Empieza desde ya a leer “La magia del amor”

Primera Parte

Llevo miles de años observando al ser humano desde mi celestial y armonioso hogar. Cada uno de ellos hechizados por las vicisitudes de la vida terrenal. Pero he creído conveniente atesorar esta historia que estoy a punto de contar. Quizás no sea la más entretenida ni la mejor narrada, pero sí, que os puedo asegurar, es la más hermosa. 

La historia de un amor ancestral, sin precedentes ni límites.

El mayor de todos los tiempos.

Arcángel Uriel

* * *

Capítulo I

 

            Todo empezó con mi primera misión a la tierra: mi primera vez en un cuerpo de hombre.  Recuerdo cómo incluso el suave aire que acariciaba mi nueva apariencia me hacía estremecer de temor. Era como estar desnudo en medio de un bosque invernal; expuesto a la lluvia, la nieve, el viento, y a toda clase de voraces depredadores que olían mi miedo. Esta sensación no apareció meramente por el hecho de haber dejado mi tranquilo hogar y encontrarme en medio de un mundo hostil; lo que me hizo sentir más desprotegido era la ausencia de una importante parte de mí: las alas. Con la espalda al descubierto notaba como la aprensión que el mundo terrenal albergaba, se introducía a través de esa fisura en mi ser.

            Empecé a caminar sobre esa extraña superficie férrea, con la única ayuda de mis extremidades inferiores. Mis pies subían y bajaban a mi orden, pero sus movimientos eran torpes e irregulares. «No puedo presentarme así, sospecharán», pensé. Así que me puse a practicar en medio de una arboleda de frondosos robles y altos pinos. Sentí por primera vez su fresco e intenso olor. En nuestra morada disfrutamos de experiencias impensables para la mente humana, pero sin duda, al otro lado del cielo gozaban de otras de indudable poder como el olfato. Me dejé llevar unos minutos por ese nuevo sentido que estaba experimentando, pero un rayo de luz se filtró entre las robustas ramas de los árboles, dándome la señal de continuar con mi cometido. Volví de nuevo la atención hacia mi andar: «¿Cómo podían los humanos moverse con tanta facilidad?», pensé. No me cupo la menor duda de que el lúgubre traje que llevaba puesto complicaba aún más el movimiento. Me sentía tan incómodo. «¡Oh señor, no llevo ni un minuto en la tierra y ya echo de menos mi hogar!», pensé dirigiendo mi mirada hacia su morada. Debí tardar media hora más en hacerme a mi nueva forma de desplazarme, pero ¿cómo conseguiría acostumbrarme a hablar?

            El reflejo de un petirrojo, iluminado por un intenso rayo de sol, llamó mi atención. Entonces otro sentido se despertó en mí: el oído. Su melodioso canto, aunque en cierta manera me recordó a las alabanzas de los serafines, penetró en mí para hechizarme de nuevo con una majestuosa obra divina. En ese momento, un sonido mucho más suave y conocido llegó a mí: el alma del animal me estaba hablando. «Es mi oportunidad», pensé. Carraspeé para calentar y dije con un grave tono de voz que me hizo estremecer—: Hola, pequeño —la pequeña ave me miró y al posarse sobre mi hombro, tuve la certeza de que me había entendido. En aquel momento sentí mi boca seca, entonces lo recordé, los humanos tienen unas necesidades básicas muy distintas a las nuestras. Levanté la vista, intentado vislumbrar algo que calmara mi sed. A doscientas aureolas de distancia, bajo un fuego crepuscular que custodiaba todo el paisaje con su brillo, yacía un pequeño riachuelo. Me acerqué con lentitud, aquella forma de transportarme me daba poca confianza y sentía a cada paso como todo mi cuerpo se tambaleaba, experimenté un miedo irracional de caer desde una altura insignificante para un ser que habita entre las nubes. Después de un costoso trayecto y llegar a mi objetivo, el reflejo de un cielo añil dibujado en el agua, abrigado por la presencia de sus dos grandes astros: el sol y la luna, me hizo olvidar mi feroz sed. «¿Cómo es posible que estén tan ciegos?», reflexioné pensando en la divinidad de todo lo que me rodeaba.

            Miré mi reluz, su esfera dorada aguardaba en su interior una aguja que me señalaba la Luz que albergaba en mi ser. En la tierra la Luz celestial es eclipsada por la incredulidad de los corazones y las almas puras se ven obligadas a subsistir y refugiarse en su propia sombra, a la espera de que algún rayo ilumine su camino. Por lo que si la aguja de mi reluz llegase a cero me quedaría atrapado para siempre en el mundo terrenal, convirtiendo mi existencia en una banalidad.  Afortunadamente la Luz seguía abrigando mi interior en todo su esplendor. Por vez primera desde que abandoné mi pacífica morada, noté como mi cuerpo se serenaba y mi mente navegaba en un mar en calma. Así que decidí, no hacer esperar más y ponerme en marcha.

            Benzú era un pequeño pueblo de Ceuta. La costa yacía a sus faldas, reflejando el firmamento en el mar convirtiendo a estas dos grandes creaciones en una. Y, lector, aunque te puedan parecer muy diferentes entre sí, todo nació del mismo Padre. Las montañas en cambio, parecían gigantes rocosos protegiendo los límites de aquel pintoresco lugar. La Guerra Santa no había hecho demasiados destrozos físicos en aquel retirado pueblo español, pero no todo había corrido la misma suerte. Una ola de odio y egolatría arrasó con los corazones más débiles, dejando en el más profundo sin sentido a unos y repudiados a otros. Después de quince años de guerra, las disputas entre religiosos habían alcanzado tal dimensión que difícilmente el hombre por si solo podría solucionar.

            Levanté la mirada hacia mi hogar; despejado y cálido a pesar de la partida del sol, típico de finales de la primavera. Los querubines, ángeles encargados del tiempo, los astros, las luminarias, etc. habían arropado y dado sus buenas noches a su custodio predilecto: el sol. Y animado a salir a la pequeña y tímida luna para alumbrar los sueños de todas las almas.

            Su sosegada luz invitaba a sentir el delicado susurro de las almas. Esta tranquilidad me hacía sentir más cerca de casa, dejé mis pensamientos en blanco y pude escuchar los suyos. «Pues claro, sigo siendo un ángel», recordé al cabo de experimentar un episodio de confusión y debilidad. Cerré los ojos y me dejé llevar. Al segundo me volví a sentir yo mismo, el aire acariciaba todas las partes de mi diáfano cuerpo, ya no percibía el rígido suelo bajo mis pies. Abrí las dos esferas que me permitían gozar del sentido de la vista en la tierra y me descubrí flotando sobre ese disfraz de apariencia humana que Él había creado para mí. Me desplacé a través del viento, pero el cuerpo no me seguía. «¿Quizás con un poco de práctica?», pero escuché de nuevo sus pensamientos; estaban preocupados, me esperaban, no podía perder más tiempo. «Ahora no es el momento». Decidí llevar a cabo mi misión.

 

            A las afueras, bajo unas imponentes montañas, ajenos a un mundo bélico, una joven pareja, apresada por el único lazo del amor, sintió por primera vez el contacto de sus manos sin temor a ser hallados. Hasta el momento habían mantenido en secreto su romance, pero algo tan grande no podía ocultarse por mucho tiempo. Su fuerza rugía con tal intensidad que todas las almas puras que se encontraban a su alrededor podían percibir sus vibraciones. Ésta sería su oportunidad, las cadenas estaban a punto de abrirse para dejar paso a una bestia que abrasaría con su cólera la injusticia.

            Amel, una hermosa joven con tez de muñeca de porcelana, se hallaba espléndida cubierta con un sencillo vestido de algodón blanco; decorado con una simple pero elegante cinta rosada que envolvía con suma delicadeza la esbelta cintura de la muchacha. Junto a ella se encontraba Aladiah su ángel y fiel compañero. Jamás la dejaba sola. Ella lo era todo para él, su alma le pertenecía y debía hacer lo posible por salvarla de las afiladas garras de un mundo cada vez más salvaje. Aunque, a pesar de su custodia, la vida de la joven no había sido ningún camino de rosas. «Así es la vida», pensaba ella. Nunca se dio por vencida. Era fuerte y, aunque todo el mundo la tenía por débil, ella no dejaba que ese adjetivo la representase lo más mínimo. Totalmente autosuficiente, a su parecer, «inocente criatura, tiene mucho que aprender de la vida», pensé. Pues ni siquiera nosotros podemos gozar de la plena autonomía, requerimos de Su presencia y Luz para sobrevivir, y los humanos son seres más frágiles y, por ende, más dependientes. A pesar de la arrogancia que atisbaba en una pequeña parte de su ser, era una joven muy abnegada y entregada a los demás. Su espíritu soñador bebía de la única fuente que le saciaba: su sueño. Un deseo que sin ella saberlo la llevaría al límite de sus fuerzas, hasta ahogar el latido de su débil corazón.

            La pareja iluminada por la luz de la luna se encontraba junto la vivienda donde Amel había crecido y alimentado su alma. Una casa de dos pisos recubierta de tejas ajadas por el paso del tiempo y en su cúspide, a modo de sombrero, un tejado rojizo custodiaba todos los recuerdos que habitaban en su interior. Un pequeño gallinero y un corral acompañaban a esta solitaria estancia envuelta por frondosos árboles y brezos que le otorgaban una atmósfera peculiar: libre de prejuicios y hostilidad. La joven Amel había crecido muy feliz en aquel remoto claro del bosque, lejos del odio que reverberaba en los ojos de la gente. Pero su vida pueril y despreocupada estaba a punto de cambiar. Dirigió su profunda mirada dubitativa hacia la de su amado y lo que en ella halló, corroboró sus dudas. Ante ella, vio unos enormes ojos castaños que reflejaban inseguridad y miedo. «¿Estamos haciendo lo correcto?», se preguntaban ambos para sus adentros.

            Un vago recuerdo pasó por la mente de Isà: la primera vez que sus miradas se unieron en una. La suya, apagada y perdida en un profundo océano de aguas enturbiadas y la de aquella Amel de dieciocho años, llena de esperanza y un brillo que ensalzaba su luz. Era ella, estaba seguro, no podía ser ninguna otra. Solo ella había conseguido levantar a un agotado Isà de los escombros que dejaba la guerra y darle una esperanza a la que aferrarse.

            Las actuales leyes estatales no les permitían estar juntos. Si ella, hija de padres cristianos y educada en dicha fe, hubiese accedido a abrazar su religión, el islam, todo habría sido más fácil. Pero un persistente sentimiento, que ardía bajo su pecho cada vez que este pensamiento afloraba en la mente, impedía que Amel tomase dicha decisión. «¿Pero, por qué? Todo sería más sencillo de esta forma», pensaba con impotencia.

            —¿Tus padres… no han querido…? —preguntó dolorida Amel, incapaz de acabar su frase.

            —No. —Negó apesadumbrado con la cabeza Isà— Pero no te preocupes, —le cogió de las manos—  un día te verán a través de mis ojos y no podrán evitar amarte.

            Ella asintió bajando lentamente su afligida mirada hacia el suelo.

            Quizás la época y el lugar en el que se conocieron no eran los adecuados, pero aun así ellos habían luchado por su amor y allí se encontraban, dispuestos a dar una importante lección de valor y amor a su pueblo. Sobre un improvisado altar hecho con palés y envuelto en una delicada tela madreperla, que daba la sensación de estar en el interior de una enorme concha bajo el único influjo de la pasión.

            Amel retiró un segundo su mirada de Isà, y la dirigió a la persona más importante que había conocido desde que tenía uso de razón: su padre. Sentado frente a ellos, acompañado únicamente de su fiel amigo Pastor, su perro de raza pastor ovejero australiano que iba con él a todas partes; ayudante a la hora de cuidar el rebaño y amigo en los largos días de invierno. Ellos y ahora Isà, eran su única familia. A pesar de la distancia, que aún me separaba de ellos, pude sentir como el corazón de la joven se oprimía al pensar en la soledad que a partir de ese momento abrigaría a su padre. Y sin emitir ningún sonido, sus finos labios pueriles se abrieron para articular un “te quiero” acompañado por un soplo cargado de amor.

            Los jóvenes se estaban empezando a impacientar. No sabían aún quién era aquella persona que había aceptado este cometido, aun y sabiendo las consecuencias. Fue el alma de Aisha, la madre de Isà, quien me hizo llamar. Y aunque ella no se encontraba en la ceremonia, su ángel si lo estaría. «¿Y si se ha echado atrás a última hora?», escuché que pensaban. Pero claro, ellos no se podían hacer una idea de lo cautivador que era este lugar para mí al sentir por primera vez el aroma de la naturaleza y ver a través de un humano la belleza de la creación. Tampoco ha sido nada fácil controlar mi cuerpo y avanzar transportando todo mi peso.  Pero allí estaban.

            —Ya llega —dijo Pablo suspirando relajado al verme venir.

            Amel relajó en segundos todas las facciones de su rostro, para que éste volviese a verse brillar de felicidad. «Ya está, tranquila, estás junto al amor de tu vida, nada podrá ir mal a su lado», pensaba Amel mirando a su futuro esposo.

            —Les ruego que disculpen mi tardanza. Me he… —pensé buscando una excusa— perdido entre el bosque y no encontraba la localización. —Me exculpé algo incómodo con mi nueva forma de hablar, tampoco controlaba muy bien qué expresión y tono se debía utilizar en estas situaciones. «Qué complejo es el lenguaje de los hombres. Con lo sencillo que es comunicarse a través de las emociones, éstas seguro que no admitirían margen de error», pensé.

            La pareja se miró tímidamente, intercambiando recelosos pensamientos y, finalmente, ambos aceptaron mis disculpas.

            —Estamos reunidos en este recóndito plano del bosque —las palabras empezaron a brotar de mi boca como si estuviese dotado de una divina inspiración— para unir en matrimonio bajo los ojos de Dios, a dos jóvenes que decidieron emprender juntos un camino lleno de obstáculos que, lejos de separarlos, fortalecerá su unión. 

            Noté los ojos de Pablo clavados en su hija, era lo único que le quedaba en este mundo, y de algún modo sentía que hoy se la iban a arrebatar. Por eso, y a pesar de la inmensa felicidad que le hacía el verla tan dichosa, en su interior se estaba llevando a cabo una batalla de emociones contrarias.

            —Bien, queridos humanos —ambos me miraron extrañados ante mi forma de dirigirme a ellos. Entonces me di cuenta de que el término “humanos” tratándose de que yo también era uno de ellos, sonaba extraño— hijos, —rectifiqué—  cuando os plazca podéis empezar a recitar vuestros votos matrimoniales e intercambiaros las arras. —Elevé los brazos sin saber bien por qué animando a la pareja a iniciar la ceremonia.

            Isà después de escuchar mis palabras, intentó en dos ocasiones pronunciar la primera sílaba de su voto, pero de su esfuerzo tan solo se pudo oír un agudo sonido ininteligible. Vi como su ángel de la guarda, Haziel, dejaba entrever una cómplice sonrisa y lo envolvía con sus colosales alas, para tratar de equilibrar sus emociones y calmarlo.

            El joven había soñado tantas veces con este momento que cuando lo pudo acariciar se paralizó. Amel sería por fin suya. Aquella chica con andares ágiles, que día tras día veía pasar ante su mezquita, iluminada por un sol que parecía nacer de su interior, por fin sería su esposa, o al menos para él así sería. Aunque su comunidad no la aceptara, la amaba y no podía, ya no, vivir sin ella.

            —Yo Isà Abdullah te quiero a ti Amel Luna como esposo, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

            —Yo Amel Luna te quiero a ti Isà Abdullah como esposa, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

            Ambos se quedaron mirando fijamente y de esta mágica conexión, que se da en contadas veces entre hombre y mujer, nacieron unas chispas que danzaron a su alrededor hasta crear un áurea luminosa que los envolvió.

            —Por el don que Dios me ha otorgado, desde hoy y para siempre, os declaro marido y mujer. Isà puedes besar a la novia.

            La recién unida pareja se refugió en el interior de aquel cuarzo rosa diáfano que su amor había creado. Inmersos en un mundo en el que ellos eran los protagonistas, se besaron. Se sentían libres. La sociedad seguiría en su contra, pero juntos serían capaces de enfrentarse a todo tipo de vicisitudes que la vida les deparará. Y mientras Amel seguía besando a su ahora esposo un pensamiento muy fuerte creció en su mente, esta ceremonia, oficial o no, había abierto el grifo de su fuente. Lo que provocó, sin que ninguno de los dos se percatara, que una nueva chispa, esta vez, albina y muy brillante naciese de ese halo rosáceo que les mantenía unidos. Se posase justo en el punto en el que sus pechos se unían y finalmente, ascendiese hacia el cielo dibujando tras de sí una estela, un camino que un día un alma recorrería, si Dios así lo deseaba, hacia sus progenitores. Los ángeles y yo, éramos los únicos que podíamos admirar con gran orgullo el espectáculo, pues tras esta señal llena de significado, cobraba vida un sueño.

            —Amor mío, hoy es el segundo día más feliz de mi vida —dijo Amel con una mirada profunda y centelleante, que dejaba entrever toda la ilusión y la fuerza que aguardaba en su interior.

            —¿Y cuál fue el primero? —La miró Isá expectante.

            —Cuando llegue el día lo sabrás. —Sonrió con una mirada enigmática.

            Isà entrecerró sus ojos intentando, en vano, leer sus pensamientos y, finalmente, ambos se sonrieron con complicidad.

 

            Con el tiempo supe que ese día tan especial, que mencionó Amel, estaba estrechamente relacionado con el principal motivo de mi misión.

 

¿Te has quedado con ganas de saber cuál es ese día tan especial para Amel y por qué el Creador ha mandado un arcángel para ayudar a cumplir su sueño? Entra aquí y sigue disfrutando de esta maravillosa historia de amor. 

 

 

Un sueño de cuatro letras

Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas… así será tu descendencia”

(Gn 5,15).

A lomos de un hermoso caballo alado, blanco como la nieve, sobrevolaba los cielos de un bello paisaje coloreado en tonos pastel. Me sentía libre. El aire susurraba una suave melodía que hacia estremecer mi cuerpo. Con una sonrisa despreocupada dibujada en mi rostro, miré a cada lado; primero derecha y luego izquierda. Nada. Tan solo yo, mi caballo y el murmullo del viento. Nada podía hacerme sentir tan viva.

Una voz me sacó de mi ensoñación. Era mi madre, «como siempre», pensé. El momento en el que me percataba, muy a mi pesar, de que seguía en este mundo era frustrante. No conseguía acostumbrarme a la realidad, y aunque mi cuerpo no tenía más remedio que ser preso de ella, mi alma volaba libre, alejándose de él, para divagar por ese universo perdido en el que viven los sueños.

Pasé una hermosa infancia soñando que formaba parte de ese paraíso en el que, a pesar de ser imaginario, me sentía feliz. En él habitaban bellos animales parlantes, objetos animados, seres mágicos y apuestos príncipes cuya única misión era salvar a sus princesas y amarlas para toda la vida. Un remoto lugar donde, a diferencia de la realidad en la que nací, el amor, la amistad y los sueños siempre vencían. Un mundo que con solo mirar a mi alrededor era consciente de la inmensa distancia que separaba a ambos. Me aferré a él con todas mis fuerzas y, como Peter Pan, me negué a crecer. Nadé contracorriente, como un obstinado salmón que desea volver justo al lugar donde nació, y acabé como era de esperar en la oscura boca de un hambriento oso. Esa inocencia que deseaba proteger fue el blanco ideal de burlas y demás crueldades que, con el tiempo, fueron hiriendo mi autoestima. Así que, siempre que podía, cerraba mis ojos y me refugiaba en mi imaginación, donde nada ni nadie podía dañarme, o eso creía. Pero mi gran aventura no había hecho más que empezar.

Conforme fui creciendo esos universos, que aparecían nada más bajar mis párpados, evolucionaron conmigo. Todo ocurrió demasiado rápido para mi gusto. Nadie puede ir en contra del tiempo y, sin embargo, todos lo pretendemos. Y cuando entendí que mi lucha era inviable me dejé arrastrar, como un tronco que flota sin rumbo por un río agitado, hasta mi preadolescencia. Etapa en la que me vi obligada a despojarme de todo ese mundo, que le ofrecía un resquicio de luz a mi vida, para ocultarme entre las sombras, con la esperanza de que un repentino rayo de sol volviese a iluminar mi alma. Atesoré con melancolía todas mis ensoñaciones en una pequeña guarida de mi corazón, sin ser consciente de que más adelante volvería a recuperarlas, y transformarlas en historias increíbles.

Con la edad mi imaginación se tiñó de colores más serios, para llevarme a lugares y situaciones menos fantásticas, donde los únicos protagonistas éramos: mi apuesto pretendiente, capaz de realizar cualquier cosa para conquistarme y ganar mi amor, y yo. Pero sin aquella inocencia infantil me volví más escéptica, tampoco ese mundo me hacía feliz; turbada, y sin rumbo volví a ser pasto de la maldad de la sociedad, aunque de un modo mucho más sutil y devastador, pues mi peor y más cruel enemigo se hallaba en mi interior.

En la adolescencia, los horribles villanos que se apoderaron a su merced de mis fantasías, vagaban a placer por ese inhóspito mundo que embriagaba mi mente. No me quedaba refugio alguno donde poder acudir. Por lo que, poco a poco, los villanos fueron ganando terreno, y se convirtieron en los dueños y protagonistas de mi vida, perturbando, de este modo, todo mi ser. Crecían con ferocidad alimentándose de mis ilusiones. Y, sin darme cuenta, mi principal sueño, el más grande y consistente que aguardaba en el centro de mi corazón deseoso por salir y ver la luz, se consumía como la cera de una vela encendida. Hasta llegar a desaparecer por completo.

Una noche de invierno fría y muy oscura, debido a que la luna se ocultaba tras una densa nube, obstaculizando, de este modo, que acariciase los corazones de la gente. Me encontraba más sola de lo normal. «¿Será debido a la oscuridad que se impone con furia en el exterior o por la que alberga mi alma?», pensé. Llevaba meses sumergida en mi misma. Mis sombras me ofrecían ese cobijo que un día hallé en mis sueños, encerrándome en el interior de un lúgubre laberinto del que, al parecer, no saldría jamás. Lo intenté, volví al inicio, y cogí otra senda. Hasta que, exhausta, me senté en un sombrío rincón. Abracé mis rodillas y, justo cuando me disponía a dejar de luchar y rendirme, un brillante destello iluminó mi camino.

La extraña luz que provenía del exterior, a pesar de ser una noche bruna, finalizaba,  como si se tratase de un potente láser, sobre mi corazón. No sentí temor. Nada podía atemorizarme más que yo misma. Vivía bajo un miedo constante, y parecía haberme acostumbrado.

Después de mucho tiempo, mi curiosidad despertó de su larga hibernación atraída por aquel extraño foco. Abrí los ojos, ya que, aunque no me había dado cuenta, los tenía cerrados. Toda mi vida llevaba años paralizada. Era como si todo mi mundo se hubiese detenido justo en el momento en que la oscuridad empezó a adueñarse de mi ser. Seguí con mi mirada la fina línea iluminada que se abría paso hasta mi pecho, y un suave susurro melodioso inundó mis oídos. En ese momento, no conseguí entender qué me decía, así que me dispuse a averiguar su procedencia. Aquel inexplicable fulgor no iluminaba en absoluto mi cuarto, más bien era una especie de espectro que solo yo podía ver. Me dirigí con cautela hacia la ventana. Estaba entreabierta. «Anoche, mamá se debió haber olvidado de cerrarla», pensé. Una gélida sensación penetró todo mi ser. Me estremecí. Sentí como el aire tenebroso quería acceder a mi cuerpo, pero, con suerte para mí, esta vez en vano. Por primera vez en meses, aquella dolorosa sensación no consiguió entrar en mí. Algo se lo impedía. «¿Pero el qué?», pensé. Aquel profundo océano en el que me estaba ahogando, me dio un respiro.

La luz se interponía sobre la colosal negrura. Era mi salida hacia la superficie. Allí, di por sentado, encontraría mi oxígeno. Decidí seguir con la mirada el fantasmal hilo de luz hasta lo que creí que era su nacimiento. «¿Una estrella?», pensé asombrada. La miré absorta, sin darme cuenta del rato que llevaba embelesada.


En silencio, y bajo el único sonido que se interponía entre mis pensamientos y aquel resquicio de claridad, el lento y uniforme tic tac del reloj. Pude escuchar un dulce cántico que prendió la chispa de mi corazón.  Un recuerdo afloró en lo más recóndito de mi ser, como una pequeña semilla que llevaba tiempo sin ser regada y, de repente, alguien la recuerda, y la riega. Mi sueño.

Después de aquel suceso, volví a sentir palpitar ese órgano que yacía moribundo en mi interior. Un latido, que había dejado de entonar su canción, y que gracias a un meloso susurro se había reanimado. Intenté prestar atención a aquel bello cántico que había hecho desaparecer de mi mente, a mis villanos, y una palabra de tan solo cuatro letras, colmó de dicha mi alma.

Un intenso sentimiento se apoderó de todo mi cuerpo. Me sentía feliz, y poco a poco la imagen de mi reflejo a la vez que los villanos se fueron transformando. La primera, dibujó, frente a mí, una mujer con un brillo en sus ojos que iluminaban como dos farolas en plena noche. Y la segunda, fue distorsionándose, como una fotografía mal enfocada, hasta desaparecer. Esa parte de mí, que había dejado de ser yo, regresó para dar vida a nuevas ilusiones y sueños que el brillo de mi estrella alimentaba. No sé si fue la luz, la locura de la soledad o el paso del tiempo lo que me ayudó a salir de mi laberinto. Pero sí sé que esa palabra, que consiguió atravesar la oscuridad, y llegar hasta mí, me rescató.

Los días dejaron paso a las noches, los meses a los años, y un día me desperté feliz con lo poco o mucho, según se mire, que tenía. Mi familia, mis amigos, mis animales, mis experiencias y mi sueño. Por primera vez en la vida, ser yo me gustaba. Y como un regalo caído del cielo, cuando aprendí a quererme me llegó el amor. Y con él mi sueño, cada vez más próximo a hacerse realidad, volvió a ser la esencia que daba sentido a mi vida.

Una noche mirando a mi estrella, descubrí cuan equivocada ha estado durante millones de años la humanidad. Su luz, esa que nos permite disfrutar de ese maravilloso cuadro de pequeños puntos refulgentes en medio de la inmensa lobreguez que da nombre al universo, no es el recuerdo de un astro que murió hace millones de años, sino que es el fulgor de un alma que guía, como faro en el cielo, a su futura mamá. Entonces lo supe. La dulce palabra, que acariciaba cada noche mi alma, procedía de ti, mi lucero del cielo.

Desde entonces, siempre que el sol se marchaba a descansar, cediendo su puesto a su bella compañera, la luna, me asomaba a la ventana para ver cómo, con cada mirada mía, tu destello se intensificaba. Gracias a ti, la oscuridad no ha vuelto a perturbar mis sueños.

 

Hoy, transcurridos varios años, aquí sigo alimentando tu luz para que, cuando llegue el momento, y te sientas preparado para bajar, no tropieces con ningún obstáculo que dificulte tu camino. Entre mis brazos se halla tu nuevo hogar, que extendidos esperan tu llegada. Y cuando, al fin, tu rostro se acomode sobre mi pecho, no existirá distancia capaz de interponerse entre nosotros.

Mientras tanto, continúo saliendo cada noche a vislumbrar tu luz y escuchar esa palabra que con tanto amor me susurras desde el cielo: “MAMÁ”.

¿Fin?