Iker

Hoy cuando regresaba a casa del trabajo he recibido un hermoso mensaje que me ha dejado sin palabras.

“He comprado el libro para mi hijo y mi nuera. Están pasando un mal momento en sus vidas debido ha la enfermedad de su hijo que padece cistinosis nefropatía y es muy grave. Espero que estás relatos les den un índice de esperanza.”

 

Deseo de todo corazón que “Un pedacito de mí”, libro que colabora con la Asociación Catalana de trastornos metabólicos hereditarios, donando parte de sus beneficios, consiga dar ese pedacito de esperanza a los papás de Iker y a todas las personas que la necesiten.

 

“Todo ser humano del mundo arrastra sus propias desdichas. Lo que diferencia unos de otros no es la cantidad o dimensión de sus desgracias, sino el ánimo con el que las afrontan.”

(Un amor para recordar, relato incluido en el libro “Un pedacito de mí”)

 

Un niño feliz

Érase una vez una hermosa alma sobrevolando el cielo en busca de unos papás. Pero no unos cualquiera, pues ella no era un alma del montón, sino que era la más especial del lugar. El alma no lo tuvo fácil. Había muchos papás donde elegir: altos, bajitos, delgados, gorditos, dulces, divertidos…  pero los suyos tenían que ser únicos; unos papás cuya fuerza y coraje superasen al martillo de Thor. Los encontró.

Al nacer, lo llamaron Iker, cuyo significado es: “aquel que porta buenas noticias”. ¡Quién lo diría! Pues sin lugar a dudas, fue la noticia más bella del mundo.  

Así fue como tú, pequeño, llegaste a sus vidas.  Por la puerta grande, como no podía ser de otro modo. Nada de jugar de suplente, tú eres la estrella del equipo. Eres el regalo con el que siempre habían soñado. Eres sinónimo de felicidad. Iker, eres un ser tan, tan especial que no podías venir al mundo de otro modo.

Solo unos meses de vida te han bastado para conseguir que un gran equipo de fútbol te vitoree y saque al campo, imagínate lo que conseguirás en un futuro. Yo no lo sé, tesoro, eso solo lo sabe el ángel que cuida de ti desde el cielo, ese compañero que cuando buscabas a tus papás te seguía. Tu elección fue la correcta, él sabía que solo con ellos tu sonrisa sería capaz de brillar como hoy lo hace.  

Yo lo único que sé es que gracias a tu forma de ser, a tu alegría, a tu fuerza llegarás muy lejos, más de lo que los médicos se imaginan, pues ellos no saben que precisamente llegaste a este mundo con un propósito: colmarlo de felicidad.

 

Con todo mi amor para Iker, Leire y todos esos niños tan especiales, que han venido al mundo para iluminarnos con sus sonrisas.  

 

Adjunto un bonito artículo realizado por 20minutos, para que conozcáis más a este pequeño gran héroe. 

 

Ámate

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo, época en la que aún nadie utilizaba internet y en los parques aún se podían contemplar a niños corriendo detrás de una pelota, vivía una niña, cuyos cabellos castaños, con los rayos del sol, se pintaban de dorado y sus ojos color miel, se teñían de verde esperanza. Una esperanza que solo se reflejaba en su mirada cuando el astro rey la miraba de frente, sino se desvanecía.

Para sus padres era la niña más hermosa del mundo, para ella la más horrenda. Todas sus amigas eran, según su criterio, más guapas, más listas, más delgadas, más todo… Ella no era nada. Y aunque de puertas hacia fuera, aparentaba ser feliz, de puertas hacia dentro, lugar en el que no le hacía falta fingir, iba acumulando lágrimas en su interior, las cuales colmaban su corazón de melancolía.

A medida que crecía su figura cambiaba, como es natural, para adquirir un cuerpo de mujer. Motivo que la llevó a odiar la imagen que veía al mirarse en el espejo. La pena que habitaba en su interior, la cual se alimentaba de su autoestima, aumentó. Dejó de amarse, de sentirse a gusto consigo misma, hasta el punto que cada mañana al despertar deseaba convertirse en otra persona.

La desdicha y el escaso, por no decir nulo, amor que sentía hacia sí misma la acabó matando. Lo perdió todo, no dejó nada para sí. Todo se lo entregó a ese monstruo hambriento que ella misma había creado. Y cuando tan solo le quedó su odiada cubierta, no dudó en prescindir de esta también. Todo le pesaba, todo era una carga demasiado grande para ella.

«Quizás —pensaba— no estoy hecha para este mundo». Pero se equivocaba, era el mundo el que, movido por ciertos cánones de belleza estúpidos y enfermizos, la rechazaba. Por lo que la única decisión que halló para conseguir ser aceptada fue destruirse.

Su cuerpo al igual que su autoestima fue desapareciendo a base de severos  castigos: un día sin pan, otro sin queso, otro sin nada… Así fue su progresión, así fue como decidió destruir ese maravilloso regalo que se le había concedido.

Creía que este era el único modo de hallar la felicidad, pero se equivocaba… Su sonrisa, el brillo de sus ojos, el color de sus mejillas, todo desapareció…  Pero en cierta manera le compensaba, pues según creía estaba logrando su objetivo.

Todo su mundo se derrumbó en menos de un año. Una palabra aceleró el proceso. Un diagnostico desató el caos que su cabeza había empezado a fraguar, y a partir de entonces la anorexia se apoderó de toda su vida.

Pasó un tiempo sola, acompañada única y exclusivamente por su enfermedad, y aprendió a convivir con ella. La amaba, era su única compañera, su única amiga.

Hasta que un día, un ángel la obligó a elegir entre su enfermedad y su sueño. Y la joven, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no lo dudó. Eligió su sueño.

Poco a poco, con la ayuda de algunas manos amigas y sobre todo de la de su madre consiguió salir de aquel infierno en el que sin darse cuenta cayó.

Hoy, diez años después de ese preciso instante en que decidió curarse, es una joven feliz que continua luchando por su sueño y por uno más que halló por el camino. Un sueño que la ha llevado a escribir esta y muchas otras historias, y que le ha otorgado mayor sentido a su vida.  

Hoy, después de muchos miedos, he decidido dar la cara y enfrentarme a ese monstruo que consiguió destruirme casi por completo, pues a pesar de todo siento un gran respeto por él y le agradezco de corazón su paso por mi vida. Pues gracias a él, aunque parezca irónico, he hallado a la Cristina que amo.  

 

No hay sueños imposibles, solo decisiones erróneas.

Elige bien tú camino y, sobre todo, cree en ti.

 

Empieza desde ya a leer “La magia del amor”

Primera Parte

Llevo miles de años observando al ser humano desde mi celestial y armonioso hogar. Cada uno de ellos hechizados por las vicisitudes de la vida terrenal. Pero he creído conveniente atesorar esta historia que estoy a punto de contar. Quizás no sea la más entretenida ni la mejor narrada, pero sí, que os puedo asegurar, es la más hermosa. 

La historia de un amor ancestral, sin precedentes ni límites.

El mayor de todos los tiempos.

Arcángel Uriel

* * *

Capítulo I

 

            Todo empezó con mi primera misión a la tierra: mi primera vez en un cuerpo de hombre.  Recuerdo cómo incluso el suave aire que acariciaba mi nueva apariencia me hacía estremecer de temor. Era como estar desnudo en medio de un bosque invernal; expuesto a la lluvia, la nieve, el viento, y a toda clase de voraces depredadores que olían mi miedo. Esta sensación no apareció meramente por el hecho de haber dejado mi tranquilo hogar y encontrarme en medio de un mundo hostil; lo que me hizo sentir más desprotegido era la ausencia de una importante parte de mí: las alas. Con la espalda al descubierto notaba como la aprensión que el mundo terrenal albergaba, se introducía a través de esa fisura en mi ser.

            Empecé a caminar sobre esa extraña superficie férrea, con la única ayuda de mis extremidades inferiores. Mis pies subían y bajaban a mi orden, pero sus movimientos eran torpes e irregulares. «No puedo presentarme así, sospecharán», pensé. Así que me puse a practicar en medio de una arboleda de frondosos robles y altos pinos. Sentí por primera vez su fresco e intenso olor. En nuestra morada disfrutamos de experiencias impensables para la mente humana, pero sin duda, al otro lado del cielo gozaban de otras de indudable poder como el olfato. Me dejé llevar unos minutos por ese nuevo sentido que estaba experimentando, pero un rayo de luz se filtró entre las robustas ramas de los árboles, dándome la señal de continuar con mi cometido. Volví de nuevo la atención hacia mi andar: «¿Cómo podían los humanos moverse con tanta facilidad?», pensé. No me cupo la menor duda de que el lúgubre traje que llevaba puesto complicaba aún más el movimiento. Me sentía tan incómodo. «¡Oh señor, no llevo ni un minuto en la tierra y ya echo de menos mi hogar!», pensé dirigiendo mi mirada hacia su morada. Debí tardar media hora más en hacerme a mi nueva forma de desplazarme, pero ¿cómo conseguiría acostumbrarme a hablar?

            El reflejo de un petirrojo, iluminado por un intenso rayo de sol, llamó mi atención. Entonces otro sentido se despertó en mí: el oído. Su melodioso canto, aunque en cierta manera me recordó a las alabanzas de los serafines, penetró en mí para hechizarme de nuevo con una majestuosa obra divina. En ese momento, un sonido mucho más suave y conocido llegó a mí: el alma del animal me estaba hablando. «Es mi oportunidad», pensé. Carraspeé para calentar y dije con un grave tono de voz que me hizo estremecer—: Hola, pequeño —la pequeña ave me miró y al posarse sobre mi hombro, tuve la certeza de que me había entendido. En aquel momento sentí mi boca seca, entonces lo recordé, los humanos tienen unas necesidades básicas muy distintas a las nuestras. Levanté la vista, intentado vislumbrar algo que calmara mi sed. A doscientas aureolas de distancia, bajo un fuego crepuscular que custodiaba todo el paisaje con su brillo, yacía un pequeño riachuelo. Me acerqué con lentitud, aquella forma de transportarme me daba poca confianza y sentía a cada paso como todo mi cuerpo se tambaleaba, experimenté un miedo irracional de caer desde una altura insignificante para un ser que habita entre las nubes. Después de un costoso trayecto y llegar a mi objetivo, el reflejo de un cielo añil dibujado en el agua, abrigado por la presencia de sus dos grandes astros: el sol y la luna, me hizo olvidar mi feroz sed. «¿Cómo es posible que estén tan ciegos?», reflexioné pensando en la divinidad de todo lo que me rodeaba.

            Miré mi reluz, su esfera dorada aguardaba en su interior una aguja que me señalaba la Luz que albergaba en mi ser. En la tierra la Luz celestial es eclipsada por la incredulidad de los corazones y las almas puras se ven obligadas a subsistir y refugiarse en su propia sombra, a la espera de que algún rayo ilumine su camino. Por lo que si la aguja de mi reluz llegase a cero me quedaría atrapado para siempre en el mundo terrenal, convirtiendo mi existencia en una banalidad.  Afortunadamente la Luz seguía abrigando mi interior en todo su esplendor. Por vez primera desde que abandoné mi pacífica morada, noté como mi cuerpo se serenaba y mi mente navegaba en un mar en calma. Así que decidí, no hacer esperar más y ponerme en marcha.

            Benzú era un pequeño pueblo de Ceuta. La costa yacía a sus faldas, reflejando el firmamento en el mar convirtiendo a estas dos grandes creaciones en una. Y, lector, aunque te puedan parecer muy diferentes entre sí, todo nació del mismo Padre. Las montañas en cambio, parecían gigantes rocosos protegiendo los límites de aquel pintoresco lugar. La Guerra Santa no había hecho demasiados destrozos físicos en aquel retirado pueblo español, pero no todo había corrido la misma suerte. Una ola de odio y egolatría arrasó con los corazones más débiles, dejando en el más profundo sin sentido a unos y repudiados a otros. Después de quince años de guerra, las disputas entre religiosos habían alcanzado tal dimensión que difícilmente el hombre por si solo podría solucionar.

            Levanté la mirada hacia mi hogar; despejado y cálido a pesar de la partida del sol, típico de finales de la primavera. Los querubines, ángeles encargados del tiempo, los astros, las luminarias, etc. habían arropado y dado sus buenas noches a su custodio predilecto: el sol. Y animado a salir a la pequeña y tímida luna para alumbrar los sueños de todas las almas.

            Su sosegada luz invitaba a sentir el delicado susurro de las almas. Esta tranquilidad me hacía sentir más cerca de casa, dejé mis pensamientos en blanco y pude escuchar los suyos. «Pues claro, sigo siendo un ángel», recordé al cabo de experimentar un episodio de confusión y debilidad. Cerré los ojos y me dejé llevar. Al segundo me volví a sentir yo mismo, el aire acariciaba todas las partes de mi diáfano cuerpo, ya no percibía el rígido suelo bajo mis pies. Abrí las dos esferas que me permitían gozar del sentido de la vista en la tierra y me descubrí flotando sobre ese disfraz de apariencia humana que Él había creado para mí. Me desplacé a través del viento, pero el cuerpo no me seguía. «¿Quizás con un poco de práctica?», pero escuché de nuevo sus pensamientos; estaban preocupados, me esperaban, no podía perder más tiempo. «Ahora no es el momento». Decidí llevar a cabo mi misión.

 

            A las afueras, bajo unas imponentes montañas, ajenos a un mundo bélico, una joven pareja, apresada por el único lazo del amor, sintió por primera vez el contacto de sus manos sin temor a ser hallados. Hasta el momento habían mantenido en secreto su romance, pero algo tan grande no podía ocultarse por mucho tiempo. Su fuerza rugía con tal intensidad que todas las almas puras que se encontraban a su alrededor podían percibir sus vibraciones. Ésta sería su oportunidad, las cadenas estaban a punto de abrirse para dejar paso a una bestia que abrasaría con su cólera la injusticia.

            Amel, una hermosa joven con tez de muñeca de porcelana, se hallaba espléndida cubierta con un sencillo vestido de algodón blanco; decorado con una simple pero elegante cinta rosada que envolvía con suma delicadeza la esbelta cintura de la muchacha. Junto a ella se encontraba Aladiah su ángel y fiel compañero. Jamás la dejaba sola. Ella lo era todo para él, su alma le pertenecía y debía hacer lo posible por salvarla de las afiladas garras de un mundo cada vez más salvaje. Aunque, a pesar de su custodia, la vida de la joven no había sido ningún camino de rosas. «Así es la vida», pensaba ella. Nunca se dio por vencida. Era fuerte y, aunque todo el mundo la tenía por débil, ella no dejaba que ese adjetivo la representase lo más mínimo. Totalmente autosuficiente, a su parecer, «inocente criatura, tiene mucho que aprender de la vida», pensé. Pues ni siquiera nosotros podemos gozar de la plena autonomía, requerimos de Su presencia y Luz para sobrevivir, y los humanos son seres más frágiles y, por ende, más dependientes. A pesar de la arrogancia que atisbaba en una pequeña parte de su ser, era una joven muy abnegada y entregada a los demás. Su espíritu soñador bebía de la única fuente que le saciaba: su sueño. Un deseo que sin ella saberlo la llevaría al límite de sus fuerzas, hasta ahogar el latido de su débil corazón.

            La pareja iluminada por la luz de la luna se encontraba junto la vivienda donde Amel había crecido y alimentado su alma. Una casa de dos pisos recubierta de tejas ajadas por el paso del tiempo y en su cúspide, a modo de sombrero, un tejado rojizo custodiaba todos los recuerdos que habitaban en su interior. Un pequeño gallinero y un corral acompañaban a esta solitaria estancia envuelta por frondosos árboles y brezos que le otorgaban una atmósfera peculiar: libre de prejuicios y hostilidad. La joven Amel había crecido muy feliz en aquel remoto claro del bosque, lejos del odio que reverberaba en los ojos de la gente. Pero su vida pueril y despreocupada estaba a punto de cambiar. Dirigió su profunda mirada dubitativa hacia la de su amado y lo que en ella halló, corroboró sus dudas. Ante ella, vio unos enormes ojos castaños que reflejaban inseguridad y miedo. «¿Estamos haciendo lo correcto?», se preguntaban ambos para sus adentros.

            Un vago recuerdo pasó por la mente de Isà: la primera vez que sus miradas se unieron en una. La suya, apagada y perdida en un profundo océano de aguas enturbiadas y la de aquella Amel de dieciocho años, llena de esperanza y un brillo que ensalzaba su luz. Era ella, estaba seguro, no podía ser ninguna otra. Solo ella había conseguido levantar a un agotado Isà de los escombros que dejaba la guerra y darle una esperanza a la que aferrarse.

            Las actuales leyes estatales no les permitían estar juntos. Si ella, hija de padres cristianos y educada en dicha fe, hubiese accedido a abrazar su religión, el islam, todo habría sido más fácil. Pero un persistente sentimiento, que ardía bajo su pecho cada vez que este pensamiento afloraba en la mente, impedía que Amel tomase dicha decisión. «¿Pero, por qué? Todo sería más sencillo de esta forma», pensaba con impotencia.

            —¿Tus padres… no han querido…? —preguntó dolorida Amel, incapaz de acabar su frase.

            —No. —Negó apesadumbrado con la cabeza Isà— Pero no te preocupes, —le cogió de las manos—  un día te verán a través de mis ojos y no podrán evitar amarte.

            Ella asintió bajando lentamente su afligida mirada hacia el suelo.

            Quizás la época y el lugar en el que se conocieron no eran los adecuados, pero aun así ellos habían luchado por su amor y allí se encontraban, dispuestos a dar una importante lección de valor y amor a su pueblo. Sobre un improvisado altar hecho con palés y envuelto en una delicada tela madreperla, que daba la sensación de estar en el interior de una enorme concha bajo el único influjo de la pasión.

            Amel retiró un segundo su mirada de Isà, y la dirigió a la persona más importante que había conocido desde que tenía uso de razón: su padre. Sentado frente a ellos, acompañado únicamente de su fiel amigo Pastor, su perro de raza pastor ovejero australiano que iba con él a todas partes; ayudante a la hora de cuidar el rebaño y amigo en los largos días de invierno. Ellos y ahora Isà, eran su única familia. A pesar de la distancia, que aún me separaba de ellos, pude sentir como el corazón de la joven se oprimía al pensar en la soledad que a partir de ese momento abrigaría a su padre. Y sin emitir ningún sonido, sus finos labios pueriles se abrieron para articular un “te quiero” acompañado por un soplo cargado de amor.

            Los jóvenes se estaban empezando a impacientar. No sabían aún quién era aquella persona que había aceptado este cometido, aun y sabiendo las consecuencias. Fue el alma de Aisha, la madre de Isà, quien me hizo llamar. Y aunque ella no se encontraba en la ceremonia, su ángel si lo estaría. «¿Y si se ha echado atrás a última hora?», escuché que pensaban. Pero claro, ellos no se podían hacer una idea de lo cautivador que era este lugar para mí al sentir por primera vez el aroma de la naturaleza y ver a través de un humano la belleza de la creación. Tampoco ha sido nada fácil controlar mi cuerpo y avanzar transportando todo mi peso.  Pero allí estaban.

            —Ya llega —dijo Pablo suspirando relajado al verme venir.

            Amel relajó en segundos todas las facciones de su rostro, para que éste volviese a verse brillar de felicidad. «Ya está, tranquila, estás junto al amor de tu vida, nada podrá ir mal a su lado», pensaba Amel mirando a su futuro esposo.

            —Les ruego que disculpen mi tardanza. Me he… —pensé buscando una excusa— perdido entre el bosque y no encontraba la localización. —Me exculpé algo incómodo con mi nueva forma de hablar, tampoco controlaba muy bien qué expresión y tono se debía utilizar en estas situaciones. «Qué complejo es el lenguaje de los hombres. Con lo sencillo que es comunicarse a través de las emociones, éstas seguro que no admitirían margen de error», pensé.

            La pareja se miró tímidamente, intercambiando recelosos pensamientos y, finalmente, ambos aceptaron mis disculpas.

            —Estamos reunidos en este recóndito plano del bosque —las palabras empezaron a brotar de mi boca como si estuviese dotado de una divina inspiración— para unir en matrimonio bajo los ojos de Dios, a dos jóvenes que decidieron emprender juntos un camino lleno de obstáculos que, lejos de separarlos, fortalecerá su unión. 

            Noté los ojos de Pablo clavados en su hija, era lo único que le quedaba en este mundo, y de algún modo sentía que hoy se la iban a arrebatar. Por eso, y a pesar de la inmensa felicidad que le hacía el verla tan dichosa, en su interior se estaba llevando a cabo una batalla de emociones contrarias.

            —Bien, queridos humanos —ambos me miraron extrañados ante mi forma de dirigirme a ellos. Entonces me di cuenta de que el término “humanos” tratándose de que yo también era uno de ellos, sonaba extraño— hijos, —rectifiqué—  cuando os plazca podéis empezar a recitar vuestros votos matrimoniales e intercambiaros las arras. —Elevé los brazos sin saber bien por qué animando a la pareja a iniciar la ceremonia.

            Isà después de escuchar mis palabras, intentó en dos ocasiones pronunciar la primera sílaba de su voto, pero de su esfuerzo tan solo se pudo oír un agudo sonido ininteligible. Vi como su ángel de la guarda, Haziel, dejaba entrever una cómplice sonrisa y lo envolvía con sus colosales alas, para tratar de equilibrar sus emociones y calmarlo.

            El joven había soñado tantas veces con este momento que cuando lo pudo acariciar se paralizó. Amel sería por fin suya. Aquella chica con andares ágiles, que día tras día veía pasar ante su mezquita, iluminada por un sol que parecía nacer de su interior, por fin sería su esposa, o al menos para él así sería. Aunque su comunidad no la aceptara, la amaba y no podía, ya no, vivir sin ella.

            —Yo Isà Abdullah te quiero a ti Amel Luna como esposo, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

            —Yo Amel Luna te quiero a ti Isà Abdullah como esposa, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

            Ambos se quedaron mirando fijamente y de esta mágica conexión, que se da en contadas veces entre hombre y mujer, nacieron unas chispas que danzaron a su alrededor hasta crear un áurea luminosa que los envolvió.

            —Por el don que Dios me ha otorgado, desde hoy y para siempre, os declaro marido y mujer. Isà puedes besar a la novia.

            La recién unida pareja se refugió en el interior de aquel cuarzo rosa diáfano que su amor había creado. Inmersos en un mundo en el que ellos eran los protagonistas, se besaron. Se sentían libres. La sociedad seguiría en su contra, pero juntos serían capaces de enfrentarse a todo tipo de vicisitudes que la vida les deparará. Y mientras Amel seguía besando a su ahora esposo un pensamiento muy fuerte creció en su mente, esta ceremonia, oficial o no, había abierto el grifo de su fuente. Lo que provocó, sin que ninguno de los dos se percatara, que una nueva chispa, esta vez, albina y muy brillante naciese de ese halo rosáceo que les mantenía unidos. Se posase justo en el punto en el que sus pechos se unían y finalmente, ascendiese hacia el cielo dibujando tras de sí una estela, un camino que un día un alma recorrería, si Dios así lo deseaba, hacia sus progenitores. Los ángeles y yo, éramos los únicos que podíamos admirar con gran orgullo el espectáculo, pues tras esta señal llena de significado, cobraba vida un sueño.

            —Amor mío, hoy es el segundo día más feliz de mi vida —dijo Amel con una mirada profunda y centelleante, que dejaba entrever toda la ilusión y la fuerza que aguardaba en su interior.

            —¿Y cuál fue el primero? —La miró Isá expectante.

            —Cuando llegue el día lo sabrás. —Sonrió con una mirada enigmática.

            Isà entrecerró sus ojos intentando, en vano, leer sus pensamientos y, finalmente, ambos se sonrieron con complicidad.

 

            Con el tiempo supe que ese día tan especial, que mencionó Amel, estaba estrechamente relacionado con el principal motivo de mi misión.

 

¿Te has quedado con ganas de saber cuál es ese día tan especial para Amel y por qué el Creador ha mandado un arcángel para ayudar a cumplir su sueño? Entra aquí y sigue disfrutando de esta maravillosa historia de amor. 

 

 

El falso sabor de la felicidad

“Es fácil juzgar, pero es tremendamente difícil empatizar con la persona que es juzgada.”

 

La mañana en que llegó Delirio era fría. La niebla cubría todo lo que podía verse tras mi ventana. Sentía como si me estuviese quitando parte de mi oxígeno, y quizás así fuese, pues desde hacía años mi vida ya no tenía sentido. Ni mi familia ni mis amigos ni siquiera Andrea saciaban mi sed; nadie era ya lo bastante estimulante para mí. Toda mi vida, en el momento en que probé ese sabor que me llevó al éxtasis, cambió. 

Hasta ese momento lo tenía todo: una pareja, una casa, una hermosa perra, una familia que me apoyaba en todo, amigos… Y cuando yo tomé la absurda y cobarde decisión de llevarme ese agridulce sabor a la boca, todo desapareció. Lo peor y más vergonzoso de todo es que yo siempre fui consciente de ello, y no hice nada por evitar que se marcharan. Las únicas que siguieron estando a mi lado, a pesar de las circunstancias, fueron Andrea, mi novia, y Juno, mi perra.

Me encerré en mi cuarto, el cual me mantenía aislado de ese agitado mundo que había devorado mi alma; era mi protección. Al día, como mucho, abría el pestillo en dos ocasiones: una para saludar a Juno, que tras su paseo tenía por costumbre venir al cuarto de su “papá” y dejarme la cara cubierta de babas caninas; y la otra cuando ella, Andrea, se alejaba de su realidad para entrometerse en la mía, tratando, por enésima vez, liberarme de la oscuridad que me había esclavizado.

No volví a probar esa falsa promesa de felicidad, pero ya era tarde. Me odiaba a mí mismo. Y cuando la desolación me gobernó por completo; él llegó a mí, y me ofreció un trago de agua tan fresca y limpia, que no pude resistirme. Me sentí agradecido, y fue en ese momento cuando mi mente, enturbiada por la satisfacción de haber saciado una necesidad tan primaria, lo creó. 

Me encontraba sentado en el alfeizar de la ventana, creyéndome víctima del mundo cuando en realidad, y aunque no lo pudiese ver entonces, yo era el único verdugo de mi vida. Cansado de soportarme, me giré. Y allí estaba Delirio, de pie junto la puerta, dispuesto a ofrecerme otra realidad. 

No lo había escuchado entrar. De hecho, era imposible que hubiese entrado, pues el cerrojo siempre estaba echado. Pero, sin embargo, él había irrumpido, sin consentimiento, en mi refugio.

Sus ojos rojos se posaron sobre los míos y, como dos potentes láseres, absorbieron los últimos resquicios de mi antiguo yo, que aún quedaban en mí. Era como una sombra oscura con forma antropomorfa. Embebido en su penetrante mirada, percibí un movimiento ligero en lo que debía ser su rostro. Mi corazón se detuvo. Y, de repente, toda su dentadura afilada iluminó su aterrador aspecto.

Aquella sonrisa espeluznante alivió mi ser. Fue como si parte de él entrase en mi interior, y me llenase de vida. No sé exactamente lo que me hizo, pero desde aquel momento Delirio se convirtió en mi único amparo. Su presencia no me molestaba. Su ronca y tenebrosa voz conseguía saciarme, cosa que hasta entonces, nada ni nadie lo había conseguido. «Un gran amigo», pensaba.

Pero, poco a poco, aunque no física pero sí psicológicamente fui pareciéndome a él. Sus pensamientos se difuminaron en una capa homogénea con los míos. Mis seres queridos empezaron a decirme que parecía otro, que mi mirada había cambiado y que mi silencio les inquietaba. Pero yo, después de llevar tanto tiempo atrapado en la más absoluta indiferencia, me sentía aliviado.

Pasaba los días encerrado en mi habitación, igual que antes, pero con la diferencia de que ahora no miraba nunca por la ventana. Aquella pequeña abertura que me mantenía conectado al mundo real, se hallaba siempre a mis espaldas. La luz del sol no llegaba a penetrar ni un solo átomo de mi cuerpo. Seguía en la oscuridad, sí, pero tenía a Delirio.

Fue mi mordaz lazarillo. Me hallaba ciego y solo en medio de un mundo extraño, y él me guió mostrándome su propia representación de la realidad. Una idea que se introdujo como el hilo en una aguja en mi ser. Me enseñó a ver el mundo tal y como era de verdad, o eso creía. Y mientras él seguía fiel a mi lado, mi familia observaba como ese yo que tanto habían amado, desaparecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Un día, Andrea entró en mi cuarto. Hacía mucho que no entraba en él. Para mí era muy personal, pues en él estaba lo único en lo que de verdad creía. Todo lo que había al otro lado de la puerta de madera de haya, que custodiaba mi habitación, era una falacia. Según Delirio: ella, mi familia y mis amigos me habían mentido. El hedor a habitación cerrada y sudor le provocó una pequeña arcada que disimuló colocando la mano sobre su boca y tapando sus fosas nasales. La fulminé con una fugaz mirada de odio; nunca antes lo había hecho, y ella se sobresaltó. Sus ojos me hablaron aterrorizados. Y fue entonces, cuando aquel sabor que me había destrozado la vida dejó por unos segundos de perturbar mi mente, y con la cabeza más despejada pude recordar lo mucho que la amaba.

En aquel momento, me sentí tan vulnerable como un bebé. No era capaz de hacer nada, excepto mirarla y sentirme avergonzado. Mi única certeza era que no quería, por nada del mundo, perderla. Mis ojos se empezaron a empañar y, poco a poco, me fui acercando a ella. Pero un sibilante susurro me lo impidió. «No. Detente. Es una farsante», me decía. Aquella fue la primera vez que lo ignoré. Y continúe mi propósito hasta llegar a abrazarla. Suspiré. Solo junto a ella volvía a ser yo. Pasé el resto del día a su lado, llorando de impotencia por no saber cómo salir a la superficie. Hasta que finalmente, Andrea me envolvió entre sus delgados brazos con fuerza, impidiéndome escapar de ellos, y me dijo:

—Yo te sacaré de aquí.

En ese momento, la imaginé tendiéndome su larga cabellera, como hizo en su día la princesa Rapunzel, pero en mi caso era para salir de allí, no para entrar. Mi “princesa” era libre, yo no. Y gracias a su apoyo tomé, quizás, la decisión más difícil de mi vida: recuperar mi verdadero yo.

Delirio no se lo tomó nada bien. En los días que siguieron a este acontecimiento su voz resonaba con mayor furia en mi interior. Se negaba a dejarme marchar. Quería seguir formando parte de mi vida, pero él no entraba en mis planes. Me giré hacia la ventana y observé lo que aquella pequeña muestra de realidad me rebelaba. Me di cuenta por primera vez que quien me mintió fue él; no ella.

Vi salir a Andrea de nuestra casa con Juno, nuestra preciosa perra mestiza. Mi novia estaba igual de bella que el primer día que la vi, tan natural, tan alegre y viva como siempre. Ella era mi anti-yo, es decir, todo lo que a mí me faltaba, ella lo poseía en grandes cantidades. Deseaba ser un poco más ella y menos yo. «¿Quizás fuese eso lo que me enamoró de ella? ¿Y lo que me distanció? Si no me amaba a mí mismo, ¿cómo podría entonces llegar a amarla de verdad? Nunca había llegado a esta conclusión ¿Por qué ahora? ¿Qué está cambiando en mí?», un hilo de pensamientos saturó mi mente durante unos minutos. Sin duda, distanciarme de Delirio me estaba aclarando las ideas. Su presencia y su sibilante voz seguían incordiándome, pero lo ignoraba.

Seguí observándola mientras jugaba con Juno, y una mueca extraña para mí se dibujó en mi rostro. Estaba sonriendo. Había recuperado algo que creía haber perdido para siempre: mi ilusión. Ella lo había conseguido. Me estaba salvando. En aquel preciso momento, mi corazón empezó a latir de nuevo con fuerza como hacía antes de que ese sabor perverso entrase en mi vida.

Y Delirio sin ni siquiera darme cuenta se desvaneció. Ya no estaba solo, los volvía a tener a todos conmigo. A él ya no lo necesitaba para nada. Entonces lo supe. Fui yo quien le abrió la puerta, al probar aquel sabor que inundó todos mis sentidos en un mar de locura. Pero también fui yo quien se atrevió a darle la espalda, y regresar a esa vida que él me había arrebatado.

Hoy, Delirio forma parte de mi pasado. Un pasado que no quisiera olvidar jamás, ya que irremediablemente, él era yo. Sí, mi verdadero nombre es Gabriel. Pero fue mi mente, quien hechizada por ese sabor, recurrió a él. Y creó un horrible ser que me hizo perder la ilusión por soñar y, sobre todo, por vivir mis sueños.

Aún le sigo agradeciendo su visita, pues gracias a él, me enfrenté, sin yo saberlo, a la verdadera cara de la droga. Viví durante años absorto en una gran mentira que yo mismo confeccioné y, lo peor de todo, creí.  No, la felicidad no se halla en una sustancia, sino en el amor que tus seres queridos te profesan día tras día.

***

De aquella fría mañana, han pasado ya cinco años. Pero desde el día en que se propuso sacarme de aquella horrible pesadilla, Andrea, no ha dejado de abrazarme. Ella me salvó atrayendo de nuevo la luz a mi vida. Y ahora nuestro mayor sueño, ser padres, está a punto de hacerse realidad.

Recuerda, si dejas de soñar lo pierdes todo, caes en la indiferencia. Pero si sueñas, serás capaz de conseguir hasta lo más inesperado, como este pequeño milagro que está a punto de nacer iluminando aún más mi mundo después haber estado en la más profunda oscuridad. No hay nada perdido, todo está por soñar.

Fin