Mi guarida de la ilusión

Os presento la habitación de una enamorada de los libros, del color rosa, del amor y, ya entenderéis viendo el vídeo porqué digo esto, de los animales.

 

Música de fondo: Adelante 

Figurantes de cuatro patas: Buda y Baby

Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

Tu canción

Tu recuerdo llega a mi mente como una brisa suave, como una sonrisa inocente, como una melodía alegre que inunda mi corazón de dolor. Pensar que tu alma añoraba soñar y que tu decisión final fue tomar el vuelo, me entristece. Tú merecías más. Tenías muchos sueños en tu sombrero, pero quizás fuesen demasiados para alguien tan puro y bueno, quizás no estuvieses hecho para vivir en este mundo cruel, quizás tu elección, aunque dura para tu familia, fue la más acertada para tu alma. Sin consultarlo con nadie, decidiste alzar el vuelo. Pero, aunque tus alas de ángel te hayan llevado lejos, tu canción seguirá sonando siempre en nuestros corazones, mi querido primo.

Para ti, Javi.

 

Reseñando ilusión

“Para que la magia se dé, solo has de creer en ella.” (La magia del amor)

Después de un día tan especial como el que viví el pasado sábado 25 de noviembre, me veo en el deber, de haceros participes de mi felicidad.

Gracias a todas las personas que siempre han estado a mi lado he llegado a ser como soy: alguien muy normal, humilde y que se conforma con poco. Creo que la vida es simple, nosotros nos la complicamos; cuanto más sencilla, más maravillosa, ya que podemos apreciar mejor esas pequeñas cosas que  nos ofrece nuestro día a día. Esto solo es una opinión personal, cada uno tiene la libertad de hacer con su vida lo que desee, de crearla a su gusto y yo lo estoy haciendo y me siento satisfecha con el resultado que hoy por hoy estoy obteniendo.

El pasado sábado, como bien he empezado en este artículo, realicé, gracias sobre todo a dos grandes personas encargadas del grupo de Facebook L@s Auténtic@s Devoralibros, mi primera presentación acompañada de tres grande autores con los que tuve el placer de compartir mesa: Rosa García Calleja, Dani Padilla y Cristina Martín.

Personas que como yo luchan por ese sueño, el cual muchas personas creen imposible, pero que sin embargo nosotros damos nuestro tiempo, energía, ilusión y el corazón por él.  ¿Demasiado, ilusos? Puede. Pero yo me pregunto, ¿qué hay de malo, en ser una persona ilusa? Yo me considero una de ellas. Siempre, desde pequeña, he soñado y mucho: dormida, despierta y a medio camino entre el sueño y la vigilia XD. Todos mis recuerdos de infancia son presididos por los sueños. Siempre he estado soñando y siempre he creído en que algún día se harían realidad.

Con el evento de este sábado esta fe en mis sueños, se ha reafirmado. Voy a seguir luchando, escribiendo, ilusionándome y dejándome el corazón y la vida en ellos. Al fin y al cabo, son los que cada mañana me dan fuerzas para levantarme y sonreír.

Si no fuera por ellos, yo hoy no estaría donde estoy, quién sabe quizás ni estaría aquí… Pero esa es otra historia… Yo no soy una soñadora, yo soy mis sueños.

Y poniendo más hincapié en lo que atañe a este post, primero decir que estaba muy nerviosa, no había un músculo de mi cuerpo que no temblara XD y… sentada frente a toda esa gente, la mayoría gran parte de mis familiares y amigos, me sentí una impostora. «¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué he de estar yo delante de ellos, presentado dos de mis sueños, cuando son ellos los que los han hecho posibles? ¿Qué tengo yo de especial?», pensaba. Nada, lo sé, pero sin embargo ahí estaba, acompañada de tres grandes autores, con una sonrisa y un brillo en los ojos que delataban mi felicidad.

Hay personas que creen que estas cosas las hacemos por puro ego y en defensa de mis compañeros y de mi misma, he de decir que no es el ego lo que nos mueve, a la mayoría de escritores o mejor dicho ilusos contadores de sueños (quizás haya una minoría que sí… pero eso es otro tema…), a estar sentados en una mesa como aquella, presentando nuestros libros y firmando ejemplares (en ese momento sí que me sentí como en una nube)… Para mí el hecho de estar allí sentada frente a unas personas que habían venido a vernos y a reconocer nuestro esfuerzo y trabajo fue como recoger el fruto de tantos años de trabajo, de soledad, a veces, de malos momentos, de inseguridades, miedos… Fue sin duda mejor que ganar todo el dinero del mundo, porque como os digo en la simplicidad se haya lo grande, y en aquella pequeña sala,  en la que tres cuartas partes estaban ocupadas por mis familiares y amigos, encontré a personas que se emocionaron con mis palabras, que sintieron lo que yo decía (a pesar de que a veces con el temblor de mi voz no se me entendía), que valoraban mi trabajo y sobre todo esa fuerza y ganas que me ha llevado hasta estar ahí sentada.

A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas, la mayoría muy buenas, y gracias a ellas yo soy un poquito mejor. El sábado conocí a más personas que me demostraron su bondad, su fortaleza y su coraje, por ellas y por toda la gente que tanto en mí día a día como a través de las redes me apoya:

GRACIAS POR HACERME TAN FELIZ Y AYUDARME A QUERERME CADA DÍA UN POQUITO MÁS A MÍ MISMA.

“En aquel momento comprendí que la fuerza no dependía de los músculos ni de la salud física, sino de la intensidad de los sueños.” (La magia del amor)

Un deseo de navidad

Los ángeles dejamos un vestigio para que las almas puras como la tuya, llegado el día, alcen libremente sus alas y regresen a su hogar. Esa huella se impregna en el corazón de la gente a través de una historia. No una cualquiera, sino la de la persona que más admiramos y amamos como humanos y, ahora, como ángeles. Esta no es solo la historia de un niño, sino la de muchos de ellos, cuyo coraje y amor crecen, día tras día, al ser regado por sus lágrimas.

La noche de la tragedia brilló por encima del resto, debido a las luces y los festejos navideños. Ali, que por aquel entonces tan solo tenía cinco años de edad,  se mostraba excitado debido a la legendaria existencia, según le contó su padre, de unos seres mágicos. Los cuales en tan solo una noche eran capaces de pasar por todas las casas del mundo para obsequiar con una onza de chocolate, únicamente —le remarcó con aire teatral— a los niños que habían sido buenos. «¿Yo he sido bueno, papá?» Le preguntó el pequeño con un ápice de preocupación en su voz. «Sí», contestó su padre sin demasiada demora. A pesar de la crudeza de los tiempos en los que le había tocado vivir, Ali era un niño muy agradecido con lo poco que tenía. «¡Chocolate, ni más ni menos!», pensó con los ojos iluminados por la emoción de volver, después de años, a saborear aquel dulce placer.

Su madre, en cambio, le contó que si durante esa noche del año pedias un deseo, uno —acentuó levantando su dedo índice— pues hay muchos niños en el mundo y debe quedar magia para todos, se te concedía. Seguidamente le narró como ella, en una ocasión, deseó que su papá regresara pronto de la guerra, y… al día siguiente nada más despertar, lo halló sentado en su vieja mecedora, y fumando de su pipa. «Claro que, —pensó— por aquel entonces la sonrisa de un niño era un tesoro que se debía custodiar con suma delicadeza». Pero la realidad era que la vida había cambiado, y los niños dejaron de ser los protegidos para convertirse en los más castigados de la sociedad. Era tarde para recuperar lo perdido. Los infantes que nacían en esas tierras carecían del derecho a vivir con dignidad. Niños destinados a la fuerza a convertirse en seres alejados de la mano de Dios, amparados únicamente por sus propias lágrimas; Ali, sin él saberlo, era uno de ellos.

Aquella noche, justo antes de que su madre, entre susurros, le desease “buenas noches”, y lo arropase con su colorida manta, el pequeño pidió su deseo. «Uno solamente» le dijo, nada más comunicárselo a los ángeles, a su madre. Esta, orgullosa, le sonrió. Y mientras acercaba sus labios hacia la frente de su hijo, este percibió como la suave melodía del eco de ese “dulces sueños” acariciaba su alma. Hasta que, al fin, su madre lo obsequió con su esperado beso de buenas noches.

Más tarde cuando todo hubo acabado su deseo llegó hasta mí, oculto bajo la incandescente luz de una estrella fugaz. Entonces lo comprendí, yo era ese ángel que debía hacer realidad sus sueños.

Su madre, tras el amoroso ritual que día tras día profesaba, se levantó de la cama, y se deslizó con suma delicadeza hasta la puerta, e inundando la estancia con su inconfundible aroma, apagó la luz de la habitación. Se cercioró de dejar la puerta entreabierta, para que entrase ese pequeño destello procedente del candil que, desde el salón, iluminaba los sueños de su hijo, y se marchó.

Entretanto que llegaba Morfeo, para ofrecerle una salida esporádica de su realidad, Ali disfrutaba escuchando como el agradable murmullo, proveniente de la habitación de sus padres, ahogaba el miedo que el silencio de la oscuridad le propinaba. Segundos después, un profundo suspiro salió de lo más hondo de su alma, liberándolo de su pesar, y adentrándolo  en aquel mundo onírico, donde la fantasía relevaba durante unas horas la realidad de la vigilia, dejando salir a los sueños más remotos que habitan en el corazón.

El intenso fulgor del sol dibujaba sobre su morena piel hermosos reflejos dorados. La incandescente luz le impedía abrir los ojos, y trató de agudizar los demás sentidos en busca de algún peligro: un fresco aroma salino difuminó su congestión nasal, permitiéndole apreciar al máximo este desconocido aroma. La sensación de sentir la fina arena recubriendo cada angulación de sus pies, y el sonido de una vasta porción de agua, moviéndose en perfecta sincronía al son del aire, desconectó ese indicador de peligro que permanecía siempre alerta.

Trató de abrir los ojos, pero estos no obedecieron su orden. Sin embargo le mostraron lo que tras ellos se hallaba: un mar en calma perfilaba la línea que la costa había desdibujado a lo largo de los años. El eco de unas risas llamarón su atención, y al dirigir su mirada hacia el lugar de su procedencia halló, justo en la orilla, a sus padres. El pequeño miró hacia ambos lados, y aunque no advirtió  nada que le impidiese disfrutar de aquel magnífico lugar; tenía miedo. Los escasos momentos felices vividos a lo largo de su vida se ocultaban entre miles de penurias. Pero en aquella ocasión parecía distinto, a su alrededor no había nada amenazante: ni gente, ni bombas, ni armas. Y tras permanecer unos segundos embebido, en esa alegría que expresaban los rostros de su familia, soltó el hilo que sujetaba su miedo, como si de una cometa se tratase, y corrió feliz hacia ellos.

Por primera vez, se relajó, y dejó que la paz de aquel maravilloso lugar colmase su alma. La constante presión, que oprimía su pecho, desapareció. Al llegar, adonde su madre le esperaba de rodillas con los brazos abiertos, la abrazó con toda la fuerza que su pequeño cuerpo le permitía. El nexo que los unía era como un lazo hecho de diamantes: duro e irrompible. Ambos cayeron al agua, y la presión desapareció. Las risas de sus padres lo arroparon en invisibles capas hechas de amor. Un amor incondicional. Un amor que traspasaba todos los confines del mundo. Y, conscientes de que aquella realidad no era más que un sueño, se dejaron envolver por la felicidad.

De repente todo se difuminó. Como Ali bien sabía, la oscuridad siempre llegaba justo cuando la alegría alcanzaba su alma, y un ensordecedor estruendo hizo retumbar toda la casa. Hizo un nuevo intento por abrir los ojos, pero sus párpados se resistían a despegarse ¿Quizás por temor? Se llevó su pequeña mano al pecho, y se percató: la presión seguía comprimiéndolo. La paz lo había vuelto a abandonar. A lo lejos, los gritos y sollozos de la gente llegaban como ecos apagados a sus oídos.

Esa noche, conocida como la más mágica del año, Ali dejó de forma abrupta su niñez para adentrarse en una etapa, para la que su pequeño cuerpo, y tierna mente no estaban preparados: la madurez.

—¿Mamá? —gritó asustado— ¿Papá?

Otro espantoso estallido, seguido de pequeños golpes y gritos, volvió a turbarlo, apagando ese resquicio de esperanza que su sueño avivó. Siguió llamando a su madre, pues siempre acudía a su llamada. «Siempre», pensó.

—¿Mamá? —dijo entre sollozos.

Pero nadie acudió esta vez. Salió de su habitación, envuelto en lo único que le propiciaba calidez en aquel duro momento: su manta. Sus ojos, velados por la fina piel de sus párpados, le mostraron la realidad que lo arropaba. Fuera del umbral de su cuarto una gran nube de polvo, que engullía todo lo que encontraba a su paso, amenazaba con devorarlo también a él.

Toda su vida se hallaba bajo los escombros, incluidos sus padres. Se llevó sus suaves manos de niño a la cara, evitando así que la ceniza llegara a sus pulmones, y el hedor a muerte embriagase su inocente alma. Con los ojos aún cerrados se dejaba llevar por la horrible visión que las bombas habían dibujado ante él. Se esforzó, entonces, por evocar su casa antes del desastre, con el fin de romper la invisible línea que separaba la realidad de la ficción, y viajar al único lugar en el que había sido feliz: los sueños.

La pesadilla seguía acechándolo. Era imposible escapar de ella. Así que decidió, aferrarse al último resquicio de esperanza que le quedaba, y buscar a sus padres. Fue  inútil; las paredes de su dormitorio yacían apiladas en el suelo, el techo sobre la cama, y sus padres… bajo este. El silencio se apoderó de él y de toda su vida. Se sintió solo en un mundo enorme, lleno de odio y maldad. Y lloró. A su alrededor los gritos y el sonido de las bombas que caían hacían retumbar la ciudad, pero para él ya solo existía el silencio. Nada, por muy atronador que fuese, haría vibrar su tímpano. Ya no respondía a señal alguna, ni siquiera de su propia mente. El silencio volvió a presidir su corazón.

En ese momento la luz del dormitorio se encendió. Su madre corrió en su auxilio. «Sabía que vendría», pensó aliviado. Abrió los ojos, esta vez sin ningún impedimento. Estaba transpirando. Las sábanas yacían húmedas bajo su cuerpo, y él seguía en la cama. La miró confuso. No era ella. Aquella mujer que había acudido a enjugar sus lágrimas, no era su madre. Esta le abrazó con fuerza, apretándolo contra su pecho, pero Ali empezó a chillar y mover con rabia sus pequeñas extremidades. Sabía que estaba dañándola, pero, aun y así, continuó notando el calor del cuerpo de aquella extraña junto al suyo. Ella no desistió y, a pesar de la brutalidad de su rabieta, siguió abrazándolo.

Pasados unos minutos todo acabó. Ali se calmó, y entonces lo recordó. Todo había sido una pesadilla. La sombra de su pasado lo acechaba cada noche, convirtiéndolo en prisionero de su propio sueño. Una pesadilla que para muchos niños, hoy en día, continúa siendo real. Pero él, en cambio, tenía la certeza de que al despertar, ella —la mujer que no era su madre pero que sí que lo era— siempre acudiría a su llamada.

 

Un año después, la navidad, que lejos de ofrecerle tregua alguna a su dolor, llegó como un jarro de agua helada en invierno. Las festivas luces que se reflejaban a través de las ventanas del cuarto del pequeño, no iluminaban su alma. Su infancia murió, al igual que sus padres, bajo los escombros. Durante un tiempo, continuó albergando la esperanza de que al despertar ella estuviera, con su inconfundible perfume, junto a él. Pero toda ilusión se desvaneció con el paso de los meses; jamás volvería a percibir su olor. Y cuando lo aceptó, no tuvo más remedio que aferrarse al aroma que su nueva mamá desprendía.

Una mañana su madre le levantó temprano de la cama. «No es día de colegio», pensó Ali. Pero ella lo cogió, lo vistió, y lo llevó hasta el coche.

—¿Adónde vamos, ma… —se quedó callado, no podía decir aquella palabra— Neylan?

—A un lugar mágico —le dijo su madre, dibujando una hermosa sonrisa llena de amor e ilusión, y cogiendo con fuerza su mano.

En ese momento, el pequeño se dio cuenta de que, fuese quien fuese esa mujer, jamás lo soltaría.

Antes de llegar, Neylan le hizo ponerse una venda para darle más expectación a la sorpresa que le iba a dar a su hijo. Ali dudó, pero confió en ella. Cogido de la mano de su nueva mamá y de Murat, su nuevo papá, el pequeño llegó al maravilloso sitio. El hombre lo ayudó a quitarse la venda. El niño apretó con fuerza los ojos, para tratar de recobrar una visión nítida, y al abrirlos miró al frente. Su mirada volvió a iluminarse mientras levantaba poco a poco su cabeza, fundiéndose, esta vez sin temor, en una verdadera sensación de seguridad.

Entonces lo supe. La sombra que oscurecía su felicidad empezaba a esclarecerse. Aquel paisaje cubierto de nieve, y con un hermoso árbol de navidad en el centro estaba sanando su herida. Para él no era un simple abeto, sino que era el vestigio de una magia que lo mantenía unido a su antigua familia, a sus recuerdos, a sus historias. Un hechizo proveniente del órgano más poderoso del mundo: el corazón.

Aún recuerdo, como si fuese ayer, su llegada al mundo: sus pequeños y velados ojos estaban impacientes por empezar a ver ese mundo que los envolvía. Un lugar hostil, y cargado de odio que, tras años en aparente calma, estaba a punto de estallar. La guerra no es señal de vida, sino de muerte, y aunque él, un alma llena de alegría y amor, no podía sospecharlo: nada más nacer murió.

A lo largo de toda su infancia en Siria, Ali, no había tenido la ocasión de conocer el verdadero espíritu de la navidad. Al parecer, por el simple hecho de no haber nacido en el lugar y la época oportuna, no merecía ser feliz. Pero se equivocaban. Un resquicio de esperanza es suficiente para que la felicidad colme hasta el más apagado de los corazones.

En ese instante, Ali miró al cielo. Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Y entonces lo supo: yo, su ángel y también su madre, siempre acudiría a su llamada. Sonreí al ver sus ojos brillar de nuevo. «Sí, hijo, —pensé— aquí estoy, junto a ti, para toda la eternidad». Me sonrió, como si me hubiese escuchado. Quizás lo hizo, porque desde ese momento dejó a un lado el miedo, y se abrazó a la vida. Ese día sí que nació, pero esta vez para vivir por siempre. A pesar de lo que el mundo le deparase, la esperanza no volvería a abandonarlo jamás.

Satisfecho con nuestro reencuentro, bajó la cabeza, y miró primero a un lado y luego al otro. Allí estaba, con la misma alegría con la que llegó por primera vez al mundo, junto a sus nuevos padres. Dos personas que lo amaban con locura, y harían cualquier cosa por él. Dos seres a los que el destino tampoco les sonrió, hasta que Ali, mi hijo y también el suyo, llegó a sus vidas.

Hoy Ali es feliz, pero como él hay muchos niños que aún no sonríen. Seres inocentes que por su lugar de origen son condenados a una vida de desdicha y dolor. Ellos, al igual que mi hijo, también anhelan la felicidad. Tú, querido lector, no tienes la capacidad aún de concederles este deseo, pero sí de luchar por ofrecerles esa posibilidad sin que tengan que demandarla. 

 

Fin

El principio del fin de los sueños

“Los sueños no están hechos para soñarlos, sino para vivirlos.”

En un lugar muy remoto, situado en lo más profundo de la mente humana, nací yo, Galilea de Celeste. Una niña de cabellos rosados, piel blanca como la nieve, mejillas coloreadas y brillantes ojos púrpuras; el reflejo de ese sueño que me dio la vida.

Habito en un mundo imaginario, pero sin embargo, soy muy real; gracias a estas palabras que estás leyendo. Este utópico universo fue creado, en parte, por ti, querido lector, aunque la verdad es que, como sé que van a haber muchas personas leyendo esta historia, quizás me equivoque. ¿Quieres comprobarlo? Cierra los ojos, y piensa en lo que más anhelas. Concéntrate. ¿Lo visualizas? ¿Sí? ¡Sí, sí ya veo tu sueño! ¡Felicidades! Ya eres un Creador o, si lo prefieres, un Arquitecto de Sueños, es decir, un humano con un potencial de ilusión suficiente como para crear una realidad distinta a la suya.

Nosotros, los habitantes de este maravilloso mundo, vivimos separados por regiones de distintas dimensiones y características, que varían según las ambiciones de su Creador, la esencia de sus sueños y sobre todo, la bondad que habita en su corazón.

Mi región, Celeste, es una de las más pequeñas de la zona, pues nace tan solo de dos sueños que al unirse convergen dando vida a esa quimera que llaman felicidad. Para mí siempre ha sido un honor formar parte de ella, pues es un lugar donde la maldad no tiene cabida, y la alegría emerge de cada átomo de aire.

Un risueño sol abriga con su incandescente luz a todas y cada una de las criaturas que vivimos a sus pies. La luna, su inseparable compañera, emana una dulce fragancia que se entrelaza con su fuego, creando, con su unión, una agradable y acogedora atmósfera que nos arropa en su candor.

Mi casa, situada justo en la frontera, está hecha, literalmente, de libros; grandes columnas de tomos de diversos: colores, tamaños y épocas; forman parte de su estructura. Sus paredes narran, entre susurros, bellos cuentos que nos acompañan, como una melodía de fondo, durante toda la vida. Si algún día me visitas, estoy segura que sabrás reconocerla, pues por fuera tiene forma de libro abierto, exponiendo en su fachada ilustraciones de los cuentos que la alimentan. En ella vivimos una gran variedad de personajes: humanos, animales parlantes, criaturas fantásticas…; cuyo objetivo primordial es hacer realidad los sueños de nuestra Creadora.

Pero, como en todo cuento, un día todas las historias que su mente creó, repletas de magia, amor, diversión y fantasía, se vieron amenazadas. Y toda la felicidad que envolvía nuestro mundo se difuminó. Fue entonces cuando descubrí el motivo para el que fui creada: salvar los sueños de Celeste.

¿Estás listo para escuchar mi historia? Pues aquí empieza el principio del fin de los sueños.

Érase que se era un buen día en que el dulce aroma, que el viento transportaba, me despertó como cada mañana bajo el hermoso sol que gobernaba mi mundo. Nada más levantarme, un susurro que emergía de las páginas que revestían mi habitación me dio su habitual “buenos días”:

—Pronto estarás más cerca que nunca de ella. —En aquel momento, no reparé demasiado en el significado que la cita, extraída del libro “La magia del amor”, albergaba, pero… más adelante descubrí que acababa de augurar mi futuro.

Nada más salir de mi peculiar hogar, me dirigí hacia la única casa que, junto con la mía, existía en la región. Su original forma de chupete, era la mejor carta de presentación para sus simpáticos inquilinos: unos bebés. Abrí la verja que rodeaba a ese gran accesorio infantil, y me detuve a esperar, como tenía por costumbre, el sonido de sus contagiosas carcajadas. Nunca, hasta ese momento, había temido al silencio. Me estremecí y una desconcertante sensación dominó todo mi ser. «¿Qué ocurre?», pensé. Dejándome arrastrar por el terror que había empezado a anidar en mi cuerpo, entré sigilosa en la casa. Nada. Ni rastro de sus candorosas almas.

Un cosquilleo empezó a recorrerme todo el cuerpo; empezando por manos y pies, y terminando en mi corazón. Bajé mi mirada, para ver qué me estaba ocurriendo, y me aterré al ver de qué se trataba. Mi piel, antes blanca como la más pura nieve, se había vuelto translúcida como la de un espectro; me estaba desvaneciendo. ¿Pero por qué? ¿Qué era lo que nos estaba haciendo desaparecer? En ese instante, la fugaz imagen de Timoteo, mi mejor amigo, invadió mi mente. ¿Le estaría sucediendo a él lo mismo? «Quizás aún esté a tiempo de salvarlo», pensé horrorizada al imaginar que este desastre hubiese traspasado los confines de mi región.

Como un resorte, salí de casa de mis vecinos, y alcé mi mirada a ese cielo que, por primera vez, empezaba a oscurecerse. Emití un agudo silbido, para llamar la atención de un caballo alado que sobrevolaba en círculos, un extraño comportamiento que agudizó mi temor. Bajó dudoso su mirada, para ver de dónde provenía la llamada, y descendió, moviendo agitado a ambos lados su cabeza, hasta posarse junto a mí. Desplegó con elegancia sus alas, invitándome a subir sobre su lomo, y emprendimos el vuelo hacia la región de Javier, Creador de Timoteo. 

Su región era algo distinta a la mía pero, en esencia, tenían cierto parecido, pues en ambas se respiraba esa ilusión que embriagaba el ambiente. Timoteo nació mucho antes que yo, cuando su Creador era tan solo un niño, dato que explicaría su fantasioso aspecto: semejante al de una comadreja jaspeada en diversos tonos azulados. Su tacto era aterciopelado, y cuando el viento mecía su pelaje, un intenso aroma a mora penetraba mis fosas nasales. En ese instante, mientras la agradable brisa del viento calmaba mis nervios, me dejé atrapar por mis recuerdos; acto que provocó que una lágrima se deslizase acariciando mi mejilla. «Ojalá esté bien», pensé.

Miré hacia abajo, estábamos a punto de sobrepasar los lindes de su región, me acerqué más hacia la crin del bello animal que había accedido a transportarme, y traté de poner mayor atención por si al entrar en la atmósfera, que daba vida a los sueños de Javier, escuchaba la característica melodía que, como el silencio, se paseaba sin ser vista entre el aire. Nada, ni rastro de la banda sonora que envolvía este mundo. Acabábamos de cruzar el umbral que separaba su región de la mía, y lo único que percibí fue un repentino escalofrío que cortó mi respiración. Pronuncié con dificultad esa palabra de una única silaba que, por arte de magia, detiene a todos los equinos del universo: “So”. Al instante, dio resultado, y poco a poco empezamos a descender hasta posarnos, con la habitual delicadeza que caracterizaba a esta magnífica criatura, en el suelo. Me dispuse a bajar, con cuidado para no dañarle su dorado plumaje, y le agradecí con un abrazo su ayuda. Inclinó su aurea cabeza, en señal de despedida, y alzó el vuelo con majestuosidad.

Sola de nuevo, miré a mi alrededor, sedienta por hallar un resquicio de vida. Todos sus habitantes habían desaparecido, llevándose con ellos la alegría que alimentaba su región. Me sentía desolada, y decidí dirigirme a la casa de Timoteo: una especie de madriguera hecha con algodón de azúcar rosado. De nuevo todo estaba eclipsado por esa turbadora quietud que alteraba mis nervios. Un tremendo escalofrió me hizo ver esa verdad que, a pesar de su obviedad, nunca deseé admitir. Nuestros Creadores, por algún extraño motivo, habían dejado de soñar. Volví a dirigir la mirada hacia mi cuerpo, el cual cada vez se mostraba más translucido. Al parecer me desvanecía con cada hálito de ilusión que escapaba de mi ser. 

De nuevo un estremecimiento esta vez, como por arte de magia, me armó de valor. «No pienso quedarme de brazos cruzados. Voy a descubrir qué ocurre», pensé poseída por una heroica vena de coraje. Recurriría a mi Creadora para entrar en ese desolador lugar donde son destinados los sueños olvidados: el mundo de las pesadillas. Solo existía un único modo de ir hasta allí: atacando con vileza la autoestima de Celeste.

Me dirigí a lo alto de la torre, que se encontraba en el centro de cada región; lugar en el que nos comunicábamos directamente con nuestro Creador. A mí me encantaba ir, al menos una vez al día, para susurrarle historias de mi vida aquí, y así alimentar sus sueños. Pero, en esta ocasión, mi objetivo era el opuesto.

Llegué a la cima en pocos minutos gracias a un ascensor acristalado, que se encontraba situado alrededor del edificio. A medida que iba subiendo por la torre, este también la rodeaba permitiéndome así contemplar, con una perspectiva panorámica, todo lo que albergaba mi región: desde las altas montañas nevadas, donde se decía que vivía una niña con su abuelo; hasta un colosal océano, habitado por hermosas criaturas.

La sala más alta de la torre estaba decorada con suaves sillones de terciopelo y figuras de caballos alados, como los que solía ver sobrevolando mi cielo. Un único libro presidia el centro de la sala, custodiado con delicadeza por un cristal que impedía el contacto directo. Su nombre estaba escrito en letras doradas que parecían brillar al leerlas: “La magia del amor”. Reconocí, sintiendo un ápice de dolor, a la mujer de la portada: Amel, uno de los personajes de ese maravilloso libro que surgió de la mente de mi creadora. Y, finalmente, a mi derecha, aguardando deseosa formar parte del mundo real: una cuna hecha de madera, y pintada de un suave tono celeste. Me acerqué decidida a la ventana. Miré hacia mi hogar, con añoranza. Suspiré. Cerré mis ojos, y grité mis palabras para que le llegaran a Celeste con mayor intensidad.

—Nunca lo conseguirás. Nunca serás escritora ni —titubeé— madre.

Por la rapidez en que mi Creadora aceptó mis destructivas palabras, supuse que no era la primera en irrumpir sus sueños con el propósito de despedazarlos. Alguien llevó a cabo antes que yo este acto, y, al parecer, con mayor crueldad. «¿Pero quién? ¿Y por qué?», pensé. Una luz me envolvió con fuerza. Sentí un profundo dolor en mi corazón, y un gélido cosquilleo se apoderó de todo mi cuerpo, hasta que me desvanecí.


Tardé unos segundos en volver a sentir la presión que el peso de mi cuerpo ejercía sobre la arenilla que vestía el suelo. El sonido de las pequeñas piedras chocando unas contra otras, debido a mi repentina aparición me recordó, aunque de un modo mucho más suave, al sonajero que agitaban entre risa y carcajada mis vecinos. Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Cerré con mayor presión mis ojos, por temor a que la curiosidad me los abriera. Todo se volvió blanco. Pero seguí ejerciendo esa fuerza sobre mí, evitando dejarme llevar por la tentación de mirar. El silencio que se impuso, una vez la arena se recolocó en un sitio fijo, me abrumó. Un desagradable hedor se introducía a través de mis fosas nasales hasta mi garganta. Hacía frío, y a través de mis párpados aún cerrados, noté la inmensa oscuridad que me rodeaba. Finalmente, abrí los ojos. Era horrible. El sol allí no hacía acto de presencia, y en su lugar una pequeña luna de color carmesí gobernaba los cielos del mundo de las pesadillas. Mi creencia por: los libros, la palabra escrita, las historias de amor y fantásticas, se disipaba, y cubría de bruma. Y cada vez veía más difícil hacer realidad ese sueño para el que fui concebida.

Miré a mi alrededor sin saber, a ciencia cierta, qué hallaría. Me encontraba en una región. «¿Será la de mi Creadora?», pensé. Pero cuando vi mi casa, todas mis dudas se disiparon. Allí estaba mi gran y acogedor libro abierto. Aunque no parecía el mismo: su aspecto era lúgubre, el tejado estaba repleto de moho y el revestimiento, hecho de páginas, arrancado con brutalidad. Mi ser se llenó de la más profunda melancolía al ver aquella imagen. Mis aturdidos ojos no dejaban de escudriñar ese hogar que se asemejaba al mío, pero engalanado de forma tétrica. Reparé un segundo en un sutil movimiento entre las hojas rotas, no había podido ser el viento; ni siquiera él se atrevería a rondar este lugar, ¿qué era entonces? Y, desde la lejanía, reconocí a todos los personajes que Celeste había creado: los bebes, los personajes de cuentos e historias que salían de su ingenio, los animales fantásticos, etc., tan solo faltaba yo. «¿Quizás si, en vez de venir, me hubiese quedado…?», pensé. Pero ya era tarde. No había nadie que, desde la torre, susurrase sus sueños, y le devolviese la ilusión. «¿Ya está? ¿Así de fácil mueren los sueños que anidaron, durante años, en su corazón?», pensé con una impotencia que rebosaba mi diminuto cuerpo.

Me acerqué decidida hacia aquel tugurio que fingía ser mi hogar, para ver de cerca a los personajes con los que había convivido durante toda mi vida. Algunos ya estaban cuando yo nací, otros llegaron más tarde, pero todos formábamos parte de la gran familia emergida de los sueños de Celeste. Conforme avanzaba, me di cuenta de que no era únicamente la casa lo que había cambiado, sino que ellos también estaban distintos, como si una sombra velase su esencia. Me acerqué a Amel, la protagonista del libro que con tanto mimo se custodiaba en la sala más alta de la torre, pero no pareció verme. Me dirigí apesadumbrada hacia Samuel, un hermoso bebé que se encontraba sentado sollozando. «No ríe», reparé horrorizada. Quise calmarlo, pero una sombría nube cubría su rostro, impidiéndole ver y oír. Dejé atrás esos espeluznantes gemidos que perturbaban mi ser, y levanté mi mirada hacia ese crepúsculo escarlata, como anhelando encontrar un haz de luz entre su amenazante noche. «Debe de quedar parte de mi mundo en algún remoto lugar del corazón de estos personajes», pensé.

Seguí caminando sobre la graba rojiza que teñía mis zapatos, buscando un resquicio de esa ilusión robada, pero lo que encontré aún me conmovió más. Sentado sobre un banco de madera astillada estaba Timoteo. Su pelaje, antes resplandeciente, se había vuelto cenizo. Suspiré. Jamás había visto a mi amigo de aquel modo. Sentí como una lacerante tristeza inundaba mi corazón. Volví a suspirar, tratando de extraer parte de ese dolor fuera de mí, y con sigilo me fui acercando a él. Sus ojos me miraban, pero no me veían. Una penetrante oscuridad los dominaba, y entonces entendí qué era: la Nada. A lo largo de los años se han escrito muchas historias sobre ella, pero siempre representada como algo físico: una niebla, un lugar… Pero no. La Nada es la ausencia de ilusión. Agaché mi cabeza, apesadumbrada, y con más valor que nunca decidí arreglar esta situación. No sabía quién se ocultaba detrás de esta profunda desilusión que envenenaba los corazones de nuestros Creadores, pero estaba dispuesta a enfrentarme a él.

A lo lejos, encontré una torre que se alzaba hasta el cielo. Se parecía a las de mi mundo, pero esta era oscura, y su cúpula estaba cubierta de una neblina gris que engullía todo lo que encontraba a su paso. Después de quince minutos subiendo escalones por fin llegué a la bóveda. «Son tan crueles que no ponen ni ascensor», pensé. Frente a mí, se hallaba una puerta, y al mirarla comprendí que no debía cruzarla. Mi intuición me protegía del peligro. Pero al recordar a esos personajes de cuentos que compartían mi vida, a mis entrañables vecinos y a… Timoteo, todo el miedo desapareció, y esa vocecita que me advertía enmudeció. Alargué mi mano, rodee el frío pomo de la puerta, y la abrí: por ellos, por Celeste, por Javier y por mí.

En su interior se encontraba el ser más terrorífico que jamás había visto. Un personaje oscuro de mirada aterradora, dientes afilados y sonrisa malévola. Por suerte, no se había percatado de mi presencia. «Todavía», pensé. Observé con atención, y me sorprendí al ver cómo, con la ayuda de una especie de megáfono, destruía los sueños. Sus desoladoras palabras resonaban por todo su mundo, embriagándolo con un diabólico hilo musical.

—Eres una pésima escritora. Jamás llegarás a nada. Tus historias no verán nunca la luz. —Mi corazón dio un agudo respingo como respuesta a dichas palabras. Él era el ser que se introducía en las mentes de nuestros Creadores, insuflando sus devastadoras ideas,  minando, de este modo, su autoestima.

Sin darme cuenta, choqué contra una mesita que se hallaba a mi lado, y una lámpara que desprendía una luz roja se tambaleó, provocando un estruendo que lo alertó. Se giró con rapidez hacia mí. Sus ojos penetraron como cuchillos afilados mi alma, y no pude evitar sentir cierta atracción en ese hipnotizador vacío que moraba en su interior. «¿Qué soy? ¿Qué sentido tiene mi existencia? Él tiene razón: jamás llegaré a ver la luz en el mundo real», pensé hechizada por su oscuridad. Me sonrió. Parecía satisfecho de verme en su mundo. ¿Quizás era lo que pretendía? Entonces lo supe. No era una simple intuición, lo que me alertaba del peligro. Era ella: Celeste. «Quizás no sea demasiado tarde», pensé más animada. Ella deseaba seguir soñando, y me lo había comunicado con aquel sentimiento que había hecho brotar en mí. Él quería que viniese para acabar con mi ilusión, y así crear en la mente de Celeste esa “Nada” que corría a su merced por sus entrañas. Pero estaba equivocado, no había venido por él, sino gracias a ella; me guiaba desde su mundo, y juntas pondríamos fin a todas esas pesadillas que habían anidado en las mentes humanas, colmándolas de inseguridad. No retiré mi mirada de la suya, aunque me costó, la mantuve desafiándole. Él parecía sorprendido, pero no mermó en su intento por empequeñecer mi voluntad. Se apartó de aquella especie de megáfono, y se acercó con rotundidad a mí. Parecía molesto ante mi perseverancia, y al ver que no me inmutaba ante su presencia, me gritó con fiereza:

—¡FUERA! —Su voz turbó a todos los seres de su mundo. Llevando su atención hacia aquella oscura torre.

—JAMÁS —dije.

Miré tras él y una idea brotó en mí. «Gracias», pensé agradeciendo la oportuna ayuda de mi Creadora. Corrí a través de él, sin duda yo era más ágil, y llegué al megáfono. Lo miré, su rostro ahora reflejaba… ¿miedo? Una sugerente sonrisa malévola se empezó a dibujar en mi cara. Su cobardía me confirmó su verdadera esencia, y me dio la fuerza para actuar.

—NUNCA DEJES DE SOÑAR. CREE EN TI, CELESTE. SERÁS UNA GRAN ESCRITORA Y… —volví a titubear pues sabía cuánto deseaba ese sueño— UNA GRAN MADRE.

Aquellas palabras que salieron de mi boca cayeron como finos copos de nieve sobre aquel ensombrecido mundo, cubriéndolo de luz y alegría. No solo había ayudado a Celeste sino que mis palabras habían devuelto la ilusión al resto de Arquitectos de sueños; menos a Javier, en su caso, había llegado demasiado tarde. Entonces lo comprendí: sus sueños jamás volverían a brillar.

En aquel momento, algo estalló con fuerza tras de mí. Me giré, y vi caer una pluma negra al suelo. No había rastro de aquel ser, tan solo aquel objeto. Se había desvanecido, tal y como había supuesto, en su interior moraba la Nada. La cogí y, a través del ventanal de la torre, vi como todos los seres, incluido Timoteo habían vuelto a su verdadero hogar. Quizás —pensé— esas hirientes voces habían acabado con la ilusión que albergaba su creador, pero Celeste llevaría cabo sus sueños, por él. Mi amigo volvería a nacer, esta vez en otra región, pero bajo su misma esencia.

Acto seguido, sentí un plácido calor por todo mi cuerpo y me disipé, como la nieve al caer a un húmedo suelo, sin dejar rastro.

Para mi sorpresa no regresé de nuevo a mi mundo, sino que aparecí en otro, el real. El mundo de Celeste. Ella y aquella extraña pluma me habían dado la vida. Y hoy, querido lector, si estás leyendo esta historia: eres testigo de que los sueños se hacen realidad.

Fin

Dedicado con cariño a mi primo Javi que este año nos dejó en el mundo real pero que seguirá habitando siempre en el mundo de los sueños.

El falso sabor de la felicidad

“Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada.”

 

La mañana en que llegó Delirio era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese, pues desde hacía años mi vida ya no tenía sentido. Ni mi familia ni mis amigos ni siquiera Andrea saciaban mi sed; nadie era ya lo bastante estimulante para mí. Toda mi vida, en el momento en que probé ese sabor que me llevó al éxtasis, cambió. 

Hasta ese momento lo tenía todo: una pareja, una casa, una hermosa perra, una familia que me apoyaba en todo, amigos… Y cuando yo tomé la absurda y cobarde decisión de llevarme ese agridulce sabor a la boca, todo desapareció. Lo peor y más vergonzoso de todo es que yo siempre fui consciente de ello, y no hice nada por evitar que se marcharan. Las únicas que siguieron estando a mi lado, a pesar de las circunstancias, fueron Andrea, mi novia, y Juno, mi perra.

Me encerré en mi cuarto, el cual me mantenía aislado de ese agitado mundo que había devorado mi alma; era mi protección. Al día, como mucho, abría el pestillo en dos ocasiones: una para saludar a Juno, que tras su paseo tenía por costumbre venir al cuarto de su “papá” y dejarme la cara cubierta de babas caninas; y la otra cuando ella, Andrea, se alejaba de su realidad para entrometerse en la mía, tratando, por enésima vez, liberarme de la oscuridad que me había esclavizado.

No volví a probar esa falsa promesa de felicidad, pero ya era tarde. Me odiaba a mí mismo. Y cuando la desolación me gobernó por completo; él llegó a mí, y me ofreció un trago de agua tan fresca y limpia, que no pude resistirme. Me sentí agradecido, y fue en ese momento cuando mi mente, enturbiada por la satisfacción de haber saciado una necesidad tan primaria, lo creó. 

Me encontraba sentado en el alfeizar de la ventana, creyéndome víctima del mundo cuando en realidad, y aunque no lo pudiese ver entonces, yo era el único verdugo de mi vida. Cansado de soportarme, me giré. Y allí estaba Delirio, de pie junto la puerta, dispuesto a ofrecerme otra realidad. 

No lo había escuchado entrar. De hecho, era imposible que hubiese entrado, pues el cerrojo siempre estaba echado. Pero, sin embargo, él había irrumpido, sin consentimiento, en mi refugio.

Sus ojos rojos se posaron sobre los míos y, como dos potentes láseres, absorbieron los últimos resquicios de mi antiguo yo, que aún quedaban en mí. Era como una sombra oscura con forma antropomorfa. Embebido en su penetrante mirada, percibí un movimiento ligero en lo que debía ser su rostro. Mi corazón se detuvo. Y, de repente, toda su dentadura afilada iluminó su aterrador aspecto.

Aquella sonrisa espeluznante alivió mi ser. Fue como si parte de él entrase en mi interior, y me llenase de vida. No sé exactamente lo que me hizo, pero desde aquel momento Delirio se convirtió en mi único amparo. Su presencia no me molestaba. Su ronca y tenebrosa voz conseguía saciarme, cosa que hasta entonces, nada ni nadie lo había conseguido. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a decirme que parecía otro, que mi mirada había cambiado y que mi silencio les inquietaba. Pero yo, después de llevar tanto tiempo atrapado en la más absoluta indiferencia, me sentía aliviado.

Pasaba los días encerrado en mi habitación, igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, se hallaba siempre a mis espaldas. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero tenía a Delirio.

Fue mi mordaz lazarillo. Me hallaba ciego y solo en medio de un mundo extraño, y él me guió mostrándome su propia representación de la realidad. Una idea que se introdujo como el hilo en una aguja en mi ser. Me enseñó a ver el mundo tal y como era de verdad, o eso creía. Y mientras él seguía fiel a mi lado, mi familia observaba como ese yo que tanto habían amado, desaparecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Un día, Andrea entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era una falacia. Según Delirio: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La fulminé con una fugaz mirada de odio; nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. Y fue entonces, cuando aquel sabor que me había destrozado la vida dejó por unos segundos de perturbar mi mente, y con la cabeza más despejada pude recordar lo mucho que la amaba.

En aquel momento, me sentí tan vulnerable como un bebé. No era capaz de hacer nada, excepto mirarla y sentirme avergonzado. Mi única certeza era que no quería, por nada del mundo, perderla. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Pero un sibilante susurro me lo impidió. «No. Detente. Es una farsante», me decía. Aquella fue la primera vez que lo ignoré. Y continúe mi propósito hasta llegar a abrazarla. Suspiré. Solo junto a ella volvía a ser yo. Pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Hasta que finalmente, Andrea me envolvió entre sus delgados brazos con fuerza, impidiéndome escapar de ellos, y me dijo:

—Yo te sacaré de aquí.

En ese momento, la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé, quizás, la decisión más difícil de mi vida: recuperar mi verdadero yo.

Delirio no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Se negaba a dejarme marchar. Quería seguir formando parte de mi vida, pero él no entraba en mis planes. Me giré hacia la ventana y observé lo que aquella pequeña muestra de realidad me rebelaba. Me di cuenta por primera vez que quien me mintió fue él; no ella.

Vi salir a Andrea de nuestra casa con Juno, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, es decir, todo lo que a mí me faltaba, ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amaba a mí mismo, ¿cómo podría entonces llegar a amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mí?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda, distanciarme de Delirio me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome, pero lo ignoraba.

Seguí observándola mientras jugaba con Juno, y una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creía haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que ese sabor perverso entrase en mi vida.

Y Delirio sin ni siquiera darme cuenta se desvaneció. Ya no estaba solo, los volvía a tener a todos conmigo. A él ya no lo necesitaba para nada. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrió la puerta, al probar aquel sabor que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien se atrevió a darle la espalda, y regresar a esa vida que él me había arrebatado.

Hoy, Delirio forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, él era yo. Sí, mi verdadero nombre es Gabriel. Pero fue mi mente, quien hechizada por ese sabor, recurrió a él. Y creó un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún le sigo agradeciendo su visita, pues gracias a él, me enfrenté, sin yo saberlo, a la verdadera cara de la droga. Viví durante años absorto en una gran mentira que yo mismo confeccioné y, lo peor de todo, creí.  No, la felicidad no se halla en una sustancia, sino en el amor que tus seres queridos te profesan día tras día.

***

De aquella fría mañana, han pasado ya cinco años. Pero desde el día en que se propuso sacarme de aquella horrible pesadilla, Andrea, no ha dejado de abrazarme. Ella me salvó atrayendo de nuevo la luz a mi vida. Y ahora nuestro mayor sueño, ser padres, está a punto de hacerse realidad.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin

¿Qué es la guarida de la ilusión?

Bien, antes de responder a esta pregunta me gustaría agradecerte el haber entrado en mi guarida. Es posible que hayas decidido entrar porque me conoces, por compromiso, o incluso por mera curiosidad, pero… sea por lo que sea, espero que, poco a poco, la guarida también se convierta en parte de ti. Eso es lo que deseo conseguir con este lugar, no solo atesorar en ella mis sueños, ilusiones, etc. Sino que mi idea es que este blog sea un lugar para dejar volar la imaginación y dar vida a tus sueños. Un espacio donde la magia no tiene barreras, donde el amor envuelve cada palabra escrita y, sobre todo, donde la ilusión es el corazón de este proyecto. Sí, dirás, todo esto suena muy bien, pero ¿cómo piensas conseguirlo? Con tu participación, opinión y reflexión sobre los relatos y cuentos que iré compartiendo.

Como te he dicho la guarida de la ilusión no es solo un blog, es un lugar imaginario, que poco a poco, con mucha paciencia, amor y, sobre todo, ilusión iremos creando. Te permitirá escapar de la rutina y sumergirte, nada más y nada menos, que en el mundo de los sueños. Un mundo libre de prejuicios, de injusticias, de mentiras, de guerras, etc. Y pensarás: «ese mundo no existe». No y sí, pues si tú crees firmemente en él y lo alimentas con la lectura, con tu imaginación y con tus sueños, verás como crece en tu interior y se transforma en tu nueva manera de ver el mundo. ¿Por qué no vivir a través de los sueños? ¿Quién te lo impide? Al fin y al cabo, y hablo desde mi propia experiencia, son el motor de la vida.

Para entrar en este mundo primero has de conocerlo.

¿Qué es la ilusión?

Según la Real Academia Española el término ilusión significa:

  1.  Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causado por engaño de los sentidos.
  2. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.

Por lo tanto, la ilusión es un concepto creado por la imaginación provocado por la esperanza de cumplir un deseo. ¿Sabes que está pasando hoy en día con la ilusión? Está desapareciendo de la vida de las personas. Sí, como lo lees. Hay, por desgracia, a gente que no les interesa que nos ilusionemos. Prefieren vernos atrapados en un mundo sin color, donde todo es monótono, y donde la economía lo mueve todo, incluidos los sentimientos y emociones. El dinero se ha convertido en vital para ser feliz, o así nos lo han hecho creer. ¿Te suena: “no esto no puedes hacerlo porque no tienes suficiente dinero, no tengas un hijo porque solo son gastos, esa carrera no es rentable, etc? ¿Que ocurriría si escuchases a tu corazón? ¿Qué crees que te diría él? Exacto, lo sabes muy bien. Tus sueños no han germinado en ti como por arte de magia. No. Alguien puso su semilla en ti, ya que sabía que este sueño podía hacerse realidad, y creció hasta convertirse en tu mayor anhelo. Tu sueño, no es de nadie más, solo tuyo. Y fue colocado en tu interior para que lo cumplieses. Piénsalo, ¿por qué tienes ese sueño y no otro?

¿Qué son los sueños?

Según la Real academia Española el término sueño significa:

  • Elemento que carece de realidad o fundamento, y, en especial, proyecto, deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse.

En conclusión, según la RAE, los sueños son deseos imposibles de cumplir. ¿Ves a lo que me refería? Hasta la propia definición te está robando la ilusión. ¿Por qué no puedes cumplir tus sueños? ¿No lo han hecho miles de personas antes? ¿Qué hay de malo en que queramos ser: escritores, profesores, padres, cantantes, periodistas, médicos, famosos, etc.? NADA. No hay nada de malo, solo has de trabajar para conseguirlo, perseverar en tu sueño, y, sobre todo, creer en ti.

Ejercicio práctico para alcanzar tu sueño

Piensa en tu mayor sueño. Por imposible que te parezca. Bien, ¿lo tienes? Ahora descomponlo en pequeños objetivos más factibles a corto plazo. Te pongo mi propio ejemplo, mi sueño es ser escritora. Pues mis objetivos para llegar hasta él serian:

  • Por supuesto, escribir y mucho.
  • Aprender la gramática, ortografía, las técnicas de escritura, etc. A partir de los cursos de escritura y las lecturas.
  • Leer y mucho.
  • Compartir mis escritos.
  • Crear un blog para darme a conocer en este mundo.
  • Acabar una novela y publicarla.
  • Seguir aprendiendo, escribiendo, y leyendo mucho.

Estos a grandes rasgos son los objetivos que componen mi sueño. Pueden ir cambiando con el paso del tiempo, puedes ir transformándolos o, a medida que te sumerjas en él, ampliándolos. Céntrate en uno o dos, y no pares hasta conseguirlos y entonces, solo entonces, pasa a los siguientes. Es más o menos así, como he llegado hasta el punto de crearme mi propio blog, y de estar a punto de acabar mi primera novela.

¿Sabes ya cuales son los objetivos que te acercan a alcanzar tu sueño? ¿Verdad que de esta manera no parece tan imposible? Pues ponte a ello. Hoy es el mejor día para ello. ¿Sabes por qué? Hoy es el día de los propósitos, de los deseos, de los sueños… El primer día de un nuevo año y el mejor momento para empezar a cumplir tu sueño.

Y ya para finalizar este primer post, solo me queda animaros a que echéis un vistazo por la guarida. En la pestaña de “sobre mi” os desvelo más cosas sobre mi y el porqué de mi seudónimo. También encontrarás la pestaña de contacta conmigo, donde podrás enviarme tus dudas, compartir tus reflexiones conmigo, etc. Y así, gracias a ti, podré seguir mejorando en este mundo de la escritura. Y por supuesto, también encontraras el blog en sí, un lugar muy especial que, poco a poco, iré llenando de miles de historias, con sus respectivos finales felices. Hoy, a parte de este post, he querido obsequiarte con un nuevo relato inédito, recién salido de mi mundo de los sueños. Deseo que te guste y que te ayude a creer: en ti, en las personas, en la vida, en los sueños y en la magia. ¿Sabes quienes son los seres más puros del mundo? Los niños. ¿Y qué tienen en común todos ellos? Su inocencia.

Mi recomendación para que disfrutes de la guarida en todo su esplendor, te sugiero que dejes aparte a ese adulto que cargas día tras día, con todo lo que ello conlleva: sus responsabilidades, sus problemas, etc. Y dejes salir al niño que vive en ti. Sólo así recuperarás tu ilusión perdida. Y empezarás a soñar.