido mi regla número uno, me siento feliz. Al menos él no me ignora. Cada vez entiendo menos a los humanos, ¿qué puede haber más importante que esto?

Emito un profundo suspiro y con él se escapa un melodioso ronroneo evidenciando mi felicidad. Me rindo, él, un ser tan imperfecto, indefenso y poco carismático me ha hechizado con su inocencia. Finalmente, me sumo en la agradable paz que me transmite el bebé. No sé si algún día llegaré a domarlo —pienso—, pero por el momento dejaré que él me domine, al menos hasta que las triviales preocupaciones de la vida se adueñen de su calmada alma, atormentando mi armonía.

Fin

Mi abuelo

Aún recuerdo aquella tarde en que vino el abuelo a buscarme, como cada día, a la escuela. Yo salí con los ojos empañados en lágrimas. Acababa de perder a mi mejor amigo Biel, por un estúpido juego. Nos habíamos peleado, y él me dijo que no quería volver a verme más. Sus palabras me dolieron como si decenas de cuchillos me penetrasen el pecho. Lo conocía desde parvulario, y él fue uno de mis mejores pilares cuando mamá nos dejó. Por lo tanto, aquella tarde después de haber pasado tantos momentos buenos y malos junto a él lo odié, por abandonarme a la primera de cambio.

Mi abuelo, que era un lince para leer mis pensamientos, se dio cuenta de que algo no iba bien. Me preguntó y yo que no quería volver a hablar de Biel, le dije que no me pasaba nada, que solo estaba cansado. Pero, aún sigo admirando esa capacidad suya para sonsacarte incluso las cosas que ni uno mismo creía conocer. Al llegar a casa, la abuela había salido a comprar así que fue él quien me preparó la merienda, y mientras me la comía sin ganas, se sentó a mi lado y me obsequió con una de las mejores conversaciones de mi vida.

—No has de sufrir por una amistad perdida, si esto ocurre te has de alegrar. Pues si lo consideraste tu amigo durante un tiempo te aseguro que eso es lo mejor que te pudo pasar. La gente cambia, crece, se distancia… pero los amigos siempre seguirán estando aquí —dijo poniendo su mano sobre mi pecho.

—No te entiendo —le dije— aunque ahora pensándolo con perspectiva creo que lo que quería decir era: no te quiero entender. En ese momento, todo mi mundo se había resquebrajado al perder a Biel.

—Verás, hijo, yo he tenido muchos amigos, y también algunos de ellos han llegado a ser mis mejores amigos, pero con el tiempo las cosas cambian, tu forma de pensar, de vivir, todo cambia… y no siempre puedes retener a las personas a tu lado, pues como tú ellas también evolucionan. Lo que te quiero decir es que nunca debes de pensar que has perdido un amigo, pues no es así. Nunca lo has perdido porque siempre que recuerdes esa parte de ti, más joven que compartía buenos ratos con él, seguirá siendo tu mejor amigo, siempre. Las personas somos lo que somos gracias a esas otras personas que en algún momento de nuestra vida llegaron, nos tendieron su mano y se llevaron una pequeña parte de nuestro corazón con ellos. Los mejores amigos, Ian, van cambiando, no siempre tienes que tener el mismo a lo largo de toda tu vida, a veces ocurre, y cuando esto pasa debes sentirte agradecido por este regalo. Pero en la mayoría de casos estos vienen y van, y cuando evoques algún momento bueno o malo de tu vida siempre te vendrá la figura de uno de esos amigos que tendieron su mano para estar contigo. No has de guardarles rencor por marcharse, pues tú algún día harás lo mismo. Solo has de recordarlos con amor, pues sin ese amigo, tú no serias el mismo.

—¿Tú has tenido muchos mejores amigos, abuelo?

—Ya lo creo. En la escuela, en la mili, en el trabajo, cada una de mis experiencias vitales tienen un gran amigo detrás.

—¿Y cómo sabes entonces quién es el más mejor amigo?

—Tienes que detenerte unos segundos a pensar y si en más de dos, tres, cuatro… momentos complicados de tu vida, la mano de la persona que te acompaña es la misma, ese sin duda es uno de tus mejores amigos, y aunque ya no esté contigo, siempre lo será.

—¿Y quién es tu mejor amigo?

—Tu abuela —me dijo en ese momento mi abuelo, mientras ambos escuchábamos el golpeteo que la llave hace contra la cerradura.

Entonces la abuela entró, y vi como él la miraba agradecido, tenía razón aunque yo aún era muy joven para entenderlo. Los mejores amigos no se cuentan con los dedos de las manos si no por los momentos que viviste con ellos.

A pesar de la charla, al día siguiente, y al otro y al otro… Biel volvió a jugar conmigo. Nos peleábamos muchas veces, pero en esos momentos en mí no nacía odio hacia él, sino amor por pensar en todo lo que me había aportado durante el tiempo de mi vida que pasamos juntos.

 

Hoy, después de treinta años de aquella tarde, solo veo a Biel cuando cierro los ojos y recuerdo aquella época, pero me alegro de tenerlo siempre guardado en mi interior. Y si ahora alguien me preguntara por ese mejor amigo que más momentos de mi vida ha vivido junto a mí, mi respuesta seria: mi abuelo.

Fin

 

Desde mi arcoíris

 

“La vida al igual que la energía no se destruye, se transforma. Alza la mirada, encuentra su nuevo aspecto, y sonríe.”

La felicidad parecía haberse colado en el interior de la casa de la puerta azul del paseo marítimo de Badalona. La casa de mis papás. Aquel día mamá, que por aquel entonces portaba una parte de mí en el interior de su hinchada barriga, pintaba risueña la pared de mi cuarto. Se le daba muy bien dibujar ángeles, pues se parecían mucho a los de verdad. Quizás el tono de mi cielo no era tan celeste como ella se lo imaginaba, pero me sentía muy agradecido por el amor con el que revestía mi habitación.

Papá entró al cabo de un rato, cargado con maderas, tornillos y un martillo; a simple vista parecía todo un carpintero, pero cuando lo observabas con minuciosidad hallabas en él la torpeza que lo caracterizaba. Me reí mucho cuando uno de los palos, que compondría mi cuna, cayó sobre su pie, y gritó como una niña. A mamá también le hizo gracia, pues su rostro cansado pero lleno de ilusión, dibujó una tierna sonrisa que conquistó mi alma. No podía dejar de mirarla; era tan hermosa. Y al fin, cuando papá se recuperó, y mamá dejó de reírse de él, se arremangaron las mangas de sus camisas, intercambiaron una mirada donde ambos vieron reflejada su dicha, y procedieron a armar mi cuna de ensueño.

Esta ardua, pero entretenida, tarea les llevó toda la tarde. Aún hoy recuerdo con cariño y añoranza con qué ilusión preparaban mi llegada. Al final, después de estar un rato  acariciando con dulzura la tripa abultada de mamá. Observaron embelesado aquella estancia que, con cariño, habían decorado para mí. Apagaron la luz, y salieron de ella. Desde aquel instante mi cuarto, colmado de amor, quedó desangelado durante más tiempo del deseado, esperando ser iluminado por una nueva alma. 

Aquella noche mamá notó un agudo dolor que la obligó a acudir con papá al hospital. Y aunque la vida desde aquí se ve diferente; se siente igual o, incluso, con mayor intensidad por el hecho de poder escuchar sus corazones. Su miedo me llegó como si un viento gélido traspasase mi diáfano cuerpo. Un médico la atendió al instante, dejando a papá en una solitaria sala con la única compañía de su ángel de la guarda, que intentaba calmar el desasosiego de su alma envolviéndolo con sus alas.

Miré a mi alrededor. La gran cantidad de colores que pintaban mi nuevo hogar, le concedían un aire divertido. Mi arcoíris. El hogar de miles de almas muy especiales; niños que, como yo, no tuvimos el valor suficiente para entrar en ese mundo donde el odio y la envidia gobiernan los corazones de los hombres. Un puente coloreado que nos ofreció la posibilidad de finalizar en él nuestro viaje a la vida; quedando entre cielo y tierra, permitiéndonos observar a nuestras mamás, y proteger el candor de nuestras almas. «¿Pero cómo voy a ser feliz sin su sonrisa?», pensé. Volví de nuevo mi atención a ella. Papá había dejado la soledad de aquella sala para abrigar a mamá con su amor. Ambos se hallaban ensombrecidos por una espesa niebla fruto del miedo. El doctor se dirigió a ellos dejando entrever su aflicción, a pesar de haberse encontrado, por desgracia, infinitas veces en esta situación.

—Lo siento —dijo mirando con intensidad los aterrados ojos de mamá—. El corazón de su bebé hace días que dejó de latir.

Su férrea voz penetró en mi como un rayo, haciendo que todo mi interior se turbara hasta sentirme arrepentido de mi cobarde elección. Miré a mamá. Su rostro se había paralizado, sus grandes ojos de color miel, se nublaron eclipsando su dulce mirada. El espeluznante sonido de su corazón desgarrándose llegó a mí, como el doloroso quejido de la rama de un joven árbol partiéndose.

El calor de las alas de mi ángel, arropando mi desconsuelo, alivió mi ánimo. Nunca se despegaba de mí, pero en ese momento un dañino pensamiento nubló todo mi ser. «No merezco su protección. ¿Por qué no se marcha a custodiar a un alma más valiente?», pensé. Me giré hacia él, y vi mi desolación reflejada en sus ojos ocre.

—Lo superará —me dijo procurando ocultarme la falacia que escondían sus palabras.

Intenté creerle, y dirigí mi mirada hacia aquella funesta sala de hospital. Mamá y papá se encontraban abrazados, tratando de impedir que el alma del otro viniese a por mí.

Los días dieron paso a los meses, y la desolación consumió a mamá, destruyendo todos sus sueños, y la desamparaba en un lúgubre vacío que colmaba su alma de melancolía.

El bálsamo que emergía de su apenado corazón, y fluía por sus mejillas, había borrado la hermosa sonrisa que alimentaba mi ser. «¿Por qué no tuve la suficiente lozanía para enfrentarme a ese mundo?», pensé. Me sentía triste, pues la debilidad de mi alma había perjudicado el corazón de la persona que más amaba.

—Aún hay una posibilidad —dijo en tono afable mi guardián.

—¿Una posibilidad para qué?

—Para volver a ver brillar la sonrisa de tu mamá. —Al asimilar la fuerza de sus palabras, noté como la luz que alimentaba mi cuerpo translucido volvía a emerger.

—¿Cuál?

—Enviándole otra alma en tu lugar. Esto no hará que ella se olvide de ti, pero la ayudará a recuperar su ilusión, y a recordarte de un modo menos doloroso.

En ese momento me tendió una de sus alas, me cogí a ella, y volamos hacia el cielo donde nací: el de las almas no natas. Me alegré de volver. Allí me sentía protegido como una perla en el interior de su concha. Tiempo atrás anhelaba partir a un lugar distinto. No porque no me gustase, sino porque allí, entre las almas, se hablaba de una clase distinta de ángel que habitaba en la tierra. Uno mucho más cálido, dulce y amoroso; al que todos deseábamos conocer. Pero cuando percibí el odio que anidaba en los corazones de algunas personas, me asusté, y deseé regresar al cobijo que me propinaba mi plácido hogar.

Al regresar, después de un tiempo, reconocí a muchas de las almas que danzaban con despreocupación sobre las frondosas nubes. Pero debía elegir bien. Mi mamá necesitaba un alma muy especial, que sanase su dañado corazón y lo colmara de felicidad. Miré a mi ángel, dudoso de lo que estaba a punto de hacer. Él me animó con una cómplice sonrisa. Y accedí a darme un paseo por mi antigua morada. «Todas son igual de capaces de llenarla de dicha, pero ninguna de aliviarla por completo», pensé.

A lo lejos, vislumbré una tenue luz que me era familiar, proveniente de un alma que, debido a su extrema trasparencia, casi no se veía. Estaba perdiendo su fuerza. Me acerqué, y lo reconocí. Era mi gemelo, es decir, el alma que surgió del mismo polvo de estrellas que me dio a mí la vida. Creí que no volvería a verlo, pero estaba equivocado. Parecía triste. Busqué a su ángel custodio por los alrededores, pero no lo atisbé. «¿Por qué no estaba a su lado aliviándolo?», pensé.

—Hola —le dije con algo de timidez. Mi voz le provocó un respingo, no estaba acostumbrado a que le hablaran. Levantó con lentitud sus ojos, y la melancolía que reflejaba su mirada me hechizó.

—Hola —dijo bajando de nuevo su rostro.

Me senté a su lado, intentando que la cercanía de mi ángel alumbrase su compungida ánima. Al rato se sintió con más fuerzas, y me contó el porqué de su tristeza. Semanas atrás, su ángel de la guarda le comunicó que el encuentro con su mamá estaba muy próximo. Pero este nunca llegó. El mayor sueño de un ser no nato: arroparse en los brazos de su mamá; jamás se satisfaría. Poco después una triste noticia eclipsó toda su esperanza. Y el ángel que lo había cuidado hasta entonces lo dejó desprotegido de su abrigo, y fue en busca de otra alma. Entonces lo comprendí, por eso mi ángel no me había abandonado, él sabía que hallaríamos un alma para mamá. Lo miré de soslayo, y me sonrió alzando sus hombros, como si todo hubiese sucedido por casualidad. «Pues claro —pensé— son ángeles lo saben todo». Tenía delante de mí al elegido. Él sanaría su corazón.

—Ven —le dije tendiéndole mi mano— mamá te está esperando. —Dudó pero accedió a cogérmela.

—¿Adónde vamos?

—Voy a presentártela.

Mi protector abrió sus alas, y nos porteó hasta mi nuevo hogar. La superficie del arcoíris era aterciopelada, y el olor de su aire dulce como el de la vainilla. Todo en él te invitaba a sonreír, pues no había lugar para la melancolía.

—Es ella —le dije mostrándole a una mujer que se encontraba tumbada en su cama, entre arrugadas sábanas, y con los rayos del sol iluminando su sombría figura. Sus cabellos húmedos debido a las lágrimas de la pasada noche, se le habían adherido a la cara ocultando su hermoso rostro.

—Está muy triste —dijo, con voz tenue.

—Sí; me echa de menos, pero cuando sepa de tu existencia volverá a sonreír. —Me giré para mirarle directamente a los ojos. —¿Te gustaría tener una mamá? —Asintió sin titubear, y risueños volvimos nuestra mirada hacia ella.

—Pero tú eras el alma que ella esperaba. ¿Crees que me amará? —dijo con preocupación.

—Te amará por duplicado. Tú no solo serás su sueño, sino también mi recuerdo.

Durante varios días observamos juntos como nuestra mamá seguía zambullida en su propio pesar. Hasta que una mañana, el resplandor del sol la despertó provocándole un fuerte dolor de cabeza. Y corrió como un resorte hacia el lavabo; su rostro no presentaba muy buen aspecto. No entendí qué le ocurría, hasta que vino papá, y ella le dio la noticia, mostrando de nuevo el brillo de su sonrisa.

—Estoy embarazada —le dijo.

Papá la cogió en brazos, y le dio varias vueltas en el aire. Pensé que se marearía, pero aguantó, y no dejó de iluminarme con su felicidad.

—Es la hora —le dije a mi hermano.

—Pero no tengo quién vele por mí desde el cielo —dijo mirando avergonzado a mi guardián. Sonreí admirado por su inocencia. «Sin duda es el elegido».

—Mi ángel será tu protector. Yo no lo necesito aquí arriba —dije mirando a mi alrededor. Las risas de mis amigos me incitaban a unirme a su juego, pero aún me faltaba algo por hacer. —¿Me harías un favor? —le pregunté.

—Claro —dijo sin vacilar.

—Cuando aprendas a hablar dile que estoy bien, que no deje nunca de sonreír, y sobre todo, acuérdate ¡eh! —le dije alzando un dedo de un modo muy teatral—, dile que la quiero.

Ocho meses después el cielo parecía presagiar lo que ese día iba a ocurrir, y todos los fenómenos naturales se dieron cita esa mañana para anunciar la buena nueva. Los rayos, el viento y la lluvia se marcharon con la misma rapidez con la que habían aparecido, dejando el camino libre a un impetuoso sol que descansaba sobre el mar. Y a su lado, uno de los fenómenos más mágicos y hermosos, también quiso dar su especial bienvenida: el arcoíris.

Tras la fachada de la casa de la puerta azul, unos ángeles pintados parecían cantar de alegría, susurrando una dulce melodía que llegó hasta sus oídos. Fue entonces cuando mamá asió a su recién nacido, y con paso cansado, debido al esfuerzo provocado por el alumbramiento, que había abierto las puertas del mundo terrenal a mi hermano. Llegó  a la ventana de mi cuarto, se sentó en el alfeizar, y me sonrió.

—Te amo, hijo mío —me dijo entre susurros. Yo la correspondí con un centelleante haz de luz que caló en su corazón en forma del más sincero de los “te quiero”. Y feliz, al ver que lo había recibido, me marché a jugar.

Fin

El principio del fin de los sueños

“Los sueños no están hechos para soñarlos, sino para vivirlos.”

En un lugar muy remoto, situado en lo más profundo de la mente humana, nací yo, Galilea de Celeste. Una niña de cabellos rosados, piel blanca como la nieve, mejillas coloreadas y brillantes ojos púrpuras; el reflejo de ese sueño que me dio la vida.

Habito en un mundo imaginario, pero sin embargo, soy muy real; gracias a estas palabras que estás leyendo. Este utópico universo fue creado, en parte, por ti, querido lector, aunque la verdad es que, como sé que van a haber muchas personas leyendo esta historia, quizás me equivoque. ¿Quieres comprobarlo? Cierra los ojos, y piensa en lo que más anhelas. Concéntrate. ¿Lo visualizas? ¿Sí? ¡Sí, sí ya veo tu sueño! ¡Felicidades! Ya eres un Creador o, si lo prefieres, un Arquitecto de Sueños, es decir, un humano con un potencial de ilusión suficiente como para crear una realidad distinta a la suya.

Nosotros, los habitantes de este maravilloso mundo, vivimos separados por regiones de distintas dimensiones y características, que varían según las ambiciones de su Creador, la esencia de sus sueños y sobre todo, la bondad que habita en su corazón.

Mi región, Celeste, es una de las más pequeñas de la zona, pues nace tan solo de dos sueños que al unirse convergen dando vida a esa quimera que llaman felicidad. Para mí siempre ha sido un honor formar parte de ella, pues es un lugar donde la maldad no tiene cabida, y la alegría emerge de cada átomo de aire.

Un risueño sol abriga con su incandescente luz a todas y cada una de las criaturas que vivimos a sus pies. La luna, su inseparable compañera, emana una dulce fragancia que se entrelaza con su fuego, creando, con su unión, una agradable y acogedora atmósfera que nos arropa en su candor.

Mi casa, situada justo en la frontera, está hecha, literalmente, de libros; grandes columnas de tomos de diversos: colores, tamaños y épocas; forman parte de su estructura. Sus paredes narran, entre susurros, bellos cuentos que nos acompañan, como una melodía de fondo, durante toda la vida. Si algún día me visitas, estoy segura que sabrás reconocerla, pues por fuera tiene forma de libro abierto, exponiendo en su fachada ilustraciones de los cuentos que la alimentan. En ella vivimos una gran variedad de personajes: humanos, animales parlantes, criaturas fantásticas…; cuyo objetivo primordial es hacer realidad los sueños de nuestra Creadora.

Pero, como en todo cuento, un día todas las historias que su mente creó, repletas de magia, amor, diversión y fantasía, se vieron amenazadas. Y toda la felicidad que envolvía nuestro mundo se difuminó. Fue entonces cuando descubrí el motivo para el que fui creada: salvar los sueños de Celeste.

¿Estás listo para escuchar mi historia? Pues aquí empieza el principio del fin de los sueños.

Érase que se era un buen día en que el dulce aroma, que el viento transportaba, me despertó como cada mañana bajo el hermoso sol que gobernaba mi mundo. Nada más levantarme, un susurro que emergía de las páginas que revestían mi habitación me dio su habitual “buenos días”:

—Pronto estarás más cerca que nunca de ella. —En aquel momento, no reparé demasiado en el significado que la cita, extraída del libro “La magia del amor”, albergaba, pero… más adelante descubrí que acababa de augurar mi futuro.

Nada más salir de mi peculiar hogar, me dirigí hacia la única casa que, junto con la mía, existía en la región. Su original forma de chupete, era la mejor carta de presentación para sus simpáticos inquilinos: unos bebés. Abrí la verja que rodeaba a ese gran accesorio infantil, y me detuve a esperar, como tenía por costumbre, el sonido de sus contagiosas carcajadas. Nunca, hasta ese momento, había temido al silencio. Me estremecí y una desconcertante sensación dominó todo mi ser. «¿Qué ocurre?», pensé. Dejándome arrastrar por el terror que había empezado a anidar en mi cuerpo, entré sigilosa en la casa. Nada. Ni rastro de sus candorosas almas.

Un cosquilleo empezó a recorrerme todo el cuerpo; empezando por manos y pies, y terminando en mi corazón. Bajé mi mirada, para ver qué me estaba ocurriendo, y me aterré al ver de qué se trataba. Mi piel, antes blanca como la más pura nieve, se había vuelto translúcida como la de un espectro; me estaba desvaneciendo. ¿Pero por qué? ¿Qué era lo que nos estaba haciendo desaparecer? En ese instante, la fugaz imagen de Timoteo, mi mejor amigo, invadió mi mente. ¿Le estaría sucediendo a él lo mismo? «Quizás aún esté a tiempo de salvarlo», pensé horrorizada al imaginar que este desastre hubiese traspasado los confines de mi región.

Como un resorte, salí de casa de mis vecinos, y alcé mi mirada a ese cielo que, por primera vez, empezaba a oscurecerse. Emití un agudo silbido, para llamar la atención de un caballo alado que sobrevolaba en círculos, un extraño comportamiento que agudizó mi temor. Bajó dudoso su mirada, para ver de dónde provenía la llamada, y descendió, moviendo agitado a ambos lados su cabeza, hasta posarse junto a mí. Desplegó con elegancia sus alas, invitándome a subir sobre su lomo, y emprendimos el vuelo hacia la región de Javier, Creador de Timoteo. 

Su región era algo distinta a la mía pero, en esencia, tenían cierto parecido, pues en ambas se respiraba esa ilusión que embriagaba el ambiente. Timoteo nació mucho antes que yo, cuando su Creador era tan solo un niño, dato que explicaría su fantasioso aspecto: semejante al de una comadreja jaspeada en diversos tonos azulados. Su tacto era aterciopelado, y cuando el viento mecía su pelaje, un intenso aroma a mora penetraba mis fosas nasales. En ese instante, mientras la agradable brisa del viento calmaba mis nervios, me dejé atrapar por mis recuerdos; acto que provocó que una lágrima se deslizase acariciando mi mejilla. «Ojalá esté bien», pensé.

Miré hacia abajo, estábamos a punto de sobrepasar los lindes de su región, me acerqué más hacia la crin del bello animal que había accedido a transportarme, y traté de poner mayor atención por si al entrar en la atmósfera, que daba vida a los sueños de Javier, escuchaba la característica melodía que, como el silencio, se paseaba sin ser vista entre el aire. Nada, ni rastro de la banda sonora que envolvía este mundo. Acabábamos de cruzar el umbral que separaba su región de la mía, y lo único que percibí fue un repentino escalofrío que cortó mi respiración. Pronuncié con dificultad esa palabra de una única silaba que, por arte de magia, detiene a todos los equinos del universo: “So”. Al instante, dio resultado, y poco a poco empezamos a descender hasta posarnos, con la habitual delicadeza que caracterizaba a esta magnífica criatura, en el suelo. Me dispuse a bajar, con cuidado para no dañarle su dorado plumaje, y le agradecí con un abrazo su ayuda. Inclinó su aurea cabeza, en señal de despedida, y alzó el vuelo con majestuosidad.

Sola de nuevo, miré a mi alrededor, sedienta por hallar un resquicio de vida. Todos sus habitantes habían desaparecido, llevándose con ellos la alegría que alimentaba su región. Me sentía desolada, y decidí dirigirme a la casa de Timoteo: una especie de madriguera hecha con algodón de azúcar rosado. De nuevo todo estaba eclipsado por esa turbadora quietud que alteraba mis nervios. Un tremendo escalofrió me hizo ver esa verdad que, a pesar de su obviedad, nunca deseé admitir. Nuestros Creadores, por algún extraño motivo, habían dejado de soñar. Volví a dirigir la mirada hacia mi cuerpo, el cual cada vez se mostraba más translucido. Al parecer me desvanecía con cada hálito de ilusión que escapaba de mi ser. 

De nuevo un estremecimiento esta vez, como por arte de magia, me armó de valor. «No pienso quedarme de brazos cruzados. Voy a descubrir qué ocurre», pensé poseída por una heroica vena de coraje. Recurriría a mi Creadora para entrar en ese desolador lugar donde son destinados los sueños olvidados: el mundo de las pesadillas. Solo existía un único modo de ir hasta allí: atacando con vileza la autoestima de Celeste.

Me dirigí a lo alto de la torre, que se encontraba en el centro de cada región; lugar en el que nos comunicábamos directamente con nuestro Creador. A mí me encantaba ir, al menos una vez al día, para susurrarle historias de mi vida aquí, y así alimentar sus sueños. Pero, en esta ocasión, mi objetivo era el opuesto.

Llegué a la cima en pocos minutos gracias a un ascensor acristalado, que se encontraba situado alrededor del edificio. A medida que iba subiendo por la torre, este también la rodeaba permitiéndome así contemplar, con una perspectiva panorámica, todo lo que albergaba mi región: desde las altas montañas nevadas, donde se decía que vivía una niña con su abuelo; hasta un colosal océano, habitado por hermosas criaturas.

La sala más alta de la torre estaba decorada con suaves sillones de terciopelo y figuras de caballos alados, como los que solía ver sobrevolando mi cielo. Un único libro presidia el centro de la sala, custodiado con delicadeza por un cristal que impedía el contacto directo. Su nombre estaba escrito en letras doradas que parecían brillar al leerlas: “La magia del amor”. Reconocí, sintiendo un ápice de dolor, a la mujer de la portada: Amel, uno de los personajes de ese maravilloso libro que surgió de la mente de mi creadora. Y, finalmente, a mi derecha, aguardando deseosa formar parte del mundo real: una cuna hecha de madera, y pintada de un suave tono celeste. Me acerqué decidida a la ventana. Miré hacia mi hogar, con añoranza. Suspiré. Cerré mis ojos, y grité mis palabras para que le llegaran a Celeste con mayor intensidad.

—Nunca lo conseguirás. Nunca serás escritora ni —titubeé— madre.

Por la rapidez en que mi Creadora aceptó mis destructivas palabras, supuse que no era la primera en irrumpir sus sueños con el propósito de despedazarlos. Alguien llevó a cabo antes que yo este acto, y, al parecer, con mayor crueldad. «¿Pero quién? ¿Y por qué?», pensé. Una luz me envolvió con fuerza. Sentí un profundo dolor en mi corazón, y un gélido cosquilleo se apoderó de todo mi cuerpo, hasta que me desvanecí.


Tardé unos segundos en volver a sentir la presión que el peso de mi cuerpo ejercía sobre la arenilla que vestía el suelo. El sonido de las pequeñas piedras chocando unas contra otras, debido a mi repentina aparición me recordó, aunque de un modo mucho más suave, al sonajero que agitaban entre risa y carcajada mis vecinos. Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Cerré con mayor presión mis ojos, por temor a que la curiosidad me los abriera. Todo se volvió blanco. Pero seguí ejerciendo esa fuerza sobre mí, evitando dejarme llevar por la tentación de mirar. El silencio que se impuso, una vez la arena se recolocó en un sitio fijo, me abrumó. Un desagradable hedor se introducía a través de mis fosas nasales hasta mi garganta. Hacía frío, y a través de mis párpados aún cerrados, noté la inmensa oscuridad que me rodeaba. Finalmente, abrí los ojos. Era horrible. El sol allí no hacía acto de presencia, y en su lugar una pequeña luna de color carmesí gobernaba los cielos del mundo de las pesadillas. Mi creencia por: los libros, la palabra escrita, las historias de amor y fantásticas, se disipaba, y cubría de bruma. Y cada vez veía más difícil hacer realidad ese sueño para el que fui concebida.

Miré a mi alrededor sin saber, a ciencia cierta, qué hallaría. Me encontraba en una región. «¿Será la de mi Creadora?», pensé. Pero cuando vi mi casa, todas mis dudas se disiparon. Allí estaba mi gran y acogedor libro abierto. Aunque no parecía el mismo: su aspecto era lúgubre, el tejado estaba repleto de moho y el revestimiento, hecho de páginas, arrancado con brutalidad. Mi ser se llenó de la más profunda melancolía al ver aquella imagen. Mis aturdidos ojos no dejaban de escudriñar ese hogar que se asemejaba al mío, pero engalanado de forma tétrica. Reparé un segundo en un sutil movimiento entre las hojas rotas, no había podido ser el viento; ni siquiera él se atrevería a rondar este lugar, ¿qué era entonces? Y, desde la lejanía, reconocí a todos los personajes que Celeste había creado: los bebes, los personajes de cuentos e historias que salían de su ingenio, los animales fantásticos, etc., tan solo faltaba yo. «¿Quizás si, en vez de venir, me hubiese quedado…?», pensé. Pero ya era tarde. No había nadie que, desde la torre, susurrase sus sueños, y le devolviese la ilusión. «¿Ya está? ¿Así de fácil mueren los sueños que anidaron, durante años, en su corazón?», pensé con una impotencia que rebosaba mi diminuto cuerpo.

Me acerqué decidida hacia aquel tugurio que fingía ser mi hogar, para ver de cerca a los personajes con los que había convivido durante toda mi vida. Algunos ya estaban cuando yo nací, otros llegaron más tarde, pero todos formábamos parte de la gran familia emergida de los sueños de Celeste. Conforme avanzaba, me di cuenta de que no era únicamente la casa lo que había cambiado, sino que ellos también estaban distintos, como si una sombra velase su esencia. Me acerqué a Amel, la protagonista del libro que con tanto mimo se custodiaba en la sala más alta de la torre, pero no pareció verme. Me dirigí apesadumbrada hacia Samuel, un hermoso bebé que se encontraba sentado sollozando. «No ríe», reparé horrorizada. Quise calmarlo, pero una sombría nube cubría su rostro, impidiéndole ver y oír. Dejé atrás esos espeluznantes gemidos que perturbaban mi ser, y levanté mi mirada hacia ese crepúsculo escarlata, como anhelando encontrar un haz de luz entre su amenazante noche. «Debe de quedar parte de mi mundo en algún remoto lugar del corazón de estos personajes», pensé.

Seguí caminando sobre la graba rojiza que teñía mis zapatos, buscando un resquicio de esa ilusión robada, pero lo que encontré aún me conmovió más. Sentado sobre un banco de madera astillada estaba Timoteo. Su pelaje, antes resplandeciente, se había vuelto cenizo. Suspiré. Jamás había visto a mi amigo de aquel modo. Sentí como una lacerante tristeza inundaba mi corazón. Volví a suspirar, tratando de extraer parte de ese dolor fuera de mí, y con sigilo me fui acercando a él. Sus ojos me miraban, pero no me veían. Una penetrante oscuridad los dominaba, y entonces entendí qué era: la Nada. A lo largo de los años se han escrito muchas historias sobre ella, pero siempre representada como algo físico: una niebla, un lugar… Pero no. La Nada es la ausencia de ilusión. Agaché mi cabeza, apesadumbrada, y con más valor que nunca decidí arreglar esta situación. No sabía quién se ocultaba detrás de esta profunda desilusión que envenenaba los corazones de nuestros Creadores, pero estaba dispuesta a enfrentarme a él.

A lo lejos, encontré una torre que se alzaba hasta el cielo. Se parecía a las de mi mundo, pero esta era oscura, y su cúpula estaba cubierta de una neblina gris que engullía todo lo que encontraba a su paso. Después de quince minutos subiendo escalones por fin llegué a la bóveda. «Son tan crueles que no ponen ni ascensor», pensé. Frente a mí, se hallaba una puerta, y al mirarla comprendí que no debía cruzarla. Mi intuición me protegía del peligro. Pero al recordar a esos personajes de cuentos que compartían mi vida, a mis entrañables vecinos y a… Timoteo, todo el miedo desapareció, y esa vocecita que me advertía enmudeció. Alargué mi mano, rodee el frío pomo de la puerta, y la abrí: por ellos, por Celeste, por Javier y por mí.

En su interior se encontraba el ser más terrorífico que jamás había visto. Un personaje oscuro de mirada aterradora, dientes afilados y sonrisa malévola. Por suerte, no se había percatado de mi presencia. «Todavía», pensé. Observé con atención, y me sorprendí al ver cómo, con la ayuda de una especie de megáfono, destruía los sueños. Sus desoladoras palabras resonaban por todo su mundo, embriagándolo con un diabólico hilo musical.

—Eres una pésima escritora. Jamás llegarás a nada. Tus historias no verán nunca la luz. —Mi corazón dio un agudo respingo como respuesta a dichas palabras. Él era el ser que se introducía en las mentes de nuestros Creadores, insuflando sus devastadoras ideas,  minando, de este modo, su autoestima.

Sin darme cuenta, choqué contra una mesita que se hallaba a mi lado, y una lámpara que desprendía una luz roja se tambaleó, provocando un estruendo que lo alertó. Se giró con rapidez hacia mí. Sus ojos penetraron como cuchillos afilados mi alma, y no pude evitar sentir cierta atracción en ese hipnotizador vacío que moraba en su interior. «¿Qué soy? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Él tiene razón: jamás llegaré a ver la luz en el mundo real», pensé hechizada por su oscuridad. Me sonrió. Parecía satisfecho de verme en su mundo. ¿Quizás era lo que pretendía? Entonces lo supe. No era una simple intuición, lo que me alertaba del peligro. Era ella: Celeste. «Quizás no sea demasiado tarde», pensé más animada. Ella deseaba seguir soñando, y me lo había comunicado con aquel sentimiento que había hecho brotar en mí. Él quería que viniese para acabar con mi ilusión, y así crear en la mente de Celeste esa “Nada” que corría a su merced por sus entrañas. Pero estaba equivocado, no había venido por él, sino gracias a ella; me guiaba desde su mundo, y juntas pondríamos fin a todas esas pesadillas que habían anidado en las mentes humanas, colmándolas de inseguridad. No retiré mi mirada de la suya, aunque me costó, la mantuve desafiándole. Él parecía sorprendido, pero no mermó en su intento por empequeñecer mi voluntad. Se apartó de aquella especie de megáfono, y se acercó con rotundidad a mí. Parecía molesto ante mi perseverancia, y al ver que no me inmutaba ante su presencia, me gritó con fiereza:

—¡FUERA! —Su voz turbó a todos los seres de su mundo. Llevando su atención hacia aquella oscura torre.

—JAMÁS —dije.

Miré tras él y una idea brotó en mí. «Gracias», pensé agradeciendo la oportuna ayuda de mi Creadora. Corrí a través de él, sin duda yo era más ágil, y llegué al megáfono. Lo miré, su rostro ahora reflejaba… ¿miedo? Una sugerente sonrisa malévola se empezó a dibujar en mi cara. Su cobardía me confirmó su verdadera esencia, y me dio la fuerza para actuar.

—NUNCA DEJES DE SOÑAR. CREE EN TI, CELESTE. SERÁS UNA GRAN ESCRITORA Y… —volví a titubear pues sabía cuánto deseaba ese sueño— UNA GRAN MADRE.

Aquellas palabras que salieron de mi boca cayeron como finos copos de nieve sobre aquel ensombrecido mundo, cubriéndolo de luz y alegría. No solo había ayudado a Celeste sino que mis palabras habían devuelto la ilusión al resto de Arquitectos de sueños; menos a Javier, en su caso, había llegado demasiado tarde. Entonces lo comprendí: sus sueños jamás volverían a brillar.

En aquel momento, algo estalló con fuerza tras de mí. Me giré, y vi caer una pluma negra al suelo. No había rastro de aquel ser, tan solo aquel objeto. Se había desvanecido, tal y como había supuesto, en su interior moraba la Nada. La cogí y, a través del ventanal de la torre, vi como todos los seres, incluido Timoteo habían vuelto a su verdadero hogar. Quizás —pensé— esas hirientes voces habían acabado con la ilusión que albergaba su creador, pero Celeste llevaría cabo sus sueños, por él. Mi amigo volvería a nacer, esta vez en otra región, pero bajo su misma esencia.

Acto seguido, sentí un plácido calor por todo mi cuerpo y me disipé, como la nieve al caer a un húmedo suelo, sin dejar rastro.

Para mi sorpresa no regresé de nuevo a mi mundo, sino que aparecí en otro, el real. El mundo de Celeste. Ella y aquella extraña pluma me habían dado la vida. Y hoy, querido lector, si estás leyendo esta historia: eres testigo de que los sueños se hacen realidad.

Fin

Dedicado con cariño a mi primo Javi que este año nos dejó en el mundo real pero que seguirá habitando siempre en el mundo de los sueños.

La mirada de tu corazón

Si miras con los ojos no verás lo que la vida tiene que mostrarte, abre tu corazón y mira a través de él, solo así comprenderás la verdad.

Recuerdo como si hubiese sucedido ayer, la primera vez que vi mi reflejo. Tenía tan solo dos años y pasé por delante del espejo de la habitación de mamá con mi paso torpe, similar al de un tentetieso. Me paré frente a él y vi el rostro de un niño. «Ese no soy yo, yo soy una niña», pensé. Y asustada, corrí, con las lágrimas en los ojos aún esperando resbalar por mis mejillas, hacia mi madre. Ella me sonrió, pensé que no me comprendería, pero olvidé que las madres siempre lo hacen, porque ellas no nos ven con los ojos sino con el corazón. Me asió en sus brazos, limpió el bálsamo que mi corazón dolorido había vertido sobre mi rostro y me llevó de nuevo frente al espejo. Ambas miramos nuestros reflejos, y volví a ver a ese horrible niño, pero ahora, sobre los brazos de mi mamá. Oculté asustada mi rostro en su pecho y con dulzura me dijo:

—Tu reflejo no te representa, cariño. Solo es algo que vemos con los ojos. Ciérralos. ¿Qué ves? —me sorbí los mocos y traté de cerrarlos intentado calmar mi temor.

—Una niña —dije con timidez y algo de preocupación por su reacción.

—Pues ahí tienes tu verdadero reflejo, y así será siempre. Tú eres y serás siempre mi princesa.

La abracé, nunca me había llamado princesa y me encantaba pensar que pudiese ser como Ariel de “La sirenita”, ella también era algo diferente por fuera, y cuando consiguió su sueño, todos la seguían amando por su interior. Si lo piensas bien la apariencia es efímera y el tiempo poco a poco la erosiona hasta dejarla irreconocible, pero el alma que es custodiada en su interior siempre se mantiene igual y será ella la que un día ascenderá a nuestro verdadero hogar.

Después de sentirme como una verdadera princesa algo dentro de mí, empezó a rugir y noté como si destripara con sus garras mi falsa apariencia para mostrar su verdadero rostro. Volví a mirar al reflejo del espejo y, esta vez, vi una hermosa niña en brazos de mamá. Entonces los supe. Mi alma se había abierto paso por la falsa fachada de mi cuerpo. La vista nos engaña, el corazón es el único que comprende la realidad.